Audrey Weasley

Dio los últimos retoques a su maquillaje y bajó disparada por las escaleras. No llevaban mucho tiempo saliendo, pero sabía que Percy odiaba que llegase tarde; le parecía una actitud muy informal. Audrey no eran tan drástica respecto a la puntualidad, pero no le parecía mal y esa actitud cuadraba mucho con su novio. Aunque no sabía mucho de él.

Mientras esperaba el ascensor recopiló alguna de la información que tenía sobre él, y se dio cuenta de que no era mucha. Sabía que tenía muchos hermanos, de los cuales uno había fallecido hacía un año más o menos "de repente". De repente. Podía ser de un accidente, una rápida pero devastadora enfermedad. Incluso podía haber sido asesinado.

Sabía que sus padres vivían en una casita en el campo, lejos de Londres. ¿Pero dónde? No tenía ni idea.

Sabía que trabajaba en un ministerio, pero las veces en las que había querido saber en cual, Percy se había enfrascado en una explicación tan farragosa que al final había desistido.

Por lo que sabía, Percy podía ser un criminal fugado de la cárcel. Como mínimo.

Pero extrañamente, Audrey sentía que podía confiar en él. Daba por hecho que Percy le estaba escondiendo una parte muy importante de su vida, pero también sabía que todos los secretos le serían revelados a su debido tiempo. Se lo decían sus tripas.

Se conocieron unos meses antes en el metro y a Audrey le hizo mucha gracia su expresión. Parecía como si fuese la primera vez que montaba en él. Ella le veía todos los días y al poco tiempo le empezó a sonreír: en su fuero interno le parecía muy tierno ver como ese guapo pelirrojo, con la cara llena de pecas, bajaba la vista azorado. Cierto día, estaban a escasos centímetros uno del otro y Audrey decidió dar el primer paso.

- ¿Qué de gente, no?

- Sí –contestó en un murmullo.

Y aquello fue todo.

Lo que Percy no sabía era que desde pequeña Audrey había conseguido siempre lo que había querido. Era cuestión de orgullo.

Días más tarde Audrey le esperó en el vestíbulo del metro a la salida del trabajo y media hora después apareció. Se acercó a él con paso decidido y ni corta ni perezosa le invitó a tomar un café. Por un momento temió que ese chico le dijese que no, pero después de cavilar un rato, aceptó.

Comenzaron a quedar cada dos o tres días a la salida del trabajo para tomar un café. Ella le contaba cosas sobre su empleo en una compañía de seguros, su familia, sus amigos, etc. Y él no es que estuviese callado, pero le daba la impresión de que, si bien no mentía, había algo raro en todo lo que le contaba...como si faltase una parte esencial en cada historia o anécdota que le contaba.

Por ejemplo, sabía que había estudiado en un internado en Escocia. Pero cuando le preguntó por su asignatura favorita, Percy se hizo un lío y al final no sacó nada en claro. No había ido a la universidad y cuando Audrey le comentó que para trabajar en un ministerio era una condición indispensable ser diplomado o licenciado, se sonrojó y comentó algo así como que tenía enchufe.

Audrey pensó divertida que a lo mejor era miembro de la familia real para tener un enchufe de tal magnitud.

El caso era que a pesar de que algo no encajaba en el puzzle, confiaba en él.

Y le gustaba, le gustaba a rabiar. Lo que había comenzado siendo como un pasatiempo en los aburridos trayectos en metro de su casa al trabajo, había acabado como una relación bastante seria. Por eso a veces pensaba que estaba loca y se decía a sí misma que como era posible que se estuviese enamorando de un chico que le estaba ocultando algo. Pero ella era así, confiaba en su instinto más que en muchas personas.

Cuando llegó abajo allí estaba Percy esperándola apoyado con indolencia en una farola. En cuando la vio se envaró y la saludó con un tímido beso en los labios.

- Esta noche estás muy guapa.

- Gracias, tu también –Audrey le miró de reojo y le vio nervioso -. ¿Pasa algo Percy? Estás más raro que de costumbre.

Percy no sonrió ante esa broma que ya era como un chiste particular entre ellos. Caminaba cabizbajo a su lado, como absorto en sus pensamientos. Audrey sentía el corazón desbocado: seguramente iba a cortar con ella. Y, siendo el caballero que sabía que era, estaría tratando de hacerlo de la forma más suave posible.

- Percy, por favor, dime que pasa.

Percy suspiró y se paró al lado de un oscuro portal, mirándola a los ojos con miedo.

- Sabes que no he sido del todo sincero contigo, ¿verdad? –dijo en voz baja.

- Claro que lo sé –intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca -. Pero vamos, no será para tanto.

Percy gimió y pudo ver como tragaba con dificultad. Ahora sí que estaba nerviosa. Y asustada.

- Me temo que sí es para tanto. Incluso puede que después de esta noche decidas que cortemos nuestras relaciones.

Audrey solo podía mirarle en silencio, viendo como su novio se debatía en lo que parecía ser una gran lucha interior. Pero ella se limitó a encogerse de hombros y poner cara de "vamos a ver que pasa". De pronto, Percy sonrío con algo de malicia y preguntó:

- ¿Te gustaría conocer a mi familia al completo? Hoy es el cumpleaños de mi hermana pequeña y se van a reunir todos en casa.

Suspiró aliviada. En un segundo pensó que quizás solo se avergonzaba de su familia, aunque eso tampoco encajaba del todo. No...hay había algo más.

- Claro, me encantaría. –pero entonces recordó algo -. Un momento, ¿no me habías dicho que tu familia vivía en un casa en el campo, lejos de Londres?

- Así es –contestó sonriendo, ya abiertamente.

- Así que están aquí –afirmó desconcertada.

- No, están en casa –corroboró tratando de contener la risa. Después le tendió la mano y volvió a preguntar, esta vez sin atisbo de risa en la voz -. ¿Confías en mi?

Audrey dudó unos segundos, pero la mirada de Percy reflejaba tal seguridad que sin pensarlo alargó la mano y apretó la suya.

- Puede que ahora te marees un poco.

Audrey solo tuvo tiempo de pensar "¿qué..?", cuando sintió como su cuerpo entero se oprimía y ante sus ojos pasaba un remolino de colores. Instintivamente cerró los ojos y se maldijo por haber confiado en Percy. No sabía cómo había sido posible, pero sin duda la había drogado. Estaba metida en un buen lío y no veía escapatoria.

De pronto esa horrible sensación de ahogo desapareció y se dio cuenta de que estaba agachada, con la cabeza entre las piernas. Sintió una mano acariciando suavemente sus cabellos, mientras Percy le susurraba palabras tranquilizadoras al oído. Este tío esta loco, pensó al borde de las lágrimas. Se atrevió a abrir los ojos y lo que vio la desconcertó: bajo sus pies no había asfalto ni cemento, sino hierba y algún guijarro que otro. Seguro que ese maníaco la había llevado a un parque cercano donde la violaría. O algo peor.

Al borde la histeria, se zafó de Percy (si es que se llamaba así) y de un salto se puso de pie, dispuesta a luchar por su vida. Pero lo que vio a su alrededor la dejó sin habla.

Ambos se encontraban frente lo que parecía una...¿una qué?, gritó su mente. Era como un cobertizo al que habían ido añadiendo piso tras piso de forma desordenada. Pero eso ahora era lo de menos, tenía que huir de ahí. Miró a su alrededor y sintió como de nuevo la confusión se apoderaba de ella. No se veía ni rastro de Londres por ningún lado. De hecho, parecían estar en mitad de la nada, no se veía ni una sola luz a su alrededor.

¿Cómo era posible?

Sabía que la sensación de ahogo había durado cuatro o cinco segundos a lo sumo. En ningún momento perdió la consciencia, de eso estaba segura. ¿Entonces cómo habían aparecido en aquel lugar, que parecía estar, como poco, a cientos de kilómetros de Londres?

Lo último que vio antes de desmayarse fue a Percy corriendo hacia ella.

Cuando se despertó no abrió los ojos de inmediato. Por dios, eso si que había sido una pesadilla. Seguramente había sido un mensaje de su subconsciente que le pedía que hablase con Percy, que le pidiese que le aclarase algunas cosas. Pero había sido tan real...casi podía sentir como se ahogaba de nuevo.

Entonces una voz hizo que saltasen de nuevo todas sus alarmas.

- Ginny, avisa a Percy. Ya ha despertado –y después en voz baja -. Mira que le dije que era una mala idea, que esa no era la forma correcta de decirle la verdad. No sé que le pasa a este chico.

Audrey se incorporó de un salto y abrió los ojos. Sentada en una silla a un metro de distancia había una mujer de mediana edad, pelirroja y regordeta. A pesar de su cara bondadosa, no se fío. Atónita, vio como un montón de pelirrojos, con su novio a la cabeza, entraban en el salón. Percy parecía profundamente triste y cuando habló notó como le temblaba la voz:

- Yo... lo siento Audrey. Nunca pensé que te lo tomarías así, yo... Definitivamente, esto ha sido una mala idea...

Pero no pudo acabar porque un chico con tremendas cicatrices en la cara se acercó a ella con una preciosa rubia de la mano.

- Pues no sé que esperabas Perce, pero su reacción me ha parecido de lo más natural. Yo soy Bill, hermano de este idiota, y esta es mi mujer, Fleur.

Audrey, sentada en el sillón y cubierta con una manta vio como uno a uno decían algo en contra de Percy y su forma de presentarla y a su vez se presentaban: Ron, Arthur, Harry, Hermione, Molly...eso era una locura. De pronto no pudo más y gritó lo más fuerte que le permitían sus pulmones.

- ¡¡¡Alguien me puede explicar que cojones está pasando aquí!!!

Y rompió a llorar de forma descontrolada porque por fin lo entendió: se estaba volviendo loca. O había tenido un accidente, estaba en coma, y no lo recordaba. Joder, estaba viviendo su propio Vanilla Sky.

A un gesto de Percy toda esa manada pelirroja abandonó el salón. Se sentó junto a ella y trató de cogerle la mano, pero ella la apartó.

- Audrey, cariño...

- No me llames cariño. No sé quien eres. ¡¡Por dios, si ni siquiera sé si estoy despierta!!

- Sí, lo estás. Está es la razón de que haya sido tan esquivo en cuanto a darte más detalles sobre mi vida.

Audrey se alejó de él lo máximo posible, tratando de despertarse lo antes posible. Después de unos minutos se dio cuenta de que era imposible, así que decidió que si era un sueño, le seguiría la corriente. Era lo que se hacía con ellos, ¿no?

- Y cual es esa razón –dijo apática.

- Bueno, verás. Mi familia y yo somos...magos y brujas.

Aquel sueño estaba tomando cada vez tintes más divertidos. ¿No le acababa de decir el Percy de su sueño que él y su familia eran magos? ¿Qué relación podía tener eso con la realidad? Ninguna que ella supiese.

- Ya. Claro. Magos y brujas. Ya es oficial, me he vuelto loca.

Percy la miró con un atisbo de impaciencia en su mirada y ante una atónita Audrey convirtió una mesa en un galápago.

- No estás loca cariño, ni estás soñando es verdad. Mira...

Durante quince minutos Percy le estuvo explicando un montón de cosas, de las cuales entendió muy pocas. Sé quedó con la idea general de que los magos habían existido siempre, pero escondidos de ellos. Que tenían sus propias instituciones, sus propias reglas, y que habían pasado una guerra un año antes en la que había muerto uno de sus hermanos. Poco a poco, y sobre todo por el efecto tranquilizador que la voz de Percy, la realidad se fue abatiendo sobre ella.

En vez de observar la situación como si estuviese loca, probó a hacerlo desde la perspectiva de que Percy tenía razón. Y las piezas por fin encajaron. La ultima pieza en encajar fue cuando le miró a los ojos y vio en ellos la sinceridad y la seriedad de siempre. Ni sueños ni delirios son tan reales.

Por muy increíble que pareciese, todo lo que le había dicho era verdad. Era un mago.

- Supongo que tendrás muchas preguntas –dijo con los ojos clavados la alfombra.

- No lo sabes bien. Pero la primera es por qué no me lo contaste al principio. ¿No confiabas en mí? –preguntó dolida.

- Cariño, si te hubiese contado esto al principio, sin que me conocieras, ¿qué hubieras hecho?

- Salir pitando –reconoció después de pensarlo un poco -. Solo te pido que me des algo de tiempo. Ahora mismo solo tengo dos cosas claras: que me estoy enamorando de ti y que me va a costar adaptarme a tu vida. Tendrás que tener paciencia. Por dios, un mago. Esto no entraba dentro de mis planes. Ni siquiera sé si te creo...

- Claro, claro –se apresuró a asegurar -. Entre todos vamos a hacer que te sientas lo más cómoda posible.

Audrey enarcó una ceja a modo de pregunta, y Percy sonrió un poco forzado.

- Me refiero a mi familia. Ya has visto cuantos son, a los que hay que sumar novios, novias, etc.

Se levantaron del sofá y Percy volvió a tenderle la mano; pero esta vez Audrey la cogió con ternura.

Sus tripas no se habían equivocado. Si bien no era lo que esperaba (ni de lejos), mientras iba a la cocina pensaba que una familia de magos tampoco estaba mal del todo. Y aunque tenía un sinfín de preguntas, algo dentro de ella le dijo que tendría toda la vida para darles respuesta.