"Hija de la Tempestad"


Cap. 20: Historia de un asesinato y otras minucias.


- ¡Baurus!

El guarda rojo se había girado en una primera instancia sorprendido para, tras ver de quién se trataba, mostrar una amplia sonrisa que dejaba ver prácticamente todas las oscuras encías de la parte visible de los dientes.

- ¿Cómo te va, desaparecida?, ¡casi pensé que te habías colado accidentalmente por una de las tuberías y tendría que ir a buscarte a la desembocadura del Rumare antes de que se te comieran los peces!

No le había parecido que estuviera enfadado, ni por asomo, casi más bien...

- Hombre, nadar entre la basura no nadé. – había replicado ella enarcando una ceja – Pero, si te sirve de excusa, me secuestraron bajo presión.

Baurus primero la había mirado con genuino gesto de asombro hasta que comprendió.

- ¿Tu amigo el de negro? - había preguntado – Valiente tipo te has ido a buscar de acompañante... si eso la próxima vez me lo dices a mí y nos vamos a beber juntos o a berrear en mitad del monte si es lo que te gusta hacer. No te busques a hijos de papá que van de negro para hacerse los interesantes con las chicas, si entiendes a qué me refiero. – añadía guiñando un ojo, cómplice.

- Calla, que está por aquí... y en breve me toca irme otra vez con él.

- ¿Pero qué narices se supone que te traes con ése tipo? - Baurus era todo un maestro en exagerar las expresiones faciales, y en aquel instante la ceja izquierda se había alzado casi un centímetro entero por encima de la derecha.

- Negocios.

- ¿Qué clase de negocios? - ahora le había tocado el turno a una mirada cargada de fingida suspicacia.

Porque, en realidad, a Baurus nunca se le ocurriría pensar que su pequeña Hermana Cuchilla fuera capaz de nada verdaderamente malo. Su aspecto de chiquilla solo le traía a la mente posibles travesuras totalmente inocuas.

- Eso ya no te lo puedo decir. – había replicado Tempest encogiéndose de hombros con una sonrisilla un tanto descarada. Le restaba hierro al asunto – Se siente.

El guarda rojo, tras un sonoro resoplido, se había echado a reír.

- ¿Vendéis drogas?, ¿os dedicáis a sabotear las publicaciones de "El Mensajero del Caballo Negro"?, ¿afeitáis khajiitas mientras están dormidos?

- Les damos un afeitado de lo más apurado. – había sido la irónica réplica de la joven imperial, preguntándose si, en el fondo, no se le estaría pegando el nada gratificante humor negro de Antonietta Marie.

Y nunca mejor dicho.

Baurus había hablado con ella sin rencores, sin el más leve brillo de antipatía cruzar sus ojos color café. Había algo tan bueno en ése hombre... algo tan leal, tan cumplidor y tan... profundamente culpable...

El pobre, aún con el año y pico transcurrido desde el asesinato de su Emperador, seguía sintiendo vergüenza y un terrible sentimiento de responsabilidad para con el Imperio.

Había fallado una vez. No quería volver a hacerlo.

Le había hablado de Eidon, del aspecto huidizo que presentaban sus ojos rojos de dunmer al ser observado por los azules y apagados de Uriel Septim. Del signo de "La Serpiente" bajo el que había dicho nacer, el signo zodiacal sin mes fijo, el signo de los más afortunados y, a su vez, de los más malditos...
Uriel solo había visto brillo en su camino estrellado aquel día, pues oscuros pronosticó los tiempos por venir, y el prisionero dunmer afirmaba no pensar demasiado en los dioses y en sus nebulosos designios.

Eidon había sido, como muchos compatriotas suyos en Morrowind, devoto orador en los altares de Azura. Y los Nueve Divinos solo habían supuesto para él... una carga que sus hombros no hubieron de soportar por más tiempo el día en que aquella mala flecha emponzoñó su sangre.

Baurus le había hablado de su extraña mirada ausente, de los meses que pasó buscándole cuando ninguna noticia por parte del Gran Maestro Cuchilla le llegó en lo referente al Amuleto de Reyes. Había maldecido por aquel entonces a aquel elfo escurridizo, pero ahora, tras todo aquel tiempo... solo le cabía en el alma compadecerle por su suerte.

Y Tempest solo había callado, silenciosa y secretamente aliviada por haber sabido un poco más acerca de su perdido amigo... y, al mismo tiempo, haber encontrado en Baurus un hombre en quien confiar. Plenamente.

Un hombre al que tomarle de la mano si alguna vez uno de los dos se caía.


- Tempy, ¿te ocurre algo?

La muchacha imperial se quedó un momento en blanco, aún mirando al frente totalmente alelada, hasta que logró pestañear y devolver sus cinco sentidos al momento y al lugar en el que se hallaba en aquellos instantes.

Sin soltar la patata que había estado pelando hasta hacía un minuto escaso con un cuchillo de cocina, Tempest viró su cabeza a la derecha para encontrarse con la preocupada mirada azul de Antonietta Marie, tratando de dilucidar qué pensamientos pasarían por su cabeza.

- Qué va... - contestó con vaguedad a la pregunta de la bretona mientras suspiraba pesadamente – Es que... tengo sueño.

Antonietta, aliviada, se echó a reír negando con la cabeza mientras ponía a hervir en la olla un pollo entero acompañado de sendas hojas de laurel, cebollas, zanahorias, alcachofas y ajo, cantidades ingentes de ajo.

A Vicente aquello no le iba a gustar nada de nada.

La verdad es que, desde que Tempest volviera al Santuario hacía ya un par de días acompañada de la siniestra presencia de Lachance, hecha polvo, con más cansancio encima que un labriego de ochenta años, y un hambre feroz que acabó con prácticamente media despensa... Antonietta no sabía si sentirse aliviada o inquieta.

Tenía constancia, aunque Ocheeva no le hubiera dicho nada al respecto, de que el Portavoz había seguido a su amiga y había hallado las respuestas pertinentes a su permanente estado de nerviosismo y a las magulladuras de días distintos de las que había sido objeto.

Sin embargo, tanto Lachance como la chica habían regresado taciturnos, con el semblante serio y con muy poca predisposición a contar nada al respecto. Vicente había sido el único en hablar con el Portavoz en realidad, y el vampiro tampoco parecía muy dispuesto a soltar prenda.

Todo había quedado entre ellos y Antonietta, dado su rango de Eliminadora dentro de la Hermandad, no podía hacer otra cosa que resignarse y rogar porque, definitivamente, Lucien hubiera puesto punto y final a las desventuras de su amiga.

No podía preguntar o insistir ya que, si sus superiores, Lachance y Valtieri, decidían mantener aquello en secreto, ella nada podía hacer al respecto. Lo único que podía hacer era que Tempest, si no le habían ordenado lo contrario, decidiera un día abrirle su corazón y contarle qué había sucedido en aquellos casi seis días de ausencia.

Mientras tanto, lo único que realmente le importaba era ver a su amiga tranquila y de buen humor.

- Eso es que has estado durmiendo como una marmota estos dos días y te has acostumbrado a la holganza. – replicó la rubia en tono despreocupado sin dejar de sonreír – A ti te ponía yo a barrer las escaleras y a bañar a Schemer, así hacías algo de provecho.

- ¡¿Lavar a la rata?! - exclamó Tempest sacando la lengua con absoluta repulsa en su gesto - ¡Ni soñarlo! ¡Qué asco!

Antonietta, tras darle una breve mirada de absoluta sorpresa, se echó a reír a carcajadas.

- ¡Pobre animalito, con lo que te quiere...! - exclamó en mitad de la risa – Si eres a la primera que saluda cada vez que regresas. Y cuando no estás se dedica a oler tu cama y tus cosas. Cosita... te echa de menos...

- ¡Precisamente es ése extraño cariño que me tiene el bicho lo que quisiera evitar a toda costa! - replicó la muchacha negando fuertemente con la cabeza - ¡Me la he encontrado esta mañana aovillada encima de mi cama a mis pies! Por poco me da un patatús...

- Eso es que te quiere.

- No, eso es que ve que me sobra un buen trozo de cama y dice "Hale, a dormir sobre blandito". No tendrá morro ni nada el roedor cebón ése...

Antonietta enarcó una ceja, divertida.

- Pues bien que le echas queso y trozos de pan a la hora de comer cuando crees que nadie mira... - pinchó como buena amiga que te pilla in fraganti.

- ¡Eso no es verdad! - exclamó Tempest con voz de pito al tiempo que notaba cómo un súbito calor comenzaba a apoderase de sus mejillas.

- Uy, qué mentirosa...

- ¡Se lo echo para que se largue y deje de meter los hocicos en mi plato!

- Sí, ya, lo que tú digas...

Las cosas parecían ir bien después de todo.

Y al cabo de cosa de diez minutos, el amistoso pique verbal entre ambas se tornó en una batalla consistente en ver quién salpicaba más a la otra con agua. Momentos más tarde les tocó fregar el suelo en cuanto el orsimer Gogron decidió unirse a la fiesta acuática y les vació un cubo de dos litros de agua a cada una encima. El hombre, pese a haberlo hecho como una broma, no tenía medida de ninguna clase: era demasiado bruto.

Ambas dejaron el guiso de pollo a fuego lento en la olla para irse a secarse al baño y cambiarse de ropa. Pese al chapuzón que se habían dado, se lo habían pasado bien.

A Tempest le resultaba tan extraño el confort que sentía en aquel lugar... dentro de aquel antro subterráneo donde solo habitaban asesinos entrenados y donde tantísimo oro era canjeado por sangre casi a diario...

Cualquier persona con un mínimo de sentido común entendería que sentirse cómoda, segura y a gusto en un lugar semejante era un preocupante síntoma de aceptación a una realidad de crímenes mercenarios que no hacían otra cosa más que alejarla de las alas de la luz y le acercaba cada vez más a los gélidos brazos de la inquietante y eterna entidad de Sithis, oscuridad inmemorial suspendida en la Nada, cuyo mayor orgullo era abocar a la especie mortal a destruirse los unos a los otros.

Tempest entendía esto solo como un trato temporal, un mal necesario para tapar otro mayor. Con el tiempo, se decía, aceptaría cada vez menos contratos hasta que viera la oportunidad y pudiera "jubilarse" de tan cruento negocio.

De lo que ella aún no se había percatado era de la velocidad que llevaba en su ascensión por los escalafones de la Hermandad, anormalmente acelerada dada la acuciante demanda de contratos que exigía a Vicente, quien muchas veces al carecer de misiones de baja dificultad, como correspondía al rango de Tempest, se veía en la obligación, a razón de la insistencia que demostraba la muchacha, de mandarla con contratos que requerían una serie de requisitos muy puntuales.

Y eran precisamente ésos requisitos los que diferenciaban una categoría de otra dentro del Gremio de Asesinos: si un sicario era capaz de llevar a cabo estas misiones con éxito siguiendo todos los pasos indicados, demostraba estar capacitado para contratos de este nivel y, por consiguiente, cobrar mayor sueldo y ascender de rango.

Y Tempest era una experta, ante todo, en el arte de la discreción: ni una sola vez había usado un cuchillo o una espada para acabar con su víctima; la chica se valía de venenos, trampas, accidentes orquestados y otras sutiles artimañas con las que jamás la sangre llegaba a salpicarle siquiera o le obligaba a tener el más leve contacto físico con la presa. Prefería mantener las distancias y que las muertes fueran rápidas.

Vicente Valtieri, prudente, todavía no había informado a Tempest de que su actual rango era ya superior al de más de la mitad de sus Hermanos y Hermanas de Santuario, más veteranos en el negocio que ella. No lo consideraba aún oportuno y a la chica este detalle no parecía importarle en lo más mínimo ya que jamás le había formulado ni una sola pregunta al respecto.

El que sí parecía, por el contrario, bastante interesado en esta singular velocidad de ascenso y en la capacidad de la joven de adaptarse a las circunstancias de cada contrato era Lucien Lachance.

Antes de la extraordinaria "excursión" que él y la joven habían tenido a través del Oblivion y de la secta que pretendía entregar Tamriel a las manos de un Señor Daédrico, Lachance ya había manifestado con anterioridad un marcado interés en los progresos de Tempest, resultándole insólito a la par que muy interesante el hecho de que, sin saberlo, la chica estuviera escalando posiciones en tan poco tiempo, apenas unos meses, demostrando su capacidad de inventiva y de pasar desapercibida.

Lo único que parecía disgustarle era la evidente alergia que la chica le tenía al contacto directo, haciendo que los contratos resultasen fríos, de lo más impersonales.

Sin embargo, a la vista de los últimos acontecimientos, tras haber informado a Vicente de los detalles pertinentes, el Portavoz le había pedido que, a su vez, el vampiro le informase a él de los movimientos de Tempest y de los contratos que pensaba darle.

Y aquella noche, cuando el sobrenatural bretón se levantó de su letargo diurno, fue él mismo al piso superior y anduvo buscando por las salas a la joven imperial hasta que dio con ella en la sala de entrenamiento, jugando a las cartas con la rubia Antonietta Marie y con el argoniano Teinaava en el suelo, sentados con las piernas cruzadas sobre cojines.

- Interesante manera de entrenar el juego de muñeca lanzando cartas, queridos Hermanos. – fue la frase con la que les saludó, divertido mientras contemplaba la reacción de vergüenza instintiva que el trío manifestó al ser cazados in fraganti no cumpliendo con la obligación de entrenar a Tempest en materia de bloqueo y esgrima.

Teinaava se disculpó inmediatamente y Tempest manejó una sonrisa culpable para hacerse perdonar.

Sin embargo Antonietta... Antonietta era otro caso aparte.

No mostró vergüenza alguna por aquella leve travesura, pero sí la habitual mirada vigilante que mantenía cada vez que tenía al vampiro en sus proximidades.

Vicente y Antonietta. En todos los años que la bretona llevaba en el Santuario de Cheydinhal desde que Lachance la sacara de las cloacas de la Ciudad Imperial al borde de la muerte por frío e inanición, la relación entre ella y el vampiro había sido siempre un tanto... tensa.

Vicente siempre se había procurado comportar educadamente, siendo amable en todo momento y hasta inclusive más... atento de lo habitual con la desconfiada Antonietta Marie.

Pero ella casi siempre se mostraba alerta, a la defensiva... fría inclusive en ocasiones. No confiaba en el no-muerto ni en sus intenciones, por lo tanto limitaba su interacción con él a los contratos que este le asignaba y poco más.

Vicente era hombre paciente... pero, tras casi seis años de encontrarse siempre con la misma pared de ladrillos, notaba cómo su tan elaborada máscara de temple y serenidad comenzaba a resquebrajarse, lenta pero segura.

- Tempest. – llamó el vampiro inmediatamente sin quitar sus ojos albinos de encima a la rubia Antonietta Marie – Acompáñame un momento, por favor, he de hablarte de un asunto en lo referente a tu próximo contrato... si es que deseas llevar a cabo uno con la mayor presteza posible. – explicó brevemente apartando sus fieras pupilas de la bretona para centrarlas en la pequeña imperial de pelo verde - Tiene fecha límite y corre un poco de prisa.

Tempest asintió sin decir ni mu, notando la extraña tensión que se mascaba en el ambiente, y se marchó en compañía del inmortal una vez se hubo despedido rápidamente de sus dos compañeros.

Caminó al lado de Vicente a paso tranquilo hasta que este decidió abrir diálogo.

- No estaba muy seguro de si adjudicarte este trabajo o no, de tal modo que lo consulté con Ocheeva y, viendo tus aptitudes para el sigilo y la ocultación, entre los dos decidimos darte esta oportunidad. – explicó rápidamente.

- ¿De qué se trata, Vicente? - inquirió la muchacha.

El no-muerto tomó aire.

- ¿Alguna vez has escapado de una prisión? - preguntó de golpe - ¿Qué te parecería irrumpir en una? La Prisión Imperial, para ser exactos. – entonces observó el rostro de la joven cambiar del interrogante al susto en cuestión de milésimas - Necesitamos tener a un prisionero... calladito. ¿Crees que podrás hacerlo?

Tempest se quedó un momento en blanco. Completamente.

- ¿La... la Prisión Imperial dices...?

Vicente asintió.

- Tu siguiente contrato, en caso de que necesites... más oro, será infiltrarte en la Prisión Imperial y matar a Valen Dreth, un elfo oscuro. – observó agudamente mientras la chica daba un suave respingo ante esta apreciación. Todavía no lograba hacerse a la idea de que el jefe y Vicente supieran lo suyo con los Cuchillas - Debería ser bastante fácil eliminarlo una vez que consigas entrar. El reto consiste principalmente en que te cueles sin que los guardias te vean y no debas de matar a ninguno de ellos. ¿Qué tal suena?

Tempest tragó saliva.

- Suena a suicidio, francamente. – replicó con voz débil.

- Puedo transferir el trabajo a otro si lo deseas...

La chica negó fuertemente con la cabeza.

- Si ya me meto de cabeza en el Oblivion cada vez que veo abierto un Portón, ¿qué más dará una cárcel llena de Guardias Imperiales? - musitó, más para sí que para el vampiro, dudando en todo momento de lo que ella misma decía, aterrada ante la idea de que advirtieran su presencia, la pillasen y, al pertenecer a la Hermandad Oscura, la encarcelasen y torturasen hasta sacarle la ubicación del Santuario.

Vicente la miró un momento fijamente, dudando seriamente de si dar aquel paso con la chica o no. Lo había consultado primero con Ocheeva, luego con Lucien, y ambos estaban de acuerdo en darle el contrato a la muchacha. Ocheeva pensaba que un reto serio no le vendría mal a su formación y Lucien opinaba que así se espabilaría un poco.

Tempest alzó un momento la vista, repentinamente envalentonada.

- Demonios, hagámoslo, estoy sin un septim...

El no-muerto le dio una mirada fija, dubitativa.

- Bien. – asintió finalmente - Valen Dreth, tu objetivo, lleva muchos años en prisión y en breve le soltarán. Quien nos ha contratado desea que su ejecución se lleve a cabo antes de su puesta en libertad, de tal modo que no disfrute ni un solo día como hombre libre bajo la luz del sol. - explicó con tranquilidad - Tiene la lengua afilada, pero su cuerpo es flácido y delicado. Te aseguro que será un asesinato sencillo y placentero si logras atravesar el sistema de alcantarillado de la Ciudad Imperial. Es un camino perfecto para entrar y, aunque le pusieron candado desde el asesinato de Uriel Septim, yo te daré la llave que lo abre.

- ¿El objetivo estará en su celda? - preguntó Tempest, curiosa.

Vicente asintió una vez.

- Hasta el próximo Tirdas, sí. – confirmó – Pero he querido informarte con una semana de antelación con objeto de que aprendas a usar esto. – añadió misteriosamente una vez se pararon en frente de una de las mesitas auxiliares del amplio vestíbulo.

Tempest echó una ojeada, confusa, al artefacto que el vampiro le estaba señalando y quedó brevemente desconcertada.

- Vicente, ¿no es eso una...?

El no-muerto tomó el arma entre sus manos y apuntó de frente con una sola mano, indicándole a Tempest la posición adecuada para asirla.

- Una ballesta, sí. – asintió brevemente al tiempo que le hacía entrega de la susodicha a la chica – Y de una mano. Sin embargo, dada tu complexión y el poderoso retroceso que el arma posee, te vendrá bien éste tamaño. Dudo mucho que pudieras manejar una a dos manos. Acabarías con moratones en la caja torácica, cuando no algún que otro ojo hinchado si tienes muy mala suerte.

La muchacha tomó el arma con aire confundido, no muy segura siquiera de cómo colocar los virotes puntiagudos en el canal, ajustar la cuerda del arco en la nuez y asir la cureña.

Además de que ésa clase de armas solo se las había visto a los jinetes montaraces de la Legión Imperial. Parecían artilugios muy duros para una chica como ella.

- ¿Cómo se te ha ocurrido la idea, Vicente? - inquirió.

- No es cosa mía. – aclaró el vampiro entregándole un sobre sellado sin remitente ni destinatario – Aquí hallarás todo cuanto debes saber. En caso de duda, busca a Teinaava o a Ocheeva. Ellos sabrán enseñarte a manejarla.

La chica le dio una mirada de no entender. ¿Y por qué no la ayudaba él...?, tenía bastante más tiempo libre que los hermanos.

- Estas armas han perseguido a las criaturas pertenecientes al Plano de la noche como yo durante siglos. – explicó Valtieri percibiendo la confusión de la joven – Y no pretendo ser grosero, querida Hermana, pero su sola visión me produce... escalofríos.

- Entiendo. – asintió Tempest comprensivamente mientras bajaba el arma para no mostrársela al vampiro más de lo necesario – Gracias, Vicente. En cuanto lea la carta esta me pondré a ello.

El no-muerto asintió de nuevo una vez y se alejó a paso tranquilo, mucho más rápido que el paso tranquilo humano normal, en dirección a la escalera que daba acceso a la entrada del pozo para salir al fresco aire nocturno. Se le habían agotado las reservas de sangre y debía salir a beber hasta que M'raaj-Dar, el furibundo khajiita que desde el primer día había demostrado su mucha antipatía hacia la pequeña Tempest, a quien consideraba una intrusa innecesaria en aquel Santuario, proveyera nuevamente al vampiro de suministros de sangre equipada con una mezcla insípida de anticoagulante para conservarla fresca por más tiempo.

Sentándose en una de las sillas próximas a la estantería del recibidor, Tempest abrió el sobre rompiendo el sello de cera roja y desdobló una pulcra y perfectamente alineada carta de elegante escritura, quizás de caligrafía un tanto demasiado florida para su gusto.

"Estimada asesina,

Si estás leyendo esto asumiré que has aceptado el contrato de infiltración en la Prisión Imperial que Vicente ha decidido, no sin ciertas reservas, adjudicarte."

El jefe, tan diplomático y encantador como siempre. Solo le faltaba escribir la onomatopeya de un rebuzno.

"Como bien sabrás, pasar desapercibida frente a las narices de la Legión dependerá de tu habilidad de sigilo así como de la capa encantada que posees combinada con un par de pociones de invisibilidad de larga duración que M'raaj-Dar podrá proveerte sin problemas. Y no te conviene ser tacaña en este sentido: si te pilla la Guardia Imperial, no podremos actuar inmediatamente para sacarte de ahí y, en caso de que rompieras uno de los Cinco Principios revelando la ubicación del Santuario de Cheydinhal para salvar el pellejo y la dignidad, no te garantizo que la Organización te perdonara una traición semejante.

De tal modo que te recomiendo evitar ser capturada a toda costa, aunque eso suponga gastar una buena parte de tu oro en pociones. Si no tienes dinero en este momento, pídele a M'raaj-Dar que te fíe hasta tu vuelta."

Tempest torció el gesto a leer esto. Porque no le apetecía nada de nada comerciar con aquella bola de pelos gruñona que, cada vez que la veía, siempre tenía en la lengua algún mote desagradable estilo "Spriggan apestoso", "Gnomo pelmazo", "Pelo mohoso", "Enanito del bosque" y otras lindezas que producían en Tempest el cada vez más acuciante deseo de pillarle los testículos con unos alicates mientras estuviera durmiendo y retorcérselos a mala hostia.

"La ballesta que Vicente seguramente te habrá dado tiene un alcance de diez a quince metros. A mayor distancia el tiro podría resultar mucho menos poderoso cuando no en ocasiones ineficaz, de tal modo que mide bien las distancias y procura apuntar para no fallar ya que su recarga es demasiado lenta para ocasiones que requieran de acciones rápidas."

Perfecto, un arma de un solo tiro. Inteligencia al poder.

"El motivo principal que me ha llevado a enviarte tan singular arma ha sido tu completa ineptitud para dominar un simple arco. Espero que un mecanismo automático te facilite las cosas ya que, en caso contrario, me decepcionarías grandemente y no volvería a dejar que Vicente te entregase contratos para los que, evidentemente, no estás capacitada. Y esto te llevaría a la misma clase de recompensas mediocres de siempre cuando, mejorando, puedes ganar mucho más dinero."

¡Uh-ah!, ¡mensaje subliminal al canto!

"Por otra parte y sin que sirva de precedente, has de saber que estaré ausente una buena temporada del Santuario. Los motivos no te conciernen y tanto Ocheeva como Vicente ya están pertinentemente informados de ello."

Mírale qué majo... así se perdiera en un bosque lleno de ortigas y no volviera nunca más...

"Sin embargo, pese a este contratiempo, tú y yo permaneceremos en contacto."

- ¡¿Lo qué?! - exclamó la muchacha con los ojos como platos en mitad de la lectura.

¿Cómo que "en contacto"?, ¿para qué narices querría el jefe mantener el contacto con ella? Ella no quería tener que volver a aguantarle en una larga temporada, ¡bastantes habían sido aquellos días de mierda sin apenas dormir correteando por la Ciudad Imperial para luego ir a helarse el culo en el bosque!

"No tengo intención de quedarme al margen de la presente invasión desde el Oblivion y del impacto que supone en la sociedad y que, por tanto, afecta de igual manera a la Organización. De modo que, a tal efecto y considerando las circunstancias, he decidido que, a partir de ahora, respaldaré tus expediciones al Otro Plano."

Tempest se quedó a cuadros. Oh bendito Akatosh... ¿estaba sugiriendo lo que ella creía que estaba sugiriendo?

"A partir de ahora, ante la posibilidad de nuevos avistamientos de Portones, deberás proceder de la siguiente manera: avisar a Vicente o redactarle una nota formal acerca de la ubicación del susodicho portal y no incursionar en él hasta que no recibas noticias mías.

Del mismo modo que yo, a mi vez, te transferiré un aviso si soy yo quien avista un Portón, con hora y lugar de encuentro para proceder a su clausura."

El salto, no supo si de alivio o de susto, que pegó la chica desde la silla en la que estaba sentada provocó que ésta cayera hacia atrás y Tempest fuera a dar con la nuca en el suelo.

Sin embargo, pese al chichón que se hizo y al evidente dolor que ello conllevó, siguió leyendo ansiosamente.

"Con todo lo demás, me despido por ahora con la esperanza de que no des un traspiés ni cometas uno de tus tan socorridos errores garrafales en lo que a tu actual misión respecta. Honestamente, no me apetecería tener que informar a los Cuchillas de tu repentina muerte ni tener que meterme en la piel de los defensores del Imperio, dada su escandalosa incompetencia en lo que a materia de investigación, infiltración y combate respecta.

Aprende deprisa, no te queda mucho tiempo.

L. L."

Las fosas nasales de la pequeña naricilla de Tempest se hallaban en aquel instante exageradamente dilatadas, como si acabara de oler algo repugnante.

Lo pides más cretino y no los fabrican...

Y el tío lo firmaba con unas letras más llamativas y sesgadas... retorcido y complicado hasta en el escribir.

La chica quedó un momento tirada boca arriba en el frío suelo del Santuario cavilando, dándole quizás demasiadas vueltas a lo que acababa de leer, aún no creyéndose su buena suerte.

Se acabó el entrar sola. Se acabó el temblar como un flan. ¡Tendría acompañante!, ¡un compañero! Y de lo mejor entrenado que había pisando Cyrodiil.

Ya podía ser un tipo insufrible y desagradable. Era un seguro de vida a todo riesgo, un perro de presa sin miedo a morir. Un maestro del que aprender, un cuchillo tras el que escudarse.

Maldita sea, si no fuera porque era un repelente y un plasta, hasta tendría ganas de darle un abrazo si estuviera presente.

- Hermana, ¿qué te ha pasado? ¿Te has hecho daño?

Tempest alzó la vista de su ya muy arrugada carta y miró un segundo con cara de no entender el reptiliano rostro de Teinaava inclinarse sobre ella. Segundos más tarde se percató de que aún seguía en el suelo, con silla incluida.

Dándole una sonrisa culpable, Tempest se dejó izar por su Hermano Oscuro, silla incluida una vez más, y, una vez se puso en pie, ballesta en mano y llegándole en estatura al argoniano casi a la altura del gaznate pues Teinaava era alto para los estándares antropomorfos, le mostró el arma.

El sicario la observó confundido.

- ¿Es tuya? - inquirió con curiosidad.

- Eso parece. – confirmó la muchacha.

- ¿Sabes usarla?

Tempest negó suavemente con la cabeza.

- Esperaba poder aprender de ti. – admitió – Vicente me dijo que tanto tú como Ocheeva entendéis cómo funciona este cacharro.

El argoniano le dio una de sus extrañas sonrisas en pico de reptil.

- Aprendimos del mejor. – dijo orgullosamente al tiempo que ambos ponían rumbo inmediato pero tranquilo a la sala de entrenamiento.

La chica le dio una mirada cargada de curiosidad.

- ¿Del mejor?

- Claro, Lucien siempre fue muy meticuloso y exigente con Ocheeva y conmigo. Lo sigue siendo, de hecho. Le conocemos desde que éramos apenas dos renacuajos, él nos entrenó en el estilo del Escama Ensombrecida. Es como un padre para nosotros.


No roces las paredes con la ballesta que llevas a la espalda... no tiembles, que las hebillas de la armadura tintinean... no te agaches demasiado, que te crujen las rodillas... No mires a los ojos de los guardias... No sudes, no respires...

En realidad decirse toda aquella sarta de instrucciones inútiles no iba a servir de mucho en esta situación, pero desviaba su atención de los nervios que experimentaba en aquellos instantes.

M'raaj-Dar, la insufrible bola de pelos aquella, le había fiado una poción... solo una... ¡y costaba la friolera de ciento veinte monedas la puta botellita!

Espero que coja el dinero que le dé después de esto y se lo meta, moneda a moneda, por el mismísimo c...

Se negaba aún a tomarse aquel caro mejunje, de momento había atravesado buena parte de las alcantarillas y los subterráneos con su capa encantada y amparándose hábilmente en las sombras, tal y como había visto a Lachance moverse por el Oblivion, y su presencia había sido en todo momento inadvertida.

La poción la usaría para un caso de emergencia. Su elevado precio instaba a la muchacha a darle un uso mucho más cuidadoso.

- Estoy deseando que llegue el relevo... los pies me están matando.

- Calla, desde que mandaron a Audens Avidius a pudrirse en la prisión militar, el nuevo capitán tiene a media tropa enfilada. Se queja de la falta de disciplina en el sector Norte de la ciudad, dice que los soldados se pasan el reglamento por donde mejor les conviene. Cuando pedí que me cambiaran de puesto y me dieron este, un pelo faltó para ponerme a saltar de la emoción. Casi prefiero vigilar esto que ser pisoteado bajo sus órdenes.

- Ése lo que necesita es sacarse ése gran palo que tiene atravesándole el recto, tal vez así respiraría como una persona normal y no tendría tortícolis de ir siempre tan tieso.

Tempest dejó un instante de respirar y se agazapó en una negra esquina de piedra de aquel ruinoso complejo subterráneo para ubicar tanto las posiciones de los centinelas como la procedencia de las voces.

- En serio, ¿Truiand?, ¿Carmalo Truiand? ¿A qué buen imperial le ponen semejante nombre?

- ¿Con ése apellido? Medio bretón. Finolis, amanerado e hijoputa. Buenos varones imperiales han de plegarse a las órdenes de un bastardo mestizo, a dónde iremos a parar...

La joven Tempest, aún agazapada en su temporal escondite y callada como una muerta, torció el gesto al oír aquello.

A veces es que le parecía mentira que vivieran en la Capital del Imperio, en la cosmopolita cuna del saber, de los más ricos y prósperos comerciantes, a donde venían ciudadanos de todas partes a vivir escapando de las duras condiciones impuestas en sus respectivas provincias, como sucedía con Elsweyr, hogar de los khajiitas, donde les capturaban prisioneros para venderlos como esclavos; o Morrowind, con sus rígidas costumbres ancestrales y sus Cuatro Grandes Casas, aún con reminiscencias del antiguo gobierno del Tribunal al que habían estado sometidos desde tiempos de la Guerra del Primer Concilio, allá por la séptima u octava centuria de la Primera Era, milenios antes del reinado de Tiber Septim sobre Tamriel, y del que habían sido liberados apenas cinco años atrás por obra y gracia del misterioso Nerevarine, del que Rarvela le había hablado tanto y de cuyo trasfondo histórico se sabía menos que del de una patata frita.

Sabiendo todo esto y teniendo en cuenta que Cyrodiil era, supuestamente, la "Tierra Prometida" de los oprimidos e injustamente perseguidos... resultaba chocante, cuanto menos insultante que todavía hubiera individuos, y máxime soldados de la Legión Imperial, que despreciasen de aquel modo a uno de los suyos solo porque su nombre y sus orígenes no calzasen completamente con sus estándares.

Lo cual le trajo a la mente inmediatamente al jefe.

El tío, se mirase por donde se mirase, con aquel nombre y aquel apellido (en caso de que fueran auténticos) debía de haber tenido a algún bretón en su línea de sangre.

Le llegan a decir eso al tío y acaban con la lengua en el culo y las pelotas en la boca.

Trató de no reírse de aquella ocurrencia y aguardó paciente a que aquel par de vagos acabaran de poner verde a su capitán y marchasen cada uno por su lado siguiendo el recorrido de la ronda de guardia que les correspondía.

- Dioses, hace un frío de los mil demonios...

- Estamos en los subterráneos de la prisión, ¿qué esperabas? Este lugar está muerto... ¿qué vigilamos en realidad? ¿A Dreth? Desde que el otro se largó y al tal Arcadia ése le ajusticiaron, es el único que queda pudriéndose ahí arriba.

Tempest se sobresaltó levemente al oír aquello.

"El otro"... ¿se estarán refiriendo a...?

- Sí, supongo que el capitán Montrose no tiene la culpa. Al fin y al cabo, este es un gran paso en su carrera. Tiene que impresionar a los de ahí arriba.

Pese a ser consciente de que de su concentración y sus sentidos dependía el éxito de su misión, Tempest no pudo evitar formularse preguntas, una detrás de otra, a las que sabría que no tendría respuestas de ninguna clase.

Tratando de calcular los patrones conductuales de los soldados mientras seguía oculta, a la chica le llevó casi dos horas de reloj atravesar aquel lugar con aspecto de cripta donde, valga la redundancia, el Emperador Uriel Septim había sido asesinado casi dos años atrás, hasta lograr deslizarse por un extraño hueco horadado en la tierra tras las antiquísimas piedras del llamado "Lugar Sagrado" e ir por un túnel cuesta arriba hasta lo que entendió que era el acceso a una de las celdas de la Prisión Imperial.

En aquel momento no pudo evitar acordarse de Eidon.

¿Este es el lugar? ¿Aquí te tuvieron encerrado? De una celda fuiste a parar a una cripta bajo tierra y, después, acabaste en las cloacas... Normal que huyeras. Yo lo hubiera hecho.

O así supuso que su antigua yo hubiera actuado de haberse dado semejantes condiciones. Ahora, contra todo pronóstico, estaba realizando la misma operación en sentido inverso para meterle un flechazo a un delincuente dunmer bocazas.

Su modo de vida había dado tantas vueltas últimamente...

- Tengo que confesar que voy a echarte de menos, Dreth. Las palizas bien entrada la noche, tus grititos lastimeros pidiendo clemencia...

Tempest contuvo el aliento, transpirando sin control, notando como un sudor frío le bajaba en lenta procesión por la nuca tras el pelo y la capucha.

- ¡Rata inmunda! ¡Te he dicho que voy a salir de aquí! Mi tiempo casi ha finalizado y no hay nada que puedas hacer al respecto.

La voz, aquella voz cargada de acento... tan sibilina... tan sumamente resentida y desagradable...

"Yo estaba en la Prisión Imperial… no sé por qué motivo, la verdad, ya casi ni recuerdo mis días allí… había otro preso dunmer, un auténtico cretino sin cerebro que se dedicaba a descargar su frustración diciendo imbecilidades desagradables…"

Nervios, nervios...

- Sí, bueno, ¿cuántos han sido? ¿Siete?, ¿ocho años? Hemos recorrido mucho tú y yo juntos. Siempre supe que un día acabaría.

Tempest se quedó a cuadros en cuanto oyó aquello.

No seas malpensada, no seas malpensada...

Akatosh bendito, ahora sí que no querría acabar en la cárcel por nada del mundo mundial, definitivamente.

Tal vez solo fuera su subconsciente, pero su manera de interpretar aquella discusión distaba mucho de ser llevada en una sola dirección.

- ¡Once! ¡Once años en este agujero infecto! - replicó la voz ácida del elfo, cargada de desprecio y de un amargo resentimiento que hería con solo oírla - Pero voy a salir y tú seguirás aquí dentro. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

- ¿Ah, sí? ¿Y adónde vas a ir?, ¿eh?, ¿qué vas a hacer? No sobrevivirás ahí fuera, Dreth, eres una bestia. - fue la aguda burla que se dignó a escupirle a la cara el vigilante con el que estaba discutiendo - Formas parte de esta jaula.

- Me acordaré de eso cuando esté tumbado en las playas de las islas de Estivalia con tu mujer, cerdo imperial.

- Bien, y serás rico también. ¡Ah!, ¡y te nombrarán rey! - se burló el imperial nuevamente - ¿Sabes lo que creo, Dreth?, creo que vas a regresar, siempre regresáis...

A Tempest le estaba comenzando a nacer un profundo dolor de cabeza al oír todo aquello. Era tan desagradable... tanto por una parte como por la otra.

Por un lado no podía sentir simpatía por el preso, ya que era un criminal que se había ganado una tarjeta negra por parte de quienquiera que hubiese contratado a la Hermandad Oscura para dejarle seco y, además, se notaba que era un mal bicho con la lengua muy sucia.

Sin embargo, por otro lado, al oír todo aquello, se percató de que la Guardia Imperial, a quienes siempre había considerado simples maderos capullos, eran de todo menos almitas de la caridad.

En valiente agujero me he ido a meter...

Inspiró hondo y, una vez la disputa verbal concluyó y se hubo cerciorado de que el guardia se marchaba de su radio de acción, Tempest se descolgó la ballesta de la espalda, tensó la cuerda y colocó el virote afilado tal y como Teinaava le había enseñado y, untando la punta con veneno de rápida actuación, se aproximó lentamente a la puerta enrejada de su celda, trasteó con la cerradura, captando así la atención del preso dunmer, y dirigió sus pasos sigilosos hasta quedar frente a él.

Era un tipo que estaría, para los cánones élficos, en su mediana edad, de cabello blanco como la nieve, ojos tan sesgados que parecían cortados a cuchillo; huesos frontales, nasales y maxilar superior muy pronunciados... y un porte físico, tal y como Vicente le había dicho, frágil y quebradizo. Con aquella constitución, el veneno se cebaría con él.

El elfo pareció momentáneamente desconcertado hasta que, retirando la capucha de su capa encantada, Tempest quedó con él cara a cara.

- ¡Uuuh...! - dijo el dunmer con un ácido tono de burla al tiempo que chasqueaba la lengua - ¡Magia potagia de la barata, ¿eh?! - entonces se echó a reír groseramente - Fantástico, aquí tenemos a una zorrita bretona choriza que ha ido a dar con, seguramente, el único camino a través de las alcantarillas que no lleva al sótano de una casa o un almacén. ¿Qué sucede, encanto, se te fundieron los plomos?

Tempest se quedó un minuto entero mirándole en silencio.

Quería preguntarte algo antes de meterte el tiro de gracia... pero creo que paso... no mereces la pena. No mereces siquiera el veneno de mi virote, que tanto me ha costado elaborar.

- ¿Qué pasa aquí, eh? - escupió el mer, sumamente contrariado por su silencio - ¿Te ha comido la lengua el gato, basura bretona? Solo eres una ramera creída que sabe hacer cuatro trucos de salón baratos.

Tempest alzó entonces la ballesta, se puso en posición de tiro y estrechó los ojos azules, que relampagueaban en aquel instante con absoluto desprecio.

Al dunmer por poco se le salieron los ojos rojos de las cuencas al percatarse de que estaba jugando con fuego. Dio un paso atrás.

- ¡¿Qué coño crees que haces?! - exclamó entre indignado y... súbitamente acobardado.

- Mi amigo Eidon y la Madre Noche te envían saludos, Dreth. - siseó la chica antes de dispararle y hacer blanco en el muslo. Daba igual de todos modos, el veneno le provocaría en pocos minutos convulsiones que le harían morderse la lengua y vomitar sangre con espuma. Sería rápido, pero doloroso; no había podido adquirir azúcar lunar con el que refinarlo para que le eliminase el dolor a la víctima. Ahora se alegraba de ello.

Valen Dreth, por vez primera en su vida, supo que el final estaba inevitablemente cerca en cuanto comenzó a perder el control de su cuerpo e inmediatamente comenzó a chillar hasta desgañitarse para que viniera la Guardia y dieran buena cuenta de aquella asesina a sueldo que, obviamente, le había envenenado.

Tempest se cubrió nuevamente el rostro con la capucha, se colgó la ballesta a la espalda e ingirió rápidamente la poción de invisibilidad en cuanto oyó ruidos de botas metálicas aproximarse a toda velocidad.

En el momento en que el carcelero vio aquel panorama llamó inmediatamente a varios camaradas suyos y, extrayéndole el virote de un tirón al elfo oscuro, trataron de sacarle el veneno. Pero nada había que hacer en realidad, Tempest estaba segura de haberle dado en la arteria femoral; a estas alturas ya tendría medio lado del cuerpo envenenado.

Tempest, con la confusión, se escabulló invisible al ojo humano escaleras arriba y salió del edificio de la Prisión Imperial por la puerta de las oficinas para internarse en la oscuridad de la noche del Distrito de la Prisión. Esperó y, una vez lo consideró propicio, dispuso sus pasos hacia el Mercado.

Por el camino se quitó su capa encantada, se soltó el pelo y paseó tranquilamente con la Armadura Etérea disimulada por su vieja y querida túnica gris, regalo de Piner. Algún día tendría que ir a verle para saber cómo le iban las cosas.

Se giró un momento para observar a lo lejos el torreón de la prisión y, antes de acceder al interior de los muros de la ciudad, separada de la cárcel por una muy vigilada calzada de piedra exterior, un solo pensamiento le vino a ocupar la mente.

Y, para que lo sepas, soy imperial, gilipollas.


- Una infiltración muy bien llevada, Tempest. Lo único... ése "escándalo" en torno al veneno que usaste con Dreth... No soy contrario a las muertes cuya agonía sea extendida por horas, pero viniendo de ti he de decir que estoy... sorprendido.

La muchacha se mordió el labio inferior con ansiedad. Ella había seguido la receta al pie de la letra durante la elaboración del veneno, practicar le había venido bien pero... ¿cómo imaginar que la ausencia del azúcar lunar iba a tener un efecto tan lento como devastador en el organismo? Ella elaboraba venenos potentes y de rápida actuación, no era su intención que las víctimas sufrieran innecesariamente...

Pero aquello... aquello había sido un error garrafal. La muerte de Valen Dreth, según relataba con todo lujo de detalles una de la sensacionalistas ediciones de "El Mensajero del Caballo Negro", había sido lenta, dramática, muy escandalosa, muy desgarradora.

Con toda la gracia, había transformado a un vulgar criminal en un mártir a ojos de la sociedad cyrodiílica.

"EDICIÓN ESPECIAL: ¡La Hermandad Oscura ataca de nuevo!

¡El Comandante Adamus Phillida ofrece recompensa a cualquier ciudadano que aporte información útil con respecto a posibles asesinos a sueldo escondidos en nuestras ciudades o el paradero de sus sedes!

El escurridizo Gremio de Asesinos regresa para informar a los ciudadanos de Cyrodiil que, ni siquiera en la cárcel y bajo la atenta vigilancia de la Legión Imperial, un hombre marcado puede escapar a su destino.

La víctima, Valen Dreth, un dunmer recluso reformado que iba a ser en breve puesto en libertad debido a su buen comportamiento, encontró su terrible final a manos de un infame asesino de la Hermandad Oscura que, no contento con dispararle un virote de ballesta, envenenó la punta del proyectil de tal manera que Dreth estuvo agonizando durante varias horas hasta que su organismo se colapsó.

Las declaraciones, tanto del carcelero como del guardia que vigilaba la entrada a la Prisión, son que en ningún momento abandonaron sus respectivos puestos y que, hasta que no oyeron los gritos de Dreth, no notaron nada raro.

Este singular caso nos hace reflexionar profundamente acerca de la naturaleza del Gremio de Asesinos y de sus oscuros pactos con Padomay (comúnmente conocido entre ellos bajo el nombre de Sithis), otorgándoles sin duda poderes como la invisibilidad, usados comúnmente por los eruditos de la Universidad Arcana.

El Comandante Phillida ha solicitado formalmente una redada respetuosa dentro de los muros de la Universidad con objeto de encontrar posibles asesinos infiltrados como estudiantes y el Consejo de Ancianos está estudiándola.

Por la memoria de Valen Dreth, un hombre que luchó contra los errores del pasado, pagó por ellos y murió de un modo horrible antes de poder iniciar una nueva vida, alzamos una oración por que su espíritu haya encontrado la paz y, asimismo, rogamos a Los Nueve por que Phillida logre su noble propósito de defendernos de tan peligrosa Organización."

Era leerlo y entrarle la mala leche a Tempest.

"El Mensajero del Caballo Negro"... la publicación llena de mentirosos, yonkis, sensacionalistas y lameculos por excelencia...

Era indignante.

- Mierda, siento todo este lío, Vicente. – se disculpó llevándose los dedos al puente de la nariz en un gesto de sumo cansancio – No encontré un ingrediente esencial en la elaboración del veneno que debía minimizar tanto el dolor como la consciencia del individuo y la lié un poco... Lo siento mucho.

Sin embargo el vampiro, lejos de estar contrariado, se echó a reír.

La joven imperial le miró totalmente hecha un lío.

- ¿Vicente?

- Nada has de sentir, querida Hermana, pues con el escándalo que has montado y la publicación de la noticia en primera plana no solo nos has traído mayor prestigio, sino mucha publicidad para todo aquel que desease llamarnos y que aún albergase ciertas dudas de nuestra eficacia. – explicó el no-muerto con suma satisfacción brillándole en los ojos albinos – No solo has llevado tus Órdenes con efectividad y discreción, sino que, además, has traído el terror que la Hermandad necesita para ser respetada por el pueblo. Estoy muy orgulloso de ti.

Tempest se encogió sobre sí misma y nada respondió. Para ella lo que había sucedido, lejos de ser una victoria, era un error terrible. Podría haber beneficiado a la Organización en sumo grado... pero eso no levantaría aquel peso de su corazón.

Sin embargo, a la hora de cobrar...

- Qui... ¿quinientas monedas?, ¿para mí? - balbuceó la chica en cuanto el pesado saco lleno de oro pasó de las manos de Vicente a las suyas – Pero esto es... una burrada...

- Tu rango no merece menos, Tempest. – le dijo el vampiro con una extraña sonrisa afilada – Y creo que te lo has ganado, a fin de cuentas.

- ¿Mi rango?

- Naturalmente, querida Hermana, dentro de los ocho niveles que hay en nuestra Organización, del Oyente para abajo, tú estás en el cuarto puesto. En breve, si continúas así, ascenderás al nivel cinco y, junto con Ocheeva y yo mismo, tendrás la categoría más alta dentro de este Santuario pese a que seguirás recibiendo contratos de nosotros que, por antigüedad, somos los encargados. Felicidades.

La joven imperial quedó anonadada ante esta inusitada novedad. Nunca se había parado a pensar que...

- ¿Tendré más rango que el resto de los demás?, ¿incluso que Teinaava? - preguntó asombrada.

- Así es. De hecho, ahora Teinaava y tú sois del mismo rango.

- ¿Quién decide esto de los ascensos?

- Nadie. Los contratos que has llevado a cabo avalan tu pericia. A mayor dificultad, mayor rango y, por consiguiente, mayor sueldo. ¿Estás contenta?

Tempest tomó aire y lo soltó lentamente. No tenía la más remota idea de cómo sentirse.

- Tras un par de copas de vino te lo diré. – bromeó para restarle hierro y seriedad al asunto – De todos modos, ya que estamos en racha, ¿tienes más contratos disponibles?

Las finas cejas del vampiro se alzaron divertidas.

- Eres de las ambiciosas, ¿eh?

- No, soy de las que les gusta tener pasta. Quiero comprar un dormitorio y una cocina en condiciones para mi casa. Y no son mejoras precisamente muy baratas que digamos.

Vicente rió levemente mientras meneaba significativamente la cabeza de lado a lado al tiempo que procedía a rebuscar entre los papeles de su escritorio personal.

- Tengo un asunto muy particular... que creo que te convendría bastante. – dijo una vez halló justo lo que buscaba y lo releía.

- ¿Quién y cómo?

- Se trata de un hombre fichado, y no tienes que matarle. Solo ayudarle a fingir su propia muerte.

La chica pegó un brinco desde su posición.

- ¿Perdona?

- Suelen recurrir a nosotros para cobrarse una vida, pero no esta vez. Este contrato nos exige fingir un asesinato. – explicó Vicente escuetamente - ¿Podemos empezar?

Aquello a Tempest le gustó. Nada de matar, solo fingir... qué alivio...

- Te escucho. – asintió muy animada.

- Deberás ir a la ciudad de Chorrol e irrumpir en la casa de Francois Motierre. Dentro, encontrarás a Motierre, que estará esperándote. No deberás matarlo. – dispuso el ser de ultratumba con tono grave y serio - Francois Motierre es un hombre fichado. Debe una considerable cantidad de dinero al tipo de gente menos indicada. Así que han enviado a un ejecutor para liquidarlo. – dicho lo cual, sacó un estilete labrado de fina forja enfundado en una pequeña vaina de piel y se lo entregó a la muchacha - Toma. Usarás este cuchillo envenenado para escenificar la muerte de Motierre en presencia del ejecutor. El propio Motierre te dará más detalles al respecto. No toques la hoja ya que, en caso de cortarte, sufrirás los efectos del veneno que esta porta y, sin que otra persona te dispense el antídoto... – añadió sacando también del bolsillo un pequeño vial lleno de un líquido color turquesa – … acabarás muriendo conforme pasen los días en que tu organismo no funcione, de modo que ten cuidado.

Tempest tomó el cuchillito y el vial con toda la delicadeza del mundo.

- Pero, si es un veneno... ¿no matará a Motierre en el proceso?

Vicente negó con la cabeza.

- El peculiar veneno con el que está recubierta la hoja recibe el nombre de Languorwine o "Vino de la Languidez" si lo prefieres. Y, como su nombre indica, posee la cualidad de que una sola gota de este veneno en la sangre de un humano normal simulará los efectos de la muerte inmediatamente. – expuso - El antídoto deberás utilizarlo para revivir a Francois Motierre después de que logres fingir su muerte. Debes saber que en la hoja solo hay Languorwine suficiente para este contrato. – añadió severamente - Después de que Motierre se corte, el cuchillo no tendrá ninguna otra función especial. Puedes conservarlo si gustas.

- Siempre lo puedo usar de decoración. – dijo la muchacha encogiéndose de hombros – Lo que yo no entiendo es este arreglo, que me parece bien, que conste. Pero yo creía que esto iba de eliminar objetivos, ¿qué ha cambiado? ¿Es por la Crisis? ¿Han bajado las ganas de venganza por falta de medios económicos o qué?

El vampiro enarcó una ceja. No sonreía.

- La Hermandad Oscura no se dedica al negocio de fingir muertes, no importa el oro que ofrezcan. Sithis exige sangre y la sangre debe ser el pago. – sentenció muy serio, dando a entender que aquello no era cosa de risa - Para aceptar el contrato, exigimos una vida. – aclaró - Motierre ofreció a su madre y aceptamos. Lucien ya se ha ocupado de ése... pequeño detalle.

A la chica se le revolvieron los intestinos al oír aquello.

Tengo que ayudar a un cabrón a conservar el pellejo y ahora el jefe se dedica a matar señoras mayores indefensas... todos locos.

Suspiró.

- Ya, bueno. Oído al dato, Vicente, salgo de inmediato. – se despidió la muchacha - Tras tanto sigilo y tantas alcantarillas necesito estirar un poco las piernas.

- Recuerda que este es un contrato poco habitual. Motierre tuvo que llegar a ése acuerdo especial con nosotros antes de que se aprobara. – advirtió el sobrenatural bretón antes de que Tempest saliera por la puerta de su habitación - Confío en tu profesionalidad.


Nota de la autora: ufffffff... hace un calor horrible aquí y el ordenata se me calienta mucho, así que tardo en actualizar, sorry :(

No es que haya mucho que decir de este capítulo, salvo que, con los avances, cada vez nos hallamos más próximos a la eventualidad de la Purificación, ¿eh? ¿Qué hará Tempest? ¿Se los cargará?, ¿les ayudará como buena samaritana...? ¿O tal vez la líe muy parda, como es su estilo? xDDD

SeventhDevil: la verdad, no sé qué haría sin ti y sin tus "podrías escribir ahora (guiño, guiño, codazo)" xDDD Yo ya me estoy cansando del tema de ir paraditos, el avance de la trama principal supuso un respiro, ahora toca aguardar hasta la Purificación (snif, snif).

Gracias a EloisaFernanda por comentarme en el otro fic de Skyrim que estoy escribiendo, ya te contestaré por ahí ^^.

Seguimosss... a ver si ya se acaba este verano insufrible de una vez... lo único malo es que me pondré a estudiar algo y las actualizaciones serán menos seguidas :,(