Encontrando a Remus
"Los amigos son la familia que escogemos nosotros"
Edna Buchanan
Nota de autora: Este milagro en la escritura sigue sin ser mía. Todo el crédito a Moonsing y J.K Rowling.
SIRIUS:
Cuando la lechuza regresó con la carta de Remus sin haber sido abierta ni tocada, Sirius supo que las cosas iban terriblemente mal. Remus podría haber ignorado completamente la lechuza, lo cual no era probable dado que le habían dicho que lo picoteará hasta que abriera la carta y la leyera, o ni siquiera había sido capaz de llegar a él.
— ¿Ahora qué hacemos? —Preguntó James, mirando el sobre sin abrir en la mesa de Gryffindor.
— Ir y decírselo a McGonagall —Sugirió Sirius— Ver si ella puede hacer algo. ¿Tenemos noticias sobre Anders?
James sacudió la cabeza en negación: — Ya van dos semanas. ¿Por qué no contesta?
Sirius se encogió de hombros, derrotado: — Vayamos a ver a McGonagall después del desayuno.
— ¿Y ella que será capaz de hacer? —Demandó Peter— Ya nos ha demostrado que no puede hacer nada.
— ¡Pero nosotros tenemos que hacer algo! —Explotó Sirius— ¡Podría estar sufriendo cualquier tipo de dolor y nosotros solo estamos sentados aquí! La Navidad es en dos días. Y le voy a dar mi regalo.
— Relájate, amigo —Intervino James, inclinándose para agarrarlo del hombro— Iremos después del desayuno ¿Bien?
Sirius no había sentido tan poco apetito en toda su vida. Solo se sentó y bufó a su comida mientras se revolcaba en el asiento hasta que James se levantó y dijo: — Vamos entonces.
Peter dejó salir un pequeño quejido de protesta mientras se embutía su último pudín de zarzamora y saltaba para seguirlos: — ¡Yo o e eriado i esauno! —Dijo con la comida en la boca.
— Lo lamento, Pete —Respondió James, alejándose de los pedazos de comida voladores con habilidad— No hablo ardilla. Aunque Quejicus podría enseñarme.
Sirius estaba demasiado preocupado como para reírse del comentario. Peter le dedicó una mirada rencorosa antes de tragar con dificultad y decir: — Les dije, que todavía no acababa mi desayuno.
— Bueno Sirius estaba a punto de explotar —Aclaró James— Y eso no hubiese sido bonito.
Sirius abrió la boca para protestar, pero antes de lograrlo, volteó una esquina y se chocó con alguien que era mucho más alto que él, rebotando contra James y Peter. Los tres se encontraron enredados en un doloroso nudo de extremidades mientras dos caras los veían con preocupación.
— Perdón, niños —Les dijo una voz familiar— No los vi venir.
Ante el sonido de esa voz, Sirius se sentó con prisa, ignorando el hecho de que su codo hizo contacto con la nariz de Peter en el proceso: — ¿Profesor Anders?
Su ex profesor se paraba frente a ellos, luciendo igual de infantil que siempre, aunque su rostro poseía una seriedad que no había estado ahí el año pasado. A su lado se encontraba una mujer de su misma edad, posiblemente en los inicios de sus treintas. Su cabello era rubio platinado y se encontraba peinado en rizos arriba de su cabeza que resaltaban sus ojos azul oscuro.
— ¿Sirius? —Anders lucía aliviado de verlos— Recibí tu carta. Estaba en una misión y esperaba por mí cuando regresé a casa. Vinimos tan pronto terminé de leerla.
Sirius observó sospechosamente a la mujer. No quería que el secreto de Remus fuera contado a los cuatro vientos y en especial a personas desconocidas: — ¿Quién es ella?
— ¡Sirius! —Le riñó Peter, dándole con el codo en las costillas.
Tanto Anders como la mujer no parecieron afectados por su particular rudeza, sin embargo. En realidad, Anders sonrió un poco: — Ella es mi esposa, Angela. Ella sabe lo de Remus.
Los tres chicos se pusieron de pie con prontitud.
— ¿Va a rescatar a Remus? —Le demandó Sirius.
— Haremos lo mejor que podamos. Vamos en camino a ver a la profesora McGonagall.
— Nosotros también —Empezó James, asumiendo el mando— Pueden venir con nosotros si quieren.
— Um ¿No creen que sea mejor el que ustedes esperen mientras hablamos? —Propuso Anders, luciendo un tanto alarmado.
— Ni de chiste —Sirius se alzó en toda su altura y gruñó.
— Es nuestro amigo —Añadió Peter testarudamente— Ustedes ni siquiera estarían aquí de no ser porque nosotros les escribimos.
Anders estaba a punto de reclamar de nuevo, pero Angela puso una mano sobre su brazo: — Deja que vengan, amor. Podrían sernos de ayuda.
— Son solo niños.
— No lo somos —Exclamó Sirius indignado— ¡Somos Merodeadores! Y rescataremos a Remus con o sin su ayuda.
Anders suspiró, y Sirius podía verlo llegar a la conclusión de que cualquier escape que planearan podría salir mejor con supervisión adulta: — Muy bien. Vengan con nosotros.
Los Merodeadores caminaron sonrientes detrás de Anders y Angela por todo el corredor hasta la oficina de McGonagall.
La profesora McGonagall no estaba para nada sorprendida de ver a Anders y su esposa en la puerta. Si frunció el ceño con confusión al ver entrar a Sirius, James y Peter, sin embargo.
— ¿No deberían estar desayunando, jóvenes?
— Vinimos para hablar acerca de Remus —Respondió Sirius, irradiando su mayor confianza de sangre pura presumido— Nosotros le dijimos al profesor Anders y su esposa que podían acompañarnos.
La profesora McGonagall levantó sus cejas a Anders quien se encogió de hombros sin poder hacer nada.
— ¿Y qué tiene que ver esto con Remus, señor Black?
Sirius le dedicó una mirada a los otros Merodeadores, y James dio un paso al frente, levantando la carta que le habían enviado a Remus: — Volvió. La carta que le mandamos. Ni siquiera le llegó. Nos preocupa que algo malo le haya sucedido.
McGonagall suspiró y les permitió la total entrada a la habitación, haciendo señas a Anders y Angela para que tomaran asiento frente a su escritorio. Movió su varita y transformó unos pedazos de pergamino en sillas para Sirius, James y Peter.
— Me temó que no hay mucho que pueda hacer —Empezó, una vez todos estuvieron sentados.
— ¡Pero usted no ha hecho absolutamente nada! —La confrontó Sirius, sintiendo una mezcla de furia y frustrada desesperación.
— Compórtese señor Black, o no volveré a incluirle en esta discusión.
Sirius se reclinó en su asiento y la fulminó con la mirada.
— Al contrario de lo que todos puedan pensar, Poppy Pomfrey y yo fuimos a la casa del señor Lupin hace menos de una semana con la excusa de que deseábamos revisar la salud de Remus dado que había estado muy enojado cuando partió.
Sirius se enderezó y la vio fijamente: — ¿Y?
— ¿Estaba bien? —Preguntó Peter.
Ella suspiró y puso su mano brevemente contra su frente: — Él ya no estaba allí.
— ¿QUÉ? —Gritaron los cinco a la vez.
— Hablamos con su padre y nos comentó que Remus llegó mediante la red Flu, lo golpeó hasta dejarlo inconsciente y se fugó. No lo ha visto desde entonces.
Hubo un breve silencio mientras el resto de ellos trataban de entender los términos de esta nueva información.
— Estaba mintiendo —Anunció Sirius, de repente seguro.
— Eso no podemos probarlo, señor Black.
— Si Remus hubiese huido, se habría ido a Hogsmeade después de dejar la Cabaña de los Gritos. ¿Por qué tomarse la molestia de ir a casa en primer lugar?
La profesora McGonagall verdaderamente lo miraba con la boca abierta: — ¿Cómo sabe eso?
Ahora era el turno de Sirius de estar confundido: — ¿Qué?
— La Cabaña de los Gritos.
Sirius sintió a James tensionarse a su lado y su propio corazón descendió hasta sus botas. Algunas veces era un verdadero idiota. No obstante, ahora sabía que ya no había vuelta atrás: — No lo sabíamos. No hasta el día en que huyó. Corrió hasta la Cabaña de los Gritos y nosotros le seguimos. Balbuceaba sobre estarse transformando. Averiguamos que era un hombre lobo, pero se escapó antes de que pudiéramos decirle que eso no nos importa.
— ¿Vieron la habitación en la que cambia y no les importó? —Les preguntó el profesor Anders, su voz llena de asombro atorado en su garganta.
— Bueno, nos preocupó él —Aclaró James— Se veía horrible. Su sangre llenaba las paredes. Le prometimos que siempre velaríamos por él, pero no podemos ¿O sí? No con eso. Y tampoco con lo que su padre le hace.
Sirius era consciente de que todos los adultos les veían extrañamente. Finalmente la profesora McGonagall habló lentamente: — En verdad tiene suerte de que ustedes sean sus amigos. No muchas personas ignoran los prejuicios del mundo mágico.
— Er...—Peter levantó su mano— Yo no conozco muchos prejuicios del mundo mágico. Pero si me los dijera estoy seguro de que pasaría de ellos.
— ¡Y es por eso que debemos ayudarle! —Bramó Sirius, ignorando a su amigo y tratando de atraer la atención al asunto importante— Porque somos sus amigos.
— ¿Qué más podríamos hacer? —Indagó McGonagall.
Angela se aclaró la garganta tentativamente. Hasta ese punto no había dicho mucho; pasaba bastante tiempo observando de cerca las interacciones: — Yo puedo tener una idea.
Se veía de repente asustada cuando inmediatamente fue acosado por los tres Merodeadores, quienes hicieron un círculo alrededor de su silla.
— ¿Iremos su casa, romperemos la puerta, amarraremos a su padre y lo torturamos hasta que nos confiese dónde está Remus realmente? —Demandó James con un deseo salvaje.
— O ¿Podríamos asesinarlo de manera verdaderamente dolorosa para luego ir a buscar a Remus por nuestra cuenta? —Sugirió Sirius.
— O ¿Podríamos torturarlo hasta obtener información y luego asesinarlo de manera dolorosa? —Peter estaba orgulloso cuando Sirius y James le dieron miradas afirmativas.
Angela se veía, por otro lado, demasiado perturbada y le lanzó una mirada preocupada a su marido.
— Venga muchachos, dejen de bromear —Dijo Anders aburrido.
— ¿Bromear? —Sirius volteó para encararlo— ¿Quién dice que estamos bromeando?
— Mi idea —Anunció Angela en voz alta— No tiene nada que ver con muertes dolorosas.
— ¿Qué hay de torturas? — Preguntó Sirius esperanzado.
— Señor Black, vuelva a su asiento y escuche en silencio o en verdad lo echaré de esta reunión —El regañó de McGonagall había sido perfeccionado tras décadas de lidiar con adolescentes y cuando fue dirigido a ellos, volvieron con rapidez a las sillas— Tenga el favor de continuar, señora Anders. Y no quiero oír una sola palabra de ustedes tres hasta que se les dé permiso de hablar.
— ¿Por qué no vamos al Ministerio y reportamos las sospechas de abuso infantil? —Dijo Angela.
— No podemos, amor —Señaló Anders— Remus es un hombre lobo sin registrar. Si ellos se enteraran pagaríamos hasta el infierno y si es lo suficientemente suertudo no sería ejecutado, pero definitivamente no irían en su favor incluso con pruebas de abuso infantil.
— No es necesario que se enteren —Aclaró Angela, mirando a McGonagall— Anders puede ir en una misión de rescate con una orden de cateo. Y tienen un Auror cuya hermana es mujer lobo. Estoy segura de que será discreto. Entonces solo necesitaremos testimonios, su testimonio como profesora y un reporte de la enfermera del colegio que muestre señales de abuso y seremos capaces de sacar a Remus y perseguir a su padre al mismo tiempo.
Hubo una pausa mientras todos en la habitación lo pensaban claramente. Al final McGonagall se aclaró la garganta: — El padre de Remus podría informar fácilmente al Ministerio de que es un hombre lobo si intentamos demandarlo.
— Hay una razón por la cual no le ha contado nunca a nadie —Aclaró Angela— Ni siquiera ha registrado a Remus. Lo sé, revisé nuestros registros en el Departamento de Criaturas Mágicas. Solo debemos asegurarnos de que sus razones se mantengan, incluso si se enfrenta a una condena en Azkaban.
— Es una buena idea —Eventualmente dijo Anders— Tendremos que discutirlo con Dumbledore. Tiene demasiada influencia en el Ministerio y podría ayudarnos. Entre más pruebas de abuso tengamos, mejor. De esa forma, ellos no pedirán que Remus muestre sus heridas ante un jurado y se arriesgué a revelar sus cicatrices.
Sirius los escuchó con alegría. Era en verdad bueno tener adultos de su lado. Él había escuchado horribles historias acerca de Azkaban de parte de sus padres y sonaba como el lugar perfecto para poner al padre de Remus. Se sentía a sí mismo empezar a querer a la Angela de apariencia frágil mucho más. Tenía una verdadera mente maligna detrás de aquellos grandes ojos azules y ridículos rulos. Podía entender el por qué a Anders le gustaba.
Cuando había un hoyo en la conversación se atrevió a levantar la mano.
— ¿Qué sucede, Sirius? —Le pidió Anders.
— Yo- uh- podría contarles lo que vi en la estación —Dijo— Y también sobre cómo se desmayó en los carruajes debido a sus heridas.
— Esa podría ser buena idea —Aceptó Anders, viendo a las dos mujeres— Si Sirius diera su testamento bajo el efecto del Verituserum le daría a nuestro caso mucho más peso.
— No puedo permitir que a uno de mis alumnos se le suministre Verituserum sin tener permiso de sus padres —Informó McGonagall con pesar— ¿Estoy mal al asumir que sus padres nunca lo permitirían, señor Black?
Sirius bufó: — Jamás lo harían.
— No, eso está bien —Aclaró Anders— En un caso de abuso infantil, usted solo necesita el consentimiento del mismo niño, obviamente sin fuerzas externas ni presiones, por supuesto. Hay varios casos en los cuales los padres no estaban felices de que sus hijos testificaran en esas situaciones y por eso se cambió la ley.
— Excelente, entonces —Dijo McGonagall, luciendo satisfecha— Los tres deben irse de inmediato, me temo. Tenemos que ir a conversar con el profesor Dumbledore.
De mala gana, Sirius, James y Peter se pusieron en pie y salieron por la puerta. Justo antes de irse, James giró y regresó: — Tendremos permiso de ir por él, ¿Cierto? —Preguntó, su voz llena de preocupación.
Sirius se congeló. No había considerado realmente la posibilidad de que no les permitieran ir a la misión de rescate.
— Yo en verdad considero que no sería apropiado...—Empezó McGonagall, pero fue interrumpida por Angela.
— Si Remus está mal herido y traumatizado, lo más probable es que se sienta cómodo si ve que sus amigos han venido a rescatarle —Dijo.
Tanto Anders como McGonagall se veían dudosos.
— Podríamos encontrar escenas realmente perturbadoras —Les advirtió Anders— Cosas que ningún niño debería ver.
Sirius abrió la boca para protestar que si Remus las estaba experimentando, los otros podrían manejar el verlas. Fue derrotado en eso, sin embargo, por Angela quien habló de nuevo.
— Vieron la habitación en la cual se transforma, y lo manejaron muy bien —Discutió— Considero que podemos confiar en ellos lo suficiente para no tomarlos por tontos.
Anders y McGonagall suspiraron al unísono y asintieron poco después. Los Merodeadores se sonrieron el uno al otro, luego Angela, les guiñó un ojo apenas Anders y McGonagall se giraron.
— Me gusta —Anunció Sirius, a medida que regresaban a su dormitorio.
— Por supuesto —Respondió Peter, rodando los ojos— Ella es una versión crecida y femenina de tú y James. Muy lista y calculadora.
— Y maravillosamente bella si le quitas todo ese aburrido cabello —Añadió James sagazmente.
— Si fuera un chico, veinte años más joven y sin estar casada a un profesor, podría haber sido una Merodeadora —Aceptó Sirius.
Otra semana pasó, y con ella, la Navidad. Aunque se encontraban deslumbrados por todas las decoraciones y celebraciones como las del año pasado, ninguno de Los Merodeadores habían sido capaces de meterse en el humor al pensar que Remus debería estar con ellos. Ninguno podía averiguar cómo algo tan simple como un papel del Ministerio que decía que tenían permiso para entrar en la casa de alguien, arrestarlo y luego buscar por un niño abusado tomará tanto tiempo.
Eventualmente, sin embargo, casi un mes después de que Remus huyera, los chicos se encontraron dentro de una partida de búsqueda conformada por Anders, Angela, McGonagall, Madame Pomfrey y un joven Auror, muy alto y de piel morena llamado Kingsley Shacklebolt quien, les habían contado, prometió ser discreto con respecto a la licantropía de Remus.
Shacklebolt había protestado vehemente cuando escuchó que venían tres niños del colegio que estaban en segundo curso a una misión de rescate, pero una dura mirada de la profesora McGonagall lo mantuvo en silencio. Sirius se preguntaba si Shacklebolt había sido uno de esos estudiantes que fracasaron en su tarea de transformaciones.
Hubo una molesta presión en su vientre a medida que se acercaban a la borrosa escena. Cuando aclaró, Sirius miró alrededor para encontrarse parado en mitad del jardín de una pequeña propiedad ubicada a la mitad del bosque. Los muros del jardín eran demasiado altos, mucho para que alguien pudiese escalarlos, y la pequeña cabaña frente a ellos se veían vieja y desgastada, igual a muchas de las cosas que le pertenecían a Remus. La pintura color crema se caía de las paredes donde ya se veían grietas, y el jardín no parecía haber sido atendido desde hace mucho tiempo.
Los chicos caminaron tras los adultos a medida que se acercaban a la puerta. Shacklebolt tocó fuertemente y hubo un tenso silencio mientras esperaban respuesta. Después de un rato oyeron el ruido de pasos y la puerta se abrió para revelar la cara sospechosa del hombre robusto de la estación que Sirius había visto. Tenía los ojos de Remus, denotó Sirius. De un marrón muy claro, casi ambarinos. Sirius había asumido que sus ojos eran una de sus características de lobo, pero obviamente se equivocaba.
— Señor Lupin —Dijo solemnemente Anders— Hemos venido siguiendo reportes de abuso infantil que toman lugar en esta casa. Tenemos permiso de catear por parte del Ministerio de Magia, así como una orden de arresto en su contra —Levantó dos gruesos pergaminos y los ojos del Señor Lupin se abrieron con miedo. Trató de cerrar la puerta, pero Kingsley y Anders ya se habían abierto paso.
— ¡Petrificus Totalus! —Gritó Anders para noquear al violento hombre y observo con una satisfacción salvaje el como John Lupin se arrodillaba y caía con un estruendoso Thump en el piso del salón.
Los Merodeadores siguieron nerviosamente a los adultos en la casa. Estaban bajo estrictas órdenes de mantenerse tan alejados como pudiesen, pero Sirius no pudo evitar darle una patada en el costado a John Lupin mientras pasaba a su lado.
— Oops —Murmuró cuando se dio cuenta de que Anders lo había pillado, ni siquiera esforzándose en parecer arrepentido.
Angela se paró en la mitad de la sala y sacó un extraño instrumento de los bolsillos de su túnica. Tenía dos campanas de plata al final de un largo palo del mismo material que estaba, de hecho, atado a un arco cuadrado. Angela le dio a las campanas un chasquido y el palo empezó a moverse. Cada vez que una de las campanas hacía contacto con la punta del arco, un sonido alto y resonante llenaba el cuarto.
— ¿Qué es eso? —Se atrevió a preguntar James.
— Un detector de hombres lobo —Respondió ausentemente, girando su cabeza mientras oía el sonido— Las puntas de plata se mueven mucho más rápido a medida que el hombre lobo está más cerca. Es como nuestro Departamento encuentra a los hombres lobo no registrados —Debió notar las miradas horrorizadas porque inmediatamente les dijo— No pienso reportarlo. Solo creo que esta es una manera efectiva para buscarlo si está en la casa —Parpadeó y giró en camino a la cocina— Allí —Indicó.
El resto la siguieron a la cocina. Estaba muy limpia, pero como el resto de la casa, todos los muebles se veían viejos y desgastados. Angela caminó en dirección a un viejo tocador de roble que estaba puesto al final de una habitación. Entonces se detuvo, frunciendo el ceño.
— Dice que está aquí —Aclaró.
— ¿Está en el tocador? —Preguntó inseguro Peter— No creo que Remus sea lo suficientemente pequeño para caber ahí.
Durante un horrible momento, Sirius vio a Remus muerto, cortado en piezas pequeñas y escondido en el closet. Angela habló de nuevo: — Parece que está debajo de nosotros.
— Debe haber un sótano —Dijo Shacklebolt, dando un paso al frente. Sacudió su varita, y con un ruidoso chirrido, el tocador se deslizó por el suelo. Verdaderamente, una trampilla de madera estaba escondida en la cocina.
— Su habitación —Murmuró Madame Pomfrey— Esperó que ese hombre se pudra en Azkaban.
Shacklebolt se arrodilló y forcejeó la puerta. Los otros se arremolinaron a su alrededor mientras descendía por la escalera que iba al piso de abajo.
— ¡Santo Merlín! —Lo escucharon gritar, su voz aterrada.
Inmediatamente, Anders y Madame Pomfrey lo siguieron.
— Ustedes niños se quedan aquí — Les dijo McGonagall seriamente. Los tres Merodeadores la vieron con terquedad.
— Como si alguna vez le hiciéramos caso —Reclamó Sirius.
Antes de que protestará, se lanzó por su lado y bajó las escaleras. Lo primero que notó fue el olor. Era el mismo que penetraba la Cabaña de los Gritos, sangre y animal salvaje. El aire era pesado y espeso, y cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Sirius se dio cuenta de que la "habitación" estaba aún más destrozada que la de la Cabaña.
El cuarto tenía un armario, una cama, una mesa de noche y el ahora roto baúl de Remus. Como la otra habitación, las paredes de piedra estaban manchadas de sangre y otras sustancias, algunas se veían nuevas y pegajosas. Sirius sintió la bilis subirle con prontitud.
— ¿Quién le haría esto a un niño? —Susurró Angela. Nadie le contesto, todos demasiado ocupados viendo la habitación con incredulidad y asco.
— ¿Dónde está? —Demandó Madame Pomfrey, con voz trémula.
— ¿Remus? —Llamó Sirius suavemente. Al sonido de su voz, un gemido bajo llegó de debajo de la cama.
— ¿Remus? —Dijo está vez Anders, aproximándose a la cama. No hubo respuesta esa vez. Anders levantó la mirada e indicó que se acercaran a Sirius, James y Peter.
Sirius se arrodilló y miró debajo de la sombría cama. El olor a sangre, sudor y lobo era tan fuerte que pudo distinguir inmediatamente a la figura pequeña que se acurrucaba en una esquina.
— ¿Rem? —Acercó su mano a la sombra— Soy Sirius. Hemos venido a rescatarte. James, Peter y yo convencimos a los adultos de ayudarnos para venir y encontrarte.
Hubo otro gemido un tanto más alto pero que sonó extraño, como si Remus tuviera problemas en formar palabras.
— ¿Qué dijiste?
— H'cha e laa.
Sirius se congeló, recordando lo que Angela les había contado hace unos días sobre las ejecuciones a hombres lobo.
— No hay hachas de plata —Respondió James, arrodillándose junto a Sirius y hablando urgentemente— No le dijimos nada al Ministerio, Rem. No nos importa. Tú eres nuestro amigo.
— En verdad lo eres Remus —Continuó Peter— Después de que Anders me explicará todos los prejuicios mágicos, pase de ellos, te lo juro.
— ¿'atios? —Preguntó la pequeña voz de nuevo.
— Tampoco traemos látigos, amigo —Contestó James, su voz rompiéndose un poco— Te lo prometemos. Solo somos nosotros, Anders y McGonagall, quien nos has estado lanzando "La mirada" todo el día, si te interesa, para que te mantengas fuera de su camino. También vino la esposa de Anders que podría ser una Merodeadora, para que sepas. Oh, también está aquí Madame Pomfrey quien tiene ese look de pocionista malvada que recomienda estarse fuera de su camino, y este tipo llamado Shacky algo quien tiene una hermana que es mujer lobo y él la ama.
Hubo un sonido extraño entonces, como un quejido reprimido. El corazón de Sirius latió con miedo hasta que se dio cuente de que era una risita ahogada: — 'ú estas divagando, 'ames.
— Veo que ese Merodeador interno no te ha dejado, entonces —Dijo Sirius secamente, casi sonriendo al ver la expresión indignada de James— Ya extrañábamos su creatividad para las bromas.
Hubo un largo silencio en el que todos en el cuarto contuvieron la respiración. Los adultos se echaron para atrás de manera que no incomodaran a los niños. Sirius estuvo a punto de saltar cuando de repente sintió una mano pequeña y caliente agarrarse a la que había metido debajo de la cama. La sostuvo con cuidado.
— ¿Us'edes no me odian? —La esperanza que había en esa voz callada fue lo más rompecorazones que Sirius había escuchado.
— No, Remus. En verdad no lo hacemos. El que tú seas un hombre lobo no es una razón lo suficientemente buena para romper un deseo hecho con sangre y sombras de luna.
La mano que tenía agarrada Sirius se tensó: — ¿Viste?
— Lo vi —Repuso Sirius, hablando suavemente y tratando de divisar la expresión de Remus. Sus ojos no estaban acostumbrados a la oscuridad y solo podía ver pequeñas partes de los ojos ambarinos que le miraban— Te seguí esa noche. No necesitabas hacerlo, sin embargo. Ya queríamos ser tus amigos antes de eso. Solo estábamos un poco asustados cuando te vimos darle una paliza a esos Slytherin en las mazmorras. Aunque no sé por qué. Fue bastante impresionante.
Hubo un sonido entre cortado y luego otro. A Sirius le tomó un tiempo darse cuenta de que la mano de Remus temblaba porque estaba llorando.
— ¡Pe-pe-pensaba que todos m-m-me odiaban!
Sirius compartió una breve mirada con James y Peter, luego volvió a arrodillarse, extendiendo ambos brazos debajo de la cama: — Sal de ahí, amigo. Tenemos que arreglarte.
Hubo más sonidos de sollozos y luego una forma renqueaba hasta ellos. Cuando Remus emergió de la cama, Sirius tuvo que pelear con las ganas de llorar por el shock. Era un desastre: Lastimado y cubierto en sangre y quemaduras que habían teñido su pijama de un rojo pegajoso. Era imposible adivinar de qué color era su cabello. Aferraba unas viejas cajitas contra su pecho herido con una mano mientras se arrastraba.
— Ah, Rem —Fue lo único que pudo decir Sirius.
Sacó al chico sin protestar delicadamente envolviéndole entre sus brazos y sintió a la forma delgada hundirse en su pecho. Remus olía horrible, una mezcla de sangre, enfermedad y heridas infectadas, pero a Sirius no le podía importar menos. Solo se aferró a él, temblando y con los ojos abnegados en lágrimas.
— ¿Remus? —Dijo James, acercándose y tomando una de las manos de Remus— Lo sentimos. En verdad lo hacemos.
Peter se les unió igualmente, y acercó una mano para tocar las cajas que Remus apretaba contra su pecho. Sirius las reconoció entonces. Una era de Grageas de Bertie Bott de todos los sabores, la otra de grageas silbantes y la última de ranas de chocolate. Una de ellas todavía tenía un poco de papel de regalo navideño atascado. Sirius sentía su corazón partirse.
— Te daré un mejor regalo que eso este año— Susurró en el oído de Remus.
