Los nombres de los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, pero la historia me pertenece.
Estoy bien.
Pero fui a ver al Doctor ayer,
para decirle cómo mi corazón se está volviendo loco.
Se siente como si me atropellara un tren.
¿Qué está pasando?
¡Enamorarte te matará!
Caigo en tus brazos.
¡Te matará!
Wrongchilde - Falling In Love Will Kill You (Ft. Gerard Way)
Planes.
A la mañana siguiente me resultó sumamente complicado asumir todo lo que estaba pasando. Tenía que abandonar mis proyectos e ir a un país desconocido, y lo peor era que no se debía a una elección propia. Me aferraba a la idea de continuar dormida, y así lo hubiera hecho, pero con él… Mis decisiones siempre terminaban siendo un fiasco, de alguna forma.
- No tienes que pretender que duermes Bella.
Susurró por debajo con fastidio.
- No pretendo nada – le contesté, entre abriendo los ojos, acostumbrándome a la luz que se colaba desde algún punto para martirizarme.
- Son las siete de la mañana.
Informó.
- Antes de que Carlie despierte, me gustaría que habláramos.
Me tallé los ojos con ambas manos, pero continué recostada sobre el sofá. No me levantaría, no estaba segura de poder hacerlo; entonces ladeé la cabeza y me encontré con su mirada.
- ¿Has pensado lo que hablamos anoche?
Parpadeé para recomponerme. Se hallaba recargo en la pared, observándome con fijeza como si quisiera captar mi absoluta atención. Llevaba el cabello mojado, había tomado una ducha; el sutil aroma de su colonia no me pasó desapercibido, todo en él era atrayente e inexplicable.
- No he tenido tiempo de hacerlo – admití sin dejar de mirarlo.
- Hazlo ahora.
- La verdad es que no sé qué quieres que piense. Te dije que iré contigo, que por ahora haré todo lo que consideres prudente. ¿Qué es lo qué debo pensar?
Humedecí mis labios, dándome cuenta de que mi mal humor no había desaparecido.
- Tienes razón, pero yo si he pensado algunas cosas.
Su rostro parecía sereno, pero sus ojos dejaban en claro que la estaba pasando muy mal.
- ¿Podrías pausar tus estudios un tiempo?
Me preguntó con rapidez, como si no hubiera querido pronunciar aquellas palabras.
- ¿Por qué razón haría algo así?
Una sonrisa oscura curvó sus labios.
- ¿No es obvio?
Lo medité un segundo.
Tomé aire y me puse de pie, tambaleándome un poco. Él no se movió. – Edward, ¿es tan peligroso? ¿Estás seguro de qué no estás exagerando?
Quise saber, con la súplica enganchada en la voz.
- Sé lo importante que es para cualquier persona el cumplir con sus metas, yo no jugaría con algo como esto. Me preocupa tu seguridad.
Me llevé una mano a la cintura.
- ¿Qué es lo que quieres entonces? ¿Planeas encerrarme en tú casa de Inglaterra y no dejar que asome ni la nariz por la ventana?
Refunfuñé. No dejaría que eso pasara jamás.
- No, pero tengo gente allá, gente en la que confío.
Contestó exacerbado.
Medité lo que estaba proponiéndome. La idea no era tan descabellada como lo había creído minutos antes, después de todo sólo sería por un tiempo. Seguramente en unas semanas encontrarían a la culpable y podríamos volver a nuestra vida normal. ¿Pecaba de inocente? A lo mejor, pero había que ser optimistas. Tampoco quería salir a la calle con miedo ni angustia. Parpadeé tres veces antes de darle mi respuesta, pero él ya lo sabía.
- Está bien. - acepté.
Torció los labios en una sonrisa picara y se acercó hasta donde yo estaba, tomando la mano que aún descansaba o más bien se aferraba a mi cuerpo.
- Relájate Bella, a mi lado nada te pasara.
Era una promesa, una promesa poco realista, pero su convicción era tal que podría convencer a cualquiera.
- Entonces debería ir a la Universidad a pedir la baja temporal.
Mi voz reflejaba incertidumbre, lo que me molestaba.
- Te acompañaría pero tengo que arreglar un par de asuntos, he descuidado el hotel. – tiré del brazo para que me soltara, pero como siempre; no lo hizo.
- No pasa nada, también tienes que cuidar de Carlie.
Asintió, haciendo una pausa para atrapar uno de los mechones que salía disparado hacía algún lado de la sala. No sentí vergüenza al verme estúpidamente ridícula (como solía verme siempre al despertar), después de estar tanto tiempo con una persona, después de amarla tanto… Uno se acostumbra, y esos pequeños detalles no parecen importar.
- Tu belleza me distrae, me deslumbra.
Me acusó.
- También me deslumbras con frecuencia.
Atajé.
- Entonces es justo.
Otra sonrisa, esta vez sincera.
Asentí con la cabeza, mientras me ponía de puntillas para darle un casto beso en los labios.
- Le diré a mi madre que te acompañe – susurró.
Inhale su fresco hálito y acepté. – Me parece bien.
- La llamaré.
Oculté un bostezo con la palma de la mano, me deshice de su agarré y me encaminé hasta la habitación. Carlie dormía plácidamente, su pequeña boca redonda parecía la de un pez, sonreí.
Tomé en silencio unos jeans negros, una blusa del mismo color, y las desgastadas pero familiares zapatillas deportivas. Me introduje en el cuarto de baño y me dispuse a contar los segundos. El familiar olor a jabón calmo mis nervios al instante, no había nada que me agradara más que estar debajo del chorro de agua tibia, bueno, había una cosa que me agradaba más… Me sonrojé de pensarlo. ¡Qué mente tan pervertida tienes Bella Swan!
Sacudí la cabeza y sonreí con complicidad. Nadie podía mirarme y eso me tenía más que contenta, disfrutaba del pequeño lapso de tiempo estando a solas con mis pensamientos. Solté un suspiro. Inglaterra no debía de ser un sitio tan malo, después de todo varios de mis escritores favoritos habían crecido y vivido ahí. Sí, no sería tan malo… Sólo unas semanas, a lo mucho unos meses, sólo eso. Me decía para confortarme.
Al terminar de alistarme salí con cuidado, pero Carlie ya no estaba. Recogí los papeles que necesitaría y enseguida añoré mi casa, mi pequeña casa… ¿Cómo podía mi vida caber en ésta mochila? Una lágrima recorrió mi mejilla, tenía que hacer algo antes de que la crisis existencial me atrapara. Me mordí la lengua y deseché los comentarios innecesarios, únicamente quería que no hubiera ningún problema… No era temporada de inscripciones, de cambios, ni de bajas. ¿Qué es lo que diría?
- ¿Estás lista?
Preguntó Edward desde la puerta. ¿Cuánto llevaría ahí, observándome?
- Si, ya iba.
Le contesté sin agregar nada más. Pasé a su lado, y como todo caballero se ofreció a llevar la mochila.
- No hace falta – objeté.
- No lo hago porque haga falta – me respondió.
- Gracias – sonreí genuina.
Bajamos las escaleras en nuestro habitual y cómodo silencio. Nuestras respiraciones se acompasaban al ritmo de nuestros pasos.
- ¡Bella!
Me gritó la niña al verme desde una de las sillas de la sala.
- Hola – le saludé, agitando la mano.
Ella regresó a su libro; era uno de cuentos, lo reconocía por la portada, era uno de mis preferidos.
- Esme te está esperando afuera.
Abrí los ojos como platos.
- ¿Qué? ¿Me tardé tanto?
Se encogió de hombros. – No, vino enseguida después de que la llame.
- ¿Y por qué no le dijiste que pasara?
- Si lo hice, pero tuvo que salir a hacer una llamada.
Contestó ofendido.
- Bueno, entonces saldré.
Asintió.
Me dirigí al lugar en donde se hallaba Carlie y deposité un sonoro beso en su sonrosada mejilla, ella soltó una risita en respuesta.
- Adiós Bella. – me contestó con voz cantarina.
- Adiós pequeña, cuidas a tú papá.
Le susurré en el oído. La niña me hizo un guiño y yo sonreí. Vaya, no era muy afecta a las sonrisitas, o risitas. ¿Qué me estaba pasando?
- Cuando regreses estaré aquí.
Dijo Edward con nerviosismo.
- Estaré bien. Quería tranquilizarlo.
Alzó una ceja.
- Isabella Swan, si no supiera que vas a estar bien no saldrías de ésta casa. – hizo una pausa. – Lo que me tiene ansioso es que no estarás a mi alcance.
Casi me olvidaba de respirar. Era sencillo perderse en él, en esos ojos claros y brillantes. Me tranquilizaba que Carlie estuviera absorta en lo suyo, como para reparar en nuestra conversación.
- Volveré.
Soltó una carcajada macabra.
- Si no volvieras te arrastraría aquí de vuelta.
Me esforcé en pensar con claridad.
- Bueno, yo… Me voy.
Sabía que mi huida lo había molestado, pero eso era lo de menos. Si me quedaba más tiempo quien sabe que podría pasar. Sus palabras eran demasiado profundas y censuradas. Estaba segura de que ocultaba más de lo que aparentaba…
- Bella, ¿cómo te sientes cariño?
El calmo aspecto de Esme apaciguó mis dudas; cómo nos habían asegurado por teléfono, Alice estaba bien.
- Creo que estoy mejor de lo que esperaba – contesté sincera.
- Buenos días Señorita Swan – me saludó el chófer con voz formal. No me gustaba que usara lentes oscuros, era muy dramático.
- Buenos días – le respondí, conteniendo una risita tonta. (más risitas) ¿Qué pasa conmigo?
No me había percatado de lo brumoso del día, hasta que miré por la ventanilla del automóvil.
- Edward me puso al tanto. Estoy muy apenada de que tengas que hacer esto.
Dijo, disculpándose.
- No es culpa de nadie. Unos meses no son nada, estaré bien.
Suspiró.
- Al menos estoy convencida de que encontraras Inglaterra, un lugar muy agradable.
- También lo creo así.
Mentí, o eso creía. De todas formas no tendría certeza alguna de nada hasta que me encontrara allí.
El trámite no fue sencillo; por un momento pensé que no sería posible hacerlo, pero Esme Cullen salió en mi defensa, y la joven poco amable de rasgos delicados que atendía las ventanillas se convirtió en un caramelo macizo con relleno sabor cereza, otorgándome la baja sin rechistar. Tener el papel en mis manos no se sintió tan mal como yo creía, sólo sería una corta temporada, y el límite de un año escrito en negritas lo confirmaba. Un año. En un año volvería a las aulas sin ningún problema. Respiré por fin, con alivio.
- Disculpe Señora Cullen, ¿puedo preguntarle algo?
Quise saber, con temblor en la voz.
- Ya te dije que solo me digas Esme – pidió insistente.
Asentí.
- Puedes preguntar lo que tú quieras, eres de la familia. Una Cullen. Siéntete como tal. No quiero verte agachar la mirada ante nadie, como lo has hecho con ésa muchachita insolente que nos atendió en la Universidad.
Abrí los ojos de golpe, tanto que comenzaron a arderme.
- Una Cullen.
- No me malinterpretes, desde luego que nunca dejarás de ser una Swan, mi respeto hacia tus padres es sincero, pero nosotros te queremos, has hecho mucho por Edward, por Alice… y te lo agradeceremos siempre. Eres una buena chica.
Escuchar aquellas palabras hizo que mi corazón se inflamara. No olvidaría a mis padres, los llevaría en mente y alma siempre, pero esto… Era especial.
- Usted, cuando habla se parece mucho a mi madre.
Sonreí radiante.
- Debió ser una gran mujer.
- Lo fue.
Recordaba sus abrazos cálidos, sus palabras de aliento… Todo de mi madre era magnífico, perfecto…
El coche iba a una velocidad considerable, el tráfico era casi inexistente, algo raro para la hora que era, pero lo agradecí. Las fotos que había perdido, las pertenencias que había perdido, la casa que había perdido; todo eso lo llevaba dentro de mí, y nadie podría arrebatármelo.
Tome aire con discreción, meditando acerca de mis pensamientos repentinos. Varios minutos transcurrieron, absorbiéndome, provocando que me olvidara por un segundo de mi interrogante, interrogante que antes me había parecido sustancial; pero gracias a las sólidas palabras de Esme, ya no hacía falta preguntar nada. Una Cullen, eso había dicho...
Observaba como la lluvia caía a cantaros sobre el cristal de la ventanilla, opacando mi visión. Quise salir y empaparme.
- Arreglé una cena con tu tía Carmen para hoy en la noche.
Apreté los labios. No podía posponerlo más.
- Es lo correcto.
Contesté con pesadumbre, no estaba convencida de que lo fuera.
- Lo es – me aseguró, y decidí creerle. Su tono de voz había sido similar al que Edward usaba conmigo.
Mis nervios se apaciguaron.
Después de agradecerle varias veces, salí del auto hacía la extraña seguridad de la lluvia. Alcé el rostro, permitiendo que las gotas recorrieran mi piel. El coche ya se había ido, pero yo no quería moverme, no aún.
- Vas a enfermarte.
Atajó Edward desde el portón de la casa. Sonreí al verle y estiré las manos, llamándolo así. Él no dudó, y se acercó mojando su clásico traje negro.
- Ahora tienes Pasaporte y Visa.
Enarqué una ceja.
- ¿Cómo?
Estaba sorprendida.
Arrugó la nariz – Soy Edward Cullen.
Respondió, con un dejo de prepotencia en su voz aterciopelada.
- Vaya, eso sí que es una buena razón.
Bromeé, hundiendo el rostro en su pecho. Se limitó a sonreír de lado a lado. Estuvimos un largo minuto en la misma postura, hasta que no aguante más, quería mirarlo.
Su cabello chispeaba, el gel casi había desaparecido, y con ello su perfecto y alborotado peinado. La habitual corriente eléctrica que nos envolvía, recorrió mi cuerpo con desespero, dejándome aturdida. Me hallaba a la espera del tan esperado beso bajo la lluvia… No era una cuestión romántica, sino más bien un pacto criminal, algo que tarde o temprano acabaría con nosotros. O tal vez, en un panorama esperanzador, la historia sería contada por mí misma, en puño y letra; con él en la oscuridad, observándome desde una esquina, tomando posesión infalible de mí cuerpo, sin mover ni un sólo dedo.
- Estas temblando.
Susurró.
- Eres tú el que tiembla.
Con esta revelación no pudo soportar más; sus labios presionaron sutilmente los míos. Se sentían fríos y cálidos a la vez. El sabor de la lluvia se colaba perezoso en nuestras bocas… La respiración era nula o eso pensé en ese momento, pues no podía oírla.
- Entremos.
Murmuró sobre mis labios entre abiertos. Su aliento era fascinante.
- Últimamente hay algo en ti que no puedo descifrar.
Le dije con curiosidad en la voz.
- Ojalá no lo hicieras.
Tensó la mandíbula, obligándome a apartarme. Dio media vuelta y entró a la casa.
¿A qué se refería?
No tardé en seguirlo, y cuando lo tuve cara a cara lo enfrenté.
- ¿Estás ocultándome algo?
Negó.
- ¿Entonces qué pasa?
- Pasa que estas volviéndome loco.
Hice una mueca. No entendía.
- Cuando te apartas es insoportable, me mata no saber qué haces, con quien hablas…
Sacudí la cabeza…
- Cálmate Edward, estoy aquí.
Me acerqué a él poco a poco, como si se tratase de un temible depredador.
- Me siento fatal. Mi hija, mi familia, nada me importa, solo tú…
Sus ojos estaban vidriosos, parecía que lloraba, pero no había lágrimas.
- Todos estamos nerviosos por lo que está pasando, no debes tener miedo. Nadie me hará daño, estaré contigo cada día. ¿Puedes calmarte?
- Estoy calmado, ahora que estas aquí.
Algo en sus palabras no sonaba del todo bien.
- ¿Y Carlie?
La llevé a casa de mis padres.
- ¿Por qué?
- Quería que estuviéramos solos por un rato antes de la cena.
Fue lo único que atinó a decir.
- Lo siento.
Musitó después de unos segundos.
- Te amo.
Susurré.
Su expresión cambió al instante en que pronuncié las palabras. Volvía a ser el mismo de siempre.
- ¿Estás mejor ahora?
Asintió con lentitud.
- Lamento mi ataque de pánico. Me haces sentir como un adolescente, con todas las hormonas disparatadas, haciendo fiesta sin que yo me entere.
Reí ante su respuesta, pero después me puse seria.
- ¿No deberíamos ir al hospital?
Soltó una risa sarcástica.
- Los tengo desde niño Bella.
- Ahh.
- ¿Y por qué?
Quise saber.
Se encogió de hombros. Siempre hacía eso, al igual que un niño pequeño.
- No lo sé. Supongo que me exalto con facilidad. O quizá, hay algo mal en mi cabeza.
Bromeó. – Sólo sucede cuando estoy estresado, no pienses demasiado en ello.
- Bueno, si no necesitas ir al hospital entonces ve y arréglate.
Me miró confundido.
- Tu madre ha organizado una cena para que…
- Estoy informado. – dijo, sin dejarme terminar. – Pero todavía faltan seis horas para eso.
Puse los ojos en blanco. Había olvidado que apenas eran las dos en punto, el día parecía haber sido más largo de lo habitual.
- ¿Entonces? ¿Quieres recostarte un rato?
- Creo que no me vendría mal.
- A mi tampoco.
Cuando estuvimos acurrucados en el edredón, caí en la cuenta de que todavía había muchas cosas de Edward que yo no sabía. Nada en el mundo me separaría de él, pero conocía los ataques de pánico, y no eran nada que se quisiera presenciar… Yo misma los había experimentado después de la muerte de mis padres… Apreté los ojos, como queriendo aclarar mi mente, y al final resolví que no le daría importancia a algo como eso.
Su respiración era tranquilizadora. Verlo descansar era una de mis cosas predilectas en todo el cosmos. Contemplar el ligero temblor de sus largas pestañas me adormecía, y luego de unos minutos ya me hallaba con los ojos cerrados, casi cayendo en la inconsciencia; pero un leve meneo proveniente del bolsillo izquierdo de mis pantalones me despertó de súbito.
Era un mensaje.
"Estoy ansiosa por verte aquí, en Inglaterra."
Irina.
Hola!
Muchas gracias por sus Reviews, de verdad que me pone muy contenta leerlas. Y para aclararles una duda: NO es la tía Carmen la que nos dará problemas.
Knaro, ¿cómo que me mandas a vivir con Jane? ¡Malvada!
Andrea Peralta, tienes razón. Edward se nos vuelve un poco posesivo!
Un saludo mega gigante a todas, las quiero mucho; a las que escriben aquí, a las de facebook, a mis lectoras silenciosas. A todas! Un abrazo cibernético.
Nos leemos pronto.
Anabelle.
