Poco a poco, la habitación se vacía, pero queda llena del eco de las risas y de los buenos deseos.
Y de Ren… Porque él sigue ahí.
Kyoko tiene los ojos cerrados, agotada por las emociones del día, por las revelaciones y descubrimientos, sobre sí misma y sobre ese novio al que siente pero que no recuerda.
—¿N-no tendrás la intención de dormir aquí? —pregunta ella, cuando abre los ojos, y lo ve sentándose de nuevo en la silla junto a la cama y estirando una mantita, preparándose para pasar la noche.
—Llevo un mes haciéndolo… —responde él con la mayor naturalidad del mundo.
—Sí, pero… —dijo ella, sin terminar la frase, y mordiéndose el labio inferior.
—¿Pero? —preguntó él, forzándose a mirar sus ojos y no su boca.
—No es que te esté echando —se apresuró a explicar ella—, de verdad que no. Es que esa silla es malísima para tu espalda. Necesitas una noche de buen sueño en una cama de verdad… —explicó Kyoko, preocupada. ¡Por él! Ren quiso besarla ahí mismo—. Y además…
—Además, ¿qué? —preguntó él, arqueando una ceja, curioso.
—Ahora estoy despierta —respondió ella, tras unos segundos de silencio.
—¿Y? —preguntó de nuevo. A veces era muy difícil seguir el proceso de pensamiento de Kyoko, incluso para él.
—Se vería raro… —explicó ella, mordiéndose de nuevo el labio.
Él contuvo un jadeo, y fingió ocupar su atención en localizar motitas inexistentes en su manta.
—¿El qué? —preguntó cuando sintió que su voz ya no le traicionaría.
Ella se tomó su tiempo para responder y cobrar valor. No podía creer que tuviera que decirlo en voz alta.
—¡Dormirconminovioenlamismahabitación! —dijo de carrerilla, sin respirar.
Él parpadeó dos veces, desconcertado, hasta que por fin descifró el significado de tan aturrullada y atropellada frase. Y entonces, se rió. Soltó una carcajada, alta, vibrante y alegre. Kyoko sintió su pecho agitarse con el sonido de su risa.
—Créeme, Kyoko —le respondió él, con los ojos llenos de diversión y una chispa de algo que la hizo estremecer de desconocida anticipación—, eso no sería raro en absoluto…
Y ella, por no perder las costumbres, alcanzó nuevos e interesantes tonos de ruboroso rojo.
