¡Hola queridos Terrafofans!
No tenéis ni idea del miedo que nos da subir este capítulo...ni idea XDD. Antes de nada recordaros que queremos con locura a Michelle y Akari, y los shippeamos mucho...
No nos odiéis...
Primer capítulo de los subidos hasta ahora en el que acabamos con un cliffhanger. No os preocupéis, el sábado la historia continuará en el punto en el que la dejamos aquí ¡lo prometemos!
- Título: Macho alfa
- Autora: Karuite
- Palabras: 6527
- Personajes: Joseph, Akari, Michelle, Keiji, Marcos, Alex, Shokichi, Eva
¡Gracias a todos por seguir con nosotras!
Para más información al respecto podéis consultar nuestro tumblr: cockroacheswetdreams
Macho alfa
Joseph acabó de revisar el último informe y comprobó la hora. Había acabado el trabajo a la hora que tenía prevista, como siempre.
- ¡Primero el deber y luego el placer! – Se dijo con una sonrisa.
Comprobó en su agenda el horario de Michelle pese a sabérselo de memoria. Había ido a verla esa mañana a su despacho, pero estaba muy concentrada en su trabajo, así que se conformó con acercarse a admirarla unos instantes preciosos para impregnarse de su imagen figura y esencia y había vuelto a su propio despacho a poner al día su trabajo. En un rato, le tocaba dar una clase práctica en la Facultad de Ciencias del Deporte. Asignatura, Anatomía. Eso le hizo poner un pequeño mohín de disgusto al recordar un nombre, Akari Hizamaru. Estuvo todo el fin de semana intentando hablar con Michelle para que le contase qué tipo de relación tenía con él. Sabía, por Shokichi, que era un estudiante japonés de intercambio, cosa que no era muy difícil de intuir. Tampoco le había costado saber que su amada tutoreada le daba clase. Todo ello le daría igual, si no fuera porque el muchacho había decidido posar los ojos sobre su adorada Michelle. Este hecho en sí tampoco era relevante. Sabía de siete sobras que muchos hombres miraban a Michelle con lujuria, y era algo normal teniendo en cuenta el portento de mujer que es, a fin de cuentas, había sido, era y es su objeto de deseo desde hace años y él solo aspiraba a lo mejor. El problema es que ella había parecido desarrollar cierta simpatía por el tal Akari, y, si bien aún no entendía por qué iba a atraerle alguien como él, que tampoco parecía gran cosa, eso era algo que no se podía permitir.
Evidentemente, Michelle había tenido pretendientes e intentos de novio antes, y todos ellos habían fracasado. Mentiría si dijese que en la mayoría de ellos no había intervenido de alguna forma, pero todas ellas estaban abocadas a terminar, él solo había acelerado el proceso un poco. De hecho, Michelle debería agradecerle no haber perdido el tiempo con ninguno de ellos, pero eso es algo que tampoco podía permitirse decirle… Bueno, al menos directamente. Tampoco se sentía culpable. A fin de cuentas, el amor es una batalla contra una enfermedad cuya recompensa es la más dulce de todas, conseguir tener al lado a la persona amada y lograr así una vida feliz, completa y plena, y si no estás dispuesto a luchar… no entres al juego. Aun así, su instinto le decía que este caso iba a ser un poco diferente. Con el resto de los hombres en cuanto había intentado afrontarles directamente para juzgar sus intenciones, todos habían huido con el rabo entre las piernas, señal por otro lado de que no estaban tan interesados en Michelle, pero el japonés se había permitido el lujo de enfrentarle y mantenerse firme. Cierto es que estaba bajo los efectos del alcohol y eso nubla los sentidos, pero no dejaba de ser un hecho bastante interesante.
Podría haber conseguido toda la información que desease sobre Akari Hizamaru con solo chascar los dedos. Dónde vivía en Japón, nombre y profesión de sus padres, abuelos y tatarabuelos, a qué colegio fue, qué notas tuvo, su expediente policial si es que lo tenía, su historial médico... Pero al igual que los a los leones encerrados en los zoos les dan todo hecho y se les atrofian los sentidos, él no quería llegar a ese punto, y prefería cazar e investigar por su cuenta sin utilizar sus contactos. Para eso siempre había tiempo, si es que lo necesitaba. Además tenía que admitir que tener un posible rival amoroso era un gran estímulo mental y no iba a perder la oportunidad de explotar ese recurso. La vida sin desafíos podía ser TAN monótona.
Antes de salir en busca de Michelle y su nuevo rival, cerró la puerta de su despacho, se quitó la americana, su camiseta ceñida, zapatos y calcetines y sin más decidió hacer unas sentadillas y unas flexiones. No, no es que le gustase ir oliendo a sudor por la vida, o que no tuviese otro momento para hacerlo. La razón era mucho más sencilla. Las sustancias químicas más poderosas de este mundo son las hormonas, y en el sudor existe un tipo particular, las feromonas, capaces de atraer al sexo opuesto y con efecto afrodisiaco. ¿Había alguna forma más romántica de intentar atraer a la persona amada porque le gusta tu olor natural? Como biólogo, Joseph era muy consciente de que los seres vivos no son más que un conjunto de reacciones químicas, incluyendo cosas tan obvias como la digestión, el crecimiento o la reproducción, hasta otras como la memoria, alegría, tristeza, rabia, depresión y, por supuesto, el amor. Al igual que una ameba extiende sus lamelipodios hasta alcanzar la fuente de alimento, las personas se ven atraídas por otras personas. La atracción romántica y sexual se verá potenciada por un sistema inmune distinto, un tipo sanguíneo concreto, una feromona atrayente. Si a todo ello le añadimos un posterior subidón de oxitocina en el cuerpo y un poco de feniletilamina, liberaremos dopamina, la llamada hormona de la felicidad, y esa será nuestra perdición. Somos adictos al placer, y nuestro cerebro lo busca desesperadamente. Los circuitos cerebrales darán un cambio drástico para convertir a la persona que sufra todo esto en el perfecto enamorado hasta conseguir que pierda la cabeza por ese alguien. Eso era exactamente lo que sentía por Michelle, una innegable atracción química, y estaba seguro que si se dejase abrazar al menos una vez, ella sentiría lo mismo. Desde luego su físico despampanante e inteligencia superior también jugaban un papel importante, pero tanto la parte química como la física tienen el mismo origen; una genética impecable.
Claro que queda muy bonito y muy de película romántica holliwoodiense decir "me enamoré de su sonrisa", pero ¿no es incluso más bonito decir "me enamoré de sus genes"? A fin de cuentas todo es lo mismo. Hay numerosos estudios que relacionan el atractivo físico con una buena salud, y el rostro y cuerpo de Michelle eran perfectos. Era algo que le habían inculcado desde niño "Joseph – le decían – no busques una mujer con fama, rica o con las tetas grandes, busca una con buenos genes". A fin de cuentas, era en lo que se habían basado sus propios padres, y sus abuelos antes que ellos, y sus tatarabuelos, y en general toda su familia, y, debido a esto, aunque estuviese mal decirlo, él tenía una genética inmejorable. Michelle era ese ideal de mujer perfecta para él. Sus hijos serían rubios de ojos azules, perfectos y maravillosos. Por eso tener a otra persona aspirando a la mujer destinada para ser suya no le hacía ni pizca de gracia.
Se dio por satisfecho al alcanzar el punto previo a empezar a sudar. El decoro le obligó a vestirse de nuevo. Cogió una carpeta portafolios, salió de su despacho y se dirigió a la Facultad de Ciencias del Deporte con paso enérgico y seguro de sí mismo, como no podía ser de otro modo. De hecho, podría decirse que hasta sintió los nervios propios de un combatiente antes de saltar al campo de batalla. Animado por tan estimulante sentimiento llegó con una sonrisa radiante al recibidor del susodicho edificio. No necesitó preguntar en secretaría dónde estaba Michelle puesto que se había informado previamente, así que enfiló los pasillos hasta su destino sin vacilar. Miró el reloj que llevaba en la muñeca. Apenas llevaban 15 minutos de clase, así que supuso que Michelle habría acabado la explicación de la práctica y podría acercarse a Akari sin problemas. Al llegar a la puerta, vio a su hermosa rubia sentada concentrada en los papeles que tenía delante. Desde su posición no vio al japonés.
Conocía a la temperamental Michelle y no se le había ocurrido acercarse a su clase sin una excusa, así que había revisado minuciosamente su último reportaje hasta encontrar unos fallos minúsculos, y esa era la excusa que iba a usar. Realmente no necesitaría ninguna, pero las cosas bien hechas, bien parecen. Dio un par de toques suaves a la puerta y pasó al interior. Le pareció distinguir al muchacho de espaldas en una de las mesas del aula.
- Buenos días, Michelle.
Akari, que hasta ese momento estaba concentrado en el trabajo que tenía delante, se giró al oír esa voz que, pese a que había sido de fiesta, borracho y sin apenas haber cruzado cuatro palabras, se había quedado grabada a fuego en su mente. Sí, era él. Volvió la vista intentando que no se diese cuenta de que estaba en el aula. Se preguntó qué podría hacer ahí. ¿Acosar a Michelle? Desde luego la cara de la mujer no era de agrado precisamente. ¿Perseguirle a él? ¿Su amenaza iba en serio? Decidió poner el oído e intentar captar la conversación.
- Qué quieres, Joseph. – Michelle le dedicó una mirada digna de congelar el mismísimo infierno. – Estás distrayendo a mis alumnos. – Y así era, pues desde que había entrado, todos, sobre todo las mujeres, habían empezado a murmurar lo afortunadas que eran porque El Príncipe Genético estaba tan cerca de ellas.
- Oh, vamos, vamos. No seas tan dura conmigo. – Apoyó las manos en su mesa inclinándose hacia ella al tiempo que le cedía su carpeta. – He visto unos fallitos en el último reportaje que me pasaste. Son pequeños, así que vengo a decírtelos para que no se me pasen.
- Vale. – Los ojos azules le miraron desconfiados. Cogió los papeles. – Esta noche a más tardar te reenvío el reportaje corregido. – Volvió a coger el bolígrafo que tenía en la mano y siguió con su trabajo – Adiós, Joseph.
- Bueno, no te importará que eche un ojo al trabajo de tus alumnos, ¿verdad?
Joseph se paseó con parsimonia entre las mesas, mirando aquí y allá y haciendo algunas preguntas a los alumnos. Al parecer tenían que hacer un trabajo sobre una descripción a nivel anatómico de una lesión que pudiera producirse en algún deporte de su elección, incluyendo cómo tratarla. Dio una pasada por todos los grupos, dejando para el final en el que se encontraba Akari. Se situó a su espalda y notó cómo se tensaba el chico al sentirle.
- Hola, Akari. – Su voz tranquila dejaba entrever un punto de sarcasmo.
- Hola, Joseph. – Estaba tenso como el cuero de un tambor. Definitivamente, esto no había sido casual.
De pronto oyeron un sonoro "crack" y al girarse hacia el origen del sonido, vieron a Michelle con el ceño fruncido, los dientes apretados y un lápiz partido a la mitad en su mano cerrada en un puño mirando a la mesa con ojos muy abiertos como si quisiera que ardiese, pero nadie osó a preguntarla qué ocurría. Solo las dos personas responsables que se encontraban en la sala sabían la respuesta, y ahora estaban demasiado ocupadas con su duelo particular.
El grupo de Akari había escogido jiu-jitsu como deporte a petición del japonés, ya que lo dominaba y al resto le había parecido bien. Tenían como lesión un esguince de tobillo, que además de ser bastante común, era el más sencillo. Como tenían que acompañar su explicación de un esquema y dada su habilidad dibujando, estaba haciendo un boceto del pie cuando apareció Joseph, que ahora estaba asomado por encima de su hombro. Intentó ignorarle y seguir a lo suyo, mientras el resto de sus compañeros les miraban sin saber qué estaba pasando pero con la respiración contenida. La tensión se cortaba con cuchillo.
- Anda, ¿sabes dibujar? – Su interés parecía sincero.
- Sí. – Le estaba costando mucho seguir, y más cuando Joseph pasó el brazo por encima de él y cogió una hoja de la mesa donde tenían el esquema que iban a seguir. Leyó la hoja con interés.
- ¿Por qué jiu-jitsu? – Notó cómo Akari cogía aire y lo expulsaba lentamente antes de responder.
- Porque yo sé jiu-jitsu. – Le estaba costando toda su concentración no perder la compostura.
- ¿Nivel? – Su tono de voz estaba adquiriendo tintes amenazantes mientras paseaba calmadamente al lado opuesto de la mesa.
- Joe. – La voz de Michelle llegó desde la mesa. Se había puesto de pie y no les quitaba ojo – Déjalo ya.
- Michelle – Joseph se hizo el indignado. – sólo estábamos charlando, relájate. ¿Qué decías, Akari? – Su sonrisa enervó aún más al japonés que ya no dibujaba.
- Tercer dan. – Cierto orgullo se reflejó en su voz al tiempo que clavaba sus ojos en los azules del rubio.
- Oh, qué interesante. – Se paseó alrededor del grupo mientras sus compañeros agacharon la cabeza mirando a la mesa acongojados, sin quitar la vista de Akari. – Yo soy Maestro Deportivo Distinguido en sambo.
- Tch. – Hizo un sonido de desinterés y volvió a centrarse en su dibujo. La sonrisa de Joseph se hizo más patente y Akari murmuró para sí en japonés. – Maldito idiota presumido.
- Si crees que estoy presumiendo sin fundamento, combate conmigo, Akari. – Vio los ojos abiertos de par en par de Akari con regocijo. – Sí, sé japonés. Creo recordar que el gimnasio de tu amigo Keiji tiene un buen tatami, ¿verdad?
- ¡Joseph! ¡Basta! ¡Sal de mi clase ahora mismo! – Michelle cruzó el aula a zancadas.
Akari ni siquiera la oyó. Se levantó dando golpeando la mesa con las dos manos, haciendo que sus compañeros dieran un respingo. ¿Por qué se empeñaba en sacarle de quicio? Él no le había hecho nada, y empezaba a darse cuenta de por qué le evitaba Michelle. ¿Y ahora le retaba? No se iba a achicar. Maldito arrogante presuntuoso.
- A las cuatro en el Doryoku.
- Allí estaré.
- Joseph, sal de mi clase. – Michelle estaba ya al lado de la mesa, señalando la puerta y mirando a uno y otro alternativamente con expresión seria.
Joseph salió caminando tranquilamente del aula y abrió la puerta. Entonces se giró clavando unos ojos desafiantes en Akari. En voz bien alta y clara para que todo el mundo lo entendiese confirmó lo que había ido a conseguir.
- Nos vemos a las cuatro en el Doryoku, Akari. No me falles. – Salió del aula con una sonrisa.
La clase quedó en silencio. Michelle miraba a Akari con una mezcla de enfado, desilusión, rabia e impotencia. El japonés no se atrevió a mirarla. Le temblaba el puño cerrado contra el cuerpo. Había venido a desafiarle en su puta cara, delante de todos.
- Permiso para ir al baño, por favor. – Akari hizo su mejor esfuerzo para que no le temblase la voz sin demasiado éxito.
- Permiso concedido.
Akari salió del aula dejando una estela de rabia casi palpable tras de sí y una creciente marea de murmullos. Michelle volvió a su mesa, se sentó con los codos encima de la mesa y se llevó las manos a la cabeza. "¿Es que nunca voy a poder tener un mínimo interés por alguien?" Cerró la mano en un puño y golpeó la mesa con tanta fuerza que se saltó la capa de pintura. Toda la clase enmudeció dando un bote en el asiento, mirándola con miedo.
- Seguid a lo vuestro. – Debió sonar bastante cortante porque todos se giraron a la vez. Suavizó la voz. – Si no os da tiempo a acabarlo ahora, lo podéis terminar en casa- ¿Y ahora? ¿Qué iba a pasar?
Por suerte el baño no estaba muy lejos. Akari se cruzó con dos personas y se apartaron de su camino de un salto al verle el rostro. Se aseguró de que no había nadie en el baño. Se refrescó la cara en el lavabo y gritó con todo el aire que tenía en sus pulmones. Quería golpear algo. No. Algo no. A alguien. A Joseph. Borrar esa estúpida sonrisa de su cara. ¿Qué cojones le había hecho él? ¿Eh? ¡NADA! A las cuatro se iba a enterar. En el fondo sabía que no debía hacerlo. Pero había venido a reírse EN SU PUTA CARA. No se lo iba a consentir. Esto ni siquiera era por Michelle. Era por él. Le había ido buscando las cosquillas y se las había encontrado.
Volvió a clase más tranquilo y entró bajo la atenta mirada de sus compañeros que guardaron silencio al verle tan serio. Michelle también observó su paseo desde la puerta hasta su asiento, pero no la miró. Remató su dibujo y acabaron como pudieron el trabajo, apenas intercambiando las frases justas con el resto de su grupo. Al terminar, recogió sus cosas rápidamente, se despidió brevemente de sus compañeros y enfiló la puerta sin mirar a nada ni nadie.
- Akari. – La rubia le llamó al pasar al lado de su mesa y se detuvo un instante, pero esquivó su cara. – No lo hagas. Por favor.
Michelle le vio salir sin que se dignase a contestarla. Se sentía rota por dentro. Joseph. JOSEPH. Todo era culpa suya. Nunca había podido tener una relación estable por su culpa, y ahora, cuando aún ni siquiera tenía claro qué era Akari para ella decide que ya es una amenaza. Ese chico no se merece esto y menos por su culpa. Encima ahora dudaba que Akari fuera capaz de razonar con ella para evitar ir al estúpido desafío de Joseph. Hombres queriendo demostrar su valía por la fuerza bruta. ¡Maldita sea! Tenía que detener el combate como fuese. Su única esperanza era Keiji. El bueno de Keiji. Siempre tan amable y tan noble. A él le escucharía, ¿verdad? Tenía que escucharle a él. Tenía miedo. Sabía que Joseph no era tan estúpido como para hacer daño a Akari, pero nunca había visto esa expresión en la cara del muchacho. Es un buen chico y no iba a permitir que Joseph le llevase a su terreno, no podía permitírselo.
Espero a que todos saliesen del aula para cerrarla, dejó las llaves en secretaría, cogió tres de sándwiches, un paquete de galletas y un refresco en una máquina de vending, lo metió en la mochila y fue todo lo rápido que le dieron las piernas al gimnasio de Keiji, pero cuando llegó el pelirrojo no estaba. Debía estar comiendo con Shokichi aún, así que se sentó en un banco cerca de la puerta y empezó a comer. Supo que se iba a quedar con hambre en cuanto abrió el primer paquete de sándwich, pero no podía perder tiempo. Luego cogería algo más, aunque ahora mismo podría comerse un buey sin respirar. Cinco minutos después, con los envoltorios amontonados a su lado y con la segunda barrita de muesli en la boca, apareció Keiji. Su rostro tranquilo cambió a uno de preocupación al verla.
Michelle. – Aceleró el paso hacia ella. - ¿Qué ocurre?
Keiji. – Se levantó del banco. – Tienes que parar a Akari. Eres su amigo. A ti te hará caso. Tienes que detenerle. – Hablaba atropelladamente y le temblaba la voz.
Tranquila, vamos a mi oficina y me explicas qué ha pasado.
Keiji sacó las llaves y pasaron a un pequeño cuarto cerca de la entrada del gimnasio que tenía una mesa sencilla con una pila de papeles, un ordenador con impresora y un par de sillas. Cerró la puerta tras de sí y Michelle se dejó caer en uno de los asientos al tiempo que Keiji acercaba el otro a su lado. La mujer tenía las manos entrelazadas en el regazo para evitar que temblasen. El boxeador cogió un par de tazas y le sirvió té de un termo que tenía. Michelle agarró la taza agradeciendo el calor en sus dedos fríos.
- Vale, ahora cuéntame. ¿Qué pasa con Akari? – Su rostro estaba serio, pero su voz tranquila consiguió relajarla, hasta el punto que creyó derrumbarse.
- ¡Es Joseph! – Dijo al fin. – Ha entrado en mi clase a provocarle. Le desafió a un combate ¡y Akari aceptó! Quieren venir aquí a las cuatro. Akari estaba fuera de sí. Tendrías que haberlo visto, Keiji, no era él. Tienes que pararle. Joseph no va a cambiar de idea y Akari no me va a hacer caso. Pero tú eres su amigo. A ti te escuchará, ¿verdad? ¿Verdad, Keiji?
Keiji le puso una mano en el hombro y se tomó un momento para contestar. No conocía a Joseph lo suficiente como para saber qué podría haberle dicho para que Akari perdiese los papeles y nunca había visto a Akari enfadado, así que no sabía cómo de irracional podía ser, pero su instinto le decía que no iba a servir de nada hablar con el joven japonés. Si Michelle pensaba que ni a ella le escucharía, él no iba a tener ninguna oportunidad, pero no podía decírselo a la estresada mujer, que le miraba como un náufrago agarrado a una tabla carcomida que ve tierra a lo lejos.
- Hablaré con él. Avisaré a sus compañeros de piso para que vengan también. Entre los tres le convenceremos de que es una tontería. – Vio esperanza en los ojos de Michelle y sintió una punzada de remordimiento. – Ya verás como todo sale bien.
Cuando Michelle se tranquilizó y tras darle las gracias a Keiji de mil formas, salió del gimnasio en busca de algo más para comer. Keiji buscó su móvil. Marcos estaría en clase aún, pero aun así le dejaría un mensaje.
Keiji
Imagino que estarás en clase, pero escríbeme en cuanto puedas (12:42)
Tengo algo que contarte (12:42)
Marcos
Tranki, stoy n l descanso ^.^ (12:43)
Q pasa? (12:43)
Keiji
Podéis veniros Alex y tú al gimnasio a las 16h? (12:44)
Marcos
Eh… sí, supongo (12:44)
Xq? (12:44)
Q pasa? (12:44)
M stas preocupando (12:44)
Keiji
Es Akari. No es seguro, pero creo que se meterá en problemas (12:45)
Marcos
Q?! (12:45)
Xq?! (12:45)
Keiji
Joseph le ha retado a un combate y Akari está fuera de sí (12:46)
Aún no he podido hablar con él, ni le he visto (12:46)
Michelle está muy preocupada (12:47)
Marcos
Jodr (12:48)
No t preocupes (12:48)
Aviso a Alex y vamos n cuanto podamos (12:48)
Tngo q ntrar a clase, nos vemos ahí (12:49)
Dejó el móvil y paseó intranquilo por el gimnasio. Quedaban tres largas horas aún, así que se puso los guantes y fue a desahogarse al rincón de boxeo.
El tiempo de deslizó absurdamente lento para todos. Akari decidió saltarse las clases de la tarde y simulaba leer en un rincón de la biblioteca, meditando y preparándose para lo que le esperaba, mientras Joseph hacía llamadas con voz alegre en algún rincón del campus. Los vídeos de gatitos hoy no funcionaban como distracción para Michelle que se mandaba mensajes con Eva. Alex cuando tuvo ocasión de mirar su móvil pidió permiso para salir antes y pasó a buscar a Marcos por el instituto sin siquiera pisar por casa, mientras que por la universidad se extendía el rumor de que un alumno japonés había retado al Príncipe.
Media hora antes del fatídico encuentro, llegaron al gimnasio los dos mejicanos. Keiji salió a recibirles con el rostro taciturno.
- ¿Dónde está? – Alex buscó a Akari con la mirada. – ¿Has hablado con él? Le he llamado y tiene el teléfono apagado.
- Allí está. – Keiji señaló a un rincón donde vieron a Akari realizando estiramientos concentrado. Se intuía el aura de rabia pese a la distancia. – No ha querido escucharme.
- Vamos.
Marcos agarró a Alex del brazo y fueron hacia él. Si Akari les vio llegar no dio muestras de ello y siguió con su rutina de estiramientos.
- Akari. – Llamó Alex con calma. – Vamos a casa. – Levantó los ojos brillantes de ira hacia él como si le hubiera insultado.
- No puedo, tengo algo que hacer.
- Akari. – Keiji habló con voz pausada. – Te lo dije antes y te lo repito. No quiero ser partícipe de esto.
- Si te molestamos aquí nos vamos a otro sitio. – Su voz cortante daba por finalizada la discusión.
- Venga, tío, no seas idiota. – Marcos no podía callarse. – Este no eres tú, deja al imbécil ese y vamos a casa.
- ¡¿Vosotros también?! – Se levantó de un salto y sus amigos retrocedieron. – No lo entendéis. Ni siquiera sé qué coño hacéis aquí. ¡Es mi vida! Largaos si solo vais a molestarme. – Les dio la espalda y fue a practicar golpes a un saco de boxeo que temblaba con cada impacto.
- ¡Pero Akari…! – Marcos se interrumpió al sentir el brazo de Keiji en el hombro.
- Déjale, no hay nada que hacer.
Volvieron a la entrada intentando hacer tiempo en vista de que no iban a conseguir quitarle la idea al japonés. Al poco rato llegó Michelle, acompañada por Eva, que les miró con ansia. Supo la respuesta en cuanto vio las cabezas gachas.
- Lo siento, Michelle. – Keiji se disculpó con una pequeña inclinación. – No nos ha escuchado.
Eva posó el brazo en el hombro de Michelle. Iba a intentar hablar con Akari cuando la puerta del gimnasio se abrió de nuevo. Joseph entró con un paquete en la mano, una mochila al hombro y su habitual sonrisa. Paseo la mirada por todos los presentes, ignorando sus expresiones de odio y se dirigió a Keiji con la mano extendida.
- Buenas tardes, Keiji Onizuka. – Apretó la mano de Keiji con firmeza. – Supongo que Akari os ha dicho lo de nuestro pequeño enfrentamiento. Espero que no te suponga ninguna molestia.
- No te equivoques, no estoy de acuerdo con este combate, pero si vais a hacerlo igualmente, prefiero que sea aquí.
- Sabía que eras un hombre razonable. – Joseph sin perder la sonrisa hizo un saludo a todos los demás. – Chicos, Michelle. Tengo algo que darle a Akari, luego nos vemos. – Les guiñó un ojo antes de internarse en el gimnasio.
Joseph entendía por qué estaban disgustados. A fin de cuentas, había forzado a su amigo a un combate al que no podía negarse, ya que le había retado delante de todos sus compañeros y ahora su honor estaba en juego. Suspiró. En el fondo la mente humana es tan compleja pero sencilla… Él mismo había caído en las redes de la más simple de las etologías, la dominancia, pero era algo que tenía que comprobar. En realidad solo quería ver de qué estaba hecho Akari Hizamaru y en un combate un hombre deja ver más de sí mismo que haciendo cualquier otra cosa; sus principios, convicciones, concentración, su esfuerzo actual y su esfuerzo previo… No hay nada como presionar a alguien contra las cuerdas para ver su alma al desnudo, y eso siempre es interesante.
Se plantó en el centro de la sala, abarrotada de gente, seguido de cerca por los amigos de Akari, y llamó al japonés que estaba meditando en un rincón.
- ¡Akari! – Agitó el paquete. – Ven, tengo algo para ti. – Se acercó clavando sus ojos en él con paso firme.
- Quedan quince minutos aún. – Se cruzó de brazos al llegar a su altura.
- Lo sé, lo sé. Toma, esto es para ti.
Akari abrió el paquete con desconfianza. Dentro había un kimono de combate blanco nuclear, ligero, resistente y suave, acompañado con un cinto negro, todo ello nuevo. Se notaba la calidad superior de la prenda.
- Si vamos a combatir, tendremos que hacerlo bien, ¿no te parece? – Joseph sonrió. – Creo que he acertado con tu talla. Espero que te guste. Voy a ir cambiándome, que dentro de nada llegará el árbitro. – Suspiró. – ¿No lo notas, Akari? Es la emoción previa al combate.
Le vio alejarse con la prenda en la mano. Por un momento tuvo el impulso de tirárselo a la cara. No quería aceptar nada de ese tipo, pero tenía que admitirlo, él también estaría más cómodo combatiendo con un kimono como estaba acostumbrado y no con un simple chándal, así que lo aceptó a regañadientes y se encaminó al vestuario. El kimono le quedaba como un guante, como hecho a medida. Por un momento se planteó que incluso podía ser así y tuvo ganas de destrozarlo. En el paquete había también unos guantes y una coquilla que se puso. A su lado Joseph ya estaba cambiado con el traje típico de lucha de sambo. Pantalones cortos azules, con una chaqueta también azul sujeta con un cinto, zapatos de sambo y guantes de artes marciales mixtas. Se encaminaron ambos en silencio a la sala de artes marciales bajo la atenta mirada de todos los presentes y se sentaron en medio de la sala, enfrente el uno del otro.
Mientras tanto, Shokichi aparecía en la puerta con un interrogante en su cara y se encontró con sus amigos.
- ¿Qué demonios está pasando? ¡Hay un montón de gente en la puerta! Me ha costado un montón cruzar. – Shokichi se aflojó el nudo de su corbata, acalorado – ¡Decían que me estaba colando!
- ¿Qué haces tú aquí? – El tono de Michelle fue cortante.
- Me mandó un mensaje Joseph de que viniese aquí a las cuatro para ver algo interesante, pero como me aburría he venido un poco antes.
Mientras Alex y Marcos pusieron al día a Shokichi, el jaleo que había fuera del gimnasio era cada vez más patente. Michelle y Keiji salieron y se encontraron una marea creciente de gente esperando a entrar. La sala de artes marciales era grande, pero desde luego no lo suficiente como para que toda aquella gente entrase de público y que quedase sitio para los propios oponentes. Keiji se aclaró la garganta y se callaron.
- Si estáis aquí para ver el combate, tengo que deciros que no podéis entrar todos a verlo.
Las voces de protesta no se hicieron esperar. No solo había gente de la facultad de Akari, también había gente de otras, sobre todo de Medicina, pero también muchos otros curiosos alentados por el boca a boca estaban esperando su hueco en la sala.
- ¡OS CREÉIS QUE ESTO ES UN PUTO ESPECTÁCULO! – Michelle estaba roja de puro enfado, y todos se callaron. Notó la mano de Keiji en el hombro.
- Tendrán preferencia para entrar aquellos que estén apuntados al gimnasio y los compañeros de clase de Akari, nadie más. Mi gimnasio no es tan grande, lo siento.
Entre la multitud que se dispersaba con sonoras protestas, un hombre se dirigió hacia ellos. Iba a ser el árbitro. Al parecer Joseph había pedido a un profesor de judo de la Facultad de Ciencias del Deporte como juez imparcial, y se había ofrecido él.
Quedaban cinco minutos para el inicio y los asistentes fueron entrando a la sala y llenando los huecos por las paredes. Akari y Joseph estaban en el centro, el japonés sentado sobre sus rodillas y Joseph con las piernas cruzadas, contemplándose el uno al otro sin apenas pestañear. Keiji trancó la puerta del gimnasio para impedir la entrada de más gente aún y se reunió con Shokichi, Michelle, Eva y los dos mejicanos en la sala. Reinaba el silencio. Los dos contrincantes se levantaron y el árbitro explicó brevemente las reglas que iba a aplicar. Iba a ser un combate de tres minutos y valoraría el ganador por puntos, un punto por golpe, dos puntos por inmovilización. Joseph enmascaraba su excitación bajo su habitual sonrisa de autosuficiencia y Akari estaba serio, con el ceño ligeramente fruncido. Tanto Michelle como sus compañeros de piso les pareció que estaban contemplando otra persona. El afable y metepatas japonés ahora parecía más alto y fornido, emanaba un aura de seguridad y odio bajo una capa de falsa tranquilidad, pues le ardía la sangre.
Se situaron frente a frente, se dieron la mano y luego hicieron el saludo típico de cada modalidad, para luego saludar al árbitro. La mano de este se situó entre ellos, esperando los tensos segundos hasta que su reloj pitó dando las cuatro de la tarde y empezaron.
Joseph adelantó sus puños chocándolos con Akari a modo de saludo. El japonés se movía ágil sobre sus pies, tanteando al rubio, que lanzó una patada al muslo de su oponente. Akari levantó la pierna para defenderse y retrocedió unos pasos ante la fuerza del impacto. Giraron el uno sobre el otro. Lanzó una patada al pecho Joseph, que la bloqueó con una mano y aprovechó para lanzar su otro puño al pecho de Akari. Éste la detuvo con su palma abierta, agarrándole la muñeca. Haciendo juego de pies, su otra mano se dirigió al hombro de Joseph, girando para desestabilizarle. El japonés fue al suelo y con un gruñido de esfuerzo hizo girar al corpulento Joseph sobre sí mismo, inmovilizándole el brazo contra su cuerpo e impidiendo que se moviese con la pierna. El juez les tocó parando el tiempo. Dos puntos para Akari. Volvieron a sus posiciones iniciales de nuevo. Joseph intentó una patada al pecho que el japonés esquivó con las manos, pero antes de recuperar posición Joseph se abalanzó sobre él, le agarró por la cintura, levantándole por los aires y tirándole contra el suelo intentando inmovilizarle y haciéndole soltar el aire de los pulmones de golpe ante la fuerza del impacto. Al momento, solo se oía sus respiraciones agitadas. Akari intentó agarrar a Joseph con las piernas, pero su posición estaba muy comprometida. Por fin consiguió meter las piernas por debajo del cuerpo del rubio y empujarle para quitárselo de encima, pero dio una voltereta hacia atrás y se levantó sonriente. Pararon el tiempo y volvieron a las posiciones iniciales, recolocándose sus chaquetas.
- No está nada mal, Akari.
- Cállate.
Akari tanteó a Joseph con la pierna, entonces el rubio, más alto, se lanzó sobre él, agarrándole de los hombros. Forcejearon. El japonés intentó desestabilizarle para realizare otra llave dándole patadas en el muslo, pero apenas llegaba mientras el otro le golpeaba el costado. Entonces Joseph se tiró hacia atrás, arrastrándole con él, y dándole una voltereta quedó encima de Akari. Intentó quitárselo de encima con los brazos, y mover las piernas, pero Joseph deslizó una de sus piernas entre las del muchacho y se tumbó encima. El árbitro paró el tiempo y les tocó. Dos puntos para Joseph.
Joseph iba a por todas. Lanzó una patada al muslo, otra al pecho y al muslo de nuevo. Akari esquivó con las manos y desvió su pierna. Se miraron con la determinación de ganar al contrario, el resto del mundo no existía. Akari creyó ver una apertura en su contrincante y decidió aprovecharla. Acortó las distancias entre ellos intentando golpear el pecho de Joseph y poder agarrarle, pero el rubio era más rápido de lo que había supuesto y tal apertura había sido un señuelo. Con un movimiento ágil agarró su muñeca con una mano y con la otra puesta en su hombro hizo un movimiento de barrido a los pies, Akari se fue al suelo y una vez ahí con la rodilla del rubio en el pecho recibió el puñetazo de Joseph en la cara. El árbitro les separó de nuevo y Akari se levantó agitando la cabeza. Se estaba desconcentrando. Otro punto para Joseph.
El rubio lanzó un rodillazo, que el japonés apenas esquivó. Punto para Joseph. Akari lanzó una patada al pecho de Joseph y se lo devolvió con un puñetazo en el costado, y el japonés también lanzó su puño. Punto para ambos. Se tantearon. El tiempo se agotaba. Joseph amenazó con una patada al pecho, Akari levantó su rodilla para defenderse, pero en lugar de eso Joseph cambió la dirección del impacto y su pie se estrelló contra la otra pierna, el punto de apoyo del chico, que se fue al suelo. Sin darle tiempo a ponerse en pie, levantó las piernas intentando agarrar a Joseph que ya estaba encima de él, le empujó las piernas a un lado, quedando a cuatro patas, y en ese momento el hombre se abalanzó sobre su espalda y cuando quiso reaccionar ya era tarde. Joseph pasó una pierna por debajo del cuerpo de Akari enroscándola en una de sus piernas, agarró su tobillo con las dos manos y giró sobre su propia espalda, inmovilizándole completamente. Akari gritó de dolor y el reloj dio por finalizado los tres minutos. Los últimos dos puntos volvían a ser para Joseph.
Joseph con la respiración algo agitada liberó a Akari que se separó de él jadeando, y levantándose con dificultad. Le dolía el tobillo que le había inmovilizado y apoyó el peso en la otra pierna. Era el mismo pie que estaba dibujando en las prácticas, y algo le dijo que no había sido fortuito. ¿Es que hasta combatiendo pensaba humillarle? Mirándose frente a frente, se saludaron y saludaron al juez.
- Ganador, Joseph. – El árbitro levantó la mano del rubio que miró socarrón a Akari mientras los asistentes aplaudían.
No es que hubiese perdido, es que no tenía oportunidad desde el principio y ahora lo veía. Se sentía humillado y su rabia hacia Joseph estaba derivando hacia enfado contra sí mismo. Se había cegado y había perdido vilmente. La gente fue abandonando la sala, una vez acabada la diversión, pero Joseph se demoró un momento.
- Puedes quedarte con el kimono. – Le guiñó un ojo – Tómatelo como un regalo.
Apretó la mandíbula y no dijo nada mientras veía cómo le daba la espalda para marcharse. Joseph pasó por delante de Michelle antes de salir, mirándola a los ojos y encogiéndose de hombros sin decir nada para después abandonar la sala con los últimos espectadores mientras algunos le felicitaban. Cuando al fin quedaron solos, Akari se tambaleó con un gesto de dolor y Alex y Marcos se acercaron a él de un salto. Le ayudaron a sentarse en el suelo y Michelle se agachó enfrente de él, mientras Keiji, Shokichi y Eva observaban a cierta distancia.
- Michelle, yo… - Quería disculparse, había sido un idiota, tendría que haberla hecho caso y no entrar en el juego de Joseph, y tenía que decírselo, pero la rubia le cogió de la barbilla y le giró la cara para mirarle el puñetazo, ignorándole.
- Va a salirte un moratón ahí, ponte hielo en cuanto puedas. – Su voz era monótona.
- Michelle… – La llamó de nuevo desesperado, sus ojos se cruzaron un momento, pero no supo descifrar su mirada. Le levantó la pernera del pantalón para examinarle el tobillo. Al tocarle contuvo un quejido.
- No te ha hecho un esguince, pero ha estado cerca. Te dolerá unos días, así que véndalo e intenta no apoyar este pie. – Apartó la mirada un momento y suspiró. Cuando levantó la vista y le dio un apretón en el hombro supo por fin lo que decían sus ojos azules con infinita tristeza. – Lo siento, Akari. Adiós.
- Michelle, espera. – La mujer se levantó y fue hacia la puerta con paso decidido. Extendió el brazo en su dirección en un vano intento por alcanzarla. – Espera…
Pero la vio desaparecer por la puerta. Se dejó caer en el suelo mientras sabía que todos le miraban con conmiseración. Era humillante. Muy humillante. Le dolía la cara, el costado, le dolía el pie, pero lo que más le dolía era la despedida de Michelle. Cerró la mano y dio un puñetazo al suelo, mientras con la otra mano en la cara intentaba ocultar las lágrimas de rabia e impotencia que resbalaban por su cara.
