N/A: Beteado por NADINE y revisado por AMBIVALENCE027. Muchas gracias.


Capítulo 21


Con frecuencia la gente solía infravalorar la inteligencia de Kagura hasta el punto de degradarla al status de "tonta". Mientras que algunos simplemente dirían que solo es un poco "torpe", otros estarían de acuerdo en afirmar que a veces no se comportaba de la manera más "brillante", precisamente. Sus malas pronunciaciones y burdos comentarios colaboraron en gran medida a crear dicha imagen. Incluso el mismo Sougo acostumbraba tildarla de sufrir de "escasez de neuronas" en más de una ocasión, y de tener el cerebro de un mosquito otras tantas. Sin embargo, de vez en cuando había momentos de lucidez en los que el intelecto de Kagura hacía acto de presencia y mostraba todo su esplendor (casualmente cuando se trataba de comida, bromas o insultos. Daba la impresión de que hibernaba por temporadas, como si acumulara energía para el momento adecuado). Y cuando aquello sucedía, las reacciones de sorpresa resultaban muy evidentes. Incluso para Okita. Incluso para Soyo. Y todo indicaba que el "milagro" estaba ocurriendo de nuevo, o al menos así lo pensaba Soyo mientras viajaba camino a la escuela, ese miércoles por la mañana. Las palabras que le había dicho el día anterior lo confirmaban, algo tenía planeado. No sabía con exactitud si se debía a la estrategia de ignorarlo o la táctica de los celos o ambas, solo sabía que estaba funcionando.

Ese día no hubo encuentros ni riñas ni peleas, ni siquiera de forma virtual. Kagura se dedicó a ignorarlo todo el día mientras Okita enviaba mensajes despectivos con el fin de provocarla. Por la tarde, después de clases, ambos se ocuparon por separado de asear todos los salones de la planta baja y el primer piso. El director les había encomendado un piso a cada uno, siendo supervisados por sus respectivos tutores, de modo que Gin se la pasó toda la tarde molestando a Kagura por obligarlo a quedarse después de hora por su culpa y Hijikata fue víctima de una decena de "accidentes" con artículos de limpieza; en su caso, él era el molestado por el chiquillo. A la mañana siguiente los adultos apelaron por igual una reducción de los días de castigo, prometiendo en nombre de los alumnos que no volverían a meterse en líos.

—Kagura, ¿no se supone que deberías, no sé, estar portándote bien? Gin consiguió que la sanción durara hasta mañana, deberías estar agradecida —reprochaba Soyo, sentada frente a ella en un pupitre del salón C-3.

—Soyo, Soyo, tú no entiendes. No hay tal cosa como el período de paz entre nosotros. Seguro que ese desgraciado debe estar pensando lo mismo, tramando alguna cosa para hacerme caer. —Kagura casqueó la lengua negando con la cabeza—. Algo pasará, lo sé. Una araña en el escritorio, lombrices en el cesto de basura, cucaracha en los pupitres, algo habrá. Así que yo haré lo mismo, ¿qué tal?

—¿No estás yendo muy lejos? Esto ajustará a los niños.

—Tanto mejor —respondió la muchacha ante la mirada de reproche de Soyo—. Bien, aquí vamos.

Salieron en cuanto todo quedó listo. Al poco tiempo de que sonara el timbre para que ingresaran a los salones, y una vez todos dentro, una nube de humo colmó todo el recinto. Las alarmas contraincendios se activaron y todos salieron fuera.

(…)

—A ver, ¿qué parte es la que nos les queda claro?, díganmelo porque yo no lo entiendo. —Hijikata se paseaba de un lado a otro en el pasillo frente a la oficina del director mientras sostenía un cigarrillo aún sin encender entre los dedos. Gin estaba recargado sobre la pared, hurgándose la nariz, totalmente ajeno a la situación—. ¡Ustedes dos, par de idiotas, van a hacer que nos maten!

—Bueno, entonces lo estamos haciendo bien, ¿no? —irrumpió Okita, sarcástico.

—Hablo en serio, Sougo, apenas ayer hemos intervenido por ustedes, maldita sea. —La vena de la sien izquierda parecía estar a punto de explotar. Hijikata estaba al borde de un ataque de ira.

—Cálmate ya, Mayora. Encontraremos algo —intervino Gin, que al fin aportaba algo en la conversación desde que sucedieron los "atentados"—. Diremos que se produjo un pequeño desperfecto en las instalaciones eléctricas y ya.

—Sí, eso, un incendio —añadió Kagura, asintiendo con los brazos cruzados.

—¿Y lo otro? ¿Cómo explicamos lo otro?

—¿Plaga? —dijo Gin, encogiéndose de hombros. Hijikata se dio una palmada en la frente.

—¿Lombrices? —preguntó Kagura, volteándose hacia Okita.

—De todo un poco, digamos que esta vez me lucí. —Sougo sonrió con sorna, jactándose de su propia proeza.

—Lo imaginé. Sabía que irías por los insectos. Por eso yo fui por las bombas.

—Fue mi primera alternativa, pero sería muy obvio.

—¿Así que ambos sabían que se sabotearían entre sí? —preguntó Soyo, tímidamente, quien había ligado también el llamado de atención.

—Te lo dije, Soyo, este estaba en algo. No iba a quedarme de brazos cruzados.

—No y no. —Los tres se volvieron hacia el rector, que ya había hecho trizas el cigarrillo que tenía entre los dedos—. Ya hemos usado esa estrategia, idiota, no nos va a creer de nuevo. Los expulsarán junto con nosotros, maldita sea. Tendré que pedir empleo en la tienda del herrero.

—Pero a lo mejor todavía funciona, quizás no se acuerda de aquella excusa, quizás ni siquiera piense que fueron ellos. Quizás ni siquiera estemos aquí para cuando venga, ¿eh? ¿Qué dices?

—Pues es demasiado tarde, ya está aquí —afirmó Soyo, que se había asomado por la ventana y veía bajar al director con su portafolio en la mano.

—Maldición —dijeron los adultos.

(…)

La reunión duró más de una hora. Las clases se habían suspendido y todos habían ido a casa excepto ellos tres. Soyo esperó en el patio junto con los perpetradores, separándolos de tanto en tanto para que sus rencillas de "pequeños golpecitos" no pasaran a mayores. En cierta forma se sentía tonta por haber pensado que estando castigados iban a mermar sus disputas. No. Para ellos era la oportunidad perfecta para sabotearse mutuamente, intentando dejar en malas condiciones los lugares que el otro había limpiado la tarde anterior. Definitivamente no tenían remedio.

Más tarde los tutores salieron de la reunión, hasta donde estaban ellos, e introdujeron el acuerdo con un golpe en la cabeza a cada uno.

—Escuchen, par de idiotas —comenzó explicando Hijikata—, esta es la última, ¿me oyeron? Una más y serán expulsados y no querrán que eso pase. Sougo, te ingresaré a la escuela militar si eso pasa.

—Hazlo. Te lo he pedido desde primero. Sabes que quiero ser policía.

—Cállate. Y tú, niña revoltosa, tendrás que trabajar para pagar toda la comida que tragas en casa de este vago.

—¡Oye! —se quejó el aludido Gintoki.

—Ey, ¿por qué a mí me toca lo peor? ¿Él tendrá privilegios y yo tengo que salir a trabajar? Ni creas que voy a mantener a este vago.

—¿Vago yo? Descarada, soy el que te mantiene.

—Él también debe trabajar, es lo justo —dijo Kagura, haciendo puchero y cruzándose de brazos.

—Bien, lo pondremos a trabajar en el bar de los travestis como una anfitriona. ¿Te parece así? —consintió Hijikata, masajeándose la sien.

—Amanecerás sin cabello… y sin pene, Mayora. Cuídate la espalda, infeliz. —Sougo respondió como solo él sabía hacerlo, con amenazas.

—Bueno, bueno —Soyo salió al rescate antes de que el chico asesinara al rector con la mirada—, pero ¿en qué quedaron al final? ¿Cómo se solucionó el problema?

—Tres meses con mitad de sueldo para pagar los gastos —respondió el rector, después de una pausa y un largo suspiro.

Sougo rio entre dientes, mofándose de los adultos. Soyo se llevó las manos a la boca, de la impresión. Kagura se encogió de hombros, indiferente pues de todas formas comían arroz con huevo todos los días. Hijikata ya comenzaba a palpar sus bolsillos, en busca de sus precisados cigarrillos. Y Gin pateaba una lata de refresco, de la impotencia.

—Pero si no hemos roto nada… que seamos. ¿Te han estafado, Mayo?

—¡¿Y cómo demonios crees que van a pagar al maldito fumigador?! —Explotó al fin. Las venas de la sien se le hincharon a más no poder—. Necesito un cigarrillo. Nos veremos en casa, ve directo allí.

—Púdrete —lo saludó Sougo, sonriente.

—Y tú, niña, ve pensando cómo vas a compensármelo, esa bestia que tienes por mascota no vive del aire. ¿Quién pagará mis Jump, y la leche de fresa, y la renta…

—Y el licor.

—¿Y el li…? ¿Qué? No te pases de lista, eh.

—Bueno, pediré unos "prestados" de la tienda para ti, ¿sí? Y si me atrapan, diré que no te conozco.

Kagura se ganó otro golpe en la cabeza y una semana de no ver televisión ni juegos de "Play Satation" para ella.

(…)

A pesar de nadie tuvo clases el jueves, de que habían salvado sus pellejos nuevamente y de haber cabreado a los adultos, Okita no estaba contento. Y eso se debía, según sospechaba Soyo, a la indiferencia de su amada. Cuando terminaron de sermonearlos, salieron los tres hacia una heladería para celebrar que no los habían expulsado (cortesía de la joven Tokugawa) y el clima se volvió tenso cuando Kagura no respondió a un salpicón de helado que había lanzado el muchacho. Soyo propuso ir al parque, a tomar aire, los dejó solos al cabo de un raro para esconderse tras de un árbol.

Tu amiga no es muy discreta.

Hace lo que puede, al menos ella lo intenta.

¿Intentas decirme algo?

Nooooo, claro que no.

¿Acaso no eras tú la que no quería que nadie supiera? ¿Quién te entiende?

No quería que te burlaras divulgándolo por todos lados. No quería que te rieras de mí.

Siempre lo hago y tú también.

Pues no me rio ahora.

Se produjo un silencio entre los dos y luego Kagura se levantó justo en el momento en el que el chico la llamó en voz baja.

China…

Voy a ver mi novela por celular.

Y se fue sin decir nada más.

(…)

El viernes a la mañana el clima siguió igual. Kagura pasó de largo en cuanto vio a Okita y este la persiguió por toda la entrada. A las pocas horas le envió un mensaje que fue imposible de ignorar.

El mensaje decía:

"Al mediodía o pondré tu sostén en el asta."

Soyo tuvo que intervenir para evitar que el dichoso aparato terminara machacado cruelmente contra el suelo.

(…)

Cuando el timbre sonó, Soyo sabía que no almorzarían juntas, pues Kagura debía asistir a una "importante" reunión, así que no se molestó en preguntar. Tomó una pequeña botella de yogurt y un sorbete a modo de almuerzo, y se dirigió directamente a la parte trasera del edificio de natación. Okita llegó al poco tiempo con las manos en los bolsillos y Kagura un tanto después con dos tazones de ramen en cada mano (y con signos de haberse comido unos más por el camino).

¿Qué demoniog quieges? —preguntó, con la boca repleta de comida.

Vaya, no te hubieras molestado —Sougo extendió los brazos hacia los recipientes humeantes.

Kagura se las ingenió para apartarlo de una patada sin derramar ni una gota.

No lo hice, de hecho.

Un puchero algo sobreactuado adornó la cara del muchacho.

Nunca serás una buena novia de esa manera. Una chica debe demostrar su amor con comida.

Sigue soñando, idiota—dijo, y sacó la lengua de forma burlona—.Ahora, ¿vas a decirme qué m***** quieres o tendré que sacártelo a golpes?

Hoy estás un poco alterada, eh. ¿Acaso estás en esos días? Si no supiera que te viene la regla juraría que eras hombre.

Escúchame, mal nacido, soy más mujer de lo que piensas. Que algunos no lo noten es otra historia —concluyó en voz baja, casi en un susurro.

No me digas.

¿Sabes qué? Al demonio contigo, nadie te creerá que es mío, di lo que quieras. Me voy —espetó, dando media vuelta para marcharse. No había dado tres pasos cuando el muchacho habló.

Aún tengo una pequeña grabación.

Soyo observó a Kagura palidecer de un instante a otro. Detuvo su andar presuroso y se crispó de pies a cabeza como gato frente a un perro. Se volvió despacio, clavando sus cortas uñas en los tazones de plástico, y sus ojos ardieron de cólera mientras su rostro se iba ensombreciendo más y más. Los tazones de comida casi se le cayeron de las manos.

¡Y yo te daré tantas patadas que no volverás a caminar en tu vida! Hiciste una promesa y está mal que faltes a tu palabra. Y estás cometiendo traición, sí, eso es, una tradición.

¿Ah, sí? ¿Y qué hay de la vez que me delataste ante el director por poner hormigas en el obento[1] de Mayora?

Me lo debías por los huevos podridos. Era lo justo.

Lo de los huevos había sido un mes atrás —objetó Okita levantando una ceja. Parecía debatirse entre estar molesto por la acusación de aquél día o reírse por el descaro de la chica.

Yo siempre saldo mis deudas, sí.

Te acordaste un poco tarde, ¿no crees?

Mejor tarde que nunca, ¿no?

Bueno, toma esto como un ajuste de cuentas entonces. —Se quedó un momento mirándola fijamente, una sonrisa macabra le adornaba el rostro.

No. Es diferente y lo sabes. Borra la grabación o comenzaré a cavar tu tumba.

Bien sabes que no lo haré. De hecho… había pensado en completar el conjunto del sostén. Y creo que lo traes puesto hoy.

Las mejillas de Kagura se encendieron rápidamente y las orejas pronto le hicieron competencia. La valentía que había acumulado hace un rato había desaparecido de repente.

¡Ni en sueños! —gritó, enfurecida. Se metió a la boca cuantiosas tiras de fideo y se atiborró de comida para esconder su sonrojo. En cuestión de segundos, acabó con el contenido de los dos tazones.

China, dame el resto del conjunto, es una orden.

Olvídalo, no lo haré.

China, sabes lo que pasa si te niegas. Aún no termina —advirtió, acercándose más hacia ella, lo suficiente para alcanzarla con una sola zancada y lo justo para poder alejarse de un salto, si la situación lo ameritaba.

Por alguna razón, que Soyo no comprendía, Kagura pareció incomodarse ante el recordatorio de Okita. Incluso juraría que se había escalofriado al escucharlo; no entendía bien por qué. Y como siempre, la muchacha intentó desviar el asunto de forma burlona.

¡Ja! ¿Qué vas a hacer, lo mismo que la otra vez? ¿Acaso no dijiste que eran "microstópicos", que no los veías?

Microscópicos, China —la corrigió.

Eso, eso. ¿No dijiste que eran así?, ¿eh?

Nunca dije que no me gustaran.

Kagura volvió a sonrosarse ligeramente.

Pe-pero son "pequeños".

¿Y qué con eso? —preguntó con una media sonrisa juguetona.

No sé, dime tú. Eres el del problema con las "microsidades", ¿ah? —reprochó Kagura, cruzándose de brazos y dándole la espalda, (a él y a la poca visibilidad de la pobre Soyo).

China, ¿no me digas que te molestaste?

¿Yo? Puff, claro que no. Pero a mí no me vuelves a tocar, ¿me oyes?

Soyo observó cómo el muchacho se acercó a su amiga y pegó el cuerpo contra el suyo mientras la tomaba de la cintura. Le dijo algo al oído que no pudo escuchar y luego Kagura se apartó dando un codazo con brusquedad.

¿Sabes qué? Púdrete. Púdrete tú y tus malditas órdenes y tu maldito ego de sádico, no me interesan. No voy a hacer nada, y por mí puedes saltar a un río, no me importa.

Estaba dispuesta a irse, indignada, hecha una furia, cuando él la sujetó por la espalda contra su pecho y le rodeó el pescuezo con un brazo.

Aún no me das lo que quiero —replicó, adusto y seco.

Kagura, que se bamboleaba de un lado a otro, dando patatas, codazos y hasta mordiscos, levantó una mano a la altura del rostro y mostró con férrea firmeza y de un modo poco femenino el dedo medio de su mano derecha.

Por última vez —reiteró Sougo, aplicando más presión alrededor del cuello de la chica—, da-me el con-jun-to.

Pú-dre-te—respondió Kagura, con la voz entrecortada y rasposa, pero no menos impetuosa.

Soyo tragó saliva cuando notó una mano traviesa colarse por debajo de la camisa de su amiga y luego se detuvo poco antes de llegar a la altura del tórax. Suspiró. Lo vio decirle algo al oído, y a Kagura poner fea cara seguido de un escupitajo.

Vete a la m***** —añadió Kagura, despectivamente.

Bien, si así lo quieres —determinó Sougo, limpiándose la saliva con el antebrazo—. En el bebedero de básquet, después del timbre. Y más te vale estarte ahí para ese entonces —se apresuró a decir antes de que Kagura pudiera oponerse—, o lo lamentarás.

Por favor, ¿qué te hace pensar que me saltaré Física por ti? No vales ni la suela de mis zapatos.

Vamos, China, como si tuvieras algo mejor que hacer. No haces más que dormir mientras ese charlatán melenudo parlotea.

¿Y tú cómo demonios sabes eso?

Pues es lo que yo hago cuando toca Física avanzada con él. Además, te conviene venir, o tendré que hacer correr la grabación y todos se enterarán de que me amas en secreto.

Kagura reaccionó enrojeciendo de pies a cabeza, crispándose como gato enfurecido. Sougo tuvo que alejarse para no recibir el revoltijo de puños y patadas que emanaron de la chica. Aunque no pudo evitar ser tiroteado por los palillos de madera y tazones vacíos de ramen.

Soyo observó perpleja la escena mientras intentaba recuperar el aliento que perdió por la conmoción. Era la primera vez que los oía hablar de amor con tanta soltura, y de la mano de Okita. Y era la primera vez que veía a su mejor amiga emprender una repentina retirada sin tener algo con qué callarlo.

Con las manos en los bolsillos, el muchacho sonrió en compañía de la soledad y se mordió los labios por escasos segundos. Partió con la mirada al suelo, aún con la victoria impresa en sus labios.

(…)

El timbre que oficializaba el final de la hora del almuerzo sonó, condenando así a una muy rabiosa Kagura quien debatía consigo misma sobre aplastar a patadas a su rival o colgarlo de un puente con tiburones nadando bajo sus pies. Soyo no tardó mucho en encontrarla riñendo entre estas dos opciones, pues se la podía escuchar perfectamente desde el pasillo junto a la enfermería, aun desde la entrada principal. Nunca antes la había visto tan molesta como en esa ocasión. No era la primera vez que perdía una contienda o discusión, pero sí la primera vez que se había quedado sin habla. Y eso era decir mucho.

Por un instante consideró la opción de volver al salón, conformarse con su dulce imaginación y asistir a clases como buena alumna que era. Por un instante lo pensó. Y así como le vino ese sentimiento de culpa repentina, se esfumó en el lapso de un suspiro.

Cuando oyó el timbre, la vio marchar decidida al encuentro, ya fuese para romperle la cabeza al muchacho o para aceptar su castigo. Soyo suspiraba emocionada mientras la seguía a escondidas por todo el patio. De nuevo se encontró con el gran problema de la falta de medios idóneos para la fisgoneada tarea. De no haber sabido a dónde se dirigía, le habría perdido el rastro a los pocos segundos debido al rápido andar de la muchacha.

Poco después, hasta donde entendió por los ruidos y "la conversación", Kagura se topó con Okita a medio camino y lo saludó con una súper patada voladora que por fortuna pudo ser esquivada. No llegó a apreciar tan común paisaje entre ambos, pero sí captó el momento en el que él se la llevaba casi a rastras hacia la parte trasera del gimnasio, mientras amenazaba con cerrarle la boca de un beso frente a todo un equipo de básquet (que no se encontraba allí por esos momentos pero que Kagura desconocía por completo), si no dejaba de gritar que la estaban secuestrando. Solo así consiguió el forzoso silencio de la muchacha, mas no el cese de sus forcejeos por evitar llegar a su inexorable destino.

Entra ahí —ordenó Sougo con un movimiento de cabeza una vez llegado al bebedero del gimnasio.

Ella lo miró con desconfianza, un deje de reproche se distinguió en su tono de voz.

¿Para?

Tu castigo, es obvio.

Ni lo pienses. No me meteré ahí.

Son las reglas, China, ya lo sabes.

Púdrete. No voy a hacerlo.

Entonces no te importará que, digamos, "alguien" haga circular cierta grabación por toda la escuela, ¿no?

¡Te arrancaré las b**** si te atreves! A mí no me amenazas, ¿eh? ¿Quién te crees que soy?

China, cierra la boca —la reprendió Sougo, tapándole la boca con una mano mientras volteaba la cabeza hacia todas direcciones—. Harás que nos vean. No hay nadie ahora. Métete.

Que no lo haré. No voy a ser tu juguete… —logró pronunciar Kagura, antes de que el muchacho volviera a silenciarla, esta vez, con ambas manos.

Soyo no entendía la resistencia de su amiga. Siempre podía usar sus puños, si el caso lo ameritaba. No era alguien que se dejaba flaquear fácilmente, más bien ella tomaba el control de la situación, fuese cual fuese el caso. Pero esta vez parecía insegura, y Soyo no salía de su asombro.

Vio al chico echar otros dos vistazos a los alrededores y luego empujó a Kagura —haciendo que esta trastabille, repentinamente— hasta que los dos ingresaron a un recinto que se encontraba en una esquina. Soyo rodeó el sitio, solo por unos segundos, y con horror comprobó por qué su amiga le tenía tanto terror al sitio. Era el baño de varones.

Miles de suposiciones e ideas se le cruzaban por la cabeza una y otra vez. ¿Y si Sougo intentaba… aprovecharse de Kagura? ¿Sería ella capaz de defenderse? ¿Sucumbiría ante la situación? ¿Y si no podía? ¿Y si la amenazaba con la grabación para complacer los deseos sexuales de un pervertido adolescente? ¿Podría la inocente Kagura salir de aquella sugestión? ¿Debería salir la heroína Soyo a rescatarla? ¿Y si, por el contrario, Kagura se armara de valor y terminaba rompiendo todo el lugar, creando un baño de sangre? ¿Qué excusa podría darle al director? ¿Qué pensarían todos de ella? Su imagen quedaría manchada por el resto de la preparatoria como "la chica que se metió al baño de hombres". Todos hablarían mal de ella, y ella los golpearía y de esa forma tendría mala relación con todos allí.

Un murmullo a lo lejos la hizo entrar en alerta. Se giró apenas para observar cómo un trío de muchachos se acercaba peligrosamente hacia el sector de los baños. Un sudor frío colmó el semblante preocupado de la joven Tokugawa que cada vez los veía acercarse más y más. Aún bromeando y sin dejar los empujones y patadas de lado, los tres chicos entraron al tocador de varones y Soyo palideció ante el acontecimiento.

"Ay, no" se dijo para sí. El mundo pareció detenerse por unos segundos para la joven. Otro problema había surgido de repente.

Contuvo la respiración un momento para agudizar el oído. Ningún grito ni bramido se oía salir del cuartillo. Esperó y esperó hasta que las dudas volvieron a hacer eco en su mente. ¿Y si los chicos estaban muertos por haber visto algo que no debían? ¿Y si se habían quedado tan impactados de lo que vieron que no pudieran recuperar el habla por el resto de sus vidas? ¿Y si uno de ellos, secretamente, gustaba de Kagura y se había quedado atónito con lo que vio? Bueno, admitía que aquella última hipótesis podría sonar un poco… exagerada, pero tampoco podría descartarla, ¡era perfectamente factible a sus ojos, ¿por qué no?! Si lo pensaba, su amiga era bonita. Tenía unos hermosos ojos azules, rostro bonito, una piel nívea y tersa, un precioso cabello rojizo —natural, herencia de mami Kouka— y una contorneada figura esbelta. En conjunto, Kagura era una linda chica. ¿Cuál era el problema entonces? Y lo recordó:

"Ah, claro, su carácter, sus modales... Y sus puños. Sí, ese es el principal problema: sus puños."

Sin poder evitarlo, un único pensamiento se formó en su cabeza instantáneamente. Y cuanto más pensaba en los sucios hábitos de su amiga, su facilidad para hablar sin filtro, natural fuerza corporal y demás, más frecuente se hacía este pensamiento. La sensación única de que ambos estaban cortados con la misma tijera.

Sonrió en silencio, absorta en sus premisas. Salió del trance cuando notó a los chicos salir tranquilamente. Ilesos, sanos y salvos. Suspiró aliviada. Por unos instantes todos sus temores y extrañas conjeturas habían desaparecido para dar lugar a un plácido momento de paz.

Hasta que tomó conciencia de lo que aquello significaba. Y entonces una avalancha de insanas ideas le vino a la mente al comenzar con una sola pregunta:

"Si no los vieron, entonces están en un cubículo… ¿pero qué estarán haciendo allí?"

Y el pánico y el bochorno se apoderaron de ella.

(…)

Tardó un poco en calmar sus nervios. Respiró hondo, cerró los ojos e hizo su mejor y más exitoso intento de poner su mente en blanco. Sus mejillas dejaron de arder y su rostro volvió a adquirir el color natural que lucía normalmente.

Volvió de nuevo la vista hacia el baño de varones y se convenció de que lo que estaba pensando hace unos momentos era una total ridiculez. Primero, por tratarse de su mejor amiga, una chica de fuertes convicciones que jamás daba el brazo a torcer y con los puños de acero. Y segundo, por tratarse de un establecimiento educativo. No había manera de que algo indebido sucediera en la escuela, menos que su mejor amiga lo protagonizara. Un "impensable", un "jamás de los jamás", un "nunca", con letras mayúsculas. Un imposible dentro de las infinitas imposibilidades.

Se sintió tonta luego de reflexionar sobre ello y se prometió disculparse con Kagura por haber puesto en tela de juicio su intachable inocencia. Estaba ya mentalizando una lista de sus comidas favoritas cuando vislumbró unos movimientos escuetos en la puerta del baño. Okita había emergido con las manos en los bolsillos y la vista caída. Inexpresivo y silencioso, miró hacia un lado y hacia otro de modo sigiloso y discreto. Cuando estuvo seguro, hizo una seña hacia el interior, chasqueando los dedos, y Kagura salió como un rayo, a paso rápido y firme. Su actitud despreocupada en nada se comparaba con la cautelosa y discreta de su acompañante, como si hubiese salido de un festival de poca monta en vez de un baño escolar de género opuesto. Se marchó sin decir nada.

Okita quedó mirando hacia lado, con la mirada perdida.

(…)

De vuelta al aula, para la siguiente clase y tras de haber entrado a hurtadillas, el cambio de actitud en Kagura se hizo muy evidente. No estaba molesta, ni ofendida. Tampoco estaba feliz. Soyo tardó un cuarto de hora en descifrar que, más bien, parecía estar decepcionada. Tuvo el suficiente tacto para no abrumarla por un par de horas, hasta que terminaron las clases y le tocó hacerle compañía durante su aseo obligatorio del castigo del director.

—¿Que qué me dijo? —repitió Kagura, cuando finalmente Soyo se decidió a preguntarle por lo sucedido después del mediodía—. Pues, que mi mes de "esclavitud" se terminó, que ahora soy libre. Eso es todo.

—¿Y para eso te citó al baño de varones? —No pudo evitar delatarse.

—Con que nos viste, ¿eh? Cuida que él no lo sepa o jugará contigo y no podrás quitártelo de encima. Si no lo conoces no podrás. —Había un tono de melancolía en su voz. Sonaba igual que un reproche.

—Y… ¿no te dijo nada más? —se aventuró a preguntar Soyo.

—Nada importante.

Por alguna razón, aquellas palabras sonaron tan vacías, tan muertas. Kagura miraba hacia el suelo mientras barría una esquina por la que ya había pasado más de tres veces. No quiso hablar más del asunto por ese día.

(…)

Soyo tuvo el impulso de salir corriendo a golpear a Okita por ser tan cobarde. Tenía la esperanza de que al finalizar el mes de la apuesta diera a Kagura una respuesta satisfactoria, que se lanzaría a sus brazos y le diría cuánto la amaba y vivirían felices para siempre. De nuevo, los crudos látigos de la realidad le recordaron que no todo era tan sencillo. Se sentía frustrada. Se fue a casa con la sensación amarga de la derrota.

El fin de semana, después de desayunar y pasarse por toda la sala con la taza de té en mano, llamó a Kagura para consentirla. Le ofreció una amplia variedad de atracciones y lujosos paseos a los mejores restaurantes de la ciudad para mantener su mente ocupada. Pero esta le rechazó la oferta bajo el pretexto de que estaba "descompuesta" por haber comido wasabi, pensando que era puré de goya[3], y tomado sake, pensando que era refresco. A Soyo le parecía todo una excusa, una sutil forme de decirle "Hoy no me siento bien y probablemente mañana tampoco". La dejó en paz, con sus sentimientos.

El lunes todo volvió a ser como antes, su estado de ánimo era el de siempre y su relación con Okita continuó siendo la de dos rivales incansables. Durante la semana se batieron en innumerables batallas sobre cualquier apuesta que les llegara a los oídos: pelea de dardos, concurso de equilibrio con una sola mano, desafío de "quién puede comer más comida picante", carrera hasta la entrada con un solo pie, y el clásico duelo de puños. Algunas las ganaba Sougo y otras Kagura. En apariencia todo lucía como igual, en apariencia.

—¿Y ahora? —preguntó Soyo, viendo la expresión de fastidio de su amiga durante el almuerzo—. ¿Qué fue esta vez? ¿una rana muerta? ¿o acaso un enjambre de abejas? La última vez me asusté con las arañas, ¿de dónde las consigue?

—Quiso besarme —respondió Kagura, ofuscada.

Soyo se atragantó con la bola de arroz que estaba comiendo. Unos cuantos granos le salieron por la nariz.

—¡¿Que hizo qué?!

—Dijo que era una apuesta. Pero no era una apuesta. Lo sé.

Soyo aún se recuperaba de la dolorosa transición de los granos de arroz por sus fosas nasales cuando articuló:

—¿Pero no habían quedado en que serían, bueno, amigos… como antes?

—Lo propuso él, de hecho. No sé qué le pasa.

—Le gustas, eso pasa.

—Ya pasamos eso, él ya decidió. No quiero juegos inútiles. No es así como funciona.

—Es cierto.

—Lo golpearé cuando lo vea, sí.

Y así lo hizo.

(…)

Un nuevo lunes, una nueva semana. Kagura se mostró un tanto distante y su relación con Okita, lejos de regresar a la normalidad, decayó. La situación entre ambos se tornó algo tensa. Sus disputas cotidianas fueron disminuyendo, los insultos cada vez eran menos frecuentes, los golpes solían ser más fuertes y, hacia los inicios de la siguiente semana, la indiferencia comenzó a hacerse presente. Llegó un punto en el que ya no le dirigía la palabra si no era frente a otras personas, para aparentar. No contestaba sus patéticas inventivas para hablarle por mensaje de texto, tampoco volteada cuando la llamaba en los recesos; si podía, prefería evitarlo. Soyo no entendía.

—Vaya, hoy parece más enérgico que otros días —comentó la joven Tokugawa, luego de observar cómo Kagura esquivó e ignoró al muchacho cuando le arrojó una roca del tamaño de una canica. Se dirigían hacia el bufet—. ¿Pasó algo?

—Tiene que ver con lo que pasó el fin de semana. —Soyo puso cara de sorpresa. En ella se leía claramente el reclamo gesticulado en su ceño interrogante—. Promete no hacer escándalo si te lo cuento.

—¿Yo? —se señaló Soyo, desentendida—. Puff, cómo crees. No, claro, no. No es posible,yo no hago escándalo. Cuéntamelo todo, cómo, cuándo, dónde. Todo.

—¿Ves lo que te digo?

—¡Kagura!

—Bueno, bueno. La verdad es que no es gran cosa. Me citó… —recordó, urgándose el dedo en la oreja—. Ah, sí, el sábado, con la excusa de que tenía helado (y sí lo tenía, por su bien), y me dijo, en palabras de él, que cambió de opinión. Que sí le interesa que esté con él.

—¿Y tú qué le contestaste?

—"Vete al demonio. Ya no te quiero".

Soyo estuvo a punto de caer de bruces al bajar un pequeño escalón del pasillo. Trastabilló unos cuantos pasos antes de recuperar el equilibrio.

—¿Pe-pero es que estás loca? ¿Có…? Es decir, tú… pero él… explícame.

—Lo estuve pensando, incluso antes de que me dijera esto, y me decidí. Me decidí a olvidarlo, a sacarlo de mi mente. Y creo que así es mejor.

—Pe-pe-pero él te dijo que te quería, él por fin lo aceptó.

—No. Él solo dijo: "Me interesa que estés conmigo". No dijo nada sobre "quererme". Lee entre líneas, Soyo, aún sigue en lo mismo. No estoy dispuesta a ser su juguete, no es eso lo que quiero.

—Pero…

—Me extraña, es obvio, pero ya no quiero esto. Decidí que ya no lo quiero más, sí. Desde ahora ya no me importa.

Se cruzó de brazos, altiva y segura, y caminó como si estuviera pisando abichuelas por todo el trayecto. Soyo se la quedó viendo, perpleja.

(…)

No podía creer que solo se rindiera y dejara todo atrás. Mucho menos esa mentira de que "ya lo había olvidado". Uno simplemente no deja de amar a alguien, de un día para el otro, ni tampoco se arranca de tajo un sentimiento como ese. Estaba dolida, lo entendía, y, más que nada, cansada. Así que tenía que actuar.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Te vas a rendir? —le dijo en tono recriminatorio un miércoles después de clases tras haber pedido una cita previa. Un mensaje de texto con las palabras correctas y voilá, el encuentro se produjo. ¿El lugar elegido? El mismo de siempre, claro estaba.

—Pues no. Seguiré insistiendo. Lo entenderá a la fuerza, así es como entiende.

Soyo se escandalizó. El chico no entendía nada de nada y ella con gusto le enseñaría.

—Que no, idiota. Así no es. —Fue esta vez el turno de Okita reaccionar con sorpresa ante la osadía de la chica. Soyo cayó en la cuenta sobre su pequeño desliz solo después de llegar a casa, por la noche—. Esta es una situación complicada, no se va a arreglar a la fuerza, tendrás que esforzarte y dejar tus hábitos de siempre. Tendrás que comportarte, tendrás que —reflexionó unos instantes— ser… tierno desde ahora, sí, eso mismo, tienes que ser dulce, amable, todo un galán.

—¿Dulce? Ni que fuera azúcar —comentó Okita por lo bajo, con su cara nada divertida.

—Debes tratarla con cariño y dedicación, como si fuera una flor.

—Con espinas enormes y filosas —volvió a añadir Okita, ensimismado.

—Tienes que hacerla sentir única, especial.

—Derriba a todos los del club de Judo y Jiu-jitsu, ¿qué más especial puede ser?

—Okita, por favor, sabes a lo que me refiero.

—Mira, Tomoyo[4], te estás equivocando de persona.

—Soyo —lo corrigió, sin entender el sarcasmo.

—Lo que sea. No soy el príncipe azul que todas desean y ella tampoco espera eso. No funcionará a tu manera.

—No totalmente, pero hay que intentarlo.

(…)

—¿Lo has entendido bien? —preguntó una enésima vez aquella tarde, como forma de estar segura de que el muchacho comprendía lo precario de la situación y la necesidad de introducir un cambio en su conducta. Aquel fue su "paciente" más especial, y el más revoltoso también.

—Sí —respondió Okita, ya sin ganas, mirando a otro lado.

—Bien. Desde mañana entonces. Aplicarás todo lo que hablamos aquí, de veras lo intentarás, ¿de acuerdo? Aunque no salga como esperamos, ella sabrá entender qué significa. ¿Seguro que entendiste bien?

—Tomoyo…

—Es Soyo, Okita, al menos recuerda mi nombre, ¿ah?

—Ella también te lo dijo, ¿cierto? —Ignoró la aclaración de la joven, estaba muy ocupado mirando al suelo, jugando con el césped—. ¿Crees que es verdad?

—En absoluto. Pero averiguaré sobre eso.

—¿Me dirás lo que descubras?

—Si te portas bien.

(…)

Al día siguiente, entre lápices y papeles, Soyo pensó durante todo el día en la forma de hacer hablar a su querida amiga. No creía sus mediocres justificaciones y falsos "olvidos"; era obvio que mentía. Y mientras el profesor Katsura hablaba enérgicamente sobre la "dura" represión que azotaba al país bajo gobierno actual, las políticas autoritarias del mismo y algo sobre emprender una protesta colectiva, cuando debería hablando sobre el capítulo diez del manual de Química orgánica, la mente de Soyo divagaba sobre los verdaderos sentimientos de Kagura. Sin quererlo se pasó el resto del día mirando la espalda encorvada de su amiga mientras esta dormitaba mientras fingía que escribía. Cuando despertó, al final de la jornada, sacó de la galera una de sus más usadas y exitosas jugadas.

—Kagura, ¿te quedas a dormir hoy? Roberta hizo pudin de chocolate.

—¿Dijiste pudin?

(…)

Aún era de día cuando llegaron, el sol apenas comenzaba a ocultarse muy lentamente y en la residencia Tokugawa una atareada ama de llaves cocinaba una generosa dotación de postres para la flamante invitada. La conocía bien, sabía que uno solo no bastaría para ella, como mínimo debía preparar media docena de encanto acaramelado para su "exquisito" paladar. Ya iba por el quinto que sacaba del horno cuando Soyo entró en la cocina llevándose unas galletas y un poco de té para contentar la dulce espera, el postre aún debía pasar una hora en el refrigerador y Soyo tenía que ingeniárselas para entretener a su amiga. ¿El pretexto? Tareas, luego postre. Y funcionó. Completar los pendientes de Kagura tomó más tiempo de lo esperado y su improvisado plan se ejecutó con total éxito.

—¿Lo ves, no es mejor así? —comentaba Soyo, guardando los libros y útiles escolares—. Ahora estarás fresca y radiante para los exámenes, hasta puedes hacerlo con los ojos vendados.

—Este es tu plan para que estudiara, ¿no es así? Me dijiste que había pudin para que hiciera mis tareas, ¿no es así? Pero no hay nada, ¿verdad? —Kagura estalló en ira, elevando la voz, parándose del suelo y poniendo un pie sobre la pequeña mesa donde minutos atrás había estado las hojas y los cuadernos de ambas—. ¡Jugaste con mis sentimientos, ¿ah?! ¡¿Acaso tienes idea de lo que eso es?! Una mujer debe cumplir su promesa siempre, hasta el final de sus días…

—¿Como cuando dijiste que ibas a sacarte un setenta en aritmética para que Gin te comprara un celular? —interrumpió la anfitriona, con sorna.

—Pero me acerqué bastante; hice mi mejor esfuerzo —Kagura respondió como si con ello pudiera ganar los puntos faltantes para aprobar.

—Sacaste treinta, y porque copiaste. Zenzou no lo notó porque estaba entretenido quitándose la goma de mascar que pusiste en su asiento. Además se te cayó la otra parte del papel que preparaste, lo encontré en el pasillo.

—Ah, yo nunca dije que iba a estudiar, solo dije que iba a sacar setenta. Prometí mi mejor esfuerzo y lo hice, ¿capiche? De todas formas no sirvió porque aunque cambié con marcador la nota, Gin no me compró nada.

—Porque para empezar él jamás accedió a tu propuesta, ni siquiera estaba enterado del trato.

—Bueno, bueno, ¿de qué lado estás, eh, del lado oscuro o del lado del bien? —Soyo estuvo a punto de interrumpirla diciendo que si era el suyo, entonces el lado de los ingenuos, pero temió que no lo tomara muy bien, dado el "grave" caso de la comida que estaba aconteciendo y calló. Kagura siguió hablando—. Además, esto no se trata de mí ahora, se trata de cómo aquí —señaló la mesa— está faltando algo, sí señor, falta lo que me prometieron. No dejé mis preciosas horas con Trevor[2] por venir aquí, estaba por pasar una importante misión. Aquí hay una falta muy grave, sí.

Soyo meneó la cabeza pensando que su amiga no tenía remedio; en cuanto a comida se trataba perdía la cabeza. Y mientras su invitada continuaba quejándose a diestra y siniestra, ella se dirigió tranquilamente hacia el comunicador que estaba al lado de su puerta. Segundos después Roberta apareció con una bandeja y cuatro pudines.

—Lo has hecho muy bien, Kagura. Este es tu premio por…

—¡Pudin!

No había terminado de hablar cuando la muchacha se abalanzó emocionada sobre la bandeja. Roberta apenas alcanzó a depositarlo sobre la pequeña mesa sin sufrir daños colaterales.

Soyo suspiró, resignada.

—Roberta, prepara la siguiente bandeja. Pronto necesitaremos más.

(…)

La parte más ventajosa de invitar a su mejor amiga una vasta cantidad de comida era que podía tomarla con la guardia baja. A menudo, cuando se sentía completamente satisfecha —tanto que tenía que esforzarse para poder respirar— solía entrar a un estado de relajación tal, que parecía convertirse en una especie de zombie, inerme y soñó lento, del que Soyo sacó provecho en más de una ocasión.

La primera vez que lo presenció sucedió en su cumpleaños número catorce, cuando se quedó dormitando sobre la mesa —junto a los restos de unas costillas de cerdo que había devorado minutos atrás— y comenzó a balbucear insultos en voz baja. Al principio Soyo creyó que solo estaba jugando y que le estaba hablando a la comida, pues contestaba a sus comentarios a la perfección, pero cuando comenzó a cambiar de tema, supo que algo no andaba bien.

—Todo es culpa de él —confesó aquella noche, a un paso del sueño—. Él es la razón de todo. Cuando murió mamá él, nos desintegró. Culpar a papá solo fue un pretexto. —Hizo una pausa—.Yo me fui. Todos se fueron… Ahora papá quiere que regrese; es tarde. Soy feliz donde estoy; soy feliz así. —Suspiró un momento—. Pero no puedo evitar preocuparme por ese idiota.

Soyo se quedó estática en medio de la habitación, con los ojos bien abiertos, sosteniendo en el aire unos vasos que acababa de levantar. Si no hubiera estado arrodillada, hubiera caído de lleno al suelo por la inesperada confesión. Nunca había sido tan fácil sacarle semejante información.

Un segundo intento (bajo las mismas condiciones de atiborramiento de comida) reveló que había robado dinero de la cartera de Gin y que había copiado en Química de la hoja de Shinpachi. Fue así cómo descubrió su arma secreta, su fórmula infalible para hacerla hablar. Aunque se prometió que solo lo usaría en casos de emergencia. Y este caso, para Soyo, representaba una verdadera emergencia…

Cerca de las once de la noche, luego de acabar con todos los pudines ella sola, y posteriormente con tres grandes tazones de ramen, Kagura se recostó en el suelo, sobre el futon que había preparado la anfitriona estratégicamente mientras comían, y cerró los ojos.

Soyo esperó quince minutos exactos y luego lanzó la primera pregunta, a modo de prueba.

—¿Te gustaron los pudines? ¿Verdad que salieron muy bien?

Kagura emitió un ruido que, más que el provecho de una chica, parecía el rugido un oso, y declaró:

—Ro-ro es la mejor, sí. —Y suspiró sobándose el abdomen que se le había hinchado como un globo terráqueo.

—Bueno, Roberta podría enseñarte. Podrías… —tosió escuetamente—, tú sabes, dárselos a alguien, ¿eh? ¿Qué dices?

Argh. —Kagura frunció el ceño y la nariz en una perfecta mueca de asco, mientras negaba perezosamente con la cabeza—. El ego le explotará por las narices. No, no.

—Anda, sería una buena oportunidad para reconciliarse. ¿Qué dices?

No hubo respuesta.

Soyo se levantó de su acolchonada cama y se arrodilló al lado del futon de su amiga.

—¿Kagura? —preguntó, despacio.

—Ni de broma —respondió la bella durmiente.

—¿Es por algo que dijo? Vamos, sé que pueden arreglarse. Algo hecho con tus manos podría funcionar. ¿Kagura?

Los ronquidos llenaban por completo la habitación. Un sentimiento de soledad e indiferencia inundaban la sala.

Al rato oyó un "No" como respuesta y la luz de la ocurrencia se le encendió en la cabeza. Recogió su larga cabellera, se inclinó en silencio, y se acercó despacio al oído de su invitada. Era su oportunidad.

—Kagura —susurró—, ¿es que ya no lo amas? ¿Te has olvidado de él?

Kagura negó levemente. Los ojos de Soyo se abrieron de par en par.

Continuó:

—¿Entonces vas a darle una oportunidad?

La chica negó nuevamente.

—¿Estás… molesta con él? —un suspiro recibió que le daba la pista de que estaba en lo cierto—. ¿Te hizo algo?

Tenía miedo de preguntar. Tenía miedo de saber cuál sería la respuesta, pero su curiosidad era más grande que su temor y necesitaba satisfacerlo.

Kagura gruñó apenas, volteando la cabeza. Volvió a preguntar.

—Anda, ¿qué sucedió? ¿Te… mmm… hizo algo?

Nada. Ni una palabra, solo ronquidos.

—Kagura, dilo, vamos.

Sin darse cuenta, sus manos cobraron vida propia y sacudieron temblorosamente el cuerpo inmóvil que yacía frente a ella. La víctima, por su parte, solo lanzaba quejidos roncos y apagados; ella solo quería dormir plácidamente, nada más.

Soyo luchó tenazmente contra el sueño de su amiga e insistió unos cuantos minutos más antes de irse a la cama, frustrada. Debía pensar en otro método, otra estrategia. Sacó un anotador y un bolígrafo del cajón de su mesa de luz y comenzó a escribir todas las absurdas ideas que se le podían venir a la mente en una noche de desesperación y poco descanso. Tenía que saberlo a toda costa, no importaba "el cómo", era algo que debía saber.

Ya había pasado por la fase de ideas descabelladas, en la que optaba por la posibilidad de recurrir a la sinceridad que otorgaba el estado de ebriedad, y consideraba de nuevo la sugestión y el ruego incesante, cuando de repente un tenue siseo le interrumpió el pensamiento. Levantó un poco la vista, lo suficiente para comprobar que, en efecto, se trataba de su amiga. Esta se removía de un lado a otro, inquieta, mientras alzaba sus manos como si quisiera quitarse un insecto de encima. Dio un par de vueltas y luego comenzó balbucear sonidos que parecían palabras. Al instante dejó a un lado su importante labor y se deslizó hacia el borde de la cama para escuchar más de cerca. Al principio solo captó palabras variadas, sin contexto: "no quiero", "helado", "almendras", "fresa", "seis sabores", "chocolate", "no quiero". Luego fue expulsando frases cada vez más elaboradas: "nunca me ha traído chocolate, jamás", "eso no es suficiente, no", "el helado estaba rico, aunque dije que no", "ese tono no le queda, pero me gusta", "sus ojos no mentían, pero evitaba mirarme", "a su manera… no es lo mismo". Hasta que finalmente soltó lo que Soyo tanto ansiaba: "Sus ojos… Su mirada no es igual a la mía. Promesas vacías, eso es lo que es. Ya no quiero jugar. No quiero sufrir más".

Soyo sonrió de oreja a oreja, le brillaban los ojos. No necesitaba más prueba que esa. Aquella somnolienta confesión implicaba mucho más de lo que decía en voz alta, para con Soyo y para con ella misma. Entendió que ella prefería esconder, orgullosa, sus emociones y mentirse como mecanismo de autodefensa. Se había expuesto demasiado y, al no obtener respuestas satisfactorias, optó por ocultarse.

Apretó los labios y se cubrió con un almohadón para no exponer sus efervescentes gritos. Se revolcó en la cama dando vueltas y abrazó a su almohada incontables veces, la emoción era inmensa. Kagura aún seguía balbuceando monosílabos y palabras sueltas, todas indicaban lo mismo.

Esa misma noche Soyo botó a la basura todas sus notas y abortó la misión desesperada de confesión, pero una nueva estrategia le vino a la cabeza. Finalmente se fue a acostar sin poder conciliar el sueño.


Aclaraciones:

[1] Ración de comida para llevar en Japón.

[2] Personaje del juego GTA 5.

[3] "Goya" es el nombre de una verdura japonesa, una especie de calabaza, de sabor amargo.

[4] Guiño a Sakura Card Captor.


Reviews: Cap. 20:

Lu89, Mitsuki, Guest, I love okikagu, Anonymous D, Melgamonster, China Musume, Aleechan950, Ambivalence027, Karunebulous, Okita kagura, Lunadragneel24, Tach y Encerrado20: Muchas gracias por haber leído mi capítulo, allá por los años pasados (xD). Sé que estoy un poco... atrasada con la historia, pero prometo un final, uno lindo. Me he perdido por el sendero de la vida (¿?), pero procuraré encontrarlo en algún momento de nuevo.

Tach: ¡Qué valentía haber leído el fic de corrido! Y sí, es exactamente así como quiero plasmar a Soyo, como una Tomoyo camuflada, en honor a Sakura, y en honor a Gintama, que es la parodia de todos los animés en sí. Muchas gracias por tus hermosas palabras y por haber leído. He aquí el nuevo capítulo, después de añares. Espero te guste. Muchos saludos.

Próxima actualización: Algún día. No, en serio. Trataré de que no pase tanto tiempo. Gracias por la paciencia.

Saludos.