Volví. De acuerdo, lo reconozco. En pleno curso de Bachillerato me resulta imposible actualizar todos los domingos, así que dejaré de decir la gilipollez de "a partir de ahora, seré constante, lo prometo" porque al final no lo lograré (aunque seguiré intentando cumplirlo, obviamente). Esto lo que viene a decir es que aunque tarde siglos y siglos, aunque Dumbledore nazca y se muera diez veces seguidas, llegará un día en que yo colgaré la siguiente actualización. Y así, gota a gota acabaré el fic. Eso sí, después me daré un buen descanso xD
Bueno, agradecer a .7564 su review, es bueno saber que alguien angloparlante lee mi fic =) Por eso: Thank you very much, I wish you´ll continue reading my story.
.:Navidad:.
-Scorpius despierta – ordenó Albus desde el marco de la puerta.
Teddy lo miraba divertido desde el final del pasillo. El moreno llevaba diez minutos intentando hacer levantar a su amigo, sin resultado alguno.
-Scorpius, como no te levantes tiraré tu escoba por la ventana.
A pesar de ser una amenaza muy efectiva, no pareció surgir ningún efecto. El rubio estaba perfectamente enredado en sus sábanas y parecía abrazar con fuerza la almohada. Teddy alcanzó al Potter con un par de zancadas, poniéndose a su altura del moreno, que estaba a punto de desencajarse la mandíbula de lo mucho que la apretaba. Era por eso que las expresiones en la habitación eran tan contrapuestas: la profunda calma de Scorpius contra la irritación alarmante de Albus, acompañadas ambas por la diversión del mayor.
-¿De verdad que no puedo abrir mis regalos hasta que él se levante? – preguntó Albus por quinta vez.
-Exacto.
-Pero eso es injusto.
-No – Teddy ensanchó su sonrisa – se llama confraternidad.
Albus rodó los ojos molestos, si por él fuera, hechizaría al mayor y abriría sus regalos, pero sabía que no sería capaz de ganar en un duelo con el peliazul. Se acercó al rubio y se inclinó sobre él. Lo miró furioso al descubrir tapones mágicos en sus oídos ¡Aquel miserable lo había hecho aposta! Cogió su varita y la agitó en el aire. Teddy lo miraba con una ceja en alto, pero tampoco se movió, curioso por ver el resultado. Un gran chorro de agua salió de la punta de la varita directo a la cara del rubio, que empezó a saltar en su cama y a mover las manos desesperadamente, intentando librarse del agua.
-¿¡Pero tú eres tonto!? – le recriminó a su amigo, cuando el hechizo cesó y él se hubo quitado los tapones.
-Ya está – anunció Albus, sin prestar atención al otro – se ha levantado ¿no?
Teddy rodó los ojos mientras Scorpius seguía al moreno exigiendo una explicación. Varios paquetes cubrían la alfombra del salón y, junto a al árbol de luces brillantes y el olor a chocolate recién hecho, le hacían recordar a Albus ligeramente el ambiente navideño de su casa. Casi podía sentir que en cualquier momento Lily saldría corriendo desde su habitación hasta el salón, para abrir con emoción sus regalos; y que si se daba la vuelta, se encontraría una nueva puerta que conduciría a la habitación de James, la cual estaría cubierta con todos los papeles de regalo rasgados que su hermano mayor se habría encargado de desperdigar.
Cuando se quiso dar cuenta Scorpius ya estaba delante de él, abriendo sus regalos, habiendo olvidado de pronto su enfado y el hecho de que el cuello de su pijama seguía empapado. Albus y Teddy se le unieron rápidamente y tres tazas cargadas de chocolate humeante salieron volando desde la cocina hasta aterrizar en el salón. La mayoría de los regalos eran libros, que por su limitada edición, no podrían conseguir en su época.
El moreno estaba apurando su taza cuando sintió un extraño sonido a sus espaldas. Una pequeña lechuza parda tocaba tímidamente en el cristal, cargada con un paquete de su mismo tamaño. Albus se levantó lo más rápido que le permitieron sus piernas y se apresuró a hacerla entrar. Aunque casi resbala con la alfombra y que tuvo que saltar la pila de libros de Scorpius, la pequeña ave pronto estuvo dentro. Se posó en el brazo de uno de los sillones y esperó pacientemente a que el chico desatara el paquete, bebió un poco de agua y volvió a salir volando.
-¡No! – Albus intentó detenerla.
-No te preocupes – lo tranquilizó Teddy – está nublado, si puede hacer el viaje en una hora, que aclarará, nadie la verá.
-Pero, por aquí hay muchos muggles abriendo regalos.
-Exacto, abriendo regalos. Nadie va a estar atento por si pasa una lechuza.
El moreno se encogió de hombros y volvió al sillón, donde todavía descansaba el paquete. El papel marrón estaba levemente abultado señalando que lo que había dentro era mullido. Albus alargó la mano para descorrer la cuerda cuando Scorpius lo detuvo por la muñeca.
-¿Pero qué haces?¡Ni siquiera sabes de quien es! – miró a los otros dos – Podría tener alguna maldición.
-Alerta permanente – respondieron los otros con sorna.
-Venga ya Scor, no creo que pase nada – se quejó Albus, que se moría de curiosidad por saber lo que había dentro del paquete.
Scorpius endureció la mirada, no quería ser él el que explotase en mil pedacitos si el regalo tenía una maldición explosiva. Teddy los miró con una sonrisa de medio lado, negando divertido. El rubio tenía razón, pero al igual que el moreno dudaba que alguien pudiese mandarles algo así, no todavía al menos. Sacó la varita del bolsillo y apuntó a su habitación. Una pequeña peonza con el símbolo de los aurores salió volando hasta la mano del metamorfo, que la dejó encima de la mesa.
-Todos los chivatoscopios del ministerio tienen también hechizos para objetos malditos – explicó Teddy mientras miraba el objeto totalmente inmóvil – aunque hay que reconocer que costó bastante crearlos, es más fácil realizar simplemente el hechizo que implantarlo en un aparato.
Albus no esperó más explicaciones, tiró del cordel bajo la atenta mirada del rubio.
-Seguimos sin saber de quién es – protestó.
Albus se alejó un par de pasos, no porque le diese miedo o respeto el contenido del paquete, sino porque trataba de desenrollar la bufanda escarlata que acababa de encontrar. Scorpius elevó una ceja sin comprender quién gárgolas le mandaría una bufanda roja a un Slytherin. Pero entonces recordó a cierta pelirroja un año mayor que él – o cuarenta y seis, dependía de cómo se mirase – de la casa de los leones. Su mueca se agravó todavía más cuando se dio cuenta que después de que su amigo hubiese sacado el trozo de tela, todavía quedaba otra, con un escorpión bordado.
-Si no fuera porque es tu abuela, la maldecía nada más volver al castillo – le aseguró mientras se inclinaba para coger su regalo – no, mejor, lo voy a hacer – aseguró comprobando de nuevo el llamativo rojo.
-Tampoco es para tanto – replicó Albus, probándosela.
Scorpius lo miró como si acabase de decirle que su madre era un hipogrifo.
-Eso lo dices porque en tu casa sois todos Gryffindor pero-
-Yo era Hufflepuff – protestó Teddy.
-Y Rose es de Ravenclaw.
-Y Louis es...
-Eso lo dices porque en tu casa sois casi todos Gryffindor – repitió Scorpius, rodando los ojos – y estas acostumbrado a ver rojo por todas partes. Pero yo entró con esto en mi casa – alzó la bufanda en alto – y mi abuelo me manda como mínimo tres Crucios.
-Ey mirad, hay una tarjeta – interrumpió Teddy, cogiendo un papelito amarillento del suelo.
-¿Me estáis haciendo caso? – preguntó irritado el Malfoy, todavía indignado por el color de su bufanda.
Pero lo cierto es que Albus ya no le prestaba atención, había recibido el pequeño pergamino y lo miraba con las cejas juntas. Se lo enseño a los otros dos después de haberle dado varias vueltas y de leerlo repetidamente. Lo miraron con curiosidad, solo aparecía el nombre de una calle, una hora y la firma siempre perfecta de Lily Evans. Scorpius alzó una ceja ¿Ya estaba? Muy enfadada tenía que seguir la pelirroja si ni siquiera les dedicaba un "Feliz Navidad", aunque solo fuese por ser cordial. Albus parecía pensar lo mismo porque no relajaba el rostro y miraba a momentos la bufanda. ¿Si estaba enfadada porque les había dado un regalo? Las mujeres eran complicadas.
-No aparece ningún día – mencionó Teddy – así que debe querer quedar hoy.
-Ya – murmuró Albus – y todavía no sé muy bien que decirle.
-Yo primero intentaría averiguar que calle es esa – le recomendó Scorpius – porque a mi no me suena de nada.
-Porque es un barrio muggle – respondió Albus – lo conozco, Dominique me arrastró una vez por allí porque quería comprarse un vestido nuevo.
-¿Y te acuerdas? – preguntó sorprendido.
-Sí, porque fue allí donde los traidores de Fred y James me dejaron solo con ella. Tuve que cargar yo con todas las bolsas.
Albus se dejó caer pesadamente en el sillón que había tras él, mientras dejaba de escuchar las pequeñas burlas de los otros dos. ¿Qué iba a decirle a la pelirroja? Esta vez si que no había escapatoria. Se le ocurrían opciones, pero tendría que escoger las palabras con cuidado, porque lo último que pretendía era acabar con algo parecido a "Pues sabes, es que resulta que soy tu nieto venido del futuro" o "es que los mortífagos querían matar a mi padre, es decir, a tu hijo porque fue él quien se cargó a Voldemort". Había más, pero cada cual sonaba más ridícula que la anterior, y sinceramente, no quería que la chica lo tomase por loco o que se desmayase a mitad de la calle, sobretodo si no podía sacar la varita para llevarla hasta San Mungo. Se despeinó con desesperación y miró a Teddy.
-¿Tú que le dijiste a Ojoloco?
-¿Yo? – miró a los otros dos – Ah, es cierto, no os lo dije. Pues le enseñé mi cara.
-¿A que te refieres...? Ah, espera ¿¡Qué!?
Albus lo miraba como si acabase de perder la cabeza, Scorpius se limitaba a murmurar maldiciones por lo bajo mientras hundía su rostro entre las manos.
-Bueno, es difícil convencer a Ojoloco, así que le dije que era metamorfomago y que estaba en una misión especial. Fue fácil, no tuve que mentir – el chico se encogió de hombros.
-Claro, y el te creyó – ironizó Scorpius.
-Por supuesto que no, es Alastor Moody, ese no se fía ni de su sombra. Así que le enseñé un recuerdo – paró a Albus con un gesto antes de que pudiese decir nada – no salía nadie conocido – aseguró – llevaba buscando el recuerdo apropiado desde que llegué por si acaso Dumbledore me pillaba, así que cuidé todos los detalles.
-Pero ¿los recuerdos no se pueden modificar? – preguntó Scorpius dudoso.
-Puedes intentar taparlos, pero es imposible cambiar algo – respondió Teddy – son tan fiables como el veritaserum.
Un golpe. Otro golpe. Otro. Un golpe doble. Golpeteo consecutivo.
Sirius hizo una mueca al ver que su amigo seguía pendiente del libro enfrente de él ¿Cómo haría para pasar de él, del gran Sirius Orion Black...? No, lo de Black no le gustaba como sonaba, Sirius ya brillaba por si solo. Sonrió por su propio chiste, obvio que el nombre brillaba como una estrella en el cielo, es que era una estrella. La sonrisa se le borró de los labios al comprobar que el madrugar estaba afectando a sus perfectos chistes.
-Canuto ¿Quieres concentrarte de una maldita vez?
El aludido clavó sus ojos grises en los marrones de su inseparable amigo. Los golpes impacientes y cargados de aburrimiento cesaron.
-¿Concentrarme? ¡Corn, son las once de la mañana!¡Veinticinco de diciembre! – casi le gritó.
Sirius estaba desesperado. Navidad, era Navidad. La madre de James se había pasado la mañana anterior haciendo decenas de deliciosas galletas y un bizcocho cuyo olor había invadido la casa entera. En medio del salón había un árbol enorme decorado con sin fin de guirnaldas y bolas luminosas. En un deje de inspiración Sirius incluso había creado decenas de globos rojos que tenían pintados perros negros saltando, ciervos corriendo, lobos aullando a la luna y ratas dentro de regalos – estas últimas no habían gustado mucho a la Sra. Potter-. Pero lo más importante, un gran montón de regalos estaban debajo de aquel inmenso árbol esperando para ser abiertos. Pero no, ellos no podían estar allí obedeciendo a las plegarias de los pobres paquetes de felicidad, no. Tenían que estar allí, en una biblioteca medio abandonada revisando libros. Sirius Black, en una biblioteca, en Navidad. Daba igual como se mirase, sonaba ridículo.
-Lo has dicho varias veces ya.
-Es que no entras en razón.
-Sirius, habría sido imposible despertarte cualquier otra mañana y es el único momento en el que abren.
-Ya, adivina para que me levante temprano.
James suspiró, la verdad es que le dolía tanto como a su amigo haber tenido que abandonar los presentes, pero no había otra posibilidad.
-No sé como me he dejado arrastrar – se siguió quejando el mayor, desplomándose dramáticamente sobre la mesa.
-¿Hubieses preferido que viniese yo solo? – preguntó James.
Sirius abrió la boca para pronunciar un rotundo sí. Pero pareció pensárselo mejor.
-Nah, te habría cortado en trocitos si me hubieses abandonado – sentenció, volviendo a sentarse bien.
-Por Merlín, eres como el gato de hortelano.
-¿Gato del hortelano? ¿No era el perro del verdulero, el que ni bebe ni deja comer?
-¿Cómo va a ser un perro? Además, lo de ni beber ni dejar de comer no tiene sentido.
-¡Claro que es un perro! Los perros molan y... ¡Joder, Corn, yo que sé! ¿Por qué intentas liarme con dichos muggles?
-No sé, Remus lo dijo una vez y pensé que era así...
-No pienses, no te sienta bien.
El moreno hizo amago de lanzarle el libro a la cabeza, pero para suerte de Sirius, era demasiado pesado. Así que intentó disimular su risa para que la bibliotecaria no los amenazase por quinta vez de echarlos de allí. En el fondo estaba de acuerdo con James en lo de ir a la biblioteca – por muy raro que sonase – lo único que le jodía era el día y la hora ¡En ese mismo momento podría haber estado jugando al quidditch en vez de encerrado entre libros! Ese plan era más para el licántropo. Pero había una buena razón: árboles. Cientos y cientos de árboles. Siglos y siglos de matrimonios encerrados en aquellos árboles. Los habían revisado casi todos y ya no quedaba ningún compañero de Hogwarts que fuese de sangre pura del que no hubiesen visto algún antepasado. Ninguno, excepto los Fidem. Y si se tenía en cuenta que estaban en Slytherin, muy muggles no podían ser.
-¡Pero mira cuento hemos revisado ya! – se quejó James media hora después – No sé porque no los encontramos.
-Quizás la línea se ha perdido.
-Sabes tan bien como yo que estos libros se actualizan solos Canuto – respondió el de gafas – Y aunque Fidem fuese apellido muggle, siguen teniendo sangre mágica; tienen que estar por algún lado.
-¿Qué será lo siguiente? ¿Ir a una biblioteca estadounidense? – Sirius cerró su tomo y lo dejó en el montón de los revisados – A mi no me llevas, invita a Evans, que seguro que se emociona tanto que ni se da cuenta de que es una cita.
Al no escuchar contestación se dio cuenta de que su amigo se había tomado la réplica como un consejo y estaba meditándolo seriamente. Sirius bufó sonoramente y buscó por la mesa la snich dorada de su amigo; si bien ya no la hacia volar, seguía sin separarse de ella. En cuanto la encontró, la cogió sigilosamente, apuntó y le dio en toda la frente a su amigo.
-¡Pero eres...! – se calló cuando sintió la mirada de la biblioteca sobre él – ¿Por qué has hecho eso?
-No me hacías caso – James rodó los ojos.
-Dijeron que tenían antepasados británicos, Sirius – le recordó – si han dicho la verdad tienen que estar por aquí.
-¿Crees que sean mortífagos? – preguntó el mayor, completamente serio.
James cerró su libro, ya habían acabado con todos y ni una sola persona con el dichoso apellido. Levantó las gafas y se frotó los ojos.
-Es lo más probable.
Ambos callaron los minutos que tardaron en recoger y salir de la biblioteca. Esta estaba situada en uno de aquellos edificios limítrofes entre el mundo mágico y el muggle. Sirius ya se disponía a buscar un local donde usar la red flu cuando Potter lo agarró por el brazo, ya con la sonrisa renovada.
-¿Buscamos una tienda de bromas muggle?
-Por fin una buena idea, Corn – lo felicitó – siempre he querido ver una.
Los dos se encaminaron más animados por las calles, no podían evitar sentir una pequeña inquietud dentro de ellos al no haber encontrado a los primos en los árboles ¡Por Merlín!¿No había dicho Lily que eran una familia numerosa? Pero pronto la dejaron un ratito de lado. En espíritu navideño muggle era tan fuerte como el mágico, y aunque se veían ciertas diferencias pronto se vieron contagiados por esa emoción. En una esquina encontraron el local perfecto, decenas de artículos expuestos en expositores, listos para que los dos merodeadores los examinaran uno a uno. La tienda había sido decorada como otras: todas las estanterías tenían guirnaldas plateadas, había restos de confeti en el suelo y los cristales estaban llenos de dibujos de un gordo de rojo que ninguno de los dos Gryffindor fue capaz de reconocer.
-No creo que conozcan a Aberforth ¿no? – había preguntado Sirius al pasar por una pastelería.
Pero también había cientos de papeles blancos en forma de persona pegados por todas las paredes. Eso tampoco lo entendían, pero no se pararon a preguntar. Miraron concienzudamente cada uno de los artículos, que parecían rebosar las estanterías, como si normalmente no las llenasen tanto. Eran conscientes de que no tenían dinero muggle, pero tampoco tenían pensado comprar nada, una broma muggle no estaba a su nivel, seguramente no fuera ni creíble ni tan graciosa como las suyas. Pero eso no significaba que no fueran una buena fuente de inspiración.
-Por Godric... ¡James, James!
-Ya he visto el pollo, Sirius.
-Eso no ¡Mira!
Sirius señaló el cristal. James siguió la trayectoria de su dedo, pero no vio nada. Cuando estaba a punto de preguntar vio como su amigo pasaba a su lado corriendo y en el último momento extendía el brazo para que lo siguiese. Dejo como pudo los pequeños juguetes en una estantería y lo siguió hasta fuera de la tienda. La calle fuera seguía abarrotada, con muchísimas personas yendo y viniendo. Pero Sirius parecía que tenía claro por donde tenía que ir. Esquivó a todo al que tuvo delante, mirando hacia atrás para estar seguro de que James no se quedaba atrás.
-¡Sirius! ¿Qué es lo que...?
La pregunta se perdió cuando el aludido lo empujó contra un banco. El Black se estaba inclinado hacia delante, pero su vista estaba fija a sus espaldas. James miró a su alrededor, habían llegado a una zona más vacía, puesto que era en la que más cafeterías había; y ellos mismos estaban sentados en la terraza de una. Potter miró hacia atrás, siguiendo la trayectoria de Sirius. A sus espaldas había varios arbustos, que separaban su cafetería de la de al lado.
-En la fachada de ladrillo – informó Sirius.
James centró la vista lo mejor que pudo. Y entonces los vió: una cabellera rojiza junto a otra morena.
-¡Fidem!
Enterró la nariz todavía más en la bufanda y removió las manos en los bolsillos, buscando algo de calor. El invierno había llegado oficialmente un par de días antes, pero sentía como si su cuerpo llevase congelado años. Miró a su alrededor, al menos había tenido el acierto de escoger una calle más protegida del viento helado que la que su padre le había recomendado en un principio. Se movió hacia los lados, intentando no quedarse fría y torció el gesto. Aún se preguntaba por qué le estaba dando una segunda oportunidad, con lo fácil que habría sido pasar de él. Pero no, ella le había citado en medio de una calle donde podría morir congelada solo porque confiaba que finalmente le contase la verdad; y no solo eso, le había hecho un regalo de Navidad. Sacudió la cabeza al pensar en eso, se había debatido durante horas si mandárselas o no, pero ya las tenía hechas de antes y no iban a acumular polvo en su casa. Si, había sido por eso.
-Eh... hola.
Lily giró la cabeza sorprendida, no se había dado cuenta de que el moreno ya había llegado. Tenía, al igual que ella, las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones y la bufanda – que ella le había regalado – fuertemente anudada al cuello. Sin embargo lo que llamó su atención fue su pelo revuelto, que le hacia parecerse terriblemente a James, y su mirada. Ambos revelaban el nerviosismo del chico, seguramente acentuado por la cara que ella le estaba dedicando inconscientemente.
-Hola – le devolvió el saludo, y de pronto se dio cuenta de un pequeño detalle – Ey ¿Y Scorpius?
-Ah, él se quedó en casa – Albus hizo una amago de sonrisa – dijo algo sobre buscar un hechizo para cambiar colores – señaló su bufanda.
-No lo conseguirá – Lily sonrió orgullosa y alzó una ceja - ¿Y tú no vas a ayudarle a buscar?
-Nah, me gusta el rojo – contestó él aliviado, agradecido de que la conversación hubiese empezado bien.
Sin embargo pronto los invadió el silencio. Lily encontró bastante entretenido mirar a los botones de su abrigo, pero al sentir un ruido extraño volvió a levantar el rostro: Albus estaba rebuscando dentro del suyo. Finalmente sacó un paquete azul que entregó a la chica, que no tardó en reconocer su regalo de Navidad. Lo recibió con un inaudible agradecimiento y comenzó a abrir el papel con cuidado; no había que ser un genio para saber que era un libro, pero se preguntaba intrigada cual sería. Su sorpresa fue bastante grande al encontrarse con una novela muggle.
-Dijiste que ese era tu autor favorito – comentó Albus, que realmente no sabía que hacer para evitar ese pesado silencio – espero que no lo tengas ya.
-Ah, no, no. Gracias – agradeció de nuevo la chica, guardando el regalo en su bolso. Miró largamente a Albus y suspiró – Creo que tenemos una conversación pendiente.
En frente a ella, Albus se tensó. Sabía que tenían una conversación pendiente, y lo cierto es que eso no le agradaba en absoluto. Todo habría sido más fácil si no se hubiesen encontrado aquel día en el pasillo. Pero ya no se podría hacer nada. Intentó relajarse y miró a su alrededor, mientras se acercaba a la pared de ladrillo detrás de Lily.
-Sí, supongo que sí.
-¿Pasa algo? – preguntó ella extrañada.
-No, es solo que preferiría que nadie nos oyese.
Albus sabía que estaba sonando muy paranoico, pero si por casualidad algún mortífago los oyese – algo bastante improbable dado que estaban en un barrio muggle y ellos parecían tenerle hasta alergia – estaban perdidos. El rostro de Lily se pintó de confusión, pero aún así dijo:
-¿Prefieres que entremos a algún sitio?
-No hace falta – el chico se apoyó contra la pared – solo estate atenta por si ves a alguien sospechoso, no podrán oírnos a no ser que se acerquen, pero me sentiría más tranquilo.
-Me estás dando miedo, Fidem.
-Lo sé – Albus esbozó una sonrisa de disculpa – pero no es fácil.
La chica se volvió a acercar a él, apoyándose también en el edificio de ladrillo, preparada para escuchar.
-Puff... ¿por donde empezar?
-¿Por el principio, tal vez?
-Muy graciosa – replicó Albus ante la burla de Lily – el problema es que esto no tiene exactamente un principio. Veamos, primero quiero que tengas algo claro: no tenemos nada en contra de los muggles. Bueno... Scorpius le tiene manía a las radios, pero eso no signi-
-¿Cómo que no tenéis nada en contra?¿¡Te tengo que recordar lo que pasó antes de Navidades!? – le preguntó con furia contenida Lily.
-Por eso te digo que tienes que tenerlo – la forma en que Albus endureció el rostro hizo dudar a Lily – aquella vez no teníamos opción, tuvimos que tragarnos nuestras opiniones.
-¿Y eso por qué?¿Acaso Black os amenaza y os habéis vuelto unos cobardes?
-Eso estoy tratando de explicarte – el chico se revolvió el pelo nervioso – y no nos amenazan. Scorpius se pondría hecho una furia se alguien lo intentase, es demasiado orgulloso.
-Y tú no...
Albus rió levemente, al menos ya no estaba tan enfadada como para reprimirse las burlas. Pero ahora llegaba la hora de la verdad.
-¿Te... te acuerdas de Bulk? – preguntó titubeante.
-¿El auror misterioso? – Albus asintió – sí, claro, se habló mucho tiempo de él ¿qué le pasa?
-Pues...
La frase murió en su garganta al tiempo que sus ojos se abrían como platos. Agarró a Lily por la muñeca y tiró de ella hacia el callejón con el que hacia esquina la cafetería en la que estaban apoyados. La chica no tuvo tiempo para replicar y por la mirada de súplica que le dedicó el moreno, tampoco lo hizo después; así que se limitó a observar confusa la cara pálida de Albus, vigilando la calle. De pronto un hombre alto y rubio, de complexión robusta y bajo, entró dentro de su campo de visión; no parecía ser un hombre amable y por la capa negra que vestía Lily dedujo que era un mago. Albus se echó hacia atrás inconscientemente y giró el rostro. No volvió a moverse hasta pasado un rato, cuando el hombre ya había pasado.
-Al... ¿qué pasa?
-Un mortífago – logró pronunciar el chico, agradecido porque le hubiese salido la voz, aunque todavía tenía la garganta seca.
-¿¡Qué!?¿¡Como la sabes!?
El chico se frotó la frente y respiró profundamente.
-Lo vi en la boda de los Malfoy, en el grupito de seguidores de Voldemort así que no fue difícil saberlo.
-¿La bo-boda de los Malfoy? – repitió ella, que aunque cada vez comprendía menos, no había obviado el hecho de que Potter había llamado al Innombrable por su nombre.
-Sí, Regulus nos invitó.
-Oh, ya veo. Y no quieres que el hombre te vea con una sangre sucia ¿no?
La mirada que el moreno le dedicó la dejó en el sitio.
-No vuelvas a decir algo como eso. Mi problema no es que te vea a ti, o me vea contigo – el miró a la pared de enfrente – el problema es que no sé cuanta gente se dio cuenta de que no estábamos – antes de que Lily pudiese volver a preguntar, añadió:- después de la boda hubo una iniciación, nos escapamos a tiempo para no recibir la marca. Antes muerto que eso – murmuró en bajo.
Lily calló durante un buen rato, intentando asimilar toda la información y prepararse para lo que estaba por venir.
-¿A que te refieres con "escapamos"? Lo dices por Scorpius ¿no?
-Y por Bulk – el chico se dejó caer hasta el suelo – déjame que empiece de nuevo, o sino no acabaremos nunca – pidió.
La chica asintió, claramente confusa. El moreno comenzó a relatar parte de su historia: que conocían a Bulk desde hacia años, porque era un viejo amigo de la familia; que en cuanto supieron que entrarían en Slytherin, casa de los seguidores del Lord Oscuro, y de las recientes actividades de los mortífagos, el auror les había pedido infiltrarse en el grupo. Le aseguró que hasta que no llegase la boda, habían tenido que ganarse la confianza de Regulus, y una mala jugada habría fastidiado el plan.
-Hablas como si realmente no te cayese bien – comentó de repente Lily, tras escuchar toda la historia.
-No es que no nos caiga bien – Albus volvió a suspirar, no sabía exactamente que era lo que pensaba su abuela del tema – en realidad es alguien majo cuando se le conoce. Simplemente... es que no tenemos el mismo punto de vista sobre la sociedad ¿entiendes? La vida diaria es entretenida, pero cuando empieza a hablar del status social, la sangre y eso... no es agradable.
Lily se volvió a levantar y clavó su mirada en el chico, parecía tener un gran dilema interno.
-¿Cómo se que puedo creer en todo lo que me dices?¿Qué no crees en los ideales Slytherin, en todo lo de Bulk, en que te has infiltrado en una boda plagada de mortífagos para ayudar a un auror? ¡Sería más fácil haber pedido ayuda a Dumbledore!
Albus también se levantó lentamente, sosteniendo su mirada. A él también le gustaría tener la respuesta a esa pregunta.
-No puedes saberlo – respondió – no hay ninguna forma ahora mismo. Puedes preguntarle a Scor o a Leo. También puedes desconfiar, sería lo normal teniendo en cuenta los tiempos que corren – el chico miró a su alrededor, cada vez pasaba menos gente por las calles, la hora de la comida se acercaba y todos se apresuraban a reunirse con sus familias – y hay cosas en las que ni siquiera Dumbledore puede ayudar; sigue siendo una persona ¿sabes?
-Esta bien... – Lily se sacudió el abrigo y salió del callejón con paso decidido, cuando ya estaba en medio de la calle se giró hacia el moreno - ¿Sabes? Tengo frío ¿Vienes a tomar algo y me cuentas detalladamente la cara que puso Scorpius cuando vio la bufanda?
Es curioso, es el capítulo que más páginas me ocupó en el Word (creo), pero después miraba el número de palabras y no era tan impresionante... pero bueno, estoy orgullosa, a mi personalmente me gustó este capitulo (mejor que el anterior no?). Aún así, si les quedaron dudas, no duden (valga la redundancia) en preguntar =)
Buena semana! (o mes, ya de paso, porque a este ritmo)
