Chibitalia.

A Sacro Imperio Romano le llegó la hora de despedirse de Italia. Atardecía. No quería hacerlo. Pero no iba a dejarla así como si nada.

A pesar de todo, la amaba.

Caminaba por las calles de la ciudad. Uno de sus compañeros de batalla le advirtió que partirían en cuánto él terminara de alistar sus cosas. Suspiró. Había alistado sus cosas mucho tiempo atrás. Pero lo más difícil que tenía que hacer sería en ese momento.

—Por cierto, deberías dejar ese cuadro—dijo otro de los soldados—sólo ocupará espacio.

El rubio apretó la pintura contra su pecho, como si protegiéndola de dejarla ahí, estuviera protegiendo a la persona allí retratada.

— ¿Ah? ¿Es la chica que te gusta? —Preguntó el otro hombre mientras sonreía— ¡Pero si parece ser una simple sirvienta! Aunque luce un poco… loca.

En efecto, en la pintura, Italia sostenía uno de sus cuchillos con una sonrisa tierna en la cara.

Cuando los soldados se fueron, el pequeño rubio levantó la vista. Ahí estaba Italia, parado, con un pesado cubo de agua entre sus manos.

El castaño apartó la mirada, enojado. Todavía recordaba el último encuentro que habían tenido, y no era algo muy agradable.

Sacro Imperio Romano suspiró. Era en ese momento, o nunca.

Un niño pelirrojo observó la bandera negra, roja y blanca de su país. Con 4 habitantes y 207 metros cuadrados, se consideraba el país más pequeño del mundo. Sus ojos verdes vagaron la mirada por el pequeño territorio.

Era Sealand.

Y se encontraba bastante triste. Intentó no observar el mar. Le daba miedo. Se sentía desprotegido allí. Ser una fortaleza marítima le recordaba lo solo que estaba.

Una lágrima se resbaló por su pecosa mejilla.

—Extraño a Inglaterra—susurró.

Sealand se sentó educadamente en una silla, en el pasillo donde se llevaría a cabo la conferencia mundial. Esperaba poder ver a Inglaterra, aunque sea de lejos.

Y tampoco estaría mal que lo reconocieran como país. Aunque, claro, eso era aspirar demasiado alto.

Se preguntó si desentonaría con su ropa de siempre.

"Al objetivo, Sealand" se dijo. Hablaría con todos los países con tal de tener una pista de donde se encontraba su querido hermano mayor. Le había preguntado a la recepcionista, pero ella ni siquiera lo dejó pasar.

Tuvo que colarse.

Vio a un hombre que parecía amable. Era rubio, de cabello un poco largo, llevaba un uniforme militar verde, con una bufanda del mismo color, muy abrigada. Tenía ojos rojos y una boina blanca.

—Buenos días—saludó Sealand, pero el otro no le hizo caso— ¡Buenos días! —exclamó, al ver a un hombre rubio con ropas bastante glamorosas. Otro que lo ignoró.

Tal vez estaba hablando demasiado bajo.

— ¡Buenos días! —gritó, y un hombre asiático de ojos negros lo quedó mirando. Luego, simplemente siguió su camino.

—Japón, veo que conociste a mi pequeño hermano~—dijo Inglaterra, al ver que el japonés se había quedando observando a Sealand unos segundos. Luego, Japón siguió su camino.

Y Sealand estaba feliz de haber visto a su hermano mayor, aunque haya sido por unos escasos segundos.

— ¿Tal vez el hecho de que nadie me reconoce como país, hace que no me presten atención? —se preguntó el niño.

Si eso era cierto, entonces no podría averiguar el paradero de Inglaterra. Se había vuelto a esfumar.

El fantaseo de ser un país reconocido ahora había pasado a ser una prioridad.

Tal vez debía relacionarse con alguien que pareciera amable.

Claro que, su definición de "amable" no era la misma que la de todo el mundo.

— ¡Disculpe! —Llamó Sealand, y la nación a la cual había llamado se dio media vuelta, observándolo con cierto desagrado— ¿Qué debería hacer para convertirme en país?

El hombre suspiró.

—…Por esto es que odio a los mocosos—murmuró para sí el mayor.

— ¿Quién es usted?

—Lituania.

—Oh, señor Lituania, ¿qué debo hacer entonces?

— ¿Quieres convertirte en un país? Tienes un cuerpo muy pequeño, sería realmente problemático. Quédate en casa comiendo y jugando con juguetes.

—Eso no es problema. Y no quiero quedarme en casa.

— ¿No quieres? Lo que daría por poder vivir siendo un pequeño país. Mocosos, no valoran nada. Mira, convertirte en país es demasiado complicado, ¿porqué no disfrutas de una vida simple y dejas de molestar?

— ¿Porqué crees que es tan complicado?

— ¿Cómo lo explico para que un niño lo entienda? Veamos, te echan de todo tipo de calamidades encima. Te atacan países más poderosos.

— ¿Y si tú eres el país más poderoso?

—Siempre habrá un país más poderoso que tú. Siempre. Ellos te quitan tu cultura y todo lo que tienes. Si no eres fuerte, te eliminan. Ya sabes, comer o ser comido.

— ¿Lo estás diciendo por mí, Lituania? —preguntó un hombre alto que pasaba por ahí.

—… No, Rusia. ¿Qué te hace pensar eso? —contestó el lituano, sarcástico.

—Iré a Rusia—comunicó Alemania—No intentes detenerme.

— ¡Alemania, no te vayas! —pidió Italia.

— ¿Qué parte de "no intentes detenerme" no te ha quedado clara?

—No sé, pero la parte de "Iré a Rusia" no me gusta nada.

—No molestes. De todas formas, te quedarás a cargo. Mandarás a todo el mundo y darás órdenes.

— ¿Y de qué sirve que me quede a cargo, si tú no estás aquí para mandarte? Jo, le quitas la gracia a todo, Alemania.

Los dos se quedaron un momento en silencio.

—Tienes miedo de Inglaterra y Francia—dijo finalmente el rubio.

—No.

—No era una pregunta.

Continuará~


Proximamente! Un capítulo súper corto y muy cursi, el fin de Chibitalia :C.

Llegué a los 100 reviews (Se le cae una lagrimita de felicidad). Awww Yeaaaaah! No puedo creerlo :') Ustedes... ¡mil gracias! Eso demuestra lo mucho que les gustó la historia! No saben lo feliz que me hace que se tomen el tiempo de comentar. Wii. Abrazo para todos/as :'3!