NdA: ¡Este es el penúltimo capítulo! Qué rápido se me ha pasado el tiempo, la verdad. Espero, como siempre, que lo disfrutéis. Por cierto, ya que estoy, hago spam del fic de mi beta, Tanis Barca, Recuerdos de un tiempo lejano, que recorre la relación entre Cartago y Roma. Por su culpa tuve que incluir las referencias que encontraréis más abajo y no me arrepiento~
CAPÍTULO XX
LEGADO
El tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a nosotros —Túnez
26 de Junio de 1534, puerto de la Goleta, Túnez
Túnez contemplaba desde lo alto de las murallas de la fortaleza de la Goleta el mar. Si cerraba los ojos podía concentrarse en escuchar las olas romper contra la orilla, las fosas nasales se le llenaban de olor a salitre y la húmeda brisa le acariciaba el rostro. Adoraba esas sensaciones y podía permanecer horas y horas inmóvil, olvidándose de mundo, dejándose llevar por la caricia del inmortal mar.
Aquel día, sin embargo, Túnez no prestaba atención a su alrededor. Sus ojos pardos estaban clavados en el horizonte desdibujado por culpa del intenso calor y no se movían de ahí desde el amanecer. Casi no parecía ni parpadear, como si en realidad fuera una estatua que formaba parte de la muralla. Una bella estatua, alta, de piel oscura y cabello como la tez, con una elegante perilla y el cuerpo duro y firme de un atleta.
Algunos soldados le miraban con preocupación. Pero sabían que su ciudad era antigua, muy antigua. Más de lo que ellos podían llegar a concebir en sus limitadas mentes. Daban por sentado que era excéntrico. Tenía que ser excéntrico. Así que se limitaban a llevarle cada poco tiempo agua para que bebiera un poco y luego le dejaban hacer lo que deseara. Pronto incluso se acostumbraron a pasar por su lado sin prestarle atención.
Hacia mediodía, Túnez por fin vio lo que había estado esperando y sonrió ligeramente:
El horizonte estaba lleno de galeras.
Mientras los soldados daban la voz de alarma, Túnez abandonó la muralla rápidamente y se dirigió las caballerizas con tranquilidad. Montó en su caballo y partió a un ligero galope hacia la ciudad, donde debía estar descansando su rey, Muley Hasán.
Un rey al que, en pocas horas, iba a destronar.
La perspectiva de librarse de él, y de Castilla, de una maldita vez le hizo estremecerse de alivio. Esperaba que ahora su pueblo por fin pudiera respirar tranquilo. Conocía a Muley Hasán y era un cobarde: no se quedaría a esperar a que Barbarroja acabara con él.
Quizás, y todo, esa tarde podrían dar la bienvenida a su nuevo rey sin apenas derramar sangre.
Finales de agosto de 1534, Madrid, Castilla
La sala estaba llena de procuradores de las ciudades más importantes de España, distribuidos por diferentes filas de sillas que rodeaban el estrado desde el que el presidente dirigiría las Cortes. Allí, en primer lugar, el Emperador Carlos, de vuelta al fin después de pasar varios años en el Imperio, aguardaba a que se le diera turno para hablar. Junto a él se encontraban las Coronas de Castilla y Aragón, además de Madrid que, como ciudad real, debía estar presente en la sesión. Todos espléndidamente ataviados, con brocados de oro, plata, cuellos altos de acuerdo a la nueva moda y ropas pesadas a pesar del calor.
La luz de la mañana se colaba por las ventanas, llenando la sala de cálidos colores, y adormilando a aquellos que todavía continuaban con un pie en la cama. Entre ellos, Madrid, que cabeceaba y luchaba por no apoyarse en el hombro de Castilla y cerrar los ojos.
Pero, cuando el presidente comenzó a hablar, todos se irguieron en sus asientos para prestar atención. El Emperador tenía mucho que contar: había conseguido su ansiada coronación, no en Roma —donde los ánimos estaban todavía muy soliviantados contra él—, sino en Bolonia, que lo había cogido de camino al Imperio, donde estuvo presente en las Dietas de Augsburgo y Ratisbona, negociando con los belicosos príncipes alemanes. Castilla y Aragón compartieron miradas suspicaces cuando se mencionó la cuestión luterana. Todos se preguntaban qué sucedería finalmente pues, por mucho que el discurso dulcificara la realidad, era de saber común que los intentos de arbitraje del Emperador habían fracasado. Así como su oferta de convocar un concilio general, que rechazaron tanto los protestantes como el Papa. Para colmo, los herejes habían formado un bloque político, la Liga de Esmalcalda (1)…
No podían decir que el Emperador hubiera tenido éxito en el Imperio. En cambio, en el Mediterráneo sí que se habían dado grandes avances, de acuerdo al presidente:
—Nuestro gran Almirante, Andrea Doria, consiguió tomar Corón y Patrás, y obligó al Turco a huir y retirarse. ¡Una gran victoria contra el perpetuo enemigo de nuestra santa fe católica y de la república cristiana! ¡Un triunfo para España! (2)
Aragón se permitió una sonrisa sarcástica. Obviamente no iban a mencionar que ya se habían perdido los puertos y que Doria había tenido que salir a toda prisa del Mediterráneo Occidental…
Y…
Todas las miradas convergieron en el asiento vacío que debería haber ocupado España.
En ese momento, el Emperador se incorporó y tomó la palabra.
—Queridos súbditos —Carlos se aclaró la garganta—. Nuestro Señor, además de enviarnos victorias, nos ha hecho una señal. Nos ha llamado a prestar atención a la costa del norte de África.
Aragón notó que Castilla engarfiaba los dedos en el reposabrazos de la silla y supo lo que se le estaba pasando por la mente: «Lleva años mandándonos señales». La Emperatriz, durante el tiempo que Carlos había pasado fuera, no había dejado de escribir una y otra vez suplicándole porque autorizara un ataque contra Argel.
Y, claro, había tenido que pasar lo impensable para que el Emperador reaccionara.
—Barbarroja ha tomado Túnez y su rey, siervo mío, Muley Hasán, reclama nuestro socorro. El control de Túnez por los turcos supone un grave peligro para nuestro dominio marítimo y si antes las costas se hallaban desprotegidas…
Aragón no pudo evitar preguntarse cómo la Providencia se había dignado a meter algo de claridad en la mente de su rey.
—…y soy muy consciente del agravio que supone a España —de nuevo las miradas se concentraron en el asiento vacío— volcar todas sus energías en empresas lejanas. He descuidado sus costas; las de Cerdeña, las de Mallorca, Ibiza, Cataluña, Valencia… Y, por su puesto, las de Andalucía.
Se escuchó un murmullo de asentimiento y varias cabezas asintieron. Aragón contuvo un suspiro de alivio: parecía que, ¡alabado fuera el Señor!, por fin se había dado cuenta de que necesitaban ayuda.
—Por ello hago saber —continuó Carlos y se hizo el silencio de inmediato. Un silencio pesado, lleno de aplomo, expectante—, que mando reunir una armada, tan o más poderosa que la enemiga, y que, con la ayuda de Nuestro Señor, asegure el Mediterráneo para que la Cristiandad pueda volver a navegar por un mar libre y limpio.
Castilla sujetó la mano de Aragón con tal fuerza que se le pusieron los dedos blancos. Pudo ver claramente en la faz de su esposa un brillo de triunfo. Aragón se permitió una sonrisa.
Por fin.
Por fin podrían vengar las ofensas que llevaban soportando desde principios de siglo. Y, los ojos del hombre se estrecharon, harían pagar al Imperio Otomano por lo que le había hecho a su hijo.
Fuera lo que fuera lo que le había dicho, o hecho, para que cayera en ese estado… Lo pagaría.
En ese momento Carlos comenzó a convocar a las Órdenes Militares y, con sorprendente tacto, recordó a los procuradores que aquella empresa costaría un dinero, no sin antes de lanzarle una mirada resentida a Aragón. Éste sonrió y alzó la barbilla para que le viera claramente. En las cortes de Monzón, poco antes, había pedido dinero a sus propias cortes pero, de acuerdo a la legislación aragonesa, el rey no podía hacerlo: dependía de unos impuestos fijos y era ilegal exigir nada más. Así pues, como siempre, tendría que recurrir a los castellanos para sus guerras. De Aragón no se llevaría nada más que lo que pudiera arrancar de forma legal. Mientras Carlos se sentaba, el presidente Tavera, y el nuevo secretario favorito del Emperador, Cobos, comenzaron a discutir con los procuradores el precio de la nueva armada. De reojo, comprobó que Castilla tenía mala cara, pero la mujer no emitió ni una protesta a lo largo de toda la negociación. Aragón sintió un pinchazo de culpabilidad. Al fin y al cabo, estaban hablando no sólo de la protección de Andalucía, sino de sus propias costas… Y Castilla no era una mina infinita de dinero.
Pero tampoco lo era Aragón y Castilla era más grande, estaba más poblada y era, por mucho que escociera, más fuerte.
Así pues, que cargara con las consecuencias.
Cuando se decidió que el pago sería de 200.000 ducados, se pasó a un siguiente tema y Aragón dejó de prestar atención. No le interesaban demasiado los asuntos internos de Castilla y ya había escuchado lo que a él le interesaba.
Sus pensamientos se dirigieron hacia su hijo y la sonrisa se volatilizó de sus labios, al tiempo que se apoderaba de él un sentimiento de angustia.
¿Qué iban a hacer con España?
Cuando la reunión se terminó, Aragón, Castilla y Madrid acompañaron al Emperador hasta un patio interior donde la Emperatriz leía un libro. Madrid pidió permiso con la mirada para marcharse y Castilla asintió ligeramente. El niño salió despedido, tirándose del cuello de la camisa como si le estuviera ahogando —la verdad es que hacía bastante calor— y lo perdieron de vista en cuestión de un par de segundos. Entre tanto, el Emperador se permitió una sonrisa al mirar a su esposa. Seguramente luego se marcharía a encontrarse con la Emperatriz y con su hijito.
Pero antes…
—¿Cómo se encuentra España? —preguntó en voz baja.
Castilla suspiró.
—No quiere hablar con nadie, ni siquiera conmigo… —musitó, mordiéndose el labio inferior, consumida por la preocupación.
Aragón cerró los ojos. Hacía poco más de una semana recibió una urgente carta de Barcelona en la que le explicaba que su hijo acababa de aparecer en su puerto y que parecía estar enfermo. Desconcertado por la inesperada llegada de España, que se suponía que debía estar en Nápoles, Aragón partió hacia Barcelona. Una vez allí, este le explicó que el mismo Génova había traído a España con una carta del virrey de Nápoles. Parecía que llevaba semanas sin comer y que lo habían devuelto a casa con la esperanza de que allí entrara en razón.
—A mí tampoco me ha hecho caso —admitió Barcelona, poniéndole una mano en el hombro y suavizando su tono:—. Pero quizás a ti te escuche.
Sinceramente asustado, Aragón acudió con titubeos a reunirse con su hijo. O el que se suponía que era su hijo. Porque lo que se encontró parecía más bien una sombra demacrada, tambaleante, pálida y con los ojos tan hundidos en la piel que parecían dos pozos sin fondo. Cuando intentó convencerle de que comiera, aunque fuera un poco, el muchacho dio un golpe al plato y lo desparramó todo por el suelo. Aragón lo abofeteó, gritándole que dejara de comportarse como un estúpido, pero ni siquiera dio la impresión de que España hubiera acusado el golpe.
Comprendió entonces que debía haber ocurrido algo grave y decidió llevarlo a Madrid, donde sabía que pronto se celebrarían Cortes… Y donde estaría Castilla.
Castilla se desvivió por su hijo, intentó por todos los medios que le explicara qué le ocurría, pero no hubo manera de arrancarle una palabra. Al contrario; sólo consiguió que se cerrara en banda e incluso dejara de hablar. Ahora llevaba más de cinco días sin salir de sus aposentos y no parecía que estuviera por la labor de empezar a comer. La última vez que Castilla trató de hablar con él, salió llorando y Aragón tuvo que consolarla durante toda la noche.
—Ya no sé qué hacer, Alonso —gemía, sentada en su regazo, mientras la acunaba como si se tratara de una niña pequeña.
—Tranquila, Inés —Aragón le había besado la frente, tratando de sonar sereno, a pesar de que estaba tan asustado como ella—. Estoy seguro de que acabará por contárnoslo —le aseguró, consciente de que ninguno de los dos creía en sus palabras.
—Dios Todopoderoso, Alonso. Sea lo que sea que ha pasado, ocurrió cuando se enfrentó a ese turco para salvar a Nápoles… ¿Y si le hizo algo horrible, Aragón? De lo contrario, no entiendo… No entiendo cómo, cómo…
Por lo que ellos habían conseguido averiguar, España había protagonizado un rescate heroico, salvando a Nápoles de las manos del mismísimo Imperio Otomano. Se quedó a luchar contra él para dar una oportunidad al reino para escapar y, cuando este regresó con los refuerzos, encontraron a España en el estado que se hallaba en ese momento. Nadie sabía qué había ocurrido, ni cómo había sido el desenlace del combate, pero a cada día que pasaba, España se sumía en una depresión más preocupante.
A Aragón no le angustiaba tanto el hecho de que el chico no comiera —había tenido ocasiones más que suficientes para comprobar que las personificaciones eran capaces de subsistir durante mucho tiempo sin probar bocado— como su actitud. Por el amor del Cielo, ¿qué debía haberle ocurrido a su vivaz hijo para que… para que estuviera así?
Cuando Castilla terminó de explicarle la situación, Carlos asintió lentamente y, para sorpresa de ambos, les tomó las manos y apretó con suavidad.
—Esta tarde hablaré con él. O quizá debería hacerlo Isabel… Sé que le tiene respeto y cariño.
—La Emperatriz ya ha tratado de convencerle para que coma —dijo con un hilo de voz Castilla, con el ceño fruncido, probablemente indignada ante la idea de que otra mujer pudiera conseguir lo que ella no había logrado—. Vos sois la única figura de autoridad que… Que puede que decida respetar. Por favor, mi señor —se acercó la mano del Emperador a los labios y la besó—. Sólo que coma un poco. Con eso me conformo.
—Haré lo que pueda. Lo demás debemos dejarlo en manos de Dios. Y estoy seguro de que Él no dejará a España así. Debe estar sometiéndolo a alguna prueba.
—¿Qué prueba puede ser tan cruel? —farfulló Castilla.
Aragón sonrió amargamente. Parecía que su esposa había olvidado de un plumazo todas las pruebas que ellos mismos habían tenido que superar para llegar hasta donde se encontraban…
—Tened fe. Estoy seguro de que recibiremos alguna señal. Todo saldrá bien.
Cuando, esa tarde, Carlos entró en los aposentos de España, se quedó sorprendido. Le habían advertido que no parecía la misma persona, pero no se había esperado que hubiera sufrido un cambio tan drástico. No físico pues, aun a pesar de llevar tanto sin comer, se mantenía relativamente firme y no había perdido demasiado peso. Por otra parte, Castilla se había ocupado de bañarlo y mantenerlo limpio, o al menos de cambiarlo de ropa cada día.
Pero cuando España levantó la mirada de los pies de la cama, en la que permanecía abrazándose las rodillas, Carlos se encontró con unos ojos duros, de una frialdad afilada. Tenía la mandíbula rígida, los labios despellejados de tanto mordérselos, y estaba pálido como un fantasma. Se le hundían los hombros y, sin necesidad de derramar una sola lágrima, era la viva imagen de la depresión.
El Emperador se sentó a su lado, manteniendo una distancia de respeto entre ambos, examinándole con asombro. Mientras estuvo en el Imperio añoró las tierras de España, al muchacho vivaracho y enérgico que siempre estaba correteando como un niño pequeño por todas partes y alegrando con su mera presencia a los demás.
Nunca habría esperado encontrarse con esa estampa.
«La guerra afecta a todos por igual, sean reinos o personas» reflexionó, con una punzada de tristeza.
—España —le llamó con suavidad.
—Majestad… —respondió el otro, con la voz ronca—. Disculpad mi ausencia…
—No pasa nada —carraspeó y le buscó la mirada, pero España la rehuyó apartando la cara—. No te voy a preguntar qué ha ocurrido, pero sí te voy a exigir que comas.
—No quiero.
—¿Qué pretendes con esta actitud, España?
—No pretendo nada. Es que no puedo comer. Lo devuelvo todo.
Carlos guardó silencio unos instantes, meditando qué decir a continuación. No había presionarle, debía agradecer que al menos a él sí le respondiera.
—Estoy seguro… de que ese no es el único motivo por el que no comes. Tu economía no es la mejor del mundo, pero no te encuentras tan mal como hace unos años… Y tengo la sensación de que, por algún motivo, te estás castigando —los labios del joven se convirtieron en una fina línea y decidió que ese no era el mejor camino para convencerle de que se llevara algo a la boca—. Pero eso no importa ahora —España lo miró de reojo—. Vengo a hablarte de algo muy importante relacionado con los sarracenos.
El joven se puso tenso y esta vez le prestó toda su atención. Satisfecho por aquel pequeño logro, Carlos bajó la voz, consciente de que Castilla debía estar rondando la puerta nerviosamente, como la leona que era protegiendo a su cachorro.
—He ordenado atacar Túnez. Allí se encuentra Barbarroja, junto al Imperio Otomano y Argel —estudiándolo atentamente, se dio cuenta de que la tensión de sus músculos se incrementó al decir el nombre de Otomano y por un momento se preguntó si los temores de Castilla no serían fundamentados—. Vamos a vengar la ofensa que nos han causado. Vamos a limpiar el Mediterráneo de piratas. Por el bien de Nápoles y Sicilia, por el bien de todos los cristianos que tienen acceso al mar, hemos de hacerlo. Y…
»Yo iré con vosotros.
Los ojos de España se abrieron como platos.
—¿Vos, Majestad? —exclamó—. ¡Pero si eso es muy peligroso…!
—Baja la voz — Carlos sonrió fieramente—. Yo soy el Emperador, España. Soy la Espada de la Cristiandad. ¿Quién tiene más deber, más derecho que yo, a acudir a luchar contra el infiel?
—Pero…
—Y para eso te voy a necesitar a ti —le puso una mano en el hombro y apretó con firmeza—. Acabaremos con la crueldad de los infieles, con las razzias y las muertes. Terminaremos con los mercados de esclavos. En nombre de Dios, no podemos permitir que estas barbaridades continúen adelante. Los sarracenos ya no merecen ninguna compasión, no después de lo que nos han hecho.
Los ojos de España se afilaron y se apercibió un brillo frío como el acero.
—Sí —dijo con voz grave, ronca—. Los infieles… No merecen compasión.
—Así me gusta. ¿Vendrás conmigo, España?
El muchacho tomó la mano que le ofrecía el Emperador y éste no pudo reprimir un estremecimiento cuando se encontró una súbita ira helada en el fondo de su mirada.
—Estaréis orgulloso de mi, Majestad. Ningún sarraceno volverá a pisar nuestra tierra sin saber lo que le esperará a partir de ahora.
Cuando España se quedó a solas, perdió la mirada en la luz que entraba por la ventana. Fuera los árboles eran acariciados por una ligera brisa, los rayos del sol atravesaban las hojas verdes y los pájaros cantaban saltando de ramita en ramita. El mundo parecía tan bonito, tan perfecto…
Pero él sentía que todo estaba mal, que ya nada tenía sentido. Era como si la realidad se hubiera resquebrajado. Había perdido esa chispa interior que le hacía levantarse cada mañana con ganas de más, con ganas de vivir. Nunca los poemas de amor le habían parecido menos acertados para expresar lo que estaba sucediendo en su interior.
«No le quiero» repitió huecamente para su interior. No sabía la cantidad de veces que lo había repetido desde aquel día.
No le quería. Todo había sido mentira. Una burda mentira.
¿Sus padres pensaban que se estaba castigando?
Por supuesto que lo estaba haciendo. Se mordió la lengua y saboreó la sangre que le llenó el paladar, dejándose caer en la cama y clavando los dientes y los dedos en la colcha. ¡Si no se hubiera dejado llevar ese día en que le ofreció averiguar quién era nada habría salido así! ¡Habría podido capturar a ese monstruo! ¡O si le hubiera ignorado! Cualquier opción habría sido infinitamente mejor que lo que había hecho. Porque no creía que nadie jamás hubiese pecado como lo había hecho él.
Y era tan cobarde que no se atrevía a contárselo a nadie. A nadie. Nunca podría confesarlo. Cuando muriera —Dios sabía qué ocurriría con los reinos como él cuando llegaba su hora final—, sabía que bajaría al infierno.
A menos que se redimiera.
En el fondo, sabía que su alma no tenía perdón de Dios, pero la llegada de Carlos había sido un mensaje del Altísimo. Le estaba diciendo que hiciera lo que no había hecho antes. Que pagara su estupidez con sangre. Y fuego. Y todo lo que fuera necesario.
«Los sarracenos son monstruos que ofenden a Dios con su mera existencia» pensó de nuevo, recordando el horror que había presenciado cuando Nápoles lo llevó de regreso a la ciudad, sumido en una locura de la que no era capaz de salir, mirando sin ver a su alrededor. Pero, en sus sueños, aparecieron los cadáveres de cientos de hombres que murieron intentando defender a sus familias; en sus sueños oyó los llantos desgarrados de las ancianas que habían visto desaparecer a sus hijos y nietos, arrastrados a algún mercado de esclavos para nunca regresar.
Las pesadillas lo atormentaron cada noche, sin descanso. Siempre lo perseguía una presencia luminosa, un ángel de Dios envuelto en furiosas llamas que lo apuntaba con un dedo de luz y le gritaba:
¡Culpable!
Si no fuera por su estupidez, ¿cuántas vidas se habrían salvado?
Si hubiera matado a Sadiq, ¿no habría quedado la Cristiandad libre del peligro más inmediato?
Se sentía morir en un torbellino de culpa, horror y dolor. Y había creído que nunca podría escapar.
Hasta ahora.
Se levantó trabajosamente. Se sentía famélico, exhausto, la cabeza le daba vueltas por la falta de comida y el estado de tensión continua a la que había estado sometido.
Pero, poco a poco, lentamente, se extendía por su interior una calma fría que nunca había experimentado, una claridad de mente que se le antojó sobrehumana. Se arrodilló y rezó una oración, dando gracias a Dios por mandarle la señal por la que tanto había suplicado. Luego se secó los ojos. Ni siquiera se había dado cuenta de que derramaba lágrimas.
—Esta es la última vez que lloro por ti —susurró.
Media hora después abrió lentamente la puerta y se asomó arrastrando los pies. Su madre paseaba nerviosamente por el pasillo, mascullando por lo bajo y haciendo caso omiso a Aragón, que la instaba a tomar asiento. Al ver a España pegó un respingo.
—¡Hijo! ¿Qué tal… qué tal te encuentras? —fue a abrazarle, pero vaciló—. ¿Cariño…?
España sonrió, avergonzado.
—Con hambre.
Castilla, golpeada por la emoción, se cubrió la boca.
—Gracias al cielo. Tesoro, ahora mismo haré que te traigan todo lo que quieras para comer —y lo abrazó con tanta fuerza que casi le hizo daño.
—Lo siento, mamá —susurró España, estrechándose también contra ella.
—No pasa nada. Todo ha pasado, ya ha pasado —respondió ella, acariciándole el pelo.
Aragón se acercó y dio unas palmadas a su hijo en la espalda. España le devolvió una sonrisa débil, pero muy parecida a las que solía dedicar antes. Aragón experimentó una corriente de alivio. Castilla tenía razón; todo había vuelto a la normalidad.
Con la única excepción de que aquellos ojos no sonreían.
Sólo que sus padres no se dieron cuenta.
Invierno de 1535, puerto de La Goleta, Túnez
—¿Qué tal ha estado la travesía? —inquirió Argel, con una pizca de burla.
Francia lo fulminó con la mirada, poniendo por primera vez en varios días los pies en tierra firme.
Se encontraban en el embarcadero abarrotado de galeras berberiscas. Francia había venido con dos navíos mercantes, sin ningún tipo de bandera reconocible. Examinándolas de cerca, Otomano comprobó que eran galeras genovesas. Seguramente las habría comprado poco antes de partir. Bien. Tampoco es que hubiera sido necesario: Europa entera daba por sentado que Francia colaboraba abiertamente con los piratas.
Pero le pareció bien que el reino no fuera gritándolo a los cuatro vientos. No quería tener que estar pendiente de él si volvía a entrar en guerra con España, esta vez siendo justamente acusado de hereje.
Al pensar en el chico sintió una violenta punzada en el pecho, que casi le arrancó un gemido. Pero, cerrando con fuerza los ojos y aguantando la respiración, consiguió apartarlo con firmeza de su mente y fingió que no había pasado nada. Estaba cogiendo práctica.
—Horrible —contestó Francia con hosquedad.
—Podrías haber venido antes.
—Lo habría hecho si ciertos piratas no hubieran estado saqueando la costa. Nadie quería fletar un barco y, la verdad, lo entiendo.
—Sentimos haberte hecho venir hasta aquí a estas alturas de la estación —dijo Otomano.
No llevaba su máscara y Francia lo examinó tratando de mantener un gesto neutral, si bien alcanzó a ver que sus ojos brillaban de curiosidad. Pareció quedarse satisfecho con el examen, porque sonrió de medio lado.
—No, no lo sentís. Pero ya da igual, mientras paguéis bien, habrá merecido la pena.
—Pasa adentro y date un baño. Te esperaremos con la comida preparada —intervino Túnez.
—Os lo agradezco, pero antes os mostraré la mercancía para que luego no haya problemas —sonrió afiladamente.
Otomano reprimió una risa seca. No parecía confiar en que le fueran a pagar el precio adecuado. Bueno, tenía sentido, estaba jugándose mucho comerciando directamente con Argel y los demás piratas. Y él tampoco se fiaría de piratas cristianos. Frunció el ceño al pensar en los caballeros de Rodas, que no habían dudado en saquear barcos que transportaban peregrinos a Jerusalén y vender a los como esclavos.
Sí, Francia tenía razones de peso para desconfiar. Además, llevaba toda la vida siendo enemigo de los musulmanes. Debía resultarle antinatural estar tratándoles como amigos en vez de desenvainar la espada contra ellos.
Pero gracias a alianzas así, pensó Otomano con cierto humor negro, se obtenía la prueba material de que era imposible adherirse por completo a una ideología; todos desobedecían sus ideales y doctrinas según les conviniera.
Los cuatro subieron a una de las galeras, donde los franceses, mirando con hosca inquietud a su alrededor, se afanaban con numerosas cajas. Un par hablaban con tunecinos en lingua franca (3) sobre los precios de los productos que habían traído consigo, pero los demás se mostraban callados, incómodos. En el fondo, se sentían en territorio enemigo.
Francia hizo un gesto a un grupo y les pidió que abrieran una de las cajas. Cuando la tapa fue depositada descuidadamente en el suelo, quedó al descubierto una serie de elegantes arcabuces, con la flor de lis grabada en su superficie. Otomano cogió uno y lo probó con interés. Estaba bien equilibrado y parecía de buena calidad. Se lo comentó a Francia, que se permitió una ligera sonrisa. Túnez y Argel, por el contrario, miraron con desagrado aquellas armas: aunque se veían obligados a usarlas, como en el caso de Otomano, sus hombres manejaban mejor el tiro con arco, una disciplina que consideraban mucho más eficaz y rápida, sin olvidar que contaba con una precisión muy superior.
Pero los arcos no podían competir contra las armas de fuego. Los tiempos obligaban a actualizarse.
—Está bien. Hablaremos del pago con el kapudan pasha —anunció Otomano.
—¿Cómo lo llama tu gente, Francia? —preguntó Argel—. ¿Barbarroja?
—Sí.
—Todo el mundo le tiene miedo. Incluso los franceses.
—Argel… —le regañó suavemente Otomano.
—No importa —Francia clavó los ojos en Argel—. Sí, le tenemos miedo. Todo el mundo le tiene miedo a un bárbaro, es habitual.
—Tú…
—Pero pronto veremos si Barbarroja no empezará a tener miedo también —le interrumpió Francia con gravedad, haciendo caso omiso de los puños apretados de Argel.
—¿A qué te refieres? —inquirió Túnez con el ceño fruncido.
—Estoy seguro de que ya lo sabéis —respondió Francia con una ceja arqueada—. Se podría decir que el Emperador ha convocado una cruzada personal en vuestra contra. El año que viene lo vais a tener muy difícil, amigos. Muy difícil.
—España, Portugal, Flandes, Génova (por supuesto), los estados del norte italianos, incluida Venecia, los Caballeros de Malta, Nápoles, Sicilia, incluso los Estados Pontificios han respondido a la llamada del Emperador Carlos —Francia iba levantando los dedos a medida que enumeraba los reinos, condados, ducados y demás territorios que conformarían la armada cristiana—. Todavía no sabemos cuántos hombres irán a los puertos de Barcelona y Cerdeña, pero está claro que van a ser muchos. Recuerda a las viejas Cruzadas, se ha despertado un sentimiento religioso —miró sin miedo a Barbarroja—. Os habéis ganado muchos enemigos.
Barbarroja rió secamente.
—Tú también, estamos en la misma situación.
Estaban distribuidos en torno a una mesa baja, dirigida por el Almirante de la flota turca, a cuyo lado estaba Hasán Aga, un renegado sardo que ahora gobernaba Argel en lugar de Barbarroja.
—El Emperador piensa recuperar Túnez a toda costa. Necesita una victoria que lo afirme frente al resto de la Cristiandad y, por una vez, está consiguiendo un sentimiento unitario contra los musulmanes.
—De modo que si le vencemos, su palabra quedará en entredicho —comprendió Hasán.
Francia lo examinó de reojo. Era un hombre alto, atractivo a pesar de que cada vez que sonreía a Francia tenía la impresión de que se encontraba ante un lobo. Parecía que Basbarroja, como a tantos otros niños que ahora eran piratas, lo había secuestrado de crío y trabajó tan bien en su casa que ahora era su capitán de flota. No pudo evitar preguntarse, sabiendo cómo eran los musulmanes, si también sería el amante de su señor (4).
—No será fácil —masculló.
—Bueno, que yo sepa, la última vez que invocaste una cruzada te las diste de bruces contra mí —le recordó suavemente Túnez.
Francia le fulminó con la mirada, reprimiéndose a duras penas para no hacer rechinar los dientes, en especial cuando vio un brillo travieso en los ojos de la ciudad (5).
—Calma los dos —dijo Barbarroja—. Francia, ¿crees que podrías informarnos de las fuerzas que reúna el Emperador?
El joven titubeó.
—Puedo intentarlo, pero será difícil enviar un mensaje…
—Pagaré lo que sea necesario.
Francia se mordió el labio inferior y terminó por asentir.
—Sí, supongo que puedo apañármelas. Os informaré a principios de primavera. Pero ya no podré traeros más armas ni munición.
—No necesitaremos mucho más —Barbarroja se incorporó, grande, grueso, e imponente—. Gracias por tu trabajo, Francia. ¿Cuándo regresarás a tu hogar?
—Cuanto antes —miró de reojo a Otomano—. Sólo quería ver cómo estaba la situación aquí.
—¿Por si hay que cambiar de bando? —sonrió malévolamente Barbarroja.
Francia le devolvió el gesto, logrando contener un estremecimiento.
—No sé de qué habláis.
—Disfruta de tu estancia en Túnez, Francia. Que Alá te acompañe en el viaje de regreso.
Asintió, pero tuvo que contenerse para no hacer un gesto apotropaico; no creía que le fuera a traer mucha suerte una bendición del dios de los musulmanes. Aunque, pensándolo bien, llevaba demasiados años teniendo mala suerte, sufriendo desastre tras desastre. Quizá que alguien le deseara suerte no le vendría mal, aunque fuera el enemigo de su religión.
Con aquello la reunión se dio por finalizada y salieron de la habitación todos menos Barbarroja y Hasán Aga. Antes de que cerraran la puerta un par de esclavos, Francia vio por encima del hombro cómo se inclinaban sobre un mapa: serios, preocupados. Sintió en su interior un estallido de satisfacción. No estaban tan seguros de su victoria como querían dar a entender.
—Hemos mandado prepararte una habitación —dijo entonces Túnez, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Quieres verla o prefieres dar una vuelta?
Francia miró por una ventana del palacio: el sol era suave, cálido a pesar de que estaban en invierno. Todo lo contrario que el calor abrasador que recordaba de la última vez.
—Me tienta más la segunda opción.
—Yo no puedo acompañarte, debo atender unos asuntos —se disculpó Túnez.
—Yo… No creo mi compañía que sea de tu agrado —Argel reprimió una risotada.
«Tan infantil» pensó con molestia.
—Entonces me parece que voy a ser yo tu acompañante.
Francia se volvió hacia Otomano y lo repasó, por enésima vez, con la mirada. Era más joven de lo que había esperado —la máscara daba una impresión falsa— pero había algo en su rostro, en sus ojos, que le hacía ver una tristeza pesada, madura. De la única ocasión que le había visto lo recordaba vibrante, seguro, mucho más arrogante. Ahora veía a un hombre fuerte e imponente, pero tranquilo.
Bueno, habían pasado varios años. Podía haber sucedido cualquier cosa.
Salieron del palacio, montaron en dos hermosos caballos y fueron al paso por la calzada que les llevaba hacia el lago de Túnez, al lado del cual se encontraba La Goleta, el puerto de la ciudad, situada a unos pocos kilómetros de distancia. Allí era donde soportarían el ataque enemigo, por lo que Barbarroja había empezado a fortificarlo desde hacía un par de días. Francia imaginaba que al final del invierno estaría preparado para resistir cualquier embestida.
—¿Tomar Túnez fue vuestra intención desde el primer momento? —inquirió al cabo de un rato para romper el silencio.
Otomano asintió.
—Túnez pidió ayuda al kapudan pasha, que ha ido liberando ciudad tras ciudad del yugo cristiano.
—Para ponerlas bajo su propio yugo.
Otomano sonrió de oreja a oreja, pero fue una sonrisa algo triste.
—Sí. Pero es lo mismo que hacen los cristianos con otras regiones, ¿no?
—Lo es —respondió Francia sin sentirse ofendido.
No se encaminaron al interior de La Goleta, sino que giraron a la izquierda para seguir la línea de la costa. Francia sintió un golpe de añoranza. Más allá del mar grisáceo se encontraba su tierra. Más allá de las olas, un ejército se preparaba para atacar aquel lugar. Francia nunca dejaría de pensar lo impresionante que eran las distancias, que parecían aislar a uno del resto del mundo.
Pero, un día, los tunecinos verían aparecer las oscuras sombras de la flota en la distancia.
Quería creer que iban a ganar y que darían su merecido al Emperador. Pero, en su corazón, no estaba completamente seguro de que fueran a conseguirlo.
—Te recordaba menos triste, Francia —dijo de pronto Otomano.
—Yo también a ti —rió.
—El tiempo no perdona a nadie —comentó el musulmán, perdiendo la vista en el mar.
Francia se preguntó qué le habría pasado. Las noticias que le llegaban gracias a Venecia eran inmejorables: Otomano había derrotado a Safávida, a Austria y ahora también a España; mantenía aterrorizada Italia entera, su poder se extendía por toda la costa norte de África.
¿Por qué, entonces, esa tristeza?
Se detuvieron y, atando los caballos a un árbol, se sentaron en la arena. Era irónico: nunca habría pensado que acabaría sentándose al lado de un musulmán siendo su aliado.
La de vueltas que daba la vida. Él, que siempre había rivalizado con Sacro e Inglaterra por ser el primero en llevar a cabo una Cruzada, ahora no tenía otro remedio que buscar refugio entre sus enemigos.
—¿Qué harías tú…? —Otomano no le miró al hablar—. ¿Qué harías tú cuando el deber y los sentimientos se interponen?
Francia arqueó las cejas, sorprendido porque el gran Imperio tuviera que consultarle precisamente a él sus dudas. Pero… Era una pregunta que se hacían todos a lo largo de su vida. Y sólo había una respuesta.
—Más de una vez… Me he dejado llevar por los sentimientos —cerró los ojos y respiró hondo para exorcizar todos los errores que había cometido, todas las veces que por cariño o debilidad no había actuado como habría debido—. Y he aprendido que alguien como tú o como yo… No debe dejarse guiar por los sentimientos. O ese debe ser su objetivo, ya que casi siempre fallamos.
—¿No? —Otomano se volvió hacia él con una triste sonrisa que lo dejó desconcertado. El Imperio suspiró—. No sé por qué, tenía la esperanza de que me dijeras lo contrario. Pero supongo que habrá que hacer frente a la realidad de una vez.
No hablaron mucho más. Francia no dejó de preguntarse, hasta que Otomano decidió que era el momento de regresar, qué se le estaría pasando por la cabeza.
Y a quién se estaba refiriendo.
Mayo de 1535, Barcelona, Aragón
Barcelona nunca había estado tan llena, tan activa, tan desordenada y rebosante de energía. Durante todo el año no habían cejado de llegar hombres, jóvenes y viejos, dispuestos a participar en la empresa de Túnez por voluntad propia, muchachos ardientes, deseosos de lanzarse a la conquista, bien de las Indias, bien de las plazas de los sarracenos. Llegaban con sus propias armas o exigían en las herrerías que se les fabricaran las mismas. Comían, bebían, ocupaban todos los mesones, las tabernas y las posadas. Ese invierno los herreros habían trabajado sin descanso, reparando, forjando, fundiendo, en un bullicioso e interminable ciclo sin fin. Cuando llegó el buen tiempo, en especial durante abril, comenzaron a aparecer las galeras: portuguesas, genovesas, papales, de todas partes de España y de Italia. Transportaban soldados o armas, comida, ropa, armaduras. Llegó el momento que Barcelona puso en el grito en el cielo porque ya no sabía como manejar aquella tormenta de personas dispuestas a ayudar y que no hacían más que molestar.
Los embajadores de media Europa se habían apresurado a transmitir sus bendiciones al Emperador; el mismo príncipe portugués Luis, hermano de la Emperatriz, había llegado al frente de su escuadra para participar en la cruzada. Todos ardían en su deseo de cobrar todas las muertes, los destrozos y, ante todo, el miedo que les habían causado los piratas.
Todos sabían que debían vencer si no querían tener encima, y ya para siempre, al Imperio Otomano. Necesitaban un golpe que le hiciera darse cuenta de que ellos no eran como Hungría.
Por eso todos se reunían en torno a Málaga, Barcelona y Cerdeña, desde donde partirían los barcos que luego conformarían la gran armada del Emperador.
Entre tanto, debían esperar a que se reunieran todas sus fuerzas.
A finales de mes, el Emperador decidió que debía subir la moral a los barceloneses y llevó a cabo un impresionante desfile que todos los ciudadanos acudieron a ver: apenas sí se podía dar un paso, de tanta gente que vino de las afueras para contemplar esa mixtura de gentes de toda la Cristiandad. Vieron a España al frente, portando un inmenso estandarte rojizo con un crucifijo y la divisa de Plus Ultra escrita con elegantes palabras, seguido por oficiales y caballeros, además de por Portugal, Génova, Milán, Sicilia, Cerdeña, Florencia, Mantua, Ferrara... Otras representaciones se habían limitado a enviar sus representantes, como Flandes, Venencia, Inglaterra o Francia.
Fue un día para recordar.
En especial porque, poco después, Carlos V confirmo que él, el Emperador en persona, dirigiría la armada.
Ese día estalló el caos en la corte de Carlos, una corte harta de viajar sin descanso por tierras desconocidas, en especial después de haber regresado por fin a casa. Sus más cercanos, el cardenal Tavera y el secretario Cobos, trataron de convencerle de que no fuera, de que no se arriesgara. ¡Qué pasaría si fallecía, como San Luis! ¡Su hijo era un niño pequeño, obligaría a que España sufriera otra regencia!
Pero ni con esas el Emperador cedió. Y el pueblo rugió de excitación al saber que su protector tomaba las armas para, por fin, salir en su defensa.
Todos los monarcas importantes menos él habían estado al frente de sus ejércitos; Francisco I, Solimán, sólo eran unos pocos de esos nombres.
Además, habían recibido una clara señal de Dios: ese mismo año llegaron barcos cargados de oro a Barcelona, para delicia general, pues Pizarro había conquistado una remota región de las Indias Occidentales, aplastando al amparo de la Cruz un imperio de salvajes. Era una señal, estaba claro, pues aquel dinero acababa por fin con el vacío del Tesoro, llegaba en el momento preciso para financiar la expedición.
¿Cómo la espada de la Cristiandad iba a consentir quedarse a salvo mientras sus hombres se sacrificaban en nombre de la Iglesia y sus hijos?
30 de mayo
—¡Por el triunfo contra el infiel! —exclamó Génova.
—¡Por el triunfo contra el infiel! —corearon los demás, alzando sus copas y llevándoselas luego a los labios.
Portugal tomó asiento en uno de los tantos sillones distribuidos por la sala, acondicionada para albergar a numerosas personas en un ambiente refinado, algo recargado, casi francés. Con un gesto elegante, Barcelona hizo salir a todos los sirvientes una vez hubieron servido las primeras bebidas y las representaciones quedaron a salvo de oídos indiscretos para charlar con libertad.
Eran un buen número, aunque con ellos no partirían ni Castilla, ni Aragón ni Cataluña ni Barcelona, que permanecerían vigilando las costas del reino, mientras España se ocuparía de la guerra exterior.
«Debe ser duro» pensó, mirando a Castilla que, cómo no, había adoptado de inmediato el cargo de anfitriona junto a Barcelona. Parecía tranquila, incluso contenta, pero imaginaba que debía de morirse de preocupación ante la perspectiva de su hijo se marchara.
O ante la perspectiva de que el Emperador muriera.
Porque la había. El último gobernante que marchó en una empresa similar al norte de África murió en las ruinas de Cartago. ¿Por qué no iba a correr la misma suerte el Emperador? Era un lugar maldito, todo el mundo lo sabía…
Clavó los ojos en España, que estaba hablando con Sicilia, por encima de su copa, y no pudo evitar considerar posibilidades. Al fin y al cabo, Isabel seguía siendo portuguesa y Carlos ya había demostrado que confiaba en ella, pues siempre la dejaba como regente del gobierno durante sus ausencias. Si él muriera, sin dudas Isabel reinaría durante la infancia del pequeño príncipe y sería buen momento para intervenir en la política de sus vecinos.
Sacudió la cabeza y sonrió para sí mismo, cínico. Antes de pensar en la muerte de nadie, debería rezar por el éxito de su empresa. A él también le afectaba la cercanía de los turcos y le gustaría tener sus costas a salvo.
Cuando España terminó de hablar con Sicilia, que le sonrió y le puso una mano en el hombro, dándole ánimos, Portugal le hizo un gesto para que se acercara.
—¿De qué estabais hablando? —preguntó, haciéndose a un lado para dejarle sitio.
—Le pedí disculpas por no haber podido protegerle mejor. Es mi deber hacer de escudo para él y todos los demás miembros de la monarquía.
Portugal dio un nuevo sorbo a su vino con la ceja arqueada.
—¿Qué te pasa, Antonio? —preguntó.
España no le miró.
—Nada. Tengo ganas de acabar con todo esto de una vez.
—Te noto… con mucho ánimo de cruzado. Antes no parecías tan interesado.
—Antes no tenía tantos motivos.
Portugal se incorporó, curioso.
—¿De qué motivos hablas?
Se escuchó un estallido y la sala entera se quedó en silencio. La copa había reventado entre los dedos de España, que estaban teñidos de rojo.
—¡Cariño! —Castilla fue la primera en reaccionar.
—No te preocupes, madre, estoy bien —sonrió a Castilla, sacudiéndose la mano—. No me he hecho daño.
Portugal comprobó que no era cierto: se había hecho varios cortes. Pero no dijo nada, se limitó a tenderle un pañuelo mientras la preocupación le cerraba la garganta.
—¿Estás… bien?
España le sonrió también, pero fue una sonrisa sin ilusión. Parecía que sólo lo hiciera por cortesía y aquello lo dejó desconcertado.
—Muy bien, Portugal. Más que nunca. Pero estoy cansado y mañana partimos. Creo que voy a retirarme ya.
—Oye, España —lo cogió del brazo antes de que se incorporase—. ¿No hay nada… que quieras contarme?
El muchacho vaciló. Leyó en sus ojos el deseo de hablar con él, como había hecho siempre. Pero prácticamente de inmediato se recompuso y meneó la cabeza, apartándole con firmeza pero sin brusquedad la mano.
—Descansa, hermano. Será un viaje agotador.
Y se marchó, después de despedirse de todos los presentes. Portugal se incorporó, desaparecido su buen humor, y se acercó a Castilla, que se había quedado mirando hacia la puerta por la que había salido España con expresión de preocupación.
—¿Se puede saber qué le pasa? —inquirió en voz baja en portugués.
—No lo sé —respondió ella en la misma lengua—. Desde que volvió de Italia no es el mismo. Está obsesionado con ir a Túnez…
—¿Es no es bueno para ti?
Castilla lo fulminó con la mirada y Portugal se mordió la lengua.
—Lo sería si no fuera por cómo está él—su voz se convirtió en un susurro—. Incluso se ha negado a hablar con Granada… Ahora le mira… Le mira de forma diferente. Igual que a Valencia.
»Me preocupa, Portugal. Me preocupa mucho. Si no fuera por que sé que es imposible, le obligaría a quedarse aquí. Pero ya no hay remedio.
Portugal respiró hondo. Cómo odiaba ver a Castilla tan compungida. No… No le gustaba recordar que ella también tenía sentimientos. Pero ahora eran buenos vecinos. Tendría que soportarlo.
Le acarició con suavidad una mano.
—Cuidaré de él. No dejaré que le pase nada.
Cuando ella le miró con los ojos húmedos sintió una punzada en el corazón.
«Podría haber sido mía. Si hubiera ganado la guerra, si Isabel no hubiera llegado al trono…»
No, no merecía la pena pensar en lo que podría haber sido.
Sin embargo, quería creer que ella también había deseado formar parte de un todo con él, como lo era ahora con Aragón.
—Gracias, Portugal. Te lo agradezco mucho —susurró ella—. Estaré rezando. Todos rezaremos por vosotros (6).
Portugal sonrió y fue a acariciarle la mejilla cuando sintió una mirada pesada, fría, recaer sobre él. Se volvió. Aragón le estaba clavando los ojos, afilados como dagas, desde el otro lado de la sala. Lárgate, decían.
Y Portugal se largó. No quería meterse en líos con su anfitrión.
Bien, que se quedara con la satisfacción de verle marchar: él regresaría con la gloria de haber participado en la última cruzada de su tiempo.
Al día siguiente partió de Barcelona una impresionante armada de lo más heterogénea. Viajaron hasta las Baleares, donde hicieron escala, y después hasta Cagliari, en Cerdeña, donde se les unieron los últimos rezagados.
Ese día España miró al mar abierto, al sur, hacia donde se hallaba su destino. Sentía la excitación general hervir en su interior, la emoción de la incertidumbre, la dicha de saber que participaba en una empresa del Señor.
Por primera vez iba a enfrentarse, no a un cristiano, sino a un enemigo de su fe. Como debía ser. Por primera vez iba a cumplir su papel, iba a proteger a su pueblo, a sus hermanos de religión, contra los monstruos infieles.
Apretó la empuñadura de la alabarda, que reposaba contra su pecho, e hizo rechinar los dientes.
—Espera por mí —susurró al viento y al rumor de las olas—. Esta vez no voy a vacilar.
»Ya nunca más.
16 de junio de 1535, La Goleta, Túnez
La fortaleza estaba invadida por una intensa inquietud, mezcla de emoción y miedo. Los jenízaros que comprobaban los cañones y preparaban sus armas, siempre profesionales, murmuraban entre ellos pues sabían que el kapudan pasha se estaba reuniendo con los líderes de los hombres que llegaban en desbandada desde Ghar El Melh (7), donde los cristianos acababan de instaurar su campamento después de un primer enfrentamiento.
Todos sabían que se acercaba el momento de la batalla.
Otomano salió de la reunión con un regusto agrio en los labios. Las noticias no eran halagüeñas. Habían perdido una base, sí, pero Hayrettin no le concedió al hecho mucha importancia: «es este lugar el que les importa, aquí es donde vamos a pararles los pies». Lo que sí oscureció el ánimo de todos los presentes fue confirmar las fuerzas que traía consigo el Emperador. Más de setenta galeras, unas treinta galeotas, más unas trescientas naves de vela… Todo cifras aproximadas. En total, traería consigo unos treinta mil hombres.
—Alá nos ayude —gruñó en voz baja.
No hacían falta tantos hombres cuando se iba a defender una ciudad, ni siquiera la mitad, pero igualmente iba a ser duro. Muchísimo. No tendrían hombres de refresco y no había que olvidar que debían cuidar de los ciudadanos, que exigirían comida y bebida mientras se hacinaban en sus casas para escapar de los cañones que traían los cristianos.
Hacía mucho que no se veía sometido a un asedio. Normalmente era él quien los causaba. Desde luego, sonrió con sarcasmo, iba a ser toda una experiencia.
Subió a la muralla y no se sorprendió al encontrarse a Túnez mirando en dirección hacia la ciudad tomada con una expresión indescifrable. Debía estar asustado, aunque no diera muestra alguna de ello, consciente de que venían a castigarle y a imponerle de nuevo a su antiguo rey. Otomano había escuchado de él que era un hombre despreciable, que llegó al trono con el apoyo de los castellanos y matando a todos sus hermanos por el camino. Y eran muchos hermanos. Pero no quiso preguntarle a Túnez por educación.
Se situó a su lado y dijo:
—¿Nervioso?
—No demasiado. Sólo experimento la sensación de que aquí es donde siempre se resuelve el destino.
—¿De qué hablas?
Túnez se le miró con sus profundos ojos, acariciándose la barba, y por un momento Otomano, con todo su poder, se sintió insignificante ante él. Túnez era más mayor de lo que él podría imaginar, más que Bizancio, más que cualquier otro ser que hubiera conocido. Había visto y vivido tanto que le sorprendía que pudiera mantenerse cuerdo, con un porte duro y distante que lo hacía más bien parecer un ser distinto, que iba más allá de la comprensión de un mortal normal y corriente.
—¿Sabes qué hay ahí? —señaló con el dedo hacia Ghar El Melh.
Otomano entrecerró los ojos, haciendo memoria, y, de repente, pareció comprender.
—Las ruinas de Cartago —susurró.
El otro asintió lentamente, sin dejar de acariciarse la barba.
—A veces pienso que aquel lugar ha quedado maldito para siempre. Antes de que ninguno de vosotros estuviera ni siquiera en proceso de gestación, antes de que fuerais ni una idea, antes de que naciera incluso el fundador de vuestros pueblos, Cartago fue un gran imperio. Dominó todo el Mediterráneo Occidental. Hasta que llegó Roma.
—Aquí, España, aquí fue donde desembarcó Escipión el Africano —dijo Carlos, alborozado, poniendo por fin los pies fuera de la pasarela y pisando tierra firme después de un día entero de navegación.
España miró a su alrededor. Habían tomado el puerto casi sin resistencia por parte de los berberiscos, por lo que no habían causado demasiados destrozos y se podía apreciar la belleza del lugar. Todas las casas eran de un blanco puro, desordenadas y agradables, con calles que sin duda se trenzaban tortuosamente como las de los pueblos del sur de Andalucía.
—¿El vencedor de Cartago? —preguntó, en parte ausente. Tenía nociones de historia romana, claro, pero nunca había prestado demasiada atención a las lecciones. Excepto a las narraciones de grandes batallas.
Como la de Zama.
Rodeados por la escolta del Emperador, se adentraron a la ciudad para dejar espacio a los oficiales que estaban controlando el desembarco. Sería un proceso largo, probablemente hasta el día siguiente no podrían tener a todas las fuerzas en tierra. Primero vendría la infantería veterana, que ayudaría a transportar la artillería y los caballos ligeros. Ellos se ocuparían de asegurar los alrededores, antes de que a los piratas se les ocurriera contraatacar. Después efectuarían el desembarco de las provisiones, la artillería pesada, etc. España se consumía de impaciencia ante la idea de perder tanto tiempo.
Entre tanto, el Emperador hablaba, exaltado:
—Antes de que Roma alcanzara la grandeza tuvo que derrotar a un terrible rival, España. Y ese fue Cartago. Ahora estamos sobre sus ruinas —tomó una pausa para recuperar el aliento y continuó con renovadas energías:—. Cartago era una nación terrible. Sus dioses paganos eran infinitamente más crueles que los romanos; los sacerdotes cartagineses exigían el sacrificio de niños de forma constante.
—¿Niños? —repitió España, horrorizado.
Carlos asintió con solemnidad.
—Así eran los paganos antes de la llegada de nuestro señor Jesucristo. Pero entre ellos también había grandes hombres, como lo fueron los romanos. Se hicieron lo suficientemente grandes para competir con el dominio opresivo de Cartago, que había conquistado la mitad de la Península Ibérica —España reprimió un estremecimiento al pensar en esos bárbaros pululando por su tierra— y se enfrentaron a él. Como los infieles que un día dominaron nuestro hogar y al final fueron expulsados por tus padres, España, Cartago tenía que ser extirpado de Hispania.
»Pero Cartago contaba con un gran general. Uno de los mejores de nuestro tiempo. Se llamaba…
—Aníbal. Fue el único y gran defensor de Cartago frente a las atrocidades de Roma. Pocos le han superado en el arte de la guerra. Seguramente fue el mayor general que ha conocido el mundo, después de Alejandro, que murió demasiado pronto para sufrir una derrota, y Pirro.
Otomano escuchaba embelesado a Túnez, que parecía no encontrarse frente a él, sino haber retrocedido siglos en el tiempo. Le costaba creer que aquel hombre que estaba a su lado hubiese presenciado una época que se le antojaba tan lejana como la creación del Mundo.
—Roma temía el poder que ostentaba Cartago y buscaba hacer la guerra contra él a cualquier precio. Finalmente lo consiguió, mediante triquiñuelas, engaños y una hipocresía descarada. Pero Aníbal se adelantó a todos —una sonrisa afilada atravesó el rostro de Túnez—. Oh, sí. Sitió a Roma en su propio terreno. Y podría haberlo destruido de haberlo deseado. En Cannae, Roma sufrió la peor de sus derrotas y fue una de las victorias más brillantes que nadie ha efectuado jamás. Pero él no deseaba acabar con Roma —Túnez suspiró lentamente—. Sólo quería que se mantuviera en su sitio, que hubiera una convivencia, aunque fuera tensa. La gente suele olvidar que Cartago y Roma fueron aliados, antes de que la envidia consumiera a los romanos.
—¿Amigos? —repitió Otomano.
—Amigos —asintió Túnez—. Incluso… No. No es nada.
Otomano se le quedó mirando de hito en hito.
¿Acababa de insinuar que…?
—Pero Cartago no ganó la guerra —dijo al final, viendo que Túnez se había quedado sumido en sus recuerdos.
—No. No la ganó. Y lo pagó muy caro.
—Escipión el Africano venció a Aníbal no muy lejos de aquí, en Zama. Fue la batalla más grande que se dio en su tiempo. Cartago perdió la guerra, pero todavía mantuvo una actitud rebelde contra Roma. Por eso un descendiente de Escipión el Africano, Escipión Emiliano, destruyó Cartago y cubrió su tierra de sal para que nada volviera a crecer en este lugar.
Habían dejado atrás el centro de la ciudad y frente a ellos aparecieron algunas columnas y restos de casas que, por lo que parecía, habían sido destruidas, probablemente para usarlas en la construcción de edificios. España acarició una de las columnas, con el corazón encogido.
«¿Qué se debe sentir cuando te borran así, sin dejar ningún rastro de ti? Ni siquiera el recuerdo…»
—¿Qué ocurrió después? —musitó.
—Roma construyó, con el tiempo, una nueva ciudad. Pero eso no es importante, hijo. Lo que importa es que aquí —Carlos le puso una mano en el hombro—, aquí se ha demostrado que el bien puede contra el mal. Los herejes han de desaparecer, han de perecer bajo los herederos de Roma —sonrió con confianza a España, apretando los dedos—. Nosotros cargamos con el legado de Roma.
»Desde luego, los caminos del Señor son misteriosos. Es su voluntad la que nos ha traído aquí a revivir el pasado.
España cerró con firmeza los puños, clavándose las uñas en las palmas de las manos. No sabía si el Emperador tenía razón o no, pero sentía que no podía ser de otra forma.
No podía.
—Julia Cartago también fue próspero —continuó Túnez, separándose de la almenara y arreglándose el turbante con un gesto—. Pero también él fue destruido, esta vez de manos de los musulmanes. Luego vendría aquí Francia, intentando cumplir los designios de su Dios y salió muy mal parado. Ahora, esto.
»Realmente tengo la sensación de que todo ocurre en Cartago. Incluso después de muerto, sigue siendo el foco de atracción de todo tipo de problemas imperialistas.
Para su sorpresa, Túnez sonreía, burlón.
—No podía esperar otra cosa de él —se mordió el labio inferior y clavó los ojos en Otomano—. Siento algo en mi pecho, Otomano. Hacía mucho que no soñaba con mis antiguos compañeros, con Cartago, Numidia, Útica y los demás. A todos se los ha llevado el tiempo y el mundo ha intentado borrar su rastro, como si nunca hubieran existido… Pero sus espíritus continúan aquí. Su legado nunca se podrá eliminar por completo.
»El norte del Mediterráneo siempre ha sido fuente de desgracias para nosotros. Me hierve la sangre cuando pienso que los cristianos están ahí, con sus cruces y su sed de sangre, creyendo que reviven una epopeya que en realidad no fue más que una brutal masacre contra un enemigo que ya no podía levantarse. Contra un enemigo que nunca quiso destruir a nadie, al contrario que Roma y sus descendientes.
»No puedo permitir que los herederos de ese bastardo vuelvan a vencer. ¿Comprendes?
Otomano tragó saliva ante la intensidad del dolor que percibió en la voz del imperturbable Túnez. Y asintió.
Los hombros de Túnez se relajaron y el hombre se inclinó ante él, agradecido. Luego se alejó de las murallas. Pero una pregunta ardía en el pecho de Otomano, que le llamó para que se detuviera.
—Antes… Antes dijiste algo sobre Roma y Cartago. Algo sobre su amistad.
Túnez desvió los ojos a un lado y sonrió con tristeza.
—No he llegado a decir nada, Otomano.
—Quiero saberlo.
—Creo que puedes imaginarlo por ti mismo —y se marchó, bajando por las escaleras.
Otomano se quedó solo, con un peso inmenso en el corazón y unas ganas insoportables de gritar.
Esa noche nadie durmió bien, ni en Túnez, ni en el campamento cristiano. Antonio soñó con feroces batallas donde monstruos bañados en sangre de niños pequeños se abalanzaban sobre los bravos romanos. Cartago surgía de las sombras, aterrador como la misma muerte, y se enfrentaba a Roma. El choque de sus espadas producía gemidos titánicos, horrendos. El mundo temblaba cada vez que aquellos titanes del pasado se golpeaban con toda la fuerza de sus cuerpos.
Despertó con un grito en la garganta y las lágrimas húmedas por las lágrimas.
En el último momento, Cartago se había convertido en Otomano.
Sadiq no pudo dormir más que a cortas cabezadas que se acababan bruscamente, preguntándose si ya había llegado el amanecer. No tuvo sueños, pero no pudo dejar de pensar en el destino que le había llevado hasta aquel lugar. O, más bien, la ironía de que ambos estuvieran allí, dispuestos a enfrentarse.
A pesar de que no quería hacerlo.
Se preguntó si la duda habría pasado por la mente de Cartago cuando partió a derrotar a Roma en Italia.
Se preguntó si Roma titubeó cuando su mano acabó con la vida de su mayor enemigo. De su maestro. De su antiguo amigo.
No encontró una respuesta. Deseó no haber pisado jamás la Península Ibérica.
NdA: este fue uno de mis capítulos favoritos a la hora de ponerme a escribir. Quizás me ha salido demasiado sentimental, pero me gusta mucho cuando los personajes reflexionan sobre sus actos y lo que les toca hacer. Además, me encanta tener a muchos personajes juntos, aunque luego sea un sufrimiento llevarlos.
¡El mes que viene acaba Heraldos de la Guerra! Intentaré adelantar cuanto pueda la segunda parte, pero bueno, así os tomaréis un descanso de mí.
¡Hasta el último capítulo!
Notas:
(1) Liga de Esmalcalda: dirigida por el elector de Sajonia y el landgrave de Hesse. No voy a entrar en los problemas luteranos no sólo porque no son el tema de este fic, sino porque es horriblemente complicado, como todo lo que es político pero utiliza como excusa la religión. Sólo comentaré que uno de los objetivos de Carlos V fue convocar un concilio general, el cual siempre fue su mayor arma contra el Pontífice, pues un concilio obligaría a repasar las doctrinas de la Iglesia, a condenar o no una nueva variante del cristianismo, a atacar la podredumbre de los Estados Pontificios, etc, etc. El Papa no quería ni pensar en un concilio.
(2) Y sí, en esta época en cuanto a política exterior se habla muy a menudo de "nación española"; sin separar a Castilla y Aragón, señalando unos intereses comunes de todo el territorio peninsular.
(3) Lingua franca: Lengua artificial utilizada a menudo en el Mediterráneo para poder comunicarse en cuanto a lo que asuntos comerciales se refiere, mezcla principalmente de italiano, árabe y griego, aunque tenía muchas más palabras de otros idiomas. No era una lengua que se utilizara en el día, sino, sobre todo, para las transacciones comerciales.
(4) Hasán Aga está considerado el tercer rey o gobernador de Argel. De acuerdo a las fuentes de uno de los autores del siglo XVII más interesado en Argel, Haedo, Barbarroja lo capturó porque era "de muy buen talle y hermoso". Eso no implica inmediatamente que lo tomara como amante, pero no era algo raro, así que lo dejo caer. Primero fue mayordomo de la casa de Barbarroja y poco a poco, demostrando que tenía talento para administrar tributos, luchaba bien y demás, Barbarroja decidió dejarlo a cargo de su reino. Debían tener mucha confianza para que un renegado llegara a tal puesto.
(5) Octava Cruzada, realizada en el 1270. Digamos por ser suaves que acabó en desastre, con la muerte del rey francés San Luis y uno de los príncipes.
(6) La Emperatriz ordenó que en todos los reinos se efectuaran continuas plegarias por el triunfo del Emperador.
(7) También conocido como Puerto Farina, frente a las ruinas de Cartago. Importante base pirata berberisca.
