CAPÍTULO 21

LA FLOR DEL CAPITÁN


La cosecha de septiembre empezó y la multitud llenó las calles de Charleston, así como los mercados abarrotados de cultivos. Había compradores y vendedores y una muchedumbre que trataba de hacerse con un pequeño beneficio de las grandes sumas de dinero que cambiaban de manos durante el día. Había pobres y ricos; mendigos y ladrones; capitanes de barco y esclavos. Un gran número de personas se acercaba y permanecía en sus carruajes, en las cafeterías o posadas, para observar el bullicio, intercambiando comentarios sobre la interminable oleada de personajes que pasaban por delante. Durante el día la ciudad era un animado centro de negocios; por la noche, la actividad se transformaba en un circo con entretenimiento para todos los gustos.

Cuando Syaoran le enseñó a Sakura las entradas de una nueva obra que se representaba en el teatro Dock, ella, muy emocionada, lo besó con entusiasmo. Una vez más calmada, se sentó en las rodillas de su esposo y le confesó que jamás había estado en un lugar como ese antes.

Siempre que aparecían en público, la pareja llamaba la atención. El cuerpo atractivo y alto de Syaoran y la delicada belleza de Sakura los hacía únicos. Y esa noche, al entrar en el vestíbulo del teatro Dock, más que nunca. Syaoran llevaba unos pantalones de color blanco, a juego con el chaleco. Un poco de encaje caía sobre sus manos bronceadas y por la pechera de su camisa. El abrigo era de color rojo, con las solapas y el cuello bordados artísticamente en hilo dorado. Por su parte, Sakura estaba encantadora con un traje de encaje negro, adornado con abundantes azabaches diminutos que brillaban bajo la luz de las velas. Del cabello surgía una pluma de avestruz y de sus orejas pendían los diamantes de Ieran Lee.

Al llegar, se encontraron con las miradas de envidia de siempre y la bienvenida calurosa de sus amigos. Syaoran cuidó de su esposa con recelo, mientras los hombres le presentaban sus respetos. Muchos jóvenes se abrieron paso entre la multitud, con la esperanza de que la belleza desbordante fuera una joven soltera, familiar de los Lee. Se acercaron a ella de forma afectada y pudieron comprobar que de cerca era todavía más hermosa. Al ver que Syaoran, divertido, la presentaba como su esposa, bajaban la cabeza y se alejaban desilusionados.

Matthew Bishop también se encontraba en el teatro pero prefirió guardar las distancias. No quiso detenerse demasiado tiempo contemplando a Sakura y prefirió dedicarse a otras muchachas con entusiasmo y consideración.

La señora Daidouji los saludó con ojo crítico.

—Sakura, mi encantadora niña, estás estupenda esta noche —comentó, lo que significaba que la joven había aprobado el examen—. Dejas en evidencia a las demás mujeres con sus virginales vestidos rosas y blancos—

—Se volvió hacia Syaoran con una expresión animada apoyándose en su bastón—. Y veo que la vigila más que nunca, señor. —

—Habiendo conocido a mi padre, Tomoyo, ¿puede creer que soy peor que él? — comentó entre risas.

La señora Daidouji soltó una carcajada dándole golpecitos afectuosos con el abanico.

—Te ha hecho falta mucho tiempo para darte cuenta de ello. Eras demasiado despreocupado en tus días de soltero. No podía importarte menos que te arrebataran el afecto de una muchacha. —Volvió a reír—. En aquellos días te fijabas en bastantes damas y me imagino que probaste un buen número. Y mírate ahora, tan enamorado. —Miró nuevamente a Sakura con una sonrisa—. Me ha alegrado verte. Los Lee son mis favoritos y me gusta que consigan lo mejor. —

Sakura besó a la anciana en la mejilla.

—Gracias, Tomoyo. Viniendo de ti es todo un cumplido —respondió la joven.

—¡Cuánta palabrería! —protestó Tomoyo—. Solo afirmo lo evidente, y no hace falta que llenes mi vieja cabeza con halagos. No soy tan fácil de halagar. —Sonrió para suavizar la reprimenda y le dio unas palmaditas en la mano—. No malgastes tus halagos conmigo, niña. Tu esposo es más susceptible a ellos. —

Más tarde, en el palco privado, Syaoran se dedicó más a su mujer que a la representación. Disfrutaba contemplando la obvia excitación de su esposa por la obra. Sentada en silencio, inmóvil, observaba atentamente a los actores interpretar sus papeles. Estaba encantadora. Syaoran no podía apartar los ojos de ella. En uno de los descansos, mientras tomaban un poco de vino en el vestíbulo, Syaoran escuchó divertido los comentarios alegres de Sakura sobre la obra.

—Jamás lo olvidaré, Syaoran —comentó—. Papá nunca me llevó a un sitio como éste. Es tan maravillosamente hermoso, como un cuento de hadas convertido en realidad.

Syaoran se inclinó sobre su oído riendo.

—Quizá estoy siendo una mala influencia, mi cielo —bromeó.

Los ojos de Sakura brillaron al mirarlo.

—Si es así, es demasiado tarde; ya no aceptaría que fuera de otro modo. Estoy definitivamente perdida, pues ya no me satisface el mero hecho de existir. Debo amar y ser amada. Debo poseer y ser poseída. Debo ser tuya, mi amor, del mismo modo que tú debes ser mío. Así que ya lo ves, me has enseñado demasiado bien. Todo lo que te propusiste hacer al principio, lo has cumplido con creces. Debo vivir contigo y ser parte de ti, y si los lazos del matrimonio no nos unieran y continuaras surcando los mares, te seguiría alrededor del mundo como tu querida. Nuestro voto sagrado sería el amor. No me importa si al decir ésto, quedo como una descarada—

Syaoran la besó en la mano sin apartar la mirada de sus ojos.

—Si fueras mi amante tendría que encerrarte bajo llave para que ningún hombre pudiera alejarte de mí —apuntó—Disfruto cada minuto de estar casado contigo, especialmente la parte en la que puedo afirmar que eres mía y solo mía. —

Sakura esbozó una sonrisa, con una expresión de amor en los ojos.

—No deberías mirarme de ese modo —murmuró Syaoran.

—¿De qué modo? —inquirió la joven persistente en su expresión.

—De la misma forma que cuando acabamos de hacer el amor, como si el mundo te diera igual —explicó el hombre.

—Es que me da igual —respondió en el mismo tono suave.

—Me va a ser muy difícil no perder el control y terminar de ver la obra si continúas así —le advirtió—. Eres muy tentadora incluso para un marido viejo como yo, y estás poniendo a prueba mi virilidad. —

Sakura soltó una carcajada, pero su humor se ensombreció súbitamente al ver la expresión de sorpresa de Syaoran. Se volvió para averiguar qué había visto y comprobó que Meiling se acercaba. Se preguntó el motivo del sobresalto de su esposo, hasta que sus ojos se fijaron en el vestido beige que llevaba la mujer.

Era exactamente igual al traje que había intercambiado con el vendedor ambulante,el mismo que había llevado al conocer a Syaoran.

Meiling, muy decidida, había optado por darle un ligero aire parisino. La transparencia del traje hubiera sido escandalosa para una mujer más modesta, pero Meiling, sin molestarse por algo tan trivial como el recato, incluso se había coloreado los pezones.

—Hola, Syaoran —ronroneó con su voz sedosa frente a él. Luego se echó a reír al ver los ojos de ambos puestos en su atuendo—. Veo que os habéis fijado en mi vestido. Es bonito, ¿verdad? Thomas me lo ha hecho especialmente para mí, después de que yo descubriera el original en su tienda. Y ha quitado el otro para que nadie pueda tener uno parecido, siguiendo mis indicaciones. —

Syaoran se aclaró la garganta.

—¿Le pasaba algo al original para que tuviera que confeccionarte un segundo? — inquirió.

Meiling se mostraba encantada con el interés de Syaoran por su traje.

—No, no le pasaba nada, querido. Pero era tan espantosamente pequeño que no creo que nadie pudiera llevarlo —contestó—. Bueno, ni Sakura, tan flaca como está, hubiera podido meterse en él. Hubiera sido demasiado diminuto para ella. —

Syaoran cambió una mirada con su esposa.

—Ciertamente, debe de haber sido pequeño —observó.

—Bueno, supe que tenía que hacerme con uno igual desde el primer momento que lo vi —prosiguió, alegre—. Y estoy tan contenta de haber insistido a Thomas para que me lo confeccionara. Me complace que te guste, querido. Por supuesto, me has estado mirando con tanta intensidad que ya no sé si es el vestido... y delante de tu esposa, querido —apuntó con bochorno pretendido.

Syaoran la observó impasible.

—El traje me recuerda a uno que llevaba Sakura cuando la conocí —dijo ásperamente—. Era un vestido al que tenía mucho cariño por los recuerdos que me traía. —

Meiling se quedó petrificada y lanzó una mirada amenazante a Sakura, luego sonrió con trivialidad.

—¿De dónde sacaste el dinero para comprártelo? —preguntó con sorna—. Debiste de trabajar mucho para reunirlo. Pero entonces, si a tu esposo le gusta verte tan expuesta deberías conocer a mi modisto, querida. Está aquí esta noche. Puede hacer maravillas. Estarás encantada con él, estoy segura. —

Sakura notó cómo Syaoran se ponía tenso.

—Me temo que no va a complacerme, Meiling —dijo Syaoran—. Prefiero que sean mujeres las que cosan los vestidos de Sakura—

Meiling soltó una carcajada.

—Vaya, Syaoran, te estás volviendo muy puritano en tu senectud. —

Syaoran acarició con tranquilidad el hombro desnudo de su esposa.

—Siempre que se trate de Sakura, Meiling, seré puritano. —

Al ver la forma en que su exprometido acariciaba a su esposa y recordar el tacto de esas mismas manos sobre su propia carne, el modo en que había encendido su pasión, jamás igualada por otro hombre, la mujer sintió un espasmo provocado por los celos. Luego fulminó a Sakura con la mirada.

—De todos modos debes conocer a Thomas, querida —prosiguió—. Tal vez pueda darte algún consejo para que parezca que tus huesos tienen un poco más de carne. He visto hacer maravillas con cuerpos infantiles como el tuyo. Espera aquí, querida, iré a buscarlo. —

Sakura, insegura, miró a su esposo mientras Meiling se alejaba. Conocía muy bien ese sentimiento, pues ella también había padecido esa sensación de ansiedad pero, al hacerlo, vio que Syaoran sonreía animado.

—Si supiera lo del vestido, le retorcería el cuello a ese pobre hombre —comentó riendo—. No hay duda de que el que tiene es el tuyo. —

—Está muy hermosa ¿verdad? —murmuró Sakura.

Syaoran sonrió estrechándole la cintura con cariño.

—Ni la mitad de hermosa de lo que estabas tú vestida con el mismo atuendo o de diario. —

La joven esbozó una sonrisa confiada y observó cómo Meiling desaparecía entre la multitud. Se olvidó de ella durante un rato mientras Syaoran atraía su atención sobre temas más interesantes. Pero de pronto, una sensación extraña la incomodó. Era el mismo sentimiento espeluznante que había experimentado hacía ya tiempo en el molino. Estaba siendo observada con una intensidad que no era normal.

Se volvió despacio y lo vio.

Palideció.

Él estaba junto a Meiling, pero tenía los ojos puestos en ella. No parecía sorprendido de verla allí. Incluso asintió, saludándola con una sonrisa. Era él. La sonrisa era demasiado horrible. Estaba segura de que no había en el mundo un gesto tan desdeñoso como el del señor Thomas Hint.


FLASHBACK

Tendrás tiempo para examinarlo todo más tarde, querida —aseguró William—, pero ahora debes conocer a mi asistente, el señor Thomas Hint. —

Sakura se volvió hacia un hombre menudo, con un aspecto muy extraño. Al instante decidió que era la persona más fea que había visto en su vida.

Su cuerpo grotesco y jorobado estaba enfundado en una suntuosa seda escarlata que, al igual que su camisa, aparecía cubierta de manchas de comida. Su sonrisa era una mueca grotesca. De hecho, no entendía por qué William lo tenía en la tienda. Estaba convencida de que más que atraer a los clientes, debía de asustarlos, y si atraía a alguno, este tenía que ser un perturbado.

Como respondiendo a su incógnita, William Court puntualizó:

La gente está acostumbrada a Thomas, que es un excelente costurero. El negocio va muy bien porque todo el mundo sabe que hacemos bien nuestro trabajo. ¿No es así, Thomas? —


Sakura se tambaleó contra Syaoran , a punto de desmayarse, llevándose a la cara una mano temblorosa. Tiró del abrigo de su esposo para que se acercara a ella pues dudaba que su voz fuera audible aún a esa distancia.

—¿Qué ocurre? —preguntó Syaoran, preocupado. Meiling y el señor Hint se aproximaban a ellos. Sakura no podía soportar estar allí, pero las palabras no salían de su boca. Tenía que hablar.

—Syaoran —consiguió balbucear casi sin aliento—. No me siento bien. Debe de ser la gente. Por favor, llévame al palco.

En ese momento oyó la voz de Meiling.

—Aquí está, Sakura. Me gustaría que conocieras a mi modisto, el señor Thomas Hint.—

¡Demasiado tarde! Sakura era presa del pánico.

Deseaba huir de la estancia tan rápido como se lo permitieran sus piernas, pero estaba petrificada, paralizada por el miedo.

Syaoran no perdió tiempo con palabras o consideraciones innecesarias.

—Perdónanos, Meiling —se excusó—. Me temo que Sakura ha tenido un ataque repentino de claustrofobia. Es un placer conocerlo, señor Hint. Buenas noches. —

No tardó mucho en ayudarla a sentarse en el palco privado. Le tomó las manos temblorosas.

—¿Deseas que vayamos a casa? —preguntó Syaoran—. Estás temblando. Parece como si hubieras visto un fantasma. —

Estaba a punto de darle un ataque de histeria. Su esposo estaba en lo cierto.

Había visto un fantasma o algo de su pasado que era igual de aterrador. Estaba poseída por el miedo. No podía verlo de nuevo o permitir que hablara con Syaoran. Era un hombre tan horrible... ¿o era un monstruo?

Se agarró fuerte a su esposo, sentado a su lado tratando de calmarla. Se levantó el telón, pero ninguno de los dos prestó atención a la obra. Minutos después, Syaoran se acercó a ella.

—Vámonos. No quiero que te desmayes aquí —decidió.

La condujo fuera del palco hasta el vestíbulo, y de allí al exterior del teatro donde hizo una señal a James para que trajera el carruaje. Al detenerse frente a ellos, Syaoran la subió en brazos y permaneció sentado muy cerca de ella durante todo el trayecto.

Sakura estaba aterrada. Nunca antes había estado tan asustada. Ahora tenía un esposo y un hijo a los que amaba y no soportaría que la separaran de ellos. Si la acusaban de asesinato se los arrebatarían sin piedad y ella se pudriría en la cárcel. Importaba muy poco que William la hubiera atacado primero.

No la creerían.

No si el señor Hint afirmaba que se había ido con William Court voluntariamente. Y le haría tanto daño a Syaoran. Oh, Señor, apiádate de mí, suplicó.

Al llegar a casa, Syaoran la subió hasta el dormitorio y la depositó sobre la cama. La hizo volverse para desabrocharle el vestido y se lo quitó junto con las demás prendas. Una vez desnuda bajo las sábanas, Syaoran le trajo un vaso con un poco de coñac y se sentó a su lado.

—Bébete esto, cielo —le aconsejó—. Te devolverá el color a las mejillas.—

Sakura se incorporó obediente y se bebió el vaso de un trago, arrepintiéndose al acto. Se ahogó al sentir el líquido ardiente y tosió intentando respirar.

Syaoran soltó una carcajada y depositó el vaso sobre la cómoda.

—Debería haberte avisado que era fuerte, pero pensé que lo recordarías.—

— Empezó a quitarle las horquillas del cabello hasta que este cayó suelto sobre sus hombros. Luego se lo alisó con la mano—. Cuando estábamos en Londres y en el Clow, solía observar cómo te cuidabas el cabello. Me resultaba muy difícil mantenerme alejado de él, era tan tentador. ¿Te acuerdas de cuando estuviste enferma, Sakura? —

Ella asintió, contemplando cómo jugaba con uno de sus caireles.

—Estabas muy grave, cariño, pero yo me ocupé de ti —comentó—. Sólo yo te toqué y cuando la fiebre subió, fui yo el que estuvo a tu lado. No abandoné el camarote ni por un instante. Eras mía y te necesitaba. Y tampoco ahora dejaré que te suceda nada malo. —

Sakura frunció el entrecejo preguntándose cuál sería el motivo por el cual le hablaba de forma tan lenta.

—¿Crees que ahora, que sé que lo eres todo para mí, permitiría que te sucediera algo malo? —inquirió—. Lucharía contra viento y marea por ti, Sakura. ¿Por qué no confías en mí para que pueda ayudarte como deseo? Sé que estás aterrada, cielo, y creo que puedo apaciguar tus temores si confías en mí lo suficiente. —Se inclinó sobre ella—. Soy muy fuerte—

Sakura abrió los ojos de par en par. ¡Sabía algo! ¡Lo había averiguado de algún modo! Pero... ¿cómo?, y ¿qué sabía y quién se lo había dicho?

Las manos empezaron a temblarle, y se las sujetó para evitar que contagiaran al resto de su debilitado cuerpo. Se hundió en la cama sin que el coñac le hubiera ayudado a recuperar el valor. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía contarle? Jamás se lo perdonaría si le hacía daño, y moriría si huía de ella como consecuencia de sus actos.

Syaoran le sonrió con ternura, tapándola con la sábana.

—Cuando desees contármelo, cielo, estaré junto a ti. —Se desnudó y se deslizó en el lecho atrayéndola hacia sí. La besó en la frente—. Ahora duerme, mi amor. —

Al final, Sakura cayó dormida sintiéndose segura en los brazos de su esposo. Pero no fue un sueño placentero. Vio el cuerpo deformado del señor Hint sobre ella, sujetando a Alger. Luego a ella persiguiéndolo. ¡Tenía que salvar al pequeño del señor Hint! Se despertó gritando y luchando contra Syaoran.

—¡Tiene a Alger! ¡Tiene a Alger! ¡Va a hacer daño al bebé! —exclamó Sakura entre sollozos.

—¡Sakura, despierta! —dijo Syaoran—. Es solo una pesadilla, cielo —añadió en tono tranquilizador—Alger está a salvo. —

Al ver el atractivo rostro de su esposo, Sakura se sosegó. Era como una roca estable en aguas turbulentas. Se aferró a él con un grito de alivio.

—¡Oh, Syaoran, ha sido horrible! Se llevó a Alger y no podía alcanzarlo. Y corría y corría. ¡Era horrible! —exclamó.

Se estremeció en sus brazos, sollozando desconsolada. Se fue calmando lentamente protegida en el abrazo de su esposo. Los besos de este fueron descendiendo desde el cuello hasta los senos de la joven, que empezó a sentirse poseída por una emoción muy distinta. Sakura gimió de placer como respuesta a las caricias de Syaoran. Sus manos rozaron los muslos de la muchacha deslizándose en su interior como un espectro alado. La experiencia de Syaoran hizo que Sakura se olvidara de todo, concentrándose en ellos dos, retorciéndose de placer y suplicándole que la poseyera sin más dilación. Pero él procedió a un ritmo deliberadamente pausado, provocándole sensaciones, encendiéndola y emocionándola. Su pasión creció hasta convertirla en un ser salvaje, temblando, mordiendo, arañando. Syaoran rió escuchando sus jadeos. Mordisqueó la carne sedosa de sus senos, su vientre liso y su muslo torneado. La mano de Sakura descendió por el cuerpo de Syaoran, haciéndole temblar y tomarla ferozmente, elevándola a alturas vertiginosas hasta llegar al clímax exhaustos y satisfechos.


Al día siguiente, Sakura, vestida como una criada más, con delantal y pañuelo a la cabeza ayudaba a Hatti a encerar los muebles del salón. Yamazaki estaba en el suelo, jugando con Alger, que había gateado hasta su regazo y reía las gracias del viejo. Syaoran y Eriol habían ido a Charleston por negocios y la mayor parte del servicio estaba ocupada en tareas diversas.

Sakura no podía dejar de pensar en Thomas Hint y en lo que ocurriría si hablaba de sus pecados. Al oír el galope de un caballo acercarse, supo inmediatamente que era él. El miedo le heló el alma.

—Dígale que pase, Joseph —ordenó, nerviosa, cuando el criado le anunció que un hombre deseaba hablar con la señora de la casa.

Se levantó del suelo sin quitarse el delantal y el pañuelo. Al verla con aquel atuendo, Hint la miró sorprendido.

—Yamazaki, Hatti, podéis marcharos —ordenó Sakura.

Ambos contemplaron con recelo al visitante, reticentes a dejarla en compañía de un hombre con un aspecto tan endemoniado. Pero al final obedecieron y salieron de la estancia.

—¿Qué desea? —inquirió Sakura cuando estuvo segura de que no podían oírla.

—Parece que le ha ido muy bien desde la última vez que la vi ¿no? —observó el hombre—. Aunque el delantal me ha sobresaltado. Siempre había creído que las damas ricas no se ensuciaban las manos. —

Sakura se irguió de repente.

—Suelo ayudar a limpiar esta casa, señor —explicó—. Es el hogar de mi esposo y me gusta dejarlo lo mejor posible para él. —

—Veo que se ha enamorado del tipo —observó el señor Hint—. ¿Ese bebé es de él o de mi querido difunto patrón? —

Sakura levantó a Alger del suelo y lo sostuvo en brazos.

—Es de mi marido —espetó—. ¡William nunca me puso una mano encima! —Desde luego que le creo —repuso el hombre—. Mató a Willy antes de que pudiera hacerle daño. Pero el bebé es un poco mayor. No perdió mucho tiempo en engendrarlo. —Miró a Alger—. Pero ahora veo que el hombre que estaba con usted la otra noche es el padre de la criatura. No hay duda de que posee la nobleza y el atractivo de su cónyuge. Me imagino que lo debió conocer poco después de haberse cargado al pobre Willy. —

—No ha venido a hablar de mi hijo o de mi marido, señor Hint —interrumpió Sakura—, así que, por favor, ¿puede decirme qué quiere? A mi esposo no le agrada que converse con extraños en su ausencia. —

El hombre esbozó el sustituto grotesco de una sonrisa.

—¿Cree usted que su hombre se pondrá celoso de mí, señora Lee? — inquirió con mofa—. No, no lo creo, pero sí que sospecharía si viera a un sapo tan desagradable como yo. —La observó con recelo—. Sé que mató al pobre Willy, pero no se lo he dicho a nadie. Mi discreción se merece una recompensa ¿no cree, señora Lee? —

Sakura empezó a temblar ante la mirada fría y calculadora del visitante.

—¿Qué quiere? —

—Unas cuantas libras ahora —empezó a pedir—, y que me mantenga calentito y contento. Tengo una bonita tienda en Charleston, pero soy un hombre codicioso al que le gustan las mismas cosas que a los ricos. Unas cuantas joyas o quizá una buena suma de dinero. He oído que su marido es rico. Se lo puede permitir. —

—Mi marido no sabe nada de esto —dijo Sakura—. Y no maté a William. Resbaló sobre el cuchillo. —

Hint sacudió la cabeza con fingida expresión de tristeza.

—Lo siento mucho, señora Lee, pero por casualidad ¿alguien fue testigo de ello? —

—No —repuso ella—, no había nadie más que yo. Y no puedo probarlo. —

El hombre se le acercó. Sakura pudo sentir un fuerte olor a colonia que, por alguna razón, le era extrañamente familiar. No sabía dónde o cuándo, pero le inspiraba terror. Retrocedió apretando a Alger con fuerza. El bebé soltó un chillido de protesta, arrancando una carcajada a Sakura, que se apresuró a taparle la boca con sus garras. Al ver la mano, Sakura se sobresaltó, pues eran iguales a las que había visto en su pesadilla.

—No tengo dinero —susurró con voz ronca—. Nunca lo he necesitado. Mi esposo siempre se ha ocupado de mis necesidades. —

—Su hombre se ocupa muy bien de usted, ¿eh? ¿Estaría dispuesto a pagar para que no la colgaran por asesinato? —inquirió con desprecio.

Sakura se estremeció. No podía permitir que le contara a Syaoran lo que había hecho.

—Tengo algunas joyas. Puedo dárselas —respondió.

Hint suspiró satisfecho.

—¡Ajá! Eso me gusta más. ¿Qué es lo que tiene? Llevaba unas muy bonitas la otra noche. Tráigalas y todo lo que tenga para que pueda indicarle lo que sirve y lo que no. —

—¿Las quiere ahora? —preguntó insegura.

—Claro, no voy a marcharme sin ellas —repuso Hint.

Sakura pasó por su lado con cuidado y se apresuró escaleras arriba hasta la habitación. Dejó a Alger llorando decepcionado en el cuarto de los niños con Mary, y se dirigió al dormitorio. Abrió el joyero y cogió el broche de esmeralda y los pendientes de diamantes que habían pertenecido a la antigua propietaria de Harthaven.

Dejó el resto de las joyas, sintiéndose culpable por haber cogido los pendientes. No tuvo valor para tocar las demás joyas de la madre de Syaoran sabiendo el cariño que le guardaba. El dolor que sentía por tener que desprenderse de sus presentes era muy hondo. Recordaba muy bien los momentos en los que Syaoran se las había regalado. No los iba a olvidar nunca a pesar de no tenerlas. Y Syaoran seguramente se daría cuenta cuando viera que ya no se ponía el collar de perlas. Era el favorito de su esposa y lo llevaba muy a menudo. Se secó las lágrimas y metió las alhajas en el bolsillo del delantal. Antes de abrir la puerta exhaló un profundo suspiro.

Hint la esperaba pacientemente, satisfecho con sus planes de chantaje. Cuando lajoven le mostró las piezas, el hombre sonrió satisfecho y se las arrebató con avaricia. —Sí, esto servirá... por ahora. ¿Está segura de que es todo lo que tiene? — inquirió

Sakura asintió.

—Pensaba que los ricos tenían más —observó Hint.

—Es todo —dijo Sakura, llorando de nuevo.

—No, señora, no se disguste. Y no se preocupe porque no voy a contar a nadie lo que hizo —comentó—. Pero necesitaré más baratijas. —

—¡Pero si no tengo más! —exclamó Sakura impotente.

—Será mejor que las consiga antes de que se las pida —la amenazó.

—Por favor márchese ahora —le rogó llorosa—, pronto regresará mi esposo. No es una persona a la que pueda ocultarle las cosas, y si le ve, querrá saber por qué ha venido. —

—Desde luego, mi rostro no queda bien en el salón de una dama —apuntó él con una amarga sonrisa. Hizo una reverencia y se marchó sin mirar atrás.

Sakura se dejó caer en una silla, agotada, llorando y aliviada a la vez.

Podía arrebatárselo todo, a excepción de lo que más amaba... Syaoran y Alger. Pero cuando ya no pudiera hacer frente a sus demandas ¿qué le haría? ¿Contarle a Syaoran la historia? Se estremeció. No podía dejar que eso sucediera. Debía mantenerlo contento para que la dejase continuar viviendo... y amando.


Hint desmontó y se dirigió cojeando hacia un poste frente a su tienda para atar las riendas. Luego tocó el bolsillo repleto de joyas, muy satisfecho pues había conseguido una buena cantidad sin tener que trabajar.

Antes de entrar en la tienda, se limpió la boca babosa con la manga del abrigo. Se volvió para cerrar y, al ver a Syaoran Lee sacarse el sombrero y saludarlo desde fuera, se quedó helado.

—Señor Hint, tuvimos un breve encuentro la otra noche en el teatro Dock, si lo recuerda —comentó Syaoran.

—Sí. —Thomas Hint se atragantó, palpando nervioso el bolsillo del abrigo.

—¿Puedo pasar? —inquirió Syaoran—. Hay un asunto del que me gustaría hablar con usted. —

—¿Hablar conmigo, señor? —preguntó el modisto.

Syaoran entró en la tienda y se quedó frente al dueño. Era mucho más alto y corpulento que él. Hint tragó saliva con dificultad y cerró la puerta.

—Me he enterado que posee el original del vestido que llevaba la señorita Wells la pasada noche —explicó—. Me gustaría verlo, señor. —

Hint casi dejó escapar un suspiro, aliviado.

—Sí, señor —afirmó—. Un momento. —Se fue cojeando hacia la parte trasera de la tienda. Regresó al cabo de poco rato y colocó el vestido en los brazos de Syaoran.

—Se lo compré a un vendedor ambulante hace unos meses, señor —le explicó cuidadosamente.

—Lo sé —repuso Syaoran—. ¿Cuánto? —

—¿Cuánto qué, señor? —Se sobresaltó Hint.

—¿Cuánto pide por el vestido? —aclaró—. Deseo comprarlo. —

—Pero, señor... —empezó a decir el modisto.

—Diga un precio —ordenó Syaoran.

Hint no se atrevió a dudar y soltó la primera cifra que le vino a la cabeza.

—Tres libras... y seis peniques, señor. —

Syaoran buscó las monedas en su bolsillo con una expresión de interrogación.

—Me cuesta creer que lo consiguiera tan barato, señor Hint. —

Hint se dio cuenta del error que había cometido y respondió tartamudeando:

—Es su señora... Con su belleza es la única que puede hacer justicia al vestido. Considérelo un regalo de parte de un compatriota, señor. —

Syaoran escudriñó al hombre.

—No lleva aquí mucho más tiempo que mi esposa, ¿verdad, señor Hint? ¿Un mes, quizá dos? Ella... —

—Casi cuatro, señor —aclaró Hint, mordiéndose el labio inferior.

Syaoran examinó el trabajo hecho a mano del corpiño.

—Entonces sabe cuándo llegó mi mujer —observó.

Hint se secó el sudor de la frente.

—Meiling, la señorita Wells, lo mencionó la otra noche. —

—Debió abandonar Londres cuando conocí a Sakura —reflexionó Syaoran.

—Es posible, señor —respondió Hint con voz apagada.

—¿Por qué dejó Londres, señor Hint? —inquirió.

El hombre palideció.

—Mi patrón murió, señor, y perdí mi empleo, así que tomé mis ahorros y me vine —contestó

—Parece que tiene usted mucho talento, señor Hint. La señorita Meiling así lo afirma —comentó Syaoran.

—Trabajo muy duro, señor —respondió Hint.

—Estoy seguro de ello —replicó Syaoran dándole el vestido—. ¿Le importaría envolvérmelo? —

Hint como pudo esbozó una sonrisa.

—Lo haré encantado, señor. —


Syaoran entró con paso decidido en el salón de Harthaven y encontró a Sakura arrodillada encerando las patas de la mesa. A su lado, en el suelo, Alger jugaba con una pelota de un color vivo al tiempo que balbuceaba sonidos que solo eran inteligibles para él. El hombre se aclaró la garganta y Sakura se volvió y, con un grito de alegría, se puso en pie de un salto lanzándose en sus brazos.

Syaoran soltó una carcajada al sentir el ardor del abrazo de Sakura. La levantó del suelo y empezó a girar alegremente. Al dejarla en el suelo, la joven le sonrió con ojos brillantes, y se colocó el delantal y el pañuelo en su sitio.

—¡Dios Santo! —exclamó Syaoran, llevándose las manos a las caderas—. No pareces tener la edad suficiente para compartir mi lecho. Te echaría catorce años. No puedes ser la misma muchacha que casi despertó al servicio la otra noche mientras gozaba junto a mí. ¿Pudo haber sido una bruja la que se coló en mi cama y me arañó y mordió? —

Sakura se ruborizó al mirarle.—¿Crees que Eriol nos oyó? No podría mirarle a la cara —afirmó.

Syaoran esbozó una sonrisa maliciosa.

—Si lo hizo, estoy seguro de que conocía muy bien esos sonidos, de modo que no dirá nada siendo el caballero que es. Pero no temas, cielo. Lo que escapó a mis besos fue algo más que jadeos de placer. —

Sakura se echó a reír y lo abrazó.

—Haces que me abandone, Syaoran. Y tras una noche como esa me resulta extremadamente difícil volver a pisar el suelo —comentó.

Él la besó en la frente y sonrió.

—¿Alguna queja, cielo? —

—Jamás. —Sakura suspiró. Luego de unos segundos alzó la cabeza y le acarició la barba con ternura—. Es siempre una aventura estar en la cama contigo. —

Syaoran soltó una carcajada y se fue al vestíbulo. Cuando regresó, le entregó el paquete.

—Esto te pertenece —apuntó—, y si algún día decides deshacerte de él otra vez, quémalo o despedázalo, pero no lo intercambies. Así nadie que se parezca a Meiling, que por cierto me exaspera más allá de mi razonamiento, podrá cogerlo y hacer una copia. Recuerdo muy bien tu imagen en él, y no quiero que una furcia arruine lo que para mí constituye un recuerdo dulce y glorioso. —

Sakura palideció.

—¿Le has comprado el vestido al señor Hint? —inquirió.

—Sí —contestó Syaoran—. No podía soportar la idea de que otra mujer se lo pusiera. —

La joven sonrió suavemente, aliviada. Había conversado con el señor Hint y el hombre había guardado su palabra. Se puso de puntillas y lo besó.

—Gracias, querido. Lo guardaré con tanto cariño como el vestido de bodas y me lo pondré para ti en ocasiones especiales.—


Había transcurrido cerca de una semana, cuando una tarde Meiling se presentó inesperadamente. Eriol había ido a ver a unos amigos y todavía no había regresado.

Syaoran, Sakura y el pequeño estaban en el salón, disfrutando de una velada tranquila. Sakura estaba en el suelo, a los pies de Syaoran, y acababa de amamantar a Alger, que ahora estaba en el regazo de su padre disfrutando de la atención de sus progenitores. El brazo de Sakura descansaba sobre el muslo de su esposo mientras jugaba con su hijo, y no se había preocupado en abrocharse el vestido, sintiéndose segura tras las puertas de la mansión. Pero esas mismas puertas no detuvieron a Meiling, que empujó a Joseph en la entrada principal, e irrumpió en la estancia.

Sakura se volvió sobresaltada, mirando a su alrededor. Syaoran alzó la vista y, al ver a Meiling, frunció el ceño al pensar en el placer que le produciría retorcer el pescuezo a esa mujer. No estaba dispuesto a levantarse para mostrarle sus respetos.

—Al parecer disfrutas interrumpiendo a la gente, Meiling —murmuró Syaoran.

Meiling contempló la escena con una sonrisa ponzoñosa y observó con mordacidad el brazo de Sakura apoyado sobre su marido y el escote de su vestido abierto.

Syaoran vio cómo la mujer examinaba a su esposa. Al pensar en una ocasión en que Meiling se había paseado desnuda por la habitación, recordó que su cuerpo había empezado a perder firmeza, como era normal en una mujer madura. Sus caderas se habían ensanchado ligeramente y sus pechos eran más flácidos. Si tuviera un poco de sentido común, ahora se habría ruborizado avergonzada en lugar de mirar a Sakura con mofa.

Pero la señora Lee no cedió ante la mirada de superioridad de la intrusa, dejando su brazo y el vestido tal como estaban. La expresión de Meiling la enfureció, y le disgustó que fuera excepcionalmente ataviada con un traje amarillo de muselina, sin duda una creación del señor Hint. Todo indicaba que el modisto era un artista, aunque era difícil imaginarse a un ser tan odioso confeccionando una creación tan exquisita. Se preguntó si los vestidos que William Court había afirmado eran suyos, en realidad eran de él. Era algo en lo que pensar.

Meiling se detuvo delante de ellos, con las piernas separadas y los brazos en jarras. Sonrió.

—Que círculo familiar tan pintoresco —comentó—. Cuanto más te veo, Syaoran, más me convenzo que el matrimonio te sienta muy bien. Pareces el padre y marido perfecto. —

Syaoran arqueó una ceja mirándola, pero Meiling se volvió y dejó sin ningún cuidado sus guantes y sombrero polvorientos sobre la mesa recién encerada. Luego tomó asiento frente a él y se dirigió a Sakura con una insensibilidad alarmante.

—¿Puedes servirme una copa? —inquirió—. Un poco de Madeira, si está frío. —

Encolerizada, Sakura se levantó y caminó hacia el bar abrochándose el vestido. Meiling siguió hablando, esta vez dirigiéndose a Syaoran.
—Viniendo de Charleston por ese viejo camino polvoriento la necesidad de apagar mi sed ha aumentado, y disfruto tanto tus excelentes vinos, querido —apuntó —. Es tan difícil encontrarlos en estos días, y casi he agotado los que me diste. —

Syaoran se sentó a jugar con Alger, quien al parecer había perdido aparentemente las ganas de divertirse desde el arribo de Meiling, y lanzó miradas de recelo a la mujer preguntándose qué la habría traído esta vez.

Sakura regresó y le entregó la copa bruscamente.

—Gracias —dijo en un tono frío e impersonal—. ¿Puedes dejarnos solos durante un rato? Hay unos asuntos que me gustaría discutir con tu marido —sentenció forzando la última palabra.

Sakura, temblorosa, se apresuró a coger al niño que estaba en el regazo de Syaoran. Lleno de ira, el hombre agarró el brazo de su mujer y echó una ojeada a la pelinegra apretando las mandíbulas.

Estaba apunto de darle la réplica, cuando vio los ojos de Sakura arrasados en lágrimas. La joven sacudió la cabeza furiosa, levantó al niño y, escondiéndose tras él, salió de la habitación a toda prisa. Huyó al estudio a calmar a su hijo, que ahora berreaba por haber sido apartado de su padre, y se secó las lágrimas.

Syaoran contempló a Meiling fríamente sabiendo que su rudeza había herido profundamente a su esposa.

—Bueno, Meiling. ¿Qué asuntos son esos? —La interrogó, enojado.

Ella esbozó una sonrisa lenta y confiada.

—Esta tarde en Charleston he conocido a un viejo amigo tuyo, Syaoran — comentó.

—¿A quién? —preguntó desinteresadamente.

—Bueno... —Soltó una carcajada—. No es exactamente un viejo amigo... solo un antiguo miembro de tu tripulación. Lo reconocí enseguida al pasar por delante de él en mi carruaje. Era uno de los hombres del Clow. Pobre alma, estaba completamente ebrio, pero me reconoció como una íntima amiga tuya. Fue de gran ayuda. —

—¿Ayuda? —inquirió Syaoran—. ¿En qué sentido? —

Meiling echó la cabeza atrás, riendo satisfecha.

—De veras, Syaoran, nunca imaginé que te dejaras pillar de ese modo... y por esa puta confabuladora. Te juro que lo hubiera intentado hace mucho si hubiera sabido que funcionaría. —

—¿De qué demonios estás hablando, Meiling? —exigió Syaoran.

—Vaya... ya sabes, querido —respondió irónicamente—. Sakura, tu pequeña e inocente Sakura, una furcia. Un marinero llamado Dickie me lo contó todo... cómo él y Yamazaki la encontraron haciendo la calle, cómo te obligaron a casarte con ella, todo. —

—Es obvio que no todo —gruñó Syaoran Se levantó y se sirvió un trago.

Meiling prosiguió, contenta.

—Sé que te da igual Sakura, querido. Ha habido demasiados rumores acerca de habitaciones separadas. No necesité a nadie para saber lo que sentías por ella. Solo que no podía entender por qué te habías casado. Pero ésta tarde... ésta tarde cuando Dickie me lo contó, entendí que tu matrimonio era una farsa. Ahora puedes deshacerte de Sakura, mándala de vuelta a Inglaterra. Puedo perdonar tu pequeña aventura en Londres y volver contigo. Podemos ser felices. Lo sé. Me ocuparé de tu hijo, pues no hay duda de que es tuyo... por suerte. Lo querré y seré buena con él. Todo el mundo lo entenderá cuando expliquemos que te obligaron a casarte. —

Syaoran la miró fijamente por unos instantes, atónito, luego empezó a hablar con cautela.

—Meiling, escucha atentamente lo que voy a decirte ya que si no me entiendes, es que eres estúpida. Si realmente piensas que alguien puede obligarme a que me case en contra de mi voluntad, es que no me conoces nada. Ahora convéncete de lo que te voy a decir —añadió pausadamente—, como si tu vida fuera en ello. Mi esposa no era una prostituta. Era virgen la primera vez que la poseí, y Yamazaki puede dar fe de ello. El niño es mío. Ella es mi esposa con mi consentimiento y no voy a tolerar tu mala educación en esta casa. De ahora en adelante, la tratarás con todo el respeto que se merece la señora de Harthaven. Ya no tienes ningún derecho sobre mí, ni sobre mi casa o mi propiedad. —

Meiling se incorporó de la silla y se sirvió otra copa de vino. Se la bebió delante de él y lo observó.

—De modo que escoges a esa niña antes que a mí —espetó con desprecio.

Syaoran esbozó una sonrisa.

—Hice mi elección hace tiempo, Meiling. Ahora solo la reafirmo. —

La mujer entornó los ojos y se volvió para mirar por la ventana. De pronto se dio media vuelta hacia él.

—Es extraño, Syaoran, que menciones el respeto y la propiedad en la misma frase. —Sorbió un poco de vino, atravesó la habitación dejando el sofá entre los dos. Apoyó su brazo sobre él y alzó la copa como en un brindis—. En realidad a eso es a lo que venía. Lo he reconsiderado y creo que mis tierras valen el doble de lo que pagaste. —Hizo una pausa y lo observó con los párpados entornados, esperando su reacción.

Él arrugó la frente, pero se encogió de hombros.

—Ya lo negociamos Meiling, y ya está... firmado, sellado y entregado. Ya no te queda más que Oakley y las pocas hectáreas sobre la que está construido. ¡Se acabó! —

—¡Desde luego que se acabó! —Escupió la mujer—. Entonces hablemos de respeto. ¿Cuánto crees que te tendrá la gente a ti y a la mocosa de tu esposa cuando les diga que una ramera te obligó a casarte? —

La voz de Syaoran retumbó en toda la casa.

—¡Cierra la boca! ¡No permitiré que calumnies a mi mujer en su propia casa! —Bajó la voz hasta emitir casi un gruñido—. Me importa un rábano lo que hagas fuera de esta casa. Cuenta lo que desees. No habrá hombre o mujer que se atreva a repetir delante de mí tus injurias. Eres una arpía Meiling, física y mentalmente. —

—¿Ahora soy una arpía? —gritó ella a voz en cuello. Le arrojó a la cara el vino y estrelló el vaso contra el suelo—. ¡Una arpía, claro! Era virgen cuando me tomaste la primera vez. Me suplicaste que me casara contigo y me prometiste el mundo para conseguir mi tesoro más preciado. Luego zarpaste, te casaste con la primera pelandusca que encontraste por la calle y la arrastraste hasta aquí convertida en tu esposa. Me prometiste fidelidad, me arrebataste la virginidad y luego las tierras por dos duros. Bien, pues quiero más. —Empezó a reír tontamente y el tono de su voz se hizo halagüeño—. Debo tener más. Syaoran. Tengo que pagar mis facturas y únicamente me queda la casa, y no puedo venderla. Me estaría muriendo de hambre si no fuera por los peniques que he conseguido ahorrar. Nadie me fía desde que me apartaste de tu vida. —

Syaoran, furioso, tuvo que hacer un esfuerzo para no pegarle. Se pasó la mano por la cara.

—¡Virgen! —exclamó—. ¡Dios Todopoderoso! No eras más virgen que la vaca que está pastando ahí fuera. ¿Crees que soy imbécil? ¿Crees que estoy tan sordo y ciego que me tragué el estúpido juego de aquella noche? ¡No sería capaz de nombrar a todos los hombres con los que te acostaste antes y después del compromiso sagrado! —Su voz hizo temblar las paredes—. ¿Qué te hace soñar que voy a tolerar que calumnies a mi amada? —

—¡Una vez me amaste! —gritó Meiling—. Y, además, no duermes con ella. Está en boca de todos. ¿Por qué ella y no yo? Podría compartir tu lecho y hacer que olvidaras que existe. Pruébame. Poséeme. ¡Dios mío, me amaste una vez! —

—¡Amarte! —Syaoran se echó a reír—. ¡No! Únicamente te toleré, y como cualquier muchacho pensé que sabía lo que quería hasta que me enfrenté a la realidad. Vi ante mí una belleza desconocida y de inmediato comprendí lo que deseaba. ¿Belleza? Sí. ¿Pasión? Sí. —Se inclinó sobre el rostro de la mujer para enfatizar cada una de las palabras—. Pero también amor tierno, dedicación, lealtad ciega y dignidad. Cualidades que sobrepasan tu capacidad de entrega. La amo para cada instante de mi vida —añadió a voz en cuello—. La protejo de las rameras que desean rebajarla y calumniar su virtud. Con la bendición de Dios engendraremos muchos hijos e hijas, de modo que no bases tus esperanzas en esa mentira y no vuelvas a decir lo que harías con ella para rebajarla a tu nivel. —Se acercó a la mesa, cogió los guantes y el sombrero de Meiling y se los tiró a la cara—. Ahora saca tu miserable ser de esta casa y mantén tu desilusión fuera de estas puertas. Y jamás me hagas oír una mentira que provenga de tu boca o me complacerá mucho retorcer ese cuello del que tan orgullosa estás. Lárgate. Has quebrantado la buena educación y ya no eres bienvenida en este hogar. —

Meiling miró a Syaoran sin decir palabra. Reunió la energía que le quedaba para obedecer las indicaciones del hombre y, pálida, salió de la habitación encolerizada. Al salir empujó a Eriol que llevaba un rato escuchando, pasmado ante el extraño despliegue de mal genio de su hermano.

Meiling salió al porche, bajó por las escaleras y, recogiéndose las faldas, ascendió al carruaje sin mirar atrás. No vio a Yamazaki, apoyado en una columna, escupir al suelo a sus espaldas.

Mientras el landó de Meiling se alejaba, Sakura salió a la puerta del estudio y echó un vistazo al salón, donde estaba su marido. Éste todavía tenía los puños apretados y el tic nervioso en el rostro. Al verla, su expresión se suavizó y alzó los brazos invitándola a unirse a él. Sakura, con el pequeño en brazos, corrió a abrazarle amorosamente.


Sakura salió de la cocina limpiándose las manos en el delantal. Había pasado un día agradable ayudando a Cora a hacer el pan. Alzó la vista al oír un caballo galopando hacia la verja y sonrió. Era Eriol que, al llegar, descendió del agotado animal y corrió hacia ella. Al ver la expresión del hermano menor de su marido, su alegría se tornó en aprensión.

—¿Dónde está Syaoran? —preguntó Eriol ásperamente.

—Pensé que estaba contigo en el campo —respondió Sakura

Señaló en dirección al establo, donde un mozo cepillaba a Leopold. El semental no estaba en mejor estado que los pantalones de gamuza de Eriol. Los dos habían galopado salvajemente.

—No le he oído llegar —trató de explicar Sakura en su confusión. Pero Eriol ya estaba corriendo hacia la casa, así que se recogió las faldas y lo siguió—. Eriol ¿qué ocurre? ¿Qué pasa? —inquirió.

Él se volvió y, al ver su expresión, Sakura se aterrorizó. Las palabras no hubieran conseguido el mismo impacto en ella.

—Eriol ¿vas a contarme qué ha ocurrido? —gritó. Presa del pánico clavó sus uñas en el brazo de su cuñado, pero este, ajeno al dolor, no lo notó—. ¡Eriol, dímelo! — exclamó, zarandeándolo.

Incapaz de hablar por un momento, al final consiguió decir:

—Meiling está muerta. La han asesinado. —

Sakura retrocedió llevándose una mano a la boca y sacudiendo la cabeza incrédula.

—Es cierto —insistió Eriol—. La han estrangulado, desnucado. —

—¿Por qué quieres saber dónde está Syaoran? —inquirió.

Eriol no deseaba responder.

—¡Eriol! —exigió Sakura

—Vi salir corriendo a Syaoran de Oakley —afirmó al fin—. Él no me entré, Meiling estaba muerta. —

Sakura no daba crédito a sus oídos.

—¡No! —Se alejó con una mirada acusadora—. ¡No fue él! ¡No puede haber sido él! ¡No, Eriol, él no! ¿Cómo puedes siquiera pensarlo? —

—¿Crees que deseo hacerlo? Lo vi, Sakura, y ayer por la noche ambos oímos cómo la amenazaba —explicó.

—Pero ¿por qué fue allí? —preguntó Sakura.

Eriol desvió la mirada.

—Eriol, contéstame —insistió ella—. Tengo derecho a saberlo. —

Él soltó un suspiro antes de hablar.

—Meiling le envió una nota mientras estábamos en el prado. En ella decía que sabía algo acerca de ti que debía contarle. Intenté detenerlo, pero me derribó y juró que le cerraría la boca a esa bruja. Fue Lulú la criada de Meiling la que le llevó la nota y la pobre se quedó aterrorizada. Cuando llegué a casa de Meiling, el daño ya estaba hecho. Syaoran salió de allí como si le persiguiera el diablo, y Jacob, el mozo de cuadras de Meiling, también lo vio y fue en busca del sheriff. —

Sakura sintió que se mareaba. ¿Una nota? ¿Una nota acerca de ella? ¿Qué más podía haberle contado Meiling? De pronto el señor Hint y su relación con la mujer le vinieron a la mente. Soltó un suspiro sonoro. Si Hint le hubiera contado a Meiling lo de William Court, pensó ella, habría tratado de decírselo a Syaoran. Entonces, puede haberla matado él, cegado por la ira. Ayer noche la amenazó... ¡No! No lo creía capaz de cometer semejante crimen. —

—¡No! ¡No fue él! ¡Lo sé! —afirmó, testaruda, sacudiendo la cabeza, furiosa—. ¡Es mi marido! ¿Acaso no sabría si es capaz de algo así? —

—Dios Santo, Sakura—gruñó Eriol, atormentado ante la posibilidad de que tuviera que ser él quien acusara a su hermano. La atrajo hacia él, aplastándola—. Cielo ¿no ves que deseo estar equivocado? Yo también lo amo. Es mi sangre... ¡mi hermano! —

La firme resolución de su cuñada no hizo más que martirizarlo.

Súbitamente la soltó y se apresuró a entrar en la casa. Sakura lo siguió. Abrieron la puerta del dormitorio. Ambos se detuvieron en el umbral y vieron a Syaoran mirando por la ventana que daba al patio donde momentos antes habían estado discutiendo.

Los había escuchado. A ella y a Eriol.

Sakura corrió a sus brazos gritando.

—¡Dínoslo, Syaoran! —lo apremió abrazándolo con desesperación—. ¡Dinos que no fuiste tú! —

—Amor mío... —murmuró él suavemente.

Eriol se acercó con miedo a que se lo confirmara. Syaoran lo miró y sonrió con expresión de tristeza.

—¿Crees que la maté yo, Eriol? —preguntó.

—Oh, Dios, Syaoran —dijo con un hilo de voz, sacudiendo la cabeza. Estaba realmente atormentado—. No deseo creerlo, pero vi cómo salías de su casa y cuando entré estaba muerta. ¿Qué se supone que debo pensar? —

Syaoran acarició el cabello de su esposa y respondió a su hermano.

—¿Me creerías, Eriol, si te dijera que no tengo nada que ver con el asesinato... que ya estaba muerta cuando llegué? —

—Syaoran, sabes que creeré cualquier cosa que me digas —respondió el hermano

—Pero si no fuiste tú ¿quién lo hizo? —

Syaoran suspiró.

—¿Por qué motivo iba yo a violar a Meiling, Eriol? —

Sakura dejó escapar un profundo gemido.

—¿Violar? —Se sobresaltó el hermano pequeño.

—¿No te diste cuenta? —sonrió el mayor.

—¡La violaron! —inquirió Eriol sin dar crédito—. Pero ¿quién pudo violarla? Ella hubiera accedido. —

—Exacto —apuntó Syaoran

—Cielo Santo, no había pensado en ello —admitió Eriol, desplomándose en una silla a reflexionar sobre lo que había visto. Tenía la mirada perdida. Tras un rato, se levantó y caminó hasta la ventana. Permaneció contemplando cómo la brisa mecía las copas de los árboles.

—. Debe de haber sido como tú has dicho —murmuró pensativo—. Cuando la vi... la habitación estaba revuelta y le habían rasgado la ropa. Pensé que te habías peleado con ella. No se me pasó por la cabeza una violación. Tú no hubieras... —Se ruborizó y lanzó una mirada a Sakura, que escuchaba tranquila—. Tú jamás te hubieras molestado tanto —continuó, volviéndose—. Y al pensarlo de nuevo, estoy de acuerdo contigo en que la forzaron. Por tal como estaba, daba la impresión de que el agresor se acababa de marchar. No cabe duda de que cuando la mató todavía estaban practicando el acto. Pero ¿a quién podría haber rechazado tan violentamente? —

Syaoran volvió a mirar por la ventana.

—Eriol, quiero hablar con Lulú. ¿Puedes traérmela? —

El hermano pequeño asintió.

—¿Has averiguado algo? —

Syaoran se encogió de hombros.

—Puede. No estoy seguro. Primero tengo que hablar con la chica —respondió. Eriol esbozó una sonrisa, confiando plenamente en la inocencia de su hermano. —Iré a buscarla. Será mejor que averigües algo antes de que Townsend llegue—

Una vez que Eriol se hubo marchado. Syaoran se acercó a Sakura y la miró a los ojos.

—Gracias por confiar en mí —murmuró.

—No sería una buena esposa si no lo hiciera —repuso ella dulcemente, acariciándole el rostro.

Él se apartó y se volvió.

—Podría haberla matado, Sakura, si hubiera llegado primero. Estaba de tan mal genio que derribé a Eriol al tratar de impedir que fuera a casa de Meiling. Cuando leí la nota quise matarla. Y al verla en el suelo, con la ropa rasgada y el cuerpo, del que tan orgullosa estaba, desnudo, me di cuenta de lo cerca que había estado de arrebatarle la vida. Me alarmé al pensar en lo que había estado a punto de hacernos. —Se volvió—. ¿Lo ves?, me dio igual que estuviera muerta. No sentí dolor por su pérdida, sino alivio por haberme librado de ella y no tener que ser colgado por ello. Pero pude haberla asesinado... —

—¡Oh, mi amor! —exclamó Sakura, abrazándolo—. Tal vez estuvieras furioso, pero nada me hará creer que eres capaz de cometer semejante atrocidad. No es propio de ti. —

Syaoran la abrazó con fuerza, encontrando consuelo en su fe incondicional en él.

—Oh, Sakura, Sakura—murmuró—. Te amo tanto. Te necesito. Te deseo a todas horas. —

Lágrimas de dicha acudieron a los ojos de Sakura mientras permanecía envuelta en sus brazos. Era tan reconfortante ser amada por él.

Syaoran aspiró la fragancia del cabello de su amada y bajó la vista.

Lentamente él relajó los dedos y, allí, en la palma de su mano, yacía el diamante de Ieran Lee.

El sheriff Townsend arrestó a Syaoran por la noche. No hubo palabras. Estaba convencido de que era su hombre y no quería perder el tiempo en discusiones. Tan pronto entró en la casa, anunció a Syaoran que estaba bajo arresto y quince minutos más tarde estaba de camino a Charleston acompañado por dos ayudantes.

Sakura se quedó muy preocupada. Syaoran no había podido hablar con Lulú. De hecho, nadie había dado con ella. Había desaparecido. Nadie la había visto tras huir hacia el bosque. Los pocos esclavos que quedaban en Oakley se habían mantenido apartados de la mansión, a salvo en sus cabañas. Preferían no saber lo que estaba ocurriendo tras la muerte de Meiling, a la que ahora estaban preparando para trasladarla a Charleston la mañana siguiente. Tampoco tenían la certeza de que Lulú hubiese regresado. Eriol envió a varios hombres a buscarla al campo mientras él y Yamazaki lo harían en la ciudad. Pero no dieron con ella en ninguno de los dos lugares.

Al atardecer, Sakura caminaba arriba y abajo por la habitación, padeciendo la ausencia de Syaoran. Se preguntaba por su estado. El sheriff Townsend había sido tan testarudo. No había querido escuchar el razonamiento de su marido y probablemente ya lo estaría tratando como si lo hubieran condenado. Se estremeció al pensarlo. Se dirigió a la ventana y apoyó su rostro contra el cristal. Estaba oscuro como boca de lobo y el viento soplaba agitando los árboles. Había empezado a llover, pero esta vez no lo estaba disfrutando. Sentía desdicha y desesperación.

Se acostó en la cama sin hacer ruido, agotada, y contempló el dosel en la oscuridad. Era muy consciente del vacío que había a su lado.


AVISO DE CAMIKO NO PUNISHMENT:

No habrá avances del próximo capítulo, ya que és el CAPÍTULO FINAL.

REVIEWS!

GRACIAS INFINITAS!