Capítulo 21
Margaret y John disfrutaron el viaje a España como la luna de miel que nunca habían tenido. Luego de esos dos primeros días de sueño profundo, se levantaban temprano para desayunar en el camarote mirando cómo despuntaba el día, caminaban por la cubierta, volvían al camarote para un almuerzo ligero y una siesta, participaban en alguna de las actividades disponibles por la tarde y cenaban en el salón, pero sobre todo, aprovechaban el tiempo para estar juntos y disfrutar de la mutua compañía. En el tiempo que llevaban juntos habían llegado a conocerse profundamente, a admirarse y a amarse más allá de lo posible, cada día agradecían la fortuna de haberse encontrado pero no con sentimentalismos baratos sino con la absoluta y definitiva convicción de que eran el uno para el otro.
La noche antes de la llegada a Cádiz Margaret no pudo dormir de lo excitada que estaba. Se levantó más temprano que la misma tripulación y se apostó sobre cubierta en el mejor lugar posible, quería estar bien ubicada para ver a su hermano en cuanto atracaran. Lo vio entre la multitud y empezó a agitar su mano hacia él riendo y llorando al mismo tiempo.
"Mira John, ahí está!", le dijo, pero John no lo conocía así que no lograba distinguirlo. "Allá, el de saco marrón que agita el sombrero. Lo ves? Lo ves?", John no lo veía pero le dijo que sí para no desilusionarla.
Cuando finalmente bajaron Margaret corrió hacia su hermano que también intentaba alcanzarla. Entonces John pudo verlo, era un hombre joven, apuesto y bien vestido, en su mirada notó el parecido con Margaret, tenía los mismos ojos chispeantes.
Margaret y Frederick se fundieron en un abrazo y así estuvieron por varios minutos, en silencio. John permaneció de pie a su lado hasta que solos se separaron.
"John, te presento a Frederick, mi hermano. Frederick, te presento a John, mi marido. No saben el placer que me da verlos juntos", dijo Margaret emocionada de tener juntos por fin a los dos hombres de su vida.
Luego de conversar por un momento y recoger el equipaje se dirigieron al coche de Frederick para ir hacia la casa donde los esperaba Catalina, la esposa de Frederick junto con el pequeño hijo de ambos.
"Se llama Ricardo, Richard", dijo Frederick mientras tomaba al niño y lo ponía en brazos de su hermana.
"Gracias", dijo Margaret mirando con ternura a su hermano y luego bajó la vista a su sobrino que llevaba el nombre de su abuelo, el señor Hale.
…
Luego de dejar sus cosas en la habitación se reunieron todos en el comedor para un almuerzo de bienvenida con la familia de Catalina y algunos amigos. Durante la comida Margaret y John conocieron la historia de los Hernández.
La familia de Catalina era propietaria de uno de los astilleros más importantes de la ciudad cuya historia estaba marcada por el mar por cuestiones militares y comerciales. El bisabuelo de Catalina, Don José Hernández, había comenzado con la actividad que hoy estaba en manos de su padre y sus cuatro hermanos varones. Allí, por casualidad, había llegado Frederick en busca de trabajo luego de su huida de Inglaterra. Su experiencia como marino y el hecho de que hablara inglés hicieron que el señor Hernández lo contratara porque le serviría a mejorar su trato con los extranjeros. Frederick trabajó duro físicamente y también aprendiendo español, ya que apenas hablaba unas palabras cuando llegó. Al cabo de un año se había ganado la confianza de todos, además del amor de Catalina.
"Creo que la tarea más difícil que tuve aquí fue convencer a mi suegro y a mis cuñados que mi amor por Cata era sincero y mis intenciones honorables", dijo entre risas y traduciendo luego sus palabras para los demás que soltaron una carcajada.
"No nos convenciste tú sino nuestra empecinada hermana", dijo Jorge, el mayor. "Conociéndola sabíamos que nunca nos hubiera dejado en paz sino le permitíamos estar contigo."
"Creo que a mi madre la convenció que fueras hijo de un párroco. Según ella, entre la gente religiosa no hay gente mala", señaló Antonio, otro de los hermanos.
"A mi me encantó su mirada, enseguida me di cuenta de que se había enamorado de mi niña", dijo con dulzura la señora Hernández.
Frederick tenía que traducir todo para Margaret y John que, aunque no entendían el idioma, se sintieron encantados con la hospitalidad y alegría de los españoles que parecían cantar en lugar de hablar, eran muy efusivos, charlatanes y cariñosos. Margaret estaba especialmente feliz de ver que su hermano, después de tantos inconvenientes y sacrificios, había encontrado un hogar formado por gente buena y había encontrado el amor en esa joven morena que evidentemente lo tenía embrujado.
Cuando terminaron de comer los hombres invitaron a John a visitar los talleres y las damas se retiraron a ver como se encontraba el niño, dejando a Frederick y Margaret solos para que pudieran hablar. Fueron a dar una vuelta por el puerto.
"Qué hermoso lugar!", exclamó Margaret mientras admiraba los barcos atracados en la marina. Luego se volvió a su hermano, "Veo que estás totalmente integrado a la familia, me alegro mucho. Estaba tan preocupada por ti!"
"Y no te faltaban motivos, la pasé muy mal hermana", reconoció Frederick. "Todavía no puedo creer mi suerte, después de llegar aquí como fugitivo y sin un centavo, no sólo me dieron trabajo sino que además me dieron asilo, me abrieron las puertas de su casa y de su vida", dijo Frederick emocionado. "Viste lo alegres que son? No te imaginas cuánto bien me hizo estar en familia estando tan lejos de mi familia."
"Oh Freddy, cuánto debes haber sufrido!", Margaret estaba muy apenada por él.
"Y tú? Sola, en esa ciudad, teniendo que pasar por la enfermedad de mamá y luego su muerte y la de papá? No sé quién de los dos la pasó peor."
"Es verdad, yo también sufrí mucho, pero al menos estaba en casa."
"Puede ser pero… lo importante es que ya todo pasó y los dos estamos bien y felices", dijo Frederick cambiando el tono de la conversación. "Así que ese es el famoso Sr. Thornton? Te lo buscaste bien apuesto, no?"
"No me hables así!", lo retó Margaret pegándole un suave golpe en el brazo. "Todavía soy tu hermana mayor."
"Y qué tiene de malo? Es apuesto, Cata me lo dijo en cuanto lo vio. Y ella no se equivoca con los hombres, por eso me eligió a mi". Frederick le guiño un ojo.
"Veo que ya se te ha contagiado el salero español."
Caminaron un rato más, absortos en su conversación. Margaret le contó de su vida en Milton, de sus desencuentros con Jonathan, de cómo había decido volver a Londres con la tía Shaw luego de la muerte del señor Hale -'No sé si lo decidí yo en realidad, lo decidió ella y yo no tenía fuerzas para contradecirla ni quería pasar mucho tiempo más en una ciudad que sólo me había traído desdichas'-, le confesó su cambio de opinión sobre Jonathan durante el año que pasaron separados, su deseo de que John supiera que ella no era una mala mujer, le contó cómo la fortuna -o la mala fortuna- pusieron el destino de John en sus manos y ella no dudó en ayudarlo. 'Decidí ayudarlo porque me parecía que se lo merecía, nada más, pero cuando lo vi esa tarde en casa de la tía supe que lo amaba, por suerte él no me había olvidado aún.' Luego le habló de lo feliz que era estando casada, le contó su proyecto de la escuela e incluso le desveló su preocupación por el tema de los hijos, admitiendo que, aunque le dolía, trataba de no pensar más en eso y dejar que al vida decidiera.
Frederick le relató su llegada a España luego de varios meses de vagabundeo en los que se mantuvo haciendo pequeños trabajos aquí y allá y permaneciendo muy poco tiempo en cada lugar por miedo a que lo estuvieran persiguiendo. Cuando finalmente llegó a Cadiz en un barco pesquero ya estaba cansado de huir y decidió arriesgarse, confiando en que la marina inglesa no iría tan lejos por un simple marinero. Unos días después de llegar consiguió trabajo en el astillero Hernández, pero como no tenía dinero se escondía en los barcos que arreglaban para dormir y hacía cola en la iglesia con los mendigos para comer algo por las noches. En este punto tuvo que tranquilizar a Margaret que se había puesto a llorar al conocer las penurias por las que había pasado su hermano. El señor Hernández lo descubrió un día en el que había ido al taller más temprano que de costumbre pero en lugar de enojarse y echarlo le dio un lugar donde dormir en su propia casa y se aseguró de que tuviera una comida caliente todos los días. Los buenos modos de Frederick y su trabajo duro hicieron que la familia lo apreciara enseguida, incluso los hermanos de Catalina que, lejos de estar celosos del nuevo favorito de su padre, agradecieron la buena predisposición de Frederick para el trabajo y delegaron muchas cosas en él. Poco a poco fue ganando posiciones en el trabajo, aumentó el aprecio de la familia por él y se enamoró de Catalina. 'Es tan distinta a las muchachas inglesas! No sólo físicamente sino por su carácter, es alegre, simpática, canta y habla mucho y en voz alta. Además es preciosa, no?' Margaret asintió. Le contó que enseguida se dio cuenta de que a ella también le gustaba pero como sus padres son muy tradicionales, tenían miedo de revelar sus sentimientos. La madre de Catalina fue su mejor aliada y con tiempo y paciencia convencieron al señor Hernández.
"Pero dime… ellos saben la verdad?", Preguntó Margaret dudosa.
"Por supuesto", respondió enérgicamente Frederick. "Tenía que decírselos, fueron tan generosos conmigo que no podía mentirles. Un día salimos a navegar un velero recién reparado para probarlo. Para ese entonces yo sentía que estaban empezando a aceptarme como parte de la familia y me pareció un buen momento para hablar. Les conté de mis días en la marina y de cómo la felicidad fue transformándose en pesadilla hasta que les conté toda la verdad. Se quedaron callados por tanto tiempo que llegué a pensar que estaban buscando la manera de deshacerse de mi." Margaret dio un grito ahogado. "Es cierto hermana, no sabía qué pensar. Permanecieron casi en silencio durante todo el camino de regreso y por el resto del día. Al día siguiente era domingo así que no había que trabajar y me quedé encerrado en la habitación, nadie vino por mi. El lunes no me quedó más remedio que ir a trabajar y fui dispuesto a renunciar y alejarme de allí lo más rápido posible. Cuando llegué estaba ahí el señor Hernández, solo, que me pidió que pasara a su oficina.
'Si lo que nos contaste es verdad, has hecho algo muy cuestionable, muchacho', me dijo.
'Lo que le dije es verdad señor y sé que lo que hice no fue lo mejor pero en ese momento me pareció la única alternativa. El comandante se estaba aprovechando de nosotros y no podía ni quería permitirlo.'
'Puedo entenderlo pero dime… lo volverías a hacer?'
'Si me encontrara en una situación similar y mi vida y la de mis compañeros estuviera en peligro, sí, lo volvería a hacer.'
'Eso es lo que quería oir. La verdadera patria es nuestra familia, son nuestros amigos. No has traicionado a tu patria al defender a tus compañeros, la has defendido. Ojalá las instituciones pensaran más en las personas y menos en los reglamentos. Lamento las penurias por las que has tenido que pasar y ya que no puedes volver a tu casa por ahora, espero que tomes la nuestra como tuya.'
"Tengo que ir a agradecerle a ese hombre", dijo Margaret emocionada.
"No hace falta, no quiere agradecimientos. Además ya se lo cobrará si no me porto bien con su hija", le contestó Freddy riendo mientras volvía a la casa tomados de la mano.
…
Margaret tenía temor de que Jonathan y su hermano no congeniaran pero resultó que se llevaban de maravillas y eso la alegró mucho. Ambos hombres encontraron en el otro el hermano que nunca habían tenido y descubrieron que tenían muchas más cosas en común de las que jamás hubieran imaginado, entre ellas el amor por el mar. John nunca había navegado pero en cuanto se subió a un velero se sintió en las nubes. Salían a navegar todos los días y rápidamente aprendió como manejar una embarcación, a reconocer los vientos y la marea. Cada tarde, cuando volvía a la casa, no hacía más que contarle a Margaret sus aventuras en el mar. Mientras tanto ella pasaba el tiempo con Catalina en quien encontró una verdadera amiga. También disfrutaba de su sobrino, un niño precioso y vivaz, idéntico a su hermano cuando era chico.
Mientras estaban allí les recomendaron tomarse unos días para visitar algunas de las ciudades más bellas de España y del mundo: Sevilla, Córdoba y Granada. Como el viaje era bastante largo y no querían separarse de la recién recobrada familia, el señor Hernández le dio permiso a Frederick y así partieron las dos parejas, dejando al pequeño Ricardo al cuidado de sus abuelos y tíos. En Sevilla se maravillaron con los Reales Alcázares, la Giralda y la Catedral, además pasearon a orillas del Guadalquivir y hasta se aventuraron en los barrios gitanos para admirar las cuevas en que vivían. En Córdoba admiraron la maravillosa mezquita y aprendieron la historia de una región marcada por la convivencia de tres religiones -cristiana, judía y musulmana- y asistieron a corridas de toros que espantaron a las mujeres y despertaron fanatismo entre los hombres. Finalmente llegaron a Granada para quedarse sin palabras frene a la magnífica Alhambra. El Patio de los Arrayanes, el de los Leones, las habitaciones del Palacio, el Harem… a medida que avanzaban sentían que se estaban sumergiendo en otra época y que la hipnótica decoración de los techos y los muros los arrastraba a otro mundo.
Antes de partir de regreso a Cádiz se detuvieron por última vez a ver la Alhambra desde un mirador conocido como "el suspiro del moro". 'Cuenta la leyenda que cuando el rey moro abandonaba Granada, luego de ser desterrado por los Reyes Católicos al perder el control de la ciudad, se detuvo en esta misma colina, miró hacia el palacio que tanto adoraba, dio un suspiro y rompió a llorar y su madre le dijo: Lloras como mujer lo que no has sabido defender como hombre', les contó el guía que los había acompañado en el recorrido. Ellos no sabían si la leyenda era cierta pero definitivamente esa era una visión que emocionaba hasta las lágrimas.
…
"No puedo creer que ya haya terminado nuestro viaje", decía Jonathan mientras terminaba de armar el equipaje.
"Yo tampoco y no quiero irme!", se lamentó Margaret. "Quién sabe cuándo volveré a ver a mi hermano y a Catalina y al pequeño Richard…"
Jonathan se acercó a su esposa y la rodeó con los brazos.
"Sé que esto es muy duro para ti pero piensa que Frederick está bien y feliz, ahora pertenece a una hermosa familia y está empezando la suya propia."
"Pero yo también soy su familia y no podemos estar juntos."
"Así son las cosas querida, trata de ver el lado positivo", John no sabía cómo consolarla.
"Claro, tienes razón. Todo va a estar bien", Margaret angustiar quería angustiar más a su esposo así que trató de animarse. "Lo que más me alegra es que hayas conocido a Frederick y que se lleven tan bien."
"Fue un placer conocerlo y una sorpresa. A pesar de ser muy joven es increíblemente maduro y sensato. Un gran hombre. Lamento que estemos tan lejos, nos hemos hecho muy buenos amigos."
"También vas a lamentar vivir lejos del mar, verdad?"
"Sí! Nunca creí que navegar me gustaría tanto", John estaba realmente entusiasmado. "Tendría que buscar algún puerto cerca de Milton para practicar de vez en cuando. Le preguntaré a Paul, hace poco me contó que en América había aprendido a navegar y que le gustaba mucho y creo que mencionó un puerto en…"
"Olvidé mencionarte que recibí carta de Romola!", lo interrumpió Margaret.
"Cuándo?"
"Ayer pero sólo lo recordé ahora cuando escuché el nombre de Paul", Margaret revolvió en un pequeño baúl hasta que encontró la carta. "Hay buenas noticias. Toma, lee!"
"Querida Margaret,
Espero que hayan tenido un buen viaje y que estén disfrutando de tus días con tu hermano y más que nada espero que esta carta llegue antes de que emprendan el regreso porque tengo mucho que contarte. Hace apenas unos días que ustedes se fueron pero ya hay novedades. Tú sabes de qué.
Un par de días después de la cena en tu casa me encontré por casualidad con Paul en la calle y me acompañó unos momentos. No hablamos de nada importante pero al menos pudimos mantener una conversación tranquilamente. Al otro día volvimos a cruzarnos y el siguiente también y el otro y el otro. Es cierto que Milton no es una ciudad grande pero parecía que elegíamos siempre las mismas calles. Obviamente no era así. Finalmente decidimos darnos el tiempo suficiente para hablar y prometimos ser honestos. Nos encontramos una tarde y como ya nos conocemos demasiado bien, ni siquiera intentamos la farsa de un té o una cena formal, fuimos directamente al grano. Las reglas eran que cada uno podía decir exactamente lo que había sentido, lo que sentía, y el otro debía escuchar. Fue una situación tan difícil, amiga. No puedo contarte todo lo que nos dijimos, no me alcanzaría un libro para hacerlo, pero sí te diré que reímos, lloramos, nos enojamos, nos hicimos reproches muy duros. Incluso llegué a pegarle una bofetada y Paul no me la devolvió sólo porque es un caballero.
Te pido que no te preocupes cuando leas esto, te aseguro que estoy bien y de hecho, creo que ese encuentro fue sanador.
Como podrás imaginar nuestros caminos no volvieron a cruzarse en los días siguientes, creo que Paul hizo un breve viaje a Londres, y yo ya estaba empezando a aceptar que mi relación con él había terminado definitivamente y casi me sentía aliviada. Durante todos los años que pasamos lejos luego de nuestra separación, íntimamente mantuve la esperanza de volver a verlo y, tal vez, de algo más. Ahora sí la cuestión era definitiva y saberlo me había sacado un peso de encima. Estaba muy triste pero extrañamente tranquila, pero cuando menos me lo esperaba Paul se apareció muy serio -yo ni siquiera sabía que había vuelto- y me dijo que había sido un tonto y poco hombre al dejar que nuestra relación se arruinara, que se había arrepentido de nuestra separación cada día de su vida, que nunca había dejado de amarme, que al volver a verme confirmó que jamás habría otra mujer para él y que quería volver conmigo porque había madurado y creía que yo también y porque una historia como la nuestra merecía otra oportunidad. Me profesó su amor y me pidió que le hiciera el honor de casarme con él, otra vez.
No sé cómo describir lo que sucedió después, casi no lo recuerdo porque en cuanto Paul empezó a hablar una profunda emoción invadió mi corazón porque, a pesar de haberme dicho a mi misma que lo había superado, la verdad es que yo tampoco había dejado de amarlo. Nunca olvidaré la expresión de su rostro cuando se lo dije, era una mezcla de sorpresa, felicidad y alivio.
Para sintetizar, la boda es en dos meses!
Nos hubiéramos casado ya pero realmente deseamos que Jonathan y tú nos acompañen. Vuelvan pronto o nos encontrarán de luna de miel!
Termino aquí la carta porque quiero reservar algunas cosas para cuando nos veamos en persona. Por favor dale un saludo muy grande a Jonathan de mi parte y también a tu hermano, aunque no lo conozco.
Buen viaje!
Sinceramente tuya, Romola
PS: Anne está cada vez más embobada con su hija pero tiene razón porque es una niña preciosa y muy sana. Te manda saludos, está tan ocupada que no tiene ni tiempo de escribir."
"Qué me dices?", le preguntó Margaret a John cuando vio que había terminado de leer.
"Qué bueno, no? Creo…", John estaba anonadado.
"Pero cómo, no te alegras?"
"Sí claro es sólo que me sorprende la manera en que se dio todo. Me parecía que Paul todavía sentía algo por Romola pero no lo veía muy decidido."
"Bueno, por suerte se decidió y ahora están juntos y se van a casar y…"
"Y no me digas te lo dije porque me voy a enojar."
…
Se despidieron de Frederick, Catalina, el pequeño Richard y la familia Hernández con verdadero pesar, habían pasado unos días fantásticos con ellos y no tenían deseos de regresar. En el muelle se prometieron volver a verse pronto más por las ganas de que eso sucediera que por la posibilidad de que pasara. John temía que Margaret llorara mucho durante la despedida pero, a pesar de que estaba triste, sabía que Frederick estaba a salvo y eso la dejaba muy tranquila. 'Tal vez podamos volver algún día, verdad querido?', le preguntó mientras se acomodaban en la cubierta para ver la partida. 'Claro', le contestó John mientras la envolvía en sus brazos para protegerla, como siempre.
Si el viaje de ida había sido un placer y un descanso, el de vuelta fue todo lo contrario, el tiempo no fue bueno y el mar estuvo picado durante varios días. Margaret sufrió bastante estos contratiempos y tuvo que permanecer casi todos los días en el camarote, en cama. Cuando llegaron a Inglaterra supusieron que su malestar desaparecería pero no fue así y entonces Jonathan sugirió quedarse en Londres por unos días en lugar de viajar directamente a Milton para que Margaret pudiera descansar pero ella se opuso, prefería estar en su casa segura de que así se sentiría mejor.
El viaje en tren no fue lo mejor para el estado de Margaret y el ambiente contaminado de Milton tampoco ayudaba. Tan mal se sentía que no quería ver a nadie, ni siquiera a Romola y a Anne. Jonathan empezó a preocuparse y con la ayuda de Hannah convenció a Margaret de llamar al médico. Durante la visita John se paseó nervioso por el pasillo frente a la habitación hasta que la puerta se abrió y Hannah, que acompañaba a Margaret, le pidió que pasara. La escena que vio no era muy alentadora: Margaret estaba tendida en la cama, pálida y demacrada, tenía el brazo extendido y se notaba la marca de la extracción de sangre, intentaba sonreír pero estaba tan débil que no conseguía más que una mueca. 'Oh Dios', pensó John, 'qué sucede?' El Doctor se volvió hacia él.
"Señor Thornton, he examinado a su esposa y debo decirle que su condición es muy común y con los cuidados necesarios no habrá ningún problema…"
"Condición? Qué condición? Qué tiene, por favor?", lo interrumpió Jonathan desesperado, tomando al médico de las solapas.
"No se altere señor Thornton", dijo el Doctor con calma, estaba más que acostumbrado a ese tipo de escenas. "Es algo de lo más simple realmente. La señora Margaret está embarazada. Tendrá que cuidarse mucho, no hacer esfuerzos y estar en reposo todo el tiempo que pueda pero con esos recaudos estoy seguro que todo saldrá bien."
John había dejado de escuchar después de la palabra 'embarazada' y su expresión fue variando de la preocupación a la sorpresa. Se volvió hacia su esposa que lo miraba medio asustada, cómo no sabiendo cuál sería su reacción. Cuando sus miradas se encontraron la sonrisa afloró en el rostro de ambos y estallaron de felicidad. Jonathan se precipitó hacia la cama y la abrazó tan fuerte que Hannah tuvo que pedirle que tuviera cuidado. Siguieron abrazados un rato largo y ni siquiera notaron cuando Hannah y el Doctor se retiraron. Finalmente John se separó un poco de ella para verle el rostro, nunca había estado tan bella.
"Te amo", fue todo lo que le dijo.
Y se fundieron en un beso bañado por las lágrimas de felicidad más dulces que jamás hubieran saboreado.
