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Capitulo 19

«Esto ya lo he vivido», se dijo Albert en cuanto abrió los ojos y la vio allí, acostada junto a él, rodeada por sus propios brazos. Llevaba la camisa abierta, y uno de los cordones del cierre estaba enredado entre sus dedos. Podía apreciar la blancura de su piel e incluso el nacimiento de sus pechos, lo que le provocó un desasosiego que le hizo lanzar un suspiro. Su cuerpo respondió de inmediato a la presencia de aquella mujer tan deseable y tan cercana. Ni siquiera se había dado cuenta del momento en que se había metido en su cama. «Menudo guerrero estás hecho», se dijo y reprimió una mueca. Si ella fuese un maldito inglés, en ese momento su cabeza estaría colgando de una pica. Sabía que no era justo consigo mismo y que el hecho de que ella estuviera allí no significaba en absoluto que sus dotes hubiesen mermado.

Estaba cansado y relajado ante la inexistencia de un peligro real. O al menos lo había estado hasta ese instante, porque aquella mujer era una tentación demasiado grande para él. Era hermosa, incluso en ese instante, con el cabello corto y la cara aún marcada por los puños de Neall, pero era más que eso. Era dulce, ingenua y frágil, pero también era temeraria, impredecible, y valiente. No le dolía reconocerlo. Era valiente, tal vez la mujer más valiente que había conocido en toda su vida. Más incluso que algunos hombres. No que los escoceses, por supuesto, pero seguro que más que la mayoría de los ingleses.

Abandonó la cama de mala gana, luchando contra el deseo de meterla entre sus brazos y no dejarla salir de ellos hasta el día del Juicio Final. Acababa de vestirse cuando ella abrió los ojos y los clavó en los suyos. Dios, si seguía mirándole así no le iba a quedar más remedio que volver a desnudarse y reunirse con ella en el lecho.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó él, con la boca tan seca que sonó casi como un graznido.

—No podía dormir —respondió ella y bajó los ojos.

—¿Y no se te ocurrió nada mejor que hacer que meterte en mi cama?

—No.

Su sinceridad le dejó sin argumentos.

—No puedes hacer eso.

—¿El qué? —preguntó con una inocencia que le pareció fingida, pero que le provocó un extraño hormigueo por debajo del ombligo.

—Meterte en mi cama.

—Pero aquí he podido dormir.

—Ya, pues no debes.

—¿Por qué?

—¿Me lo preguntas en serio?

Candy no respondió. Sintió las mejillas teñirse de rosa. Sabía que no estaba bien, claro que lo sabía, no era estúpida. Pero unas horas antes, le había parecido la solución más lógica y acertada. Claro que entonces había pensado que se despertaría antes que él y que volvería a su cama sin que se diera cuenta de que había estado durmiendo a su lado.

—Eres una mujer, Candy —le dijo él, muy serio—. Y yo soy un hombre.

—Sí, gracias por la aclaración —musitó ella con sarcasmo.

—¿Tú sabes lo que sucede entre un hombre y una mujer? Esto... ¿cuando están juntos?

—¿Qué? —En esos momentos, el tono de sus mejillas podría haber alumbrado toda la habitación—. ¡Pues claro que sí! Pero yo no... yo no pretendía...

—Está bien, tranquilízate. —Albert alzó las manos para impedir una perorata que le iba a provocar dolor de cabeza—. No es apropiado, Candy.

La joven se limitó a asentir.

—Aún estás convaleciente y no voy a tenerlo en cuenta, pero no puede repetirse.

Candy volvió a asentir y vio cómo él se pasaba la mano por el pelo, como si no supiera qué más añadir. Se sentía avergonzada. Bueno, en realidad solo un poco. Dormir a su lado, siendo plenamente consciente de ello, había sido lo mejor que le había ocurrido desde que había llegado a las Highlands. Se despertó en un par de ocasiones durante la noche. En una de ellas, Albert estaba pegado a su espalda, y rodeaba su cuerpo con los brazos, un gesto que ahora comprendía había sido totalmente involuntario. En la otra, era ella quien lo abrazaba por detrás, con su pecho pegado a la espalda masculina y maldiciendo las pulgadas de tela que separaban una piel de la otra.

Albert salió de la habitación sin hacer más comentarios y unos minutos después lo escuchó salir de la casa, probablemente en dirección al patio de la fortaleza, donde se dedicaría a la instrucción de sus hombres. Suspiró y se dejó caer sobre la cama. De repente, ni el almohadón ni el colchón de lana le parecieron tan cómodos como cuando los había compartido con él. Con una mueca de fastidio, abandonó su refugio.

Descubrió que se sentía mucho mejor, y eso le permitió lavarse a conciencia, hacer las camas, recoger un poco y vestirse como el joven Rob, volviendo a enrollar su torso con vendas. Aún le dolían las costillas, que comenzaban a adquirir un tono verdoso, así es que no apretó mucho las tiras de tela. Comprobó que podía respirar con normalidad. Si no tenía que luchar contra un ogro ese día, sobreviviría.

Al finalizar, estaba agotada, y le temblaban las piernas. Tal vez no estaba tan recuperada como había supuesto y rogó para que Albert no entrara en ese momento, o se pondría hecho una furia.

Abrió la puerta de la cabaña y comprobó que, aunque hacía frío, lucía un sol tímido y agradable. Se arrebujó en su capa y se sentó en el poyete de piedra que había junto a la entrada, con la espalda apoyada contra el muro de la casita y el rostro vuelto hacia el sol. Cerró los ojos y dejó que aquella luz le bañara el rostro. La sensación era indescriptible.

—¡Hala! ¿Te has caído de un árbol?

Candy se sobresaltó y abrió los ojos. Frente a ella estaba Anthony, que sujetaba a Christen de la mano. Ambos la observaban atónitos.

—¿Qué? ¿De un árbol? No..., pero ¿por qué?

—Tienes la cara de colores —respondió Anthony, que observó su rostro con atención.

Candy, había prácticamente olvidado las marcas de su rostro, que ya apenas le dolían. Como no existía ningún espejo al que tuviera acceso, ni siquiera podía imaginar el aspecto que tendría.

—Y tienes una herida casi igual que la mía —continuó Anyhony—.¡Mira!

El niño se aproximó y se levantó el pelo, para que ella pudiera ver la cicatriz que adornaba la parte superior de su ceja derecha.

—¿Has visto el árbol que hay junto a los establos?

—Sí —respondió ella, sin saber exactamente a cuál se refería.

—Me caí de él el año pasado —dijo, hinchando el pecho, como si aquella fuese una proeza.

—Le salió mucha sangre —intervino Christen, que dio también un paso al frente.

Candy tuvo entonces la oportunidad de observar el cabello de la niña, más corto incluso que el suyo. Lamentó que hubiese perdido su preciosa melena, pero lo cierto es que estaba igual de bonita. Sin tanto pelo alrededor, aún destacaban más sus ojos, de un verde tan profundo como las colinas que se alzaban tras ella.

—¿Te caíste del mismo árbol? —insistió Anthony.

—Eh... no. No me caí de ningún árbol.

Lo cierto era que no había pensado en lo que iba a responder cuando le preguntaran, ni Albert le había dado ninguna instrucción al respecto. Esperó no contradecir lo que fuera que él hubiera dicho.

—Me caí en las escaleras que dan acceso al salón —les dijo, sin mirarlos a los ojos. Temía que fueran capaces de descubrir que mentía.

—¡Pero si no hay ni diez escalones! —replicó Anghony.

—Había nevado —se justificó ella.

—Es verdad, lo había olvidado. —Anthony pareció conformarse con la explicación—. Es que la nieve se derritió tan rápido que ya no me acordaba.

—Hicimos una guerra contra Albert —anunció Christen.

—No puedes subir las escaleras corriendo si hay nieve, Rob —le dijo Anthony, como si repitiera una frase muchas veces oída.

Candy intuyó que su padre se la decía con frecuencia.

—Lo tendré en cuenta en la próxima ocasión —respondió, procurando no sonreír.

—¿Por eso has estado tan enfermo? —Christen era tan curiosa como Anthony, y Candy recordó los comentarios de Albert de la noche anterior.

—¡Claro que no, boba! —respondió él.

—¡Anthony! —le reprendió Candy, sin poder evitarlo—. No llames boba a Christen.

—Pero no fue por eso, ¿a que no?

—No, no fue por eso.

—¿Y entonces por qué fue? —insistió Christen, a quien no parecía haberle afectado en absoluto el comentario despectivo de su amigo.

—Tuvo fiebres... —respondió Anthony—. Como las de mi mamá.

—Bueno, en realidad no fue lo mismo —respondió Candy, con un nudo en la garganta. Esperaba no haber preocupado demasiado al niño con su enfermedad—. Me quedé sin conocimiento durante un rato en la nieve y cogí frío.

—Entonces ¿no era contigioso?

—No, no era contagioso —respondió, corrigiéndole al mismo tiempo.

—Mi padre me dijo que no podía venir a verte, porque igual yo también enfermaba.

—Ya... es que supongo que entonces tu padre aún no sabía si era peligroso.

—Yo también me puse enferma una vez —anunció Christen—.Tenía tanto frío que los dientes me hacían ruidos raros y la garganta me dolía mucho.

—Exacto, eso mismo.

—¿Por eso hablas tan raro ahora? —inquirió Anthony mientras miraba su garganta.

Candy quiso que la casa se derrumbara sobre ella en ese instante y la sepultara bajo los escombros. Había olvidado completamente adoptar el tono que usaba cuando se hacía pasar por su hermano. Llevaba tantas horas sin usarlo que, simplemente, se le había olvidado. Poder hablar con Albert sin necesidad de forzar la voz había supuesto una liberación, que ahora podía pagar muy cara.

—Supongo que sí —respondió—. Me pondré bien enseguida, ya veréis.

Los niños parecieron conformes con su explicación, y ella se alegró de que fueran tan pequeños y de que hubieran sido ellos los primeros en encontrarse con ella. Dudaba mucho de que alguien como Gavin o Wallis, por ejemplo, aceptaran de buen grado una excusa tan burda. A partir de ese momento debía recordar que volvía a ser Rob, el joven nieto de Malcolm Andrew.

Wallis acudió un rato más tarde. Sin duda, su hija Christen le habría contado que ya estaba en pie y la mujer se presentó cargada con una olla de guiso y algunas provisiones.

—Espero no molestar —le dijo, nada más llegar a su altura.

Candy aún estaba sentada en el mismo lugar, aunque ya había decidido volver al interior. El frío comenzaba a calar su capa y no le parecía buena idea permanecer allí más tiempo del necesario.

—Por supuesto que no —le respondió, esta vez con la voz de Rob.

—He hecho guiso de cordero y un poco de caldo —anunció la mujer, mirando los recipientes que llevaba entre los brazos.

Candy se puso en pie y, mientras le daba las gracias, la ayudó con los bultos. Ambas entraron en la vivienda y Wallis se ocupó de colocar las cosas en su lugar, como si aquella fuese su propia casa.

—Tendrás hambre —le dijo—. Si te sientas, te pondré un plato enseguida.

—No es necesario, de verdad, yo...

—Por favor.

La mirada de Wallis no admitía réplica, y Candy tomó asiento. La observó trastear, tan concentrada que, durante unos instantes, incluso pareció olvidar que ella estaba allí.

—Imagino que Albert ya lo sabe —dijo la mujer, de espaldas a ella y removiendo el contenido del puchero que había colocado sobre las brasas.

—¿Qué? —Candy no sabía a qué se refería y se le congeló la sangre al intuir lo que estaba a punto de escuchar.

—No me ha dejado venir a cuidarte —continuó Wallis, todavía de espaldas—, así es que, a estas alturas, ya debe haber descubierto tu secreto.

—No sé a qué secreto te refieres —musitó Candy.

Entonces sí se volvió, con la cuchara de madera en la mano y una expresión en el rostro que no fue capaz de descifrar.

—No me tomes por estúpida, Rob, o como quiera que te llames.

—Yo no... ¡jamás he pensado eso de ti!

—Puede que yo no sepa manejar una espada tan bien como vosotros, ni disparar un arco con la misma destreza, pero viví con tres hermanas antes de casarme con Logan y sé cómo reconocer a una mujer —soltó de sopetón, con la mirada encendida—. No sé qué te traes entre manos, jovencita, dejo eso en manos de Albert, pero como se te ocurra hacerle daño a él o a su hijo...

—¡Yo no quiero hacerle daño a nadie! —Los ojos se le llenaron de lágrimas. Todo se iba al traste demasiado deprisa, no se sentía con fuerzas para lidiar en tantos frentes a la vez—. Es una historia muy larga.

Wallis retiró el puchero del fuego, se limpió las manos con el paño que había anudado a su cintura y, sin añadir palabra, se sentó frente a ella. Ambas mujeres se miraron durante unos instantes, hasta que Wallis, enternecida, posó su mano cálida sobre la de Candy.

—Me llamo Candy —dijo al fin, cuando fue capaz de tragarse el nudo de lágrimas que le oprimían la garganta.

—Bienvenida a las Highlands, Candy.

CONTINUARA