El incendio tan repentino como inexplicable que puso fin a una de las posadas más antiguas de Tokio salió en una primera plana del periódico local. ¿La razón?

El fuego que destruyo la antigua construcción de madera, seguía ardiendo.

Sin importar cuánta agua o extintor le echaran los anonadados bomberos.

Las personas de todas partes de la ciudad, acudían al lugar curiosas, formándose para verlo.

En una banca de madera cercana, podía observarse a un chico de cabello castaño, mirada triste y perdida.

Se veía casi que completamente mezclado con el paisaje y era habitual verlo allí.

Algunos llegaban a pensar que pasaba todo el tiempo allí. Y ciertamente no había manera de apartarlo del lugar.

Cuando detallabas su mirada podía llegar a partirte el corazón.

Estaba envuelto por una gruesa manta de retazos, mullida y abrigada, con las piernas encogidas contra su pecho, observaba el fuego como si estuviera esperando algo.

La noticia de aquel acontecimiento recorrió todo Japón, conocida como "La posada del Fuego Indeleble"

A pesar de que muchos expertos rogaron a la dueña del lugar para estudiar el fenómeno, la mujer se mostró impasible y dijo que no vendería el terreno y que no quería curiosos merodeando.

Le tomo al menos una semana a la decidida rubia desalojar el lugar y mandar a construir un muro que rodeara lo que antes fue su propiedad.

Y en las paredes del muro se estampo el sello de la influyente e intimidante familia Tao.

Eso hizo que muchos curiosos dieran media vuelta y se marcharan del lugar. Asustados de las represalias de ser pescados espiando.

_ Yoh- la rubia se acercó a la banca donde estaba sentado el chico de cabello castaño. Llevando una bandeja en sus manos. Debía hacer que comiera algo.

Llevaba al menos cuatro días sentado en esa banca sin dar señales de moverse.

Para su sorpresa, cuando estuvo a pocos pasos de distancia, Yoh extendió la mano a la manzana que estaba en la bandeja y sin mediar palabra empezó a comérsela.

Pensó que lo tendría más difícil para lidiar con el castaño… se recordaba a si misma hace tantos años atrás, en la pelea final del torneo de los shamanes cuando pensó que él había muerto a manos de Hao.

No pudo menos que comprenderlo. Pero la gran diferencia en esa situación era que Hao no regreso de la muerte mágicamente.

_ Yoh, el no volverá por más que lo esperes aquí.- fue duro forzarse a decirle esas palabras pero debía hacerlo.- Si lo sabes, ¿Por qué no dejas de mirar el fuego?

_ Estoy pensando- fue la sorpresiva respuesta.- Porque quiero entenderlo. Y creo que ya lo hice.

Y antes de que ella pudiera preguntarle algo más, el chico se levantó, algo tambaleante y camino en dirección al pequeño pilar de fuego que aún se mantenía ardiendo. Justo a los pies del magnífico árbol de cerezo.

Y para su horror, se adentró en el fuego.

¿Qué lugar era aquel? Era pregunta recorría la mente del castaño como una especie de mantra.

Sabía que estuvo antes en ese sitio pero no era capaz de decir cuando, o durante cuánto tiempo.

Ofrecía una sensación de relajación e ingravidez, como si los problemas no existieran, era tan tentadora la idea de dejarse llevar por aquella sensación…

Sin embargo algo muy en el fondo de su mente le decía que tenía que combatir con la idea de hacer eso, que debía permanecer consciente en la medida que le fuera posible…

Si de algo tenia certeza, era de que alguien muy importante estaba esperando su regreso.

Para aferrarse a su consciencia y distraerse en medio de ese inmenso vacío, comenzó a distraer la mente… tratando de establecer a que sensación se asemejaba esta que estaba sintiendo ahora.

Rebusco en sus memorias hasta que finalmente pudo encontrar una semejanza.

Estaba sumergido en alguna especie de pozo. Porque el agua a su alrededor estaba calmada y sin ninguna ondulación.

Y era anormalmente cálida.

Sin embargo, conozco algo que es más cálido que esto.

Ese repentino pensamiento que cruzo su mente le dio más determinación a permanecer consciente y aferrado a sus recuerdos, después de todo… no quería perder aquello que lo complementaba más de lo que cualquier cosa lo hizo jamás.

Quizá, eso tan cálido que recordaba, era la respuesta a su búsqueda. Esa que le llevo tres reencarnaciones.

Después de eso, solo pudo quedarse arrodillada en el suelo arenoso de aquella caverna, sin poder creérselo.

¿Cómo…? ¿Por qué…?

Un aluvión de preguntas inundaba su mente y pensaba que aquello simplemente no podía ser posible. Le dio una mirada más al cuerpo junto a ella.

Si no supiera que estaba muerto, diría que simplemente estaba durmiendo, se veía tan diminuto e indefenso.

Mucho tiempo había pasado desde que ella lo viera como un protector.

Ahora ella era más alta que él, y estaba segura de que inclusive podría cargarlo si se lo propusiera.

Ya pasaron unas cuantas horas desde que la imagen translucida del que fuera su proveedor en la infancia, se le apareciera en espíritu y le dijera cuanto lo sentía.

Las dos mitades se su inconsciente se encontraban en una encarnizada lucha desde entonces. ¿Debería perdonarlo o no?

Su parte más resentida le decía que era hora de largarse de allí, dejar atrás esa cueva y el cadáver.

Sin embargo, una voz en el fondo de su cabeza, que le recordaba mucho a la voz que tenia de niña. Era muy insistente y le decía que debía permanecer allí.

Esa lucha interior estaba volviéndola loca.

Ya habían pasado al menos unos cuatro días y sabía que tenía que tomar una maldita decisión, aquello iba a terminar por acabar con ella a menos que se sobrepusiera. Y tenía que hacerlo ya.

Era la noche del cuarto día, cuando algo paso.

El cielo nocturno normalmente oscuro e imperturbable a parte de la propia luna y alguna estrella ocasional, estaba siendo recorrido por un resplandor que ella confundió con una estrella fugaz.

Sin dudar ni un segundo pidió su deseo, ese que estuvo formulado en su mente.

Se dio cuenta de que la luz en el interior de la cabaña se hacía más fuerte, al punto de que no le permitía abrir los ojos.

Sintió un toque infinitamente suave en su rostro. Eso la obligo a sobreponerse y abrir los ojos para enfrentar a su inesperado y luminoso visitante.

Cuál no sería su sorpresa cuando se topó de frente… con un arcángel.

Sus luminosas alas de fuego blanco estaban encogidas en ese espacio tan reducido, una de ellas tocaba ligeramente el rostro pálido y ensangrentado del cadáver que reposaba en el suelo arenoso.

_ Vine en repuesta a tu deseo.- comento la criatura- Tus pecados no han sido del todo perdonados pero tienes por delante una misión que ayudara a borrarlos.

Ella miro a la criatura sin comprender, a la espera de que se explicara mejor.

_ Debes llevarlo ante el pilar de fuego indeleble.- dijo, señalando el cuerpo sus pies.

Y tan repentinamente como apareció, la criatura desapareció.

Dejando atrás a una confundida chica que no tenía ni idea de cómo comenzar a llevar a cabo "su misión".

La suite real del hotel Tao estaba sumida en el más hermético silencio, ninguno de los que estaban allí presentes se dignaba a decir ni media palabra después de escuchar el relato de la rubia.

_ ¿Qué es lo que podemos hacer entonces?- fue Horo quien pregunto.

_ Nada- repuso Ren, sorpresivamente.

_ ¡¿Qué quieres decir con eso?!- estallo el peli azul- ¡No podemos abandonarlo!

_ ¿Hay algo que puedas hacer por él?- fue la sencilla respuesta del mayor de los Tao, manteniendo el tono de voz calmado, como si estuvieran hablando sobre el clima.

Y con esa sencilla pregunta dejo a Horo sin argumentos, no se le ocurría nada que pudieran hacer por su amigo… y ciertamente no deseaba estar en su lugar, no sabía que haría de encontrarse en esa situación.

_ No pueden hacer nada para aliviar su dolor. Pero tampoco pueden dejarlo solo- repuso alguien a sus espaldas.

Todos se tensaron.

De alguna manera Hana consiguió escuchar la conversación que sostenían los mayores y sostenía una postura más sensata que cualquiera de ellos. El rubio tenía su abrigo en la mano y era obvio que se preparaba para salir. Detrás de él, Men lo acompañaba silenciosamente.

Jun se levantó de su asiento acercándose a los más jóvenes.

_ ¿Quieren que los lleve? Llegaran más rápido que si se van a pie.

El rubio asintió sin añadir nada más y espero a que la mujer saliera en compañía de Lee Brus Long antes de seguirle.

Men dio una mirada a su padre antes de seguir al rubio rápidamente.

_ No término de entender a quién de los dos se parece más, si a don Yoh o a doña Ana- el comentario de Ryu fue el que rompió el silencio reinante en la habitación.

_ Hana es mucho más determinado que Yoh. Pero ciertamente no se parece en nada a mí. Solo en la apariencia- comento Ana quien aparto la mirada del libro que sostenía en sus manos para responderle a Ryu.

Terminando de acomodar sus valijas, cierta peli plata se levantó de su asiento y salió por la puerta, no llevando más que dos sencillas valijas.

Atrás encima de su cama quedo una nota.

Para Marco.

Tenía suficiente dinero en efectivo y en su cuenta bancaria personal, por lo que estaría bien. Y ciertamente necesitaba un cambio de aire.

La rubia caminaba silenciosamente por las calles. Todavía no terminaba de asimilar todo lo que paso desde hacía una semana. En especial lo que se refería a ese fuego que no dejaba de arder.

Ciertamente nunca vio algo como eso, ni siquiera en la aldea de los apaches.

Pensando en su hogar muchos recuerdos acudieron en bandada a su mente y deseo regresar. Después de todo no tenía nada más que hacer en ese lugar.

Obviamente su "compromiso" con Hana Asakura quedaba anulado desde que el rubio escogiera al heredero de los Tao como su pareja.

Y técnicamente no tenía ninguna otra razón que esa para estar lejos de casa, ahora que no tenía que casarse con el rubio era libre de regresar a su aldea, con su padre y sus amigos.

Pero para su sorpresa el pensamiento de irse de aquel lugar no se le antojaba.

Tan metida iba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que alguien venia caminando frente a ella en el sentido contrario e inevitablemente chocaron de frente.

Levantando la vista se encontró con la persona a la que menos se esperaba ver cuando decidió salir a dar un paseo.

Frente a ella estaba Yohane Asakura.

_ Fíjate por donde caminas mujer demonio.- siseo el pelinegro mientras se ponía de pie y sacudía sus normalmente inmaculados pantalones negros.

Nunca ha soportado ensuciarse- pensó la chica. Sorprendiéndose de lo bien que conocía al pelinegro frente a ella.

_ Podría decir lo mismo, cuervo- repuso ella con tono de burla.

Enseguida los ojos de él resplandecieron con molestia.

Pero a diferencia de las otras veces se limitó a recoger la bolsa que llevaba y reemprender su camino.

_ Qué raro que el cuervo no tenga ganas de graznar el día de hoy- comento ella como quien no quiere la cosa, esperando obtener alguna reacción del pelinegro.

Después de todo ya que se lo encontró de esa manera tan casual quería aprovechar todo lo que podía dicho encuentro. Y si había una cosa que le encantaba era hacer rabiar al aparentemente estoico chico.

_ ¿Se puede saber qué es lo que quieres? Ese intento nada sutil por molestarme debe ser por algo- respondió el chico, no teniendo éxito en ocultar su molestia.

_ Nada en realidad, solo que hacerte molestar me divierte

Observar la expresión desencajada del pelinegro ante sus palabras fue suficiente para que la rubia se echara a reír a carcajadas.

_ ¿Disculpa?- se las arregló para decir el pelinegro, aun estupefacto.

_ Lo que oíste.- dijo la rubia sin muchas ganas de repetirlo- Y si buscas a Hana para pelear debo decirte que justo ahora eso es en lo que menos está pensando. Te recomendaría que lo dejaras tranquilo de momento.

El pelinegro asintió para dar a entender que la escucho y luego siguió su camino, aun preguntándose a que se debía la extraña actitud de la rubia.

¿Acaso se volvió loca?

Quien sabía.

La limusina negra se detuvo en la verja que separaba las ruinas de la pensión de la calle y protegía el pilar de fuego de las miradas indiscretas de la gente.

Jun observo a los dos chicos en silencio, estaba algo preocupada pero no encontró manera de convencer a Hana de regresar al hotel. Y al final se dijo que la postura que asumió al traerlos fue la más acertada.

Al menos de esa manera se aseguraba de que ambos llegaban a salvo a su destino.

_ ¿Quieres que nos quedemos a esperarlos?- quiso saber Lee.

_ Lo mejor será que los dejemos solos.- repuso ella, algo renuente y con un suspiro de resignación le ordeno al conductor que pusiera en marcha el vehículo.

El pequeño y destartalado helicóptero aterrizo en el suelo arenoso. Aquella nave no era nada a lo que Jeanne estuviera acostumbrada pero se imaginó que de haber buscado una nave más novedosa, Marco se enteraría de sus planes y no podía permitírselo de momento.

No supo porque sintió la urgencia de volver tan de repente a la Aldea de los Apaches.

Pero no pudo contenerse a sí misma. Era como si algo la estuviese llamando al lugar inevitablemente por lo que simplemente se permitió el capricho.

Después de todo estaba completamente sola en el mundo. Era una mujer divorciada y no sabía si su único hijo alguna vez perdonaría la estupidez que cometió.

Por ello de alguna manera era libre de correr cuantos riesgos existieran.

No que le gustara. Pero así eran las cosas.

Como se lo espero, no pasaron ni cinco minutos y frente a ella estaban dos apaches en posición de pelea.

_ No he venido a hacerles daño- aseguro Jeanne levantando las manos al aire en señal de rendición.

_ Perdona que guardemos recelo a quien fue la líder de los soldados X- comento uno de ellos sin quitarle la mirada de encima- Aun no se nos olvida que fueron responsables de los asesinatos de muchos participantes del torneo.

_ Basta Kalem- regaño el mayor de los dos. Y ella lo reconoció ligeramente, aunque no recordaba su nombre.

El hombre percatándose de la mirada que le daba la mujer, se presentó.

_ Soy Silver, fui oficial en el torneo de los shamanes. ¿Qué te trae a nuestra aldea?

_ ¿Me creyera usted, Silver, si le dijera que no tengo la menor idea de porque decidí regresar a este lugar?- repuso ella con una sonrisa amable.

El joven Kalem le dio una mirada recelosa.

_ En ese caso. Supongo que no le molestara permanecer atentamente vigilada. ¿Verdad?- pregunto el hombre.

_ En lo más mínimo- contesto ella.

_ En ese caso, bienvenida a la Aldea Apache- repuso el hombre mayor. Con una leve sonrisa.- Kalem. Ayuda a nuestra invitada a llevar su equipaje.

Algo renuente, el joven apache se acercó y tomo las maletas que Jeanne le ofreció con amabilidad.

Después de aquella visita, la chica paso tiempo, sentada en la misma posición, pensativa, hasta que finalmente se le ocurrió un plan.

El poblado más cercano era la aldea apache, de tener alguna opción no se hubiese encaminado a ese lugar, porque estaba más que consciente del rencor que esas personas debían tenerle a Hao. Y aparecerse en ese lugar llevándolo a cuestas no era una idea muy prudente. Pero no tenía otra alternativa.

Le sorprendía su capacidad para cargar con tan pesada carga a través del desierto y seguir avanzando. Estaba segura que aquello tenía algo que ver con la extraña visita que recibió en la cueva.

Se detuvo cuando diviso un pequeño oasis, estuvo con la boca arenosa por un buen trecho y ahora tenía ocasión de darse un buen baño.

Pensó en lavar un poco la sangre seca del cuerpo de Hao, pero luego considero que aquello le haría daño a sus heridas. Por lo que primero debía verificar en qué estado se encontraban las susodichas antes de hacer otra cosa.

Cuál no sería su sorpresa que por más exhaustivamente que reviso el cuerpo más delgado, no encontró ni una de las heridas que le propino en la pelea que tuvieron.

Solo había lodo y sangre seca sobre su piel.

Ni siquiera le quedaron marcas visibles.

Debí suponerlo, después de todo, esta persona se convirtió en Dios.

Lo limpio de la sangre y el lodo y emprendió su camino después de tomar un baño en el oasis y saciarse de agua. No sabía cuándo volvería a encontrar un lugar como ese antes de llegar a la aldea de los apaches.

Su lógica era: Un pilar de fuego que no se apagaba era algo que llamaría la atención de cualquier persona y que indudablemente recorrería el mundo siendo noticia.

En cualquier poblado cercano debían de estar advertidos de su existencia, y pese a que estaban aislados de las personas, la aldea apache no dejaba de ser un poblado.

Por lo que no era del todo inútil albergar esperanzas de que ellos pudieran brindarle información sobre ese pilar de fuego.

Al menos decirle donde estaba para que ella se las arreglará y pudiese llegar a él.

Desde el momento en que entro a ese pilar, se sintió como suspendido en el tiempo y espacio. Eran demasiadas sensaciones para ser descritas. Pero la más intensa de ellas era esa de encontrarse en suspensión. Para ser un pilar de fuego no se sentía como si quemara, sino más bien como si lo acobijara.

Después de todo, ese fuego provenía de él.

Por eso, Yoh estaba seguro en que no lo lastimaría. Y tenía toda la razón.

De alguna manera encontrarse allí adentro le aligero el dolor.

Ese que sintió desde que la presencia de Hao se desvaneció de la faz de la tierra.

Nunca se imaginó que podía sentirse tan vacío, solo y desamparado como en ese momento.

Fue con mucho, la peor noche de toda su vida.

Mientras la pensión se incendiaba las personas huían del lugar, Yoh pudo verlo todo desde los brazos del bombero que lo saco de su habitación.

Y se dio cuenta de algo que las demás personas estaban demasiado ocupadas como para advertir.

El fuego no lastimaba a las personas sino que se encargaba de destruir todo lo demás.

Como si de alguna manera las llamas color carmesí estuvieran vivas. Estaban siendo controladas por algo externo que les dio consciencia propia.

Después de ser sometido a una revisión médica y que el bombero lo declarara ileso, se le permitió alejarse de la ambulancia, y él se sentó en ese banco de madera, con vista directa al pilar de fuego que nadie podía apagar sin importar cuanto lo intentaran.

Le tomo cuatro días comprenderlo, pero cuando finalmente supo que ese pilar era la voluntad de Hao, decidió adentrarse en él.

Y francamente no se arrepentía en lo más mínimo.

Aquello era como ser envuelto por los brazos de su hermano. Podía sentir su presencia rodeándolo. Y se abandonó a un sueño tranquilo, y necesario.

Después de todo no se permitía a si mismo cerrar los ojos desde ese fatídico día.

Estaba tan quebrado, que no podía pensar en los demás.

Mas candado de lo que alguna vez se sintió.

Y su único alivio, era ese cálido fuego.

Desde que llegaran a lo que antes fue su casa, el rubio se sentó junto al pilar de fuego, sin quitarle la mirada y siendo consciente de la silenciosa compañía que su novio le brindaba. Y de verdad lo agradecía.

Porque en esos momentos eso era lo que necesitaba.

_ Oye Men…

El peli plata volteo a mirar a su novio atentamente.

_ ¿Si?- animo al rubio para que continuara.

_ ¿Crees que soy egoísta?

Ante la pregunta, el peli plata arqueo la ceja e iba a preguntarle al rubio a que se refería cuando… lo comprendió.

Supo que tenía que pensarse muy bien la respuesta.

_ No, no lo eres- le aseguro recostándose en el hombro del rubio.

_ Es solo que… me siento tan mal, alegrándome de no estar en su lugar.- contesto el rubio, acariciando los suaves cabellos plateados.

_ Yo tampoco, si te soy sincero- comento a su vez el peli plata, poniéndose más cómodo, después de todo siempre que podía trataba de estar a gusto. Y era mucho más cómodo estar sentado en las piernas del rubio con su cabeza apoyada en su hombro, que estar sentado en la tierra entre las raíces de ese inmenso árbol.

Desde que Hana despertara, raras eran las ocasiones en que se separaba de su lado. Y siempre que estaban a solas y sabía que no era observado por alguien más, no perdía ocasión de colocarse de esa manera…

Si había alguien que podía entender al menos un poco lo que Yoh estaba pasando, ese sin duda era el…

Pero en su caso hubo una ligera diferencia.

A él le constaba que Hana no estaba muerto. Y que en algún momento conseguirían rescatar el alma del rubio.

Un ligero temblor recorrió la espalda del más joven, y se aferró con más fuerza a su acompañante. Solo a él, se mostraría de esa forma.

Hace rato que optaron por abrir la ventana, pese a que el clima era lluvioso y el paisaje que se observaba era de alguna manera deprimente. Ren estaba acomodado en la silla más cercana y su largo cabello negro estaba sobre uno de sus hombros.

Si por él fuera se sentaría de una vez en el alfeizar, pero era consciente de que en la condición en la que se encontraba aquello no sería lo más sensato. Ya se estaba haciendo cada vez más a la idea de que su hijo crecía en su interior, sin embargo no podía negar que estaba asustado (y realmente lo odiaba). La prueba más evidente de que Hao murió, fue el que él y Horo comenzaran a crecer lentamente, justo ahora el aparentaba 17 años.

Y… ¿Si la muerte de Hao afectaba a su hijo?

Después de todo aquel embarazo era posible gracias a que ese mañoso castaño así lo quiso. Sus poderes fueron los que de alguna manera lo causaron.

Le constaba que Horo también tenía esa preocupación porque desde el día del incendio se hizo sobre protector como el infierno, y no es como si pudiera culparlo. Después de todo estaban hablando de su primer hijo.

Era por eso que no quería hablar con él sobre sus temores. Y tampoco sobre su extremo cansancio.

Últimamente le daba por dormir todo el día, no tenía energías para nada. Ni siquiera le provocaba leer un libro. Básicamente sus días se reducían a comer y dormir. Tenía suerte los días en los que podía permanecer despierto por lo menos una hora para hablar con su hijo o encargarse de los pocos deberes que su hermana le dejara.

De tanto dormir, no le daba tiempo para pensar, justo como lo hacía ahora, se mantenía despierto a fuerza de voluntad, empujando la somnolencia con determinación al fondo de su mente, y esforzándose por no bostezar.

Su vientre pronto comenzaría a ser visible y por ello tenía que hablar con Men. Cuanto antes.

Pero… ¿Cómo lo haría?

Suspiro.

Paso un buen tiempo desde que Jun saliera a dejar a los chicos en las ruinas de la pensión.

No le hacía mucha gracia que su hijo estuviese solo por ahí, pero no tuvo corazón para pedirle que se quedara, él sabía que de estar en lugar del peli plata hubiese desobedecido sin pensar.

Un poco más lejos Horo se encontraba reclinado en un sofá buscando algún programa con el cual perder el tiempo en la televisión.

Ya el sueño era demasiado como para ser contenido, trato de ponerse de pie y no supo en qué momento cayó de bruces al suelo, solo tuvo tiempo de poner las manos de por medio para no golpearse.

_ ¡Ren!- Horo salto del sofá y se acercó a toda velocidad. Se apresuró a ayudarlo (prácticamente levantarlo del piso)

_ Estoy bien- se apresuró a contestar- Solamente tropecé.

_ Me hubieses dicho que necesitabas ayuda- reprocho ligeramente el peli azul.

_ No quiero ser un completo inútil, al menos no más de lo que ya soy.- cada palabra cargada con la inmensa frustración que el chico sentía.

Horo no dijo nada, pero el cambio en su expresión no pasó desapercibido para Ren. Por eso el pelinegro se dejó cargar en silencio.

Limitándose a sostenerse un poco

Sin comprender porque fue atraída a la aldea de los apaches, la peli plata permanecía en compañía de los dos que la recibieran al momento de su llegada. Eso no la molestaba, era una consecuencia más de sus decisiones erróneas cuando era joven.

Si había una lección que aprendió cuando todo lo del torneo de shamanes termino, fue que el radicalismo siempre generaba malos resultados.

Y justamente por esa tendencia que tenía a ser radical era que su hijo no quería ni hablarle por teléfono. Sacudió la cabeza, alejando esos pensamientos de su cabeza.

Justo ahora estaban a las afueras de la aldea, enfrentando el inmenso desierto que la rodeaba, con la luz del sol reflejándose en la arena y el calor a la orden del día, pero el paisaje tenía su belleza.

Algo en su sencillez le ofrecía un extraño confort a la vez que le traía fatídicos recuerdos del pasado.

Cuando comenzó a caminar, alejándose de la aldea, se sintió satisfecha al ser dejada a solas por los dos hombres.

Confiaba en que no se perdería, aunque por si a las dudas estaba bastante atenta a lo que dejaba atrás.

Y por si fuera poco los recuerdos de hacía 14 años seguían claros en su mente como grabados al carbón. Las montañas de más allá eran donde ella y sus soldados acorralaron a Yoh y sus amigos cuando planeaban mandarlos a otra dimensión con ayuda de sus poderes y los de su espíritu.

Y junto a esas montañas agrupadas se extendía el desierto plano e impenetrable capaz de matar hasta al hombre más fuerte de hambre y de sed.

Era por eso que esos alrededores solo eran habitados por los de la tribu apache que aprendieron a subsistir en esas condiciones.

Ella misma pasaría un mal trago si se perdía allí, si es que lograba vivir para contar la experiencia.

La manera más segura de recorrer semejante desierto para todos aquellos que no fueran lugareños era a través del aire. Por eso Hao y su grupo nunca tuvieron problemas en el Torneo de los Shamanes.

Además de que Hao mismo fue en una de sus vidas pasadas un miembro de la tribu de los apaches, contaba con la protección de una de las esencias más poderosas de toda la tierra.

El Espíritu del Fuego era lo suficientemente colosal para cargar con el shaman y su sequito.

Jeanne suspiro, no sabía porque últimamente pensaba tan a menudo en Hao Asakura a quien hacía 14 años odiaba a muerte, justo ahora no sabía a dónde se fue todo su odio, simplemente el castaño había dejado de provocarle sensación alguna.

Quizá era absurdo compararse a sí misma en la actualidad con lo que fue en el pasado, pero era algo que ella solía hacer muy a menudo, si no para regresar a sus viejas andanzas, al menos para reconocer lo mucho que creció desde ese entonces.

Se adentro todavía más en el desierto si eso era posible. Mirando a su alrededor y estudiando el paisaje, lo que sea que la atrajo a ese lugar se encontraba realmente cercano.

Como si le estuviera bailando descaradamente en la frente diciéndole "aquí estoy".

Era un poco frustrante que sin importar a donde mirara no pudiera distinguir sino las dunas de arena, las lejanas montañas y algún que otro cactus.

Cuando ya se disponía a regresar a la aldea porque no soportaba más el intenso calor, pudo ver una silueta a lo lejos, acercándose.

Eso tiene que ser- pensó la mujer, caminando en esa dirección.

Ignorando la intensa luz del sol que la cegaba, arrastrando la falda del conjunto que le fue facilitado por una amable mujer que se presento como Azalea.

Era una ropa algo más pesada que las prendas que ella solía usar, pero para estar en un lugar de clima tan árido como aquel, era definitivamente perfecto, mantenía su delicada piel lejos del sol y la tierra reseca.

A medida que seguía caminando le fue más clara la silueta que se acercaba, y también se percató de que quien quiera que fuera, no quería ser visto desde la aldea de los apaches y se mantenía caminando a la sombra de una gran montaña.

Cuando llego a una distancia casi inexistente, se encontró con una chica de piel morena y cabello a lo afro, vestida con una especie de toga color rojo y brazaletes dorados en sus brazos, las argollas doradas a juego en sus orejas. La chica, llevaba a cuestas a alguien de largo cabello castaño.

Enseguida, la jovencita se puso en guardia, como si pensara luchar con ella.

A lo que Jeanne se apresuró a levantar las manos en señal de rendición.

_ No pienso hacerte daño, solo me dio curiosidad ver a alguien caminando por aquí y me acerque por si querías ayuda.- explico.

La mirada cautelosa en el rostro de la jovencita no desapareció, ni siquiera por su postura o las palabras que le dirigiera.

_ ¿Cómo puedo creer en quien fue la líder de los soldados X?- cuestiono la muchacha a la defensiva, asegurando su carga y retrocediendo, sin dejar de observar a Jeanne atentamente.

La peli plata estaba sorprendida y no dejaba de estudiar a la chiquilla buscando saber cómo es que ella la reconocía. Después de todo era una chica bastante joven y era poco probable que hubiese participado en el Torneo de los Shamanes, y por su actitud era obvio que no vivía en la aldea de los apaches.

Entonces… ¿Cómo es que sabía sobre su pasado?

_ ¿Cómo es que sabes…?- empezó a cuestionar la mujer, dirigiéndole miradas sorprendidas a la chica.

_ Yo estuve aquí, hace 14 años. Soy Opacho.

Y el recuerdo del pequeño que seguía a Hao a todos lados regreso a su cabeza, claro, ahora quedaba más que aclarado que era una chica.

Estudiando más atentamente la figura que Opacho llevaba a cuestas, una certeza la invadió.

_ Es Hao a quien llevas a cuestas. ¿Verdad?

Y ante aquello la chica se quedó paralizada, para luego ponerse a la defensiva.

_ ¿Y eso a ti que te importa?- espeto.

_ Este es el peor lugar en el que Hao Asakura puede encontrarse, los apaches no van a perdonarlo jamás, seguro que lo ven, querrán matarlo o encerrarlo de por vida.

Jeanne dio una mirada hacia atrás, asegurándose de que nadie le siguió, para luego volver a mirar a la chica.

_ Voy a sacarlos de aquí- le aseguro.

A lo que Opacho levanto la vista, aun desconfiando y aferrando aún más al inconsciente castaño.

_ ¿No será este otro truco para matarlo? En el pasado estabas empeñada en acabar con él.

_ Si hubiese querido atacarlos tu llevabas las de perder. Ciertamente no tienes otra opción, estaré esperándoles aquí al atardecer junto con mi helicóptero. Trata de no dejarte atrapar y tomar una decisión para entonces.

Y sin decir nada, la peli plata regreso por donde había venido, sin saber que la guiaba a actuar de esa forma, pero con la certeza de que estaba haciendo lo correcto.