20.

—Tranquilos… esto no les dolerá…—El hombre que tantas cosas les había enseñado, ahora solo les sonreía con una sonrisa digna de una película de terror. Sadista, macabra… impaciente.

Los pequeños Matsu se acurrucaron los unos contra los otros y pudieron sentir como el contrario temblaba y hasta se había mojado en los pantalones. Estaban muertos de miedo y probablemente no tardarían en estarlo de verdad.

Pensaron en su mami, en su papi y en todos esos cuentos que les leían antes de irse a dormir. Pensaron en la voz de la chica que les gustaba a los seis, preguntando si querían salir a jugar con ella. Pensaron en su primer perro, Valiente, que habían tenido que enterrar luego de que jugando en la calle un auto no lo vio y lo pisó, porque su cuerpito había salido muy lastimado de eso. Pensaron en que quizás, ahora, podrían reencontrarse con él.

Pensaron, entonces, en que Valiente no querría eso.

Valiente no querría verlos en el cielo de los perritos, porque él siempre les había ayudado.

Se había puesto debajo del árbol cuando Choromatsu quiso treparlo como un imprudente pese a saber que se iba a caer de él, pero igual quería intentarlo. Y Valiente apaciguó la caída y el feo golpe que se hubiera dado poniendo su lomo.

Se había hecho un lugar entre los brazos de Todomatsu cuando éste lloraba por alguna pesadilla desde que sus padres le habían dicho que ya no tenía edad para un peluche y por lo tanto no tenía a nadie que lo protegiera de ellas como su osito de felpa. Y Valiente había tomado su lugar.

Se había comido las verduras del almuerzo que Karamatsu odiaba. Sus padres siempre los obligaban a comer al menos una vez al día ese repugnante brócoli y Karamatsu lo detestaba al punto de querer vomitar apenas tocaba la punta de su lengua. Y Valiente se ponía debajo de la mesa, esperando a que Karamatsu extendiera su mano a escondidas y le diera la verdura.

Se había preocupado por Jyushimatsu cuando éste se raspaba en sus juegos, porque el quinto de ellos era el más bruto al momento de divertirse y muchas veces eso terminaba con él rasguñado y sangrando. Y Valiente lo veía llorando y se acercaba a su rodilla raspada para lamerla y limpiar su sangre, además de hacerle cosquillas y hacerle reír.

Se había inculpado cuando Osomatsu en sus travesuras tiraba algunas cosas y rompía algo de valor entre ellas. Y Valiente no dudaba en aparecer en la escena delante de Osomatsu, para bajar las orejas y esconder la cola entre las patas, aunque sabía que él era inocente.

Se había arriesgado a recibir golpes o patadas de los adultos cuando éstos acosaban ya fuera física o verbalmente a Ichimatsu cuando él aún podía jugar sin problemas en la vereda de la casa. Y Valiente aparecía, gruñendo y ladrando, listo para morder a alguno si osaba acercarse más al menor.

Se había ganado el corazón y amor de todos, a la vez que sus lágrimas cuando debieron despedirse.

Y también se había ganado su respeto y su confianza… confianza que, por alguna razón, por algún motivo, se transmitió a ellos cuando ese señor malo iba a darles el primer golpe.

—¡H-Hay que ser como Valiente!—El primer grito fue de Osomatsu, quien se soltó de sus hermanos que lo abrazaban y se tiró directo a su agresor, lanzando un grito de guerra. De valentía.

El nombre resonó en la mente de todos.

Valiente.

Valientes.

—¡Vamos! ¡Hay que ayudar a onii-chan!—gritó Choromatsu, corriendo hacia Osomatsu quien había saltado al más grande para arañar con sus pequeñas manos su rostro. Impedirle la vista. Algo.

Algo que les hiciera ganar tiempo. Algo que los ayudara a salir de ahí.

Choromatsu se apoderó de sus piernas, queriendo hacerlo caer mediante patadas y empujones.

—¡Vamos, Ichimatsu-nii! ¡Seamos como Valiente!—dijo Jyushimatsu, tomándolo de la mano para ir directo a la batalla.

Para Ichimatsu, tener la mano entrelazada de Jyushimatsu con la suya, significaba ser gigante y por eso no dudo cuando estuvieron delante de su atacante que ya estaba acostado en el suelo.

Todomatsu estaba estático. Tenía mucho miedo y sentía que se haría en los pantalones de nuevo. Quería a su mami, quería a su papi y quería a su osito. Quería ser valiente, como sus hermanos y como el mismo Valiente, pero no podía. Y fue entonces cuando sintió como una mano se aferraba a la suya y la tironeaba despacio, indicándole que viera en su dirección. Karamatsu lo miraba con una sonrisa.

—¡Woof!—ladró, logrando que Todomatsu reaccionara. Las lágrimas que se le habían acumulado en sus ojos se deslizaron por sus mejillas y su ceño se frunció en un gesto de decisión.

—¡Woof…!—correspondió al ladrido, dando el primer paso para ir a ayudar a sus hermanos.

Estaba bien.

Estarían bien.

Eran pequeños, pero eran seis. Valiente era uno, pero era grande y siempre, siempre les había enseñado a ser fuertes.

Siempre estaba con ellos, enseñándoles a ser valientes.

En las noticias de esa noche, esos seis niños pequeños fueron héroes.

Y cuando un reportero les preguntó cómo no habían sentido miedo estando encerrados con un asesino arduamente buscado, ellos solo se tomaron de las manos y mirando a la cámara unieron sus voces en un solo sonido.

—¡Woof!

Woof.


El último ladrido es Valiente desde el cielo.

Este es uno de mis drabbles más sentimentales. Ni siquiera lo había planeado con antelación, solo... ah... Creo que aún extraño a Umita.

Y sí, lloré escribiéndolo...

Pero... ¿creo que es uno de mis mejores drabbles...? Le dejé mucho sentimiento, en serio... ¿Podemos pensar en que los perros son ángeles de cuatro patas...?

No sé... espero que les haya gustado, lo hice con el corazón totalmente abierto y transparente.

Gracias por leerme, no saben cuanto lo agradezco.

Bel