" Nuestra sala común está detrás de la entrada escondida en las mazmorras. Como verás, sus ventanas dan a las profundidades del lago de Hogwarts. A menudo vemos al calamar gigante nadando rápidamente y, a veces, criaturas aún más interesantes."

Slytherin por J K Rowling


Travesura Realizada

Una vez finalizada la reunión de las eminencias, Slughorn se despidió de su preciado y exclusivo círculo de alumnos del que, de alguna manera, ya formaba parte. Lily sin duda era su consentida, echo casi palpable. Quizá había sido por ella que fui invitada.

— un gusto que te nos unieras Mary—Me dijo cuándo estrechó mi mano. —Cualquier amiga de Evans, es amiga mía.

—El gusto es mío, Profesor. Ha estado exquisito.

—Quizá en una próxima reunión podría presentarte con la buscadora de las Harpías de Honeydukes—Dijo guiñándome el ojo—Apuesto que estaría encantada de conocer más de tus ocurrentes jugadas.

—Sería maravilloso. Muchas gracias.

Entonces fue el turno de estrechar y elogiar a Marlene. Mientras hacía aquello reparé en su boticario dónde encontré filtros de germinados vitamínicos.

—Profesor Slughorn—Llamé.

—¿En qué te puedo ayudar señorita Mcdonald?.

—He visto que tiene filtros de Germinados… y, claro si eso no supone ninguna molestia, ¿Podría tomar alguno para mi mandrágora? Ha estado enferma últimamente.—pedí. —Yo se lo repondría cuanto antes.

—Claro, niña, claro—Accedió—Toma cuanto necesites.

—Gracias profesor.

Me dirigí a su boticario dónde estaban los filtros en pequeños frasquitos con sus respectivos nombres. Y con el permiso del profesor tomé uno de ellos. Una casual ojeada al estante de plantas mediterraneas sobró para reconocer las Branquialgas. Recordé de inmediato el comentario de Abbott y su deseo por refrescarse en el lago. ¿Cómo iba a olvidarlo después de semejante día?. Entonces una idea desquiciada se apoderó de mi mente.

Miré a Slughorn para verificar que estuviera oportunamente distraído despidiéndose de Marlene y con cautela tomé un puñado de esas hojas escamosas metiéndolas a la bolsa de la túnica. Rogué que no lo notara.

Musicalización de capítulo: The Snak - My Sharona (1979)

Llegamos a la orilla del lago con la respiración entrecortada. Tenía las chapetas coloradas por la agitación y me bullía la piel tras el esfuerzo físico. Esta vez estuve a nada de llegar al mismo tiempo que Potter.

—Admito que has mejorado—Reconoció. Gotitas de sudor le escurrían por el cuello, y su ropa mostraba el humedecimiento propio del ejercicio.

— Otro poco y ya te dejaré mordiendo el polvo—Reí entre inhalación y exhalación.

—Sigue soñando, mujer—Soltó una carcajada.

Como siempre lo hacía tras la carrerilla, se despojó de la sudadera y se echó al pasto.

Era mi oportunidad. Me tenía que armar de valor para hacer lo que tenía en mente. Hundí las manos a los bolsos y palpé las branquialgas que había robado del boticario de Slughorn. Una voz en mi cabeza me susurraba "Aun estás a tiempo de desistir, guarda eso y regrésalo, nadie se enterará", pero había otra que me rogaba "HAZLO".

Llené mis pulmones de aire y di un par de pasos al borde del lago. Me despojé de la remera.

—Lanzadora… Te quitaste la camisa.. —Avisó él, cómo si aquello hubiera sido algo accidental.

—Que observador.—Dije en matiz irónico.—Me muero de calor, así que voy a nadar un rato.

Solté mi cabello.

—¿Estás loca? —Exclamó. —El lago está helado. —Advirtió. Comenzó a reír, estaba convencido de que sólo hacía el tonto.

—Lo sé. Por eso es que traje branquialgas conmigo—Dije de la manera más casual y despreocupada que pude articular, como si eso fuera cosa de todos los días. Me despojaba de los zapatos deportivos y los calcetines.—¿Te unes?. —le propuse.

—¿Vas enserio? —Exclamó él. Parpadeó un par de veces, abrió la boca intentando decir algo pero no salían palabras. Sospecho que le tentaba cometer esa exquisita travesura, pero quizá no estaba convencido de llevarla a cabo con otra persona que no fueran sus inseparables.

Le lancé la camisa a la cara.

—¿Y tú te dices Gryffindor? —Desafié con burla. Me desanudaba la cinta del pantalón deportivo.

Él seguía pendiente de cada uno de mis movimientos boquiabierto. Miró de un lado a otro comprobando que no hubiera un mirón cerca.

—Está bien… quédate a cuidar mientras yo regreso.—Dije indiferente.

Sabía que no podía darme el lujo de vacilar, tenía que ser fiel al papel. "No me importa que tu no vengas, yo de todas formas voy". No me quedaba salvo aprehenderme a la esperanza que él no fuera esa clase de sujeto que se sintiera cómodo ver como los otros actúan mientras él vigila. Sabía que este era su punto débil. La lujuria por la vida.

Tragué saliva… James no cedía y no emitía palabra alguna.

Con ayuda de mis pulgares me bajé los pantalones deportivos extendiendo el resorte de la cadera. Estos cayeron al piso, mis piernas estaban expuestas. Di un saltito adelante para quitármelos de los pies. Y de un momento a otro quedé comprometedoramente desabrigada en las afueras del castillo, usando solamente dos piezas de ropa interior: un top liso color negro a juego con la trusa de tiro largo, también azabache. Fingí no sentirme en lo mínimo pudorosa. ¿Cuántas veces no me ha visto en las carpas cambiándome?. Pero sabía que esa vez era distinta, adquiría un matiz superior de sensualidad. La cresta del sol asomándose por las montañas en pleno amanecer, el calor del ejercicio y mi figura expuesta en un lugar dónde lo más que puede aspirar a ver un hombre es tres dedos por encima de las rodillas de las chicas. No quería ni imaginar lo que hubiera pasado si Hagrid, Filch, o incluso un centauro se hubiese asomado por mera mala suerte o cruel casualidad. Pero no era tonta, después de tanto tiempo corriendo la misma ruta a la misma hora confiaba que era demasiado temprano como para ver un alma pasar.

Entonces me volví para ver su rostro. Potter se había ruborizado de todas las tonalidades conocidas y por conocer. A medias petrificado y a medias tentado. ¿Había ido demasiado lejos?.

¿Qué demonios iba a ser yo si no se unía?, Quedar en absoluto ridículo. Pero era tarde, tenía que seguir adelante. Tomé mis pantalones y saqué las branquialgas y la varita del bolcillo, a continuación se los lancé al pecho como si de una Quaffle se tratara.

—Cuida mi ropa, James—Ordené. —Regresaré en un momento. —Avisé. Me di unos pasos decididos al escaño del lago, donde las olas acariciaban mis pies. El agua estaba gélida.

Y entonces escuché cómo se incorporó de la hierba. Me volví a él. Se despojaba rápidamente de su remera exponiendo su torso. Se quitó los zapatos, el pantalón y quedó en shorts interiores. No era algo que me sorprendiera, ya le había visto un millar de veces en los vestidores.

—Hago esto para cuidarte—Argulló.

—…Si tú lo dices—Reí incrédula.

Le tendí las branquialgas.—"Bon Appetit".

Tomó un par de hojas que semejaban a tallarines y se los echó a la boca. Le imité. Eran grumosas, chiclosas, pestilentes y asquerosas. Difíciles de tragar y más difíciles de no vomitar, su sabor era parecido al del huevo podrido. Pero aun así no desbaraté mi semblante despreocupado. Nos encaminamos al agua gélida hasta que esta alcanzó mis rodillas.

Pronto sentí que el aire se me negaba, incapaz de llenar los pulmones, como si de un momento a otro careciera de nariz y boca. Debajo de las orejas me habían aparecido grandes rajas que no pude dejar de tocar. Me lancé al agua de un clavado y de pronto ese frío y la sensación de asfixia cesaron. El agua atravesaba los interiores de mi cuello por las nuevas ranuras producto de las branquialgas y juraría que no había sensación más aliviadora y reconfortante. Observé a James a lado mío. Tenía membranas entre sus dedos y aletas en lugar de pies, vi con horror que lo mismo me había sucedido a mí.

Estuve a punto de decir algo al respecto pero noté que era incapaz de producir sonido. Un par de burbujas salieron de mi boca que se perdieron en la superficie. Pero apenas dar el primer aletazo con la pierna, percibí asombrada la facilidad con la que podía desplazarme por el agua. El cuerpo terrestre es inmensamente torpe a comparación. Una segunda, tercera y cuarta pataleada, ya me juraba una auténtica sirena.

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Comencé entonces a nadar alejándome en lo posible de la orilla, que además de estar llena de piedras musgosas, caracoles y plantas, no se podía hacer gran cosa. Tuve que alejarme hacia los abismos para que me fuera posible moverme por todos los puntos cardinales y desplazarme en acrobacias marinas cual delfín.

James me seguía, me desafiaba a medir velocidades. Acepté el reto. Acomodé la varita en el tirante de la cadera de la trusa y comencé a nadar detrás de él.

Resultó que era mucho más veloz en agua que en tierra o aire. Mi cuerpo era espigado y pequeño, ideal para desplazarse como flecha cortando. Le rebasé sin dificultades he hice una seña de despedida parecida a las que Sirius solía hacer. Dos dedos desde la sien y "Muerde mis burbujas Potter". Pataleé adentrándome más y más a las profundidades del lago.

Sentí que algo había sujetado mi pierna. Era James que se rehusaba a quedar atrás. Tiró de ella juguetón. Enseguida fue él quien se adelantó despidiéndose cínicamente de mí. Le alcancé con una absurda facilidad, pero ya que nadar más rápido que James no representaba un desafío para mí, me divertí haciendo un par de piruetas formando remolinos, y luego a jugar a congelar las burbujas que despedía el aliento de mi boca. James no era tan cursi, se limitaba a tronar malvadamente mis burbujas de hielo.

Nadamos a nuestras anchas desplazándonos como si fuéramos parte de una misma hélice, yendo en espiral, dejando una estela de burbujas que se disolvían en la superficie, un impremeditado ballet acuático.

Llegamos a grandes jardines de algas que se alzaban desde el obscuro fondo de las profundidades del lago. Nos desplazamos entre ellas como cortinas de las que debíamos abrirnos paso, semejante a un bosque de lianas. Jugueteamos a perdernos entre la maleza. Parecíamos dos niños que por primera vez les dejaban salir a vaguear fuera de casa. Y pronto entre aquellas algas comenzó a moverse algo que tenía forma de crines y una gran cola de dragón arremolinada. Medía poco más de cinco metros y contaba con un extraño aspecto de caballo. Se alejó galopando y zigzagueando la cola, y no fue hasta que se alejó lo suficiente que pude percatarme que se trataba de un "Kelpie", o como lo llaman en la mitología griega, el hipocampo. Una criatura marina de la que llegué a leer en el compendio de Bestias Fantásticas en tercer grado. Mitad caballo, mitad pez. Su relinchido era como una sinfonía de cuerdas bajo el agua.

Jalé el brazo de James para arrastrarlo más al fondo. Estaba ansiosa por ver qué más podía encontrar en las profundidades del lago.

Llegamos al claro del agua, a quizá treinta metros lejos de la superficie, pasando el jardín de algas y el talud de roca. A nuestros pies había un misterioso abismo obscuro e infinito del que se despedían esporádicas burbujas. Sólo se divisaba la luz que provenía de estelas ambarinas que penetraban desde la superficie.

Un cardumen de peces plateados, centellantes por la luz que reflejaban sus escamas tornasol, se abalanzó hacia nosotros. Se abrían paso a medida que nos rozaban, y volvían a sus filas ascendiendo en una hermosa espiral que se perdió en la infinidad.

Me sentía pequeña, una voluta de polvo en el espacio, pero de alguna manera poderosa, hermosa y más viva que nunca. El reflejo de las ondulaciones de la superficie nos proyectaba un danzante y hermoso jaspeo azul sobre la piel. Aun sostenía la mano de James y él no la apartaba. Un pequeño y sutil aleteo. Un pequeño acercamiento era lo que necesita, un sutil acercamiento y podría besarle. Era el momento, debía ser ese el momento.

De pronto, de un tirón él me jaló hacia su espalda. Elevó su varita en alerta. Un demonio de agua se acercaba a nosotros. Mitad duendecillo, mitad pulpo. Un Gryndilow que sacaba sus colmillos y chillaba amenazante. James agitó su varita, el agua tornaba sus movimientos lentos, pero aun así logró aturdirlo.

A mi espalda otros chillidos similares comenzaron aproximarse. Desde el resorte de mi ropa interior saqué la varita y, como recordaba (Gracias a Lupin) convoqué el conjuro "Relaxo" para aturdir al más próximo, al que le siguió y a otro más más atrás. El cuarto ya se había adherido a mi pierna. Pataleé intentando apartarle, James lanzó un fulgor de luz que pegó en sus tentáculos provocándole una quemadura. Se soltó y se fue nadando mal herido chillando como ratoncillo. Otro banco de ruidosos Gryndilows se aproximaba desde las profundidades. Supimos que era hora de movernos.

Era él quien ahora jalaba de mi brazo, arrastrándome rumbo a una caverna rocosa dónde poder resguardarnos. Parecía ser un lugar seguro. Pero a mitad del camino una extraña criatura conformada de algas, nadaba como anguila despavorida desde la profundidad. Me quité de su camino. Parecía huir de un gigantesco tentáculo que se alzó inquietando las aguas. Su fuerza era tan potente que nos arrastró corriente abajo, cual escombro a la deriva. La nuca se me había helado ante la vulnerabilidad de sentir algo tan inmenso aproximándose.

Un segundo tentáculo lento, abismal y amenazante se alzó. Esta vez más cerca. Podíamos distinguir su color, su textura y hasta escuchar las ventosas absorber el agua. Un sonido estridente como de trombón rugió desde el fondo. Se aproximaba un tercer tentáculo que amenazaba con envolverse en nosotros. Alcé la varita y lancé un chorro de agua hirviente con intención de que no nos tocara. El tentáculo se contrajo como un molusco al sentir el ácido de las gotas de limón. Comenzamos a nadar, esta vez sin las gráciles y danzarinas piruetas. A nadar como presas que éramos.

Un segundo rugido amenazante y metálico sacudió las aguas desde sus profundidades, se coló por mi oído casi hiriéndome los tímpanos y retumbó hasta estrujarme los huesos. Dio un coletazo con un tentáculo titánico que nos arrastró sin misericordia arremolinándonos hacia el abisal dónde imperaba la obscuridad marina. Se dejó ver su aterrador ojo. Mastodóntico, redondo y perturbador. Sus dimensiones eran tales que podía ver mi reflejo en él. James expulsó un fulgor de su varita que entintó las aguas de negro, dejó oportunamente ciego al calamar unos instantes, los suficientes para escapar.

Tomé a James de la muñeca y jalé de él hacía arriba tan rápido como pude, buscaba un lugar dónde resguardarnos. Rocas, una caverna submarina, Algas... lo que fuera que pillara primero. Vislumbré entonces un conjunto de pilares demasiado bien labrados. ¿Era la villa dónde vivían las sirenas? pensé. Pero a medida que me acercaba noté que tenían talladas serpientes demasiado góticas y medievales para ser creaciones elaboradas por tritones. Los pilares sostenían gruesos vitrales. ¡Caracoles hervidos! ¿Vitrales bajo el agua?. Cuando estuvimos a pocos metros se distinguían a través de aquellos una confortable sala de colores verdes, un estandarte de serpiente y hasta una chimenea. No logré pillarlo hasta ver que un alumno de corbata verde y plateada se desperezaba y se levantaba de un sillón. ¿Era ese el escudo de Slytherin?. Si, estábamos frente a la sala común de Slytherin.

El alumno entonces se volvió casi por aburrimiento a la ventana dónde pude advertir su cara. ¡Era Snape!. MIERDA, MIERDA, MIERDA. Se alertó de inmediato, pegó su nariz al cristal atónito, escrutándonos. Intentando adivinar que éramos o, más bien, quiénes éramos.

Para mi fortuna el calamar no le dio el tiempo suficiente, golpeó el vitral adhiriendo sus ventosas al vidrio y así obstruyendo su vista. Sacudió las aguas, un chorro de tinta ennegreció los alrededores y tiñó el ventanal de Slytherin.

Entonces James me abrazó, me pegó fuerte a su cuerpo y alzó la varita a la superficie y convocó un "ascendió" que nos impulsó a la velocidad de un proyectil. Salimos escupidos del agua hacia el pie del embarcadero de Hogwarts, a un costado del castillo.

La única vez que había estado en ese lugar fue en primer año, cuando desbordamos los botes para encaminarnos al que sería nuestro nuevo hogar por los siguientes siete años. Se encontraba en la base del acantilado de Hogwarts, es decir, al extremo más distante de dónde habíamos dejado nuestra ropa.

La punta de un tentáculo se alzó asomándose de la superficie provocando que una ola golpeara las orillas y bañara todo a su paso. Luego volvió a sumergirse.

—Finite—Me apunté a mis branquias, apenas pudiendo hablar. Sentía los pulmones y el pecho mismo comprimirse exigiendo agua. El aire que se absorbía por mi cuello quemaba como ácido sobre la carne. Miré mis manos membranosas, noté cómo al cabo de unos agonizantes segundos regresaban a ser humanas. Y a medida que lo hacían sorbí una bocanada de aire que llenó mis pulmones al doble de su capacidad.

Jadeaba apunto de vomitar la garganta, temblaba, sentía el cuerpo de plomo y mi corazón estaba a punto de sufrir un paro cardiaco. James a mi lado jadeaba con la misma intensidad, pero a diferencia de mi comenzó a reír, enseguida a toser y otra vez a troncharse a carcajada limpia. Como si todo lo que hubo ocurrido se hubiera tratado de un paseo por la montaña rusa.

—Tenemos que repetirlo Lanzadora—Dijo, entre jadeos intensos, palmeándome la espalda.

—¿Estás loco? —Exclamé —¡CASI MORIMOS!..

—¿Morir?—Bufó. Sosteniéndose pesadamente el pecho incapaz de contener su carcajada—¿Te refieres al calamar?—seguía con el gesto hilarante. El cuerpo le goteaba y su cabello azabache, empapado y ceñido a su frente, tenía un alga colgando. —El calamar es inofensivo—Aclaró.

—¡Quería comernos!.

—Ho Lanzadora—Chasqueó.—Quería sacarnos del agua. Eso hace con los alumnos que caen al lago.

—Snape…—Tome aire.—nos vio… —Me llevé la mano a la frente completamente arrepentida de todo aquello, mi corazón estaba por salir de mi pecho.—joder. Nos vio—Exhalé.