Dedicado a Pantera, Kaoru y Kitty. Los extraño, chicos.


El último capítulo había dejado con un nudo en el estómago a varios, en especial a aquellos que le tenían aprecio a los animales. Después de todo, Cerbero solo era un perro. Sí, tenía tres cabezas, custodiaba la entrada de almas en el infierno y podía matar a alguien en solo segundos… Pero igualmente necesitaba un poco de amor.

Reyna no pudo evitar imaginarse a sus perros en el lugar de Cerbero, cosa que le había hecho sentir mal. Apenas regresaran los llevaría a jugar en algún parque.

—Eso es todo –dijo, cerrando el libro— ¿Alguien quiere leer el siguiente capítulo?

—Yo podría hacerlo –se ofreció Grover, un poco inseguro. Si no recordaba mal, este era el capítulo donde casi habían caído en el tártaro. Miró "disimuladamente" (porque cualquiera que estuviera prestando un poco de atención se hubiera dado cuenta) a Percy, y después a Luke. Seguro sería un capítulo difícil… De los muchos que lo serían, claro— Descubrimos la verdad,… –hubo un suspiro. En la cara de muchos ya se estaba formando una sonrisa cargada de alivio—…más o menos –sonrisa que decayó inmediatamente.

— ¿Más o menos? –preguntó Jason.

—Más o menos –afirmó Percy, soltando un suspiro. A su padre le daría un infarto en ese capítulo.

Imagínate el concierto más multitudinario que hayas visto jamás, un campo de fútbol lleno con un millón de fans.

Muchos asintieron, como para demostrar que estaban siguiendo las órdenes del libro.

Ahora imagina un campo un millón de veces más grande, lleno de gente, e imagina que se ha ido la electricidad y no hay ruido, ni luz, ni globos gigantes rebotando sobre el gentío. Algo trágico ha ocurrido tras el escenario. Multitudes susurrantes que sólo pululan en las sombras, esperando un concierto que nunca empezará.

—Esa es una forma bastante certera de imaginarlo –admitió Hazel, recordando su estancia en ese lugar. Tuvo que reprimir un pequeño escalofrío; lo último que quería era volver allí.

Si puedes imaginarte eso, te harás una buena idea del aspecto que tenían los Campos de Asfódelos. La hierba negra llevaba millones de años siendo pisoteada por pies muertos. Soplaba un viento cálido y pegajoso como el hálito de un pantano. Aquí y allá crecían árboles negros, y Grover me dijo que eran álamos.

— ¿Eso tiene alguna relevancia? –preguntó Frank, un poco confundido.

—Debe ser para que tengamos una idea más clara del lugar –supuso Reyna, aunque no se le ocurría una buena razón para que eso sea necesario.

El techo de la caverna era tan alto que bien habría podido ser un gran nubarrón, pero las estalactitas emitían leves destellos grises y tenían puntas afiladísimas. Intenté no pensar que se nos caerían encima en cualquier momento, aunque había varias de ellas desperdigadas por el suelo, incrustadas en la hierba negra tras derrumbarse. Supongo que los muertos no tenían que preocuparse por nimiedades como que te despanzurrara una estalactita tamaño misil.

—Oh, claro –bufó Thalía—Porque eso es muy insignificante.

—Para los muertos, sí –sonrió Leo— Por otro lado, para nosotros no lo es tanto.

Annabeth, Grover y yo intentamos confundirnos entre la gente, pendientes por si volvían los demonios de seguridad. No pude evitar buscar rostros familiares entre los que deambulaban por allí, pero los muertos son difíciles de mirar. Sus rostros brillan. Todos parecen enfadados o confusos. Se te acercan y te hablan, pero sus voces suenan a un traqueteo, como a chillidos de murciélagos. En cuanto advierten que no puedes entenderlos, fruncen el entrecejo y se apartan.

Los muertos no dan miedo. Sólo son tristes.

Hazel no pudo evitar fijar su vista en el piso. Eso era verdad, los muertos eran muy tristes. Al menos lo eran los que no llegaban al Eliseo.

Seguimos abriéndonos camino, metidos en la fila de recién llegados que serpenteaba desde las puertas principales hasta un pabellón cubierto de negro con un estandarte que rezaba: «Juicios para el Elíseo y la condenación eterna. ¡Bienvenidos, muertos recientes!»

— ¿Por qué les dan la bienvenida? —preguntó Percy. Antes no lo había pensado demasiado, pero ahora esa pregunta le daba vueltas por la cabeza— Digo, no creo que ellos estén muy felices de estar ahí. Si yo estuviera muerta, y viera que me dan la bienvenida, me sentiría peor.

—Me parecía que era una linda forma de darles la bienvenida —se encogió de hombros Perséfone—. Un intento de hacer el lugar un poco menos lúgubre.

— ¡Es imposible hacer eso! Por cosas como estas deberías haber permanecido conmigo para siempre, hija —se quejó Deméter—. Ese lugar no es bueno para ti, es un ambiente demasiado sombrío para la diosa de la primavera.

—Ya hemos discutido esto demasiadas veces —suspiró Hades, masajeándose el puente de la nariz—. Si no les molesta, prefiero que el sátiro continúo leyendo.

—Nunca serán demasiadas veces para mí —Perséfone miró exasperada a su madre—. Lo sé, lo sé. Tú lo amas y esas cosas. Continúa con la lectura, Grover.

Cabe destacar que Deméter no dejó de fulminar con la mirada a Hades, quien estaba ignorándola olímpicamente.

Por la parte trasera había dos filas más pequeñas.

A la izquierda, espíritus flanqueados por demonios de seguridad marchaban por un camino pedregoso hacia los Campos de Castigo, que brillaban y humeaban en la distancia, un vasto y agrietado erial con ríos de lava, campos de minas y kilómetros de alambradas de espino que separaban las distintas zonas de tortura. Incluso desde tan lejos, veía a la gente perseguida por los perros del infierno, quemada en la hoguera, obligada a correr desnuda a través de campos de cactos o a escuchar ópera.

— ¿Qué tiene la ópera? —preguntó Apolo, levemente ofendido. La ópera era arte, y como buen dios del arte era su deber defender todo lo que esto conlleva (?).

—Muchos no la soportan, por lo cual tiene un par de siglos como parte de los castigos —dijo Hades, con los ojos cerrados. Empezaba a tener un dolor de cabeza, y estaba seguro de quién era la culpa.

Vislumbré más que vi una pequeña colina, con la figura diminuta de Sísifo dejándose la piel para subir su roca hasta la cumbre. Y vi torturas peores; cosas que no quiero describir.

Un escalofrío recorrió la espalda de Percy. No quería ni siquiera recordarlas.

La fila que llegaba del lado derecho del pabellón de los juicios era mucho mejor. Esta conducía pendiente abajo hacia un pequeño valle rodeado de murallas: una zona residencial que parecía el único lugar feliz del inframundo. Más allá de la puerta de seguridad había vecindarios de casas preciosas de todas las épocas, desde villas romanas a castillos medievales o mansiones victorianas. Flores de plata y oro lucían en los jardines. La hierba ondeaba con los colores del arco iris. Oí risas y olor a barbacoa.

El Elíseo.

Inconscientemente los semidioses (que todavía no habían muerto, claro) prestaron más atención. Menos Nico, claro, quien ya estaba acostumbrado a todo lo que describían.

En medio de aquel valle había un lago azul de aguas brillantes, con tres pequeñas islas como una instalación turística en las Bahamas. Las islas Bienaventuradas, para la gente que había elegido renacer tres veces y tres veces había alcanzado el Elíseo. De inmediato supe que aquél era el lugar al que quería ir cuando muriera.

Tal vez era un pensamiento ligeramente tonto, pues en realidad todos querían llegar allí cuando murieran.

—De eso se trata —me dijo Annabeth como si me leyera el pensamiento—.

Algo que la rubia acostumbraba hacer desde que se hicieron amigas.

Ése es el lugar para los héroes.

Pero entonces pensé que había muy poca gente en el Elíseo, que parecía muy pequeño en comparación con los Campos de Asfódelos o incluso los Campos de Castigo. Qué poca gente hacía el bien en sus vidas. Era deprimente.

Algunos se tomaron un momento para reflexionar eso. ¿En realidad todos aquí merecían ser llamados héroes? Octavian disimuladamente observó su daga, ¿él sería capaz de llegar a un lugar así?

No, al menos no lo sería en ese momento. Pero él se esforzaría por llegar.

Abandonamos el pabellón del juicio y nos adentramos en los Campos de Asfódelos. La oscuridad aumentó. Los colores se desvanecieron de nuestras ropas. La multitud de espíritus parlanchines empezó a menguar.

Tras unos kilómetros caminando, empezamos a oír un chirrido familiar en la distancia. En el horizonte se cernía un reluciente palacio de obsidiana negra. Por encima de las murallas merodeaban tres criaturas parecidas a murciélagos: las Furias. Me dio la impresión de que nos esperaban.

Claro que lo hacían, pensó Annabeth, todos sabían que nos estaban esperando. Fuimos muy estúpidos al pensar que todo estaba más o menos bien.

—Supongo que es un poco tarde para dar media vuelta —comentó Grover, esperanzado.

—No va a pasarnos nada. —Intentaba aparentar seguridad.

Si hubiera sabido lo que pasaría poco después...

—A lo mejor tendríamos que buscar en otros sitios primero —sugirió Grover—. Como el Elíseo, por ejemplo…

—Venga, pedazo de cabra. —Annabeth lo agarró del brazo.

Grover emitió un gritito. Las alas de sus zapatillas se desplegaron y lo lanzaron lejos de Annabeth.

Aterrizó dándose una buena costalada.

Inconscientemente Grover hizo una mueca. Eso había dolido.

—Grover —lo regañó Annabeth—. Basta de hacer el tonto.

—Pero si yo no…

Esto fue una especie de alerta para todos. Algo estaba pasando, algo iría terriblemente mal. Luke trató de pensar una forma de salir sin que nadie se diera cuenta.

Otro gritito. Sus zapatos revoloteaban como locos. Levitaron unos centímetros por encima del suelo y empezaron a arrastrarlo.

Maya! —Gritó, pero la palabra mágica parecía no surtir efecto—. Maya! ¡Por favor! ¡Llamad a emergencias! ¡Socorro!

Evité que su brazo me noqueara e intenté agarrarle la mano, pero llegué tarde. Empezaba a cobrar velocidad y descendía por la colina como un trineo.

Corrimos tras él.

La tensión fácilmente se podía cortar con un cuchillo. Luke empezó a retroceder lentamente, aprovechando que la gran mayoría estaba distraída con la lectura. Claro, el otro porcentaje de personas eran los que sabían perfectamente lo que pasaba. Y, en todo caso, entendían en cierta parte que el hijo de Hermes quisiera huir.

Pero todo no sería tan fácil.

—¡Desátate los zapatos! —vociferó Annabeth.

Era una buena idea, pero supongo que no muy factible cuando tus zapatos tiran de ti a toda velocidad. Grover se revolvió, pero no alcanzaba los cordones.

Thalía lo miró fijamente. Luke se dio cuenta, y giró su cabeza en su dirección. Dos tonos diferentes de azul chocaron, todo mientras de fondo la lectura continuaba. Tenían una conversación silenciosa, pero había una cosa que cualquiera podía haber adivinado.

La hija de Zeus le estaba dando dos opciones, que para muchos les hubiera parecido más bien una amenaza. Si él se iba, nadie se lo impediría, después de todos seguramente muchos iban a querer matarlo al final de todo y era casi un instinto natural.

Lo seguimos, tratando de no perderlo de vista mientras zigzagueaba entre las piernas de los espíritus, que lo miraban molestos. Estaba seguro de que Grover iba a meterse como un torpedo por la puerta del palacio de Hades, pero sus zapatos viraron bruscamente a la derecha y lo arrastraron en la dirección opuesta.

Pero debía tomar responsabilidad por sus acciones, y si se iba sólo demostraría que no era capaz de hacerlo.

La ladera se volvió más empinada. Grover aceleró. Annabeth y yo tuvimos que apretar el paso para no perderlo. Las paredes de la caverna se estrecharon a cada lado, y yo reparé en que habíamos entrado en una especie de túnel. Ya no había hierba ni árboles negros, sólo roca desnuda y la tenue luz de las estalactitas encima.

Finalmente, Luke decidió quedarse. Sí, él tomaría responsabilidad por todo lo que causó.

Por todo lo que le hizo al campamento mestizo.

—¡Grover! —grité, y el eco resonó—. ¡Agárrate a algo!

—¿Qué? —gritó él a su vez.

Se agarraba a la gravilla, pero no había nada lo bastante firme para frenarlo.

El túnel se volvió aún más oscuro y frío. Se me erizó el vello de los brazos y percibí una horrible fetidez. Me hizo pensar en cosas que ni siquiera había experimentado nunca: sangre derramada en un antiguo altar de piedra, el aliento repulsivo de un asesino.

Entonces vi lo que teníamos delante y me quedé clavada en el sitio.

Poseidón parecía a punto de tener un ataque nervioso. Su hija estaba pasando por cosas demasiado peligrosas, y todo esto estaría a punto de matarlo.

El túnel se ensanchaba hasta una amplia y oscura caverna, en cuyo centro se abría un abismo del tamaño de un cráter.

Una simple frase pasaba por la cabeza de muchos: «Que no sea lo que parece». Pero no había muchas esperanzas, era bien sabida la mala suerte que los semidioses traían.

Grover patinaba directamente hacia el borde.

—¡Venga, Percy! —chilló Annabeth, tirándome de la muñeca.

—Pero eso es…

—¡Ya lo sé! —gritó-. ¡Es el lugar que describiste en tu sueño! Pero Grover va a caer dentro si no lo alcanzamos. —Tenía razón, por supuesto. La situación de Grover me puso otra vez en movimiento. Gritaba y manoteaba el suelo, pero las zapatillas aladas seguían arrastrándolo hacia el foso, y no parecía que pudiéramos llegar a tiempo.

La mirada de casi todos estaba clavada en Grover, quien hacía lo posible para no tartamudear mientras leía. Claro que lo recordaba todo perfectamente, y tener que leerlo desde la perspectiva de otra persona no lo mejoraba exactamente.

Lo que lo salvó fueron sus pezuñas.

Las zapatillas voladoras siempre le habían quedado un poco sueltas, y al final Grover le dio una patada a una roca grande y la izquierda salió disparada hacia la oscuridad del abismo. La derecha seguía tirando de él, pero Grover pudo frenarse aferrándose a la roca y utilizándola como anclaje.

Un pequeño suspiro de alivio salió por la boca de muchos. Eso era una buena señal, al menos tenía oportunidad ahora.

Estaba a tres metros del borde del foso cuando lo alcanzamos y tiramos de él hacia arriba. La otra zapatilla salió sola, nos rodeó enfadada y, a modo de protesta, nos propinó un puntapié en la cabeza antes de volar hacia el abismo para unirse con su gemela.

Nos derrumbamos todos, exhaustos, sobre la gravilla de obsidiana. Sentía las extremidades como de plomo. Incluso la mochila me pesaba más, como si alguien la hubiese llenado de rocas.

A pesar de todo, Atenea prestó bastante atención a ese detalle. Estaba segura que sería en un futuro.

Grover tenía unos buenos moratones y le sangraban las manos. Las pupilas se le habían vuelto oblongas, estilo cabra, como cada vez que estaba aterrorizado.

Muchos lo estaban, y eso que sólo estaban escuchando lo que pasó.

—No sé cómo… —jadeó—. Yo no…

—Espera —dije—. Escucha.

Oí algo: un susurro profundo en la oscuridad.

—No sigas el sonido, por favor —suplicó Poseidón—. Vete si quieres con Hades, pero no sigas el sonido.

—Papá…

—No digas nada, Percy. Sólo aléjate de ahí.

—Lo siento —eso fue todo lo que necesitaba Poseidón, quien cayó en su asiento casi en estado líquido. Esto no podía estar pasando, no podía pasarle a su niña. Maldijo las leyes que prohibían ayudar a sus hijos.

—Percy, este lugar… —dijo Annabeth al cabo de unos segundos.

Chist. —Me puse en pie.

El sonido se volvía más audible, una voz malévola y susurrante que surgía desde abajo, mucho más abajo de donde estábamos nosotros. Provenía del foso.

Un gran silencio cayó en la sala, sólo siendo roto por la voz de Grover narrando la historia.

Grover se incorporó.

—¿Q-qué es ese ruido?

Annabeth también lo oía.

—El Tártaro. Ésta es la entrada al Tártaro.

Una de las entradas del tártaro, pensó Nico. Ahí estaban las puertas de la muerte, una parte importante en su misión para derrotar a Gea.

Destapé Anaklusmos. La espada de bronce se extendió, emitió una débil luz en la oscuridad y la voz malvada remitió por un momento, antes de retomar su letanía. Ya casi distinguía palabras, palabras muy, muy antiguas, más antiguas que el propio griego. Como si…

—Magia —dije.

Pero ahora Percy sabía que era mucho, pero mucho peor que simplemente magia.

—Tenemos que salir de aquí —repuso Annabeth.

Juntos pusimos a Grover sobre sus pezuñas y volvimos sobre nuestros pasos, hacia la salida del túnel. Las piernas no me respondían lo bastante rápido. La mochila me pesaba. A nuestras espaldas, la voz sonó más fuerte y enfadada, y echamos a correr.

Y no nos sobró tiempo.

Un viento frío tiraba de nuestras espaldas, como si el foso estuviera absorbiéndolo todo. Por un momento terrorífico perdí el equilibrio y los pies me resbalaron por la gravilla. Si hubiésemos estado más cerca del borde, nos habría tragado.

Por un momento, Annabeth sintió como si algo dentro de sí le estaba alertando. Era un mal presentimiento, cosa que la dejó levemente consternada. Ya había vivido eso, ¿qué cosa podría pasar que fuera peor que casi caer en el Tártaro?

Claro que ella no sabía lo cruel que podía ser el destino.

Seguimos avanzando con gran esfuerzo, y por fin llegamos al final del túnel, donde la caverna volvía a ensancharse en los Campos de Asfódelos. El viento cesó. Un aullido iracundo retumbó desde el fondo del túnel. Alguien no estaba muy contento de que hubiésemos escapado.

Nuevamente lo sintió. Por alguna razón, una nueva idea comenzó a formarse en su cabeza: «Al menos que no hubiéramos escapado, sólo retrasamos lo que pasaría». No, ya estaba conspirando demasiado. Todo el asunto de la nueva guerra le afectaba gravemente.

—¿Qué era eso? —musitó Grover, cuando nos derrumbamos en la relativa seguridad de una alameda —. ¿Una de las mascotas de Hades?

Annabeth y yo nos miramos. Estaba claro que tenía alguna idea, probablemente la misma que se le había ocurrido en el taxi que nos había traído a Los Ángeles, pero le daba demasiado miedo para compartirla. Eso bastó para asustarme aún más.

Claro que había estado asustada, todos en la sala lo estaban. Ya sabían quién era, ya se habían enfrentado contra él. Pero todavía a muchos les dolía las consecuencias de esa guerra.

Cerré la espada y me guardé el bolígrafo.

—Sigamos. —Miré a Grover—. ¿Puedes caminar?

Tragó saliva.

—Sí, sí, claro —suspiró—. Bah, nunca me gustaron esas zapatillas.

Intentaba mostrarse valiente, pero temblaba tanto como nosotros. Fuera lo que fuese lo que había en aquel foso, no era la mascota de nadie. Era inenarrablemente arcaico y poderoso. Ni siquiera Equidna me había dado aquella sensación. Casi me alivió darle la espalda al túnel y encaminarme hacia el palacio de Hades.

Casi.

Poseidón sí estaba aliviado. Claro, sabía que su hermano no era precisamente alguien sin peligro, pero lo prefería a él que a su padre.

Envueltas en sombras, las Furias sobrevolaban en círculo las almenas. Las murallas externas de la fortaleza relucían negras, y las puertas de bronce de dos pisos de altura estaban abiertas de par en par. Cuando estuve más cerca, aprecié que los grabados de dichas puertas reproducían escenas de muerte. Algunas eran de tiempos modernos —una bomba atómica explotando encima de una ciudad, una trinchera llena de soldados con máscaras antigás, una fila de víctimas de hambrunas africanas, esperando con cuencos vacíos en la mano—, pero todas parecían labradas en bronce hacía miles de años. Me pregunté si eran profecías hechas realidad.

(N/A: No importa cuántas veces haya leído esta parte, para mí es la más deprimente del libro. Perdón la interrupción)

En el patio había el jardín más extraño que he visto en mi vida. Setas multicolores, arbustos venenosos y raras plantas luminosas que crecían sin luz. En lugar de flores había piedras preciosas, pilas de rubíes grandes como mi puño, macizos de diamantes en bruto. Aquí y allí, como invitados a una fiesta, estaban las estatuas de jardín de Medusa: niños, sátiros y centauros petrificados, todos esbozando sonrisas grotescas.

Perséfone pensó en su jardín. No importaba cuantas veces su madre le hubiera dicho que era muy poco de lo que merecía, a ella le encantaba.

En el centro del jardín había un huerto de granados, cuyas flores naranja neón brillaban en la oscuridad.

—Éste es el jardín de Perséfone —explicó Annabeth—. Seguid andando.

Entendí por qué quería avanzar. El aroma ácido de aquellas granadas era casi embriagador. Sentí un deseo repentino de comérmelas, pero recordé la historia de Perséfone: un bocado de la comida del inframundo y jamás podríamos marcharnos.

Hades miró a su esposa. Sin duda alguna, ella era la más preciada de sus riquezas.

Tiré de Grover para evitar que agarrara la más grande.

Subimos por la escalinata de palacio, entre columnas negras y a través de un pórtico de mármol negro, hasta la casa de Hades. El zaguán tenía el suelo de bronce pulido, que parecía hervir a la luz reflejada de las antorchas. No había techo, sólo el de la caverna, muy por encima. Supongo que allí abajo no les preocupaba la lluvia.

Cada puerta estaba guardada por un esqueleto con indumentaria militar. Algunos llevaban armaduras griegas; otros, casacas rojas británicas; otros, camuflaje de marines. Cargaban lanzas, mosquetones o M-16. Ninguno nos molestó, pero sus cuencas vacías nos siguieron mientras el zaguán hasta las enormes puertas que había en el otro extremo.

Era una imagen bastante tétrica.

Dos esqueletos con uniforme de marine custodiaban las puertas. Nos sonrieron. Tenían lanzagranadas automáticos cruzados sobre el pecho.

—¿Sabéis? —Murmuró Grover—, apuesto lo que sea a que Hades no tiene problemas con los vendedores puerta a puerta.

Todos estaban de acuerdo con eso. Leo pensó agregar algo, pero el ambiente no estaba para bromas.

La mochila me pesaba una tonelada. No se me ocurría por qué. Quería abrirla, comprobar si había recogido por casualidad alguna bala de cañón por ahí, pero no era el momento.

Ojalá la hubiera abierto, se dijo Percy, me hubiera ahorrado algunos problemas.

—Bueno, chicos —dije—. Creo que tendríamos que… llamar.

Un viento cálido recorrió el pasillo y las puertas se abrieron de par en par. Los guardias se hicieron a un lado.

—Básicamente los están invitando a entrar —señaló Reyna.

—Supongo que eso significa entrez-vous —comentó Annabeth.

Ninguna de las dos comentó algo sobre el parecido.

La sala era igual que en mi sueño, salvo que en esta ocasión el trono de Hades estaba ocupado. Era el tercer dios que conocía, pero el primero que me pareció realmente divino.

Ares se sintió ofendido, mientras Dionisio simplemente soltaba un «¡Bah!» y hacía aparecer un poco de bebida.

Para empezar, medía por lo menos tres metros de altura, e iba vestido con una túnica de seda negra y una corona de oro trenzado. Tenía la piel de un blanco albino, el pelo por los hombros y negro azabache. No estaba musculoso como Ares, pero irradiaba poder. Estaba repantigado en su trono de huesos humanos soldados, con aspecto vivaz y alerta. Tan peligroso como una pantera.

Hades sonrió, bastante satisfecho con su descripción.

Inmediatamente tuve la certeza de que él debía dar las órdenes: sabía más que yo y por lo tanto debía ser mi amo. Y a continuación me dije que cortase el rollo. El aura hechizante de Hades me estaba afectando, como lo había hecho la de Ares. El Señor de los Muertos se parecía a las imágenes que había visto de Adolph Hitler, Napoleón o los líderes terroristas que teledirigen a los hombres bomba. Hades tenía los mismos ojos intensos, la misma clase de carisma malvado e hipnotizador.

Sí, en realidad le encantaba.

—Eres valiente para venir aquí, hija de Poseidón —articuló con voz empalagosa—. Después de lo que me has hecho, muy valiente, a decir verdad. O puede que seas sólo muy insensata.

El entumecimiento se apoderó de mis articulaciones, tentándome a tumbarme en el suelo y echarme una siestecita a los pies de Hades. Acurrucarme allí y dormir para siempre.

Luché contra la sensación y avancé.

Le parecía también bastante sorprendente que aquella semidiosa pudiera resistirse. Oh, esperaba que su "yo" futuro no hiciera nada para desatar la ira de su hermano. Poseidón molesto podía dar bastante miedo, pensó Hades.

Sabía qué tenía que decir.

—Señor y tío, vengo a haceros dos peticiones.

—Eso, hermanita, fue bastante estúpido —dijo Teseo—. Pero debiste haber sorprendido mucho a nuestro tío Hades —Percy se encogió de hombros. Todo había salido bien, al menos.

Hades levantó una ceja. Cuando se inclinó hacia delante, en los pliegues de su túnica aparecieron rostros en sombra, rostros atormentados, como si la prenda estuviera hecha de almas atrapadas en los Campos de Castigo que intentaran escapar.

—Lo está —afirmó Hades.

La parte de mí afectada por el THDA se preguntó, distraída, si el resto de su ropa estaría hecho del mismo modo. ¿Qué cosas horribles había que hacer en la vida para acabar convertido en ropa interior de Hades?

Zeus sonrió de forma bastante burlona. Ya sabía con qué molestar a su hermano por unos cuantos siglos. Seguramente otros se hubieran reído si no fuera por la tensión del momento (o el miedo de que el dios de los muertos los mandara a su territorio). Por otro lado, Hades ahora se encontraba frunciendo el ceño. Pero no sentía que debía aclarar de qué estaba hecha su ropa interior.

—¿Sólo dos peticiones? —Preguntó Hades—. Niña arrogante. Como si no te hubieras llevado ya suficiente. Habla, entonces. Me divierte no matarte aún.

Poseidón miró con los ojos entrecerrados a su hermano. Le daba la razón de que la forma en que su hija había dicho eso estaba mal, pero más le valía a su hermano no haberle hecho nada.

Tragué saliva. Aquello iba tan mal como me había temido.

—Siempre —suspiró Percy.

Miré el trono vacío, más pequeño que el que había junto al de Hades. Tenía forma de flor negra ribeteada en oro. Deseé que la reina Perséfone estuviese allí. Recordaba que en los mitos sabía cómo calmar a su marido.

Tanto Percy como Thalía y Nico se miraron entre sí. No, en realidad no era buena idea.

Aunque Perséfone se sintió bien de que ella haya pensado eso.

Pero era verano.

Claro, Perséfone estaría arriba, en el mundo de la luz con su madre, la diosa de la agricultura, Deméter.

—Como tiene que ser —masculló esta.

—No empieces de nuevo —le imploró su hija. Deméter decidió callar, pero sólo por ahora.

Sus visitas, no la traslación del planeta, provocan las estaciones.

Malcom se recordó del nuevo libro que había conseguido, Juego de Tronos (1). Tal vez esa era una forma de explicar las estaciones tan raras allí.

Annabeth se aclaró la garganta y me hincó un dedo en la espalda.

—Señor Hades —dije—. Veréis, señor, no puede haber una guerra entre los dioses. Sería… malo.

—Muy malo —añadió Grover para echarme una mano.

—Muy, muy malo —murmuraron Travis y Connor.

—Devolvedme el rayo maestro de Zeus —dije—. Por favor, señor. Dejadme llevarlo al Olimpo.

Los ojos de Hades adquirieron un brillo peligroso.

Igual que los de Poseidón, pero esto solo parecía dirigido a su hermano mayor.

—¿Osas venirme con esas pretensiones, después de lo que has hecho?

—Sé que no es el momento —interrumpió Leo—, pero ¿qué hiciste exactamente? —muchos estaban con la misma duda, pero no habían querido preguntar.

—Fue exactamente lo próximo que pregunté —sonrió Percy.

Miré a mis amigos, tan confusos como yo.

—Esto… tío —dije—. No paráis de decir «después de lo que has hecho». ¿Qué he hecho exactamente?

El salón del trono se sacudió con un temblor tan fuerte que probablemente lo notaron en Los Angeles. Cayeron escombros del techo de la caverna. Las puertas se abrieron de golpe en todos los muros, y los guerreros esqueléticos entraron, docenas de ellos, de todas las épocas y naciones de la civilización occidental. Formaron en el perímetro de la sala, bloqueando las salidas.

—Esto es malo —murmuró Hazel.

—¿Crees que quiero la guerra, diosecilla? —espetó Hades.

Quería contestarle «bueno, estos tipos tampoco parecen activistas por la paz», pero la consideré una respuesta peligrosa.

—Seguramente eso hubiera ocasionado tu muerte —dijo Hermes—. Prefiero que estés en una sola pieza.

—Sois el Señor de los Muertos —dije con cautela—. Una guerra expandiría vuestro reino, ¿no?

—Eso ya es culpa de los estereotipos —dijo Jason—. Desde siempre nos habían enseñado eso de Plu- Hades quería eso —se corrigió antes de que algún dios le regañara por causarles problemas greco-romanos.

—Supongo que deberíamos haber hecho algo —admitió Lupa.

—¡La típica frasecita de mis hermanos! ¿Crees que necesito más súbditos? Pero ¿es que no has visto la extensión de los Campos de Asfódelos?

—Bueno…

—¿Tienes idea de cuánto ha crecido mi reino sólo en este último siglo? ¿Cuántas subdivisiones he tenido que abrir?

—Si contamos la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, todos los muertos durante el régimen comunista, la Guerra de Vietnam, los problemas en Corea de Norte y Corea del Sur… —Lacy le cubrió la boca a Malcom. Lo quería, pero ese no era momento para una clase de historia.

Abrí la boca para responder, pero Hades ya se había lanzado.

—Más demonios de seguridad —se lamentó—. Problemas de tráfico en el pabellón del juicio. Jornada doble para todo el personal… Antes era un dios rico, Percy Jackson. Controlo todos los metales preciosos bajo tierra. Pero ¡y los gastos!

—Nadie nunca piensa en eso, señor Hades. Lo sentimos —se disculpó Reyna.

—Caronte quiere que le subáis el sueldo —aproveché para decirle,

Annabeth le dio un golpe a Percy en la cabeza.

—¡Auch! ¡¿Por qué fue eso?! —preguntó, tocando la zona afectada.

—En ese momento no lo hice, y creo que te lo merecías —fue su única respuesta. Y en realidad era bastante razonable.

Porque me acordé en ese instante. Pero deseé haber tenido la boca cosida.

—¡No me hagas hablar de Caronte! —Bramó Hades—. ¡Está imposible desde que descubrió los trajes italianos!

Nico sintió algo de orgullo nacionalista (?)

Problemas en todas partes, y tengo que ocuparme de todos personalmente. ¡Sólo el tiempo que tardo en llegar desde palacio hasta las puertas me vuelve loco!

—¿No puede aparecerse o algo así? —preguntó Frank, pero fue ignorado olímpicamente por el dios.

Y los muertos no paran de llegar. No, diosecilla. ¡No necesito ayuda para conseguir súbditos! Yo no he pedido esta guerra.

—Ni ninguna hace muchos siglos —agregó.

—Pero os habéis llevado el rayo maestro de Zeus.

—¿Sigues con eso, Percy? —preguntó Piper, un poco incrédula. Era obvio que no lo había hecho. Percy solo sonrió culpablemente.

—¡Mentiras! —Más temblores. Hades se levantó del trono y alcanzó una enorme estatura—. Tu padre puede que engañe a Zeus, chica, pero yo no soy tan tonto. Veo su plan.

—¿Mi plan? —Preguntó Poseidón — ¡¿En serio crees que arriesgaría de esa forma a mi hija?!

—¡Ponte en mi lugar! ¿Qué harías tú si todo el mundo te culpara de haber robado el rayo cuando tu tridente desapareció también? —Poseidón no respondió.

—¿Su plan?

—Tú robaste el rayo durante el solsticio de invierno —dijo—. Tu padre pensó que podría mantenerte en secreto. Te condujo hasta la sala del trono en el Olimpo y te llevaste el rayo maestro y mi casco. De no haber enviado a mi furia a descubrirte a la academia Yancy, Poseidón habría logrado ocultar su plan para empezar una guerra. Pero ahora te has visto obligada a salir a la luz. ¡Tú confesarás ser la ladrona del rayo, y yo recuperaré mi yelmo!

—Yo ni sabía que era una semidiosa en ese momento —se cruzó de brazos Percy—. No entiendo por qué me pasan estas cosas.

—Su suerte apesta, eso es todo —respondió Rachel.

—Pero… —terció Annabeth, desconcertada—. Señor Hades, ¿vuestro yelmo de oscuridad también ha desaparecido?

—No te hagas la inocente, niña. Tú y el sátiro habéis estado ayudando a esta diosecilla, habéis venido aquí para amenazarme en nombre de Poseidón, sin duda habéis venido a traerme un ultimátum. ¿Cree Poseidón que puede chantajearme para que lo apoye?

—Hubiera usado otras formas para convencerte, en realidad —admitió Poseidón.

—¡No! —repliqué—. ¡Poseidón no ha… no ha…!

—No he dicho nada de la desaparición del yelmo —gruñó Hades—, porque no albergaba ilusiones de que nadie en el Olimpo me ofreciera la menor justicia ni la menor ayuda.

Eso era verdad, seguramente nadie se habría esforzado para ayudarlo. Hestia miró a todos los dioses. Algunos no parecía ni siquiera sentir culpa por eso.

Era triste como incluso en una familia se podían discriminar entre sí.

No puedo permitirme que se sepa que mi arma más poderosa y temida ha desaparecido. Así que te busqué, y cuando quedó claro que venías a mí para amenazarme, no te detuve.

—Esa es la única razón para que todo hubiera sido más o menos difícil —suspiró Annabeth. Si Hades hubiera querido detenerlos, no hubieran podido completar la misión.

—¿No nos detuvisteis? Pero…

—Devuélveme mi casco ahora, o abriré la tierra y devolveré los muertos al mundo —amenazó Hades —.

—No se moleste, señor Hades, eso ya está ocurriendo —murmuró Clarisse. Oh, maldecía por completo a Gea y esa nueva estúpida guerra. Para su suerte, porque tendría que haber dado explicaciones que no iban al caso, ningún dios le prestó atención.

Convertiré vuestras tierras en una pesadilla. Y tú, Percy Jackson, tu esqueleto conducirá mi ejército fuera del Hades.

Los soldados esqueléticos dieron un paso al frente y prepararon sus armas.

En ese momento supongo que debería haber estado aterrorizada. Lo raro fue que me ofendió. Nada me enoja más que me acusen de algo que no he hecho. Tengo mucha experiencia en eso.

—Lamentablemente —suspiró Percy.

—Sois tan chungo (2) como Zeus —le dije—. ¿Creéis que os he robado? ¿Por eso enviasteis a las Furias por mí?

—Por supuesto.

—¿Y los demás monstruos?

Hades torció el gesto.

—De eso no sé nada.

—En ese momento no sabíamos quienes estaban implicados en todo el lío —suspiró Quirón.

No quería que tuvieras una muerte rápida: quería que te trajeran vivo ante mí para que sufrieras todas las torturas de los Campos de Castigo. ¿Por qué crees que te he permitido entrar en mi reino con tanta facilidad?

—¿Tanta facilidad?

—Créeme, Percy, lo que ustedes hicieron fue demasiado fácil —dijo Teseo.

—¡Devuélveme mi yelmo!

—Pero yo no lo tengo. He venido por el rayo maestro.

—¡Pero si ya lo tienes! —Gritó Hades—. ¡Has venido aquí con él, pequeña insensata, pensando que podrías amenazarme!

—¡No lo tengo!

—Abre la bolsa que llevas.

Me sacudió un presentimiento horrible. Mi mochila pesaba como una bala de cañón… No podía ser. Me descolgué la mochila y abrí la cremallera. Dentro había un cilindro de metal de medio metro, con pinchos a ambos lados, que zumbaba por la energía que contenía.

—¿Cómo pasó eso? —Preguntó Atenea, expresando en voz alta la pregunta que se hacían varios— Hemos seguido a lectura, en ningún punto ella pudo haberlo tomado —la diosa miró a Ares, que parecía fruncir el ceño. A menos que la mochila lo hubiera tenido todo el tiempo, pero sólo allí pudiera aparecer.

—Percy —dijo Annabeth—, ¿cómo…?

—N-no lo sé. No lo entiendo.

—Todos los héroes sois iguales —apostilló Hades—. Vuestro orgullo os vuelve necios… Mira que creer que podías traer semejante arma ante mí. No he pedido el rayo maestro de Zeus, pero, dado que está aquí, me lo entregarás.

Zeus frunció el ceño. Ya era mucho que esa semidiosa tenga su precioso (?) como para que ahora su hermano lo obtuviese.

Estoy seguro de que se convertirá en una excelente herramienta de negociación. Y ahora… mi yelmo. ¿Dónde está?

Me había quedado sin habla. No tenía ningún yelmo. No tenía idea de cómo había acabado el rayo maestro en mi mochila. De alguna forma, Hades me la estaba jugando. Él era el malo.

—Siempre me echan la culpa a mí —bufó el dios.

Pero de repente el mundo se había puesto patas arriba. Reparé en que estaban jugando conmigo. Zeus, Poseidón y Hades se enfrentaban entre sí, pero azuzados por alguien más. El rayo maestro estaba en la mochila, y la mochila me la había dado…

—¡Ares! —Rugió Zeus— ¿Por qué tenías tú mi rayo maestro?

—Déjame decirte, padre, que estoy igual de confundido que tu —dijo, tratando de pensar. Aunque eso siempre se le había dado mejor a Atenea que a él.

—Cálmate, Zeus —dijo Hera—. Estoy segura que pronto se resolverá esto.

Disimuladamente, todos los semidioses y otros seres se fueron alejando de ellos. Grover tomó las palabras de Hera como señal de que debía continuar.

—Señor Hades, esperad —dije—. Todo esto es un error.

—¿Un error? —rugió.

Los esqueletos apuntaron sus armas. Desde lo alto se oyó un aleteo, y las tres Furias descendieron para posarse sobre el respaldo del trono de su amo. La que tenía cara de la señora Dodds me sonrió, ansiosa, e hizo restallar su látigo.

—Odio a la señora Dodds —dijo Percy, con una mueca.

—No se trata de ningún error —prosiguió Hades—. Sé por qué has venido; conozco el verdadero motivo por el que has traído el rayo. Has venido a cambiarlo por ella.

De la mano de Hades surgió una bola de fuego. Explotó en los escalones frente a mí, y allí estaba mi madre, congelada en un resplandor dorado, como en el momento en que el Minotauro empezó a asfixiarla.

Poseidón miró a Hades, prometiendo una gran tortura si es que su hija o ella sufrían algún daño.

No podía hablar. Me acerqué para tocarla, pero la luz estaba tan caliente como una hoguera.

—Sí —dijo Hades con satisfacción—. Yo me la llevé. Sabía, Percy Jackson, que al final vendrías a negociar conmigo. Devuélveme mi casco y puede que la deje marchar. Ya sabes que no está muerta. Aún no. Pero si no me complaces, eso puede cambiar.

—Una pobre mujer no tendría por qué pagar por los problemas de ustedes, tío —dijo Artemisa, frunciendo el ceño.

Pensé en las perlas en mi bolsillo. A lo mejor podrían sacarme de ésta. Si pudiera liberar a mi madre…

—Ah, las perlas —prosiguió Hades, y se me heló la sangre—. Sí, mi hermano y sus truquitos. Tráemelas, Percy Jackson.

Mi mano se movió en contra de mi voluntad y sacó las perlas.

—Sólo tres —comentó Hades—. Qué pena. ¿Te das cuenta de que cada perla sólo protege a una persona? Intenta llevarte a tu madre, pues, diosecilla. ¿A cuál de tus amigos dejarás atrás para pasar la eternidad conmigo? Venga, elige. O dame la mochila y acepta mis condiciones.

—¿Cómo vas a hacer ahora, Percy? —preguntó Reyna en un susurro.

Miré a Annabeth y Grover. Sus rostros estaban sombríos.

—Nos han engañado —les dije—. Nos han tendido una trampa.

—Sí, pero ¿por qué? —Preguntó Annabeth—. Y la voz del foso…

—Aún no lo sé —contesté—. Pero tengo intención de preguntarlo.

—¡Decídete, chico! —me apremió Hades.

—Percy —Grover me puso una mano en el hombro—, no puedes darle el rayo.

—Eso ya lo sé.

—Déjame aquí —dijo—. Usa la tercera perla para tu madre.

—No lo hará —respondieron varios por inercia.

—¡No!

—Soy un sátiro —repuso Grover—. No tenemos almas como los humanos. Puede torturarme hasta que muera, pero no me tendrá para siempre. Me reencarnaré en una flor o en algo parecido. Es la mejor solución.

—En realidad, en cuanto a sacrificios, esa sería la mejor opción —dijo Atenea—. Aceptaste la misión para rescatar a tu madre, darle el rayo solo causaría problemas, tú eres una semidiosa demasiado clave en este caso y si hubieras dejado a mi hija yo misma te hubiera matado. El sátiro debería haberse quedado, pero sin embargo está aquí, lo que significa que no lo dejaste.

—Nunca lo hubiera hecho —afirmó Percy.

—No. —Annabeth sacó su cuchillo de bronce—. Id vosotros dos. Grover, tú debes proteger a Percy. Además, tienes que sacarte la licencia para buscar a Pan. Sacad a su madre de aquí. Yo os cubriré. Tengo intención de caer luchando.

—Ni hablar —respondió Grover—. Yo me quedo.

—Piénsatelo, pedazo de cabra —replicó Annabeth.

—¡Basta ya! —Me sentía como si me partieran en dos el corazón. Ambos me habían dado mucho. Recordé a Grover bombardeando a Medusa en el jardín de estatuas, y a Annabeth salvándonos de Cerbero; habíamos sobrevivido a la atracción de Waterland preparada por Hefesto, al arco de San Luis, al Casino Loto. Había pasado cientos de kilómetros preocupado por un amigo que me traicionaría, pero aquellos amigos jamás podrían hacerlo. No habían hecho otra cosa que salvarme, una y otra vez, y ahora querían sacrificar sus vidas por mi madre.

—Tienes muy buenos amigos, Percy —sonrió Hestia—. Cuídalos muy bien.

—Créame que lo haré, señorita Hestia —respondió, sonriendo igualmente.

—Sé qué hacer —dije—. Tomad estas dos. —Les di una perla a cada uno.

—Pero Percy… —protestó Annabeth.

Me volví y miré a mi madre. Quería sacrificarme y usar con ella la última perla, pero ella jamás lo permitiría. Me diría que mi deber era devolver el rayo al Olimpo, contarle a Zeus la verdad y detener la guerra. Nunca me perdonaría si yo optaba por salvarla a ella. Pensé en la profecía que me habían hecho en la colina Mestiza, parecía haber transcurrido un millón de años: «Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»

Todo poco ánimo que pudo haber en los semidioses se esfumó. Todos, de alguna u otra forma, tenían cariño por Sally Jackson. Tal vez algunos sólo la conocieran por la lectura, pero igual era admirable.

—Lo siento —susurré—. Volveré. Encontraré un modo.

La mirada de suficiencia desapareció del rostro de Hades.

—¿Diosecilla…?

—Encontraré vuestro yelmo, tío —le dije—. Os lo devolveré. No os olvidéis de aumentarle el sueldo a Caronte.

—No me desafíes…

—Y tampoco pasaría nada si jugaras un poco con Cerbero de vez en cuando. Le gustan las pelotas de goma roja.

—Percy Jackson, no vas a…

—¡Ahora, chicos! —grité.

—¡No puedo creer que hayas dicho todo eso! —chilló Julia, asombrada. Percy era la mejor heroína, quería ser como ella.

—¡Destruidlos! —exclamó Hades.

El ejército de esqueletos abrió fuego, los fragmentos de perlas explotaron a mis pies con un estallido de luz verde y una ráfaga de aire fresco. Quedé encerrada en una esfera lechosa que empezó a flotar por encima del suelo.

Annabeth y Grover estaban detrás de mí. Las lanzas y las balas emitían inofensivas chispas al rebotar contra las burbujas nacaradas mientras seguíamos elevándonos. Hades aullaba con una furia que sacudió la fortaleza entera, y supe que no sería una noche tranquila en Los Ángeles.

— ¡Mira arriba! —Gritó Grover—. ¡Vamos a chocar!

Nos acercábamos a toda velocidad hacia las estalactitas, que supuse pincharían nuestras pompas y nos ensartarían como brochetas.

—No te preocupes por eso, Percy, las burbujas los protegen —dijo Poseidón, aunque parecía querer calmarse más a si mismo que a su hija.

— ¿Cómo se controlan estas cosas? —preguntó Annabeth a voz en cuello.

— ¡No creo que puedan controlarse! —me desgañité.

Gritamos a medida que las burbujas se estampaban contra el techo y… de pronto todo fue oscuridad.

¿Estábamos muertos?

—No lo creo —respondió Atenea.

No, aún tenía sensación de velocidad. Subíamos a través de la roca sólida con tanta facilidad como una burbuja en el agua. Caí en la cuenta de que ése era el poder de las perlas: «Lo que es del mar, siempre regresará al mar.»

Por un instante no vi nada fuera de las suaves paredes de mi esfera, hasta que mi perla brotó en el fondo del mar. Las otras dos esferas lechosas, Annabeth y Grover, seguían mi ritmo mientras ascendíamos hacia la superficie. Y de pronto… estallaron al irrumpir en la superficie, en medio de la bahía de Santa Mónica,

—Ya están a salvo —sonrió Hestia.

Derribando a un surfero de su tabla, que exclamó indignado:

— ¡Eh, tío!

—Pero espero se hayan disculpado con ese chico.

—Eh… Creo que no, tía Hestia —dijo Percy, haciendo memoria— Lo sentimos.

Agarré a Grover y tiré de él hasta una boya de salvamento. Fui por Annabeth e hice lo propio. Un tiburón de más de tres metros daba vueltas alrededor, muerto de curiosidad.

— ¡Largo! —le ordené.

El escualo se volvió y se marchó a todo trapo.

—Eso fue malo de tu parte, el pobre solo quería ayudar —se quejó Teseo. Perseo le dio un golpe, ya cansado de sus interrupciones.

El surfero gritó no sé qué de unos hongos chungos y se largó, pataleando tan rápido como pudo.

Algunos no pudieron evitar reír.

De algún modo, sabía qué hora era: primera de la mañana del 21 de junio, el día del solsticio de verano. En la distancia, Los Angeles estaba en llamas, columnas de humo se alzaban desde todos los barrios de la ciudad. Había habido un terremoto, y había sido culpa de Hades.

—Esa no es la mejor forma de querer que muertos no lleguen a tu territorio, ¿sabes? —preguntó Poseidón.

Probablemente acababa de enviar a un ejército de muertos detrás de mí. Pero de momento el inframundo era el menor de mis problemas. Tenía que llegar a la orilla. Tenía que devolverle el rayo maestro a Zeus en el Olimpo. Y sobre todo, tenía que mantener una conversación importante con el dios que me había engañado.

Ares frunció el ceño.

—Eso es todo —anunció Grover, tocándose la garganta. Había sido un largo capítulo— ¿Alguien quiere leer el siguiente?

Nadie quería, en especial los de la cabaña de Ares. Aunque…

—Lo haré yo —anunció, para sorpresa de todos, Frank. Grover le pasó el libro, que tenía la página siguiente marcada— Me peleo con mi familiar cretino.


(1) Primer libro de la saga Canción de Hielo y Fuego.

(2) Si alguien es tan amable de decirme que diablos significa Chungo, se lo agradecería.


Pues... He vuelto... Muchas cosas han pasado, chicos, muchas cosas han pasado... Volveré a retomar las actualizaciones, pero no serán precisamente cada semana.

Eso es todo, hasta la próxima.

P.D. Pasó mucho tiempo y puede que haya olvidado muchas cosas que pasaron. Cualquier error, me avisan.