Dieciocho: Sobre la humanidad

Una semana después, Beryl despertó de otra pesadilla. Las imágenes de lo que había vivido no se habían ido del todo de su cabeza. Pero estaba de vuelta, en la casa cápsula de siempre.

Desde la cocina, llegó el aroma del desayuno recién preparado. Alguien se había levantado antes que ella y había quemado las tostadas. Ya se imaginaba quién podía ser.

Fue hacia la ventana, corrió uno de los paños de la cortina y allí estaban. Las otras dos casas cápsulas de los enviados del FEU para investigar el incidente de la muerte de Ariadna, el ejemplar hembra de minotauro. La sola visión de aquellas cúpulas blancas, insertadas a la fuerza en el bosque de la isla, era un poco grotesca. Así y todo, a la bióloga no podía darle más tranquilidad el saber que estaba acompañada por los suyos. Aunque fuese algo temporal.

Se encaminó a la cocina, ansiosa, en su pijama desgastado y con su cabello revuelto por las mil vueltas sobre la almohada en una noche de mal sueño. Entonces, se encontró con quien esperaba. La muchacha pelirroja y regordeta que hacía un desastre con su tostadora, mientras derramaba el café, aún no se había dado cuenta de que ella estaba mirándola.

—¿Desde cuándo te dejan encargada de la comida, Ruby Garnet? ¿No había suficiente caos en esta isla?

La aludida dio un respingo, con el que casi tira al suelo la taza que tenía delante en la mesada.

—¡Ah, me asustaste! —exclamó—. Nadie me puso aquí, es que acabo de llegar desde la Capital del Este, trayendo los suministros para todos ustedes. ¿No tengo derecho a tomar al menos un desayuno decente?

Beryl estaba por contestarle, cuando entró a la casa uno de los miembros del equipo de investigación del FEU. Era un hombre-tigre de unos treinta y tantos años y muy pocas pulgas. En más de un sentido.

—Ah, pensé que algo se había incendiado aquí adentro, resulta que nuestra genia de la cocina ha pisado la isla —comentó el hombre, con sorna—. Felicidades, Garnet, es lo más asqueroso que he olido.

—Vete a la mierda, Onyx —contestó la pelirroja, mientras raspaba el negro de sus tostadas con un cuchillo.

Él se apoyó en el marco de la cocina y le sonrió de lado.

—Iré, pero detrás de ti, como siempre.

Viendo que aquellos dos estaban por empezar una de sus discusiones interminables, la única residente permanente de Viridis decidió intervenir.

—Vamos, hombre, este pijama es casi transparente. Espera afuera a que terminemos de arreglarnos y luego hablaremos.

Recién entonces, el hombre-tigre pareció notar la presencia de Beryl en la casa.

—Stone, a menos que seas otro ejemplar de animal a punto de extinguirse, no me interesa que estés bailando en pelotas en medio de la sala.

La bióloga se sobresaltó al oírlo.

—¡Hey! ¡Más respeto!

—Me refiero a que necesito hablar contigo, ahora —explicó el investigador—. Es sobre ese nuevo voluntario tuyo, el que se hace llamar como un número.

—¿Qué pasa con él?

—Es raro como la mier…

—Ya entendí que estás en confianza, hombre —lo regañó Beryl, cruzándose de brazos para que el transparente en su pijama no se notara tanto—. No hace falta que me sueltes una puteada cada dos segundos.

Pero el hombre-tigre parecía demasiado impresionado con la situación para seguir el ritmo de sus bromas mañaneras.

—¡Como para no largar insultos, Beryl! ¡Ese tipo vuela!

—También lo hace la hija de Míster Patán, o esos chicos que se ponen disfraces ridículos y golpean ladrones luego de bailar —insistió ella, con tranquilidad—. Y nadie dice nada.

—Oh, sí. Gran Saiyaman uno y dos —intervino Ruby, todavía tratando de salvar sus tostadas—. Los vi en las noticias, el otro día.

—En fin. "Numerito" tampoco dice nada de utilidad sobre lo que pasó con Ariadna. Vamos a tener que cerrar el caso con una sanción hacia ti y Saphir, por la intrusión del hombre-perro Lapislázuli y sus secuaces.

Un escalofrío subió por la espalda de la bióloga, al escuchar el malentendido que había permitido que se creara en torno al verdadero nombre de su ex amante, antiguo compañero-espía, nuevo colaborador.

Ella había decidido no abrir la boca, luego de encontrar vivo al ejemplar macho del minotauro y a sus compañeros del FEU custodiándolo. Diecisiete parecía haber decidido lo mismo, pero no había vuelto a encontrarse con ella a solas. Ambos estaban concentrando todos sus esfuerzos en recomponer la armonía de los animales en Viridis. Ni siquiera se miraban a los ojos, cuando se cruzaban por casualidad.

—Está bien —asintió, resignada—. Los que teníamos esa responsabilidad éramos nosotros, al fin y al cabo. Aunque el único pecado de Saphir fue buscar quien nos ayudara en este lugar. El pobre está recuperándose de la cirugía por los balazos, deja que yo cargue con esto.

Onyx continuó, más serio que nunca.

—Claro que no. Él ya ha sido reasignado a la central. Apenas se recupere, tendrá que hacer trabajo de concientización a jóvenes en escuelas de alguna región lejos de aquí. Y tú puedes tener un destino parecido, todavía no lo hemos decidido.

Beryl había imaginado que algo así podía ocurrir, pero el oírlo no fue menos doloroso. A su lado, la otra bióloga evitó mirarla y se concentró en no quemar el café. Ella suspiró y se esforzó por mantenerse lo más serena posible. Aunque las lágrimas amenazaban con nublarle la vista por completo.

—Entiendo —contestó—. Parece que el único trabajo de base, el que evitaría que tuviéramos que correr como locos por todo el planeta luchando contra la corriente, es un castigo para nosotros. La educación de la humanidad es el mejor remedio para evitar todos estos males, ¿sabías?

Onyx se encogió de hombros y robó una de las rodajas de pan carbonizado del plato que la pelirroja había dejado descuidado por correr a la cafetera.

—Como digas. Pero la paga es mucho menor.

—No me importa —concluyó ella, casi en un murmullo—. Avísame cuando hayan tomado la decisión.

«De todas formas, no estoy segura de poder seguir en Viridis, luego de todo lo que ha pasado. Y más ahora, que…».

Entonces el hombre-tigre interrumpió sus pensamientos, sacando a colación el segundo tema más escabroso para ella.

—Otra cosa, Stone. ¿No podrías decirle a tu amigo que considere la idea de ser asignado a la misión del Ártico? Sus habilidades serían muy apreciadas por allá.

—¿Cómo? ¡Deja de quitarme a mis voluntarios!

—No es eso, mujer. De todas formas, podemos asignar a otra persona a esta isla.

—Basta, Onyx. Si él ha decidido quedarse aquí, no lo molestes.

La pelirroja se había ubicado en la barra americana a beber café y comer tostadas, sin invitar a ninguno de los dos. Ellos tampoco le pidieron probar nada.

—Ya, está bien —cedió el investigador—. Solo digo que es un desperdicio de recursos para solo un minotauro.

—¡Si nos hubieran dado más recursos a Saphir y a mí desde un principio, tendríamos a dos minotauros! —rebatió Beryl, todavía dolida por la forma en que habían resultado las cosas.

Onyx levantó ambas manos en señal de rendición.

—Sí, sí. Olvida lo que dije. Total, Numerito ya nos dijo que se va a quedar y aceptó el puesto de guardaparques con esa única condición. Hace un rato lo hicieron firmar el contrato con el FEU.

Beryl no pudo contener una sonrisa al imaginar semejante escena.

«Diecisiete firmando un contrato. Debió ser graciosísimo. Menos mal que no estuve ahí».

De pronto, sintió que ya había tenido bastante del tema por ese día. Y recién acababa de levantarse. Era momento de poner un límite. Así que dio una palmada en el aire y empujó al intruso hacia la salida de la casa.

—Bueno, ya te has quejado lo suficiente —dijo, mientras arrastraba a Onyx fuera de la cocina—. Ni siquiera he tenido tiempo de lavarme los dientes. Luego nos vemos.

El investigador se alejó de su agarre y se volvió hacia ella, irritado.

—¡Para un poco! Eso no era todo. Vengo a preguntarte si está bien que él y tú convivan bajo este techo hasta que se decida tu nuevo destino.

Beryl perdió impulso y se detuvo, boquiabierta. Había olvidado ese detalle. En realidad, tenía sentido. Ellos eran ecologistas, no podían ir poniendo una casa cápsula por cada individuo que estuviera en la isla.

—No hay problema —dijo, con el corazón latiendo a mil en su pecho—. La habitación que era de Saphir sigue intacta.

—Hecho, entonces. Iré a avisarle —dijo Onyx, antes de salir con un portazo ruidoso de la casa.

Beryl suspiró y regresó a la cocina. Mil pensamientos burbujeaban en su cabeza, en ebullición. Al pasar por la barra americana, la pelirroja le alcanzó un jugo de naranja.

—Lo siento tanto, amiga.

Ella sonrió con tristeza y evaluó el jugo. De repente, su estómago se había contraído, dejándola sin ganas de pasar ni un trago de agua.

—¿Qué cosa, de todas las desgracias que me han ocurrido en los últimos tiempos? —preguntó, dejando el vaso intacto en la mesada.

—Todas, supongo —contestó Ruby.

Ambas quedaron en silencio por un instante. Beryl se giró para mirar a su compañera, decidida a seguir adelante como fuese.

—Ya está. Lo que importa es que Teseo seguirá protegido —comentó, con un optimismo forzado que algún día sería asimilado y convertido en realidad—. Ahora, dime. ¿Has traído lo que te pedí?

La pelirroja asintió y corrió hasta su bolso, de donde sacó una caja rectangular con un logo más que conocido. El símbolo femenino reemplazaba una de las letras de la marca y, en uno de los extremos superiores, se prometía una exactitud superior al 99% en el resultado.

—Sí. Toma —dijo, al extendérsela—. Sé que prometí no hacer preguntas, pero me muero de la curiosidad.

El estómago de Beryl volvió a revolverse al tener el objeto en sus manos.

—Ruby. Por favor, no ahora —rogó.

La otra muchacha volvió a sentarse con su café y mordisqueó una de las tostadas.

—Ya lo sé. Es que esto es lo último que pensé que tendría que llevarle a una mujer que vive sola en una isla —confesó, con la boca llena—. ¿Cómo?

Beryl no pudo creer que le estuvieran haciendo semejante pregunta. Las dos eran bastante adultas para eso.

—¡Usa tu imaginación! —respondió, antes de ir a encerrarse al baño con la cajita.


Diecisiete inspiró hondo, hizo una inclinación de cabeza y dejó la cueva donde habían enterrado a la minotauro hembra, para protegerla de los que pudieran profanarla en busca de sus cuernos. Al salir, el aire de la selva lo recibió con la frescura de costumbre. El sol comenzaba su viaje ascendente, en un cielo libre de nubes. Ese día sería caluroso.

Pensativo, se arremangó la camiseta verde y blanca que había recibido de sus nuevos jefes. Ahora sí sería empleado de alguien. Se sentía extraño, aunque era divertido que le pagaran por algo que él hubiera hecho gratis de todas maneras. Sabía qué era lo que lo había influido para poner su nombre de androide en aquellos papeles. Era muy simbólica la forma en que se había dejado poner aquella banda naranja en el brazo. Estaría atado a lo que había vivido en esa isla por el resto de su vida; el título de ranger era una consecuencia, no la causa de su nueva forma de vivir.

Estaba a punto de hacer su primera ronda por el terreno, cuando notó que uno de los arbustos se movía. No era el tipo de movimiento sutil de un animal, de esos que la naturaleza reconoce como propios y ayuda a esconder en medio del entorno para que la cadena alimenticia siga su curso. Este era un movimiento extraño, humano, ajeno a Viridis.

El androide se acercó al arbusto, con su rapidez sobrenatural, listo para sacar a patadas a quien estuviese molestando en su primer día como guardaparques oficial. Apartó las ramas, dispuesto a esquivar balazos, puñaladas o cualquier otro tipo de ataque. Lo que encontró lo dejó congelado de la sorpresa.

En su refugio mal improvisado, un niño de unos diez años lo enfrentaba, temblando, pero con una mirada feroz. Se veía mal alimentado, su piel había pasado mucho tiempo bajo el sol y sus ojos oscuros delataban su ansiedad. Detrás de él, había un bulto cubierto por una manta negra.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, aún incrédulo de lo que veía—. ¿Cómo has llegado hasta este lugar, niño?

—Eso no te interesa —gruñó el pequeño, antes de levantar un revólver en su mano temblorosa—. Vete y haz de cuenta que no has visto nada, o te… te dispararé.

Diecisiete enarcó una ceja.

—¿De verdad? —murmuró, antes de quitarle de un manotazo el arma y arrojarla lejos.

El pequeño intruso, más allá de atemorizarse por la muestra de velocidad, hizo un berrinche.

—¡No! ¡Acabas de robarme! ¡Devuélvemela, es mía!

—Lo dudo mucho, déjame decirte —se sinceró el androide—. Y los niños no deben jugar con armas, menos en un lugar como éste. Vuelve a tu casa —ordenó, mientras observaba a su alrededor, en busca de otros invasores—. ¿No están tus padres por aquí? Tendré una conversación con ellos. Este lugar no es turístico.

Lo sorprendente fue que, por más que observó y se detuvo a hablar bien alto, nadie apareció para atacarlo o hacer de refuerzo del niño. Entonces, sintió un tirón en su camiseta y miró hacia abajo, por reflejo. El pequeño seguía allí, con su expresión de piedra.

—Pero tampoco es privado, ¿verdad? —dijo—. Cualquiera puede dar un paseo, no veo que esté prohibido.

Diecisiete quedó mudo por un momento. El descaro en los argumentos del niño se le hizo muy familiar. Algo en su inocencia le produjo una sensación cálida en el pecho, a pesar de que presentía que había algo muy malo en aquella situación. Y debía averiguar qué era.

—Lo siento, niño. Tendré que ponerte en el primer bote que salga de aquí al continente. Allí deben estar buscándote.

Y extendió su brazo para tomarlo y largarse, pero éste retrocedió nervioso, como si él hubiese querido golpearlo.

—¡No! ¡No te atrevas a tocarme!

El androide se sintió aún más incómodo. Era increíble que lo mirara de esa manera. Él no pensaba hacerle daño. ¿Cómo podía hacérselo entender?

En eso, un gemido débil llegó hasta ellos, desde el bulto oscuro en el suelo. Diecisiete se puso en alerta. No importaba la ternura que pudiera provocarle la indefensión de ese pequeño, podía haber lastimado a alguno de los animales y debía poner remedio a eso de inmediato.

—¿Qué has estado haciendo? ¿Acaso el mundo está tan mal, que incluso un niño hace estas cosas?

El otro se tensó de inmediato y tomó una rama del suelo para apuntarle con ella, aunque el efecto fue algo cómico, por lo pesada que resultaba en sus brazos.

—Eso… Eso es —tartamudeó, con su voz aguda—. ¡Soy de lo peor! Lar… ¡Lárgate de aquí! ¡Puedo lastimarte!

Diecisiete resopló, asqueado, y avanzó sin problemas hacia el bulto que comenzaba a moverse con dificultad. El invasor gritó con desesperación y se abalanzó sobre él, aunque no consiguió más que aferrarse a uno de sus tobillos. Para el androide, aquello no era obstáculo.

Al descorrer la manta, la sorpresa volvió a apoderarse del nuevo guardaparques.

Una niña, tal vez un par de años más pequeña que el descarado que lo insultaba entre sollozos, dormitaba en un colchón de hojas. No tenía buen aspecto. Sus mejillas estaban coloradas y sus ojos desenfocados. Respiraba con dificultad, por la boca. Y tenía el mismo color tostado en la piel y el cabello castaño rizado, igual al del mocoso delincuente.

—Espera. ¿Qué es esto? —preguntó, horrorizado—. ¿Qué le ha pasado?

De pronto, el niño lo empujó, aprovechando la confusión. Con agilidad, se colocó entre el androide y la pequeña durmiente.

—¡Déjanos en paz! ¡Sólo estamos aquí para buscar el cuerno del minotauro! —confesó, por fin—. Mi hermana está muy enferma, nadie quiere ayudarla, mis padres ya no están y, en el orfanato… ¡Hice de todo para llegar hasta aquí, no voy a volver atrás! ¡Voy a salvarla, así deba… así deba…!

«Oh. Es eso. Qué pena» pensó Diecisiete, mientras un nudo se apretaba en su estómago hasta volverse una presión insoportable.

—El cuerno del minotauro es una leyenda falsa, niño —aclaró—. Lo siento.

La desolación en el rostro infantil fue casi tan dolorosa como un golpe físico.

—¡No! ¡Son mentiras! —reaccionó el niño, al borde de la histeria—. ¡Solo me llevaré un pedazo de cuerno, no lo lastimaré!

—Eso sería imposible, mocoso. Morirías en el intento. Y, aunque lo lograras, el polvo del cuerno de minotauro no curará a tu hermana.

«Ni siquiera si se comiera el corazón. Eso la convertiría en un monstruo deforme, como al viejo Mirk» recordó el androide, apenado por el papel horrible en que aquella superstición dejaba a ambas partes.

—Déjame intentar, aunque sea —gimió el niño, con la cara empapada en lágrimas—. Por favor. ¡No quiero que se muera!

La situación se invertía. Ahora, había una necesidad real de un milagro. Era una pena que las cosas no funcionasen como en los cuentos de hadas o las supersticiones baratas que vendían las personas. Empezaba a entender las razones de que tanta gente se aferrara a semejantes creencias. Pero no bastaría con darle una palmada a ese niño y enviarlo de vuelta al mar.

El llanto del pequeño se hacía más potente con cada segundo que pasaba. Podían llegar a llamar la atención de algún gran felino, o de uno de los rígidos compañeros de la organización que todavía seguían preguntando qué había ocurrido en las últimas semanas en Viridis. Entonces, la solución vino a él con claridad abrumadora.

—Cállate un poco, niño —murmuró, mientras aferraba a ambos pequeños y levantaba el vuelo con ellos—. Se me acaba de ocurrir una cosa.


Cuando el androide aterrizó con los niños en el campamento del FEU, los dos que dirigían al resto parecían discutir a gritos. Se trataba de una muchacha regordeta y pelirroja y un hombre-tigre de mal carácter. Los demás trabajadores de la organización iban y venían a su alrededor, como si aquello fuese cosa de rutina. Incluso a él, en esa semana, se le habían convertido en parte del paisaje.

Tal vez fue por eso que todo el mundo tardó en reaccionar a su llegada con esos dos pequeños en brazos. El niño, en especial, era muy ruidoso y su llanto competía con las exclamaciones de los dos adultos. Al final, su voz aguda terminó por ganar la atención general.

Por lo inquieto que era el mayor, no podía soltarlo. Y la menor estaba muy débil, así que tampoco podía darse el lujo de ponerla de pie o enviarla a sentarse en alguna roca. Así que se quedó allí, sosteniendo a los dos con cierta incomodidad, mientras cada uno de los miembros del FEU dejaba lo que estaba haciendo para mirarlo con incredulidad.

Al fin, los primeros en reaccionar fueron los líderes del grupo.

—¿Por qué se quedan viéndolos? —exclamó la joven—. ¡Son un par de niños perdidos, vayan a buscar algo de comida y agua!

Todos se dispersaron de inmediato al oírla. Ella avanzó hacia Diecisiete, que la observaba admirado, hasta que el hombre-tigre se interpuso entre ambos, con su mala cara de costumbre.

—¿Esa niña tiene algo? —preguntó, luego de fijar su mirada en los tres recién llegados—. ¡Llévenla a la enfermería!

—¿Tenemos enfermería? —preguntó uno de los subordinados, con desconcierto.

La pelirroja y el tigre se mostraron confundidos por algunos instantes. Como el objetivo del campamento era la búsqueda forense de pruebas, el lugar estaba lleno de biólogos, peritos veterinarios y algún investigador de la policía del Rey del Mundo. Pero no había médicos. Nadie había pensado que fuesen a necesitar uno.

Con rapidez, el tigre se repuso y volvió a dar órdenes a todo el que estuviese cerca.

—Más vale que armen una en este momento. Y si no hay un médico disponible, me llaman al de la isla habitada más cercana —dijo, en un gruñido terrible, antes de marcharse a supervisar que cumplieran con lo que había pedido.

Más allá del campamento, en la casa cápsula original que mantenía la vigilancia sobre la isla, Beryl había salido a ver lo que ocurría y lo observaba, con una expresión muy extraña y el rostro algo demacrado. Antes de que él atinara a hacer algo, ella se volvió y corrió a meterse en el interior de la vivienda.

Iba a seguirla, preocupado por si el resultado de la investigación terminaba por perjudicarla, cuando escuchó los chillidos del niño al que acababa de rescatar del bosque. Parecía reacio a que los colaboradores del FEU se llevaran a su hermana al interior de uno de los refugios.

—¡No la toquen! —gritó el pequeño, abrazando con demasiada fuerza a su compañera.

Diecisiete fue hacia allí, a tiempo de encontrarse con Ruby arrodillada frente a él.

—No te preocupes. No le haremos daño. Es tu hermanita, ¿verdad?

La dulzura de la investigadora desarmó al niño, que no se negó a responder, pero lo hizo con timidez.

—Ajá.

—¿Y tus padres? —intervino Onyx, que seguía rondando el lugar como una mosca—. ¿Cómo te llamas?

La brusquedad del hombre-tigre intimidó al pequeño desconocido, que entró en un mutismo difícil de romper. El androide decidió que podía ser de ayuda, así que se puso a su espalda y le colocó una mano en el hombro, con cuidado.

—Si no nos dices, los llamaremos Uno y Dos —dijo, en tono bromista—. Hasta que confiesen sus nombres reales.

El tigre lo fulminó con la mirada.

—Numerito, no le pegues esa manía.

Diecisiete lo ignoró y aguardó, hasta que el niño volvió a hablar.

—Estoy bien con Uno —aceptó, con cierta renuencia—. Mi hermana será Dos.

Por fin, soltó a la niña y permitió que la llevaran para atenderla. Habían ubicado a un médico en una de las islas más cercanas, por lo que pronto el tema estaría resuelto. Al menos, sabrían cuál era la afección que había llevado a los dos a la desesperación, al punto de viajar hasta allí.

—Perfecto —gruñó Onyx—. Uno y Dos. Ahora será más difícil ubicar a su familia.

—Déjalo en paz —lo defendió Ruby, antes de volverse al niño con su sonrisa más amigable—. No seguiremos preguntando por hoy, te lo prometo. Vamos a comer algo, ¿te parece?

El pequeño lo pensó por un momento, durante el cual los presentes hicieron de cuenta que no oían el rugido de sus tripas.

—Quiero ver a mi hermana primero —decidió.

—Está bien. Yo te llevaré y luego dejarás que te caliente algo de la cena de anoche —negoció la pelirroja, ofreciéndole su mano.

El otro miró con aprensión la mano que le extendían y se volvió hacia Diecisiete, como si dudara de alejarse. Él lo empujó con suavidad hacia la muchacha. Recién entonces, Uno se atrevió a aceptar la invitación de Ruby.


Mientras el niño se alejaba, dejándose conducir a una de las casas cápsula, el androide se retiró hacia el área de árboles que rodeaba el claro donde habían instalado el campamento. Se sentía abrumado por lo que acababa de ocurrir. Y no lo entendía con su parte racional, la más calculadora, la que siempre llegaba al fondo de las cosas. Pero algo en esos niños lo había dejado profundamente alterado.

Además, por si fuera poco, Beryl había regresado y parecía en un estado mucho peor al de él. Caminaba con rapidez, en dirección recta a la roca donde él acababa de sentarse.

El momento había llegado. Iban a enfrentarse de nuevo, después de una semana de no hablarse, de hacer de cuenta que no eran más que dos extraños que se habían encontrado en medio de una catástrofe. En realidad, él había guardado la esperanza de que las cosas quedaran así. Hubiera preferido que sus últimos recuerdos con ella fuesen agradables, tenerla en su memoria como la muchacha con la que había convivido. No quería terminar todo en una discusión explosiva y llena de reproches.

Estaba por levantarse para desaparecer de allí antes de que ella pudiera alcanzarlo, cuando notó que ella llevaba algo en la mano. Y, de solo verlo, él supo lo que era. Las cosas no habían cambiado tanto desde que él era un adolescente rebelde, como para no imaginar lo que la bióloga le traía. Las fuerzas lo abandonaron y quedó sentado en la roca, sin saber qué hacer.

Aquel día se iba volviendo más y más extraño.

En pocos segundos, Beryl llegó frente al androide, con un brillo distinto en sus ojos grises. Diecisiete abrió la boca, pero no pudo articular sonido. Ella levantó el objeto alargado que había llevado hasta allí, de color blanco y rosado, con una ventana en medio que contenía un indicador con dos líneas rojas. Él no era ningún experto en aquellas cosas, pero sabía que lo que estaba viendo era una prueba de embarazo, y que, de haber sido negativa, no estaría en otro lugar que no fuese la basura.

Apenas pudo carraspear, cuando la bióloga lo interrumpió.

—Aquí está. Míralo bien. Y no vuelvas a decir que no eres tan humano como yo.


25/03/18: ¡Gracias a los que han añadido a sus listas de lectura, los que dejaron sus votos y comentarios! Voy a traer el final antes de que termine el mes, lo prometo. Estos capítulos han sido difíciles de escribir, aunque ya tenía la idea en mente. Será que no quiero terminar, los voy a extrañar.

Terminó DBS y amé el final. Nunca imaginé que él tendría semejante papel en este último capítulo. Casi lloro de la emoción, fue hermoso. Creo que representó todo lo que nos mostraron en esta nueva etapa del personaje. Me siento orgullosa de haberlo elegido para escribir esta historia, creo que no estoy tan alejada de la intención que tuvieron con él en la serie. Soy feliz.

Ahora, una noticia muy triste: hace poquito murió el último ejemplar de rinoceronte blanco del mundo. La realidad a veces supera cualquier ficción morbosa que queramos escribir, eso habla muy mal de nosotros como seres humanos. La tierra que estamos destruyendo es la casa de nuestros hijos y nietos, quién sabe cuál será el destino de aquellos que ya no tengan suficiente agua, alimentos, energía. La caza es de los peores delitos que cometemos contra nuestro entorno, es la muestra del mayor desprecio por nuestro planeta. Además, empiezo a ver marcas que pretenden imponer de nuevo los abrigos de piel como señal de estatus. Ese pensamiento es retrógrado, anticuado, no debería tener lugar en el siglo 21 y con las nuevas generaciones. Ojalá haya una mayor conciencia y nadie siga esa tendencia espantosa. El lugar de la piel es con sus dueños naturales, nosotros podemos vestirnos con mil cosas más agradables.