Los días pasaban de forma lenta. Artemisa ya había sido dada de alta y yo pasaba bastantes horas en soledad, o junto a la cama de Eliaz, que seguía convaleciente después de sus graves heridas. Mientras le hacía compañía trataba de no pensar en nada pero no puedo negar que inconscientemente no podía apartarme de aquellos interrogantes que aparecían sobre mi "pasado", por llamarlo de algún modo.
Además, recién Eliaz había recuperado la consciencia había vuelto a elaborar aquellas teorías extrañas sobre todo lo que había pasado en el examen de graduación. No le culpaba, era una forma de aislarse de todo lo que había pasado en Tanzania, que había supuesto un duro trauma para él, lo que se reflejaba en su expresión triste cuando permanecíamos un tiempo en silencio.
Tampoco habíamos podido averiguar nada del prisionero que habíamos tomado. Al parecer, cuando los shinigamis de la segunda división habían comenzado el interogatorio, el hombre se había suicidado para evitar decir una sola palabra.
La curiosidad, aunque trataba de reprimirla, crecía dentro de mí, hasta convertirse en una especie de fiera hambrienta de conocimiento. Intentaba en lo posible controlarme mediante las técnicas de relajación y meditación que me había enseñado el maestro, pero no lo lograba. Necesitaba averiguar más sobre aquello, así que decidí hablar con la única persona que podía satisfacer esa necesidad de entre mi círculo más cercano.
Sabía perfectamente que lo más seguro era que diera la callada por respuesta, pero tenía que intentarlo. Aunque me jugara no poder volver a hablarle en adelante, en ese momento el ansia por saber más y más acerca de mi antigua vida era superior a mis fuerzas. Un día, recién acabados de cenar, me acerqué y le llamé.
– Oye, Nalya, ¿tienes un momento?
No habíamos vuelto hablar desde el día que había ido de visita al Rukongai y le había llevado recuerdos de aquel amigo del maestro Kunishi, Sugimura Kurono. Desde entonces, teniendo en cuenta aquella reacción, había tratado de evitar el conversar con ella para no causarle más daño.
– Dios – se lamentó. – ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué le hice al primer Rido para que me lo cobrases así? – se preguntó, quedándose un momento callada. – Ah... aquello... – murmuró con esa extraña sonrisa que se te dibuja en la cara cuando recuerdas un momento feliz ya desaparecido.
– ¿Aquello? ¿Primer Rido? – inquirí curioso – Bah, da igual. No te quiero preguntar del "primer Rido" ahora mismo.
Mientras hablábamos salimos hacia el jardín de la división y nos sentamos bajo un árbol cerca del estanque. Conociéndola, sabía que si le atacaba directamente en busca de la información que quería no conseguiría nada, se encerraría en su caparazón y me contestaría algún tipo de insolencia con tal de que yo me fuera de su vista.
– ¿Y entonces qué te pica ahora?
– El otro día, cuando volví de casa del maestro, ¿te acuerdas que mencioné a un tal Kurono?
– Kurono... – suspiró dejando entrever por un momento la misma mueca que había adivinado días atrás, la última vez que había hablado con ella – Sí. Me acuerdo. ¿Y qué? ¿Tienes más recuerdos de él? ¿Me vas a traer unas pastas de tu abuelita?
– Nada de eso. El otro día me dí cuenta de que al menos por una mínima fracción de segundo sentiste nostalgia de él – dije, tratando de hablar con el tono de voz más amable que podía. – La verdad, no sé quién es, sólo que es un viejo amigo de mi maestro... aunque ni siquiera sé quién es o quién fue mi maestro en realidad. ¿Quién es Kurono?
– Kurono... es... – comenzó, dubitativamente, como si quisiera encontrar palabras a su alrededor que le sirvieran para expresar lo que sentía por aquel hombre, aunque tratando de aparentar la misma fortaleza e impenetrabilidad que la caracterizaban – Kurono... era... – entonces su rostro cambió de nuevo y regresó a la decisión habitual – y qué te importa a ti lo que fuera ese capullo, mentiroso, rastrero...
– Supongo que no me importa, pero desde hace tiempo siempre me ha intrigado mi maestro. Supuse que si averiguaba algo de ese tal Kurono, podría averiguar algo de mi maestro – me excusé, tratando de desviar su atención. – De todas formas, intuyo que no sólo era un "capullo, mentiroso y rastero". No es eso lo que dicen tus ojos. En fin... si no quieres decírmelo no te preocupes. Eso sí, si necesitas algo de él algún día, o aunque no séa de él, si simplemente necesitas algo, sólo pídemelo.
– ¿Necesitar? ¿¿Yo?? ¿¿¿DE TI??? – su tono de voz ascendía entre pregunta y pregunta – Chaval... – dijo al final, imprimiendo a su voz un tono de desdén y superioridad – mirate esa autosuficiencia, nos harás un favor a todos.
– No digo que necesites algo de mí, simplemente, ofrezco mi ayuda. Al fin y al cabo... éramos amigos... y lo somos... ¿no?
– Rido, – me respondió – una no traba amistad con el trabajo. Tú fuiste mi primera misión de ese tipo, pero nada más. Así que no trates de buscarme las cosquillas, porque puedes acabar mal.
El tono amenazante con el que Nalya había pronunciado aquellas palabras me informó de que la situación para ella se estaba volviendo en algo realmente incómodo, no sólo por su natural instinto a defenderse de cualquiera de los que estábamos a su lado sino seguramente también porque aquellas preguntas podían hacerle bajar sus defensas. Precisamente era eso lo que yo pretendía, pero aún así, intenté desviar el tema de la conversación para que simplemente no escapara de mí. Entonces imaginé que un paseo, airearse y relajarse no le vendría mal.
– Está bien, no hables si no quieres hablar. Siento molestar – me disculpé mientras me incorporaba. – Pero de todas formas... – continué – yo no considero esto un trabajo. En fin, toda una tarde de charla con Eliaz deja a uno con la cabeza embotada, voy a dar un paseo. ¿Te apuntas?
– Supongo que el aire no hace daño, siempre y cuando no vaya acompañado de esas estúpidas preguntas con las que me agobias a cada rato – contestó, aceptando casi a regañadientes mi invitación.
Comenzamos a caminar hacia el exterior del cuartel y pronto nos encontramos paseando por las callejuelas laberínticas del Sereitei. Estuvimos hablando un buen rato de temas casi sin importancia, pero sin tocar el tema de Kurono. El tono de la conversación se había relajado y Nalya parecía haberse olvidado de las preguntas que le había hecho así que pasé a la acción. Aunque ya se hubiese relajado, seguramente el hablar de aquel amigo del maestro Kunishi le había hecho bajar la guardia acerca de lo que en realidad quería preguntarle.
– Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? – comencé – No contestes si no quieres, pero tengo curiosidad. ¿Qué relación tenías con... el primer Rido?
Pasaron un par de segundos. Ella parecía haber vuelto a revolver en su cabeza tratando de decidir qué contarme y qué no. Yo, que esperaba expectante la respuesta, intenté parecer tranquilo como si fuera una pregunta normal.
– Yo no tenía relación con él – me espetó. – Fue él quien se encabezonó en aquella... amistad.
– Así que era un cabezota – le sonreí.
– Cabezota es poco... Cuando quería conseguir algo no paraba hasta que lo hacía o que descubría que era totalmente imposible. Incluso la persona con más paciencia del mundo acabaría desquiciado con él.
– Yonas... – murmuré vacilante con un inaudible hilo de voz. En aquel momento, me había vuelto a la mente la imagen de mi hermano, que era igual a como Nalya había descrito a mi antiguo yo.
– ¿Qué? – inquirió, pues no había entendido lo que le había dicho.
– Yonas... Él también era un cabezota – confesé melancólico – ¿Lo llegaste a conocer?
En ese momento se produjo un silencio muy incómodo. Nalya se quedó callada, como había hecho ante otras preguntas antes de darme la respuesta, pero, por algún motivo, intuía que aquella no la tendría. Leía en sus ojos que no quería hablar de mi hermano.
– Qué pregunta más tonta – bromeé, tratando de romper aquel silencio. – Supongo que sí, al fin y al cabo erais compañeros de promoción en la academia. En alguna clase o algo debisteis de coincidir. Aunque sólo sea de vista, os conoceríais.
– Rido – dijo al fin tras una larga pausa.
– ¿Sí?
– No remuevas el pasado si no quieres que Vilnya termine lo que empezó el otro día. ¿De acuerdo? – me amenazó.
– Tranquila. No es mi intención remover el pasado – le mentí. – Precisamente hace unos días la capitana me insistió en lo mismo. Así que no te preocupes, sólo trataba de saciar un poco mi curiosidad no de obligarte a contar nada.
– Pues no es eso lo que parece – replicó resignada.
– Tranquila – insistí, prolongando un poco la "i" para darle más énfasis.
– Me costó mucho enterrar todo lo que pasé contigo... – dijo melancólica pero amenazante – digo... con el primer Rido como para tener que revivirlo otra vez. No estoy dispuesta a volver a pasar por eso así que no pretendas que me porte contigo como con él. ¡Ni en sueños!
– No te preocupes, no es eso lo que pretendo. Yo soy yo, y él es él. Aunque tengamos nuestros parecidos y nuestras cosas en común, supongo que hemos vivido de forma muy diferente así que es normal que seamos distintos en muchas cosas. Así que sea como fuere... él no soy yo... aunque seamos la misma persona... ¡Dios! – exclamé dándome cuenta de que no era capaz de entender todo aquello que yo mismo había dicho. – Estoy liadísimo.
– Rido, – replicó – descansa... Tanto filosofar te está embotando la cabeza y terminas diciendo toda esta sarta de estupideces.
– En fin, en eso tienes razón, debería dejarme de filosofemas... ¿Volvemos?
No conseguía traspasar su barrera y averiguar nada sobre mi otro yo pero por lo que parecía la relación entre él y mi compañera había sido bastante fuerte. De todas formas, era hora de volver, nos habíamos alejado demasiado del cuartel sin darnos cuenta y sabía que a ella no le hacía mucha gracia estar conmigo, sobre todo con todo aquel interrogatorio al que la estaba sometiendo.
Llegamos al cuartel y la acompañé a la puerta de su habitación, en el mismo pasillo que la mía, pero un poco más cerca que la entrada. Aún me quedaba una última bala en la recámara si quería conseguir información, pero dudaba en usarla.
– Bueno... Buenas noches. Creo que me voy a descansar – le sonreí. – Gracias por acompañarme en el paseo...
Comencé el camino a mi habitación pero casi antes de dar el primer paso y de que ella abriera la puerta de su cuarto me dí la vuelta para preguntarle una cosa más que acababa de pasar por mi mente. Era la última intentona de la noche por lograr algo que calmara mi curiosidad personal.
– Por cierto, – dije al fin tras unos segundos de silencio – ¿nos parecemos en algo? Quiero decir... yo y... yo.
– ¿Aún sigues con esas tonterías? ¿No estás cansado?
– Supongo que precisamente es porque estoy cansado – contesté mientras me atusaba.
– Físicamente como dos gotas de agua... – murmuró resignada mientras me miraba de arriba abajo.
– ¿Y en lo demás?
– Mira, déjate de historias. Déjame en paz. Por ahí si que no paso. Si su señoría quiere saber algo más preguntale a Db o a... ¿cómo se llamaba?... Gaijin.
– ¿Gaijin?
– Sí, tu compañero de habitación durante 6 años. Ahora está en la sexta división, creo. La verdad es que tampoco tuve mucha relación con él. Pero una cosa de él sí que es admirable, aguantó a alguien como el primer Rido durante seis años. Es todo un mérito. Un valiente.
– Entonces tan valiente como tú... – dije, intentando romper definitivamente la barrera de la mujer de hielo. Finalmente, dibujé en mi rostro una gran sonrisa antes de despedirme. – Bueno, buenas noches, Nalya.
Sin esperar a la respuesta me di la vuelta y comencé a caminar hacia mi habitación. Sabía que la última frase haría algún efecto y mi marcha de la conversación podría ayudar a que la frase tuviera más carga emocional.
– ¡¿"Buenas noches"?!¡¿Quién puede dormir después de semejante rollo?! – gritó. – Maldito Rido...
Sin embargo, no contesté verbalmente a sus increpaciones. Aquella indignación confirmaba mi anterior intuición así que no podía rendirme ahora. Sin volverme, levanté mi mano de recha por encima de mi cabeza a modo de saludo, como repitiendo mi anterior despedida y quitándole importancia a sus protestas. Entonces ocurrió.
– Rido... – susurró.
Su tono había cambiado completamente. Hablaba ahora con una voz cargada de melancolía y de cariño. Entonces me volví y la miré con una tímida sonrisa. Pude adivinar un reflejo, algo brillante, deslizándose por su cara mientras me miraba con una expresión que nunca había visto en ella.
– Buenas noches – me dijo al fin, y se metió en su habitación.
No había averiguado nada de lo que quería averiguar pero aquella sola frase hacía que la conversación de aquella noche hubiera valido la pena. De alguna forma, estaba satisfecho. No en vano, había conseguido penetrar la defensa de la mujer de hielo.
