Human Race Revolution GAIDEN ~·~ Memories of Nobody ~·~
.
3-4
.
watch?v=Y1L8uRApYeQ
El mundo que el odio
Por un buen tiempo esto fue lo mismo de siempre, un juego de supervivencia, la ley de la jungla, comer o ser comido.
Por años viví con esos ideales rodeado por un entorno hostil y para nada amigable donde el que bajaba la guardia era brutalmente asaltado, maltratado, violado o asesinado.
Pero cuantos más años aparentaba uno, podía hacerse de una mejor fachada para ahuyentar a aquellos que preferían aprovecharse de los más jóvenes, los más pequeños, y los más indefensos.
No estoy seguro de mi edad en aquel entonces, pero en varias partes de mi cuerpo ya empezaba a brotar un bello tupido. Mi cabello estaba muy largo, pero no me permití cortarlo porque no tenía objetos a mi disposición con que hacerlo.
A lo largo de las habitaciones, de esa antro inmundo donde todos los desamparados nos refugiábamos, había objetos punzantes esparcidos por el piso; navajas oxidadas, maderas con punta, alambres, todo ello podría haberles servido a los chicos que se escondían ahí para robar anteriormente. A veces organizaban motines en conjunto, y otras veces partían solos buscando provisiones, muchos no volvían, o regresaban con un brazo o un ojo menos.
Esa pocilga no era para nada reconfortante, suciedad y sangre por los pisos, telarañas, sectores con hongos y humedad que olían a muerte. Pero era seguro para todos nosotros, que éramos chiquillos en la pubertad hambrientos y huyendo de la policía y de otras bandas que pretendían crucificarnos.
Planeando estrategias en conjunto, aprendí a defenderme, usando la fuerza bruta, a huir de mis perseguidores, usando la velocidad, ligereza y destreza, y a pillar y engañar, convencer y sobreactuar, usando la inteligencia.
Los años pesaban sobre mí, se arrastraban, y con ellos yo iba juntando un odio singular que mascaba pacientemente hasta que tuviera la oportunidad de liberarme de ese tormento constante.
Con el tiempo desarrollé un desprecio sin igual hacia el mundo y todos sus habitantes, un desprecio incondicional, empecé a oler una peste que flotaba en el aire, pero que no era la misma que se olía en una letrina, era otro tipo de olor, algo parecido a cuando algo se pudría, y con su podredumbre influía sobre todo lo que tenía cerca. Llegado el momento comprendí que toda cosa sobre lo que los humanos tuvieran influencia, estaba podrido, y solo se encontraría una solución para sus miserias en la agónica muerte, llegue a pensar varias veces que si el maldito mundo no recibía su merecido, debía ser yo el impartidor de justicia, el que se encargara de esa tarea.
Sin embargo esta forma de pensar iba a ser modificada en mí a partir de ciertos sucesos posteriores.
No podría citar una fecha especificar en la que ocurrió, porque fue más bien un proceso de años y años el que me cambió, pero si puedo recordar con que acontecimiento se dio inicio.
Cierta vez recibimos una información de que pronto pasarían por la zona comercial una caravana de carretas que transportan frutas y verduras. Nos organizamos en un motín para asaltarla y robar lo que podamos, pero el plan no salió como imaginábamos.
Los carros venían escoltados por hombres uniformados que identificaron como miembros de la policía, y estaban camuflados entre la multitud.
Hubo un gran revuelo y tuvimos que huir de los cerdos que presumían sus rifles, no éramos rivales para sujetos entrenados y profesionales; cada quien escapó como pudo, en la dirección que pudo y llevándose lo que pudo, yo estaba encargado de cubrirlos así que no pude obtener nada, solo me apresure a desaparecer, pero me seguían, y eran varios.
Al final pude perderlos metiéndome por la ventana de un inmenso galpón abandonado, o por lo menos eso aparentaba desde afuera.
Los ruidos de persecución no cesaban afuera, así que espere en ese lugar; cuando me concentre en los sonidos provenientes del interior, hasta dar con un curioso murmullo.
El ruido de actividad y movimiento provenía de debajo de mis pies, como de un sótano, habían también voces, pero no se escuchaban con claridad.
Decidí investigar y recorrí el galpón donde solo se hallaban cajas de madera rota recubiertas con gruesas capas de suciedad. Moví un par al divisar una trampilla, una puerta de madera en el piso, pero estaba cerrada, así que opte por meterme dentro de una tubería de aire abierta en la pared, un poco apretado; y baje despacio.
Una vez bajado al subsuelo di con un enorme salón que pude apreciar por una ventila, lo que vi sería difícil de describir.
Varias mesas largas extendidas por el salón, todas paralelas entre sí, con filas de niños y adolecentes sentados a ambos lados de ellas, todos estaban muy ocupados y concentrados en su tarea, se escuchaban murmullos pero nadie parecía mirarse entre sí ni hablarse claramente a la cara. Me perturbo un poco ver como todos tenían los pie amarrados con cadenas, algo que no les permitiría escapar de a uno, porque las cadenas los conectaban a todos. Cada cinco metro más o menos, hombres de más edad portando garrotes y tubos, vigilaban furtivamente los movimientos de los niños, aunque yo no llegaba a ver desde ahí que era lo que hacían.
Supuse de inmediato que aquel no era un lugar seguro para jóvenes como yo y me dispuse a largarme, pero las tuberías metálicas estaban oxidadas y una se rompió cuando me arrastre sobre ellas. Me escucharon y armaron un escándalo, entre gritos de "quien anda ahí" y "una rata, tenemos un infiltrado", los hombres se movilizaron, y aunque me apresure a subir para salir rápidamente, me esperaban arriba y estaba acorralado.
Forceje bastante cuando me llevaron a un cuarto con pinta de oficina y me hicieron ponerme de rodillas en el suelo frente al que parecía su jefe, un tipo alto y robusto con barba prominente pero mirada perdida.
"¿Y qué hacia este aquí?"
"Nos estaba espiando, nos delatara jefe."
"Si jefe, hay que liquidarlo aquí mismo o encerrarlo con el resto."
Yo no podía resignarme a quedarme quieto y luchaba por soltarme de su doloroso agarre, pero uno me golpeo la espalda con algo contundente por detrás y me amenazo con deshacerme el cráneo a palazos si no me calmaba.
"Yo no creo que sea para tanto"
Oí una voz femenina antes de que la misma mujer apareciera por otra puerta de la oficina.
"Además, no creo que pueda delatarnos".
La mujer apaciguo la excitación y la adrenalina de los tipos que me sujetaban y convenció al "jefe" de que ella se encargaría de mi, "yo sé que hacer", alegó.
El hombre fornido accedió y la mujer fue más amable cundo me llevó hasta una cocina informal y bastante desalineada para mi gusto, ahí me invitó un te mientras trataba de hablar conmigo. Note que no tenía malas intenciones, así que no vi necesario clavarle mi daga oxidada en el cuello y salir huyendo.
"Parece que vienes de la calle, y desde hace un buen tiempo. ¿Cómo te va con las cosas?"
"Oh, es genial, la estoy pasando de diez."
No entendía que pretendía haciéndome preguntas tan banales, obvias e innecesarias, así que no contestaba en serio, pero al parecer la mujer tenía experiencia lidiando con muchachos como yo, porque insistió en indagas sobre mí y me sentí en la obligación de darle la razón.
"Si, conozco a los de tu clase, yo misma he vivido en situaciones parecidas varios años. Mira mocoso, voy a ser corta y concisa. Quédale aquí y trabaja en nuestro taller. Tendrás protección, comida y tocho asegurados."
La mujer trataba de convencerme de que trabajara en su taller esclavo de niños, pelando chauchas, separando granos y limpiando elotes.
"Al parecer te sigue la ley, o alguna banda, a saber. Sea como sea, parece que tu situación es complicada allá afuera, hay una revuelta muy grande cerca de la zona comercial."
Prefería no dirigirle la palabra y mostrar indiferencia. Pero era cierto que tenia ciertas dudas, y necesidad de soluciones para mi situación, urgentemente.
"Si para mí fue tan fácil hallar los talleres esclavos, ¿Por qué la policía no podría encontrarlos también?"
La mujer rió burlonamente y me dijo que aún me faltaba entender cosas sobre el mundo.
"La policía sabe sobre estos talleres, y por cierto su silencio nos está saliendo cada vez más caro. Necesitamos más mano de obra. Dime, ¿tienes otros compañeros que me sirvan? Si tu estas tan negado."
"No lo sé. Nos perseguían y los perdí de vista. Tal vez algunos ya estarán muertos, o atrapados".
"Bueno, veo que no te llevas bien con la gente, lo suficiente como para que te de igual lo que pase con tus compañeros. Entonces no tendrás problemas para trabajar aquí, no se habla mucho durante el trabajo, tal vez si un poco a la hora de comer. Además, considera que, aquí por lo menos tendrás una comida asegurada, y estarás bien oculto y seguro de tus perseguidores."
Me parecía raro que me reclutara entre sus esclavos si querer saber nada de mí, poco parecía importarle que yo tuviera fachada de ladrón mendigo, o asesino peligroso. Ahora que lo pienso tal vez a mi edad todavía seguía siendo muy bajito como para intimidar a alguien.
"Lo siento señora pero tengo que rechazar su oferta. No soportaría estar encadenado de nuevo."
"Niño, esta es una oportunidad única para los de tu tipo. O acaso… ¿Ya has perdido la motivación de vivir?"
"La verdad es que si, desde hace un buen tiempo. Pero por otro lado se que debo vivir. ¿Sabe? No me considero completamente culpable de todos y cada uno de mis males, así que me propuse vivir, para que el mundo me pague las deudas que tiene conmigo."
"…Comprendo".
Guardó silencio por un rato.
"Bueno, por hoy puedes dormir aquí hasta que todo se calme afuera. Si mañana en la mañana no te has convencido, puedes irte, le diré al jefe que me deshice de ti. Después de todo, si sales a pelear contra el mundo allá afuera, solo será cuestión de tiempo para que acabes muerto de todas formas. Tú eliges muchacho."
Comenzó a trabajar en el taller esclavo clandestino; no sé si la "amabilidad" de la señora me convenció, o era el hambre de algo comestible que manipulaba mis acciones. Después de todo, esa humanidad que la señora Louis había tenido conmigo, hacía años que nadie la tenia, así que me hiso confiar en ella.
A las veinticuatro horas tuvimos nuestra primera comida, que consistía en pan duro, una pasta gris con sabor a papel y papas, y un poco de agua. Para mí fue más que suficiente, y tendríamos algo así todos los días, o día por medio, "dependiendo de cómo nos comportemos", me advirtieron el primer día.
En el sótano teníamos prohibido hablar, pero a muchos les daba lo mismo esa regla, y hablaban cuando otros ruidos apaciguaran el volumen en sus voces o los vigilantes se distrajeran con algo. También solían charlas durante la comida, o en las noches, en lugar de dormir.
Yo no pretendía entablar relaciones con otros, pero inevitablemente algunos me hablaban, incluso cuando no podían y eso me enojaba, porque estaban desobedeciendo una regla, yo era muy meticuloso con respecto a la obediencia, y así harían que me metiera en problemas yo también.
"Oye, ¿tú eres nuevo verdad?"
"Sí."
"¿Vienes de la calle?"
"¿Y a ti que te parece?"
Trataba de ser cortante y estar concentrado en mi trabajo.
"Bueno, yo soy Neal, mis padres me abandonaron."
"Ah, claro."
"Estos hijos de puta, ayer no nos dieron de comer ¿Qué creen que somos? Ya me las pagaran un día de estos".
"¿Ayer no comiste y por eso te quejas? ¿Sabes acaso lo que es pasar hambre?"
"¿Eh? ¿Tú crees que deberíamos estar agradecidos por esto?"
"¿Por qué no?"
"Estás loco."
"Por lo menos aquí cada tanto pero comes."
"¿A sí? Mira, el muchacho casi al final de la mesa, ¿lo ves? El de la camisa rotosa. El ha pasado hambre por un mes antes de llegar aquí. Y sin embargo esta plañendo algo para que todos escapemos de aquí".
"Y a donde irían si escapan ¿Creen que es muy fácil sobrevivir afuera?".
Me daba cuenta de que estaba hablando con un chiquillo de la mitad de mi edad que tuvo la suerte de ser raido y abandonado por sus padres aquí mismo, de que no experimento el hambre encarne propia.
"Hagan lo que quieran, pero no me involucren".
"¿No te nos unes para ayudarnos? Pareces fuerte."
"Hasta los fuertes sucumben por el hambre".
Pasados unos meses veía a un grupo apartado de las mesas que trabajaban cubiertos de trapos sucios y dentro de una especie de jaula con alambres, aislados.
Pregunté a que se debía y me contaron otros niños que esos eran leprosos, y podían contagiarnos a los demás, y por eso todos ahí los despreciaban, pero que a los jefes les daba igual quienes fueran sus esclavos, o si infectaban la mercadería que luego traficaban, a los ojos de cualquiera estaba sana.
No sabía muy bien a que le llamaban leprosos pero no le di importancia, hasta ese entonces tampoco sabía que era una enfermedad que acarreaba la muerte si no era tratada.
En el tiempo que estuve trabajando allí, que fue mucho, tal vez casi un año, llegue a sentir cierto aprecio por la señora Louis, que a veces hablaba con migo cuando nos tenían de franco porque no habían mercancía que trabajar, y esperábamos más.
Ella me conto algo sobre su anterior vida, vivencias que no diferían mucho de las mías, salvo tal vez porque ella era mujer, y a los ojos de los abusadores de menores era más débil e inofensiva.
En una oportunidad, separando semillas, llevábamos casi dos días sin comer, porque nuestra producción iba lenta, y vi a un muchacho, más o menos de mi edad, que disimuladamente se metió algunas judías en la boca. Repetía eta acción cada ciertos minutos, para no llamar la atención de los guardias, pero no duro mucho hasta que lo descubrieron. Un guardia lo golpeo en la nuca con un tubo de hierro, el chico escupió las judías junto con un poco de sangre, afortunadamente no lo noqueó. El hombre le gritó y lo insulto por manchar las semillas con su asquerosa sangre, le libero los pies para obligarlo a pararse e ir por algo para limpiar, mientras lo golpeaban repetidas veces. Al terminar, nos anunciaron a todos que no tendiéramos agua por veinticuatro horas más, para que aprendiéramos, su lógica era "castigar a todos por lo que había hecho uno solo", no sé que pretendían con eso, pero al pareces querían asustar a quien sea que se atreviera a comerse algo de la mercancía, temiendo que sus mismos compañeros le den una golpiza.
Ese era un nuevo método disciplinario, que sin duda hiso que me hirviera la sangre por lo injusto que sonaba, pero pareció efectivo porque por muchos meses nadie se atrevió a hacer lo mismo.
Repetidos episodios de este tipo, un poco diferentes, algunos iguales, pasaron por mucho tiempo, todo el que estuve ahí encerrado, confinado pero sin remedio. Sin embargo por primera vez en mucho tiempo no me sentía miserable, y llegue a hablar más amistosamente con algunos chicos, después de todo los veía como a iguales; algunos más, otros menos, pero todos habíamos tenido nuestra cuota de sufrimiento en la vida, en eso nos parecíamos, y a pesar de mi increíble odio hacia las personas, definitivamente no podía culparlos a ellos también por mis desdichas.
Aquí es cuando aprendí mi segunda gran lección: tratar de culpar al todos, por lo que unos pocos hacían era inútil, cruel, estúpido y sin sentido. Como a nosotros nos juzgaban en conjunto cuando uno solo herraba, yo pretendía hacer responsable al mundo entero de lo que me había pasado con mi madre, mi padre y mi vida callejera, pero ahora me daba cuenta del error. No podemos medir a todos con la misma vara, ni meterlos a todos en la misma bolsa, porque aunque a veces sintamos ganas de matar a todo el mundo porque se opone tanto a nuestra voluntad, también encontramos a otros que nos apoyan, y a éstos los consideramos únicos en invaluables.
Alguien aparte de mi aún no había comprendido eso, y cometió un error terrible, metiéndonos a todos en el mismo problema con sus acciones. Un día en que todo se echo a perder, de nuevo.
Lo pensaron muy bien, uno de los días en que la mayoría de los guardias estaba ocupando recibiendo grandes cajas de madera con productos, solo unos pocos nos vigilaban. Algunos niños habían debilitado las cadenas que les ataban los pies con sus propios fluidos, cosa que les llevó un buen tiempo. En una serie de movimientos que parecieron profesionales en el escapismo, uno ahorcó a un guardia con su propia cadena por detrás, lo mató, y tomo su arma para amenazar al otro que lo acompañaba, eran más, los tipos no podían hacer nada, todo paso tan rápido que apenas pude procesar lo que habían hecho y como, solo tenía en mente que aquello era el meticuloso plan que habían formulado algunos obsesionados con salir de allí, y al final resulto que si tenían las cosas bien pensadas, un buen plan de respaldo.
El resto nos habíamos quedado atados, más o menos unos cinco fueron los que escaparon, no sin antes noquear a los guardias y atarlos con nosotros.
Todo pasó en un santiamén, escuchamos golpes en los pisos de arriba, dos de los chicos bajaron con la señora Louis apuntándole con una arma que supuse debía pertenecerle, seguida del "jefe", luego trajeron a mas sujetos de arriba que bajaban por la trampilla cuidándose de los chicos que les apuntaban con rifles.
Nos dejaron a todos ahí encerrados y se escaparon con la mercancía que debíamos trabajar.
No podía culparlos, los habían hecho sufrir bastante en todo el tiempo que trabajaron aquí esclavizados, nada que pueda compararse con el trato que uno recibía en la calle pero también era malo, y con niños tan pequeños, algunos eran adolecentes pero otros tenia fácil, la mitad o menos de mi edad.
Por años había visto como los golpeaban para trabajar, les racionaban la comida y les negaban el agua, tal vez yo no lo sufrí tanto por estar acostumbrado a cosas peores, por entregarme a una comida digerible al menos una vez cada dos o tres días, si fuera posible; pero ellos no, no era lo mismo, lo había escuchado de su boca hacía mucho tiempo y procure no involucrarme, no soportarían un día mas en esa prisión, pero sigo pensando que podrían haber sido menos egoístas en dejarnos a todos aquí encerrados, sin agua ni comida, con guardias que podrían habernos tildado de traidores o de culpables y matarnos.
Ellos nos estaban haciendo pagar al mismo precio que a sus captores, cuando nadie tenía nada que ver.
Tal vez habría podido soportar eso, después de todo el que se abstuvo de participar en la huida fui yo, pero lo que vino luego sin duda fue fulminante.
Paso un rato en que todos permanecíamos en silencio, atónitos, y algo calló por las tuberías de aire por donde yo me había colado años atrás: pelotas que explotaban al impacto y despedían un gas que parecía venenoso, porque nos irritaba los ojos y no podíamos respirarlo libremente, una tras otra.
Muchos tosían, muchos gritaban y lloraban, temían por sus vidas, la muerte volvía a respirarme en la nuca de nuevo, pero esta vez yo realmente no quería verla a la cara, lo había decidido hace tiempo, y por primera vez temí realmente que ese fuera mi final.
La cólera que me invadió no tenia descripción, comprendí de una y mil maneras que aquello fuera trabajo enclavo, que podían ser torturados a diario y estaban privados de la libertad, comprendía que no todos vieran a la señora Louis con los mismos ojos que yo la veía, y que la entendía, pero nunca, de ninguna manera podía comprender como habían osado dejarnos a todos ahí encerrados, y asfixiarnos, para morir como ratas.
Me invadió una violencia sin igual y de alguna forma, cuando me di cuenta, había roto los grilletes que encadenaban mis pies usando solo las manos. Tal vez un par se asustó al verme, pero no importaba mucho ahora, debía Salir de allí y matar a los desgraciados infelices a golpes, por hacer en fin y al cabo lo mismo que pretendía hacer yo hace mucho: culpar y condenar a todos, por el odio generado por unos pocos.
Un muchacho me dijo que me ayudaría a romper la trampilla si lo ayudaba y lo hice, no pude volver a romper sus grilletes con las manos como los míos, así que busque algo entre las ropas de los sujetos inconscientes y encontré algo parecido a un palo metálico con punta, y use eso para romper sus cadenas, juntos golpeamos el seguro de la trampilla hasta que cedió, ya no había tiempo de nada, algunos ahí adentro ya estaban inconscientes, o muertos, por la falta de oxígeno.
El me suplico que ayudáramos a salir a su hermana también; nos tapamos la cara con nuestra ropa y la buscamos entre los cuerpos tirados, al encontrarla, la zarandeo para que reaccione, funciono apenas mientras yo golpeaba sus cadenas para liberarla, no me quedaban muchas fuerzas por no poder respirar, el tipo cayó sobre ella luego de tambalearse un poco y supe que estábamos a limite.
Cuando rompí su cadena, que por suerte estaba bastante oxidada, el se reincorporo y con la fuerza que le quedaba la cargo para llevarla afuera y huir, al correr hacia la salida, algo me tomo del pie y me hiso caer de boca al suelo.
Voltee e ver y un niño más pequeño que yo, me suplicaba con la mirada que lo sacara, se arrastraba hacia mí, el ya estaba suelto, me volví a parar y entendí el porqué.
Al parecer era uno de los que llamaban "leproso", uno de sus pies ya no estaba, pero no soltaba sangre, parecía muy enyagado y negro, el pie que se supone estaba atado al grillete. No tenía mucho tiempo más para ponerme a discutir conmigo mismo si debía salvar a otra alma o no, así que lo cargue sobre mis brazos y corrí hasta le escalera que daba a la trampilla.
Fuera todos respiramos profundo y nos repusimos por vario minutos, hasta recuperar la lucidez y hablar normalmente.
"Gracias por ayudarnos amigo."
"Muchas gracias, enserio, nos salvaste la vida".
Los dos hermanos estaba muy agradecidos conmigo, más tarde me iba a enterar de que en realidad no eran hermanos, sino novios, y él me dijo eso porque creyó que no lo ayudaría solo por una novia.
Un dejo amargo nos nublo la consciencia, a pesar de haber escapado, muchos otros murieron, no habríamos podido ayudarlos aunque quisiéramos, el tiempo era poco, ellos eran muchos y si los liberábamos, se habrían apelmazado en la trampilla para salir todos juntos, y habría sido lo mismo; aún así, el peso era grande.
Le pregunté al chico, ahora sin un pie, si estaba bien y no me contesto, a pesar de que estaba consciente y me miraba. El otro muchacho me dijo que él nunca había podido hablar, en todos los años que estuvieron ahí, jamás pronuncio una palabra.
Me recordó repentinamente a Laura, esa chiquilla que dejé morir años atrás, por no haber estado para protegerla, y temí.
Temí haber cometido el mismo error, haber salvado a alguien y al mismo tiempo haberme comprometido en proteger su vida. Pero los otros chicos me tranquilizaron con sus palabras, su agradecimiento me hiso darme cuenta de que realmente yo no era tan débil, y que si lo intentaba con ganas podía proteger a otros, ellos me vieron como el salvador que los saco de una muerte segura, y que los invitó a iniciar una nueva vida después de tanto tiempo, como lo expresaron sus palabras.
Caminamos tranquilamente alejándonos de allí, a partir de entonces lo primero era encontrar un nuevo refugio, pero no intentaría volver a mi antiguo antro, así que rumbeamos hacia otro lugar, tratando de borrar pasados horribles con cada pisada.
Yo en cierto sentido, me sentía un poco mejor luego de mi ataque de ira, ese había sido un final, pero también un nuevo inicio, sentía que ahora tenía otras posibilidades de una vida digna, como mis nuevos compañeros.
"Por cierto, soy Edward, y esta chica es Dolores. ¿Cómo te llamas?"
Guarde silencio ante esa pregunta, hacía mucho tiempo que no decía mi nombre y llegue a dudar del mismo, como si ahora, luego de tanto tiempo, y de tantas horribles vivencias, fuera solo una palabra sin sentido ni significado. Para el mundo yo simplemente era "un chico roñoso que robaba". Pero me di cuenta, como reafirme más adelante, de que para Edward y Dolores, yo si era alguien, tenía una identidad, volvía a tener una, y volvía a significar algo importante para otra persona.
"Soy Frederich."
"Un gusto Frederich. ¿Cuántos años tienes?"
"No estoy seguro ya, pero creo que tengo catorce o quince."
"¿No lo sabes? Bueno, no te culpo, luego de tanto tiempo uno pierde cierta percepción del tiempo. En fin yo tengo diecinueve, y Dolores diecisiete."
"¿Y el chico de ahí, como se llama?"
Tal vez alguien sabía el nombre del "leproso" que Edward cargaba sin molestia alguna sobre su espalda.
"Ni idea. ¡Oye amigo! ¿Nos dejas ponerte un nombre?"
Dolores fue muy amable con él, y cuando asintió se puso a pensar nombres mirando cuidadosamente su cara.
Al final decidimos llamarlo Rui, y tenía alrededor de unos siete u ocho años.
Caminamos un día entero hasta llegar a un lugar que nos pareció lo más cercano al paraíso en aquel momento, una cañería de donde brotaba agua, y era casi tranparente.
Corrimos emocionados hacia ella, muertos de sed, mientras nos acercábamos zarandeábamos a Rui para hacerlo reaccionar.
"¡Vamos, ya despierta Rui! ¡Mira, encontramos agua!"
Rui ya no volvió a abrir los ojos, y no alcanzo a probar esa agua.
Muchos años más tarde, yo me enteraría gracias a un libro de medicina, que la lepra era una enfermedad infecciosa, y que se presentaba cuando las personas estaban expuestas a un ambiente insalubre y poco aseado.
