No al plagio


Capítulo veinte: Diente de León


Me estaba volviendo viejo. Esa maldita mujer había actuado muchísimo antes de lo planeado y me echó a perder el plan «A»; tendría que utilizar el siguiente plan si quería ayudar a mi nieto.

No me sorprendí cuando llegué al Bosque Prohibido y encontré al loco director esperándome fuera de la cabaña de Hagrid: regaba las calabazas y les hablaba como si fuera experto en jardinería.

—¡Oh! Qué agradable sopresa verte por los terrenos de Hogwarts, Toharu —dijo cantarín el hombre.

Viejo loco.

»Puedo imaginar la razón por la que vienes tan apurado, pero he de decirte que llegaste tarde —¿en serio? Créeme que si no me lo hubieras dicho no lo hubiera notado nunca—. La señorita Granger ha liberado a la jóven Lovegood de su juramento a cambio de ser ella la esclava completa de Bellatrix —continuó con seriedad (y sin dejar de regar las calabazas)—. Puedo percibir el dolor del joven Malfoy en el ambiente, ¿sabes? —terminó dando un vistazo al enorme castillo que estaba a su espalda.

Por muy loco que estuviera ese hombre, debía admitir que no se le escapaba absolutamente nada y no sólo me lo confirmó con sus palabras anteriores:

—Tu tiempo se acaba, Toharu —sentenció, agachándose a cortar un pequeño diente de león que había crecido entre las grandes calabazas de semigigante—. Sé que puedes sentir que tus poderes se estan debilitando y que poco a poco estás muriendo; y si te hago perder el tiempo en estos momentos es únicamente para que Draco pueda tener unos minutos de vulnerabilidad sin aue nadie esté presente.

—No tienes que decir qué hacer, anciano. Sé perfectamente cuál es mi papel en este cuento… y, sobretodo, sé cuál es el tuyo.

El silencio se hizo denso, pero ninguno de los dos apartaba la mirada del otro. Lo retaba a llevarme la contraria, aún sabiendo que yo tenía las de perder.

—Es tu última oportunidad de redimirte, Gran Elfo Toharu —expresó al tiempo que levantaba la flor a la altura de sus labios para dejar salir su hálito sobre ella, logrando que las pequeñas florecitas volarán libres. Representaban lo que yo añoraba desde hacía cientos de años: libertad.

—Prometo no decepcionarte, Albus —dije solemne mientras me arrodillaba ante él—. Después de todo, sigues siendo el guardián del bien y el mal.

—No te enfoques en decepcionarme; mejor, enfócate en no decepcionarte a ti mismo y en perdonarte lo que tú no provocaste.

—Eso último te lo refuto —siseé con la ira recorriendo mi venas.

Sus ojos, que no se habían apartado de mí, me miraron con cierta ternura y comprensión. Lo odiaba. Odiaba que ese estúpido viejo quisiera actuar como el abuelo de todos y repartiendo misericordia por el mundo a descarriados —sabía que no era el único con esos pensamientos—; aunque tampoco podía negar que atesoraba en lo profundo de mi corazón lo que él hacía por mí.

Sacudió la cabeza en negación antes de volver a hablar—. Ya vete. Draco está preparado.

No lo pensé dos veces antes de desaparecer y aparecer frente a la puerta de la sala de menesteres.

*elfitos*lindos*

—¡Pero si es la sangre sucia, señores! —Un coro de carcajadas acompañó las palabras de Bellatrix.

Estaba atrapada en mi propio cuerpo y no podía hacer nada para liberarme; me tuve que conformar con soltar un suspiro lastimero en mi mente. Cuando le dije a Luna que no se preocupara por las consecuencias del juramento, más que nada, escondía que ella no había sido participe de él: nadie se dio cuenta de que había sido una ilusión la cortada de Luna. Nadie pensaba que la hija de muggles era capaz de manejar magia sin varita y de crear con magia natural escenarios que parecían tan reales, pero que podían ser traspasados; fue muy arriesgado aplicarlo frente a la loca que tenía en frente, sin embargo, salió como lo planeé.

Yo era la prisionera.

La pregunta principal era cómo iba a salir de las garras de esa mujer, por segunda ocasión. La primera vez salí viva; la segunda, deseaba salir igual.

—¿No se suponía que eran una sangre sucia y una traidora a la sangre las que tenía a mis servicios? —preguntó con molestia disfrazada de curiosidad. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

—Así es, señora.

Silencio.

—¡¿Y dónde cojones está la otra escuincla?! —cuestionó sin dirigirse a alguien en particular para, luego, posar su mirada sobre mí; ni me inmuté al tener su atención—. ¡Tú —rugió—, pequeña perra listilla! Más te vale que respondas con la verdad sobre el paradero de la que falta.

Me límite a bajar la cabeza en señal de sumisión—: Yo no sé nada, señora. No estaba con ella cuando nos llamó. Se supone que debería de estar aquí, respondiendo… Aunque imagino que sino lo hizo, ya debería estar muerta. ¿No lo cree?

Que fuera su esclava y que no sintiera emoción alguna no quería decir que me había vuelto estúpida. Mi mente trabajaba al cien bajo un letargo emocional tan conveniente y perjudicial a la vez. Esperaba que Draco no cometiera una locura y que aprovechara el tiempo que le había dado para salvarla.

Era bastante claro que estaba asustada, porque no sabía a ciencia cierta de lo que era capaz de ordenarme Bellatrix (por mucho que me hiciera a la idea).

—¡Mentira! —gritó con furia—. ¡Me estás mintiendo, mocosa estúpida, y eso se paga caro! ¡Crucio!

El dolor era insoportable. Pero no podía quejarme sino quería se diera cuenta de que tenía mi mente libre.

Jadeé con alivio cuando paró—. Puede comprobarlo, señora, sienta por medio del lazo si le miento a no —hablé con voz monótona, como si haber recibido un potente crucio fuera lo normal de todos los días.

Alzó una ceja con sorna y sonrió.

—Claro que sé que no me mientes —comentó con voz aniñada y riendo.

Entonces, ¿por qué la maldición?

Y, como si leyera mi mente, respondió.

—No iba a dejar ir la oportunidad de jugar un rato con mi nuevo juguete, mientras llega el que deseo —sentenció con una sonrisa malvada y otro crucio impactó mi cuerpo.

Serían las veinticuatro horas más largas de mi vida.

*elfitos*lindos*

Estaba fuera de mí. Rememoraba una y otra vez lo que acabada de pasar hacía quince minutos. ¿En qué momento pasó todo?

La desesperación del elfo me estaba volviendo loco y opté por lo mas viable: destrucción. No me sorprendió cuando la sala de menesteres cambio en un segundo a un bosque lleno de árboles gruesos, con los cuales podía desquitarme y disimular el dolor que sentía en mi pecho con ira.

No supe cuánto tiempo pasé golpeando árboles, pero hasta que mi cuerpo no pudo más y caí de rodillas frente a un árbol, me permití soltar las lágrimas de traición que había guardado. Granger era una maldita perra: me había traicionado como Ginevra. ¡No! ¡Ella fue mucho peor, porque con ella me emparejé!

—Las mataré a las dos cuando las encuentre —murmuré despechado.

—Te arrepentirás si matas a tu compañera, ¿sabes? Y más siendo inocente.

La voz me sorprendió y me levanté medio transformado, dispuesto a atacale. Grande fue mi asombro al ver de quién se trataba; era la primera vez que lo veía, pero como decían los muggles: la sangre llama.

Y vaya que llama.

—¿Toharu? —pude decir en un hilo de voz.

—Es bueno que sepas quién soy, así evitamos la fastidiosa presentación.

—Pero no estabas…

—¿Muerto? —completó—. La maldición consiste en no dejarme morir hasta que me redima.

—Santo Salazar.


¡Aquí les traigo otro capítulo más! No se me acostumbren, que no siempre tendrán doble actualización en una semana.

Gracias por el apoyo que me dan con sus favs, follows y reviews. ¡Estamos en las 20,000 lecturas! Mil por cada capítulo publicado. No tengo palabras para expresarles el agradecimiento que les tengo. Amé los reviews que me dejaron pidiendo que actualizara el fic; lamento tardar dos meses y cachito en darles lo que deseaban. Pero, como ven, aquí estoy y vengo con todo.

¡Me despido con amor! Nos leemos el lunes 30/04/2018

inesUchiha