Una melena rubia se movía con el viento de la mañana. Había tratado de ser dura e inflexible, pero una parte de si misma estaba sintiéndose débil. La parte del recuerdo de lo que pudo haber sido. Había conocido a William en un café hacía cuatro años, él parecía amar esa costumbre occidental tan arraigada en los americanos de tomar café como en los ingleses era el consumir su tradicional té por las tardes. Lo miraba tan a menudo que luego de un tiempo se había vuelto una costumbre. A veces iba solo, otras era acompañado por un joven de mas o menos su edad de cabello lacio color café que sí era mucho más audaz que él.

El joven en cuestión la abordó un día que no había una mesa disponible para ella, invitándola a la mesa donde ellos estaban conversando. Pensó rehusarse pero al ver los ojos azules del atractivo joven rubio, no se pudo resistir. La platica fue amena, divertida incluso. Ella les había agradado a ambos, así que sabía que después de ese día cada vez que fuesen a ese lugar a lo menos se saludarían de modo cordial. El rubio se llamaba William, el otro se llamaba Roberth, habían sido compañeros del colegio.

Se hizo costumbre sentarse cerca, pero la mayoría de las veces compartían la mesa los tres comenzando a hacerse buenos amigos. Lo que en un inicio fue una amistad se fue tornando en un cariño. William era guapo, joven, educado.. no parecía tener gran interés en ella pero un día atrajo su atención con la cosa más sencilla del mundo: una luciérnaga había entrado a su cuarto y la imagen de tal insecto sobrevolando su habitación la dejó por un buen rato extasiada. Solo comentarlo de modo natural había producido un efecto en él. Al parecer le dio risa saber que ella, que siempre fue tan delicada, podía soportar la intromisión de un insecto en su habitación sin salir corriendo despavorida. Esa fue la primera vez que pudo darse cuenta de que la miró a los ojos de un modo distinto. Y él tenía unos ojos muy hermosos. Quedó prendida de ellos desde que lo conoció.

A partir de entonces sus charlas fueron mucho más frecuentes, en muchas de ellas Roberth no estuvo presente. Supo que William tenía apego por los animales, pero que no estudiaría veterinaria, él tenía un destino que cumplir aunque nunca dijo cual sería, lo que sí era que no era pobre aunque trabajase en el zoológico, parecía que su apego por los animales era el único motivo de estar en ese lugar.

Las charlas fueron haciéndose mucho más intimas. Había poco a poco bajado sus defensas delante de ella. Le había contado que su familia tenía su residencia en América, pero que de momento sus sobrinos estudiaban en Londres y su tía estaba al cuidado de ellos; que era huérfano y que su única hermana era casi una extraña para él. Ella se sintió apesadumbrada con semejante conocimiento. Deseaba que él supiera que realmente era importante para ella. Un día ella le tomó la mano y él levantó su cara para verla en evidente desconcierto. "Te quiero" le dijo ella, él solo guardó silencio.

Cómo hubiera querido que él hubiese reaccionado de algún modo en lugar de quedarse callado. Quizá amaba a alguien más y ella no lo sabía, pero aún así prefirió ser constante en su manifestación de afecto. William parecía tan necesitado de cariño, traía demasiada soledad a cuestas. Ella deseaba que fuera importante en su vida, pero él no manifestaba nada.. en un arranque desesperado pensó que debía hacer algo aunque eso significara darle celos para saber si realmente él estaba interesado en ella.

El asunto con Roberth había sido algo que comenzó sin un interés oculto por parte de ella que el que no fuera pedirle ayuda. Él era joven, gallardo, adinerado. Parecía que su amistad con Albert era la única que realmente parecía trascender en su vida. Aparte de todo era muy inteligente. Con lo que no contaba era con que Roberth estaba enamorado de ella, o mínimamente encaprichado.

Un día quedaron de verse en la habitación de él para planear una estrategia, pero esa estrategia nunca sería llevada a cabo. Roberth se abalanzó sobre ella, besándola de un modo apasionado. Meredith en un inicio se sintió incapaz de reaccionar. Ya cuando quiso no tuvo la fuerza para hacerlo. No podía gritar, no podía negarse, todo mundo se daría cuenta de su vergüenza, de su deshonra. La puerta se abrió y apareció él. Sus ojos miraban incrédulos la escena. Estaba ella desnuda en los brazos de su mejor amigo. Se sentía sucia y llena de turbación. William la empezó a mirar como si estuviese asqueado. Se dio la vuelta y azotó la puerta, dejándolos a solas. Roberth entonces cayó en cuenta de su infamia y ella se puso a llorar.

Cuando lo vio nuevamente se sentía llena de vergüenza, pero él necesitaba saber que lo amaba a pesar de todo, que no había sido su culpa, ella lo necesitaba, quizá él entendiera. Pero William no quiso escuchar ni media palabra, casi la sacó a empujones de la casa. Si tan solo Robeth hubiera reparado su falta, entonces ella no habría dicho con despecho que había cantidades de hombres que darían todo por ella. Entonces él intuyó que estaba con Roberth por su dinero y la despreció de un modo más amplio.

Cuánto había dolido su desprecio. Ya no se atrevió a decir que lo que había pasado había sido sin su consentimiento y prefirió que pensara que era algo que ella había preferido. Era mejor decir que era fuerte para tomar sus decisiones a que fuese tomada por débil y que todos se burlaran de ella. Y siendo honestos, ya no se sentía digna del afecto de ningún hombre así que soportó que Roberth siguiera en su vida a pesar de odiarlo sobremanera; pero cuatro años después, tras solamente decepciones y desamor, supo que William estaba otra vez en Londres y lo buscó.

Ella nunca se había olvidado de él. Le lloró, le rogó, pero él se negaba a escucharla. Supo lo de su cuñado y también se presentó en el hospital, pero William no cedía. Ella nunca se quiso dar por vencida, pero sus últimas palabras la hirieron de tal modo que salió del hospital hecha no solo un mar de lágrimas, sino enfurecida enormemente por permitirle pisotearla de ese modo. Lo aborreció, pero a solo un día sin verlo, ya lo extrañaba demasiado. Así que iba a tragarse su orgullo, iba a buscarlo nuevamente. William Andley era el único hombre que ella había amado y no iba a permitir que se le escapase de las manos nuevamente.


- Es una joven encantadora.. tendrías que haberla escuchado hablar.

- Quien lo diría Alex.. primera vez que te noto tan interesado por una mujer! –rió socarronamente el médico, todavía enfundado en su bata blanca.- Así que, ¿por eso has venido hoy? ¿Crees que la encuentres? Ya es tarde, si ella se quedó toda la noche, es seguro que ya se fue a su casa a descansar.

- No se quedó. Su primo hizo guardia toda la noche y en la mañana Evelyn vino a reemplazarlo. Los únicos que quedan en esa familia por venir son ella y el sr. Andley. Me lo dijo Geraldine.

- Entonces ¿es por eso que no buscas a su cardiólogo todavía? ¿Le estás dando tiempo? –preguntó incrédulo.

- Oswald, le dijo que la va a mandar a América pronto.. la única oportunidad real de hablar con ella la tengo aquí en el hospital. Recuerda que Bruce se hospedaba en un hotel, ella seguro se hospeda con Andley. No tendré motivos para verla en otro momento. Si yo supiera que existe otra manera de verla, ya habría dado de alta a Bruce, pero tengo esperanza de que aparezca antes de que eso pase.

- ¿Y si no viene sola?

- Anoche vino sola. Si la dejaron venir sola a casi el anochecer, ¿no crees que la dejarán venir sola de día?

- Es que no entiendo.. ¿acaso no le dijiste que ibas a ir a verla en tu posición de médico después de su desmayo? Aprovecha eso!

- Es que no entiendes! –le repelió exasperándose- Ayer vino sonrosada y con buen semblante, parecía diosa! Si me presento en su casa con ese pretexto, desde luego que no me lo van a creer!

- Que complicada tu situación entonces… esperemos que el cardiólogo no tenga a bien pasearse por los pasillos y dar de alta a tu paciente antes de que te des cuenta.-y soltó una risilla que Alexander no vio con buenos ojos.

- No puede pasar por encima de mí. –farfulló casi para sus adentros, masajeando con la mano izquierda su mentón de modo exasperado, para luego pasar esa misma mano por sus cabellos.

- Pero si tu amigo sabe que ya no es necesario que esté aquí, no va a necesitar su hoja de salida. -y diciendo esto, se inclinó hacia adelante.- Su esposa puede ir con el coordinador o hasta con el director de manera inmediata.

- Evelyn me respeta demasiado como para hacer una cosa así.. Saben que iré hoy, ella me va a esperar. Lo sé.

- Honestamente no entiendo… si sabes que esa muchacha se irá a América, ¿qué más da que se vaya hoy a que se vaya mañana o el sábado? ..unos días que la tengas para conversar con ella no van a ser ninguna diferencia.

- Necesito saber que lo que ella me ha perturbado no es algo de un momento y nada más. Necesito verla y si en alguna manera no es inmune a mí, pues propiciaré lo que sea necesario para que se quede. Estoy tan sorprendido de mí mismo por sentirme así. Parezco muchacho. Es como si nunca me hubiera topado con una mujer y estuviera tanteando terreno inhóspito. Pero siento que esa muchacha me gusta, Oswald. Y que me gusta mucho.

- Pues espero por tu bien que no le seas indiferente, no sea que su.. ¿qué es de ella? ¿tío?.. bien, que su familiar te ponga las cosas muy difíciles.

- Espero que no, pero el que me preocupa es Archivald. Le manifestó a ella un afecto desmedido.. casi puedo decir que tuvo celos y por eso se comportó así. Si ellos son algo..

- Pero son primos!

- Pero no sabemos en qué grado. Ella dijo que no era hija de la hermana de Evelyn, quizá fuese hija de algún otro pariente. Andley es demasiado joven para pensar que sea su padre.

- Estás como desposeído, ¿no es así? Ya no le des vueltas al asunto, lo que tenga que suceder, sucederá. Vamos, te invito un café.

- ¿Café, tú? –se sorprendió. Su amigo le dio una sonrisa.

- Después de dos años viéndote tomar café todas las mañanas, he adquirido el gusto. Lo único que me parece demasiado fuerte en el desayuno, lo prefiero ya mucho después, casi como preludio a la hora de la comida.

- ¿Crees que sea buena idea? Sería estar fuera del hospital..

- Nos sentamos en las mesas de afuera y así te darás cuenta del momento de que llegue y podrás charlar con ella todo el camino. Vamos, hombre! Es una buena idea! –y levantándose se acercó a él para palmearle la espalda- Anda, servirá para tomar un refrigerio y dejarás de sentirte tan ansioso.

- Está bien. –aceptó Alexander. La idea de su amigo no estaba mal después de todo.


Ella estaba en el jardín. Su mirada serena veía tranquilamente como la brisa hacía bailar las hojas de los árboles, los arbustos tenían todavía el verdor de algunas hojas. El otoño de Londres, tan lluvioso como era, también le había regalado lo que habían sido tres días de solamente nubarrones. Parecía que se estaba conteniendo de llover, se contradecía a si mismo para que le reflejara que su época de sufrir amargamente por ella se había terminado.

Ella era para él como el rayo de sol que impedía a su corazón sentirse apesadumbrado, tal como se había sentido días y meses atrás. Caminaba hacia ella sintiendo el corazón latir más acelerado que antes, cuando aparcaba su coche fuera de la entrada a la casona sintiendo todavía un maremoto de emociones y contradicciones también. ¿Podría atreverse a confesarle lo que había hecho? No se sentía muy capaz ya en ese momento. Pero lo haría. Cierto era que lo haría y que eso sería pronto.

El sonido de cómo las hojas crujían debajo de sus zapatos quiso que ella fuese sacada de su contemplación. Volteó para ver el causante de ese ruido y lo encontró.

¿Habría podido describir cabalmente la felicidad reflejada en su carita, la forma en que sus ojos se abrían y delataban un brillo de dicha? No había manera de describir la emoción que percibió en ella. Su sonrisa, su forma arrebatada de ponerse de pie y correr a su encuentro. Sin siquiera mediar palabra, estaba echándose a sus brazos y él la recibía sintiendo que su corazón adquiría la paz que tanto necesitaba.

Pequeña princesa, ¿cómo con tu tierna sonrisa eras capaz de hacer el mundo diferente para él? La estrechó cerrando sus brazos en su espalda mientras ella le rodeaba la cintura. No importó en ese momento si había algún criado, algún mozo que pudiera advertir la intimidad de ese abrazo. La había extrañado tanto, la necesitaba cerca. Ya no hubiera podido mandarla lejos porque su ausencia le resultaría en un dolor agónico peor que el que había sufrido antes. Era el hecho de saber que era suya, que necesitaba todo de ella, aún la percepción de ese aroma que siempre lo había cautivado.

- Te he extrañado tanto – la escuchó decir.

- Y yo a ti.. parece que han sido semanas y solamente han sido pocas horas. –le contestó él, mientras jugaba con las mechas del peinado que le caían sobre la nuca, provocando un estremecimiento en ella, ante lo cual se detuvo. Necesitaba que las cosas se mantuvieran en control.

- ¿Qué has hecho todo el día? –le preguntó con ternura.

- Solamente pasear por los jardines, fui a caminar por la arboleda. –y se separó un poco para verlo a la cara- ¿Por qué no tienes ninguna mascota en casa? No he visto ni siquiera una ardilla merodeando por allí.

Él se sonrió. Fascinado de la expresión de contradicción que tenía su amada rubia.

- La casona estaba abandonada y yo he venido solo con George, ¿no lo recuerdas? Lo único que había dentro de la propiedad eran ratas, no creo que sean mascotas que aprecies.

- Pero a ti te gusta no solo la naturaleza, amas los perros, los caballos, aún tengo presente como querías a Puppet.

- Sigo sintiendo lo mismo, pero Puppet necesitaba libertad. ¿Quieres que sea honesto contigo? La mayor parte del tiempo la pasaba en la oficina y si no era así me encerraba en la habitación. Lo más que hacía era ir a cabalgar al club muy de mañana, los guardias siempre me dejaban entrar para no tener que estar ahí cuando llegara alguno de los socios, pero hasta eso era interrumpido por la lluvia. El otoño tiene esa particularidad, llueve mucho.

- Pues no ha llovido ni una sola vez desde que estoy aquí.

- Ha sido insólito.. pero agradable. Creo que todo cambia cuando haces acto de presencia. –y le dio un suave beso en la frente, ella se perdió en la mirada de él cuando Albert agachó su cara y supo que la iba a besar.

Ese beso suave, contenido, pero lleno de ternura. Esas manos fuertes que estrechaban su cuerpo pero que al mismo tiempo la trataban con suavidad. Esa maraña de sensaciones que despertaban y que ambos trataban de dominar, pero qué difícil era. Para ella, porque todo era nuevo y tenía tan presente cada detalle de la noche anterior. Para él, porque su naturaleza apasionada era mucho más difícil de contener. De un beso suave y dulce a un beso más demandante y apasionado. Albert en un momento tuvo que hacer acopio de toda su fortaleza para apartarse de sus labios. Esa boca suave, tibia y dulce que lo estaba volviendo loco.

- Candy… -apenas pudo musitar con voz ronca y trató de aclararse la voz- Tenemos que irnos…

Candy para entonces, ya estaba ruborizada, sus ojos cerrados, su respiración agitada levemente, el corazón casi saliéndose del pecho. Era algo nuevo todo lo que había experimentado, todavía no estaba acostumbrada a esa cercanía, a sus besos, a la certeza de lo compartido, a sentirse mujer con solo tenerlo cerca. Todo era abrumadoramente nuevo y complicado de asimilar, pero se sentía dichosa. Abrió sus ojos lentamente para verlo y asentir dejando que un suspiro escapara de sus labios.

Se separó de él y regresó a la banca por el abrigo que había dejado junto a ella cuando estaba sentada, y marcharon de camino al exterior, rodeando la casona y pasando del área donde Albert solía guardar el coche.

- Afuera está el cochero. Será como anoche, tú en un carruaje y yo en el coche. Y quiero invitarte a comer primero, ¿Está bien?

Candy no pudo ocultar la mirada levemente lastimosa al pensar que iban a estar separados esos minutos, pero teniendo presente que iba a llevarla a un lugar público para estar juntos un tiempo tan sagrado como era el de la comida, le hizo sentirse mejor.

Había querido comer con él de un modo distinto a como lo hizo la primera noche, cuando George trató por todos los medios de hacer el tiempo más ameno, aunque, si era honesta, las mejores comidas las vivió en el Magnolia y.. la mejor había sido frente a un lago, cuando compartieron un simple sándwich. Ese día se habían prometido compartir todo y esa certeza había inundado su corazón de felicidad.


Chicas, hasta aquí por el momento, no se olviden de darme sus impresiones. ¿Con que Meredith no es la arpía interesada que pensábamos? Pues tampoco será una blanca paloma, pero habrá falta ver de qué manera se va a acercar a Albert.

Y ni que decir de Alexander, que ya tiene plan armado. Pero mis rubios están tranquilos. Dejémoslos esta noche de disfrutar su compañía y pasar un tiempo juntos lleno de complicidad.

Quiero agradecer sus reviews: Paloma, Maxima, Friditas, Erika de Andrew, Melisa Andrew, Clau Ardley, Viviana Karenina, Blackcat2010, Magnolia A, Maryel Tonks. A todas por sus palabras, por esperar cada capítulo y darme sus impresiones. Esa es la paga de quien escribe, el que ustedes lo disfruten y comenten. Y a todos los que la leen de forma anónima, a quienes les invito a que me compartan sus opiniones.

Pero, en especial, hay una amiga que he encontrado en el mundo de FF que me ha hecho el honor de brindarme su amistad, su confianza, su tiempo y entre todas esas cosas sus palabras de aliento. Hoy he leído un capítulo de su fic el cual me ha dado el honor de dedicarme. No merezco tanto, pero te lo agradezco de todo corazón CandyFan72, Gracias por tu amistad.

Y, a todas mis amigas de fb también muchas gracias por agregarse a mi red social, por aceptar mis solicitudes y enviarme las suyas. Para todas mi perfil de fb es - AnaEdith Fiction -. A sus ordenes.

Besos desde México, con amor:

*AnaEdith*