Disclaimer: nada de esto me pertenece, solo es una interpretación de FF VII sin ningún ánimo de lucro.
LA PIEDRA ANGULAR
—¿La Piedra Angular? —repitió Bugenhagen, cuya voz sonó algo distorsionada en el manos libres.
—¿Sabe qué es? —preguntó Aerith.
Sentados formando un círculo en torno al móvil que sujetaba Tifa, los miembros de Avalancha aguardaron la respuesta en vilo. Habían tratado de investigar en los archivos subidos a la red sobre los Cetra, que no eran pocos, pero la información era abrumadora, inexacta y muy repleta de teorías ridículas. Si querían actuar rápido, sólo les quedaba confiar en que el anciano tuviese la respuesta.
—Sí, creo que sé a qué os referís. En mis tiempos mozos, cuando los estudios sobre los Cetra estaban en su pleno apogeo, se sacaba a relucir cualquier leyenda o mito acerca de ellos. Vaya… —Se escuchó un sonido al otro lado de la línea, como si Bugenhagen estuviera moviéndose—, mi memoria ya no es tan buena como antes, pero juraría que era una especie de llave para abrir el Templo de los Cetra.
—¿El qué? —Aerith se inclinó hacia delante con ojos ansiosos—. ¿Qué templo?
—Se encuentra al sur del área de Junon, se investigó el tema durante mucho tiempo, pero los pueblos más cercanos estaban a cientos de kilómetros y sus habitantes sólo repetían que el templo era sagrado, que no había que acercarse a él, así que jamás se consiguió averiguar demasiado. Creo que se estableció que tenía más de 2000 años de antigüedad, pero el material era muy extraño y ni los mejores científicos lograron identificarlo…
—¿Y qué había en el templo? —interrumpió Yuffie.
—Nada.
—¿Qué?
—Sólo un altar y unos jeroglíficos en las paredes, con las imágenes de una piedra en forma de pirámide. La escena de los muros implicaba que esta debía incrustarse sobre el altar y que, de ese modo, se abría una cámara oculta. Sin embargo, por más exvacaciones que se hicieron, por dinero que se gastó, no se logró dar con la Piedra Angular, como se la llamó a partir de entonces.
—¿Y por qué no volaron la entrada? —se extrañó Cid.
—Jo, jo, jo. Una voz nueva —dijo jovialmente Bugenhagen—. Encantado, seas quien seas. Y sí que se hizo, pero ni se arañó la modo que, muy decepcionados por todo el dinero que habían gastado, los investigadores acabaron por abandonar el templo. Habían estudiado los jerofíglicos hasta el hastío e incluso intentaron llevarse parte de la roca para estudiarla en los laboratorios, sin éxito. No había nada. Sin la Piedra el proyecto estaba incompleto.
—Genial —gruñó Barret, cruzándose de brazos y con cara de haber probado algo muy agrio—, ¿y ahora qué? Si todo un equipo de científicos especializados no logró dar con ella, ¿vamos a poder nosotros?
—Pues tenemos que intentarlo —dijo Nanaki—, Sephiroth va tras ella.
—Eh… —Cait Sith alzó una mano con indecisión. Se hizo el silencio y todas las miradas se clavaron en él—, señor Bugenhagen, ¿puedo hacerle una pregunta? ¿La piedra qué tamaño tenía aproximadamente?
—Mmmm… déjame pensarlo… Pues puede que fueran unos diez o quince centímetros de largo… más o menos.
—¿Y es negra?
—Probablemente. Aunque los muros del templo sobre los que aparece representada también lo son, así que no puedo asegurar si tiene otro color… ¿La mente de este viejo tiende a imaginarse cosas cada vez con más frecuencia o sabes algo de la Piedra?
—No estoy seguro —se apresuró a decir el gato—, pero juraría que vi una especie de pirámide de pequeño tamaño en la sala de trofeos de Dio.
—¿El Dio ese, el de Gold Saucer? —preguntó Cid—. ¿El tipo ese que siempre está en calzoncillos allá donde vaya?
—Sí, os recuerdo que yo antes trabajaba allí —sonrió Cait, frotándose la nariz con un dedo regordete—. Pero puede que sea todo mi imaginación.
—Pues hay una forma de averiguarlo. —Tifa sacó la cartera de su mochila y mostró unas entradas perfectamente dobladas de Gold Saucer—. Si Cloud se lo pide, podremos hablar con él sin problemas.
—Eso si no ha descubierto ya que somos Avalancha —puntualizó Nanaki.
—Cloud tiene que ir —murmuró Tifa—, pero después del último encontronazo con Shin-Ra no sería muy inteligente que fuéramos todos juntos. Y a ti te deben estar buscando —dijo, señalando a Cid.
—Lo dudo, Shin-Ra no se interesaría en alguien como yo. —Dio una larga calada a su pitillo—. Aunque tienes razón, puede que me reconozcan.
—¡A mí no me conoce nadie, así que puedo ir! —exclamó Yuffie.
—¿No te olvidas de los Turks? —inquirió Barret.
—¡Cierra el pico!
—¿Hay alguien más en vuestro grupo que Shin-Ra no conozca? —preguntó Bugenhagen.
Ocho pares de ojos se volvieron hacia Vincent, quien había estado escuchando la conversación algo retirado, en su acostumbrado mutismo.
—Ese silencio es muy elocuente —comentó el anciano.
—No, abuelo, sí que hay alguien más.
—¿Ah, sí?
—Vincent Valentine —se presentó el ex-Turk.
—Encantado de conocerte, joven. Entonces no hay problema, ¿no? Cloud, Yuffie y Vincent irán a hablar con el tal Dio.
Barret soltó una tos indiscreta que no pasó desapercibida a nadie. La verdad era que el atuendo de Vincent llamaba la atención más que el implante de Barret. Y a ninguno le hacía gracia la idea de que se paseara por medio de Gold Saucer con esas pintas.
Yuffie, expresando los pensamientos de todos, dijo con optimismo:
—Bueno, le tomarán por un vampiro de la zona del Terror.
Aerith contuvo a duras penas una carcajada e incluso Cloud hizo un amago de reír mientras que el aludido no se dio por ofendido. Ni siquiera reaccionó.
—Yo también quiero ir —anunció Aerith.
—No empecemos. —Barret, que se incorporó y la apuntó con un dedo—. Ya sabes que a ti te meterían en un laboratorio si les dieras la oportunidad.
—Corro tanto peligro aquí con vosotros como en medio de un parque de atracciones. ¿No has oído lo de si quieres esconder un árbol, qué mejor escondite que un bosque? ¡No me pasará nada! Y menos si voy con Cloud y Vincent.
—¡Ey! ¿Y yo qué? —se quejó Yuffie.
Aerith sonrió.
—Claro, ¿cómo no voy a poder esconderme si viene una ninja conmigo?
—Exacto. Un momento, ¿estás diciendo que sólo sé esconderme?
—Por favor, quiero ir. Tengo la sensación de que debo hacerlo —pidió la joven, mirando a sus compañeros a la cara uno por uno—. ¿Por favor?
—En ese caso yo también debería acompañaros —dijo Cait—, así podré enseñaros cuál es la que creo que es la Piedra
—¿Por qué el grupo ha aumentado de repente? —se rió Cid, echando el humo por los orificios de la nariz. Yuffie arrugó el gesto y volvió la cabeza a otro lado con una mueca de desagrado.
—¿Cloud? —preguntó Bugenhagen.
El joven suspiró. No le gustaba que todas las decisiones recayeran en él. Si le prohibiera a Aerith acompañarles ella le echaría la culpa, a pesar de que todo el grupo estuviese de acuerdo con él.
Sintiendo los intensos iris de la Cetra traspasándole con insistencia, se pasó una mano por la cara y asintió.
—De acuerdo, tampoco creo que ocurra nada malo.
—¡Gracias! —exclamó ella.
Tifa soltó un bufido y se cruzó de brazos, tamborileando los dedos con enfado.
Compraron entradas para transportador que les llevara con el coche a la zona de los bosques. Hicieron planes sobre qué hacer si la Piedra de Dio resultaba ser falsa. Tifa enseñó a Aerith y a Yuffie a conducir y Cait Sith puso al día a Vincent sobre Gold Saucer. Como si el mundo se hubiera decidido a no permitirles llegar pronto a su destino, el todoterreno perdió una rueda al pasar por una empedrada zona que el mapa les había indicado como mejor camino, Barret los obligó a desviarse para comprar munición, Nanaki se enfermó y tuvieron que consultar a Bugehagen ya que no creían que un veterinario se atreviese a tratar al animal.
Cuando por fin el clima se volvió seco, el sol aumentó su presencia hasta extremos insoportables y la vegetación quedó atrás, suspiraron con alivio. Parte del grupo se quedó en una posada cercana a la estación de teleféricos y el resto partió hacia el impresionante sauce.
A pesar de que el teleférico volvió a provocarle arcadas a Yuffie, la chica contemplaba con una sonrisa de excitación cómo se aproximaba la inmensa estructura. Aerith se inclinó hacia Cloud y le susurró al oído:
—Qué mona, ¿verdad? Se muere de ganas de entrar.
—No vamos a divertirnos —respondió, hosco.
—Ya lo sé, ya lo sé —respondió ella con calma.
Una vez dentro pidieron a una de las recepcionistas que informara a Dio de que un SOLDADO quería hablar con él en la sala de trofeos. Luego, con Vincent arrastrando consigo a Yuffie para que no se les escapara, avanzaron entre la multitud ignorado las miradas de curiosidad.
Subieron en un ascensor hasta la antepenúltima planta, donde unos guardias culturistas con cara de mala humor franqueaban una puerta de cristal reforzado. No despegaron la boca cuando entraron a la sala, aunque sí siguieron con la mirada a Aerith.
Había una estancia semicircular llena de vitrinas que sostenían copas doradas, medallas sobre cojines de seda, fotos antiguas, planchas de acero con frases grandilocuentes que felicitaban al ganador del premio. Las paredes estaban cubiertas de fotografías y cuadros de Dio, en algunas bastante joven, bien de un momento inmortal en su carrera de lucha libre, bien retratos de su belleza corporal.
Exploraron el bosque de premios más alejado, en el que Dio exponía piezas de coleccionista que había conseguido en subastas. Vincent se alejó hacia uno de los extremos y les llamó la atención con un gesto.
—¿Es esta?
Cait, que había dejado atrás su moguri, trepó sobre la cabeza de Yuffie para poder ver y asintió vigorosamente. Sobre un mullido cojín violeta había una pequeña pirámide negra. La luz resbalaba sobre su pulida superficie. Yuffie no se pudo resistir a pasar un dedo por encima y abrió los ojos, sorprendida.
—¡Es rarísimo! ¡Casi no lo noto!
—¿A ver? —Aerith alzó un tembloroso dedo y vaciló, dejándolo suspendido en el aire.
Sería la primera vez que entraría en contacto con algo de los Cetra. El corazón martilleaba sus costillas sin compasión. Se dio cuenta de que tenía la garganta seca. Se rió de sí misma al pensar en la imagen que debía estar dando y extendió el dedo.
—Señorita, ¿no ha leído en la puerta que mis cosas no se pueden tocar?
Aerith retiró la mano a toda velocidad. Dio esquivó una pequeña columna que sostenía una estatua dorada y mostró un afable gesto a pesar de su advertencia. Pero al reconocerles le cambió la expresión y empalideció.
—Ah… hola, ¿qué…? —sacudió la cabeza, respiró hondo, y se transformó en la personificación de la alegría y amabilidad—. ¡Qué sorpresa! ¡Bienvenidos! ¿Eras tú quien quería hablar conmigo?
—Sí.
—Ya sabes que estoy a tu disposición —dijo el director del parque. Avanzó un par de pasos e hizo amago de pasarle un brazo por los hombros a Cloud, quien retrocedió—. Sí, bueno… —carraspeó, incómodo—. ¿Queríais algo en especial?
—Sí. Esto. Lo necesitamos.
—¿Esa piedra? —se sorprendió Dio—. ¿Para qué?
—No es de tu incumbencia —dijo Vincent, sobresaltando al hombre, pues se había acercado a su espalda sin levantar ni un sonido.
Cuando consiguió apartar los ojos de esos inquietantes iris carmesíes, Dio se pasó una mano por la barbilla. La piedra le había costado bastante dinero y le llevó una larga hora vencer al otro comprador, un viejo rival. Pero la verdad era que no había vuelto a mirarla desde que la adquirió y no le convenía malquistarse con SOLDADO. Sólo esperaba que el rubiales no se acostumbrara a pedirle favores cada vez que lo necesitara.
—Por supuesto, es toda vuestra.
—¿Así de fácil? —dudó Cloud.
El hombre arqueó una ceja y sonrió de medio lado.
—Claro que sí. Todavía me siento culpable por lo que os hice pasar. Espero que disfrutéis de la estancia —le pellizcó un moflete a Yuffie y se marchó rápidamente antes de que le pidieran algo más, aliviado de que el SOLDADO no hubiera querido más que un viejo artefacto sin importancia.
—¡Venga, venga, cógelo! —animó Yuffie a Aerith en cuanto Dio les hubo dejado solos.
Esta soltó una risita nerviosa, tragó saliva, y levantó la pequeña pirámide. Se le formó una expresión de asombro: la piedra parecía resbalar entre sus dedos como si fuera agua. La levantó para ponerla a la altura de sus ojos y vio que se tragaba la luz, sin reflejar los fluorescentes del techo. La piel se le puso de punta y tuvo una intuición: aquel material había sido manipulado por los mismos Cetra. Nadie excepto ellos sabían cómo utilizarlo. Deseó con todas sus fuerzas tener alguna idea sobre qué era, de qué estaba hecha, cuánto tiempo hacía que ningún otro Cetra la tocaba, cómo había acabado expuesta en la vitrina de un extravagante multimillonario, cómo…
Una mano se posó sobre su brazo.
—Tenemos que irnos —le recordó Cloud con toda la delicadeza de la que fue capaz.
Aerith asintió y apretó la piedra contra su pecho.
Se dirigieron a buen paso hacia los ascensores que llevaban al vestíbulo. Cait saltó al hombro de la joven y examinó con interés el objeto.
—¿Será la verdadera Piedra Angular?
—Seguro. —Acarició su resbaladiza superficie con una expresión ensimismada—. Tiene que ser de los Cetra.
—Qué bien, ¿no? —Yuffie sonrió—. Por fin has encontrado algo.
—¿Verdad? —Aerith emitió una risa clara.
Intentaron ir a los teleféricos. Sin embargo, se encontraron con que unos hombres cerraban la salida.
—¿Qué pasa? —preguntó Yuffie.
—Ah, disculpen las molestias. ¿No han leído el anuncio? Hoy tenemos que cerrar antes por mantenimiento. A primera hora de la mañana funcionarán de nuevo.
Se miraron entre ellos.
—Hay varios hoteles —les dijo Cait viendo que no sabían qué hacer—, puedo llevaros al más barato, si queréis.
—Qué remedio —suspiró Cloud.
Descolgó el teléfono y marcó los números. Tras un par de tonos le respondió una voz adormilada.
—¿Reno?
—¿Quién es?
—Soy Tuesti, del Departamento de Desarrollo Urbano. Necesito hablar con Tseng.
—Va, ahora le paso.
Hubo un par de murmullos al otro lado de la línea.
—¿Diga?
—Tseng, he encontrado la Piedra Angular.
—Le escucho.
—Tenéis que venir a Gold Saucer ya, antes de que amanezca. Os la podré entregar entre las dos y las cuatro de la madrugada. Seguramente tendréis que coger un helicóptero, he ordenado cerrar los accesos al parque.
—Entiendo.
—Os haré una llamada cuando vaya a salir y os indicaré el lugar donde os la entregaré. Hasta entonces, estad atentos.
—Gracias por su colaboración.
Tuesti colgó y se reclinó sobre la silla mientras se masajeaba las sienes. Necesitaba dormir más a menudo o sería incapaz de mantener el ritmo. Al fin y al cabo, no es que en Avalancha se hablase de temas trascendentales.
Había esperado algo más… organizado, más efectivo, para encontrarse con un grupo de lo más insólito que, excluyendo a Barret, Highwind y Valentine, estaba conformado por críos. Viajaban de un lado a otro persiguiendo la sombra de Sephiroth, no tenían información sustancial y había llegado a considerar su presencia una pérdida de tiempo. Pero, ¿habría dado con la Piedra que el Demonio de Wutai estaba buscando si no hubiera estado con ellos?
«Ahora la pregunta es cómo quitársela. No parece que Aerith vaya a separarse de ella por las buenas».
Meditó durante un rato con la mirada perdida en la nada. Entre tanto, el grupo se instaló dos habitaciones del hotel y se preparó para cenar.
«Si pudiera hacer que la dejara en el dormitorio y se marchara… Pero no veo la forma. Sólo se olvidaría de la piedra si Cloud se le declarara.»
Entonces se hizo la luz.
Cloud estaba sentado al lado de la ventana, contemplando lo bien hecho que se había construido el cementerio. Mejor que el de muchas películas de la que veía de pequeño, al menos.
Cait les había llevado a un hotel pintoresco, que más bien parecía el castillo de un vampiro, lo que dio lugar a que Yuffie rápidamente hiciera una broma sobre Vincent, que Aerith corroboró con una carcajada mal disimulada. Las telarañas, los trabajadores vestidos de fantasmas, las luces parpadeantes, todo estaba perfectamente logrado.
El ex-Turk estaba sentado sobre una de las dos camas del cuarto, apoyado contra el respaldo, con los ojos cerrados. Aprovechando el silencio y la tranquilidad tan poco comunes cuando estaba con el resto del grupo, Cloud volvió a darle vueltas, como venía haciendo desde que se enteró del uso de la Piedra Angular, a qué querría Sephiroth del Templo de los Cetra.
Continuaba sumido en sus pensamientos cuando llamaron a la puerta. Aerith asomó la cabeza.
—Perdón —susurró. Vincent abrió los ojos, la observó, y volvió a cerrrarlos—. Cloud, ven un minuto, por favor.
Dejando la Buster sobre la cama, salió de la habitación. Aerith se llevó las manos a la espalda y le sonrió.
—¿Te acuerdas que te prometí una cita?
—¿Perdón? —Cloud frunció el ceño.
—¡Cuando nos conocimos! A cambio de que me hicieras de guardaespaldas —le dio un golpecito en la frente—. ¡Qué memoria de pez!
—La verdad es que no hice un buen trabajo.
—Bueno, viniste a rescatarme. Eso me parece suficiente.
Algo incómodo, Cloud optó por guardar silencio. Aerith se balanceó sobre los talones esperando una respuesta, hasta que se dio cuenta de que no iba a obtenerla y le atrapó una mano.
—Ya que nos quedamos esta noche aquí, podemos disfrutarlo. Yuffie ya se ha ido a los recreativos.
—¿La has dejado irse?
—Venga, que se divierta un poco —riendo, abrió un resquicio de la puerta y le dijo a Vincent que iban a salir un rato.
Luego enroscó el brazo en torno al de Cloud y sin más lo encaminó hacia las escaleras.
Gold Saucer era demasiado grande para poder recorrelo en una sola noche. En realidad, ni una semana sería suficiente. Pero Aerith quería probar todo aquello que estuviera abierto, así que durante las primeras tres horas no tuvieron más descanso que el de las colas, las cuales (sorprendentemente) tampoco abundaban gracias a la ordenada planificación de las atracciones. Montaron en tres tipos distintos de montañas. Ella, chillando, alzaba los brazos y le incitaba a hacer lo mismo, sin éxito. La joven sufrió un ataque de risa al verle cruzado de brazos y con cara de póker mientras el resto del mundo soltaba alaridos de emoción. Cloud se encogió de hombros. Para él aquella velocidad no le parecía nada del otro mundo. Pasaron a las atracciones de agua nocturnas, aquellas que se encontraban bajo techo para evitar que la gente se congelara con el afilado aire de la noche del desierto. Lo arrastró a una pista de hielo y al final Cloud casi tuvo que sacarla en brazos, pues la chica se cayó tantas veces de culo que acabó sin poder moverse del dolor.
Compraron algodón de azúcar y se sentaron en un bar para descansar. Pero en cuanto Aerith vio que un grupo de músicos comenzaba a tocar dejó la bebida en la mesa y arrastró al chico delante de la banda.
—No sé bailar —tartamudeó al darse cuenta de lo que pretendía hacer.
—Bueno, yo tampoco tengo mucha idea —se rió, cogiéndole una mano y llevándole la otra a su cintura—, probemos dando vueltas y luego ya improvisamos.
Cloud no recordaba haberse sentido tan torpe en su vida como cuando se tropezaba con Aerith en un intento de seguir el ritmo. Giraban entre pequeños saltos y pasos enredados y Cloud tenía la impresión de que eran el foco de atención. Poco a poco se les unieron otros bailarines y se sintió más protegido de las miradas. Aerith le guiaba de un lado a otro pero más de una vez tiraron de la dirección opuesta y ella acababa medio desplomada sobre Cloud. Riéndose, le miraba, pedía disculpas y volvía a seguir el ritmo. En algún momento dejó de preocuparse por el resto del universo y comenzó a divertirse. Sólo estaban él y Aerith girando y girando, dados de la mano, sintiendo sus cinturas rozarse de tanto en tanto. Sólo Aerith, con la piel perlada de sudor y agua de las atracciones, con el cabello enmarañado después de tanto tiempo corriendo de aquí para allá. Sólo estaba su cristalina risa, que ahogaba el sonido de la música.
Se detuvieron en seco, como si el mecanismo que les hacía bailar se hubiera estropeado. Un estruendoso aplauso les sacó de su ensoñación y vieron a los músicos haciendo reverencias y lanzar sus sombreros y gorras al aire. Comenzaron a tocar de nuevo, pero el momento mágico ya había terminado. Lo supieron sin necesidad de decirlo en voz alta.
Aerith se rehizo la trenza mientras regresaban a la mesa. Cogió uno de los menús y se abanicó con fuerza.
—He visto que hay un paseo en góndola alrededor del parque. ¿Te apetece?
—Vale —dijo él con una imperceptible sonrisa.
Era el gesto más sincero y alegre que Aerith le había visto hacer desde que se conocieron.
Las «góndolas» no eran más que pequeñas cabinas que colgaban de raíles. Estos daban la vuelta a la estructura de Gold Saucer y daban un rato de intimidad a sus pasajeros. Mostraron sus entradas y se sentaron uno enfrente del otro, todavía agitados después de pasar media hora bailando sin parar. Aerith se asomó por la ventana en cuanto la góndola arrancó y Cloud se recostó contra el respaldo con los ojos cerrados para calmarse.
Aerith paseó la mirada sobre las piscinas, los parques, las multitudes que recorrían las atracciones fuertemente iluminadas. Arriba, las nubes reflejaban los focos de luz, que hacían un curioso contraste con la oscuridad de la noche.
El fresco aire se coló por la ventana, poniéndole la piel de gallina. Se frotó los brazos y suspiró.
—¿No te parece increíble todo lo que nos ha pasado hasta ahora?
—Supongo que sí.
Al verlo así, con los párpados cerrados, relajado, casi en paz, se dio cuenta de que aparentaba mucho menos de la edad que tenía. Si llevara otra ropa menos severa que el uniforme de SOLDADO, la gente le echaría menos de los veinte años que tenía.
«Ahora ya no… se parece tanto —sintió un arrebato de ternura—. Tiene los mismos gestos, la misma forma de andar, los mismos ojos, la misma espada, el mismo tipo de pelo pincho… Incluso nos conocimos de la misma forma.»
Sonrió para sí al pensar en la curiosa forma que tuvieron de presentarse aquellos dos SOLDADO: destrozando el techo de su iglesia. Pero… Cloud no era él. Ni siquiera se parecían en su actitud, donde no podían ser más diferentes que el día y la noche. Antes de querer darse cuenta, le estaba apartando el rubio flequillo de la cara.
El chico abrió los ojos y se quedó mirándola sin saber bien qué hacer.
—¿Me dejarías conocerte? —preguntó Aerith.
—¿A qué te refieres? —le rodeó con suavidad la fina muñeca para que dejara de tocarle el pelo.
—A que quiero llegar a conocerte muy bien, a saber cómo eres en realidad.
«Para mirarte a ti y no a él.»
—Ya me conoces.
—Conozco al Cloud taciturno y seriote. Pero, aunque sospechaba que estaba ahí, no he visto hasta ahora al Cloud torpe y que se divierte al bailar conmigo.
«Para poder apreciarte de verdad.»
El muchacho bajó los ojos, avergonzado.
«Para tenerte sólo a ti delante de mí y que no seas el recuerdo de alguien que ya se fue.»
Unas sombras cruzaron a toda velocidad por el otro lado de la ventana y les dio tiempo a ver que se trataba de chocobos. La potente luz de un foco pasó por encima de ellos. Se escuchó la campana que marcaba el fin de la carrera y comenzaron a disparar fuegos artificiales que formaban flores de diminutas estrellas. Desterraron la oscuridad por unos instantes.
—Tenemos que volver y montarlos —dijo Aerith.
—No creo que a algunos les hiciera ilusión.
—¡Por eso sería más divertido aún! Por cierto, ¿me devuelves la mano?
Cloud carraspeó y soltó la muñeca de su compañera.
El restro del trayecto lo realizaron en un plácido silencio. La góndola regresó al punto de partida y les abrieron la puerta para que salieran. Allí Aerith comprobó que habían estado dando vueltas hasta las tres de la madrugada. Y al día siguiente tenían que levantarse temprano.
—Ha estado genial. —Se colgó de su brazo—. ¿Tú te lo has pasado bien?
Cloud, no entendió muy bien por qué, fue incapaz de soportar que le mirara así y alzó la cabeza, sintiéndose violento. Por eso no vio la pícara sonrisa que esbozó la chica.
—S-sí. Ha sido divertido.
—¡Bien!
Recostó la cabeza contra su hombro. Y, con un Cloud rígido como un robot y Aerith cómodamente apoyada en él, tomaron el camino más largo, obviando los ascensores, que les llevara de vuelta al hotel.
Cait Sith trepó de un salto a la mesilla de noche. Le había costado casi media hora abrir la puerta del cuarto debido a su corta estatura. Siempre llevaba su moguri para situaciones de aquel tipo, porque su cuerpo no era precisamente práctico pero esa vez estaba a muchos kilómetros de distancia, en el maletero del todoterro, y tuvo que apañárselas como pudo. La Piedra Angular en cambio, se encontraba dentro del último cajón. Lo abrió con esfuerzo y una sensación de triunfo. La cogió, saltó al suelo y salió con rapidez del dormitorio, no sin antes cerrar la puerta. Ya había llamado a los Turks, que lo esperaban en una de las terrazas del nivel 20, no demasiado lejos del hotel.
Como de costumbre, bajar las escaleras fue una aventura en la que con saltos mortales sólo ahorraba unos tres o cuatro escalones. Al llegar al vestíbulo soltó un suspiro de alivio: una de las ventanas estaba abierta. No tendría que llamar la atención de la gente mientras intentaba desplazar el enorme portón. Atravesó el cementerio escondiéndose entre las hierbas y corrió al túnel que llevaba a la red de ascensores. Tuvo que esperar casi diez minutos a que apareciera uno sin gente. Una vez dentro dio varios saltos antes de poder darle al botón acertado. Después se sentó y examinó la Piedra.
«Qué cosa tan curiosa. No parece tener nada especial pero es una llave casi mágica. ¿De qué estará hecha?».
Parecía que los Turks habían recibido la orden de llegar antes que Avalancha y, sobre todo, antes que Sephiroth, al Templo de los Cetra. Tenían que dar con aquello que el Demonio de Wutai estaba buscando. Fuera lo que fuera, no podía tratarse de nada bueno. Truncar los movimientos de Sephiroth era prioritario en comparación con la eliminación del grupo eco-terrorista.
El presidente le había informado que debía seguir infiltrado en Avalancha. Cait imaginaba que en algún momento le tocaría delatar su posición y hacerlos caer en una emboscada, aunque no veía cómo iban a poder abatir a Cloud y a Vincent. Se preguntó si serían capaces de resistir el veneno. Eso le recordó que tenía que preguntar a los Turks por el supuesto ex miembro de sus tropas.
Tan sumido estaba en sus pensamientos que casi se pasó el piso y tuvo correr para pasar por medio de las puertas que ya se estaban cerrando. Derrapó por el suelo y se quedó mirando de mala manera el ascensor asesino.
—¿Cait? —La dulce voz de Aerith le sentó como un puñetazo en el estómago.
Se dio la vuelta y se encontró con Cloud y Aerith. La expresió risueña de la muchacha se tornó en una de desconcierto al ver lo que tenía entre sus manos.
—¿Qué haces con la Piedra?
Cait Sith salió disparado hacia delante, directo a una de las salidas que daba a la zona de terrazas. Giró por una esquina y le dio tiempo a ver cómo Cloud empezaba a correr tras él.
A cientos de kilómetros de distancia, en Midgar, Reeve Tuesti sufrió un vuelco al corazón. Conocía de sobra la velocidad del chaval. Abrió el móvil y marcó apresuradamente el teléfono. Al segundo tono le respondió Tseng.
—¡No aterricéis, no hay tiempo! ¡Strife me ha descubierto!
—Entendido,
Forzó a Cait a correr lo más rápido que le permitían sus cortas piernas.
«Si me hubiera llevado algo donde guardar la Piedra podría hacerlo ir a cuatro patas, ¡maldita sea!»
Por el rabillo del ojo descubrió una de las manos de Cloud abalanzándose sobre él. Realizó un gesto acrobático hacia un lado y salió a la terraza, semidesierta. Se lanzó bajo una de las mesas y se escabulló. Cloud se detuvo un par de segundos y empezó a derribar las mesas.
«¡Que me descuartiza!»
Una patada le acertó en el costado y el cuerpecito de Cait salió disparado por los aires, aterrizando sobre unas plantas. Alzó la cabeza y vio el helicóptero de los Turks descender lentamente.
—¡Cait, devuélveme la Piedra! —Aerith, que acababa de llegar, echó a correr hacia él con los brazos extendidos y una expresión de desesperación en el rostro—. ¡Es mía, dámela!
«Lo siento, pequeña» pensó Tuesti.
La puerta lateral del helicóptero se descorrió y Tseng asomó medio cuerpo, tendiendo una mano y haciéndole señas. Sólo esperaba tener la fuerza suficiente para lanzarla a tanta distancia.
Tomó impulso. Cloud adelantó a Aerith y se arrojó sobre él. Un disparo resonó en el aire y el muchacho se echó atrás en el último instante. La Piedra trazó un arco en el aire que todos siguieron con la mirada. Entonces Tseng la atrapó al vuelo. A su lado, Reno retiró la pistola y se la guardó en el cinto antes de guiñarles un ojo.
Aerith, intentando protegerse del violento viento, gritó:
—¡Tseng, devuélvemela! ¡Tseng!
El líder de los Turks ni parpadeó. Simplemente se volvió a meter dentro del helicóptero y corrió la puerta. Entonces se elevaron en el aire, perdiéndose en la negrura de la noche.
Cait se vio elevado y se encontró con los chispeantes iris de Cloud. Parecían brillar todavía más que de costumbre.
—¿¡Por qué!?
—¡E-espera, para, no me voy a escapar! —exclamó Cait cuando lo sacudió con tal fuerza que casi le arrancó la cabeza.
Cayó de golpe al suelo y la bota de Cloud aterrizó sobre su cola. La mirada de Cloud no prometía nada bueno. Tuesti tragó saliva y agradeció encontrarse bien lejos de él.
—Soy un espía —admitió Cait. Algo le decía que si intentaba mentir sólo conseguiría que el ex-SOLDADO comenzara a destrozarlo poco a poco—. Me encargaron vigilaros.
—¡Serás hijo de…!
—¡Confié en ti! —interrumpió Aerith, con un sollozo quebrado—. ¡Estaba tan contenta cuando me recomendaste pasar una noche divirtiéndome…! ¡Pero me estabas engañando! —Negó con la cabeza, pasándose las mano por el pelo y gritó—: ¿Cómo has podido hacernos esto?
—Déjalo. Sólo harás que se ría todavía más de lo idiotas que hemos sido —gruñó Cloud.
—No, créeme que en esta situación no me río —señaló Cait, echando un vistazo a su cola aplastada.
—¿Por qué no nos ha caído todavía Shin-Ra encima? ¿Qué se supone que estás haciendo con nosotros?
—Ey, relájate, Cloud —dijo Cait, intentando sonar animado—, en el fondo no somos enemigos. Hago esto porque me lo han ordenado, pero no me caéis mal.
—Eso no te ha impedido traicionarnos —dijo Aerith mirándole con verdadera frialdad—. Esa Piedra era de los Cetra, es mía. Y ahora, como todo lo que una vez fue nuestro, está en manos de Shin-Ra.
Tuesti soltó un suspiro. Esa acusación había ido directa contra su corazón.
No había mentido al decir que le caían bien. Sorprendido por la ingenuidad que demostraron al permitirle entrar en el grupo, poco a poco se había ido acomodando a su compañía. Las conversaciones hilarantes, las peleas diarias, las cenas en grupo al anochecer en torno a una pequeña hoguera, en la mesa de algún bar o simplemente el hecho de ir todos juntos en el todoterreno… Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba de días tan comunes, tan divertidos y tensos a la vez.
Tendía a olvidarse de que se encontraba entre sus víctimas, que un día tendría que hacerlas caer para, quizás, quedar encerradas de por vida. Pero, cuando les oía hablar con verdadero veneno en la voz sobre Shin-Ra, reflexionaba acerca del fallecido Presidente. Avalancha había hecho explotar dos Reactores, eso era cierto. Sin embargo, él, que se suponía que protegía a los habitantes de Midgar, desplomó todo un sector de la ciudad para beneficiarse de las consecuencias. Pensaba en Escarlata y en Heidegger, en Rufus y en los Turks, y se le revolvía todo por dentro.
—¿Qué os parece si hacemos como si no ha pasado nada y seguimos adelante? —los dos le miraron con indignación y asombro—. Mañana podemos ir al Templo de los Cetra como habíamos planeado. Llegaremos después que los Turks, pero tampoco será tan horroroso. Os tendréis que hacer a ello.
—¿Cómo puedes ser tan…?
Cloud se agachó y cerró una mano en torno al cuellecito de Cait.
—¿Vas a romperme? Bueno, no te lo recomiendo, es una pérdida de tiempo. Estoy controlando este muñeco desde Midgar, a salvo.
—Al menos nos libraremos de ti.
—¿Es que tengo que obligaros a aceptar? —preguntó al notar que los firmes dedos de acero empezaban a apretar—. Muy bien, de acuerdo: si no me dejáis seguir con vosotros, dos señoritas lo van a pasar mal.
Cloud frunció el ceño, pero mantuvo atrapado a Cait por el cuello.
—¿De qué hablas?
—De una mujer llamada Elmyra y la niña que tenía a su cargo, Marlene.
—¿Qué? —exclamó Aerith, horrorizada—. ¿¡Qué le has hecho a mi madre!?
—Nada, de momento. Sólo están vigiladas. Pero si me obligáis, puedo hacer una llamada y que las pongan bajo custodia. —Alzó las manos y se encogió de hombros—. Es vuestra decisión.
Cloud le clavó las yemas de los dedos con fiereza que le atravesó el pelaje falso. Ya pensaba que tendría que activar otro modelo de Cait Sith a partir de entonces cuando le soltó y se retiró con rabia contenida. Tuesti se apresuró a hacer que Cait comprobara si su cuello iba a necesitar una revisión. Por suerte, no había llegado a romperle los circuitos.
—A partir de ahora actuaremos como si no hubiera pasado nada. Simplemente di que has guardado la Piedra para tenerla más segura —le indicó a Aerith.
—¿Y cuando lleguemos y vean que no la tengo? —preguntó en voz tan baja que apenas sí la escuchó.
—Bueno, si quieres podemos decir que os han robado la Piedra, pero entonces no querrán ir al Templo de los Cetra. —Meneó la cabeza, desechando esa opción—. De momento te recomendaría que me hicieras caso.
Y se marchó a buen paso. No quería abusar de la paciencia de esos dos.
En cuanto lo hubieron perdido de vista Cloud crispó los puños.
—¡Mierda! —siseó.
