Capítulo 20
A media noche. En mi biblioteca. I.
Tres de ellos recibieron esa nota. Hubo un tiempo en el que hubieran recibido los cuatro. Se deslizaron en la biblioteca de Inuyasha tan silenciosos como la noche y cada uno lo hizo de la forma que más le gustaba. Kouga entró por la cocina. Shippo trepó por un árbol y se coló por la ventana de una de las habitaciones. Kikyo decidió utilizar una de las puertas que daba a la terraza. Kagome estaba allí. Había llegado por la puerta principal, como si ya no tuviera nada que por lo que esconderse. Pero Inuyasha sabía la verdad: lo que estaban a punto de hacer tendrían que llevárselo a la tumba.
Se sentaron en sillones dispuestos en círculo.
— Empecemos —dijo Inuyasha.
— ¿No deberíamos esperar a Miroku? —preguntó Kouga.
— No está invitado.
Kouga miró a los demás esperando que alguien se quejara y defendiera a su amigo ausente, pero en seguida se dio cuenta de que nadie lo iba a hacer. Él era el médico, siempre intentaba arreglarlo todo y quería que las cosas funcionaran correctamente. Pero había algunas que, una vez rotas, ya nunca volvían a ser lo mismo.
— Como ya saben todos, planee un enfrentamiento con Arendale. Ahora está encerrado en la bodega de la mansión del campo. Ese hombre es un peligro. Para su mujer, para su hijo, para Kagome y para mí. Si el asunto sólo fuera conmigo, lo soltaría y me enfrentaría cara a cara con él, pero no estoy dispuesto a poner en peligro a los demás. —en especial no estaba dispuesto a poner en peligro a Kagome.
— ¿Cuál es el plan? —preguntó Shippo.
— Si alguno de ustedes no está convencido debería irse ahora.
Todos permanecieron sentados.
Inuyasha sintió una pequeña opresión en el pecho y se aclaró la garganta ante aquella demostración de fe en él. Por lo visto Shippo no era el único que estaba dispuesto a seguirlo hasta el infierno sin preguntar por qué.
— Gracias por quedarse.
Inspiró con fuerza y se dirigió a Kouga.
— Necesitamos un cuerpo. Lo mejor sería un hombre que haya sido enterrado recientemente. Lo vestiremos con esto y le pondremos estos dos anillos. He incluido una nota especificando qué anillo va en cada dedo y en qué mano. —cogió un hatillo de detrás de su sillón y se lo acercó a Kouga. Le había quitado la ropa y las joyas a Arendale antes de marcharse a la ciudad. Kouga cogió el paquete sin vacilar.
— Hace mucho tiempo que no profano ninguna tumba, pero lo que bien se aprende, nunca se olvida.
— Una vez vestido, habrá que quemarlo hasta que quede irreconocible.
Su amigo asintió.
— Me encarcaré de ello.
— Puedes consolarte pensando que su siguiente tumba será mucho más lujosa. —Inuyasha se dirigió entonces a Shippo—. Estoy buscando a alguien a quien vayan a trasladar de por vida a la penitenciaría de alguna colonia. La edad no importa, siempre que sus documentos se puedan convertir en los de un hombre de treinta y cuatro años.
Shippo asintió con aire sombrío.
— Hace poco, sentenciaron a un chico de catorce años. Lo van a trasladar a Tasmania de por vida. Creo que es el castigo que le han impuesto por carterista.
— ¡Dios! Podríamos ser cualquiera de nosotros —saltó Kouga—. ¿Y a quién le robó la cartera, al príncipe?
— Eso es lo mismo que pensé yo. —Shippo miró a Kikyo—. ¿Podrás conseguir que un chico de catorce años parezca un hombre de treinta y cuatro?
Ella sonrió con suficiencia.
— Con una mano atada a la espalda.
— Te traeré sus documentos.
— También le tendremos que encontrar un trabajo respetable al chico —añadió Inuyasha.
Kikyo lo miró de un modo un tanto extraño y luego asintió. Probablemente porque ése debía de ser el trabajo de Miroku; él era quien se solía encargar de esas cosas.
— Me ocuparé de ello —contestó ella.
Inuyasha miró entonces a Kagome; estaba sentada a su lado. Quería cogerle la mano, pero no le pareció bien estando Kikyo también allí.
— Y ahora viene la parte más difícil.
Ella inspiró profundamente y asintió.
— Haré lo que sea necesario.
— Nunca lo he dudado. —sin embargo, sabía que no le resultaría fácil. Inuyasha suspiró—. Tendrás que decirle a la duquesa de Arendale que su marido murió en el incendio de la mansión. El fuego lo provocaron unas ascuas que saltaron de la chimenea sin que nadie se diera cuenta hasta que fue demasiado tarde.
— Pero eso no fue lo que ocurrió.
— Por eso he dicho que la tuya es la parte más difícil. Tendrás que mentirle, Kagome. Tendrás que mentirle a todo el mundo. Cuando cada uno de nosotros se haya ocupado de su parte, convertiremos tu mentira en una verdad. Le enseñaremos un cuerpo quemado e irreconocible vestido con la ropa de Arendale y con sus anillos. No volverá a verlo nunca más.
— No entiendo porque no puedo decirle la verdad.
— Porque cuantas menos personas lo sepan, mejor. Estamos quebrantando la ley, Kagome. Todos estamos corriendo un riesgo. Y aunque existe la posibilidad de que no se lo contará a nadie, era su marido. Después de un tiempo y desde la distancia, podría olvidar cómo era estar casada con él, o quizá decidir que prefiere estar casada con un animal que ser vuida. Podría intentar buscar la forma de traerlo de vuelta. Todo habría sido mucho más fácil si lo hubiera dejado en el incendio, pero no lo hice, así que ahora debemos hacer lo que podamos para que no quede ninguna duda de que el duque de Arendale está muerto y su hijo pueda heredar.
— Pero ¿no deberíamos explicarles por lo menos cómo empezó el fuego de verdad? Las cosas que dijo, las cosas que hizo…
— Su hijo vivirá bajo la sombra del legado de su padre, Kagome. Será más fácil para él si nunca llega a saber qué clase de hombre era. Si no me crees, pregúntaselo a mi primo.
Ella asintió y levantó la barbilla para que viera que estaba decidida.
— Haré algo más que hablar con Eri y con Hiro. Los ayudaré a organizar el funeral. —dirigió su mirada a Kouga—. Y será un funeral por todo lo alto.
— Muy bien. —Inuyasha miró a su alrededor—. ¿Alguna otra pregunta?
— Yo tengo una —dijo Kagome.
Inuyasha arqueó la ceja.
— ¿Qué vas a hacer tú? —inquirió ella.
— Lo mejor de todo. Yo tendré el honor de organizarlo todo para que Arendale no pierda el barco que lo transportará a su nueva vida, en la otra punta del mundo.
Kagome insistió en acompañarlo. Inuyasha ya sabía que lo haría.
La niebla era espesa y abundante y la humedad calaba hasta los huesos. Las amarras del enorme barco crujían y rechinaban. Parecía estar ansioso por partir, pero debía esperar a que sus pasajeros subieran a bordo mientras su tripa de hierro resonaba en la quietud de las ultimas horas de la noche.
— ¿Cómo se ha tomado la duquesa la noticia del fallecimiento de su marido? —preguntó Inuyasha.
— Se echó a llorar. No me lo esperaba. —Kagome lo miró—. Tú en cambio no pareces sorprendido.
Él negó con la cabeza.
— A la gente le da miedo la soledad. Prefieren vivir con un monstruo a estar solos.
— No sé si lo que va a pasarle a él es suficiente. Después de todo lo que ha hecho, se va a librar muy fácilmente.
— Arendale es un hombre acostumbrado a que le anuden el pañuelo al cuello. Ahora tendrá que ponerse de rodillas para fregar la cubierta. Le saldrán ampollas en las manos y callos en los pies, y sospecho que antes que llegue a su destino, lo habrán azotado en más de una ocasión. No sé si existe el infierno después de la muerte, pero sí sé que existe el infierno en la vida. Yo he estado en la antecámara y no es un lugar agradable. Arendale maldecirá el día que nació. Será castigado, Kagome. Cada día mientras viva.Y hay que decir que esto habrá servido a un buen propósito, porque gracias a su intercambio con Thomas Lark, el chico tendrá la oportunidad de vivir un futuro mejor.
— Un chico. Parece muy poco cuando hay tantos que lo necesitan.
— No podemos salvarlos a todos, Kagome. Debemos alegrarnos por salvar a los que podamos.
Observaron como los doscientos treinta prisioneros desfilaban hasta la cubierta del barco.
— Ahí está —dijo él en voz baja—. Es el del abrigo gris con el hombro herido.
— Creía que opondría más resistencia.
— Kouga me dio algo que he tenido que obligarlo a beber. Gracias a eso, he conseguido que se comporte como un cordero.
— Aún así, me sorprende que no esté gritando su nombre y posición.
— Eso es un poco difícil con la mandíbula rota.
Kagome volvió la cabeza para mirarlo. Inuyasha se encogió de hombros.
— No quería cooperar.
Se quedaron allí hasta que el último prisionero subió a bordo y el barco zarpó.
Inuyasha oyó suspirar a Kagome.
— No me puedo creer que se haya acabado.
— Créelo.
El alba despuntaba por el horizonte cuando el carruaje de Claybourne se detuvo en el callejón que había tras la residencia de Kagome. Claybourne. No creía que Inuyasha se hubiera acostumbrado todavía a la persona que era en realidad, pero ella no tenía ninguna duda de que lo conseguiría con el tiempo. Era el legitimo conde. A Kagome le hubiera gustado estar a su lado para ayudarlo mientras ocupaba el lugar que le correspondía entre la nobleza, pero no era la mujer que él había elegido. Lo sabía. Lo había aceptado antes de entrar a su domitorio. No habían vuelto a hablar de nada personal desde la noche en la que él empezó a recordar. También eso era como debía ser.
La puerta del carruaje se abrió. Inuyasha salió y le ofreció la mano a Kagome. Kagome se la dio por última vez y sintió cómo se la rodeaba con sus fuertes dedos.
Salió del carruaje y percibió su masculina fragancia. Caminaron el uno junto al otro hasta la puerta del jardín, sin decirse nada; parecía que les quedaba mucho por hablar y que tenían muy poco tiempo para hacerlo.
Ella carraspeó.
— Organizaré una reunión para tomar el té con Kikyo, así podré empezar a introducirla en la sociedad.
Él asintió. Ella tragó saliva.
— Entonces, estamos de acuerdo en que no habrá más lecciones nocturnas.
Él asintió otra vez. Kagome le tendió la mano.
— En ese caso, muchas gracias, milord. Nuestro acuerdo ha sido… gratificante.
Inuyasha tiró de su mano, la cogió entre sus brazos y la besó de un modo casi salvaje; era como si aquel momento le resultara igual de doloroso que a Kagome. Ella le rodeó el cuello con los brazos. No quería dejarlo ir. No quería que hubiera otra mujer en su cama, en su vida, en su corazón.
Estuvo a punto de decirle que haría cualquier cosa, lo que fuera, si la elegía a ella, pero lo quería demasiado para no ayudarlo a realizar sus sueños, y era Kikyo la mujer que formaba parte de ellos.
Inuyasha dejó de besarla y dio un paso atrás. Con la respiración acelerada, en la quietud de las horas que precedían al alba, dijo:
— Nuestro acuerdo ha concluido. No debes hacer nada más.
Giró sobre sus talones y se apresuró hacia el carruaje. Kagome se quedó allí de pie, completamente inmóvil, hasta que el cochero hizo estallar el látigo y los caballos se pusieron en marcha. Entonces, cuando ya no podía verlo, abrió la verja y entró al jardín. Después de cerrar tras de sí, el dolor por el amor perdido la sobrecogió: se dejó caer sobre la fría hierba y lloró.
«No debes hacer nada más».
En eso estaba equivocado. Sí tenía algo más que hacer: sobrevivir a la ruptura de su corazón.
Continuará...
