Era el primer día de mayo, viernes. Aunque se arrepentiría el domingo, decidió tomarse la tarde libre, ya que esa noche iba a saltarse la clase de Astronomía. Y el sábado iba a salir a Hogsmeade para desconectar del colegio.

Se fue a los jardines del colegio a echar las cartas del tarot a quien quisiese, por un módico precio. A la única que no le cobró fue a una chica de Gryffindor, una tal Lavender Brown, pues le esperaba un trágico final no muy lejano. Algunos se enfadaron con ella, porque pensaban que lo había hecho a propósito por ser una de Slytherin y la otra de Gryffindor, pero como Lavender Brown estudiaba Cartomancia en clase de Adivinación y confirmó que lo que decían las cartas era verdad. Luego la gente, asustada, decía que eso de las cartas era una tontería, para que ambas jóvenes no se preocupasen.

Le tocaba a Daphne informar a los refugiados que estaban en la sala común ése día. Al final, se dedicaban a ayudarles con los deberes y decir qué hacían los hermanos Carrow y qué se comentaba en la sala común de Slytherin, no era una labor de espionaje muy complicada.

A cambio, le enseñaron el hechizo Expecto Patronum, que servía para repeler a los dementores. Tenía que pensar en un momento feliz, y no pudo evitar ponerse roja cuando pensó un par de ellos. Concentrándose en el calor que la invadía con esos sentimientos, consiguió convocar al patronus, un guepardo.

Poco antes de la cena, fue al dormitorio para guardar la baraja, y de allí fue al Gran Comedor, su amiga ya estaba cenando. Se sentó a su lado. Cerca estaba Astoria, con Malfoy y compañía.

-¿Qué tal tu tarde?- Le preguntó Helena.

-Bien- se limitó a contestar Daphne, no podían hablar con tantas orejas cerca.

Es ése momento preciso, Terry Boot, junto con un grupo variado de estudiantes, entraron corriendo en el comedor.

-¡Lo han visto!- gritó a pleno pulmón- ¡Han visto a Harry!

La estancia se llenó de preguntas de curiosos ¿A Potter? ¿Dónde? ¿Qué ha pasado?

-¡Callese, Señor Boot!- Alecto Carrow se levantó de la mesa de los profesores, y tanto ella como su hermano le miraron como un buitre mira a un trozo de carroña.

-¡Ha entrado en Gringotts!- el muchacho agitaba las manos para hacer callar al gentío, e hizo caso omiso de la mortífaga- ¡Ron y Hermione estaban con él!

-¿Qué hacían allí?- La voz de Seamus se impuso a las preguntas de los demás.

-Han querido robar algo... pero no os vais a creer…

-Le han dicho que se calle, Señor Boot- la contrahecha figura de Amycus dejó la mesa y se acercaba al grupo.

-¡Han escapado a lomos de un dragón!- Terminó de contar Terry. Amycus le empujó, el chico cayó al suelo y una vez ahí Carrow le propino una patada en el estómago.

-¡He…-patada- dicho…- patada- que…- patada- se…-patada- calle!- Amycus sonreía, era un sádico. Cuando quedó satisfecho, miró alrededor del comedor- ¡Fuera de aquí todo el mundo!

Daphne voló al lado de su novio, y entre ella y otros compañeros le sacaron de allí. Helena se imaginó que a le llevarían a la Sala de los Menesteres. Esperó que sus compañeros Slytherin no tomaran represalias contra ella. Supuso que Astoria haría de intermediaria entre ellos. Si convencía a Malfoy de que no hicieran nada a su hermana, nadie la tocaría.

Poco a poco el gran comedor se fue vaciando, la gente volvía a sus salas comunes o a otras zonas de estudio. Helena fue a la biblioteca, aunque dudaba si podría acudir a su cita de esa noche. A medida que se acercaba la hora, Helena fue a un lugar solitario y se lanzó a si misma el hechizo desilusionador, que, curiosamente, poco después lo estudiarían en clase de Artes Oscuras de Amycus. Puso rumbo al despacho del director, y en la entrada del mismo estaban los hermanos con Snape.

-Vete a buscar a Flitwick, y que te deje entrar en la sala común de Ravenclaw, Alecto- le dio instrucciones a la fea bruja- Tu ponte a patrullar por la Torre de Astronomía, Amycus, dile a la profesora Sinistra que se suspende la clase de esta noche.

Los dos mortífagos pusieron rumbo a sus respectivos destinos. Helena no comprendía tales órdenes, pero su corazón se aceleró cuando vio a Severus ya sólo, delante de la gárgola, y se quedó realmente sorprendida cuando le oyó decir la contraseña de esa vez. No se lo podía creer. Corrió donde él, y le dio un ligero golpe, para hacerle notar que estaba allí. El hombre miró a todos lados, sin comprender qué le había golpeado.

-¿Quién anda ahí? ¿Potter?- dijo, y la chica se sorprendió aún más, ¿a santo de qué preguntaba si era Potter?

-Una compañía más femenina- susurró Helena. Severus no saltó cuando oyó su voz. Las aletas de la nariz se le ensancharon, y ella se le acercó, para que le oliese el pelo. El hombre se relajó, y fueron hasta el dormitorio. Él lanzó el "Muffiato" y ella se volvió visible.

- Tendría que haberte dicho que no vinieras- aunque aparentaba estar tranquilo, Helena supo que había algo que preocupaba al hombre.

-¿Es por lo que ha contado Terry durante la cena?- preguntó ella, Snape asintió.- ¿Crees que está por aquí?

-Seguramente nos enteraríamos. Siendo tan arrogante como es, se anunciará casi con redoble de tambores…

Helena se aproximó a Severus, le cogió de la mano y le acercó a la cama. Le indicó que se sentase y ella se sentó a su lado. Le besó despacio y cálidamente. Al principio él parecía reacio, pero las caricias y los besos de la chica consiguieron ablandarlo e hicieron el amor, aunque rápida y torpemente. Se vistieron de nuevo, y se quedaron tumbados en la cama. Charlaban de nada en particular, cuando Severus lanzó un gruñido de dolor, llevándose la mano derecha al antebrazo izquierdo. Se remangó y la Marca Tenebrosa estaba negra y brillante. Se bajó la manga, y su rostro se llenó de preocupación.

Se levantó a toda prisa, moviendo la cómoda que escondía la puerta de salida del dormitorio. Helena se levantó también.

-Debes irte-le ordenó.

-¿Qué pasa? ¿Estás bien?- Helena estaba asustada.

-Me sentiré más tranquilo si te pones a salvo. Vuelve a la sala común y no salgas de allí.

-¿Dime qué está pasando?- le rogó ella.

-No lo sé, pero no va a ser bueno- Severus se separó de la cómoda, y ella aprovechó el momento para abrazarle con fuerza. Él cogió su cintura con una mano y la otra la apoyó en la cabeza, acariciándole el pelo. La apretó contra sí. Helena notó que unas cálidas lágrimas rodaban por sus mejillas, y no sabía por qué. Cuando Severus la separó de él y vio sus lágrimas, se puso pálido- No quiero que llores.

-Tengo un mal presentimiento…- Él le pasó el reverso de la mano por las mejillas, para limpiar las lágrimas, ella le miró- Ten cuidado, Severus.

-No te preocupes por mí- dijo él, que hizo un amago de sonrisa.

-Prométeme que nos vemos luego- Al ver que no contestaba, le agarró por los brazos, intentando sacudirle, como obligándole a que pronunciase esas palabras.

-No te lo puedo prometer- dijo al fin, y ella volvió a sentir las lágrimas en los ojos.

-No… no…

-Tú sí que me debes prometer que no vendrás a buscarme. Debéis poneros a salvo los dos- le posó la mano en el vientre. Al contacto, se notaba un poco de barriga, aunque la chica con la ropa aún conseguía disimularlo. Tomó conciencia de que no era ella sola la que corría peligro, también su hijo, el hijo de ambos- Prométemelo, Helena- gruñó Severus.

Se miraron, como no se habían mirado antes. Quería recordar su aspecto, su pelo negro cayendo a los lados del rostro, su piel cetrina, la nariz aguileña, sus fríos ojos negros. Y le dio la sensación que él hacía lo mismo con ella.

-Sí, te lo prometo- y sellaron esas palabras con un beso salado con sabor a despedida.