Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...

.


.

.

.

Fantasy Fiction Estudios

presenta

.

.

.

Proyecto Idavollr 2017 - 2018

.

.

.

.

.

.

IDAVOLLR

.

La guerra de los hijos del vacío

.

.

.

Noatum

.

V

.

.

.

¡Venganza!... ¿Existe acaso una razón más pura, dedicada, hermosa, generosa y mejor intencionada que ésa?

.

.

.

En un mundo donde la magia era tan escasa como un manantial en el desierto, aquella fuerza fue como si la luz intensa del sol hubiera resplandecido en mitad de la noche. La batalla se detuvo un momento ante aquella sensación aplastante, los que no pudieron la suerte de ver la luz del hechizo, por encontrarse dentro de los muros de la ciudad, se sobrecogieron de igual manera ante tan intensa y espeluznante presencia. Y los que pudieron presenciarlo se cubrieron asustados, maldijeron o gritaron por sus ausentes señores y ancestros, demonios y humanos por igual, pues ninguno pudo comprender en un principio lo que había sucedido.

Una luz blanca y platinada como un rayo de luna apareció cruzando el océano, partiendo las olas en dos y formando un canal al hacer retroceder las poderosas corrientes del mar. Tan rápido, como un relámpago en el cielo, atravesó los cascos de un par de naves de la armada de Hel como si fuera un cuchillo rebanando una hogaza de pan, y formando un leve arco se separó de la superficie de las aguas, alzándose en el aire donde impactó por detrás el gigantesco y horrendo cuerpo de Yigas Hram Kein.

El rayo de luz no solo lo impactó, sino que lo traspasó como un puñal, y con la misma velocidad casi instantánea con que todo sucedió ascendió por el interior del viscoso ser, quemando y desgarrando sus interiores, abriéndose heridas por donde el fuego plateado estalló a lo largo de toda su piel gelatinosa, hasta alcanzar la cabeza del dragón, la que se alzó como si hubiera recibido el golpe de un gigante, cuando desde el interior de la boca emergió el rayo de luz desgarrando junto con sangre negra y pútrida parte de la asquerosa boca de gusano.

La luz ascendió entonces hasta el cielo, iluminando las nubes y a toda la ciudad por una pequeña fracción de tiempo, hasta perderse en el vasto firmamento.

Luego solo hubo silencio. No se alzaron espadas, no hubo gritos de guerra, maldiciones o amenazas, sino la más absoluta quietud por unos largos casi eternos segundos. Kapsuo fue el primero en reaccionar, dejó caer la espada y se tomó el brazo donde tenía una de tantas heridas que había recibido, cayó al suelo apoyándose en una rodilla, con los ojos fijos en el paralizado dragón.

El cuerpo de la bestia crujió como un gigantesco tronco podrido, y comenzó a separarse del muro pata por pata, desprendiéndose también su viscoso cuerpo de la pared, cada vez más rápido a medida que se inclinaba hacia atrás. Como una gigantesca torre cayó de espaldas sobre las frías aguas del mar sumergiéndose en la oscuridad, levantando enormes olas que hicieron naufragar a las naves de Hel que se encontraban más cerca, entre los alaridos bestiales de sus malditos tripulantes.

No fue el ataque que presenció lo que sorprendió a Kapsuo, sino lo que sintió: aquello que atacó a Yigas no solo despedazó su cuerpo, sino que lastimó a su espíritu, desgarrando dolorosamente a la corrupta alma en pequeños fragmentos luminosos, que se desprendieron del viscoso cuerpo a medida que este se había desplomado inerte sobre el mar. Kapsuo se tensó, otra vez sintió aquella extraña y también espeluznante energía, pero ya no en forma de un ataque sino como la esencia de un ser que se aproximaba velozmente a la ciudad. No fue el único en percibirlo, y como el resto su espíritu le gritó en todos sus sentidos hasta erizarle la piel que aquello que se aproximaba era una criatura peligrosa, aterradora, muy similar a la primera vez que se encontró con un hijo del vacío. Kapsuo temió que esos monstruos hubieran alcanzado finalmente las murallas de Noatum en el océano de Asgard, pero algo no encajaba del todo en sus sentidos, porque ese ser era distinto a su manera al resto de ellos, incluso le pareció… familiar.

Seguramente, pensó Kapsuo, la desesperación lo estaba enloqueciendo. Porque aquello que le gritaban sus sentidos y corazón no podía ser real.

—¡En el mar, miren, allá! —gritó uno de los soldados de Noatum. Todos los que estaban a su derredor sobre la muralla giraron las cabezas hacia el mar.

.

.

En la nave insignia de la armada de Hel, Rays tampoco podía dar crédito a lo que había presenciado. Apoyando ambas manos en la baranda, hasta que la madera crujió bajo la presión de sus desesperados dedos, su mente trataba de recorrer todos los recónditos secretos de la magia intentando hallar una explicación; pero nada parecía siquiera aproximarse a lo que había visto ahora, mucho menos a lo que vería después cuando imitando a los demonios que gruñeron y gimieron de terror, volvió la vista hacia el horizonte.

.

.

Era como un pequeño sol que resplandeció muy lejos en mitad de la oscuridad del océano, volando a ras de las olas a una velocidad impensable para una embarcación, directo al encuentro de la armada de Hel.

Era una nave de forma bastante peculiar creada en materiales tan nobles como el mejor metal de Asgard. Su forma era alargada y afilada como una gran espada, no poseía mástil o velas, en cambio hacia la parte de atrás se extendían tres pares de alas, extendidas como si fueran las puntas de una estrella de seis picos, de diseño aerodinámico con terminaciones que simulaban ser plumas auténticas. A mitad del cuerpo de la nave, donde la cubierta se angostaba levemente, un anillo se suspendía en el aire alrededor del casco del que nacían otros tres pares de alas de un tamaño mucho menor a las principales, como si fueran alerones frontales. En la parte de atrás y sosteniendo las alas principales se encontraba el cuerpo principal, más ancho, donde se encontraba la cabina de mando bajo una enorme cúpula de cristal que cortaba el inicio de la cubierta con la forma puntiaguda de un diamante, alargado y también de diseño aerodinámico. Toda la cúpula parecía componerse de hexágonos de cristal casi indistinguibles unos de otros de no observarse con dedicación. La popa de la nave terminaba en forma de punta, rodeada por tres anillos rúnicos que se extendían y contraían a medida que se regulaba la potencia de la misma, liberando una estela de energía abisal que la impulsaba abriendo en dos las aguas al cruzar, dejando a su paso una estela de agua y vapor tan alta como una torre.

La suave vibración de las alas y los leves movimientos que hacían extendiéndose o replegándose, inclinándose hacia los lados para ajustar la dirección junto con el constante girar de los anillos mágicos de la propulsión, se acoplaban al ritmo de las pulsaciones de energía que dibujaba líneas geométricas sobre la cubierta y el casco, que iban desde la proa con forma de afilado espolón hasta la popa donde se iniciaba la luz del propulsor.

Y al inicio de la cubierta de la orgullosa nave Nerima una figura se alzaba contra el poderoso viento. Con un pie encima de la base del inicio del espolón, el comandante de los Dragones Rojos se encontraba con el rostro descubierto, los ojos afilados y un brazo extendido hacia la oscuridad y las lejanas murallas blancas que apenas se veían sobre las enormes olas negras. Empuñó la mano recogiendo el brazo con una sonrisa llena de arrogancia.

—¡Lo logré! —celebró Ranma y su sonrisa se tornó voraz.

Su sonrisa ya no era la de un alegre muchacho lleno de inocencia que una vez existió en el oriente de Midgard, sino que una sonrisa llena de anhelo de venganza y ansiedad.

«¿De qué estás hablando? ¡Estuviste a punto de dañar mi hermosa ciudad!»

La voz de Heid que provino desde su interior, en tono de reprensión, borró su sonrisa triunfal, torciendo los labios en un gesto de molestia.

—No fallé —replicó—, lo tenía todo perfectamente controlado.

«Estoy conectada a tu alma, Ranma, no me puedes mentir. Tuviste suerte, ¡no lo vuelvas a hacer o te arrancaré el poco cabello que te queda uno por uno!».

—Suficiente —gruñó Ranma en tono autoritario, y por reflejo se pasó la mano por el cabello suelto de melena mucho más corta, tocándose las puntas que danzaban sobre sus hombros. Su voz y mirada se tornaron serias y preocupadas—. ¿Cómo está la situación? —preguntó temiendo escuchar la respuesta.

«Lo hemos conseguido… por poco».

.

.

Heid sonrió con esa mirada astuta y arrogante que dominaba todos sus gestos. Ella se encontraba dentro de la ciudad de Noatum, de pie en el centro de un cráter formado por una gran pila de escombros a los pies de la gigantesca muralla blanca. Con los brazos extendidos hacia los lados y las manos abiertas todavía controlaba una gran barrera mágica en forma de esfera que brillaba y distorsionaba la luz como el agua.

Ryoga gruñó y se levantó penosamente del suelo sobándose la cabeza.

—¿E-Estamos vivos? —preguntó Mousse no pudiendo dar crédito a sus ojos.

—Dioses de Asgard, ¿qué es eso? —preguntó el enano Tarkakos.

El joven Mateus se palmaba todo el cuerpo queriendo asegurarse de que no se había convertido en un espíritu.

—¿A-Akane? —preguntó confundido Ryoga.

Heid sonrió de mala manera.

—¿Por qué tienen que confundirme con ella? Sí, es verdad que nos parecemos, pero ella es mi descendiente, ¿no debieran a ella confundirla conmigo y no al revés?... Después de todos mis logros, haber sido olvidada de manera tan insolente por los mortales es… triste.

—¿No eres Akane? —insistió Ryoga—, ¿entonces quién demonios eres?

El espectro de la antigua señora de la magia bajó los brazos y la barrera mágica se deshizo en pequeños fragmentos de cristal que desaparecieron en el aire. Se acercó a Ryoga con paso decidido y lo tomó por el mentón con fuerza, haciendo al muchacho temblar.

—No eres muy listo, ¿verdad? —suspiró resignada—. Pareciera que cada generación es más idiota que la anterior, ¿qué le sucedió a mi raza de nobles y sabios vanir para terminar convertidos en esto?

—¿Q-Qué dijiste? —exclamó Ryoga, confundido, enfadado y sonrojado al ser consciente del enorme parecido que tenía esa mujer con Akane. Pareciéndole igualmente bella pero mucho más dominante e incluso seductora.

.

.

Ranma suspiró aliviado, las constantes visiones que había tenido sobre ese día se estaban haciendo realidad, pero no eran más que fragmentos nubosos sin la información suficiente para saber si se trataban de un augurio o simplemente de una posibilidad más dentro de un abanico de infinitas iteraciones, visiones estimuladas por culpa de su particular existencia multidimensional como un hijo del vacío, que él tampoco sabía manejar, ni mucho menos trataba de comprender por miedo a enloquecer como ya se lo había advertido Rashell. Su razonamiento en tres dimensiones le impedía visualizar incluso sus propios movimientos, pues los que ejecutaba como si se trataran de técnicas de artes marciales, practicadas hasta el cansancio y ejecutadas solo por instinto; de otra manera no sería capaz de sobrellevarlo. Pero tales visiones le habían advertido de la suerte que tendrían sus amigos y, por esta vez, había conseguido ganarle una partida al destino en ese juego espeluznante en el que perder una sola vez significaría la muerte de alguien.

En algunas ocasiones Ranma tenía dificultades para saber si lo que estaba viendo era un sueño más, una realidad alternativa como una posibilidad, o su propia realidad. Sacudió la cabeza, no le quedaba tiempo para pensar en asuntos sin solución o lamentar no haberse preparado de mejor manera para lidiar con su nueva naturaleza, porque la gente de Noatum no contaba con más tiempo y los necesitaban.

Dio un giro y con la mano se sacó la capa del frente, la que se agitó con fuerza por su costado, tallando parte de su espalda, y regresó caminando por la cubierta. Cruzó bajo el arco de los alerones frontales y se encontró en la cubierta principal con dos hileras de fieros einjergars, los Dragones Rojos, con uniformes también rojos y negros pero personalizados para cada uno, firmes como si la fuerza del aire por la velocidad de la Nerima y su constante vibración no los afectara en lo más mínimo.

Ranma avanzó entre las dos filas de marciales einjergars y se detuvo a pocos metros de la cabina de mando. Podía ver a través del cristal los tres niveles de la cabina con los cubículos ocupados por otros guerreros, escogidos más por su sabiduría y destreza, a los que habían entrenado en el poco tiempo que tuvieron para comandar, a lo menos y de manera muy primordial, las funciones de la nave.

—¡Sergus! —Ranma alzó la voz para dar una orden a la vez que extendió el brazo con fuerza—. ¡Más rápido!

Dentro de la cubierta, del otro lado del cristal, en el cubículo central del primer escalón de los tres en los que se repartían los distintos puestos de control, Sergus dirigía el timón. El einjergar estaba muy concentrado en su labor, con Méril de pie a su lado dándole rápidas indicaciones que volvía a repetir por tercera vez aunque no se lo hubiera preguntado. Tenía la frente perlada y movía una mano diestramente sobre los paneles formados por líneas de luz, mientras que con la otra no soltaba el mango del timón. Los ojos de Sergus tampoco tenían tregua moviéndose rápidamente para prestar atención a las gráficas que apenas comprendía y a las instrucciones de Méril que temía confesar tampoco entendía muy bien.

—Monsieur Sergus, está un poco tenso —cantó André, ocupando el cubículo a un extremo de esa hilera, que era el de los sensores que antes ocupaba Freyr—, ¿no quiere usted un trago de whisky para calmar los nervios? —ofreció en alto la botella que había escondido en su cubículo entre las piernas.

—¡No molestes, franchute, estoy ocupado ahora!

Los elfos de Alvheim y Svartalfaheim que en su mayoría ocupaban los puestos de control, y que también vestían con orgullo el nuevo uniforme del escuadrón, miraron hacia Sergus sin dar crédito a su negativa de beber, pues ya lo conocían.

—Oh, entonces, ¿me la sirvo por usted? —insistió André.

—Como quieras, deja de desconcentrarme… ¡Pero no te emborraches que tenemos una batalla por delante! —respondió Sergus con una seriedad y sobriedad que impresionaron a todos.

Los Dragones se miraron entre sí, el cambio de Sergus al timón era sorprendente, más que eso, era como si el ser el timonel de la nave más maravillosa de toda la creación lo ensalzara espiritualmente hasta curarlo por completo de su adicción al alcohol. En ese instante todos escucharon la voz del comandante. Sergus lo miró a través del cristal como dándole a entender que estaba atento a cualquier mandato.

—Necesitamos ganar tiempo —Rashell estaba al lado de Ranma un poco más atrás, de brazos cruzados como si la gran velocidad no lo preocupara en lo más mínimo.

Méril dejó el puente de mando por una de las puertas laterales, en que el cristal se contrajo para dejarlo pasar antes de volverse a cerrar de manera perfecta, y se detuvo del otro lado de Ranma. Los tres miraron atentamente hacia la lejana ciudad, junto con el resto de los Dragones Rojos allí formados, la que apenas se veía como una pequeña estrella en el horizonte, pero que se acercaba a una increíble velocidad. La mirada del chico era más aguda que el mejor de los binoculares y rápidamente tuvo una imagen de la situación.

—La ciudad se encuentra sitiada y en peligro, pero la armada de Hel no ha desembarcado ni siquiera la mitad de sus fuerzas —dedujo Méril—. En este momento el caos debe estar dominándolos por la caída del dragón y ya habrán reparado en nosotros… quizás nos estén esperando.

—Bien —respondió Ranma—, supongo que con eso ya estaremos ganando algo de tiempo para la ciudad, si conseguimos llamar su atención.

—¡Geez! ¿Solo ganar tiempo? —Rashell los interrumpió—. Podemos hacer algo mejor que eso, ustedes ignoran el verdadero potencial de esta nave.

—Te ves inusualmente entusiasmado —dijo Ranma.

—La última vez que estuve en batalla sobre una nave como esta fue junto a Njörd —respondió Rashell apretando con fuerza la mano —. Geez, la nostalgia es un sentimiento muy fuerte.

.

.

Rays reaccionó de su estupor y notó que nadie daba órdenes.

—Keur, que preparen los cañones.

—No estamos preparados para un combate en alta mar, nuestras naves todavía se encuentran atestadas con nuestras fuerzas, no poseen la movilidad suficiente.

—¡Arrójalos al mar si tanto te molestan! Quiero esos cañones listos, y los quiero ahora.

—Sí…, señor —el odio que sentía hacia ese hombre consumía el alma de Keur.

.

.

Los demonios de la plaza comenzaron a perder fuerza, el caos causado por la muerte de Yigas había interrumpido por un momento la invasión. Los soldados al mando de Kapsuo, que siempre mantuvo la calma ante toda situación, los reorganizó mucho antes que Rays a las fuerzas de Hel y ya estaba recuperando terreno sobre el muro. Akane no podía comprender lo que sucedía, ninguno de los que estaban con ella podía hacerlo, pero todos sentían una extraña sensación de alivio. Ella se sintió invadido por un nostálgico sentimiento de seguridad que no tenía desde…

—¡Akane! —gritó el chico perdido, apareciendo por un costado de la plaza.

—¿Ryoga? —preguntó Akane sorprendida, pero no dudó en actuar—… ¡Rápido, hay que protegerlos!

En aquel momento Ryoga, Mousse y los tres acompañantes llegaron a la barricada. No les costó hacerse paso a través del ejército enemigo, pues se encontraba en caos y las fuerzas de la gobernadora abriendo una brecha con los lanceros, consiguieron rodearlos para rescatarlos. Al final se presentaron ante Akane escoltados por algunos valientes enanos.

—¡Airen! —Shampoo arrojó el arco al piso y corrió al encuentro de su esposo, y al instante Mousse desapareció del lado de Ryoga cuando fue derribado por la bella y emocionada amazona que se quedó sentada sobre él.

—Ryoga, qué alivio que estén bien, pensé que… ¿acaso los envió Kapsuo? —preguntó Akane, confundida.

—No, no, nos separamos en el muro y —Ryoga miró a Mousse y este le respondió también con una rápida mirada, ninguno de los dos diría, menos delante de Shampoo, del peligro que acababan de pasar—… digo, estuvimos rodeados, pero conseguimos salir ilesos.

—Hasta que yo los salvé, ¿no querrás decir? —acotó una voz femenina.

Akane recién se percató de la mujer que venía con ellos. Ella se erguía como una reina y la túnica que vestía era ligera y cómoda pero no menos ostentosa, cambiando de tonos entre negro y púrpura según el ángulo de luz de las antorchas. Usaba un par de diminutos pero complejos zarcillos y una fina cadena que más parecía la luz de una estrella solidificada, acompañando el juego con un par de brazaletes que a veces se divisaban por debajo de los bordes de la túnica cuando ella movía las manos, brazaletes con complejos grabados que parecían tener cualidades mucho más que estéticas. Pero en lo que la gobernadora no reparó pero los que la rodeaban sí hasta el punto de sorprenderse incrédulos, era en el gran parecido que esta nueva visitante tenía con Akane, hasta el punto de confundirlas si no se las observaba detenidamente.

—No sé quién seas —respondió Akane—, pero si lo que dices es verdad debo agradecértelo, eh, tú… ¡Ah!

Akane se sobresaltó cuando vio a Heid acercarse bruscamente y detenerse muy cerca de su rostro. Luego, tras arrugar el ceño, Heid retrocedió sin dejar de observar a Akane, como si fuera una extraña pieza de museo, y comenzó a girar a su alrededor mirándola severamente desde los pies a la cabeza.

—¿Qui-Quién eres? —preguntó Akane nerviosa por la manera con que esa mujer la examinaba.

Ella no respondió y se detuvo delante de Akane con los brazos cruzados y una mano en el mentón pensativa.

—Sí, sí, bastante parecida… aunque no es justo que tengas menos cintura y estés mejor desarrollada que yo —se quejó Heid sin bajar la mano del mentón.

—¿Qué dijiste? —Akane sonrojó.

—Lo siento, pensaba en voz alta. Así que tú eres la famosa Akane Tendo, es un placer poder conocerte en persona —Heid hizo una formal reverencia de los antiguos tiempos de la corte de Vanaheim, lo que descolocó completamente a la chica, que sonrojada trató de imitarla tardíamente y con mucha torpeza, imitándola.

—Disculpa mi insistencia, ¿podría saber quién eres y cómo es que me conoces? —rogó Akane, cada vez más consciente del gran parecido que tenía con esa mujer, temiendo que se tratara de algún tipo de hechizo.

—¿Y el por qué nos parecemos tanto? —agregó Heid con una mirada incisiva.

Akane asintió algo avergonzada.

—Mi nombre quizás ya no signifique nada para ti, de hecho, ni siquiera estoy viva y esto que ves es una simple sombra de mi alma original.

—¿División de almas? —preguntó Akane.

—¡Ah! Maravilloso, después de todo algo del verdadero arte todavía se enseña en Asgard, no han de ser tan pobres sus espíritus como yo creía si tienes ese mínimo de conocimiento teórico.

—¿Podrías decirme quién eres de una vez? —insistió Akane un poco cansada. No sabía la razón pero la actitud de esa mujer, arrogante y de gestos orgullosos, la hacía enfadar de una manera un poco melancólica, como si le recordara a alguien.

—Querida, esa no es forma de tratar a una de tus antecesoras —respondió después de unos segundos de incómodo silencio, distraídamente, sin dejar de mirar a Akane como si estuviera juzgándola tanto en el vestir como en la postura que tenía, incomodándola—, recuerda que ya soy una mujer mayor. Bien, si tanto necesitas una presentación formal puedes llamarme Heid; Heid Baladi, cabeza de la casa de los Baladi, señora de la magia de Vanaheim, segunda de la escuela de Mimir, protectora y cofundadora de Midgard a tus órdenes.

Repitió la reverencia pero ahora con un aire de majestuosidad y solemnidad que dejó a todos los que las rodeaban sin habla.

—No es posible —titubeó Akane—, ¿de verdad eres mi antecesora? ¿Esa Heid Baladi que construyó esta ciudad?

—Casi, niña, recuerda que soy solo una sombra de alma de la verdadera Heid, que ella dejó atrás para terminar algunos asuntos pendientes.

—¿Entonces vienes a ayudarnos? —preguntó Akane con un ligero alivio en su rostro, tras tantas dificultades y dolores.

—Algo así —Heid miró distraídamente en ambas direcciones—. Por lo que aparentan las circunstancias, niña, eres tú la que está a cargo de este desorden.

—¿Quién? —preguntó Akane confundida.

—Akane, hablo de ti —Heid se frotó el frente impaciente—. ¿Eres o no la que dirige a esta gente?

—Bu-bueno… sí, digo sí.

—¡Despierta ya, niña! Estamos en una guerra, no es tiempo para sorprenderse por cosas tan insignificantes como un espectro o dos. Luego vendrá lo verdaderamente importante y no quiero ni imaginar cómo actuarás entonces… —Heid la regañó como si se tratara de una pequeña, para luego terminar murmurando como si pensara en voz alta—. Olvídalo, ¿cuál es el plan para repeler este ataque? ¿Acaso les han permitido ingresar a la ciudad para aplastar una buena parte de sus fuerzas, o para atraer al grueso de la armada enemiga hacia nosotros y así despedazarlos en un sorpresivo golpe?... ¡Increíble! Sacrificar tanto por un plan tan osado, me gusta, creo que realmente tienes la mente para llamarte una Baladi.

—No… no sé de lo que estás hablando —respondió la chica honestamente perdida.

—Cómo, ¿y para qué les han permitido llegar tan lejos?

Akane la miró confundida, como si esta nueva ayuda le causara más dolores de cabeza que nada, como si le tuviera que contar la realidad a alguien que no la ve a pesar de tenerla delante de sus narices.

—Ello son demasiados, y… eh… nuestras fuerzas reducidas y… hemos tenido que defendernos como hemos podido en este punto, y no… no nos está yendo muy bien —comenzó a sentirse incómoda con la mirada que Heid le estaba dando, que se agudizaba con cada una de sus excusas, como una alumna ante una enfurecida maestra a punto de reprobarla por su ignorancia—. Lo siento, pero creo que como gobernadora no he hecho un buen trabajo.

—¡Qué clase de idiota tengo por heredera! —reclamó Heid-

—Lo siento, yo…

—Deja de sentirlo, niña boba. ¿Para qué me hablas de tropas, números y estúpidas estrategias desesperadas? Si esta fuera una ciudad cualquiera podría hasta compadecerme de vuestro predicamento, ¡Pero esta es Noatum, mi ciudad! Yo la diseñé piedra por piedra y déjame decirte que no necesitas a un montón de hombres brutos y orgullosos de apestar a sudor para protegerse a sí misma. ¡Mil maldiciones!, ¿qué sucede que no han activado aún las defensas de la ciudad?

Akane parpadeó con la mirada en blanco. Heid explotó.

—¡No pueden estar hablando en serio! ¿De verdad no lo saben?... ¡¿No, ninguno?!

Las miradas mezcla de culpa e incomprensión entre los presentes, mirándose entre sí como buscando una respuesta que nadie tenía, la terminó por enfurecer completamente.

—¡Maldito Njörd, Touni, Freyr y todos los Yngvi juntos! ¡Mil veces por mil sean malditos, estúpidos hombres inútiles, incapaces de haber preparado las cosas como se deben! ¡¿Qué demonios le han hecho a mi legado?!

—Se-señora Heid… —murmuró Akane, temerosa.

—No me digas señora, que no soy ni la mitad de vieja de lo que crees —Heid suspiró cansada al ver la mirada de terror y a la vez de vergüenza que tenía la chica—. Me sobrepasé, lo siento, después de todo algunos miles de años pueden afectar la memoria colectiva de cualquier especie. Bien, no eres culpable de lo pasado, pero no me mires así porque sí te voy a hacer responsable de que todo vuelva a su lugar.

—Dices que… ¿dices que la ciudad tiene algún tipo de mecanismo de defensa? —Akane batió las palmas con el resplandor de la energía volviendo a sus ojos—, ¡tenemos una oportunidad todavía!

—¡Ésa es mi sangre! Mente atenta, siempre con el objetivo por encima de la cizaña que entenebrece aún el pensamiento de los más sabios. Claro, niña, supones bien, yo diseñé esta ciudad como una fortaleza de combate para enfrentarse a los hijos del vacío, ¿de verdad crees que una genio como yo podría hacer simplemente un montón de piedras flotando a la deriva? Ah, déjalo así, no tienes que responder, olvidaba que ni siquiera me conocen… Estúpidos libros de historia Asgariana y su conveniente censura de mi grandeza —volvió a murmurar.

—¿Señora Heid? —la llamó Akane al verla perdida en sus pensamientos.

—No me trates como si fuera una anciana, insisto, por favor, ¿acaso no puedes apreciar este maravilloso y joven cuerpo que demuestro? Ahora, pequeña, tendremos que movernos rápido si queremos salvar a mi ciudad, perdón, quiero decir la que es ahora «tú» ciudad.

—No es mi ciudad, esta ciudad le pertenece a su gente, yo solo soy la gobernadora porque así lo ordenó la dama Freya… —la voz de Akane comenzó a apagarse a medida que Heid acercaba su rostro al de ella, tan amenazadora que la hizo retroceder lentamente algo asustada para evitar que sus narices toparan.

—Así que esos Yngvi tampoco te lo dijeron, ¿no?

—¿Qué cosa?

—Noatum es propiedad de los Baladi, los Yngvi la poseen solo porque yo se las he prestado, nada más. Noatum pertenece a ti, a tu familia y a todos tus descendientes, niña de la casa de Baladi.

—¿Mi qué…?

—Tu heredad. Ahora, si quieres seguir perdiendo el tiempo mientras almas midgarianas mueren por doquier podré seguir respondiendo a tus preguntas, aunque yo preferiría que hiciéramos algo al respecto.

Akane asintió nerviosa, necesitaba tiempo para procesar todo aquello que había escuchado de una persona que hace cinco minutos atrás jamás esperó conocer en su vida. Tenía nociones de quién era Heid, toda hechicera que haya estudiado en Asgard tendría que haber escuchado de ella, de la causa de la guerra entre los aesir y los vanir, de la mejor y más grande practicante de las artes creadoras en dos universos pero también la más odiada cuando fue rebautizada como Gullveig por los señores de Asgard. Pero ninguna de esas advertencias recordó entonces, sino aquello que era más importante que lo escrito en los libros de historia siempre tan utilizados por la facción dominante de turno para reescribir los hechos a voluntad: que ella era su lejana antecesora de quién había recibido la sangre de los vanir, la bendición de la magia y la capacidad que tenía para poder estar allí luchando por todo lo que amaba. Además, el parecido familiar era tan obvio que fue como una confirmación de que esa persona decía la verdad.

—Vamos, el control de la ciudad se encuentra en el palacio.

—Lo sé —Akane recordó cuando Ranma utilizó la espada sagrada Skirr para poner en movimiento a la ciudad desde aquel lugar, el punto más alto de la más majestuosa torre del palacio—, pero no sé si servirá de mucho, apenas tenemos energía para movernos dada la escasez de la magia en Asgard, no podemos desperdiciar más energía.

—¡Idiota! ¿Te he pedido que me des una lección de magia? ¡¿A mí?!

—¡No! No, no, claro que no —Akane retrocedió asustada.

—¿Crees acaso que una maquinaria tan perfecta para combatir contra seres que viven en el ginnugagap podría poseer tal debilidad como la de ser alimentada por la energía de un simple e insignificante universo?

—No… sí… quizás… bueno, digo, no lo sé —Akane ni siquiera sabía qué responder.

—Ya lo verás con tus propios ojos. ¡Deprisa!, no tenemos mucho tiempo.

—Pero no puedo dejar a mi gente ahora.

—¡Akane! —Nina apareció detrás de ella, todavía se veía muy débil pero a pesar de todo aparentaba mucha fortaleza—, ve con ella, yo me encargaré del resto.

—Pero, Nina, tú no puedes.

—Deja de dudar, por favor. Ya has invocado a tres dragones, aunque no estés aquí físicamente de todas maneras tu corazón ya está con todos nosotros. Si existe alguna manera de sobrevivir a esta guerra será mejor que comiences a buscarla, porque quedándote aquí, siento que te lo diga, no conseguirás nada más que quizás prolongar nuestro final.

—Nina…

—¡Muévete ya! —insistió su amiga.

Akane asintió. Heid la esperaba en silencio de brazos cruzados.

—¿Estás lista? —preguntó Heid.

—¡Sí! —respondió Akane con firmeza.

—Vamos entonces, sígueme.

—Este no es el camino a palacio —dudó la chica.

—Créeme que es el más corto de todos —Heid le cerró un ojo.

En el momento en que comenzaron a correr en dirección contraria a la batalla, Akane se sorprendió de ver que Heid no utilizaba los pies, sino que levitaba como una pluma a ras del suelo como si se tratase de un fantasma. Ella tuvo que sacudirse esa idea de la cabeza, era increíble que a pesar de todo lo que ya había vivido todavía tuviera miedo a cosas tan infantiles como ésa.

—¿Sucede algo?

—No, nada, sigamos.

Giraron por una calle solitaria y descendieron unas escalinatas al costado de un viejo edificio que se encontraba al lado de uno de los canales artificiales que cruzaban la ciudad. Las escaleras las llevaron casi al nivel de las aguas, donde se encontró Akane con un secreto corredor no más grande que una persona de alto, con varias puertas de metal que se abrieron con inusitada sencillez a medida que Heid pasaba sus manos sobre ellas.

—No puedo creer que esto estuviera aquí sin que nadie lo notara, hemos estado durante meses reconstruyendo la ciudad y jamás imaginé que hubieran pasajes secretos en lugares tan evidentes.

—A veces para ocultar algo debes dejarlo a la vista de todos, recuérdalo bien.

Akane asintió, Heid no dejaba de hablar en el tono de una mentora, mientras que la chica adoptó al instante la atención de una alumna, aunque juntas ambas parecían hermanas gemelas. De alguna manera era como si se conocieran desde hacía mucho tiempo.

—¿Por qué no sabíamos nada de ti hasta ahora? —preguntó repentinamente Akane, mientras iluminaba el oscuro pasillo subterráneo con un simple hechizo de luz.

—¿Será porque estaba muerta?

—Oh, no quise ser irrespetuosa, lo lamento.

—Calma, niña, si pareciera que me tuvieras miedo o algo así. No soy tan severa como creo malamente habrás pensado, no, nada de eso. Yo lo siento si fui brusca contigo, Akane. Lamentablemente en tiempos como los que vivimos no podemos perdernos en pequeñas delicadezas cuando hay que actuar.

Heid pasó la mano sobre la última puerta y una serie de cerrojos se movieron, engranajes giraron y varias barras de metal que en un principio parecían ser parte de la puerta se deslizaron hundiéndose en el borde de la pared. La puerta se abrió entonces dividiéndose por el centro en dos delgados paneles dejándoles la vía libre. Ambas entraron a una amplia bóveda subterránea, Akane dio un lento giro con la cabeza en alto mirando todo lo que la rodeaba sin poder dar crédito a sus ojos.

La bóveda en realidad parecía ser el centro de un antiguo edificio de altas columnas y ricos detalles labrados en la piedra de los arcos, tan altos y alargados que le dolió el cuello de tanto tener que levantar la vista para alcanzar a ver las formas como cúpulas que se formaban una tras otra en el cielo. Pero eso no fue lo que más al sorprendió, sino que la estructura tuviera ventanas. Los arcos parecían terminar en amplios ventanales que daban hacia la oscuridad de las profundidades del océano, iluminado por un sinfín de cristales de luz plateada y verdosa que se acumulaban por el exterior de la estructura, como si formaran arrecifes de coral sobre las piedras pero elaborados artificialmente como un detalle que engalanaba toda la obra. Ella no podía creer lo que se ocultaba sumergida debajo de la ciudad, al acercarse a uno de los arcos que se abrían hacia el océano notó que en realidad se encontraba en una de tantas estructuras que nacían desde la base de Noatum y se extendían como verdaderas torres como agujas hacia las profundidades del mar, como si se tratase de una ciudad invertida construida bajo la misma Noatum, tan profunda como alta era la torre del palacio de la ciudad en su superficie. Todas las torres tan bellamente elaboradas por la arquitectura de vanaheim se mantenían en perfecto estado, todas ellas rodeadas por espirales de más luminosos corales artificiales tintando todo el mar de un resplandor plateado y verde esmeralda. Allí, en la paz de la oscuridad de las profundidades, los sonidos de guerra no se escuchaban más.

Ella acercó la mano a la ventana todavía dominada por la incredulidad cuando dio un pequeño grito retrocediendo.

—¿Qué sucede? —Preguntó Heid, que habiéndose olvidado un momento de la chica se encontraba concentrada en un pilar con una esfera de cristal que levitaba sobre él, y que cuando ella había puesto las manos sobre la esfera esta había comenzado a brillar en una suave luz celeste apareciendo toda clase de runas y líneas en el aire como si formaran alguna especie de control que Heid manipulaba con suaves toques de la mano.

—Mi mano, está mojada —respondió Akane—. ¡Allí no hay ningún cristal que nos separe del océano!

—¿Y por eso me interrumpes? ¿Para qué, además, iba a necesitar algo tan arcaico como un cristal?

—Pero el agua, estamos bajo el mar y no entra, ¡el agua no entra! —insistió Akane incrédula.

—Lo sé, no tienes que repetírmelo. No, no hay cristal alguno que nos separe del océano, y sí, como ya deberías estar suponiéndolo después de tanto escándalo, es debido a una barrera mágica.

—Pero no existe energía para alimentar tales hechizos —respondió Akane—, y esta barrera debió haber estado activa desde siempre, es un desperdicio.

Akane pensó en Millia y lo mucho que su amiga sufría por la falta de energía creadora.

—¿Me estás escuchando o no, niña? Te he dicho que la fortaleza de Noatum no necesita de la energía de Asgard. Ahora, acércate y lo comprenderás todo.

Asintió temerosa, cuando recién reparó en la esfera luminosa y en toda la parafernalia de luces y símbolos, la poca calma que había conseguido reunir volvió a perderse.

—¿Qué es todo esto?

—Niña, cierra la boca. ¡Por la ciudad del sol!, si pareciera que jamás hubieras visto algo tan sencillo como un panel de control.

—¿Eso es un panel? —Akane respondió quejándose al imaginarse un tablero electrónico lleno de toda clase de perillas y botones, nada parecido a eso que tenía al frente.

—En vanaheim esto era tan común como un interruptor en Midgard, aunque la tecnología actual de los humanos sea infinitamente inferior me sorprende lo ingeniosos que pueden llegar a ser, utilizando bases físicas y mecánicas para suplir la carencia total del control de la energía creadora en sus vidas, ingenioso, pero bastante pobre. Ahora, un poco aquí, distribuyo algo de acá, sí, sí, así, perfecto, canalizo la energía de estos sistemas que no se están utilizando en nada… ¿quién creó esta derivación? Tanta energía desperdiciada, ¡mentecatos! Jamás pensé que mi Noatum estaría en tan mal estado. ¿Ves estas indicaciones, los niveles de eternidad y el conflicto con los núcleos de existencia de esta parte? Es increíble, de seguro han utilizado cristales asgarianos para crear un puente en este punto, ¡cómo, ni siquiera pudieron solucionar una pequeña avería!… Sería mucho mejor haber usado prismas neutros para desarrollar una trilogía creadora que dividir los espectros de energía por separado. ¡Qué imbéciles!, ¿te das cuenta?

—Eh, sí, eso creo —afirmó Akane tratando de entender.

Heid terminó de agitar las manos rápidamente moviendo los símbolos luminosos de un lugar a otro o cambiando el color de algunos con un suave toque de los dedos. Akane trató de interpretar algo de lo que hacía, y a pesar de la completa ignorancia que tenía sobre lo que Heid hablaba pareció comprender que algunos símbolos eran controles y otras imágenes que señalizaban el estado de la ciudad. Pronto pudo ver y sorprenderse de cómo con un rápido giro de las manos de Heid apareció un esquema de la ciudad formado de líneas de luz. Entonces comprobó lo que acababa de descubrir, que la ciudad con forma de un diamante alargado, era como un disco rodeado por las paredes tan altas como profundas, con altas torres atravesándolo por el centro, de arriba a abajo por delgadas torres como agujas, siendo la más alta y a la vez profunda de todas la que se encontraba en el centro del palacio imperial. Era como una ciudad sobre su reflejo, tan alta como profunda.

—La mitad de la ciudad se encuentra bajo el mar —murmuró Akane.

—Exacto.

—¿Esto es lo que me querías mostrar?

—No bromees, todavía nos queda un largo viaje antes de poder llegar al centro de control de la ciudad.

—¿Se refiere a la torre?

—No a la que conoces, por lo menos. ¡Ah!, esto está hecho un desastre, la única manera de restablecer la energía de la ciudad será desde el núcleo.

La chica recordó la situación en la que se encontraban y comenzó a impacientarse. Corrió hacia la ventana y observó detenidamente a través de las sombras que la luz verdosa proyectaba formando una oscura silueta de las otras torres sumergidas y dio con la que debía ser el centro de todas y a más distancia de la que ella quisiera recorrer en ese momento.

—No tenemos mucho tiempo, ¿acaso estamos obligadas a ir allí?

—Sí, como se encuentra todo esto en estado tan deplorable quizás demoremos horas buscando una ruta de acceso al núcleo.

—¿Horas? —Akane palideció.

—Por eso mismo es que insisto en «perder el tiempo» con esta terminal. Ahora observa y aprende, Akane.

Con un último movimiento de la mano la esfera resplandeció con mayor intensidad, para luego vibrar. Entonces, lo que Akane creía una enorme pared con un complejo gravado se movió, las partes de la figura que adornaban el muro con formas de hojas y ramas se movieron cada una por sí sola en distintas direcciones, como si fueran las ramas de un verdadero bosque retrocedieron empujadas por una mano invisible. Así, la pared se abrió como una compleja puerta revelando una pequeña sala hexagonal cruzada por dos arcos no teniendo ninguna pared, como si se tratase de un mirador. Akane siguió a Heid con algo de temor al sentirse literalmente sumergida en el mar sin tocar el agua. No alcanzó a terminar de hacerse la idea, después de colocar el último pie en el centro de la plataforma bajando algunas escalinatas, cuando el suelo vibró con fuerza haciéndola perder el equilibrio, cayó de rodillas afirmándose sobre las manos y vio que Heid se mantenía en silencio e incólume.

La plataforma se movió lentamente bajo las aguas, dejando atrás la pequeña torre hundida de la que salieron, haciendo arcos entre las oscuras figuras de las torres y los cristales luminosos viendo toda la ciudad sobre su cabeza. Realmente aquellas torres estaban construidas con abundancia de ventanales, arcos, miradores, largos balcones como si en otros tiempos hubiesen sido utilizados con regularidad. Akane pensó que no era extraño dada la maravillosa imagen que tenía de la profundidad del mar, a pesar de que en ese momento el océano era un lugar frío y sin vida dada la escasez de la magia. Poco se podía ver más allá del manto esmeralda y neblinoso de las profundidades, pues la luz no dejaba de ser débil, pero vio como un bosque silencioso las siluetas de las torres que la rodeaban por todas partes. Al final percibió que las torres cedían en un lugar más despejado y vio ante ella la torre más amplia y profunda de todas, el eje central de Noatum, y creyó que era mucho más grande que su contraparte del otro lado en la superficie en el palacio de la ciudad.

—Niña, prepárate.

Ella la miró dubitativa, todavía de rodillas como si tuviera temor de ponerse en pie.

—Si quieres salvar a tu gente, tendrás que poner a prueba tu alma.

.

.

Las tropas aliadas y enemigas divisaron una estrella de oro que se aproximaba a ellos a gran velocidad. Kapsuo notó como las naves de Hel comenzaron a maniobrar como si quisieran colocarse en posición de tiro dirigiendo la proa en dirección contraria a la ciudad. Siendo el primero en reaccionar entre los defensores sorprendió a todos con la siguiente orden:

—¡Preparad los cañones, arqueros al muro, quiero fuego constante sobre las naves de Hel!

—Pero, mi señor, apenas si podemos contener a los que se encuentran ya en la ciudad —dijo uno de los capitanes—, sería demasiado arriesgado dividir nuestras fuerzas para atacar a las naves.

—¡Cobarde! —Hersir, que todavía se encontraba débil por los efectos del veneno, se tambaleaba con valor sosteniéndose sobre la espada con deseos de combatir—. Has caso a tu comandante, nosotros podremos con ellos con una mano atada a la espalda.

Las naves de Hel no terminaron de girar cuando los cañones de las dos fortalezas restantes escupieron fuego y hierro sobre ellos. Muchos disparos daban en el mar levantando enormes columnas de agua, las flechas encendidas cayeron como una lluvia vengadora sobre las naves más cercanas a la ciudad encendiendo las grises y rasgadas velas y parte de la madera que se entremezclaba con la coraza de metal de las naves blindadas.

—Nos atacan —dijo Keur no muy seguro de la estrategia de Rays.

—Déjalos, qué son unas cuantas naves hundidas, ellos perderán mucho más con su osada e insensata respuesta.

—Pero al alejarnos del muro perderemos la iniciativa.

—¿Crees que ese desesperado reducto de humanos puede con las fuerzas que ya han desembarcado? Prefiero darle la espalda a esos moribundos antes que a un enemigo desconocido.

Keur no pudo responder, supuso que ese humano temía tanto como él a aquella fuerza desconocida capaz de derribar a uno de los poderosos cuatro dragones en un único ataque. Lo que más lo hizo pensar fue que él ya conocía ese ataque y esa extraña sensación de miedo durante la batalla de Svartalfaheim; ¿Sería acaso su suerte que lo perseguía, aquella fuerza que lo humilló en la montaña de los elfos oscuros ahora lo perseguía a los confines de Asgard para continuar aplastándolo? Pero él no advertiría a ese hombre de lo que había sucedido durante esa derrota, no, no lo ayudaría en nada; Si la destrucción lo esperaba estaría encantado de recibirla si se llevaba consigo a ese arrogante humano. Movió las manos impaciente pasándoselas por la larga y podrida barba como si ya saboreara el poder ver el rostro de Rays retorcido de miedo y dolor.

—Keur.

—Diga, amo.

—¿sabes algo de esto?

—Si lo supiera no te diría nada, amo.

—Pobre ignorante, para ser un demonio de alto rango eres más inútil de lo que imaginé.

El demonio no respondió, pero en su interior comenzó a sentir todavía más sabrosa la posibilidad de la derrota.

Un segundo rayo de luz plateada cruzó por el lado de la nave insignia de la armada deteniendo la amena conversación que Keur y Rays llevaban, el guerrero enmascarado giró rápidamente la cabeza para ver como aquel despliegue de energía levantó el mar y cuatro, no, cinco enormes columnas de agua se alzaron indicando los lugares donde las naves de Hel habían sido partidas por la mitad o despedazadas entre los bramido de los demonios que las ocupaban. Fuego, madera y metal hundiéndose para siempre en el oscuro mar. Volvió l vista hacia el frente murmurando una sentida maldición cuando pudo al fin ver a su enemigo.

La Nerima hizo un rápido giro a pocas decenas de metros de las primeras naves oscuras, inclinándose y mostrando a lo largo la magnificencia de su casco. Se inclinó rápidamente hacia el otro cuando comenzó a realizar una amplia curva rodeando la armada de Hel, en ese instante los ojos de Rays se posaron en una pequeña figura que se encontraba en la cubierta de esa asombrosa nave que flotaba sobre las aguas a tal velocidad que dejaba una estela de agua con el tamaño de dos grandes torres.

—¡No puede ser él! —rugió con una ira que ni siquiera en su enfrentamiento con Akane había revelado, golpeando la madera con el puño. Keur lo observó detenidamente con ese par de puntos luminosos flotando en la oscuridad de la capucha y, de haber tenido un rostro visible, lo habríamos visto sonreír—. ¡Fuego, fuego, qué esperan, estúpidos desperdicios de almas, fuego!

Los cañones respondieron a la orden y comenzaron a escupir fuego negro, humo y metal, pero lejos estaban de poder acertar sobre un blanco tan rápido como un dragón en pleno vuelo.

Ranma con el cabello azotado violentamente por el viento se aferró de una de las cadenas doradas que se levantaban desde la proa hasta la cabina y con una arrogante sonrisa vio las lejanas columnas de agua que levantaron los cañones enemigos.

—Méril, ¿quieres enseñarles a estos tipos a disparar?

El joven se encontraba dentro de la cabina y respondió con un gesto de la mano sobre la frente como si parodiara un divertido saludo militar, para luego moverla rápidamente por encima de otro panel luminoso que había aparecido sobre una esfera de metal de las muchas que había en la superficie inclinada, iluminando muchos símbolos de un antiguo lenguaje.

El costado de la nave resplandeció y a lo largo del casco se formaron una serie de círculos mágicos, uno tras otro en rápida armonía, los que desaparecieron igual de rápido en el momento en que desde sus centros emergieron rayos de luz dorada. Los rayos se curvaron ligeramente en el aire levantando con su fuerza mágica las olas y cruzaron entre las naves de Hel. Al instante estallaron columnas de agua con fragatas destrozadas y cuerpos de demonios quemándose en el aire en terribles explosiones que sacudieron las aguas.

La Nerima continuó dando un prolongado giro como si quisiera rodear a la armada de Hel, las naves continuaron disparando tratando de alcanzar a la divina nave, algunos más diestros apuntaban los cañones adelantándose a su movimiento. La nave de Freyr se encontró de pronto balanceándose sin disminuir la velocidad en medio de un bosque de columnas de agua que estallaban a su alrededor.

—¡Más rápido, Sergus, maldita sea!

—A su orden, comandante —respondió el timonel.

Como si renovados bríos la poseyeran, la nave aceleró alejándose de la armada y la ciudad, para dar un rápido giro que la acercó rápidamente a los barcos enemigos. Antes de que los demonios que dirigían a la armada de Hel pudiesen adivinar lo que sucedía, la Nerima entró levantando las aguas como un relámpago entre la flota y el muro de Noatum, casi raspando la superficie de piedra de la base de la ciudad con las alas.

—¡Méril!

—¡Fuego! —ordenó Méril a los encargados de las armas en la nave.

Otra ráfaga de rayos de luz disparó la nave cuando tenía a los barcos de Hel tomados por sorpresa, mucho más rápido de lo que las oscuras naves podían girar. Los rayos atravesaron varias embarcaciones antes de estallar remeciendo las aguas, provocando por un instante un agujero en el océano que luego se repletó levantando tal oleaje que sacudió las paredes de la ciudad y estrelló a varias fragatas contra los blancos muros en un caos de madera crujiendo y los bramidos de las bestias.

La Nerima se cruzó velozmente entre las naves de Hel, los cañones de los demonios dispararon sin orden alguno, todavía estremeciéndose por el violento oleaje, los disparos de ellos se cruzaban no pudiendo tocar ni siquiera la estela de la embarcación de Ranma y su tropa, dando muchas veces contra sus mismas naves. Ranma, con la mirada afilada, vio que se acercaban a un enorme crucero de batalla, la más grande de todas las embarcaciones de la flota de Hel.

—La nave insignia —anunció Rashell con un tono triunfal.

—Rashell, estás al mando.

—¿Cómo?

—Dirígete al muro, ayuda a limpiar la ciudad de esos monstruos.

—Ranma, ¿qué estás pensando…? ¡Geez! ¡Ranma, no!

El joven corrió hacia el borde de la cubierta.

—Sergus, ¡arriba! —ordenó Ranma.

El diestro y sobrio timonel asintió, pasó rápidamente la mano por uno de los paneles laterales antes de volver al timón y hacer un brusco movimiento presionando los pedales.

.

.

Keur observó la nave de oro dirigirse como un proyectil hacia ellos.

—¡Va a embestirnos! —advirtió el demonio.

—No, ese tonto no es del tipo que ataque de esa manera. Querrá que nos veamos las caras primero —alcanzó a murmurar Rays sintiendo que la ira alimentaba cada parte de su cuerpo, mientras su mano se deslizó hacia la empuñadura de su espada.

.

.

.

Continuará

.

.

.


.

A los valientes tripulantes de la Nerima:

.

Gracias a todos por sus comentarios, me dan ánimo para seguir adelante en los momentos difíciles, contra reloj y sin espacios donde poder trabajar, en los días en que la realidad estresa y sus exigencias parecieran considerar el tiempo de escritura un lujo inmerecido para uno. A pesar de todo, aquí estamos robando ese tiempo precioso, escapando diestramente de la realidad y sus trabajos, ignorando las críticas de los que no comprenden nuestros placeres que van más allá de un simple pasatiempo, y dedicando la vida al arte de la creación de mundos y personajes para dejar que nuestra imaginación nos lleve por donde jamás hubiéramos creído.

Al final todo en la vida es trabajo, todo requiere sacrificio y todo agota, pero si existe un secreto es que hagamos todo esto por algo que realmente amemos. Si no lo amáramos, hubiéramos abandonado muchos años atrás. Así es con todos nosotros los que elegimos leer y escribir, soñar y vivir de nuestros sueños.

Una vez más agradezco todo su apoyo, porque sin ese respaldo no sentiría la misma fuerza para dar batalla línea a línea ignorando a la gente que está sobre el borde de la pantalla despreciando lo que tanto nos gusta hacer. En especial a los que me escriben cada semana y dejan sus aportes en el sitio de Ko-fi, dándole valor a todo lo que se hace con amor y ardor. Gracias a Revontullet, Ranma84, Lily Tendo89, Akasaku, Johana, Azumitla, Kylisha, Dark Reivyn y Cirse_386.

También una gratitud especial a mi esposa Randuril, también sabia amiga y compañera que sufre todas las penurias a mi lado, pero por el contrario de lo que otros opinarían, es la primera en insistirme que escriba, incluso dándome el tiempo que no tenemos para que desarrolle esta amada pasión (siendo que ella todavía tiene trabajo en su propia novela pronta a publicarse en línea).

Nos vemos la próxima semana con otro intenso capítulo de Idavollr.

.

.

Encuéntrame en Ko-fi como Noham Theonaus, o directamente por ko-fi[punto]com[barra]nohamtheonaus si quieres apoyarme con un café.

.

Búscame en Wattad como Theonaus, y conoce mis historias originales en www[punto]wattpad[punto]com[barra]user[barra]Theonaus, espero sean de tu agrado.

.

Recuerda visitar el sitio oficial de Fantasy Fiction Estudios en facebook donde compartimos imágenes y música inspiradora, y anunciamos detalles sobre nuestros últimos proyectos.

.

.

Noham Theonaus

Espadachín mago de Idavollr

.