Los límites del Bosque Prohibido

Ya lo había hecho, ya había hablado con ella, ya le había mentido y ella había intentado hacerle explotar y destrozarlo en pedazos a través de la chimenea que, seguramente, habría quedado destruida, pulverizada hasta convertirse en polvo.

El infierno. Oh, sí, sin duda todo el escaso tiempo que le quedaba iba a serlo de ahora en adelante. Un infierno helado, un infierno glacial. Un infierno en el que el fuego había sido sustituido por las maldiciones, el humo por la neblina y las brumas, el miedo por el terror y el temor por el odio.

Mierda.

Sentía la densa niebla de aquel bosque perdido y desconocido para cualquiera otro adentrándose en sus pulmones con cada respiración, apaciguándolo, calmándolo. Enfriando cualquier necesidad de destrozar todo con la mayor de las rabias. Ya estaba hecho, la había separado de él. Había sembrado de odio su alma, habían crecido las raíces del temor y la desconfianza en su corazón y ya no habría método humano de sacarlas de allí.

Y el odio era como las malas hierbas, no importaba cuántas veces trataras de arrancarlo, porque permanecería ahí, latente, esperando para salir en el momento más oportuno e inesperado, dispuesto a hacerse con el control y a llevar a cualquier mago a hacer cosas que en situaciones normales jamás haría.

Como matar a otro. Lástima que ya no hubiera nada normal en ese mundo que vivía sus últimos momentos.

Sus pies seguían un camino invisible entre la oscuridad, entre los árboles y las malas hierbas. Quizá en un pasado hubiera habido una senda, una línea clara que seguir hasta el lugar al que se dirigía. Ahora sin embargo, la vegetación, el tiempo y el abandono había hecho desaparecer ese camino, y Malfoy se guiaba por un instinto natural y un recuerdo vago de hacia dónde dirigirse.

Con cada paso que daba, el peso que le atenazaba el pecho se hacía aún mayor, más tedioso, más agotador. Sin embargo, sus preocupaciones se disipaban, sus dudas desaparecían y sus temores se esfumaban. Ya no había nadie más de quién preocuparse.

Ya lo había hecho, no había vuelta atrás. Ella ya no le pertenecía. Ya no debía preocuparse por ella.

Al cabo de un rato vio aparecer la cúspide del tejado de la vieja mansión que hacía las veces de cuartel, como un alto penacho. Una luz titilante, escasa y huidiza, se escurría entre las cortinas de una de las ventanas, la única a la que le estaba permitido encender la chimenea.

La sala en la que su señor descansaba, esperaba, maquinaba. La habitación tras cuya puerta se escondía su amo, el dueño absoluto y despótico de su destino.

Llegó por fin a la cerca que rodeaba la casa y delimitaba el jardín con la linde del bosque. Tan sólo quedaban algunas maderas de la vieja valla, las demás habían caído con el paso del tiempo y el abandono. Los restos de una vieja gloria.

En cuanto su mano rozó la pequeña y desvencijada puerta para abrirla, una fuerza poderosa, arrolladora y dolorosa se abrió paso hasta él desde la casa, un poder atronador y maldito.

Su mente se vio inmediatamente invadida por ese poder abrasador e incluso doloroso. Abrió las puertas de su mente en cuanto sintió la invasión en su cabeza, permitiéndole el paso.

-No recuerdo haberte dado órdenes para que te marcharas esta noche, Malfoy.

Esa voz, sibilante, fría, lacerante incluso. Era suave, apenas un susurro, y sin embargo en su cabeza sonaba como una atronadora amenaza, se escuchaba como una desgarradora sentencia.

-Lo siento, mi señor- dijo dentro de su cabeza el rubio, mientras su amo exploraba pensamientos e ideas a su antojo, como si jamás creyera una palabra- No podía esperar más. He ido a buscar algún muggle con el que pasar el rato y paliar el aburrimiento.

Una risa fría invadió su mente, crispándole los dedos que se obligó a cerrar hasta convertir la mano en un puño. Sus pasos, implacables, seguían guiándole hacia la casa, imperturbable e inalterable a pesar de la tormentosa presencia que los acompañaba.

-Y supongo que no habrás sido tan estúpido como para hacerlo cerca del lugar en el que nos encontramos ahora.

Sibilino, letal. La amenaza velada se escondía bajo cada una de sus palabras, cada sonido inspiraba un miedo atenazante, un pavor que se aferraba a cada parte de su cuerpo. Y, sin embargo, la práctica le permitía todavía mantenerlo a raya, ocultarlo físicamente a su amo y casi por completo dentro de su mente.

-El Señor Tenebroso no tiene de qué preocuparse. He sido cauto y cuidadoso- le aseguró con frialdad- El cuerpo estará oculto el tiempo suficiente para que nadie lo encuentre hasta que sea demasiado tarde.

La mente de Voldemort se removía dentro de la suya, husmeando, pensando, trazando planes que él sabía que jamás vería ni conocería. Planes que en realidad nadie comprendería y que nadie compartiría.

Su señor estaba solo. Quien-no-debía-ser-nombrado no necesitaba ni quería a nadie. Tan solo utilizaba, usaba y se servía de sus siervos hasta que dejaran de ser útiles. Quería ser un rey inmortal entre siervos mortales. Un señor y creador de la única raza verdadera, de la sangre más limpia y más pura de la magia.

-No vuelvas a marcharte sin pedir autorización primero, Malfoy- advirtió el Lord, y el Slytherin sintió cómo un intenso dolor le acuchillaba la frente- No quiero fallos cuando falta tan poco.

El dolor se detuvo por fin al acabar sus palabras, y Draco recobró la compostura, sujetando el picaporte de la puerta trasera de la casa a la que por fin había llegado.

Nunca el trayecto se le había hecho tan largo, aunque en su mente no quedaba huella alguna de esa idea, ni en su rostro inalterable había gesto alguno que indicara absolutamente nada. Era simplemente la fría e incólume efigie de lo que un mortífago debía ser.

Una inalterable e inhumana máquina de matar. Un mago poderoso, un mago temible. Un mago cuya sangre era tan pura en magia como la de un unicornio, un mago cuya ascendencia era impecable. Un mago que deseaba luchar por la pureza de la sangre y el uso de la magia como método de sumisión ante cualquier criatura inferior. Un mago que seguiría y obedecería a su amo ciegamente hiciera lo que hiciera, ordenara lo que ordenara.

Sintió la mente de Quien-no-debía-ser-nombrado saliendo de su cabeza, desenredándose de sus pensamientos, abandonando la dolorosa inspección de cada una de sus ideas.

El joven de cabello platino tomó aire. El frío provocó el sosiego de nuevo. Su mente volvió a bloquearse y cualquier entrada volvió a ser tapiada. Volvía a ser el mismo implacable e desalmado muchacho cuya naturaleza de mortífago los que ya conocían temían, y los que sólo habían oído hablar de ella evitaban, aterrados de su incipiente leyenda.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Ginny salió corriendo de la cama. Le había parecido notar un ligero temblor en la habitación y un suave ruido. Y ella, al contrario que Ron, no tenía el sueño pesado, sino muy ligero. Puede que a Ron no le despertara ni un terremoto que acabara con su casa, pero a ella los pequeños ruidos la desvelaban increíblemente rápido.

Miró instintivamente hacia la cama de su compañera, pero estaba vacía. Las sábanas estaban algo revueltas, lo que demostraba que se había acostado, pero ni rastro de Hermione. Tampoco estaban sus zapatillas.

Se levantó de la cama, se puso sus propios zapatos, y después se enfundó en una bata. Cogió su varita de encima de la mesilla y salió fuera de la habitación. No podía fiarse, Harry ya se lo había advertido: En aquellos tiempos confiarse demasiado era un precio a pagar demasiado alto.

Bajó despacio y silenciosamente las escaleras que llevaban a la Sala de Estudio de abajo. De allí venía una luz tenue, vaga, como si las brasas del fuego estuvieran apagándose. Tras unos cuantos escalones, llegó por fin a los pies de la escalera y, oculta junto a la pared en sombras de la entrada, observó con cuidado.

Había polvo, trozos de roca y muebles que tenían polvo por todos lados. De la chimenea apenas quedaba una vaga forma de lo que había sido hasta antes de que ella se hubiera acostado, y ahora se encontraba abarrotada de escombros, cenizas e incandescentes brasas. A sus pies había más trozos rotos, como si alguien hubiera hecho un hechizo bombarda en el interior de la chimenea sin medir las consecuencias.

Y empezaba a sospechar que eso era exactamente lo que había pasado.

Había troncos desperdigados aquí y allí, algunos todavía con algunas llamas danzando en sus superficies, resistiéndose a perder la batalla contra el frío y contra la lejanía y seguridad de la chimenea, luchando por no perecer entre las sombras de la noche que se arremolinaban a su alrededor.

Y allí, frente a la chimenea destrozada, había una figura que conocía muy bien.

-Hermione…- susurró la pequeña de los Weasley, sorprendida.

Instintivamente quiso adelantarse un paso para acercarse a ella y ver qué había ocurrido, pero algo se lo impidió. La entrada de las escaleras hasta la Sala estaba cerrada, sellada por algún tipo de hechizo. Lo rozó con la varita, y algo invisible pero palpable hizo saltar chispas, casi como una advertencia.

Preocupada y contrariada, esperó allí mismo al pie de la escalera, observando a su amiga. La castaña permanecía inmóvil, mirando fijamente la chimenea. Sin embargo, tras unos segundos de observación, Ginny se dio cuenta de que no estaba tan quieta como parecía. Sus hombros temblaban.

¿Lloraba? ¿Sollozaba? Sí, estaba segura de que era así, por inverosímil que pareciera que Hermione estuviera llorando. Pero no la oía, no podía escuchar nada. ¿Acaso también había puesto un hechizo en la entrada para silenciar cualquier ruido? Si así era, para que ella hubiera escuchado un leve sonido desde la habitación y que aquel sonido hubiera traspasado un hechizo de Hermione, tenía que haber sido un ruido muy fuerte.

Tan fuerte como una chimenea explotando en mil pedazos, aunque todavía no alcanzaba a entender por qué Hermione la habría hecho saltar por los aires.

Cuando Ginny ya empezaba a preocuparse y a plantearse llamar la atención de Hermione de cualquier manera posible, la otra Gryffindor pareció volver en sí misma, como si despertara de un mal sueño. Sus hombros dejaron de temblar, y se removió, como si estirara los músculos después de haber estado metida en algún sitio pequeño durante demasiado rato en una posición incómoda.

Sacó su varita, y en un momento reconstruyó la chimenea, y con otro golpe de muñeca, del polvo y las rocas que cubrían todo así como de las llamas y las maderas del suelo no quedó nada. Todo estaba tal y como ella lo había visto antes de irse a dormir, salvo el fuego, que Hermione no parecía tener ni la más remota intención de encender por alguna razón.

Hermione comenzó a caminar por la Sala de Estudio. La pelirroja se colocó en mitad de la entrada a las escaleras, de brazos cruzados y con gesto preocupado esperando a que su amiga se fijara en ella o diera alguna pista de que ya había notado su presencia.

Pero, para su sorpresa, Hermione no se dirigió hacia donde ella se encontraba, ni hacia las escaleras, ni hacia el dormitorio que ambas compartían para dormir de una vez en aquella extraña noche.

No, Hermione se marchaba fuera de la habitación.

Vio cómo se detenía frente al retrato que cerraba la entrada de la Sala de Estudio para salir después todavía sin darse cuenta de que la pelirroja estaba allí, de que ella le observaba. En cuanto la vio salir, Ginny se permitió soltar un suspiro de preocupación.

¿A dónde iba Hermione? ¿Qué había estado haciendo a aquellas horas para destrozar la sala de estudio? ¿Y qué demonios podía ser tan importante como para que ella incumpliera las órdenes de Dumbledore y saliera de allí en mitad de la noche?

Trató de seguirla, pero el hechizo seguía ahí, cortándole el paso. Maldijo entre dientes, segura de que si había sido Hermione quien había hecho aquel hechizo, tardaría un buen rato en perder su efecto.

Contrariada, dio un fuerte pisotón al suelo y subió las escaleras rumbo a los dormitorios. ¿Debería contárselo a Harry? A Ron no estaba demasiado segura, su hermano era demasiado melodramático. Aunque quizá no era algo tan grave y después de todo Hermione solo buscaba algo de soledad y espacio para pensar.

Pero por qué entonces destrozar la chimenea y poner hechizos de protección, ¡no encajaba! Se detuvo frente a la puerta de los chicos, y alzó la mano dispuesta a golpear la madera para despertarlos- o al menos a Harry- y explicarles lo sucedido.

Pero bajó la mano, indecisa.

No, no podía. No lo tenía tan claro. Quizá no era algo tan importante y, después de todo, advirtiendo a los chicos sólo conseguiría socavar la privacidad de su compañera de habitación.

Suspiró contrariada, y temblando algo por el frío, se decidió a esperar al menos hasta el día siguiente. De nada iba a servirle seguir martilleándose la cabeza en mitad de la noche cuando no podría hablar con Hermione hasta que volviera. Lo mejor sería esperar en la habitación a que regresara y, entonces, preguntarle hasta que le aclarara unas cuantas cosas.

Pero Ginny no estaba completamente en lo cierto. Hermione no había ido buscando algo de soledad y privacidad al piso de abajo de la Sala de Estudio, ni tampoco pretendía buscar silencio en el que pensar con tranquilidad.

Había bajado buscando compañía, buscando calor, buscando el tranquilizador sonido de la voz de alguien.

Sin embargo, en vez de encontrar calma, había encontrado dolor y traición.

No se había dado cuenta de que Ginny había estado observándola. Ni siquiera se había dado cuenta de que había intentado pasar sobre uno de sus hechizos para entrar en la Sala. Después de hacer saltar la chimenea por los aires y hacer desaparecer la imagen de ese…

mortífago

Reprimió un escalofrío. Después de eso su mente había vuelto a ser la que era, una mente despierta que trabajaba a toda velocidad, como si se hubiera deshecho de un encantamiento que había adormecido su mente demasiado tiempo.

Y pensó que aquella vez no ocurriría como en aquella ocasión en que descubrió la Marca Tenebrosa en su brazo y no dijo nada, como aquella vez en que estúpidamente y en contra de sus principios guardó su secreto.

Esta vez tenía que avisar a quien podía hacer algo. Esta vez no se trataba del peligro de que él pudiera matar a alguien, sino del peligro de que él iba a matar a alguien.

Salió de la sala, obviando y olvidando incluso que Dumbledore les había ordenado que descansaran y durmieran, que el día siguiente necesitaba que estuvieran descansados.

Ah, no. Ahora en su mente solo había una cosa, una necesidad, una obligación imperiosa de advertir de lo que acababa de presenciar. De avisar de una amenaza de muerte.

Sus pasos la guiaron sin dilación alguna por los pasillos de Hogwarts, vacíos casi en su totalidad, esquivando con la habilidad ganada durante el año anterior a cualquier profesor o prefecto que pudiera estar haciendo rondas y tuviera la más mínima oportunidad de cazarla.

Y así llegó frente a una enorme y oscura gárgola de piedra. La lista de contraseñas que guardaba acudió a su mente de forma inmediata, y de su boca salieron automáticamente las palabras necesarias para que la gárgola comenzara a girar sobre sí misma, abriéndole paso hacia una estrecha y empinada escalera de caracol.

Hermione cruzó la estrecha entrada y comenzó a subir las escaleras mientras, tras ella, la gárgola se cerraba, oscureciendo de nuevo su camino, haciendo desaparecer todo atisbo de luz que la guiara por aquel ascendente caracol, por aquel camino oculto.

Tras lo que parecían cientos de escalones, a sus ojos llegó por fin la visión de una pequeña rendija de luz que se escurría bajo una puerta de madera oscura. Se oían ruidos, gorjeos, palabras. El despacho estaba ocupado.

Pero por primera vez, y en contra de lo que habría hecho en cualquier otra ocasión, no se detuvo a pensar si estaría importunando a un profesor, si su llegada no incomodaría, si su presencia no entorpecería alguna conversación importante. En ese momento nada era más importante que lo que ella tenía que decir. Se le acumulaban las palabras en la boca y no podría aguantarlas dentro por mucho tiempo. Tenía que avisarles a todos.

Su mano se posó firmemente sobre el picaporte, y sin siquiera llamar antes entró como una exhalación, como si corriera para asegurarse de que nadie detendría su entrada en aquella estancia.

-¡Señorita Granger!- la voz sorprendida de la profesora McGonagall demostró que ninguno de los dos presentes parecía esperar su llegada.

La Jefa de la Casa de Gryffindor observaba a su mejor alumna, su favorita incluso, en pijama y con aspecto demasiado serio, demasiado ajeno como para estar en sus cabales. De la sorpresa de verla aparecer se le había abierto la boca ligeramente, y se apresuró a cerrarla en cuanto vio que Hermione no la miraba a ella, ni siquiera a ambos, recuperando su aplomo inmediatamente. Sus ojos miraban a un vacío que ellos ocupaban y que no alcanzaban a ver.

-Señorita Granger, creo que les he indicado hace ya unas horas tanto a usted como a sus compañeros que lo mejor era que descansaran- dijo Dumbledore con suavidad, alejándose levemente del escritorio de su despacho sobre el que parecía haber estado apoyado hasta la llegada de la castaña-¿Necesita algo?

Hermione asintió.

-Sí, tengo algo que decirles, algo importante- dijo de forma apresurada, casi de carrerilla.

McGonagall observó a Dumbledore, buscando alguna reacción de preocupación en el director de Hogwarts, pero no halló ninguna. Quizá tan solo un leve brillo algo oscuro en su mirada, pero su sosegada sonrisa no desapareció de su rostro, ni su expresión afable flaqueó ni un instante de su boca levemente sonriente y apacible.

-Adelante entonces, diga lo que tenga que decir, señorita Granger- la invitó el director con un gesto de la mano.

Hermione abrió la boca, y quiso empezar a hablar, quiso escupir todas y cada unas de aquellas palabras que hasta hacía un segundo habían estado agolpándose en las puertas de su boca, en el borde de sus labios.

Pero no pudo.

No le salía la voz, el aire no respondía a sus órdenes de salir golpeando todas y cada una de sus cuerdas vocales, su garganta no gritaba tal y como ella le exigía que lo hiciera. Lo intentó de nuevo, pero no pudo, simplemente no podía.

-Señorita Granger, ¿quiere decirnos de una vez qué es eso tan importante?- la instó la profesora McGonagall perdiendo la paciencia y apretando los labios con fuerza.

Hermione miró a su profesora de Transformaciones, y después al director, que la observaba como si ya estuviera escuchando todo lo que ella no conseguía decir a pesar de sus esfuerzos. Empezó a respirar con fuerza, enfadada, preocupada, tensa, irritada.

Buscó con la mirada sobre las estanterías que lo ocupaban todo, el suelo, las sillas abarrotadas, la percha del fénix en el que hasta ese momento no había reparado, el escritorio. Y ahí, por fin, sobre la superficie de madera encontró lo que buscaba.

Agarró con fuerza su varita y, decidida, caminó directa hacia el escritorio de madera, hacia el espacio entre el anciano director y la profesora McGonagall.

-Señorta Granger, ¿pero qué…?

Pero Minerva McGonagall no tuvo tiempo de preguntar. Vio cómo la antigua mejor alumna de Hogwarts se colocaba la punta de la varita en la sien, y mientras murmuraba algo en voz demasiado baja como para que ella la escuchara, se acercó en pasos rápidos y decididos hacia el escritorio.

Ella se movió hacia un lado, dejándole sitio, y vio cómo la castaña se detenía en el borde de la mesa, frente a una vieja vasija de piedra plagada de runas en cuyo interior una luz plateada no dejaba moverse como una bruma densa e incandescente.

La Jefa de la Casa de Gryffindor vio cómo Hermione separaba lentamente la punta de su varita de su sien, y conforme lo hacía, un hilo plateado, ni denso ni inmaterial pero algo brillante, crecía hasta separarse de su cuerpo, clavado y sujeto todavía a la punta de su varita.

Granger bajó la varita despacio, como si temiera que aquel hilo plateado se desprendiera de su varita y se deshiciera de inmediato en el aire, acercándola hacia aquella vasija de piedra.

McGonagall miró a Hermione, que mantenía la vista fija en la punta de su varita y en la vasija de piedra. Después observó a Dumbledore buscando alguna explicación, pero el director tan solo atendía a aquella hebra plateada que la joven bruja mantenía todavía sujeta, y cuyo brillo se reflejaba en sus gafas de media luna dándole un aspecto algo fantasmagórico.

Volvió de nuevo su atención hacia Granger, sorprendida, preocupada, pero sobretodo impresionada. No cualquier mago o bruja de la edad de Hermione Granger podía conocer lo que era un pensadero, y menos aún el modo de utilizarlo. Para ella era simplemente inexplicable cómo había aprendido aquella muchacha a sacar sus recuerdos de aquella forma tan segura y rápida.

Se fijó en la varita de Hermione. La castaña metió aquel hilo plateado en el interior de la vasija de piedra, y la luz que seguía moviéndose en su interior brilló con un suave fogonazo al recibir aquel hilo fantasmal. Después volvió a su fulgor aplacado y contenido, moviéndose de nuevo en el interior del extraño recipiente.

-Mírenlo ustedes mismos- susurró la bruja más joven con la voz algo ronca.

En las pinceladas doradas de sus iris brillaba ahora un espectral y frío brillo plateado, un reflejo de lo que sus ojos miraban con ahínco, una reverberación de un reciente recuerdo que acababa de verter en aquel objeto, exponiendo su más profundo y reciente dolor a los ojos de dos personas ajenas que ahora parecían observar con avidez aquel cuenco plagado de runas, guardador de secretos. De su mayor secreto.

Minerva miró primero a Hermione, sorprendida, empezando a consternarse por algo que todavía no había visto pero que intuía terrible y oscuro. Después volvió su vista al pensadero y permitió que la fuerza de aquel brillo plateado la arrastrara hasta el último recuerdo introducido.

Fue Dumbledore, sin embargo, el que más largamente observó a la joven castaña. Sus ojos azules la miraban por fuera y a través de su ser, de repente más serio, de repente más anciano, de repente con los hombros más cargados y los huesos más pesados.

El rostro de la joven bruja permaneció sin embargo inalterable, incluso a pesar de la suave y a la vez escrutadora mirada del director, manteniéndola con firmeza, con una valentía tan Gryffindor que casi podían verse los rugidos escapar de la entereza de su juventud.

Y, sin mediar palabra alguna, Dumbledore observó también el interior del pensadero y se dejó arrastrar por ese último recuerdo.

Cuando ambos profesores volvieron al despacho del director, había pasado un largo rato. La profesora McGonagall volvió mucho más pálida de lo que se había ido, mucho más lívida de lo que había entrado en aquel recuerdo. Se atusó de nuevo la bata en un gesto levemente nervioso pero casi inapreciable.

Dumbledore permaneció tranquilo pero serio, meditabundo. Lo que había visto, lo que había oído, la información que había escuchado resultaba, además de preocupante, desgarradora.

-Me temo que es un duro golpe saber todo esto, especialmente ahora que ya estábamos al final de todo- dijo Dumbledore, observando a la bruja de mayor edad- Sin embargo, era una posibilidad y debemos asumirla, Minerva.

Pero McGonagall no le observaba en aquel momento a pesar de escucharle con suma atención.

-Nosotros podemos asumirla, Dumbledore- asintió con seriedad, con severidad incluso- Pero me temo que no será igual de fácil para todos aceptar esta traición de última hora.

Y su mirada disciplinaria y exigente parecía ablandarse ante lo que miraba. Y es que ni su férreo moño perfecto y simple, ni su completa pulcritud podían mantener su serio y adusto semblante tan templado y serio como lo había estado antes de ver todo aquello.

El recuerdo que había visto estaba fragmentado. Había visto cómo Draco Malfoy invocaba la Marca Tenebrosa en una chimenea, luego un borrón, su voz arrastrada y fría, arrogante como se la había oído desde que le escuchó hablar con Potter en el Vestíbulo antes de la ceremonia del Sombrero Seleccionador en su primer año. Y después ese mismo Slytherin exigiéndole odio a Hermione Granger, el rostro de ella serio y secretamente descompuesto.

Oh, sí. Esa bruja tan joven era un reflejo de sí misma en su juventud en tantos aspectos que a ella no podría engañarla. Estaba descompuesta, rota bajo toda esa capa de seguridad y rectitud arrolladora.

Y después, Malfoy asegurando que iba a matar a alguien, que nada podría hacerle cambiar de opinión, que tenía un objetivo. Él exigiéndole odio y ella destrozando su imagen en la chimenea con una rabia y una ira desorbitadas, exacerbadas por el sentimiento de sentirse traicionada.

Qué crueldad. Dos personas tan jóvenes… No necesitaba conocer más de la historia para ver lo que había habido allí antes de que las palabras del antiguo alumno de Slytherin lo rompieran, destruyeran ese algo para siempre, inspirara tanto odio y tanto dolor.

-Ella es fuerte, Minerva- le aseguró Dumbledore, sacándola de su extraña reflexión.

-Sí, lo sé- asintió McGonagall, acercándose hacia la antigua prefecta de su Casa- Pero me pregunto si volverá a serlo en su interior tanto como lo es en el exterior.

Hermione yacía dormida sobre un pequeño sofá en un lateral del despacho cerca de Fawkes, como si el calor que irradiaba el animal la hubiera reconfortado y tranquilizado hasta dejarla dormida. Sus ojos estaban cerrados con pesadez, con marcado agotamiento. Sus piernas dobladas sobre el asiento haciéndose un ovillo.

Y sus pestañas, estaban húmedas, plagadas de lágrimas sin embargo contenidas, refrenadas con una fuerza de voluntad que incluso en la inconsciencia del sueño luchaba por mantener cualquier dolor por Malfoy a raya, invisible al resto del mundo, solo conocido por ella en su más profundo interior. Unas lágrimas que jamás liberaría.

Su rostro estaba seco e impoluto, no había rastro ni camino de una sola lágrima, ni una sola. Inmaculado como si no hubiera rastro de pena, ni de dolor, ni de un controlado y encriptado llanto que ella no parecía querer permitir ver la luz.

-Pero es fuerte- dijo McGonagall, encantando un libro cercano que convirtió en una manta- Es valiente y perseverante. Ella podrá con esto.

-Estoy seguro de que así será- asintió Dumbledore, acercándose mientras McGonagall tapaba a la joven castaña con la manta- Se necesita mucha valentía para compartir un recuerdo de tal intensidad.

Ambos observaron a la Gryffindor más joven. El recuerdo que les había ofrecido todavía revoloteaba en sus mentes como un canto mortal.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Ginny se despertó rápido, casi como sobresaltada. Parpadeó con fuerza y miró en rededor: La luz entraba a raudales en la habitación. No había corrido las cortinas que ocultaban su cama esperando así escuchar con más seguridad a Hermione cuando volviera, pero al parecer no había habido ni un solo ruido en la habitación, si no ella se habría despertado, de eso estaba segura.

Miró hacia la cama de al lado, y se sorprendió al descubrir que no estaba vacía y que Hermione dormía profundamente muy bien tapada con las sábanas e incluso con una manta nueva que no había visto la noche anterior.

¿Cuándo había vuelto? ¿Y cómo había sido tan sigilosa? ¡Ni siquiera había escuchado la cama cuando se había tumbado! ¿Y de dónde había sacado esa manta? Negó con la cabeza, contrariada. Se levantó de la cama, tratando de domar un poco su pelo pelirrojo que, al parecer, había tenido vida propia durante la noche y no podía estar más desordenado.

Se acercó a la cama de Hermione y la observó un momento antes de despertarla. ¿Estaba más pálida de lo normal o eran imaginaciones suyas? Hermione tenía muy buen color siempre, incluso cuando estaban a mitad de invierno y llevaban semanas sin ver un rayo de sol.

Acercó la mano y movió suavemente el hombro de la castaña. La otra antigua Gryffindor se movió y parpadeó despacio, como si no hubiera dormido prácticamente nada desde que se había acostado hasta que Ginny la había despertado.

-Buenos días Hermione, ya es hora de levantarse- avisó Ginny- Creo que las dos nos hemos quedado dormidas más de la cuenta.

Hermione la miró como si todavía estuviera demasiado somnolienta como para entender todo lo que le decía.

-¿Ya es hora de levantarse?- inquirió desperezándose.

-Sí, ¿es que te acostaste tarde?- preguntó Ginny con naturalidad.

-No, un poco después que tú- respondió la castaña, y se levantó inmediatamente de la cama- Voy al baño a ducharme.

La pequeña Weasley vio cómo su compañera se levantaba de un salto sin decir nada y salía fuera para dirigirse a un pequeño baño acondicionado entre la puerta del dormitorio de los chicos y el suyo.

Había dejado caer esa última pregunta a propósito. Y Hermione no había dicho la verdad, le había mentido con una tranquilidad pasmosa, tanta que de no ser porque ella misma la había visto la noche anterior con la chimenea destrozada le habría creído. ¿Desde cuándo Hermione sabía mentir tan bien? Su comportamiento era de lo más extraño.

Ginny quería preguntarle qué había pasado la noche anterior y a dónde se había ido, pero estaba segura de que Hermione no se lo diría. Diría que no había pasado nada, que solo había ido a tomar un poco el aire.

Pero su cara demostraba una oculta preocupación, su color mostraba un malestar que trataba de ocultar. Algo importante había debido ocurrir, tanto en la sala de la chimenea como en el lugar al que hubiera ido.

Todavía se planteaba contárselo a Harry y a Ron, pero no estaba segura. Sabía que en caso de que a Hermione le ocurriera algo ellos habrían querido saberlo, querrían que ella les contara lo que le pasara. Se preocuparían, querrían ayudarla. No era justo ni bueno que Hermione se lo guardara todo para ella, y menos ahora que necesitaban estar lo más despejados, tranquilos y concentrados posible.

Pero ella no podía decir nada, y no se consideraba con licencia para hablar de lo que Hermione no quería. Ni siquiera aunque estuviera muy preocupada por ella.

Suspiró, ofuscada e impaciente. Lo cierto que lo único que podía perturbar a Hermione de esa manera era una cosa, una sola. O más bien, una sola persona.

-Tu turno- dijo Hermione volviendo de la ducha poco después.

Ginny asintió y se duchó todo lo rápido que pudo. Cuando volvió, la castaña ya estaba arreglada. Corrió hasta su baúl, sacó un par de cosas sin mirar demasiado y se las puso más deprisa todavía. No se preocupó de secarse el pelo, prefería que se secara al aire, perdía menos tiempo.

-¡Ya estoy lista!- exclamó, terminando de calzarse una de los zapatos.

-Entonces bajemos, Harry y Ron ya deben estar esperándonos- respondió Hermione.

Ginny asintió, y dándole un golpecito amistoso en el brazo, bajaron juntas de nuevo hasta la Sala de estudio de abajo, donde la chimenea volvía a estar en perfecta armonía con el entorno. Ginny no pudo evitar recordar lo ocurrido la noche anterior, pero pronto las voces de Harry y Ron llamaron su atención.

Dio un buenos días a su hermano y sonrió a Harry. El azabache se sonrojó levemente, esquivando su mirada un poco, y ella rió, divertida. Le encantaba ver cómo miraba hacia otro lado algo azorado, ¿cómo podía sonrojarse todavía a esas alturas? Rió de nuevo, y mientras caminaba al lado de Harry miró a Hermione por el rabillo del ojo.

La castaña seguía sin decir nada, hablaba con Ron con una tranquilidad que no podía ser más que fingida. Solo que ni Harry ni Ron se daban cuenta. Los chicos nunca habían sido demasiado sensibles ni demasiado dados a notar esos detalles en nadie, y menos aún en una chica.

Bajaron al Gran Comedor, que ya estaba vacío. Los estudiantes que todavía quedaban en Hogwarts incluso a pesar de las amenazas de mortífagos y de las alarmantes noticias que se publicaban en El Profeta ya estaban en clase, y el Gran Comedor les esperaba con comida preparada por orden de Dumbledore para ellos solos.

Se sentaron todos en la mesa de Gryffindor.

-Nunca pensé que volvería a sentarme en esta mesa después de terminar Hogwarts- murmuró Ron.

Su plato ya había sido rellenado de tanta comida que tuvo que dejar su segunda montaña de tostadas para más tarde.

-Yo tampoco pensé que en mi último año de Hogwarts me sentaría aquí solo por razones como esta, y no por estar estudiando, que es lo que debería hacer- le aseguró Ginny, pidiéndole los copos de avena a Harry.

-A mí me gusta la idea de estar de vuelta otra vez- dijo Harry encogiéndose de hombros.

Hermione fue la única que no dijo nada. Removía el contenido de su taza de café como si fuera lo más fascinante del mundo.

Poco a poco fueron entrando en el comedor otros miembros de la Orden del Fénix, los que tenían por la mañana descanso, mientras algunos debían quedarse todavía de guardia. Lupin y Tonks aparecieron después de un rato, juntos y riendo a pesar de sus caras de cansancio.

Ron dio un codazo demasiado significativo a Harry al respecto, y Ginny se apresuró a fulminarle con la mirada, dándole a entender que la discreción no había sido precisamente en aquel momento uno de sus fuertes.

Poco a poco la mesa de Gryffindor terminó llena de miembros de la Orden del Fénix, desde los viejos amigos, pasando por los conocidos, hasta magos y brujas que no recordaban haber visto en su vida ni haber oído nombrar, y que sin embargo charlaban amigablemente y se presentaban como viejos conocidos de otros miembros de la Orden.

A mitad del desayuno, sorprendentemente y a pesar de la palpable preocupación de todos los presentes por la lucha que ya acaecía, todos reían de alguna broma que Fred y George Weasley, recién llegados, contaban junto a Bill ayudados por Ron. Los Weasley siempre habían tenido ese don innato de divertir a los demás y relajar el ambiente.

Fue entonces cuando entraron Dumbledore y la profesora McGonagall. La Jefa de los Gryffindor se sentó en un lateral de la mesa, pero no pareció dispuesta a ponerse nada para tomar ni parecía tener interés en los manjares preparados por los elfos domésticos del castillo.

Al contrario, su mirada severa y certera se posó sobre la figura del anciano mago de larga barba plateada, cuyo rostro estaba algo serio aunque con aspecto tranquilo y observaba a los presentes esperando su atención. Los demás dejaron sus bromas y risas para mirar también hacia el director, y poco a poco se hizo el silencio.

-Buenos días a todos- saludó Dumbledore, pero el reflejo de la seriedad impidió que nadie respondiera en voz alta- Como ya sabrán, mañana por la noche esperamos un ataque directo de los mortífagos. Aun así no debemos fiarnos, existe el peligro de que ese ataque se adelante a esta noche.

Se escucharon murmullos, y la mayoría miró a sus compañeros, preocupados.

Ginny miró a Harry que observaba fijamente a Dumbledore, serio, pensando probablemente en cosas que ni siquiera con ella había compartido. Él no parecía tener miedo, ni siquiera cuando era quien más debía preocuparse.

Después miró a Hermione: Tenía el ceño fruncido, y apretaba los labios tan fuerte que se le habían puesto algo blancos. Y ese gesto era de preocupación, era de enfado, era de ira. Eso no era comprensible. Sin embargo, no se atrevió a preguntar nada, no al menos delante de todos.

Elphias Doge, un anciano que por fin había abandonado sus curiosos y estrambóticos sombreros y que estaba sentado cerca de los más jóvenes miembros de la Orden, se giró hacia Dedalus Diggle, que estaba a su lado, llamando la atención de Ginny.

-Todavía nadie sabe por dónde piensan entrar, ni siquiera Dumbledore. Ni tampoco sabemos si Quien-no-debe-ser-nombrado vendrá o se reservará para el golpe final- murmuró con su voz jadeante Doge.

Diggle asintió, concediendo que él también había oído cosas al respecto y que esperaba que Dumbledore lo descubriera cuanto antes, fuera del modo que fuera en que consiguiera tanta información.

Ginny vio aquella sombra de preocupación en la sabiduría de aquellos dos hombres, y después volvió a ver a Hermione, tan tensa, tan preocupada y, sorprendentemente, tan enfadada. Y se sintió extraña, removiéndose por dentro.

Bajo la mesa acercó su mano hasta la de Harry y le agarró con fuerza. No era que tuviera miedo, en absoluto, no era nada de eso. Simplemente… Pero no tuvo tiempo de buscar una buena razón para sus actos. El azabache, sin apartar su mirada de Dumbledore, correspondió a su apretón y le sujetó la mano con firmeza pero con suavidad, no excesivamente fuerte pero férreo, cálido.

La joven pelirroja se sintió de repente mucho más tranquila, más segura, y se dispuso a escuchar lo que Dumbledore tuviera que decir con mayor atención.

-… de modo que esta noche reforzaremos las guardias y no habrá tantos descansos, la profesora McGonagall os dirá al final del desayuno cuáles son vuestros turnos- dijo Dumbledore, y después su gesto se alegró considerablemente- Y ahora terminemos de desayunar, ¡no se puede trabajar con el estómago vacío!

-¡Bien dicho!- exclamaron Fred y George.

-Seguro que si mi madre estuviera aquí y no de guardia no se habrían atrevido a gritar en medio de la mesa- dijo riendo Bill Weasley a Emmeline Vance, que estaba a su lado y asintió sonriendo.

Los demás estallaron en carcajadas, y mientras Dumbledore se sentaba a la cabecera de la mesa, todos retomaron su desayuno. Cuando al fin hubieron terminado y después de varias bengalas del doctor Filibuster que Fred introdujo en las jarras de leche, todos se levantaron y esperaron ordenadamente en fila para salir por la puerta del Gran Comedor en la que la profesora McGonagall iba asignando puestos que tenía apuntados en una larga lista.

Harry, Ron, Hermione y Ginny se colocaron los últimos de la fila, ya que Ron quería aprovechar las tortitas que habían aparecido sobre la mesa en el último momento. Hermione se mantenía cruzada de brazos, en silencio, con el ceño fruncido y la frente arrugada, en un claro síntoma de enfado y preocupación. Ginny la observaba en silencio, todavía preguntándose si decirle algo a Harry y a su hermano, aunque empezaba a pensar que Harry ya sospechaba que algo le ocurría a la castaña.

Incluso un ciego lo habría notado.

Tras un rato de espera y un par de miembros de la Orden quejándose de que les habían tocado los peores turnos de guardia, les tocó a ellos. Harry fue el primero, le tocó la ronda junto con Ron en los terrenos que guardaban el campo de Quidditch. A Ginny le tocó patrullar junto a Hestia Jones y Tonks por el camino que llevaba a Hogsmade cerca del fin de los terrenos de Hogwarts. La pelirroja se adelantó un poco hasta llegar donde Harry y Ron esperaban a que a ella y a Hermione les asignaran turnos.

Los tres observaron entonces cómo Hermione hablaba con McGonagall. La profesora de Transformaciones negaba con la cabeza y Hermione parecía perder la paciencia, hablaba rápido, enfadada. Por primera vez en su vida veían cómo Hermione se enfrentaba a un profesor del colegio. Levantaba los brazos, hacía aspavientos. Sin embargo, McGonagall se mantuvo firme y, tras negar una vez más y hablar con presteza y seguridad, se marchó de allí.

Hermione vio cómo la profesora se marchaba, como decidiéndose a intentar detenerla y volver a hablar. Sus tres amigos la observaban preocupados y desconcertados, sin entender qué estaba ocurriendo. Finalmente, Hermione se acercó hacia ellos con pasos rápidos, enfadada, molesta, airada.

Cuando sus ojos se encontraron con los de los demás, entendieron que algo serio estaba pasando.

-¿Qué ocurre?- le preguntó Harry en cuanto llegó junto a ellos.

Ginny permaneció en silencio, atenta a lo que la castaña fuera a decir.

-Ayer me enteré de algo importante, informé a Dumbledore de ello para que avisara a todos los miembros de la Orden, pero no lo ha hecho. He preguntado a McGonagall y dice que Dumbledore prefiere esperar un poco más por si las cosas cambian, ¡pero yo sé que no van a cambiar!- exclamó desesperada, como si hubiera estado pensando en decírselo desde hacía un rato. Al ver la incomprensión en el rostro de los otros tres, se calmó y retomó la palabra- Draco habló conmigo ayer por la noche. Va a romper el pacto, ya no está con nosotros. Va a matar a alguien, y él ya sabe a quién.

La sorpresa de todos ellos fue mayúscula, ninguno parecía saber muy bien qué decir.

-¿Y entonces, tú…?

-Yo les he dicho que tenían que contárselo a todos, que nadie sabe que ya no está de nuestro lado- rugió Hermione, silenciando a Ron con mayor dureza de la que había pretendido en un principio- Y no quieren hacerlo. McGonagall dice que Dumbledore quiere esperar por si las cosas cambian. Y tampoco me dejan ir de guardia porque creen que es mejor que me quede en el castillo.

-¿Cómo pudiste hablar con Malfoy desde el castillo?- preguntó Harry, todavía sin comprender del todo, o no queriendo creer todo lo que le decía la castaña.

-Eso no importa- respondió Hermione, furiosa y esquivando la mirada de los tres al mismo tiempo que su pregunta- Y ahora daos prisa: vais a llegar tarde y no estamos como para dejar entradas fáciles para que nos ataquen unos mortífagos encubiertos.

Y sin darles tiempo a decir ni una sola cosa más, se marchó de allí a paso rápido, con la cabeza gacha para que no pudiera verle el rostro, ni los ojos que le abrasaban como si estuvieran en llamas, conteniendo un llanto que luchaba porque no saliera jamás. No lo merecía, él no lo merecía.

-Cuando lo encuentre pienso matarle- dijo Ron rompiendo el pétreo silencio en el que los tres se sumieron al verla marcharse, apretando la varita con fuerza y esperando que esa serpiente de pelo reflectante apareciera por la siguiente esquina.

Ginny no dijo nada. Sólo observó a Hermione desaparecer en dirección a la biblioteca. Ni siquiera ella quería imaginar cómo debía sentirse la castaña.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Estaba sentado en la sala de estar. Bueno, quizá en otro tiempo podía haber sido una sala de estar y por ende ahora podían seguir llamándola así, pero ahora resultaba una sala vacía, fría, destartalada, estropeada, dejada y oscura.

Las ventanas estaban a medio tapiar con enormes maderos. Sólo unos rayos ínfimos de luz entraban por las rendijas, producto de una temerosa aportación del firmamento cuajado más de nubes que de estrellas. Su amplitud, que en otro tiempo debió haber dado una sensación de grandiosidad, ahora daba impresión de dejadez y abandono.

Los viejos sofás estaban apolillados, en su mayoría rotos, y tan sucios que sus claros colores originales eran ahora oscuros y desvaídos. Las paredes desconchadas lucían una larga tonalidad de grises oscuros y humedades en ciertos puntos. La chimenea era una fría amalgama de cenizas, sin una sola llama que diera calor.

Órdenes. No se podía encender ninguna de las chimeneas de la vieja mansión.

Muchos mortífagos se encontraban allí en ese momento. La mayoría en grupos de tres y de cuatro. Unos hablando, otros susurrando. Otros recordando viejos tiempos y viejas hazañas a carcajadas. El grupo más grande hablaba a gritos clamando por la pureza de la sangre y lo mucho que disfrutarían luchando en unos días, enfrentándose al Ministerio.

Hablaban demasiado.

Draco observaba todo desde una esquina. Un sillón de una sola plaza en aquel rincón, sucio, desmadejado, pero útil al fin y al cabo. Su túnica negra se mezclaba con la oscuridad de aquel mueble, con la de las paredes y la de la propia habitación. Su cabello platino parecía incluso haberse oscurecido, opacado por las sombras que parecían consumirlo. Sus ojos observaban fijamente y en silencio en un examen crítico y perfecto de todos y cada uno de los que estaban en su campo de visión.

A primera vista casi podría parecer que descansaba. Pero bajo aquella capa de negrura que eran sus ropas y su túnica de mortífago, a medias entre el aire y una de sus mangas ocultas, escondía la varita, que sujetaba de forma relajada pero firme, como si pretendiera utilizarla a la mínima oportunidad.

Nadie iba tampoco a molestarle. Todos sabían cuándo no había que acercarse al Malfoy más joven. Y los mortífagos no se caracterizaban por ser magos que se preocuparan por los males ajenos. Si un mortífago tenía un problema debía resolverlo. Y debía resolverlo solo.

Sin embargo, no todos le temían. Había quienes disfrutaban con ese tipo de situaciones, importunándole en exceso.

-Mi querido sobrino.

Esa voz, ecléctica y a la vez burlona. Cuánto la conocía, cuánto la odiaba. Sin embargo, no movió un músculo y siguió observando el salón, impertérrito. Su saludo sólo había conseguido que un regusto amargo se le agolpara en la bosa.

-Bellatrix- respondió en un susurro bajo, casi con dejadez, con desgana.

Una risa baja y arrogante llegó a sus oídos como respuesta. Por el rabillo del ojo vio cómo aquella bruja se acercaba hacia él caminando silenciosamente al lado de la pared, amparándose en las sombras, con una sonrisa cetrina adornando ese rostro antes hermoso y ahora cadavérico.

-No es de buena educación que no me llames tía Bellatrix- comentó la aludida de forma despectiva, sentándose en el brazo del sofá, obligando a Draco a dejar de apoyase y a cambiar de posición- Es más, deberías mostrar más respeto conmigo después de todo lo que te he ayudado, de todo lo que he hecho por ti.

Se aburría. El Señor Tenebroso la mantenía allí inactiva por alguna razón y no encontraba mejor forma de aplacar su aburrimiento que interrumpiéndolo y tentándolo a él a descontrolarse. Draco tuvo ganas de escupir, o escupirle, no lo tenía muy claro todavía. Pero en vez de eso esgrimió una sonrisa de autosuficiencia que sabía que le pondría los nervios a flor de piel.

-Soy yo el que ayuda ahora al Lord, tía Bellatrix, el que sirve para algo. Quizá eres tú quien debería agradecerme todo lo que estoy haciendo por nuestra causa.

No la miró, pero supo inmediatamente que la había molestado, y mucho. Se removió de su posición sentada junto a él en el brazo del sofá y bufó, furiosa. Bellatrix llevaba mucho desocupada, el Señor Tenebroso no le había mandado ningún encargo importante últimamente y ella no podía soportarlo.

-Ir a matar unos cuantos muggles es tan fácil como hacer levitar un libro- replicó Bellatrix con acidez, retomando con soltura su aplomo- Incluso un sangre sucia podría hacerlo.

-Nunca te había oído compararte con un sangre sucia, tía Bellatrix. Debes de tener muy mal concepto de ti misma desde que volviste de Azkaban.

Sonrió internamente, sabiéndose vencedor de ese asalto. Y la confirmación no tardó en llegar.

-¡Cállate!- el grito de Bellatrix al sentirse humillada de la peor forma posible llamó la atención de mucho mortífagos, silenciando las conversaciones de alguno de los grupos.

Pero se repuso, y con su sonrisa contrita y perversa volvió a dirigirse a su sobrino. Su mano huesuda y de dedos largos de colocó sobre el cabello platino de Draco, que siguió inmutable a pesar del extraño y desagradable contacto.

-Siempre has sido un arrogante- dijo con acescencia, casi condescendiente.

-Siempre he tenido razones para serlo- replicó el platino.

Los ojos negros de Lestrange se oscurecieron entonces, mientras acortaba aún más la distancia con su sobrino, poniéndolo a sabiendas sobre aviso de su peligrosa cercanía.

- Tienes el pelo tan parecido al de Narcissa- comentó, acariciando despacio el cabello platino del muchacho- Siempre fue raro que una Black tuviera el cabello rubio y tan claro, era la envidia de todos.

Se le clavaban las uñas en el cuero cabelludo con cada pasada que hacía la mortífaga sobre sus cabellos, pero no dijo nada, ni se quejó una sola vez.

-Ambos sabemos que los hijos se parecen a los padres- replicó él con marcado desinterés.

-¿Y eres tan traidor como pretendieron serlo ellos, Draco? ¿Por eso los mantienes ahí encerrados, en el piso de arriba?- preguntó en voz baja, y riendo de forma desvaída se acercó al oído de su sobrino- Mi hermana puede salvarse, pero me aburro tanto… Y tengo tantas ganas de divertirme a costa de tu padre. Lucius podría ser un buen entretenimiento para mi rutina antes de la batalla.

Esta vez Draco se tensó, pero imperceptiblemente. Ni siquiera Lestrange con su cercanía pudo darse cuenta.

-No te lo aconsejo- respondió él a la velada amenaza- Si tú te diviertes con mi padre, yo me divertiré a costa de Rodolphus- notó la mano de su tía detener su camino sobre sus cabellos- Estoy seguro de que también hablar con él será muy divertido. Y cuando haya terminado con él, iré directamente a por ti.

-¿De verdad crees que puedes luchar contra un mortífago tan experimentado como Rodolphus?- preguntó mordaz, poniéndolo en duda de forma absoluta- No podrías con él ni siquiera con los trucos más sucios.

Pero ambos sabían que esta vez, mentía.

-Te equivocas, querida tía. He aprendido mucho desde que estoy aquí, y no deberías olvidar todo lo que me has enseñado- después miró fijamente a un par de mortífagos que les observaban de reojo, que volvieron inmediatamente su atención a otra cosa- Mira a los demás… No es que no se acerquen a mí porque no quieran hablar conmigo. Es porque me temen, porque saben que podría destrozarlos antes de que ellos hubieran llegado a pensar la forma de matarme.

La amenazaba. De forma perversamente eficiente y oculta, y eso a Bellatrix la descontrolaba, crispaba sus nervios, la incitaba a usar la varita. Aunque fuera contra su propia sangre.

-No sería tan fácil, Draco. La experiencia me ha dado mucha más facilidad que a ti para… -rió, lánguida, perversa- Demasiadas cosas. Acabaría contigo antes de que hubieras levantado la varita.

-Si vieras todo lo que sé, no hablarías con la boca tan abierta ni con tanta arrogancia, ni presumirías tanto de lo que careces- replicó Malfoy.

Bellatrix, molesta e indignada, observó a su sobrino, a su pupilo, a su propia sangre, y se apresuró a adentrarse en sus pensamientos, sigilosa. Pero Draco fue rápido y le cortó el paso. Humillada y frustrada, lo intentó de nuevo con mayor fuerza y con menos consideración, y aunque llegó algo más lejos no fue lo suficiente, y Draco la repudió de sus pensamientos, sacándola con fuerza y haciendo que incluso perdiera el equilibrio, cayendo del brazo del sofá y teniendo que apoyarse en la pared para no caer al suelo.

Cómo tenía el valor semejante. La Oclumancia se la había enseñado ella, la Legeremancia se la había inculcado ella a base de horas de intenso dolor.

-¡Cómo te atreves!- escupió presa de la locura.

Fue a mirar hacia ese demonio rubio para abalanzarse sobre él, pero una varita de madera oscura ya le apuntaba al rostro, justo al mismísimo centro de su rostro. Draco le apuntaba con una seguridad y una firmeza en su empuñadura imperturbables, sus ojos grises se clavaban en ella como antecesores de un posible ataque.

Se detuvo inmediatamente, con la respiración agitada y rubicunda, el gesto de su rostro plagado de una rabia, un odio y un ánimo de venganza más que palpables. Sus ojos negros como pozos del infierno se clavaron en los mercúreos de su sobrino, buscando algún atisbo de duda o de indecisión de los que valerse contra él.

Pero su firmeza era clara, su crudeza era perversa, su seguridad cruel y su mirada inflexible y pérfida. Todo el orgullo para un maestro. Solo que no en aquellas circunstancias.

-No te aconsejo que vuelvas a intentarlo, Bellatrix- advirtió Malfoy, y ese toque levemente burlón cuando utilizó su nombre hizo que la sangre le hirviera de rabia- No voy a ser tan permisivo contigo como lo fui cuando era más joven.

Qué insulto, qué arrogancia, qué osadía. Nadie se atrevía a hablar así a Bellatrix Lestrange, nadie, ni siquiera aquellos mortífagos que no estaban en su sano juicio. Todos sabían que no era por nada que fuera ella la más allegada a Quien-no-debía ser-nombrado. Era ella a la que probablemente más temía la Orden del Fénix, y con mucha razón.

Escuchó las risas de algunos mortífagos ante el comentario del platino, unas risas contra ella que eran un insulto y una humillación. Giró la vista hacia ellos, y los vio sonreír sin recato alguno, sin consideración. Y después miró a su sobrino, cuya mirada fría no se alteró cuando una mueca en forma de sonrisa despótica y condescendiente asomó a la comisura de sus labios.

Condescendencia con ella. Cómo se atrevía.

Draco alejó la varita del rostro de su tía y mentora, permitiéndole levantarse de su indolente posición, alejarse de esa esquina donde el sofá y la pared le cerraban el camino y la mantenían acorralada. Sacó su varita con agilidad y de forma silenciosa, dispuesto a darle su merecido a aquel joven demasiado díscolo y demasiado arrogante.

-¡Callad, imbéciles!- recriminó a los mortífagos presentes apuntándoles con la varita, y el silencio en que se sumieron fue inmediato. No era lo mismo cuando aquella bruja tenía una varita en la mano- Y tú no te muevas, Rodolphus. Esto es entre nuestro sobrino y yo- aclaró, al ver a su marido en primera fila del corro de curiosos, silencioso y como una sombra, como siempre, secundándola en caso de necesidad.

Aunque ese caso todavía no se hubiera producido en todos sus años de matrimonio.

-No deberías haber alejado la varita, querido Draco- también ella sabía sonar burlona con aquel tono falsamente suave, aunque iba a costarle recuperar el terreno que su sobrino había ganado en tan solo unos segundos- Yo no voy a darte esa oportunidad. Voy a darte la lección que tus padres siempre debieron haberte dado.

-Afortunadamente, tu hermana Narcissa siempre ha tenido la cabeza en perfectas condiciones, no como otros miembros de su familia- replicó Draco con tranquilidad, con ese asomo de burla que ya empezaba a desquiciar completamente a Bellatrix.

Y todos sabían a qué había querido referirse.

Se escucharon algunas risas contenidas desde las segundas filas, de mortífagos a los que no podían verles la cara. Lestrange enfrentada a Malfoy en el centro de aquella casa que era guarida de los mortífagos, frente a los ojos de todos y tras haber sido apuntada con la varita en desventaja por su propio discípulo era todo un hito que ninguno de los presentes se quería perder.

-Tu madre siempre ha tenido miedo hasta de su propia sombra, no podría imponer jamás un castigo adecuado- respondió, pasándose la lengua por los labios, como si se relamiera ante la idea de ser ella la mano ejecutora de tal castigo.

Esta vez el comentario dio en el blanco, y Draco apretó con más fuerza la varita entre los dedos, moviéndose despacio en círculos por aquel enorme y desvencijado salón, manteniendo las distancias con su tía y la vista clavada en su cuerpo, esperando el más mínimo gesto.

Expelliarmus!

Protego!- exclamó Draco casi al mismo tiempo.

Los hechizos chocaron en un breve resplandor. Cuando el resto de la casa volvió a mirar, ambos contrincantes seguían frente a frente, con esa arrogancia tan propia de los Black enmarcada en sus rostros, dando vueltas haciendo un círculo siempre a la misma distancia.

-Vaya, parece que te enseñé bien después de todo- rió Bellatrix delirante, haciendo bailar la varita de forma falsamente juguetona.

-Más que tú me enseñó mi padre- respondió él, pero ella puso cara de duda al respecto- Sí, ese hombre del que tanto te burlas pero que, al contrario que tú, no tiene familiares que sólo son conocidos por ser unos traidores a la sangre.

El rostro descompuesto de Bellatrix fue algo más que un aviso. Malfoy sonrió, sabiéndose victorioso mientras alguno reía de su comentario. Sabía que ese era y había sido siempre el punto débil de su tía Bellatrix. El mismo que utilizaba siempre su señor para humillarla.

-¡Cállate, estúpido!- gritó Lestrange fuera de sí- ¡Crucio!

Ascendio!- dijo Draco, y una vieja silla se colocó en el camino de la maldición, estallando en mil pedazos al ser alcanzada.

Carpe retractum!- dijo Bellatrix, apuntando hacia un sofá que salió despedido hacia Malfoy.

Incendio!- contraatacó Draco haciendo estallar en llamas la túnica de Bellatrix y dándose tiempo así para evitar el posible golpe del mueble que iba directo hacia él.

-¿Qué te ocurre Draco?- preguntó Bellatrix con la respiración algo desacompasada tras haber apagado el fuego que ya había empezado a carbonizar su túnica- ¿Es que no te gustó cuando te enseñaba las maldiciones imperdonables de pequeño?

Draco alzó una ceja y bufó, riéndose con descaro de las palabras de su tía, ocultando así una vieja discordia contra ella. La observaba de reojo, arrogante y muy seguro en una situación en la que cualquier otro no lo habría estado tanto.

-Me temo que ya no soy un crío, tía Bella,- el uso de aquel nombre asombró a algunos. Lestrange tembló de rabia al oír aquel nombre que sólo su señor y su marido usaban para ella en boca de Malfoy- y por tanto ya no me encuentro en el único tipo de víctimas con las que tú puedes lidiar.

Lestrange parecía querer lanzar algo más que un cruciatus con la mirada, parecía querer descuartizarlo, destrozarlo y hacerle pedir perdón públicamente después de torturarlo de la manera más terrible y dolorosa posible.

-Eso ahora vamos a comprobarlo- siseó rabiosa, alzando de nuevo la varita.

Draco se preparó, varita en ristre dispuesto a seguir la lucha y preparado hasta para las jugadas más sucias de aquella peligrosa mortífaga que tanto le había enseñado. Demasiado.

-Basta.

Ni Malfoy ni Lestrange miraron hacia quien les había ordenado algo tan tajantemente, a quien se había atrevido a pretender detenerles. Su voz les era demasiado familiar a ambos como para tomarla por la de un desconocido. No había sido un grito, ni una orden exactamente. Sin embargo, era un mandato férreo al que costaba resistirse.

-Ah, Snape- saludó Bellatrix, sin apartar la vista del platino que seguía inmóvil, también apuntándole- ¿Es que vienes a salvar a tu ahijado? ¿Tan poca confianza tienes en él que no crees que tenga ni una sola posibilidad?- rió cetrina, taimada, perniciosa.

Y esta vez sus palabras sí que calaron en Malfoy, que empezó a impacientarse.

-¿No has pensado que quizá haya venido para que no te mate antes de que consigas hacer algo útil tía Bellatrix?- ironizó Draco, aplacando la pérfida sonrisa de su tía que tuvo que hacer aún mayor acopio de su escasa capacidad de contención para no abalanzarse sobre él.

-Ya es suficiente- repitió Snape, adelantándose un paso del resto de mortífagos, que observaban con asombrado interés la escena- No me importa lo que hagáis ninguno de los dos. Si queréis mataros hacedlo, pero que sea más tarde. El Señor Tenebroso demanda ahora tu presencia, Lestrange.

Miró a la bruja, cuya respiración se agitaba, indecisa entre acabar ya con lo que había empezado u obedecer inmediatamente la llamada de su Señor. Tras un segundo de duda, bajó la varita con rabia.

-No te preocupes, querido Draco, no tardaré mucho- dijo con una mueca que pretendió ser una sonrisa.

Una mueca que pretendió helarle la sangre en las venas, acobardarlo como todavía no lo había hecho su varita.

-En absoluto, te estaré esperando gustoso, tía- le aseguró el platino, bajando también la varita pero sin guardarla todavía.

En esa casa no podía fiarse de nadie. Menos aún de ella, de quien en ese momento tenía tantas ganas de aleccionarlo a la antigua usanza con la varita.

Bellatrix Lestrange caminó decidida y rápida en dirección a los mortífagos que habían estado observando. Se apartaron para permitirle el paso evitando su mirada siniestra y tétrica, oscura como la peor de las noches. Después sonrieron y algunos rieron, alegrándose de que por fin alguien le hubiera hecho frente, incluso algunos como Yaxley felicitaron a Malfoy.

Él, sin embargo, no pareció prestarle especial atención a ninguno de ellos, ni siquiera a Rodolphus, que le había observado en silencio un momento antes de volver con el grupo con el que había estado conversando antes de la pelea. Caminó silencioso y tranquilo de nuevo hasta el sillón que había estado ocupando toda la noche y se sentó, pensativo y arropado por la oscuridad.

A las puertas de su mente llegó un llamado conocido. Snape seguía en la habitación, en el otro extremo, llamándole en silencio y de forma que solo ellos dos eran conscientes de su llamada. Sin embargo él no dijo nada. No dio explicaciones, no habló, ni siquiera se movió. Permaneció inalterable como si su padrino no estuviera allí, exigiéndole respuestas por su comportamiento.

Y tras unos segundos, Snape alejó su mente de la de su alumno, sin mediar palabra tampoco. Con su capa oscura ondeando levemente tras él, dio media vuelta y se marchó de allí. No iba a molestarse en perder el tiempo increpándole a Draco su estupidez, la necedad que suponía enfrentarse a Bellatrix Lestrange en un duelo que con ella siempre habría de ser a muerte.

Tenía cosas más importantes que hacer y en qué pensar que una absurda trifulca de disputas familiares sin resolver, de viejas venganzas inconclusas, de odio todavía no solventados.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Al día siguiente se levantaron muy temprano. La profesora McGonagall les había dado ronda durante casi todo el día, y solo tuvieron un corto y absurdamente diminuto descanso según palabras textuales de Ron para dormir a la hora de comer.

Tras esa parada que todos utilizaron para dormir, o si no podían para tomar algo que les diera madame Pomfrey para caer casi en coma inmediatamente, la mayoría se sentían aún más cansados que antes de acostarse, y volvieron a sus respectivas zonas de guardia de peor humor.

A Harry, para alegría y fortuna suyas, le tocó de ronda nuevamente con Ron en las partes más altas del castillo, en las almenas y cerca de la torre donde se escondía la Sala Común de Ravenclaw. No era el mejor sitio por la parte de sufrir frío que tocaba, pero sí era positivo porque le tocaba con Ron, y admitía que era de los compañeros que hacía más ligeras las rondas de vigilancia.

-Creía que jamás pasaría más frío que aquella vez en que Charlie intentaba aprender el encantamiento congelador y me dio por equivocación, pero está claro que me equivocaba porque este es, definitivamente, uno de los días más fríos de mi vida- murmuró arrebujándose más en su capa y frotándose enérgicamente la nariz.

Harry aguantó las ganas de reír. Ron tenía la nariz tan roja como su cabello. Sabía que estaba exagerando, no hacía tanto frío, pero el problema era que cada vez que soplaba el viento les azotaba como agujas congeladas que les traspasaban todas y cada una de las capas de ropa que llevaban.

-No pienses en el frío, cuánto menos lo hagas menos lo notarás- le aseguró Harry, resguardándose también lo mejor posible dentro de su capa y de su abrigo.

Ron murmuró algo así como que eso era tan imposible como que las Arpías de Holyhead ganaran la liga de Quidditch, y se dedicó a pasearse observando los terrenos del castillo a la vista y el cielo de vez en cuando, por si acaso, varita en mano y con el ceño levemente fruncido.

Al cabo de un rato, y tras una inspección minuciosa de la torre de enfrente en la que Harry creyó haber visto algo y tras decidir que se estaba volviendo paranoico solo por una vieja gárgola mellada por las lluvias, se acercó hacia Ron para hablar un poco.

Encontró a su amigo pelirrojo unos metros más lejos a mitad de un estrecho pasillo tras la torre de Ravenclaw, observando fijamente un punto en el tejado del castillo que parecía llamar poderosamente su atención.

Miró hacia donde miraba Ron, y descubrió un repugnante par de babosas gris oscuro que se camuflaban perfectamente con los techos del castillo. Había oído que había babosas por los tejados del castillo y que había sido Hagrid el que las había criado, pero nunca había visto ninguna. Dejaban un hilo de baba a su lento paso, como si las inclemencias del tiempo no supusieran un obstáculo para su lento caminar.

-Las he visto y me he acordado de nuestro tercer año en Hogwarts- murmuró Ron, sin dejar de mirarlas- De cuando Malfoy se atrevió a llamar a Hermione "sangre sucia" en frente de todos y al intentar hacérselo pagar sólo conseguí vomitar babosas durante horas.

Harry asintió, lo recordaba a la perfección. La imagen mental de Ron vomitando babosas le dio ganas de reír, pero sus ganas se esfumaron en cuanto recordó el porqué de que su amigo hubiera intentado atacar a Malfoy.

-Sí, yo también lo recuerdo. Hiciste bien en intentar defenderla, Ron- le aseguró Harry, observando también a las babosas.

-Sí, bueno…- se sonrojó un poco, pero siguió sin mirar al azabache- "Sangre sucia" es el peor insulto con el que puedes insultar a un mago. Y Malfoy lo ha hecho miles de veces con Hermione, sin importarle que estuviéramos delante- dijo con rabia.

-Lo sé- el rostro de Potter se ensombreció un poco.

-Y he pensado que si lo dijo tantas veces delante nuestro, imagínate la de veces que debió llamarla eso y otras cosas parecidas cuando la encontrara sola por los pasillos, cuando fuera a la biblioteca y volviera, cuando tuvieran rondas de prefectos juntos el primer año de prefectos, en clases en que Hermione tuviera la mala suerte de tener que formar pareja de trabajo con él durante todos estos años.

La verdad era que Ron tenía razón. A él también le fastidiaba el sólo pensarlo.

Y ahora Hermione estaba dentro del castillo, enclaustrada en la biblioteca como en los viejos tiempos porque ni McGonagall ni Dumbledore le habían asignado una guardia que hacer tampoco ese día, igual que el día anterior. Seguramente porque no creían que estuviera en condiciones para enfrentarse a nadie, y menos a Malfoy si lo veía frente a frente.

Y la castaña, frustrada, enfadada, airada, se había ido sin cruzar ni una sola palabra más con nadieal enterarse, no sin antes asegurarse de que el director contara a los miembros de la Orden lo ocurrido con Malfoy esa misma mañana en el desayuno antes de desaparecer durante el resto del día entre los libros.

Y la noticia no había dejado indiferente a nadie.

El estupor general había sido palpable, pero al menos la castaña pareció por un momento más tranquila, como si se quitara un peso de encima.

-Es inútil pensar en eso ahora, ya pasó y no hay vuelta atrás, por muy malo que fuera.

-Ya lo sé, Harry, ¡ya lo sé!- asintió Ron, mirándole por fin- Pero no es por eso. Estoy enfadado conmigo mismo, e incluso contigo también. Los dos sabíamos cómo era Malfoy, por Merlín, Harry, hemos estado siete años de colegio en Hogwarts aguantándole y soportándole y los dos sabíamos que era prácticamente imposible que hubiera cambiado de la noche a la mañana, y menos por Hermione, ¡la persona a la que más desprecios le ha hecho con diferencia!

-Pero ella le creyó, y nosotros no tuvimos más remedio que hacerlo también. Lo contrario habría sido muy injusto para Hermione- trató de tranquilizarle Harry.

Aunque no podía evitar pensar que también él había pensado en ello y también se sentía culpable por haberse dejado engañar por una treta más de Malfoy. Hermione no les había dado muchas explicaciones de por qué había decidido traicionarles en el último momento, pero sospechaba que era porque era un cobarde.

Porque creía que el lado de Voldemort sería al final el lado vencedor.

-Me da tanta rabia…- murmuró Weasley apretando los dientes, apuntando con la varita a la babosa que tenía más cerca- Cuando lo vea pienso encargarme de él personalmente, se va a enterar de quién es Ron Weasley, le voy a…

Pero antes de que pudiera hacer explotar la babosa en mil pedazos, Harry le obligó a apartar la varita.

-Terminaremos bañados en baba de babosa si haces eso- le advirtió el de ojos esmeralda.

Ron arrugó el ceño y asintió, pero no guardó la varita ni dejó de observar fijamente al repugnante animal, como si todavía tuvieran una cuenta pendiente.

Harry dejó escapar el aire con cansancio, y se alejó de Ron para asomarse hacia el otro lado, de nuevo hacia los terrenos de Hogwarts. Observó el lago del colegio como un oscuro espejo inmaculado, sin una sola perturbación en sus aguas que diera una pista sobre el gigantesco calamar que ocultaba en sus profundidades. También el comienzo del camino que llevaba hacia Hogsmade y alguna cosa más, como el Sauce Boxeador, que no parecía peligroso en absoluto estando tan quieto.

Miró hacia el cielo, de repente consciente de la escasísima luz que otorgaba el día. Para su sorpresa, vio que el sol ya estaba casi completamente oculto en el horizonte, y que unas gigantescas nubes impedían que la luz se viera más clara, opacando el ocaso de aquel día que llegaba a su fin.

Vio al gran astro desaparecer en el horizonte, y un poco después, de nuevo sin darse cuenta, todo estaba a oscuras. Volvió donde Ron, que no había podido controlar sus impulsos y había hecho explotar una babosa que, inexplicablemente, no le había manchado en el proceso.

-Ha sido inevitable- se disculpó encogiéndose de hombros- Tenía que practicar para cuando vea a Malfoy.

-Eso será si Hermione no lo ve antes- adujo Harry.

Y no lo decía porque Hermione estuviera de guardia, ni porque tuviera oportunidad de ser de los primeros de la Orden en enfrentarse a los mortífagos puesto que estaba en la biblioteca. La castaña les había hecho prometer, cuando habían ido a hablar con ella esa mañana, que en cuanto se descubrieran mortífagos en Hogwarts la avisaran inmediatamente, estuvieran donde estuvieran. Ambos muchachos se habían visto obligados a dar su palabra irrevocablemente.

Era difícil decir que no a Hermione cuando estaba tan enfadada.

Decirle que no a Hermione en ese estado, con esa seriedad, con esa crudeza y esa frialdad era prácticamente imposible. Harry se preguntaba por qué Hermione no les hablaba del tema, por qué se ocultaba en la biblioteca como cuando aún eran los tres estudiantes, por qué no quería explicarles lo que había pasado.

Aunque en el fondo estaba seguro de que él habría hecho lo mismo. No siempre era fácil tratar de explicar lo que se sentía ante situaciones difíciles. Incluso a pesar de que los demás quisieran entenderlo.

-Me pregunto cómo vamos a conseguir defender a todo el colegio- dijo Ron de repente, acercándose hasta la posición del azabache- Aunque seamos muchos, son aún más los alumnos que todavía no saben hacer ni un Wingardium Leviosa en condiciones.

Harry asintió. Ron tenía razón.

-La profesora McGonagall y el resto de Jefes de las Casas ya han preparado un plan de defensa. Si algún mortífago consigue entrar dentro, estarán preparados- le aseguró Harry.

Inexplicablemente, tenía una fe ciega en su antigua profesora de Transformaciones. Estaba seguro de que no había nadie mejor que ella para defender aquel castillo como si se tratara de su propia casa excepto, quizá, Albus Dumbledore.

Volvieron a arrebujarse en sus abrigos y capas. Que fuera ya totalmente de noche, no hubiera un solo rayo de sol y además el viento hubiera decidido soplar algo más fuerte, les estaba helando hasta los huesos. Decidieron caminar codo con codo hacia un lateral, y después hacia el otro, haciendo guardia en movimiento y esperando así al menos entrar algo en calor.

En su sexta vuelta, Harry se detuvo de improviso, haciendo que Ron también se detuviera. Se asomó aún más al borde de la almena del castillo, oteando con los ojos entrecerrados en una dirección concreta. Frunció el ceño y los dedos de sus manos se crisparon sobre la vieja roca sin dejar de observar en esa dirección.

-Harry, ¿qué pasa?- preguntó Ron, asomándose también.

Siguió la línea de visión de Harry, pero antes de darse cuenta de lo que estaba viendo, Harry ya se había alejado del borde y había sacado su varita.

-Mortífagos- dijo Ron en un susurro, de repente sorprendido, desconcertado a pesar de haberlo estado esperando desde hacía días, meses incluso.

Expecto patronum!- exclamó Harry con decisión.

Un hermoso y enorme ciervo plateado de impresionante cornamenta salió de su varita como un fantasma. El patronus miró hacia Harry y asintió con la cabeza levemente hacia él, como si supiera su cometido sin tener que mediar palabra con su invocador. Salió disparado atravesando las paredes de roca para avisar a todo el mundo.

Expecto patronum!- dijo Ron, con algo menos de convicción que Harry, pues seguía mirando a los mortífagos que trataban de ocultarse.

De su varita salió un cachorro canino algo menos nítido, pero que también salió disparado en busca de otros miembros de la Orden a los que dar el aviso.

-Vamos Ron, ya es la hora, tenemos que ir al bosque ahora mismo- dijo Harry, corriendo ya hacia la entrada de la torre por la que habían llegado.

Ron le siguió también corriendo, invocando un par de patronus más cada uno que salieron en distintas direcciones dispuestos a dar la voz de alarma. Justo antes de entrar al interior de la torre, Harry vio corriendo por los terrenos hacia el castillo un brillo plateado. No podría jurarlo porque no se quedó allí un segundo más para poder asegurarse de qué forma tenía, pero creía que lo que había visto había sido un caballo.

Y ese patronus era de Ginny.

Los mortífagos también debían de haberse adentrado en Hogsmade. Allí era donde estaban Ginny y otros miembros de la Orden. Los seguidores de Voldemort al parecer habían dividido sus fuerzas para pillarles por sorpresa.

Maldita sea.

-¡Vamos Ron, date prisa!- instó Harry con premura al terminar de bajar de la torre.

No sabían exactamente en qué piso estaban, pero sus pies les guiaban por instinto hacia el Vestíbulo, donde todos debían reunirse según los planes de alerta de la Orden para actuar.

Cuando él y Ron llegaron allí, jadeando de tanto correr, ya había varios miembros de la Orden preparados, la mayoría de los que estaban apostados en el castillo. McGonagall ya estaba allí, y junto a ella unos cuantos alumnos de Hogwarts. Voluntarios que habían prestado su pericia en aquella lucha por propia voluntad.

-Qué hacen aquí, deberían irse a sus Salas Comunes- dijo Hestia Jones, observándolos al llegar, asombrada.

-Se han ofrecido voluntarios, y cuantos más seamos mejor- dijo McGonagall dando el asunto por zanjado. Al parecer, ya había intentado discutir en balde con aquellos alumnos - ¿Quién ha mandado el patronus de aviso?

-Nosotros, profesora- dijo Harry adelantándose- Los vimos desde los tejados. Se acercan por el Bosque Prohibido.

-Tal y como Dumbledore imaginaba- susurró Minerva, comenzando a caminar mientras el resto la seguía- Iremos a su encuentro y defenderemos el castillo directamente. No creo que sepan que ya sabemos que han llegado. ¿Habéis mandado patronus a los que están en los terrenos y límites del Bosque?

-Sí profesora- asintió Harry desde detrás, corriendo tras ella como el resto- No tardarán en venir, pero creo que en Hogsmade ya tiene problemas.

McGonagall asintió, como si ese detalle ya lo conociera o lo hubiera previsto de antemano.

-Bien. Seremos la contención, al menos hasta que lleguen los demás.

-No creo que sean muchos, Minerva- dijo Hestia Jones. La bruja parecía insensible al temor, aunque parecía algo preocupada- De haber sido un gran número habrían atacado ya, y no habrían llegado escondiéndose desde el Bosque Prohibido.

-Coincido contigo, Hestia, pero me temo que el Bosque Prohibido será mejor campo de batalla para ellos que para nosotros.

De eso a nadie le cabía la menor duda.

-¿Y el profesor Dumbledore?- preguntó entonces Fred Weasley, a quien también le había tocado guarida en el castillo y acababa de llegar desde las mazmorras.

-No hacía guardia aquí, sino en el camino que lleva a Hogsmade- respondió rápidamente McGonagall, deteniéndose frente a la puerta del castillo- No tardará en venir, señor Weasley, no se preocupe. Pomona, acércate por favor. Tenemos que abrir esta puerta.

La profesora Sprout fue hasta ella inmediatamente, y ambas quitaron los encantamientos que protegían las puertas del castillo. Instantes después, McGonagall abría la puerta y salía de allí, seguida por todos los miembros de la Orden que ya se habían reunido para actuar.

Cuando Ron iba a salir, encontró una cara familiar tras él. Hermione le hizo un gesto con el dedo, indicándole silencio. No quería que McGonagall la viera allí y la mandara de vuelta al castillo. Quería luchar igual que todos los demás, y no iba a permitir que nadie le dijera lo contrario.

-He visto el patronus- susurró en voz baja la antigua prefecta de Gryffindor- Gracias por enviármelo.

EL mago pelirrojo asintió, y tras hacerle una señal a Harry que asintió al ver a Hermione, los tres salieron corriendo hacia los terrenos del castillo en dirección al Bosque Prohibido seguidos por otros muchos, dispuestos ya varita en ristre a acabar con cualquiera que pretendiera atacar su hogar. No abandonarían Hogwarts en manos de quienes no eran capaces de apreciar el verdadero significado de las palabras bruja y mago.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Los mortífagos se aparecieron unas horas después de que el sol se hubiera puesto tras la línea del horizonte, lejana y cercana al mismo tiempo. En el bosque frente a la mansión guarida de los mortífagos, el platino había esperado horas antes pacientemente hasta que llegara el momento adecuado. Y por fin el sol había desaparecido y la oscuridad de la noche había llegado para arroparles.

Los demás parecían nerviosos, otros ansiosos, otros ambas cosas a la vez. El revoloteo de las capas al moverse y los sonidos metálicos de las máscaras plateadas al cubrir los rostros de muchos de ellos eran el reclamo y aviso de lo que vendría después.

Hacía frío, mucho frío. La humedad del ambiente y esa densa neblina que parecía no querer abandonar nunca aquellos parajes los envolvía, como si tratara de aplacar sus ansias de lucha. Pero el ardor que todos sentían en sus brazos insuflado por la Marca Tenebroso suplía cualquier falta de calor, espoleándolos a actuar contra todo lo que tuvieran delante.

Cuando Malfoy consideró que ya era el momento, se separó del árbol en el que se había mantenido apoyado, de brazos cruzados, en posición tranquila pero falsamente relajada. Nadie preguntó por qué no salían ya: él era el líder en aquella avanzadilla, y ninguno pensaba poner en duda sus decisiones. Demasiado bien sabían lo que les pasaría si lo intentaban.

-El primer grupo- llamó Malfoy, acercándose al enjambre de túnicas negras- McNair, tú los guiarás en Hogsmade. Recuerda mis indicaciones y no te salgas del plan.

-Sí, Malfoy- asintió el trabajador del Ministerio, cuyo rostro al igual que muchos otros, estaba tapado por una de aquellas máscaras de oscura plata.

-No te retrases ni un solo segundo. EL tiempo es vital- le advirtió Malfoy, sacando por fin su varita, que observó como si fuera algo mucho más interesante que McNair o aquella conversación.

-No lo dudes. Las condenas de criaturas en el Ministerio me han vuelto de lo más puntual- rió, y algunos lo hicieron con él, conocedores de su actual puesto de trabajo.

-Bien, y ahora largo- ordenó el platino.

McNair asintió, y haciendo unan seña, una parte del grupo se acercó a él. Unos segundos después, todos se habían desaparecido en dirección al mágico pueblo de Hogsmade. Se aparecerían cerca de la Casa de los Gritos, un poco alejados para pasar desapercibidos y en un terreno que les era claramente favorable, por si alguna rata de la Orden estaba husmeando por allí.

Malfoy esperó junto al resto, paciente. No llevaba nada que le indicara la hora ni el tiempo de espera, pero parecía estar muy seguro del rato que debía esperar. Finalmente, se movió de su posición inmóvil. Los demás captaron inmediatamente su movimiento y se acercaron, instintivos, ansiosos, ávidos por comenzar el indiscriminado uso de las imperdonables que los perdía a todos de codicia.

-Nos apareceremos cerca del límite del Bosque Prohibido, en el interior, entre los árboles. Es el único lugar cercano a Hogwarts en el que es posible aparecerse y desaparecerse sin llamar la atención y sin romper hechizos de protección- los demás asintieron- No quiero que nadie lo haga a menos de quinientos metros de la linde del bosque. No es seguro acercarse demasiado y habrá vigilancia. Una vez allí, nos aproximaremos despacio.

-¿Hacia dónde vamos entonces cuando lleguemos al límite del bosque?

-A ningún sitio, Avery- aclaró el rubio despacio- No quiero que nadie salga a campo abierto. Los terrenos son una zona demasiado peligrosa, desde el castillo seríamos presa fácil- negó con la cabeza, dando unos pasos en dirección al resto- Nos mantendremos entre los árboles. A esos cobardes siempre les ha aterrorizado el Bosque Prohibido. Será el lugar perfecto para que nos aprovechemos de su miedo.

Avery asintió, convencido del plan. Era un plan demasiado razonable y lógico como para discutirlo. Y además, la idea de aprovecharse del miedo ajeno le parecía deliciosa.

-Estoy deseando encontrármelos- siseó Mulciber, conocido tanto por los suyos como por los defensores de los impuros por su pericia con la maldición imperio.

Unos asintieron, y otros mostraron su conformidad hablando de algunas de las ideas que ya llevaban rondando sus cabezas desde la última batalla auténtica. Estaban deseando ponerlas en práctica.

-Es el momento- dijo el platino, deteniendo inmediatamente las conversaciones- Apareceos, ya.

No tuvo que repetirlo ni elevar el tono de voz ni un solo grado. Los mortífagos podían ser crueles, pérfidos, solitarios, díscolos, pero eran tremendamente disciplinados. Estar a las órdenes del Señor Tenebroso les había obligado a serlo. Y aunque quien dieras las órdenes fuera todavía un mago demasiado joven, le habían visto hablar con seguridad y complacencia en nombre de Quien-no-debía-ser-nombrado, había sido espía en Hogwarts y le habían visto vencer a mortífagos de gran y conocida experiencia.

Un mortífago se hacía su propia reputación, se ganaba sus galones a base de maestría y destreza con la varita, de astucia en sus planes y audacia en sus decisiones. Y por ahora, Malfoy cumplía los requisitos.

Se aparecieron en el Bosque Prohibido instantes después. Malfoy fue el último, asegurándose de que nadie sería tan cobarde como para quedarse atrás.

Nadie lo hizo.

Indicó a unos siete u ocho mortífagos que se adelantaran al resto y que se acercaran hacia la linde del bosque. Varita en mano, unos enmascarados y otros simplemente con la capucha oscura que les ocultaba el rostro, se acercaron hacia el borde exterior de la arboleda. Malfoy esperó, paciente, observándolos y dirigiendo sus pasos.

Y no tardó en ver lo que sus ojos fríos y grises habían estado buscando.

Un patronus en forma de ciervo salió a toda velocidad cabalgando por la pared lateral del castillo, corriendo como un fulgor lunar a través de los terrenos en dirección a Hogsmade para avisar a los miembros de la Orden que estuvieran por allí de que habían avistado mortífagos, el enemigo se acercaba por fin.

Hizo volver a los mortífagos que había mandado como avanzadilla, y ordenó que todos se mantuvieran ocultos.

Ahora solo tenía que esperar. El cebo estaba echado y en su primer paso los miembros de la Orden habían picado. No tardarían en acercarse, atraídos irremediablemente hasta ellos. Sólo esperaba una cosa, sólo deseaba una cosa, una sola.

Que ella no saliera del castillo. Merlín, era lo único que pedía, que ella no pisara ni una sola brizna de hierba aquella noche.

Ya no deseaba que ella lo viera, que lo observara mientras mataba o atacaba de muerte a otro mago. Sabía que se lo había dicho, que se lo había exigido. Pero en su interior, el deseo porque tal cosa no ocurriera lo corroía por dentro. Con que uno de sus estúpidos compañeros de la Orden del Fénix se lo dijera, con que cualquier otro lo viera con sus propios ojos sería suficiente.

Respiró profundamente y el frío mortal del Bosque junto a su inherente neblina penetró sus pulmones y su mente, tranquilizándolo. Acarició entonces la madera de su varita mientras a su alrededor sus hombres tomaban posiciones. El tacto era de lo más tranquilizador.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Los miembros de la Orden llegaron por fin a la linde del Bosque Prohibido, al límite de su dominio. La oscuridad se cernía sobre ellos como un manto oscuro que les dificultaba la respiración, dándoles una sensación de inexplicable ahogo. Bill Weasley, que acababa de llegar, advirtió con un gesto rápido a Harry, Ron y Hermione que no hicieran luces con la varita.

Serían un blanco fácil, como luciérnagas danzando en la oscuridad ante ojos hambrientos.

McGonagall miró tras ella a los alumnos de los últimos cursos de Hogwarts que la seguían de cerca. Había incluso uno de Slytherin, y ya en el Vestíbulo había tenido que aguantar las ganas de decirle lo orgullosa que estaba ante semejante actitud. No todos los días se veía algo así. Hizo señas al grupo, y la seña fue pasando de unos a otros, que asentían y transmitían el mensaje. En marcha.

-Procuren no separarse mucho y mantengan siempre contacto visual con alguno de los nuestros- avisó como último y único consejo antes de adentrarse en la arboleda- Buena suerte.

Comenzaron a adentrarse por fin en el interior del Bosque Prohibido. Cruzar la línea de los primeros árboles fue como atravesar una bien fortificada muralla, y Harry no pudo evitar sentirse como si hubiera pasado por una silenciosa e invisible alarma muggle.

Tenía la varita firmemente sujeta en la mano, frente a él dispuesto a utilizarla al menor movimiento o al más ínfimo indicador de peligro. El Bosque Prohibido se le antojó más peligroso y misterioso que nunca, más incluso que aquella primera vez que se adentró entre su salvaje naturaleza en su primer año en Hogwarts.

Le parecía que cada pisada que daba quebraba cientos de ramas y que hacía un sonido atronador, pero sus amigos, cerca de él uno a cada lado, no parecían notar ese ruido con tanta fuerza como él. Ron observaba todo tratando de controlar los nervios, apuntaba con la varita en todas direcciones, como si temiera que si dejaba de mirar hacia algún punto fueran a atacarle por sorpresa.

Hermione, aunque claramente tensa y desconfiando de cuanto le rodeaba, se mantenía ligeramente más calmada de lo que cabría esperar de ella. Harry no quiso darle muchas más vueltas al asunto, el lugar donde estaban requería de su permanente atención. Le pareció oír un ruido por encima de sus cabezas, y se apresuró a mirar hacia arriba, apuntando con la varita.

No vio nada. Aguzó la vista igualmente, tratando de atravesar esa oscuridad y esa neblina que lo ocupaba todo. Apenas era capaz de ver el cielo entre las tupidas y espesas copas de los árboles. Por un momento pensó que si fuera de día no notarían la diferencia porque hasta allí no llegaría ni un solo rayo de luz.

-¿Ves algo?- preguntó Ron, mirando en rededor por si alguien les atacaba mientras Harry inspeccionaba las ramas.

-Nada- susurró en voz baja.

-A mi me ha parecido oír pisadas, no creo que sean de un animal- dijo Hermione en voz baja, mirando tras un grueso tronco de árbol.

Harry tuvo que reprimir las ganas de comentar a sus compañeros que quizá podría ser un hombre lobo. Pero se contuvo. No era momento para divagar sobre cómo podrían ponerse las cosas peores. Le dolía la cicatriz, bastante. Aunque no estaba seguro de que fuera con la suficiente intensidad como para indicar que Voldemort había ido hasta allí. No sabía si eso quería decir que tenía sus venenosos y sanguinarios pensamientos clavados en aquel lugar o era simplemente un aviso de su llegada.

Las dos resultaban terribles.

Caminaban despacio pero sin detenerse, observando a través de la densa oscuridad bajo cada enorme raíz, tras cada árbol, tras cada tronco caído, entre los montículos de roca cuando daban con alguno e incluso tras los matorrales que parecían más inofensivos. Todo les parecía peligroso y hostil, hasta las hojas muertas bajo sus pies.

De repente, un ruido los inmovilizó a todos. Los tres se mantuvieron muy quietos, agudizando el oído todo lo que sus cuerpos les permitían. La bruma les impedía ver nada, era demasiado densa, una neblina persistente y molesta que les obligaba a valerse del resto de sus sentidos.

-Pasos- avisó Harry, atento al más mínimo aviso de que no estaban solos.

Ron miró tras él, y comprobó con preocupación que el sendero que habían seguido- si es que había sido un sendero- había desaparecido, y ni siquiera era capaz de ver el límite de árboles del Bosque, ni un rastro de pradera verde. Estaban demasiado dentro del bosque.

El pelirrojo sujetó con más fuerza su varita, dispuesto a pesar de cierto miedo inherente en cualquiera ante una lucha semejante, a dar con todos los hechizos que pudiera a cualquier mortífago que se le pusiera delante. Y si era Malfoy, estaba dispuesto a darle algo más que su merecido.

Pero no oyeron nada, ni un solo paso más, ni un solo ruido. No eran tan imprudentes e incautos como para pensar que no había sido nada y que los tres habían compartido la misma alucinación, pero lo cierto era que no parecía haber nadie.

-Quizá no nos hayan visto. Si nosotros no podemos ver ellos tampoco deberían poder hacerlo- dijo Hermione titubeando un poco, todo lo bajo que pudo.

Era una buena teoría, pero aun así no podían descartar que fuera una trampa y que en aquel mismo instante estuvieran rodeados por un par de mortífagos que los cercaban como al ganado. Apenas habían dado unos pasos, cuando un grito desgarró el espeso aire del bosque, llegando hasta ellos como la peor de las alarmas.

-¡Corred!- dijo Harry siguiendo la dirección por la que creía haber escuchado la voz.

Los otros dos Gryffindor lo siguieron sin decir una palabra más. Varita en mano, los tres se adentraron en la densa neblina entre los árboles. Harry apretaba la mandíbula con fuerza, sujetando la varita dispuesto a atacar en cuanto viera al culpable de aquel grito.

¿Hacía cuánto que no veían a ningún otro miembro de la Orden? ¿En qué momento habían dejado de tener contacto visual con algún otro mago o bruja? Ni siquiera se acordaba. De hecho, ni siquiera era capaz de ver si tenía árboles delante o de si caminaba en círculos, la niebla lo cegaba. Ya no sabía si llevaba una eternidad caminando por el Bosque, adentrándose entre los árboles, o simplemente había ido muy despacio y la tensión le había hecho ver distorsionado el paso del tiempo.

Crucio!

El grito de la maldición asesina hizo que los tres se tiraran inmediatamente al suelo. Justo a tiempo, porque la maldición iba perfectamente dirigida en su dirección. Se levantaron con precaución, algo agachados y esperando que aquella posición les permitiera tener algo de ventaja y se les viera peor.

-Vamos, por aquí- instó Ron llamando a Harry.

El azabache tiró de Hermione para que también le siguiera. Ron se arrastró por el suelo todo lo silenciosamente que pudo hasta un árbol cercano. Se metió entre las gigantescas raíces que surcaban el suelo como esbeltos arcos naturales y los otros dos le imitaron, pegándose los unos a los otros.

Había sido una buena idea, desde allí tenían las espaldas cubiertas y podían ver más o menos ocultos si alguien se acercaba. Y ese alguien no tardó en aparecer. Entre la niebla apareció un mago ataviado de negro. Sus ropas le permitían camuflarse increíblemente bien en el Bosque, y aunque tampoco parecía ver mucho más de lo que ellos habían sido capaces, se le veía seguro, como si conociera el terreno.

Cuando estuvo cerca y dio una vuelta sobre sí mismo para observar en rededor, Harry no perdió más tiempo. Si dejaba que los encontrara perderían su ventaja.

Expelliarmus!- exclamó con voz potente.

El hechizo fue demasiado rápido. El mortífago a punto estuvo de esquivarlo pero no le dio tiempo. De su mano salió volando la varita y él calló hacia atrás en el suelo.

Accio varita!- dijo Ron llegando tras él.

El mortífago, que había intentado abalanzarse sobre su arma dispuesto a asestar un golpe de vuelta, se vio privado de su varita cuando ya era casi capaz de rozarla con los dedos.

Petrificus Totalus!- dijo Harry, congelando inmediatamente en su posición en el suelo a aquella figura oscura antes de que pudiera decir palabra.

Ron fue entonces a romper la varita del mortífago con rabia, dispuesto a que no pudiera volver a empuñarla en lo que le quedara de vida, pero Hermione lo retuvo.

-¡No, Ron!- lo detuvo, quitándosela de las manos- No sabemos si actúa bajo la maldición imperio, no puedes romper su varita- dijo, cogiéndola y guardándosela con cuidado en un bolsillo de la túnica- Se la daremos al Ministerio más tarde.

Harry asintió, aunque dudaba que aquel mortífago hubiera tenido con ellos la misma consideración, estuviera o no bajo la maldición imperio.

-¿Y ahora qué?- preguntó Ron con la respiración algo agitada.

Miraba con desconfianza al mortífago, como si temiera que se deshiciera del encantamiento y fuera a abalanzarse sobre ellos en cualquier momento. Sin embargo, unos ruidos desviaron su atención al igual que la de los otros dos Gryffindor. Unos ruidos y unos gritos demasiado esclarecedores y reconocibles como para no saber de qué se trataban.

Estaba cerca de una zona de lucha, y había muchas voces.

-Vayamos hacia allí. Tened cuidado y no os separéis- dijo Harry con contundencia- No podemos hacer nada con él, lo dejaremos aquí.

Ron y Hermione asintieron sin queja alguna. Harry no solía ordenarle nada a nadie, sin embargo, sabían que en esta ocasión, si querían salir con vida, lo mejor era seguir las indicaciones de quien ya se había enfrentado a la muerte demasiadas veces para una edad tan joven.

Corrieron a través de la niebla, acercándose cada vez más hacia las voces. De vez en cuando algún hechizo, encantamiento o maleficio pasaba cerca, por un lateral, silbando por encima de sus cabezas. Algunos eran intencionados, pero la mayoría llegaban de lejos sin objetivo claro, de lugar donde se cuajaba la batalla del Bosque Prohibido.

Cuando por fin llegaron, los brillos y resplandores de los hechizos y maldiciones que se mandaban unos a otros se reflejaban en la neblina y denotaban las posiciones de los magos entre la bruma y la oscuridad que se cernía sobre ellos, cegándoles e impidiéndoles ver demasiado lejos. Algunos quedaban sin embargo a su vista, como Bill y Fred Weasley, que luchaban ambos contra un mortífago endemoniadamente rápido con la varita.

Bombarda!

Protego!- dijo Harry justo a tiempo poniéndose frente al hechizo que llegó de improviso, observando que el mortífago que les había atacado se acercaba hacia allí rápidamente, con la máscara ocultándole el rostro y sus ropas negras confundiéndole con la oscuridad.

Fue directo a por él mientras veía por el rabillo del ojo a Ron y a Hermione hacer lo propio con otros dos que parecían querer atacar por la espalda a Bill y Fred, aprovechándose de que luchaban contra otro mortífago y no se cubrían las espaldas.

Expulso!- dijo el mortífago, pretendiendo hacer saltar a Harry por los aires.

Potter se agachó y se lanzó hacia un lado, no pudiendo protegerse a tiempo con la varita. El azabache apuntó a un cúmulo de hojas bajo su oponente y trató de convertirlo en una esponja que le hiciera rebotar y alejara a su atacante, pero falló al tener que esquivar otra maldición.

Corrió para alejarse un poco y tener algo de perspectiva. El mortífago, incansable, no parecía dispuesto a darle ni un segundo de tregua en el que pensar una buena manera de deshacerse de él.

-Los niños no deberías participar en esto, ¡os viene demasiado grande!- le llegó la voz del mortífago proveniente de detrás de la máscara en una risa maléfica y excéntrica. Harry estaba seguro de que ya había oído esa voz en alguna parte, pero su oponente no le dio tiempo a recordar exactamente de qué- ¡Incárcero!

Fumos!- contraatacó Harry.

Un denso humo gris salió de su varita, permitiéndole alejarse de la trayectoria del hechizo que le habría atado de pies y manos, inmovilizándole y dejándole a merced de una varita que buscaba algo más que amordazarle.

Vio al mortífago adentrarse en el humo oscuro y gris que ya empezaba a disolverse por la humedad del ambiente de aquella noche, buscándole, y no perdió un segundo más de tiempo.

Duro!- exclamó Harry apuntando a los pies del mortífago.

Sus zapatos parecieron convertirse en sendos bloques de piedra, puro cemento que le inmovilizó en su posición sin que pudiera remediarlo. El mortífago gritó con fuerza, tirando con energía de sus pies, haciendo fuerza con las piernas sin conseguir resultado alguno. Cuando levantó la vista para defenderse a cualquier precio, ya era tarde.

Incárcero!- dijo Harry antes de que levantara la varita, devolviéndole el golpe con su mismo hechizo- ¡Petrificus totalus!

Congeló completamente al mortífago. Nunca se sabía, había que ser precavido mientras se pudiera, y si podía dejarle fuera de combate el tiempo suficiente como para que cuando todo terminara el Ministerio se lo llevara a Azkaban, mejor todavía.

Harry se alejó de allí, volviendo de nuevo al centro de la batalla, buscando a Ron y Hermione entre la mezcla de varitas y capas. Cerca de donde se encontraba vio a McGonagall luchando codo con codo junto a Hestia Jones. Se acercó hacia allí para ayudar, varita en mano y sin sentir el cansancio, pues la tensión parecía controlar su cuerpo más de lo que lo hacía su mente.

-¡Potter!- exclamó McGonagall con palpable alivio al verlo y saberlo vivo, aunque tuvo que detener sus palabras un momento ante un ataque que se vio obligada a detener con dificultad- He visto a la señorita Granger que ha venido con el señor Weasley, ¿dónde os habíais metido?

Ambos se agacharon cuando una maldición de color rojizo pasó rozando sus cabezas. El tono severo de su voz no sorprendió al azabache. Hermione había desobedecido y no era lo habitual. De hecho, era lo menos habitual posible.

-¡Nos desviamos del resto del grupo!- consiguió decir Harry, demasiado atento a cualquier destello proveniente de alguna varita que a lo que McGonagall le decía- Nos atacaron y tardamos en llegar hasta que oímos los gritos.

-¡Minerva!- la voz de la profesora Sprout llegó hasta ellos trabajosa pero inteligible a través del trasiego de la lucha, de los hechizos, y de las maldiciones lanzadas sin un objetivo concreto- Todavía no han llegado los demás, ni siquiera Dumbledore. Entre tanta niebla no van a encontrarnos, probablemente ni siquiera puedan seguir el patronus que les he enviado.

McGonagall asintió. Tenían que traer refuerzos a toda costa, era vital si querían salir todos vivos de allí. Pidió a Hestia y a Sprout que la secundaran mientras ella se arremangaba la túnica, y Harry hizo lo propio aunque a él no le hubieran ordenado ni pedido nada. No hacía falta.

Un mortífago que ocultaba su rostro se acercaba directo hacia ellos en su dirección.

Palalingua!- dijo Harry apuntándole, antes de que pudiera esgrimir sonido alguno.

El mortífago se vio incapacitado para hablar, y Harry le obligó a retroceder con otro hechizo defensivo. McGonagall mientras tanto alzó la varita, y tras hacer un par de cuidadosos movimientos su voz retumbó en los oídos del azabache con fuerza.

Flagrate!

Una amplia línea roja salió de su varita surcando el aire, como una cinta que flotaba sobre la batalla, ajena a cuanto ocurría en el choque de varitas. Su color rojo intenso rubí serpenteaba en la oscuridad como un cordel que marcara el camino hasta su posición, un camino hasta allí desde lugares lejanos fuera del bosque.

La Jefa de Gryffindor sabía que los patronus tenían un brillo plateado y una consistencia demasiado parecida a la niebla, sería difícil seguirlos hasta allí. En cambio, esa marca sería mucho más eficaz si conseguían llegar hasta ella. Era la única forma que veía en aquel momento como posible para que los encontraran. Para que Dumbledore llegara hasta ellos.

Y necesitaban que los refuerzos llegaran cuanto antes.

-Señor Potter, busque a los alumnos de Hogwarts- dijo McGonagall, tajante cuando por fin se deshizo de su adversario. Harry asintió- Son demasiados para que los encuentre lo suficientemente rápido yo sola. Asegúrese de que se encuentran bien y ayúdeles si lo necesitan. No podemos atacar y dejar a los nuestros indenfensos.

Harry asintió y salió en la dirección contraria. Mientras buscaba con impaciencia a los alumnos que se habían atrevido a unirse a la batalla y a adentrarse en el Bosque Prohibido, trataba al mismo tiempo de encontrar a sus amigos. En aquel momento no los veía por ninguna parte y empezaba a preocuparse.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Ron, que tenía la mitad de la cara llena de rasguños, luchaba junto a Bill en ese momento. A base de superioridad numérica luchaban contra el mortífago que seguía resistiéndose como una bestia endemoniada. Más de un Avada Kedavra había pasado silbando al lado de su oreja, y en más de una ocasión temió que el pánico se apoderara de él al ver el espeluznante brillo esmeralda.

Pero se repuso rápido. Tenía que luchar junto a Bill y los demás, no era momento de dejarse arrastrar por el miedo.

Impedimenta!- dijo Ron antes de que el mortífago volviera a intentar pronunciar la última de las imperdonables.

Ya había aprendido a diferenciar ese extraño rictus de su brazo, el indescriptible gesto de su muñeca cuando se disponía a lanzarla. Un instinto de supervivencia afinado por las circunstancias de un modo que nada más podría hacerlo, de un modo en que ninguna otra situación podría conseguirlo se apoderaba de él en cuanto reconocía las señales.

Bill, que había sido lanzado con un fuerte hechizo varios metros hacia atrás, volvió apretando los dientes para no mostrar lo mucho que le había dolido el golpe. Aprovechando que Ron miraba a su hermano para asegurarse de que estaba bien, el mortífago trató de mimetizarse con el ambiente, adoptando la visión de que era una parte más del Bosque, un encantamiento desilusionador rápido que los dejaría en desventaja.

-¡No!- gritó Ron, lanzando un hechizo en su dirección.

Pero llegó un segundo tarde, el mortífago, camuflado, ya no estaba allí.

Homenum revelio!- exclamó Bill casi con rabia.

El hechizo salió con potencia de su varita. Una potente luz salió de la punta de su varita, y el mayor de los hermanos Weasley no perdió ni un segundo de tiempo. En cuanto la figura del mortífago empezó a perfilarse contra el aire gracias a su hechizo y su ilusión óptica a evaporarse, atacó sin piedad.

Engorgio!- apuntó a las manos de su enemigo, que empezaron a crecer de manera desproporcionada, inflándose de forma descontrolada.

El dolor en sus extremidades fue palpable, pues el mortífago gritó con fuerza, tirando al suelo la varita que ya no podía sujetar con sus hinchados e insensibles dedos y tratando de alejarse de sus atacantes en un inútil intento de ganar tiempo o encontrar a algún compañero que detuviera los efectos del hechizo.

Desmaius!- acabó Ron, acercándose antes de que huyera.

El mortífago cayó al suelo, y Bill se acercó también, atándolo a fuerza de varita y empujándolo hasta dejarlo al lado de las raíces de un árbol, oculto a los ojos de quienes pudieran ayudarle.

-Buen trabajo Ron- lo felicitó Bill, con la respiración agitada y sudando por el esfuerzo. Su largo pelo rojo se había soltado en parte de su agarre durante el duelo, dándole un aspecto algo salvaje.

Ron asintió, sin tiempo para sonrojarse por el elogio de Bill al que siempre había admirado tanto, respirando tan agitada y entrecortadamente como su hermano. Ambos mantenían la varita firmemente sujeta mientras trataban de recuperar el aire.

-¡Ron, Bill!

Las voces de Fred y Hermione llegaron hasta ambos hermanos tan entrecortadas como debían estarlo las suyas propias si trataban de utilizarlas. Los vieron acercarse corriendo, visiblemente cansados pero tensos todavía tras la batalla. Fred tenía un profundo corte en la pierna, aunque no se quejaba y no daba muestras de estar dispuesto a abandonar. Hermione parecía haber recibido un fuerte golpe, pero no estaba herida.

-¿Estáis bien?- preguntó Fred.

Los otros dos asintieron.

-Dumbledore acaba de llegar- les informó Hermione entrecortadamente, tratando de recuperar el aire- Y con él el resto de miembros de la Orden que estaban cerca. McGonagall ha conseguido indicarles el camino.

La esperanza y la ilusión reconquistaron sus corazones de inmediato. Oía que Dumbledore ya estaba allí era una gran noticia.

-Minerva siempre ha sido un hueso duro de roer- apuntó Fred, sonriendo para contener un gesto de dolor.

-¿Y Lupin y Tonks?- inquirió Bill, mirando tras Fred y Hermione- ¿Los habéis visto? ¿Están bien?

Veía magos y brujas luchando, túnicas negras que se movían con agilidad mezclándose entre las sombras, pero no llegaba a verlos desde allí.

-Yo los he visto hace un rato y parecían estar bien, aunque a Lupin le han dado en el estómago- dijo su hermano Fred con rabia, como si lo hubieran hecho a traición y por la espalda.

-¿Y Harry?- preguntó entonces Hermione, preocupada- ¿No estaba con vosotros?

Bill negó con la cabeza.

-Entonces vayamos a buscarlo, no puede estar muy lejos y quizá necesite ayuda- apremió Hermione presurosa, pesarosa.

-Hermione tiene razón, van a pensar que somos los miembros más vagos de la Orden- dijo Fred, levantando la varita como si se tratara de una espada- ¡Venga!

Ninguno rió, no era el momento, pero sintieron que se les aligeraba algo la carga que llevaban sobre el pecho y sobre sus espaldas. Corrieron juntos en la misma dirección, dejándose guiar por los gritos, las amenazas, el miedo y el electrizante sonido de los hechizos y las maldiciones cruzando indiscriminadamente el aire a su alrededor.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

En cuanto Dumbledore vio aquella estela roja surcando el aire no tuvo duda de que había sido Minerva: Era, simplemente, una idea brillante, y llevaba implantado el sello de aquella bruja gran como una firma inconfundible. Sonrió en la oscuridad, e indicó a todos los que se habían reunido con él en el camino que siguieran aquella cinta roja que ya empezaba a desaparecer, que tuvieran cautela y no perdieran la concentración un solo segundo.

Ellos tenían ahora el camino claro y marcado, pero el enemigo también. Una espada de doble filo.

Salió corriendo, al igual que el resto, sorprendiendo a quienes no solían verlo moverse con semejante agilidad, tamaña energía, tal fuerza para moverse y correr como ningún otro mago ni muggle de su edad debería ser capaz de hacerlo a aquellas alturas.

No tardó en llegar a la zona de lucha, no estaba tan lejos como en un principio había imaginado. No le gustó la escasa visibilidad en el campo de batalla, la densa neblina que impedía que los miembros de la Orden actuaran en mejores condiciones. La ocultación siempre había favorecido al enemigo y les había condicionado a ellos.

Mimblewimbe!-dijo sin detenerse, apuntando a un mortífago que se acercaba a él por un lateral.

El mortífago quedó inmediatamente aturdido, siendo tal su confusión que cayó al suelo, incapaz de mantenerse en pie pues le daba vueltas la cabeza. George Weasley, que iba tras él, se encargó de asegurarse de que no pudiera volver a atacar a nadie, al menos por aquella noche.

Él continuó su andadura. Debía encontrar a Harry y asegurarse de que estaba bien, asegurarse de que Voldemort no pensaba llegar hasta él aquella noche sin al menos haber intentado defenderlo con su propia varita primero. Aquel muchacho merecía ser defendido incluso con su vida si era necesario.

No creía, sin embargo, que aquella noche se atreviera a dar su gran golpe. Voldemort era más dado a las grandes ceremonias, al boato, a la rimbombante publicidad del miedo, las aclamaciones aterradas a su ego. No era aquel un momento para él.

Sin embargo una mente tan descarnada como la suya era difícil de predecir en ese sentido. Su maldad tomaba siempre las formas más inconcebibles y no sería la primera vez que le sorprendería su actitud.

Tras sortear un par más de duelos individuales de gran intensidad y dificultad, vio de lejos a Nymphadora Tonks, que salía despedida en un potente estallido y chocaba contra un árbol. No fue a defenderla como habría hecho en cualquier otro caso, puesto que no lo creyó necesario cuando vio inmediatamente después a Remus Lupin ponerse frente a ella para defenderla de cualquier ataque mientras la joven bruja se levantaba adolorida y su pelo cambiaba a un oscuro color azul eléctrico que indicaba una aseverada ira.

-¡Dumbledore!- la voz de la profesora Sprout le apresuró a acabar con un mortífago para poder continuar su búsqueda y atender a su llamada.

Su enemigo parecía haberse amilanado al reconocerlo en un primer momento, nadie era inmune a la poderosa imagen que detentaba Albus Dumbledore, ni a la avasallante mirada azulada tras las gafas de medialuna, ni a la varita que se erguía en su mano como el más peligroso de los enemigos.

Pero poco después se había envalentonado, conocedor como todos los demás de que Dumbledore jamás usaría una imperdonable, y de que eso le daba cierta ventaja y una posibilidad de ganar. Trató de atacarle con una de sus peores armas, pronunciando una imperdonable como primer ataque.

Pero falló, errando inexplicablemente. El director de Hogwarts parecía haberse movido tan rápido como su propio parpadeo. El anciano mago hizo entonces gala de su Orden de Merlín de Primera Clase, y con una floritura de la varita golpeó al mortífago con un potente hechizo que le hizo saltar por los aires girando sobre sí mismo y aterrizando varios metros más lejos, demasiado dolorido y probablemente casi inconsciente como para levantarse por el momento.

Dumbledore giró entonces la mirada hacia la profesora Sprout, que esperaba tras él, todavía con la varita en alto, desconfiando de bajar la guardia o darse la vuelta, esperando en cualquier momento un ataque traicionero por la espalda.

-Pomona, ¿has visto al señor Potter?- preguntó Dumbledore.

Su voz, calmada pero firme, aplacó el nerviosismo y tensión de la profesora de Herbología. Su pelo gris empezaba a liberarse de las amarras de su moño, pero su mirada estaba cargada de valentía y lealtad a la causa. El sonido de la voz de Dumbledore aplacó sus miedos y serenó su alma tan pronto como llegó a sus oídos.

-Sí, he visto a Potter. Minerva lo envió a buscar a los alumnos del colegio que insistieron en pelear, los habíamos perdido de vista- explicó de forma rápida, mirando instintivamente a Dumbledore y a otros puntos constantemente por si alguien se acercaba- Se fueron en aquella dirección, Minerva creyó oír a uno de los alumnos.

-Bien- asintió Dumbledore- ¿Hay heridos?

La profesora Sprout detuvo su inquieto frenesí inquisidor de las neblinas y del espacio entre los árboles, y le miró de forma sombría.

-He visto a unos de los nuestros en el suelo, no estoy segura de quién era- dijo cautelosa, apesadumbrada- Y Flitwick ha sido herido al ayudar a Hestia Jones. Sé que hay alguno más herido, pero del resto no estoy segura.

Le pareció ver una sombra moverse entre la bruma, y apretó con más fuerza la varita, desviando la vista de Dumbledore.

-Bien, Pomona, gracias- dijo Albus con suavidad- Hagrid no tardará en llegar hasta aquí, te será de gran ayuda.

La profesora de Herbología asintió con una media sonrisa y se distanció de él unos metros para dejarle el camino libre. Le cubriría las espaldas para intentar que nadie le siguiera en su búsqueda de Potter. Era lo único que podía hacer por aquel muchacho por el momento.

Dumbledore se dirigió veloz en la dirección que le había marcado Sprout. Le preocupó el detalle de que ese camino se alejaba de la batalla central, donde la mayoría de miembros de la Orden y mortífagos se concentraban. Era peligroso estar solo en la oscuridad y lejos de compañeros para una lucha sin reglas.

Alejándose era demasiado fácil caer en emboscadas o ser atacado por sorpresa por más de un mortífago.

Aceleró el paso, mientras su anciana pero ágil mente repasaba en silencio cada pensamiento e idea que había hilvanado durante meses sobre ese momento. Al final las cosas nunca salían como uno pensaba. Hasta la más básica de sus ideas podía verse afectada por los cambios más impensables e insospechados.

Protego!

Aquella voz había sonado demasiado joven, demasiado débil y aun así demasiado optimista como para confundirla con un mago experimentado en duelos. Definitivamente, iba por el buen camino. Agudizó la vista y la niebla le pareció aún más densa que donde se concentraba el resto de la batalla, como si pretendiera disuadirle de su pretensión de seguir por aquel camino, incitándole a desviarse de su destino.

Quizá… Oh, por supuesto. Su anciana cabeza estaba perdiendo facultades.

Finito Incantatem!- exclamó con voz potente.

De su varita salió un potente hechizo que se adentró en la espesa niebla. La densidad de aquella opaca e incorpórea sustancia empezó a desvanecerse, disminuyendo en cantidad y permitiendo mayor campo de visión.

Demostrando así que un hechizo poderoso actuaba en su contra oscureciendo y cegando el campo de batalla.

Por supuesto, debió haberlo imaginado desde el principio. Aquella niebla en aquella época del año y con tan poca lluvia era algo muy extraño, poco común. Por no decir un fenómeno atmosférico casi imposible de no ser por un potente hechizo. O varios.

Una idea muy astuta, sin duda. Habían debido de pensar mucho para crear una niebla tan amplia, tan espesa y tan duradera y conseguir que él tardara tanto en darse cuenta de su engaño.

Expelliarmus!

La voz de McGonagall se perfiló con su cortante severidad, llegando hasta él como un aviso para que no se detuviera. Dio más brío a sus pasos, temiendo que la niebla volviera a concentrarse y le impidiera de nuevo ver más allá de su aguileña nariz. Su cicatriz en forma del metro de Londres no le serviría de nada en aquel campo si no incluía los caminos del Bosque Prohibido, cosa que por el momento ponía en duda.

Por fin vio siluetas recortándose contra la bruma.

Y allí estaba McGonagall, luchando con un espíritu de inaudita fogosidad, lanzando hechizos y encantamientos tan rápido que parecía imposible que llevara años sin pelear en una gran batalla. Tres mortífagos se movían como hienas a su alrededor, y la jefa de Gryffindor no se amilanaba, pese a que se defendía a sí misma y a cuatro alumnos de Hogwarts.

Los alumnos estaban juntos, formando un círculo. Lanzaban hechizos todo lo rápido y a menudo que podían, pero se veían en serias dificultades cuando una imperdonable iba directa hacia ellos y se veían obligados a tirarse al suelo o a esconderse tras los árboles para evitar lo peor, demasiado jóvenes e inexpertos para hacer frente a ataques para los que nadie los había preparado nunca ni en sus peores pesadillas.

Algunos trataban de ayudar a McGonagall, y de vez en cuando sus gritos de aviso permitían a la subdirectora de Hogwarts evitar algo más que un buen golpe.

Palalingua!- dijo Dumbledore acercándose rápido, haciendo una entrada que amilanó a los tres seguidores del Señor Tenebroso.

El mortífago al que iba dirigido el hechizo lo recibió sin tener tiempo a intentar protegerse. Dumbledore había visto en sus ojos un conocido y escalofriante brillo esmeralda que había visto demasiadas veces como para no reconocerlo. Y, en esos casos, debía atacarse cuanto antes. Atajar sus palabras antes de que provocaran efectos catastróficos.

Cistem aperio!- pronunció McGonagall sin perder tiempo. El mortífago al que Dumbledore había silenciado a fuerza de varita salió volando por los aires.

Uno de los alumnos, que estaba cerca del lugar donde cayó el mortífago se apresuró a petrificarlo. Esa era la orden que les había dado McGonagall; en cuanto tuvieran ocasión de petrificarlos, debían hacerlo. Era la única forma de detenerlos durante el tiempo suficiente para atarlos y mantenerlos a raya para conseguir llevar a alguno a Azkaban.

-He visto tu señal, Minerva. Una gran idea- halagó Dumbledore, colocándose junto a McGonagall, mano a mano en la batalla como hacía tantos años ya habían hecho.

La poderosa presencia del mago revitalizó y animó tanto a la bruja como a sus jóvenes alumnos, que también se acercaron para sentir la arropadora sensación de la figura de Dumbledore luchando junto a ellos.

-Me temo que no es el momento para eso, Albus- respondió McGonagall en voz baja, prefiriendo que los más jóvenes no oyeran sus palabras- Hay otros alumnos que no he encontrado, y algunos han huido más hacia delante.

-Relashio- murmuró Dumbledore. Uno de los tres mortífagos sintió que le quemaba la varita y que unas chipas rojas le ardían en la mano, obligándole a soltarla- ¡Desmaius!

Sin embargo, esta vez el mortífago fue más rápido, y agachándose y cogiendo la varita con la otra mano, se desapareció para aparecerse unos metros más lejos, al lado de su compañero que observaba en silencio a los dos magos y a sus jóvenes alumnos, decidiendo el mejor modo de atacar.

Y a McGonagall eso no le gustó en absoluto.

Crucio!- dijo uno de los mortífagos.

McGonagall tuvo la terrible sensación de que esa voz la conocía. Que era de un viejo conocido suyo, un mortífago antiguo. A su mente llegó el nombre exacto sin necesidad de proponerse buscarlo. Avery. Sí, estaba casi segura, tenía que ser él.

-Es inútil que sigas escondiéndote Avery- dijo la jefa de Gryffindor con confianza en voz alta- Sé que eres tú.

Una escalofriante risa llegó de debajo de una de las capuchas negras. El mortífago se detuvo a una distancia prudencial, y se bajó la capucha que le ocultaba el rostro. No llevaba máscara, y una fría y torcida sonrisa adornaba su rostro.

-Siempre tan astuta, McGonagall- dijo irónico, haciendo un leve gesto con la cabeza- Y siempre al lado de Dumbledore para cubrirte las espaldas.

La bruja arrugó el ceño, molesta, airada. Pero sabía que lo que pretendían era desconcentrarla, y eso no iba a permitirlo.

-Albus, tienes que marcharte- dijo sin mirarle, apenas moviendo los labios- Potter ha seguido hacia delante, persiguiendo a los mortífagos que iban tras otros alumnos que han continuado corriendo.

Una arruga de preocupación apareció en la frente del mago, pero no se movió todavía. Dumbledore no podía irse sin asegurarse de que no se le necesitaría.

-Confío en que puedas solucionar esto sola- dijo con seriedad, esperando su respuesta.

McGonagall sonrió sin alegría alguna, asintiendo levemente con la cabeza.

-No es la primera vez que Avery y yo nos enfrentamos, Albus. Somos viejos conocidos- respondió siguiendo con la vista al mortífago que se movía sutilmente- Si necesito algo, los alumnos me ayudarán- los recién nombrados asintieron, atentos como estaban en silencio a la conversación a la par que a sus atacantes- Además, ya sólo quedan dos.

Dumbledore aceptó entonces sus palabras. Confiaba plenamente en aquella mujer, no había nadie más preparada para hacer aquella hazaña que se proponía que ella, de eso estaba seguro. No todos los magos se enfrentaban por decisión propia a dos mortífagos tan experimentados como los que tenían delante.

Se alejó unos pasos de McGonagall y dio media vuelta, dispuesto a encontrar a Harry costara lo que costara.

Ese muchacho estaba corriendo unos riesgos que nadie debería correr sólo por sus indicaciones, por las directrices que él le había estado dando desde su primer curso en Hogwarts, por los valores que él le había inculcado.

Harry siempre obedecía ciegamente a todo lo que él le pedía, y no se consideraría digno de semejante confianza si no utilizaba su vida en defenderlo en aquel momento, en el momento en que más lo necesitaba, en el momento en el que más preguntas se haría y más dudas sentiría.

Sentía la responsabilidad pesarle sobre los hombros de un modo en que no lo había hecho nunca hasta ahora.

Avery pareció ver lo que pretendían hacer, y no parecía dispuesto a permitir que Dumbledore continuara su camino.

Imper

Incendio!- dijo McGonagall, esta vez más rápida, en absoluto dispuesta a permitir que un mortífago detuviera el camino de Albus Dumbledore.

De su varita salieron unas potentes llamas que ocuparon el espacio entre ambos durante el tiempo suficiente para que el director de Hogwarts, el mago más poderoso que jamás hubiera conocido, desapareciera entre la niebla, obligando al mortífago a repeler el ataque y posponer la maldición imperdonable.

La jefa de Gryffindor sonrió, satisfecha de su varita y de su defensa. Pero cuando las llamas desaparecieron y vio el rostro de Avery, la fuerza de su sonrisa aminó como azotada por el viento.

Avery sonreía, desalmado. Y parecía complacido.

Y entonces comprendió que Avery no era tan lento en sus maldiciones, ni un hechizo tan fácil como ese una buena defensa contra él. Todo era una trampa, querían que Dumbledore fuera hacia delante, hubiera lo que hubiera allí. Y ella le había avocado hacia la trampa con sus palabras y le había permitido proseguir ese falso camino con sus acciones.

-Por tu cara veo que por fin empiezas a comprender, McGonagall- dijo Avery con cruel diversión.

McGonagall no le escuchó. Tenía otras cosas de qué preocuparse antes que de la fanfarronería de un viejo mortífago.

-Preparaos- dijo a los alumnos, que asintieron mientras asían con más fuerza sus varitas- No os separéis y defendeos unos a otros.

La Jefa de la Casa de Gryffindor no esperó más. Acabaría con Avery y con el otro mortífago, fuera quien fuera, y después iría hasta donde estuviera Dumbledore. No importaba que Dumbledore no necesitara su ayuda para defenderse.

Lo conocía demasiado bien. Iría a ayudar a Potter, y él mismo se pondría por ello en peligro. Y ella eso no iba a permitirlo. No si ella podía impedirlo, aunque fuera a costa de su vida..

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Continuará…

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Hola! Aquí estoy de nuevo, y tal y como prometí, bastante más rápido que la vez anterior. En fin, sé que no adelanta este cap. la trama todo lo que debería, pero creo que el capítulo lo suple con bastante acción y un dechado de hechizos. Sí, hay algo de caos, pero creía que hacía falta darle ese enfoque en una primera batalla seria, con muchos luchadores, niebla y bruma por todas partes que no deja ver y el peligro de ser asesinado detrás de cada árbol del bosque. Como siempre, no me he inventado ningún nombre ni encantamiento, todos han aparecido en los libros alguna vez.

En respuesta y agradecimiento a los reviews no registrados:

Ray (Muchas gracias, me alegra que te guste el fic. Te agradezco mucho tu review y gracias por la buena crítica, jeje. Saludos!) Linnet (Hola! Vaya, me impresionas. Leerse los veinte capítulos que hay hasta ahora en un solo día me parece increíble, de veras. No sé ni si y misma podría… jeje. Muchísimas gracias, de verdad te agradezco tus halagos al fic y a la forma de escribir. Me alegro de que te guste tanto, y espero que este cap también te guste. Un saludo!) Maya (Hola! Sí, no eres la primera a la que no le deja la página dejar un review en el fic, no te preocupes! Es más, te agradezco que te tomaras la molestia de ir hasta mi perfil para dejarme un mensaje. Me alegra que te guste tanto el fic! Espero que también disfrutes de este cap, un saludo!)

Bueno, como siempre, espero que el capítulo os guste, aunque sea solo un poquito, jeje. Un saludo!

Palin_Mounet