Notas del Autor: Lamento mucho haber tardado tanto en publicar este capitulo, pero tuve demasiados deberes, lo lamento. Tuve que dividir este capitulo en dos partes porque esta muy largo. Lo subiré pronto, ya no prometo nada para no quedar mal pero espero sea el proximo domingo.
La lectura de este capitulo es un tanto más complicada debido a que son dos historias simultaneas. Usualmente tiendo a usar cursiva para los pensamientos pero esta vez será para la historia de Alucard, los pensamientos los marqué con negritas y los recuerdos llevan "« »"
No corroboré mi ortografía o algunos errores de redacción porque he terminado algo agotada, disculpadme. Intentaré corregirlos en lo que va de la semana.
Gracias por continuar leyendo esta pequeña historia a mi lado, besos.
Ari.
* Felíz cumple mi querido dark... este capitulo es para ti amor mio...!
Dicho esto por favor disfrutad del capitulo...
Disclaimer: Hellsing no me pertenece, Drácula tampoco.
Podía sentir la fresca brisa de aquel invierno en sus mejillas, nevaba y el viento se colaba por la rendija de aquella puerta que permanecía abierta tras su llegada. Ya estaba adentro, su ropa estaba tan seca que quizá nadie hubiese notado que estuvo caminando sobre la nieve un momento muy largo; el lugar en el que estaba no era nuevo, de hecho, le traía millares de recuerdos de un tiempo que de alguna forma deseaba que volviese y a la vez no, obscuro y silente permanecía aun en ese instante su morada: El castillo de Bran.
Se sintió acogido por ese tétrico lugar que había sido su hogar hacia muchos años antes de que perteneciera a la organización Hellsing, ese lugar que a pesar de su hermosura no podía ser más que el refugio de un demonio; aquello que nunca pensó sentir le golpeó de pronto: el miedo a la soledad le invadió sin poderlo evitar al observar sus blancos guantes sin aquellos sellos que significaban sus ataduras a su amo y señor; ahora no había Integra, no había Walter y sobretodo no estaba Seras Victoria pero en su lugar estaba su pasado tal cual lo había dejado antes de que Jonathan Harker entrase a su vida ¿De verdad quería eso? ¿Quería volver a ese pasado, a ese momento en el tiempo en el que ella aun no entraba en su vida?
Caminó hacía las escaleras y con paso seguro continuó por los interminables corredores mientras a su paso cada puerta se abría permitiendo así que entrase a donde le apeteciera al tiempo de que pensamientos desagradables y cálidos invadían su mente y el hueco en su pecho donde se suponía debía estar un corazón: se había prometido llevarla a ese lugar a que disfrutase a su lado de la hermosa vista que podía observarse desde la torre más alta de su castillo, sabía que le encantaría puesto que ella era de esas personas que eran felices con detalles sencillos y hasta cierto punto comunes pero significativos, quizá incluso si algún día encontraba un pretexto lo suficientemente valido y creíble que no despertase en ella la sospecha de que era de verdad él aquel que la visitaba cada día en sus sueños, la llevaría con él fuera de ese mundo de fantasías para que incluso fuese mucho más feliz. Pero, ¿tenía sentido seguir pensando de esa manera? Ya no tenía sentido, ahora ya nada tenía sentido y eso no solo le hizo enfadar sino que le volvió a lastimar mucho más que esa daga que ese maldito había atravesado en su corazón cuando le había atacado por la espalda.
Tenía conocimiento perfecto de que aquello que vivía en ese instante no era la realidad o por lo menos no era su realidad presente, sino un escape para su alma confundida y una oportunidad para que esos dos huyeran de su ira mientras pudiesen: no tenía un motivo para seguir viviendo pero eso no quería decir que fuese a dejarse morir de una manera tan cobarde y tan poco honorable, pero por otra parte y por más que lo negara y escupiera sobre ese sentimiento que crecía a pasos agigantados en su interior había llegado el momento de admitir que la quería tanto o más como para perdonarle la vida y dejarle ir para que fuese feliz con alguien que de verdad pusiese darle aquello que él no tenía y por lo cual vendería su alma tan solo por poseer; esa estúpida y desconocida sensación era tan poderosa como para vencer a su orgullo y a todo lo demás que creía ser. Deseaba darse de topes contra la pared, deseaba sacar de él la fuente de aquello de una vez por todas y así terminar con eso y volver a lo que había sido antes de ella pero repentinamente comprendió que así muriera y fuese al infierno, eso lo acompañaría hasta el fin de los tiempos e incluso después.
Escuchaba risas femeninas al final del corredor, sabía quiénes eran, por una vez no quería estar solo y quizá verlas le haría bien...
Los soldados de Hellsing se veían asombrados los unos a los otros al tiempo que recuperaban su movilidad, la maldición de aquel vampiro acababa de desaparecer por completo para su alivio y para su horror, si ese otro vampiro había sido capaz de vencer al amo de Seras Victoria, a aquel a quien habían visto detener a un cancerbero tan solo con levantar la mano, no había esperanzas de sobrevivir ya que por lo menos sabían que estaba de su lado sin embargo aquel rubio no. Lamentaban sinceramente la perdida de aquel hombre de rojo, pero no porque temiesen a la muerte ya que ellos eran capaces de dar su vida por la señorita Victoria y por la causa de la organización de caballeros protestantes, pero la mirada triste y profundamente adolorida de aquella joven había roto sus corazones: parecía como si ella ahora estuviese por encima del bien y del mal, como si con él se hubiese ido su vida y ahora no quedara alma dentro de ella. La pequeña había abrazado a su vampiro con tanto amor que parecía que le rogaba que despertara o que en su defecto se la llevara pero él no había respondido ¿Qué de bueno tenía ese demonio al que llamaban Alucard para que un alma tan buena como la de ella se enamorara tan profundamente?
Su jefe Pip Bernardotte no se veía asombrado ni asustado sino enfadado, parecía que a él también le lastimaba el dolor de la draculina Seras Victoria y se lo oía repetir susurrando entre dientes:
- Vamos, levántate. –decía enfadado observando el cuerpo inerte de Alucard - Si yo fuera tú, si tan solo tuviese la oportunidad de ser tú volvería aun desde el último circulo del infierno tan solo para responder a su llamado, así que cobarde, levántate y pelea.
El comandante de los Wild Geese se acercó a la vampiresa que ahora permanecía de pie en toda su gloría dispuesta a pelear, parecía tan decidida que se veía incluso más mortífera que su dueño.
- Continuaremos esta pelea o decidirás dejarle ir tal como lo habías pedido – preguntó sabiendo la respuesta con antelación pero queriendo cerciorarse
- He de matar a este bastardo aunque en el proceso termine por acabar con mi existencia – contestó ella más fría de lo que la había escuchado hablar nunca. - Llévate al grupo, podéis iros si queréis, no les he de inmiscuir en una batalla que es probable que no gane, así que alejaos antes de que algo les suceda.
- ¿Estás de broma no es así? - contestó él mientras ella le dedicaba una mirada de gran confusión – No te he abandonado nunca y esta no será la primera vez, si hemos de morir tú y yo nuevamente por ese maldito conde lo haremos será venciendo. Estoy muy seguro de que esos hombres comparten mi mismo pensamiento así que no digas tonterías.
La chica tan solo le dedicó una sonrisa forzada pero al mismo tiempo repleta de agradecimiento, parecía como si ya no tuviese ganas de sonreír de forma genuina y no la iba a obligar, aunque no lo pareciera podía comprender lo que ella sentía en ese momento mucho mejor de lo que pudiera imaginarse, así que se dio la vuelta y se acercó a su compañeros de tropa para darles ambas opciones pero tal como lo esperaba se negaron a retirarse y optaron por morir a lado de la que había sido su amiga y jefe todos esos años.
Ernest por su parte de sentía confundido, la hermosura que tenía delante suyo de la que pensaba estuvo enamorado en su vida mortal o por lo menos antes de que hubiese perdido todos sus recuerdos le veía con desprecio y con profundo odio que no concordaban en nada con la mirada de desasosiego y preocupación amable que tenía hacía él; la observaba con cautela, quería recordar aun más sobre ella puesto que había cosas que no cuadraban en sus recuerdos, si bien era cierto que la joven era extremadamente bella también lo era que cada vez que la veía no sentía eso que no sabía como definir pero que había sentido antes, ya que cuando intentaba dificultosamente evocar una escena de amor en sus pensamientos no era a una rubia a la que imaginaba sino más bien una pelirroja de ojos castaños y hermosa sonrisa.
La pelirroja no era una vampiresa, lo sabía porque sus mejillas no eran tan mortalmente blancas sino cubiertas de un rubor suave y adorable, pero cada vez que la intentaba recordar algo evitaba que se concentrase lo suficiente como para mantenerla en su cabeza; tampoco era su vampiresa en el tiempo en el que vivió, su amada reina era de larga y rizada cabellera negra, pero lo que si compartían esas dos damas era el gesto pacifico y bondadoso que solo podía dar la dulzura de una mujer enamorada ¿por qué la había olvidado? ¿Qué era lo que estaba sucediendo?
Había quedado congelado con la respuesta que le había dado Seras Victoria cuando le había hecho la propuesta de que se fueran de ahí, había sido muy hostil hacia con él que era el señor de los vampiros ensimismado y confundido solo se limitó a contestar:
- ¿Qué te ha pasado? ¿Es que acaso no querías ir conmigo después de que derrotase a ese hombre que te mantenía cautiva? - intentaba permanecer quieto ante la presencia helada de la joven – Ya no hay nada que te lo impida, anda, vayámonos de aquí.
Caminó acortando la distancia entre los dos, ella lo miraba con recelo como si estuviese esperando una agresión de parte suya no obstante no se movió sino que esperó hasta que llegase a con ella.
- Ya entiendo – expresó en voz alta mientras observaba el cuerpo del vampiro de rojo que yacía inmóvil a lado de la vampiresa – ¿aun no esta muerto y sigues bajo su hechizo? Pues bien – levantando la mano en la que empuñaba otra daga decidido atacó al amo de Seras.
- No te atrevas siquiera a tocar uno de sus cabellos – ella le había detenido de una presionando su muñeca con tal fuerza que su hueso había cedido mientras que con la otra mano le había propinado un rasguño al cuello que le hizo desangrar – él ya no debe ser más una preocupación para ti, ahora tu adversario soy yo.
Gruñendo con fiereza le mostró cada uno de sus blancos y afilados colmillos, ahora sabía que esto iba más que en serio: aquello no había terminado tal como lo había pensado sino que estaba por comenzar...
Abriendo la puerta se encontró con aquellas tres hermosas damas a las que llamaba sus novias, estaban jugando a perseguirse las unas a las otras en medio de la habitación; usualmente le molestaba en demasía el ruido que hacían pero ahora por alguna razón no era así, las extrañaba mucho y verlas ahí le hizo sentir menos solo de lo que había estado, si bien era cierto que preferiría estar solo también lo era que saberse realmente solo era algo que le atemorizaba: había visto morir a muchos de los que amaba y a otros tantos a los que no, sus ojos habían presenciado guerras, masacres e injusticias de las que se servía disfrutar esperando ansioso su propio momento, el momento en el cual alguien le mandara directo al infierno y deshiciera así la maldición que él mismo se había buscado; cada segundo vivido, cada escena presenciada abría heridas nuevas, heridas por las cuales ya no habría de llorar sino que habrían de servirle para volverse más fuerte y más maligno. El único sentimiento humano ante el cual había sido vulnerable era el miedo a la soledad, quizá era por eso que deseaba morir, no deseaba seguir perdiendo y al final tener que aceptar su pequeñez ante el altísimo; quizá solo quería volver a ver a aquellos a los que quiso.
Al verlo en el umbral de la puerta, las tres salieron corriendo a su encuentro y saltaron a sus brazos en medio de una algarabía tan grande que tuvo que ordenar que guardasen silencio para poder entender lo que decían: Vestidas con colores claros en su indumentaria de seda y raso las tres vampiresas mostraban ante él con encantadora elegancia sus encantos femeninos tan solo cubiertos con aquellos vestidos al estilo de bailarinas árabes que usaban siempre que deseaban agradarlo para que accediese a alguno de sus constantes caprichos: Aleera, Mariska, Verona, esos eran los nombres de esas bellezas infernales que acariciaban con sus suaves manos su piel y le despojaban lentamente de su espada, su sombrero y su capa.
- Estamos muy alegres de tu llegada, amo – dijo Mariska con suavidad mientras las dos retrocedían en silencio y respeto ante su autoridad - Hemos esperado largo tiempo por ti.
Sonrió, por fin había alguien que de verdad le extrañaba, que de verdad deseaba estar con él y no irse con alguien más, ese pensamiento le llenó de algo parecido al agradecimiento; no quería aceptarlo pero el saber a Seras suya y a la vez de alguien más le estaba enloqueciendo, no quería pensar más en ella, lo unico que secretamente esperaba era que despues de esos instantes en los que permanecía en su tiempo personal volviese a ser lo que era antes, esa era su razon oculta para volver a su pasado: deseaba recordar aquellos tiempos en los cuales no había más preocupación que dignarse a leer un libro de vez en cuando y planear un viaje a Londres para conocer nuevos horizontes y después conquistarlos, pero quiza ahora que sabía lo que habría de suceder probablemente le diria a su yo del pasado que se abstuviese de realizar esa empresa. Ese viaje desencadenó aquellos sucesos desafortunados que llevaron a su caida y captura por parte de Van Helsing, no le molestaba ser esclavo de una mujer como Integra pero si le molestaba haber conocido en su pequeña aprendiz y esas huellas indelebles que habia dejado en su ser.
- Ustedes tres, mis queridas draculinas – contestó con su voz etérea y sincera y a la vez seria – siempre esperando por mí no importa cuanto sea que tarde en regresar.
Quietas escucharon sus palabras mientras retrocedían un poco para dar paso a su líder; Mariska era de las tres su favorita: rubia cuyos cabellos largos y quebrados llegaban hasta su cintura cual cascada de oro sobre la blanca nieve que representaba su piel, de ojos azules cual zafiros brillantes y labios rojos como el color de la grosella que invitaban a beber de ellos lo prohibido, esa noche vestía de un maravilloso color salmón y sobre sus ropas piedras preciosas y pendientes hermosos. Esa preciosa joven era la líder de sus draculinas a la cual le pertenecían todos los privilegios porque él así lo había decidido, sin embargo, la belleza de las otras dos hermanas no tenía nada que pedir en comparación con la de Mariska: Aleera y Verona, las gemelas de largos cabellos negros y ojos del color del azabache sobre las cuales Girlycard había sido inspirada: Altas, delgadas y de piel extraordinariamente blanca resultado de su estado de no vida y de la falta de rayos del sol.
Las tres intentaban ponerle cómodo quitando de él aquel traje de aristócrata que llevaba sobre si, esa noche no llevaba la indumentaria que había robado a Jonathan Harker para hacerse pasar por él, no, para que usar ese molesto abrigo rojo y su sombrero de fedora si él era más que eso: era un conde, era el príncipe de Valaquia y rey de los vampiros; Esa noche vestía como príncipe: un saco largo al estilo victoriano con detalles dorados en las mangas, su chaleco con botones de oro y su camisa con escarolas y un broche en el cuello, su pantalón también era negro y llevaba botas largas que casi le llegaban a las rodillas tal como siempre lo había hecho, en su cintura una cinta larga de color rojo parecida a la que había llevado en los sueños de Seras servía de cinturón y también una espada que las draculinas habían quitado a su llegada a la estancia, su capa era larga y negra de terciopelo rojo en el interior, su cabello llegaba hasta los hombros y su mirada seguía siendo tan fría como siempre.
La rubia se acercó a él aun más sonriendo lasciva, con uno de delgados y delicados brazos rodeó su cintura y con el otro acarició su faz mientras robaba de él un beso sensual y suave con sabor a sangre fresca:
- Somos solo tuyas - contesto Aleera mientras inclinándose besaba sus pies – somos fieles a tus palabras y tus deseos, no hay nadie en este mundo que pueda deshacer el pacto que hemos creado contigo y para ti. Déjanos amarte esta noche para saciar tu infinita espera y la nuestra.
Se burló por lo alto, ni ahora ni nunca habrían de cambiar esas tres, siempre deseosas de compartirse con él para saciar lo más básico de sus instintos, no podía inculparles, eran vampiresas después de todo: reflejo de la lujuria y la pasión desenfrenada, amantes de la perversión y la malicia; no acostumbraba aceptar sus peticiones, de hecho casi siempre las despreciaba y humillaba, pero esta vez quizá era tiempo de hacer una excepción...
- ¿Cómo es que te atreves a ponerte en contra de mí que soy el amo y señor de los vampiros? - gritó Ernest con fiereza mientras sostenía su cuello con su mano ilesa – Ahora has de enfrentar la furia de mi poder.
- Y yo te preguntó a ti, ¿Cómo te atreves a proclamarte el señor de los vampiros? - caminó sensual y lentamente hacía él mientras por detrás de ella extendía sus sombras – Ese título te queda muy grande.
Sin sentir ni siquiera un poco de miedo le vio correr hacia a ella lleno de enfado; aun no entendía porque había cambiado tanto en tan poco tiempo y deseaba que esto fuese solo un sueño y pronto despertase pero sabía que no era así, ahora en su corazón herido no había ni una sola gota de conmiseración o bondad hacia con él, esos sentimientos habían resbalado en el torrente caliente de liquido carmesí que salía de la herida en su espalda, en aquel lugar donde antes habían estado ahora solo había una sensación de odio y desesperación tan grande que le hacían experimentar el infierno en la tierra.
Esquivó con facilidad su ataque y clavo sus poderosos colmillos en su cuello otra vez atacando a su yugular, pero él logró zafarse de su mordida con un golpe certero en el estomago que le empujó hacia atrás con fuerza, estaba tan enfadada que no podía sentir el dolor que eso pudo haberle causado, se levantó del piso a gran velocidad y haciendo uso de sus sombras se lanzó al ataque otra vez.
- Deberías rendirte pequeña, que ya no hay esperanza que te mantenga peleando – comentó aquel que había sido su amigo en tono burlón mientras regeneraba su cuerpo – si he vencido al que fue tu amo, ¿crees que no podré vencerte a ti?
- Tú no puedes vencer a mi amo, él es demasiado para ti – contestó ella con suficiencia – Y mientras yo siga en pie, deberás tomarlo como una prueba fehaciente de que él no ha perecido bajo tu poder.
Sintió como las garras de aquel vampiro la tomaron del cuello y de la cintura, con una sonrisa maligna en sus labios vio como Ernest en un intento cruel intentaba morderlo para beber de su sangre y burlarse así de Alucard y de su poder sobre ella. No podía moverse a voluntad ya que la tenía inmovilizada pero una cosa era segura, si ese hombre deseaba beber de ella lo habría de hacer hasta que la matase ya mientras su alma se encontrara atada a ese cuerpo no permitiría que nadie se atreviese a tomar de ella el elixir de la vida que solo pertenecía a su amo; sentía ganas de llorar, pero por más que lo quisiera no iba a derramar ni una sola lagrima ya que en ese momento no había tiempo de acobardarse ni de ser una niña pequeña: ella era una draculina, la aprendiz de Vlad Drácula así debía comportarse como tal, si él no se daba por vencido, si él seguía vivo, aun ella misma no tenía porque desistir en su lucha, seguiría su ejemplo y lucharía contra cualquier tempestad que se avecinase en contra de ambos, hasta que al final de todo, después de atravesar el umbral que separaba la vida de la muerte se encontrase caminando a través de la obscuridad siguiéndole nuevamente.
- ¿Deseas beber de mí tan solo para llamarte a ti mismo más que mi amo? - se burló de él con todas la fuerza que su garganta le permitió, con un risa seca y carente de alegría – ¿Tan poca cosa eres que humillándome deseas ensalzar tu dignidad y tu poder? Me das lastima...
- Cállate – contestó él perdiendo la paciencia - ¿que no sabes que tengo tu vida en mis manos? Puedo matarte cuando a mi me plazca
- Tú no tienes nada, no puedes matarme porque yo ya estoy muerta – contestó altiva mientras sus sombras se esparcían por el piso silentes sin que Ernest pudiese notarlas ya que estaba bastante ocupado peleando con ella - Morí hace 40 años a la edad de 19, y cuando lo hice ofrecí mi alma al príncipe del inframundo para que el me diese a cambio la eternidad. Así que mi alma no me pertenece a mí sino a él, mi vida no está conmigo porque ya la perdí... ¿Qué es lo que tienes de mí? Nada... tan solo tienes tu estúpido orgullo y unos aires de grandeza que no coinciden siquiera con lo que realmente eres; te haces llamar el señor de los vampiros cuando una draculina como yo puede ponerse en tu contra sin mucha dificultad.
- Tú no sabes nada de mi poder – gritó él tan cerca de su cara que hizo que sus oídos zumbaran - tú no sabes nada de lo que soy yo ni de lo que soy capaz, y si yo quiero que seas mía lo serás porque así lo puedo...
Las sombras suavemente habían escalado por encima de las piernas y brazos de su enemigo, pero él estaba tan ensimismado en su conversación que lo había pasado por alto y eso había sido un error fatal, usándolas lo presionó con fuerza a tal punto que podía escuchar el crujir de sus huesos mientras estos se hacían añicos acompañados de aterradores gritos de dolor; Ernest no había podido sostenerla más y se vio obligado a soltarla en medio de tan profunda agonía.
- Mi amo y yo somos uno solo – decía sensual mientras en un éxtasis inmenso causado por su sed de sangre disfrutaba del dolor de su víctima que no se asemejaba ni un poco al que la carcomía por dentro – Yo soy carne de su carne, sangre de su sangre y tengo el honor de pertenecer a su linaje, soy su esclava y su amante... Podrás intentar poseerme a mí que soy mucho más de lo que tu aspirarás a ser, podrás lograr humillar mi cuerpo y mi espíritu pero nunca seré tuya: yo solo tengo un amo y solo pertenezco a él...
Sentado en su trono en medio de esas tres vampiresas ansiosas pensaba en que si accedía esas sensaciones que no había probado en mucho tiempo le ayudarían a olvidar lo que ahora le aquejaba, quizá ellas se llevaran con sus caricias de a poco cada pensamiento que llevaba aquel nombre que no deseaba siquiera recordar; habría de saciar su sed en ellas, habría de amarlas hasta el cansancio, entonces todo lo que sentía por la más pequeña de sus draculinas desaparecería como por arte de magia, y así podría demostrarse a sí mismo que aquello que ella causaba en él no era nada que otra dama no pudiese ofrecerle; justo después de eso, habría de volver, ya que sería de nueva cuenta el depravado injusto y cruel del pasado que no creía en el bien y mal, solo en la muerte y el caos.
Las tres comenzaron a bailarle sensual y graciosamente para agradarle, podía ver la suave tela de sus vestidos delinear el contorno perfecto de sus hermosos cuerpos; sonreían perversas y hambrientas, perdidas en el abismo profundo de sus deseos más básicos. Mariska, su agridulce Mariska, su hermosa y áurea melena le recordaba a los rayos del sol a los que no tenía derecho, sus ojos azules al cielo de la tarde
… un cielo tan hermoso como el que había visto esa tarde en el cual la veía a ella, a su princesa observar el horizonte a lado de los rosales en ese jardín extenso que pertenecía a la fortaleza, ella era suya, más suya de lo que nadie lo había sido, su sirviente, la sirviente que solo lo amaba a él. Solo había salido a verla, a disfrutar de su compañía y de la suavidad de su aura….
Sacudió la cabeza en el momento de que la cercanía de la líder de sus bellas novias había acompañado la soledad de sus pensamientos, sus ojos azules y opacos llenos de deseo estaban a pocas centímetros de los suyos:
… la había acorralado entre una pared y su cuerpo, sus ojos al principio asustados parecía que habían cambiado del terror al deseo en un instante: podía ver un par de llamas intensas arder dentro de ellos, llamas inextinguibles alimentadas por el anhelo de ambos de pertenecer el uno al otro; ella era una mezcla imposible y perfecta de deseo y dulzura, de lujuria y pureza… era como un fuego que no quema sino que llena de calidez, pero tan fuerte como para causar un incendio. Ella imploraba porque le besara y él tan solo podía pensar en complacerla, fundió sus labios con los suyos en un beso muy inexperto y profundo que no podía ser menos que sublime, tan apasionado que hacía que su cuerpo clamara por rozar el de ella, por unirse a ella. Ella lo amaba, lo adoraba y él lo sabía porque podía sentirlo, él también la adoraba a ella, era lo que más quería en el mundo… no existía nadie más, tan solo los dos y la luna y las estrellas que servían de cómplices de aquello que ahora no era un pecado sino la consumación perfecta de lo que ambos llevaban dentro…
Pero ese beso no era ni siquiera un poco de lo que el recordaba, quien lo besaba no le regalaba aquello que él buscaba inconscientemente; ella habría de despojarle de su indumentaria, de hecho ya lo estaba haciendo: las manos de Mariska deslizaban con lentitud su saco por su espalda y sus brazos para retirarlo de él. Un sabor amargo había quedado en su paladar y con él la sensación de que algo no estaba correcto; no le preocupaba cometer un pecado a él que ya había cometido muchos, sin embargo no le satisfacía en nada lo que estaba haciendo, no le sabía a nada, no llegaba a causar en él una impresión o encender una flama… era tan solo un movimiento mecánico, predeterminado… vacio.
Estaba empezando a enfadarse y es que no importaba lo que la joven hiciera, cada momento era una constante y dolorosa remembranza de todo lo relacionado con aquella pequeña de cabellos cortos y puntiagudos. No podía sacarla de su cabeza, incluso ahora que la favorita de sus novias abría el broche de su camisa para acceder a su cuello entre caricias atrevidas y besos furtivos, cerró los ojos en una última esperanza de disfrutar de aquello:
… Su preciosa Seras Victoria había comenzado a desabotonar su camisa al tiempo que sus ojos rojo brillante no despegaban su mirada de los suyos, viéndole fijamente, diciéndole lo que deseaba y pidiendo permiso, el tan solo unió su frente a la suya en espera de otro beso mientras se servía disfrutar de la sensación cálida de las manos de su aprendiz sobre la piel de su pecho, ella temblaba de emoción entre sus brazos y a él poco le faltaba para hacerlo también; sabía lo que ella quería y estaba totalmente de acuerdo con ello, de hecho era algo que había estado esperando desde que la había convertido en su vampiresa: una mordida de ella que le convirtiese en su reina …
Las manos frías de aquella rubia también le acariciaban y movían lentamente su cabeza para morderle, pero él no deseaba que ella le mordiese ya que eso no era para ella, su alma no pertenecería a aquella mujer; él no deseaba una reina como Mariska, de hecho dudaba querer una reina como cualquier otra vampiresa y eso le hizo enfadar muchísimo más: frustrado y confundido, molesto y desengañado la tomo de los brazos con fuerza intentando darle una última oportunidad:
- Bésame como nunca has besado a alguien, bésame con tanta pasión que me hagas perder la cordura – decía como increpándole, mientras ella le miraba con una mezcla de terror y confusión – muéstrame con tu cuerpo lo que es capaz de hacer una mujer para entusiasmar a su hombre… pero sobretodo – esto último lo dijo entre dientes casi en un susurro imperceptible – sácala de mi cabeza, hazme olvidarla…
Ella le veía extrañada, como si su furia le hubiese dejado petrificada y es que a pesar de haberlas regañado incontables veces nunca había sido tan severo con ellas; aparentemente sin saber cómo reaccionar la draculina tan solo sonrió malévola y sensual, y tomándolo de la camisa le besó tan apasionadamente como pudo: tan maligna y llena de lujuria que podría haber deshecho de deseo a cualquiera, pero él no pudo hacer más que recordar que ese beso no tenía el sabor que buscaba; rendido, la tomo del brazo y violentamente la empujo hacia atrás haciéndola estrellarse contra el piso:
- Claro que no puedes…. Nadie puede… - contestó lleno de odio mientras salía a toda prisa de la habitación ante la mirada atónita de sus draculinas…
Sintió como si una descarga eléctrica le hubiese atravesado el cuerpo y en ese momento comprendió lo que había sucedido con Alucard: Ernest había convocado un rayo del cielo para que cayese sobre ella; no sabía que los vampiros pudiesen hacer esa clase de sortilegios extraños, pero lo que si sabía era que la había aturdido lo suficiente como para no pensar con claridad.
- Nunca vuelvas a hacer eso conmigo, vampiresa – decía cabreado aquel que se hacía llamar Rey de los Vampiros – nunca, ¿me has escuchado?
La jaló de los cabellos con odio y la llevó hacia con él arrastrándole, ella solo gruñó de nueva cuenta mientras recuperaba sus sentidos completamente; dentro de ella no podía creer que algo como eso pudiese vencer a Alucard, tenía la esperanza secreta de que se levantaría como solía hacerlo y le diría que todo eso fue mentira y que aunque la castigase pudiera ver otra vez esa sonrisa maligna o ese rostro inexpresivo pero cálido para ella; estaba arrepentida de muchas cosas, entre ellas de no haber hecho todo lo que podía para impedir esto…
Ernest sin embargo estaba sorprendido de la incapacidad de la joven para mostrar emociones, aun en ese estado de dolor en el que la tenía sumida su rostro no expresaba absolutamente ninguna sensación, era como si estuviese lastimando a alguien que no puede sentir más o que simplemente ya está más que muerto; era evidente que el alma de aquella joven aun se hallaba atada a ese cuerpo pero en sus ojos no se reflejaba algo de brillo o sentimiento que indicase la presencia de su espíritu, antes bien se veían opacos y perdidos cual marioneta que se mueve tras las ordenes de un titiritero y no por voluntad propia.
No pudo mantenerla mucho tiempo entre sus manos ya que se había vuelto intangible y se escapo más fácil que el agua entre sus dedos, a pesar de ser mucho menos poderosa que él parecía ser muy experimentada en lo que a enfrentamientos se refería: era veloz y astuta, sus golpes eran casi infalibles y siempre eran a matar: ya le había matado más veces que su antecesor, el vampiro de rojo al que sabía conocía pero no podía recordar. Ella ahora lo veía, estaba justo frente a él mirándole con aquellos ojos escarlata que ahora carecían de la llama que les hacía destacar en las sombras; no había furia en ella, seguía mortalmente seria y aquello le hizo sentir un escalofrío que le recorrió la columna vertebral: su largo vestido negro estaba roto de un extremo de su falda mostrando una de sus blancas piernas y sus pies descalzos, parecía un espectro del infierno, uno muy hermoso… era como si estuviese viendo nuevamente a los ojos de su anterior enemigo.
Se hubo girado con elegancia y magnificencia mostrando el escote en su espalda y con ello una herida que él pensaba no había causado en ella, la única que aun no sanaba y no paraba de sangrar: aquel corte era profundo y visiblemente doloroso, era como si le hubiesen atravesado el corazón con una daga; asustado retrocedió, estaba seguro de no haberlo hecho, él no la había herido así, el solo… Fue en ese momento en el que por instinto giró su cabeza para observar a su adversario caído: aun yacía inmóvil en el piso con los ojos cerrados en medio de un charco de su propia sangre ¿Habían cambiado de lugar? ¿Era acaso que ella era el vampiro de rojo? Tenía que ser así, tenía que ser que había matado a la vampiresa que había cambiado cuerpos con su amo, de otra manera no podía comprender el porqué ella también estaba herida y porque era tan fuerte.
Alguien herido así no podía seguir peleando, era imposible para un vampiro que después de haber sido apuñalado en el corazón. Sintió miedo de ella sin poderlo evitar:
- ¿Qué clase de criatura eres tú? – preguntó escondiendo todo su temor para sí - ¿Cómo es que no has muerto aun a pesar de estar tan herida? ¿Quién eres? Responde
- ¿Siendo tú el señor de los vampiros como es que no puedes saber quién soy? – preguntó la joven con un dejo de sarcasmo en sus palabras - ¿Cómo es que te sorprende que una sirviente como yo pueda hacer cosas tan extraordinarias? Solo soy una draculina, no más.
Al girar su cabeza lentamente pudo observar las marcas de aquella mordida que la había convertido en una vampiresa, ella podía embelesarlo aun en ese momento ¿Era su presencia o su belleza? ¿Acaso era esa mirada fría y melancólica a la vez? Aquel vestido ceñido a su talle con aquel escote pronunciado debajo del cual un lazo se hallaba atado y delineaba su busto le sentaba maravillosamente, su falda aunque larga y con mucho vuelo resaltaba su figura de reloj de arena, definitivamente aquel vampiro de rojo no tenia malos gustos: ella era perfecta. Ese ser había formado con sus sombras un par de alas negras con las que muy probablemente fuese a atacarlo, pero no lo veía a él sino a su propio amo.
- No he abandonado este cuerpo porque aun no es mi momento – continuó ella aun mirando a aquel que yacía a escasos metros de ella con profundo interés – Aun no te he llevado conmigo al infierno, no moriré hasta escoltarte al inframundo a que los demonios engullan tus huesos – Al decir estas palabras había volteado a verlo con tanto odio que le impresionó tanto que sintió su cuerpo temblar en respuesta – y martiricen tu alma por la eternidad. No moriré hasta no torturarte lo suficiente y que con eso encuentres en el infierno un descanso para tu ser.
No supo que decirle, le había dejado helado hasta la medula; ella tenía ese tono de voz tan indiferente e insensible que realmente creyó que lo haría y se sintió acorralado, ella no podía matarlo…
« Estaba en ese bosque observándola, ahora vestida de rojo y con un par de armas en las manos, no quería morir y no quería que lo matase, aun tenía motivos para vivir y la sabía muy poderosa… solo quería aprender de ella, era tan buena, era como un ángel para los seres perdidos como él»
Tuvo esa sensación de desespero y de pronto ese recuerdo apareció de la nada, indicándole que antes había estado en la misma situación y que en ese momento e incluso ahora era su ultima intensión morir y que aunque tampoco deseaba matarla la sabía demasiado peligrosa. Estaba realmente confundido con esa decisión porque algo dentro de él le decía que la estimaba o incluso podría decir que la quería, así que se acercó a ella caminando con paso firme intentando que no supiera de sus tribulaciones y tomándola del talle con fuerza valiéndose de uno de sus brazos le acercó a su cuerpo, la joven había levantado su mano para atacarlo pero él la interceptó con la que tenía libre y la atrapo.
- ¿Qué sabes tú del infierno? – preguntó retórica y seductoramente – dudo mucho que alguien como tú conozca algo tan horrible. No uses palabras tan intensas cuyo significado desconoces.
Ella rió a carcajadas carentes de alegría como si él hubiese hecho una broma y no pudiera resistirla, levantó su dedo y con la punta de su uña recorrió su rostro sin la intensión de lastimarlo a manera de coqueteo, pero su mirada seguía siendo tan o más vacía que antes y no sabía que esperar; aun asustado cayó en la trampa que significaba su cercanía y guiado por ese hechizo intentó besarla:
- No eres menos repugnante que la escoria que he conocido hasta ahora – dijo ella con aquella voz carente de sentimiento – el aroma de tu aliento me molesta y tu presencia me asquea ¿Tan rápido les has olvidado? No llegas a ser siquiera un remedo de lo que es un hombre.
No pudo soportarlo, era demasiado humillante, guiado por la rabia le abofeteó tan fuerte que le hizo sangrar de los labios. Ella lentamente llevó su mano hasta su boca y corroboró con sus dedos manchados de sangre aquella herida, se relamió los colmillos y siguió riendo como si nada de eso hubiese pasado.
- ¡Maldita malagradecida! – no pudo evitar gritarle con rencor y desespero – Te he salvado de ese tirano que quería torturarte ¿y así es que me lo pagas? Debí de haber dejado que ese estúpido vampiro hiciera de ti sus deseos.
- ¡Nunca vuelvas a ofender así a mi amo! – por primera vez en la noche había visto el reflejo de la rabia en su mirada - ¿Dices que intentabas defenderme de él? No me hagas reír por favor, mi maestro jamás osó tocar uno de mis cabellos mucho menos golpearme de la manera vil en la que tú lo hiciste, él siempre ha sido todo un caballero cosa que no puedo asegurar de ti.
- ¡Tú no sabes nada de mí!
- Tienes razón, yo no sé nada de ti. Todo lo que solía pensar que sabía de ti no eran más que mentiras, todo lo que creía creer de ti no fue más que una ilusión – su gesto no le decía nada pero sus palabras le mostraban una gran decepción - tontamente creí que eras mi mejor amigo, creí que valía la pena arriesgar lo más hermoso que tenía para salvar tu vida y lo que amabas, y ahora me doy cuenta que debí ser yo aquella que enterrara en tu corazón la estaca que daría fin a tu existencia.
No supo que pensar, le había dejado sin habla; era obvio que le conocía con anterioridad y estaba ofendida por lo que había hecho pero, ¿por qué tenía que compararlo con aquel poco hombre al que había visto torturar a su reina en aquel recuerdo? Ella no conocía los alcances del vampiro de rojo, no entendía que todo lo que estaba haciendo había sido por su bien y por un bien mayor, aquel monstruo no merecía existir.
- ¡No me compares con él! – le gritó exasperado a la joven - ¡Yo no soy igual que aquel demonio! – después respirando profundo volvió a calmar su tono de voz y con una sonrisa sínica continuó – De cualquier modo ya no podrá molestarnos más, ya le he exterminado.
- ¿Puedo decirte un secreto Ernest? – dijo ella avanzando y poniéndose justo al lado de su oído para poder susurrarle – él no está muerto.
Sintió que el alma se caía a sus pies, sobre todo cuando ella le miró a los ojos y con una sonrisa de gato Cheshire guiñó su ojo con maligna alegría.
