Hola a todos, me esforcé mucho para escribir este capítulo y expresara lo que quería, creo que me resultó. Espero que les guste, aunque estoy segura que no los hará felices precisamente, pero entrega mucha información importante de la historia.
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Capítulo 21: Traición
Las calles de Nueva York no se diferenciaban mucho de día o de noche. La luz artificial era suficiente para reemplazar el sol, excepto en los callejones más alejados del centro, que sin importar la hora permanecían sombríos. De una de esas sombras surgieron dos chicos; uno de ellos cayó al suelo.
-¿Estás bien? –preguntó el mayor.
-Sí –respondió el menor-. Puedo resistir más que antes. Al menos ahora no pierdo la conciencia.
-A medida que crecen tus poderes irán aumentando y, si prácticas, pronto lo dominarás. Siempre te causará cansancio, porque los viajes sombra requieren mucha energía, pero los cortos no serán nada… También mejorará tu orientación, porque esto no parece Central Park.
-La vez anterior si le atiné –se defendió el chico.
El joven de negro se rió, tendiéndole la mano al menor, ayudándolo a levantarse.
-Busquemos algo de comida y…
Un quejido silenció al mayor, quien escudriñó las sombras, mientras sacaba una espada de su bolsillo. Le indicó al menor (también había sacado su espada) que permaneciera detrás, y rodeó lentamente el cubo de basura en medio del callejón.
Entre las sombras, encogido, había una persona sollozando. La luz que irradiaba la espada les permitió ver la espalda herida del enorme sujeto.
-Black… -susurró el menor-, ¿qué hacemos?
El hombre pareció escucharlo, porque se giró a mirarlos. Los tres reaccionaron diferente: el hombre aumentó su llanto, tratando de apegarse a la pared, el chico dio un paso hacia atrás, asustando, y el joven sostuvo con firmeza su espada, pero no se movió.
Pasaron los minutos y ninguno hizo nada más.
-¿Qué le pasa? –preguntó Nico, confundido-. Es un cíclope, ¿cierto?
El mayor no respondió, pero se acercó al cíclope, hincándose a su lado.
-No te haremos daño –le dijo con calma.
El cíclope lo miró sorprendido, pero aún temeroso, y luego desvió la vista a la espada.
-La necesito para ver –explicó el joven-. Soy… Black y él es Nico.
-Son semidioses –preguntó el cíclope.
-Así es –confirmó Black-. ¿Estás sólo? –El cíclope asintió-. ¿Quieres venir con nosotros?
-¡Black! –llamó Nico, asustado. Pero el mayor lo ignoró.
El cíclope miró con atención al Black, a pesar de que no podía ver su nombre.
-Mi padre…
-Lo sé –Black lo interrumpió.
-¿Tú también? –susurró el de un ojo.
Black se demoró en contestar, luego movió levemente la cabeza en afirmación y llevó un dedo a su boca, pidiendo que guardara el secreto.
-¿Cómo te llamas? –le preguntó Black.
-Tyson –respondió el cíclope, secándose las lágrimas.
-Un placer, Tyson –dijo Black, ofreciéndole una mano-. ¿Vendrás con nosotros?
El ciclope aceptó la mano y ambos se levantaron.
-Nico, te presento a Tyson –indicó Black-. Él también es hijo de los dioses.
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Annabeth estaba cansada de la situación.
Quirón la esquivaba cada vez que lo buscaba por información, parecía no entender la importancia de conocer lo que pasó en la guerra contra Cronos, especialmente ahora que el titán los amenazaba nuevamente. El colmo era que los demás en el campamento no sabían nada, por lo que no podía preguntarle en público, conclusión: las instancias eran limitadas, por no decir nulas.
Pero eso iba a terminar.
La cena recién terminaba y los campistas se reunían para contar historias al lado de la fogata. Yo tenía otros planes.
Alcancé a Quirón en su mesa cuando estaba por retirarse.
-Annabeth –me interrumpió antes de decir ni una palabra-, ya hablamos de esto. No sirve de nada saber qué pasó en el pasado, preocúpate por el futuro.
Esta vez estaba suficientemente molesta para no aceptar eso.
-Pero…
El maravilloso discurso que había planeado desapareció con mi cuerpo cuando todo se volvió blanco. ¡Increíble! No podía ser menos oportuno.
Volví a aparecer en la cabaña de Poseidón. Esta vez todos estaban durmiendo. Entonces alguien se levantó: era An.
La niña miró confundida alrededor.
Se veía adorable con la cara somnolienta y todo el pelo alborotado (más de lo normal). Sólo vestía con una camiseta larga.
Miró con el ceño fruncido una cama vacía y comprendí que debía ser la de su hermano, porque no lo reconocí en las otras camas.
An salió de la cabaña y, obviamente, fui tras ella. La seguí a través de las cabañas hasta el muelle y la vi inclinarse sobre el agua. ¿Qué pasaría si se tira?
-No está ahí –dijo alguien a nuestras espaldas.
Ambas volteamos y vimos al chico que era hijo de Zeus, el de cabello largo. Creo que su nombre era William.
-¡Will! –exclamó An, sorprendiéndome. Corrió a abrazar al chico, sollozando. El muchacho sólo la sostuvo por los hombros, con el rostro sombrío-. Creímos que tú…
-Estoy bien –dijo el muchacho.
-Pero, mi hermano dijo…
-Lo sé, lo acordamos entre ambos.
Estaba perdida, y creo que An también.
-¿Por qué? –preguntó ella.
-Te lo contaré todo. Ven.
Pero An no lo siguió, lo miraba confundida.
-Deberíamos ir con Zack.
La mirada del chico se contorsionó levemente y luego trató de sonreír.
-Es una sorpresa. Ven, Percy no espera.
¿Percy? ¿Quién…? ¿Podría ser por Perseus?
An siguió al chico a través del bosque, en silencio.
-¿Dónde está mi hermano? –preguntó la niña, deteniéndose. Me sorprendió su seriedad.
El chico también se detuvo, pero se mantuvo dándole la espalda.
-¿Qué pasa? –la cuestionó-. ¿No confías en mí?
-Mi hermano dijo que no volverías, todos pensamos que habías muerto. ¡Quemamos tu sudario junto con los otros de los que murieron en la guerra!
Eso, tal vez, significaba que ya había terminado la guerra. Artemisa dijo que un día después la traición cayó sobre el campamento. ¿Era ese día?
-Supongo que Percy pensó que estarían mejor creyendo que había muerto –dijo con frialdad el chico.
-Will –susurró An, con su voz cargada de tristeza-. ¿Dónde está mi hermano? –Esta vez preguntó con temor, casi desesperación.
William se giró. En sus manos tenía una espada larga y negra, pero la sangre que la cubría era claramente notoria.
-¡No! –gritó An. Llevó una mano a su cuello y la bajó con un cuchillo. Se lanzó sobre el chico, golpeando la empuñadura de la espada. Pero él no se defendió y la espada golpeo el suelo.
-¡No! –An volvió a gritar-. ¿Por qué?
Entré en pánico cuando llevó el cuchillo al cuello del chico…
-¡Andrómeda!
Sentí como si mi corazón se hubiese detenido. Y An parecía igual.
Perseus estaba a unos metros. Pero…
An dejó caer el cuchillo y su rostro se cubrió rápidamente de lágrimas.
-No, hermano… -susurró.
Tenía el hombro y el brazo derecho cubiertos de sangre. De hecho, la sangre corría por su costado, manchando sus pantalones.
-Ven –dijo Perseus, tendiendo la mano izquierda a su hermana.
An no alcanzó a dar un paso, porque William la sujetó por detrás.
-Déjala ir –ordenó el hermano de An; estaba furioso.
-Te iba a ahorrar esto. Debiste quedarte donde te dejé –dijo el hijo de Zeus-. ¡Debiste haber muerto! –Luego susurró-: Era lo mejor para ti…
-Déjala ir –repitió Perseus, sacando una espada del bolsillo de su pantalón (más tarde tenía que procesar eso).
Los ojos de William mostraron miedo por un momento. Luego se movió hacia su costado, revelando un agujero negro que comenzaba a crecer en el suelo. Era como si un hoyo negro creciera tragándose la tierra.
-No puedo ganarte –dijo William-, pero puedo debilitarte.
-¿Qué es eso? –preguntó An, mirando el agujero que ya tenía varios metros, y del cual no se veía el fondo. William no le respondió.
-¿Por qué? –preguntó Perseus, acercándose.
-Me cansé de ser el chico amable –respondió William, con amargura-. El hermano débil…
-Will –dijo An-, todos te queremos mucho…
-¡No quiero que me quieran! –replicó-. Quiero que me respeten, me admiren, que me sigan… como a mi hermano… como a ti –escupió con odio hacia el hijo de Poseidón-. Eres un tonto, rechazaste el poder, la gloria eterna…
-Eso no…
-Crees que todo ha terminado, pero mi plan recién comienza.
-Haz perdido, Will –declaró Perseus, ya a pocos metros.
-No –rió el chico-. Destruir a los dioses de frente es una pésima estrategia, es imposible, pero tengo un mejor plan.
En ese momento comenzaron a escucharse rugidos y gritos estruendosos desde el campamento. No se veía nada, por lo árboles, pero comenzaron a elevarse columnas de humo.
-¿Qué hiciste? –preguntó Perseus, por primera vez mostrando un rostro con miedo.
-Sólo traje algunos amigos que quieren venganza –respondió con maldad. Espero nunca ver esa expresión en los ojos de Thalia, porque la locura era aterradora.
-Pero, ¿cómo entraron? –murmuró An-. La barrera…
William empezó a reír a carcajadas.
-Me costó encontrarlo –dijo, mostrando un estambre de hilo rojo-. Pero el laberinto recorre todo el continente.
-¿El laberinto? –cuestionó Perseus. Dio un paso más, pero cayó de rodillas. Su rostro estaba pálido, había perdido mucha sangre.
-¡Hermano! –exclamó An, tratando de ir con él, pero su captor no la soltó.
-Sin ti, ellos no ganarán –se burló Will.
-Te olvidas de Zack –dijo Perseus, mirando los rayos que iluminaban por sobre los árboles.
El rostro de William se contrajo con molestia.
-Mi hermano es fuerte, pero es a ti a quien todos siguen. Sin su líder, el campamento caerá.
-¿Cómo puedes hacer esto? –le gritó An.
Will la sujetó con fuerza y la empujó a la orilla del enorme y oscuro foso.
-Will –murmuró aterrada la niña, tocando la mano que la tenía apresada.
-Esto no es parte de mi plan –explicó el hijo de Zeus-. Sabes qué es, ¿cierto? –le dijo a Perseus. Él se puso de pie.
-Una entrada al Tártaro –murmuró, enviándome escalofríos-. Will, deja ir a mi hermana. –Su voz expresa mucho miedo y desesperación.
-No te preocupes –dijo William-. Ella no pasará por eso, no lo merece.
An miró sobre ella al chico, y él la miró con tristeza.
-Lo siento –le susurró.
An abrió mucho los ojos, la sorpresa y el dolor atravesaron su rostro.
-¡No! –rugió su hermano, abalanzándose hacia su hermana, pero William la empujó hacia el abismo.
No debe haber pasado más de unos segundos, no alcancé a respirar ni a sorprenderme: vi a An caer, mientras su hermano se lanzaba hacia ella y al mismo tiempo arrojó su espada al hijo de Zeus, quien tenía un cuchillo ensangrentado en la mano… La espada se clavó en el hombro de William, quien gritó de dolor.
Traté de respirar, gritar, despertar, pero no tenía cuerpo, no podía controlar esto… No quería seguir viendo, era demasiado cruel, aún peor de lo que había pensado.
Me sorprendí cuando me deslicé hacía el foso, al igual que el traidor…
Seguían ahí, seguían vivos.
Dos metros más abajo, sujetado a un borde, estaba colgando Perseus, mientras que An se sujetaba a su mano derecha. Mi mente se movió a la altura de la niña y vi su espalda con sangre.
-Actuaste exactamente como pensé qué lo harías –dijo William desde arriba. Tenía la espada de Perseus y la arrojó al abismo-. La necesitarás.
-¿Cómo pudiste? –rugió el hermano de An-. Te perdoné, te di una segunda oportunidad.
-Sí, y gracias a eso pude llevar a cabo mi plan. Te lo agradezco.
Los ojos de Perseus se abrieron con sorpresa y dolor.
-Y, como dije, An no tiene el mismo destino que tú. –Mostró el cuchillo con sangre-. Tiene veneno, morirá en cuanto llegue a su corazón. Ya no debería sentir dolor.
An lucía sorprendida, como si no creyera lo que estaba pasando.
-Percy –susurró William-, gracias.
El hijo de Zeus desapareció.
-Hermano –dijo An-, tenemos que… ¡Aaahh!
Sorprendentemente también lo sentía: una fuerza nos empujaba hacia la oscuridad. Tenía miedo, podía imaginar cómo estaban los hermanos.
-Hermano, tengo miedo –gimió An, tratando de aferrarse con fuerza a la mano de su hermano, que probablemente estaba resbalosa por la sangre que resbalaba entre ambos.
-An… Andrómeda, te sacaré de aquí –le susurró con calma-. Trata de subir.
An trató de calmarse y estiró su brazo hacia el borde, mientras su hermano la jalaba. Cuando lo alcanzó, el viento que lo empujaba tomó más fuerza y el borde se desprendió. An gritó y volvió a sujetarse de su hermano.
El viento hacia parecer como si el foso gruñera, mientras los bordes comenzaban a desprenderse, como si se tragara a sí mismo.
La mano de Perseus sangraba por la fuerza que aplicaba para sostenerse y su brazo derecho parecía sangrar mucho más, probablemente por la fuerza que hacía por sostener a su hermana.
-¡Hermano! –gritó An, cuando la sangre se deslizó por sus brazos, impregnando su vestido-. Tu brazo… -sollozó-. Hermano… déjame… de todas formas yo…
-Andrómeda –el chico miraba con cariño a su hermana-, vas a vivir. Tienes que vivir. Si llegas al rio puedes sanar. Te voy a sacar de aquí.
-Pero… -An miró el borde del abismo, seguro pensando que se desprendería en cualquier momento. Yo también lo pensaba; la fuerza que los empujaba era muy fuerte, e incluso sin ella, cualquier movimiento brusco haría ceder el agrietado borde.
-Andrómeda –la llamó-, le prometí a mamá que te cuidaría.
Donde debería estar mi corazón se contrajo; esas palabras, dichas en ese momento, sólo tenían una interpretación.
-¡No! –gritó An, al mismo tiempo que su hermano la jalaba con fuerza hacia arriba. El borde comenzó a desprenderse, no iba a funcionar, su brazo herido no era capaz de ganar a las fuerzas del Tártaro-.
-¡Ya basta! –gritó An, soltando su agarre, pero su hermano la sostuvo con fuerza-. ¡Hermano!
-¡Déjala! –rugió con furia Perseus y la fuerza de su voz me atravesó, haciendo eco en el abismo; el viento se detuvo bruscamente y, usando el impulso, Perseus jaló a su hermana con fuerza, arrojándola hacia arriba. Entonces el borde se desprendió… como en cámara lenta, traté de arrojarme hacia él, tratando de alcanzarlo, pero todo se oscureció…
Al segundo siguiente aparecí al lado de An, en tierra firme.
-No –susurró la pequeña niña, acercándose al borde del abismo. No había nada, sólo oscuridad-. Prometiste que siempre estaríamos juntos…
Dolía mucho verla sufrir así, su llanto desgarrador, su frágil cuerpo cubierto de sangre. Su dolor lo sentía como propio, había soñado tantas veces con ella que ya la sentía como mi propia hermana. Y su hermano… ¿Por qué? ¿De qué sirvió ver todo esto? Parecía como si alguien cruel estuviera jugando con mis sueños, riéndose mientras yo miraba impotente.
-A… Agua –murmuró An, tratando de calmar los espasmos que recorrían su pequeño cuerpo.
Se levantó con dificultad. Me preocupó ver sus labios morados y ojeras marcadas, aparte de sus ojos rojos y la sangre que brillaba en su blanco vestido.
-Agua –repitió, dando algunos pasos. Recordé lo que dijo su hermano, que el agua la podía sanar. Entonces, ¿no era el fin?
Cuando comenzaba a tener esperanzas los rugidos, que ya había olvidado, volvieron a resonar, esta vez con mucha fuerza. No era los rugidos que hacen los monstruos cuando son derrotados o cuando atacan, nunca los había escuchado, pero estaba segura que eran rugidos de victoria.
An se dejó caer de rodillas, y sus lágrimas reanudaron su marcado camino.
-No puedo –sollozó, doblándose sobre sí misma. Llevó una mano a su pecho, sobre su corazón. Tal vez podía sentir el veneno impregnando su corazón, robándole la vida. Me acerqué a ella, como si estuviera de rodillas a su lado-. Lo siento, hermano –susurró suave, cerrando los ojos…
Su cuerpo, y todo lo demás, desaparecieron cuando todo se volvió blanco.
…
-¡Ya vuelve en sí!
-¡Annabeth!
Abrí los ojos, viéndome rodeada de campistas, aunque todos estaban borrosos por las lágrimas que sentía mojar mi rostro. Me dolía mucho el pecho, como si alguien lo presionara, y tenía la garganta irritada.
-Annabeth –dijo alguien a mi lado.
Logré enfocar a Lucke y Thalia, quienes me miraban preocupados. Detrás de ellos se alzaba la gran figura de Quirón.
-Tranquila, ya pasó –dijo Lucke, probablemente entendía que había vuelto a soñar con An…
An… ella… estaba segura que no la volvería a ver.
Me arrojé sobre mis amigos, incapaz de controlar mi llanto, anhelando su contacto físico. Necesitaba saber que estaban ahí, que los podía ayudar si fuera necesario.
