Disclaimer: Los personajes de One Piece son propiedad de Eiichiro Oda-chin, yo se los tomo prestados por un rato para este fic.


CAPÍTULO XXI [Arashi no iro-嵐の色]


Todo pasó tan rápido que no tuvo mucho margen para pensar en nada. Sachi y Penguin trataban de machacar al rey marino para que deje de moverse. Tenían unos cuantos problemas con eso: primero y principal, no veían absolutamente nada; segundo, no sabían bien cómo matarlo porque seguía bajo los efectos de la Ope Ope. Era un desastre.

Sayaka estaba parada como poste en la cubierta. ¿Y qué iba a hacer? Decir que estaba desorientada era poco. Tenía que decidirse en los próximos diez segundos o iba a tener una montaña de problemas sobre ella. Algo tenía que hacer, no podía seguir parada ahí. La katana seguía en el suelo y podía levantarla en medio segundo y cortar ese bicho en un centenar de partes, cosa que lo haría tan inofensivo como la carne almacenada en el refrigerador de una carnicería. ¿Y después? ¿Qué tenía que hacer?

Lo había conseguido, finalmente lo había conseguido. Pasó de sorpresa y de la forma menos pensada, pero lo había conseguido: Law había caído y estaba hundiéndose, directo hacia el fondo del mar. El paso a seguir, según lo planeado y con la presencia de los dos testigos, era tirarse al mar para asegurarse de que muera y no caiga ningún tipo de culpa sobre ella. De hecho, hasta era conveniente: Sachi y Penguin estaban presentes cuando ese monstruo salió de la nada y tiró a Law al mar y ni siquiera tuvo que molestarse en pensar cómo tirarlo de una manera poco sospechosa, porque el bendito rey marino lo había hecho por ella.

Primero lo primero. De nada servía tirarse al mar si esos dos estúpidos estaban jugando con una serpiente gigante en lugar de prestarle atención a la heroína de turno. Tomó la katana y se dirigió al borde del submarino, sabía que ahí estaba flotando la cabeza de ese bicharraco. Lo que no sabía era si iba a funcionar… O la Ope Ope era terriblemente poderosa y sus efectos seguían activos aun con el usuario bajo el mar, o el bicho ya estaba maldito hasta que Law venga y diga lo contrario. Poco importaba ahora. Podía probar darle tantas veces a la cabeza hasta que su cerebro se convierta en puré.

Y lo intentó.

Sí, lo intentó, pero no pudo ni moverse del lugar. Miró hacia donde estaban los mecánicos y les gritó que si no podían matar a esa cosa, al menos la mantengan alejada del submarino. Dicho esto, tiró la katana al suelo y a ella misma al mar porque desgraciadamente había otro factor inesperado entre los hechos. «¡Ni pienses que voy a dejar que te vayas con ese pañuelo!»

.

Mientras el submarino seguía sacudiéndose, Haru se despertó de su siesta cayéndose de boca contra el suelo. ¿Por qué tanto alboroto? Sentado en el piso, miró a su alrededor y recordó que hacía unas —cuantas— horas había sido víctima del embrujo de la cama malévola. ¿Acababa de rechazarlo por no ser su legítimo propietario o había algo más que estaba sucediéndolos para hacer que termine en el suelo? Mientras pensaba esto y se rascaba la barbilla, Natsu entró abriendo la puerta con una patada y se desconcertó cuando encontró al enano haciendo… nada, en el suelo.

Bingo. Haru comenzó a entender lo que pasaba, pero de ninguna forma podía ser bueno.

—¡Si tú estás aquí… ¡¿Dónde está el capitán?! —preguntó Natsu.

—¡¿Es que tengo cara de Eternal Pose?! —gritó Haru.

—¡Si existiera uno que apunte a personas, seguramente serían tú o Bepo! Siempre están siguiendo al capitán como si fueran su sombra.

—Pues no está aquí.

—Pues gracias, Holmes. Y ya que estás aquí de perro guardián, supongo que sabes…

—¡Tampoco soy un perro!

—Tranquilo, tranquilo, supongo que iré…

—A la cubierta, y ya. Tiene que estar ahí —dijo y se incorporó para subir.

—Claro, para nada eres el perro guardián —dijo Natsu, riendo.

—¡Cállate y sígueme!

Cuando medio metro los separaba de la puerta de salida, se encontraron con Bepo, Fuyu y Jean Bart, dirigiéndose también hacia afuera. Al salir, encontraron una cubierta que parecía haber sufrido un bombardeo y ni rastro había de la persona que estaban buscando, pero en su lugar encontraron a Sachi y a Penguin peleando con una cosa negra que difícilmente podían ver en medio de tanta oscuridad.

Con la mente fresca gracias a los efectos mágicos del colchón y los hechos que tenía en frente, Haru intentó minimizar el daño: Si a Aki se le ocurría sumergir el submarino, estaban muertos. Alguien tenía que avisarle que con semejante daño eso iba a ser un suicidio. Sí, el no poder sumergirse iba a ralentizar considerablemente el submarino, pero era una opción mucho más tentadora que morir.

Repasó lo que recordaba: Aki sabía que no estaban bajo ningún tipo de ataque porque él creía que… Bueno, eso no era realmente importante, la cuestión era que Haru creía prácticamente improbable la posibilidad de que sumerja el submarino. Pero improbable no es un cien por cien, sólo es una casi suposición basada en la imposibilidad de probar una afirmación.

Corrió a toda velocidad hacia el tercer nivel para asegurarse su cien por cien.

.

El agua estaba helada, estaba muy helada. En su vida había sentido tanto frío y lo peor, era que se sentía nadar en un mar de pequeñas agujas. Sin lugar a dudas, cuando todo esto termine iba a pasarse una temporada en la Isla de Karate de South Blue. Lindo clima, peleas todo el día y para nada este frío que ya no la dejaba pensar. Imaginar ese tipo de cosas mientras ni siquiera había llegado a la segunda parte de Grand Line no era muy alentador. Podía conformarse con volver a estar seca y saborear la sopa caliente de los cocineros. Cualquier cosa era mejor que seguir nadando a ciegas en ese lugar.

Nadó lo más rápido que un cuerpo en proceso de entumecimiento podía permitir, o un poco más. Estaba desesperándose por encontrar el pañuelo y volver a salir. Cuando encontró a Law, se sorprendió de que todavía no hubiese perdido la conciencia. Y sí, se veía bastante mal, pero era un usuario, ¿qué más se podía esperar? Nunca iba a terminar de entender por qué alguien podía siquiera pensar en tener una debilidad tan estúpida solamente por un poco de poder. Ser pirata y tener la fuerza de una gelatina a medio hacer con tan sólo meter medio cuerpo en el agua: una idea brillante.

Al frío se le sumó la falta de oxígeno, ahora tenía que volver a subir sí o sí. Le quitó el pañuelo de la cara y se lo guardó en el bolsillo como pudo.

Listo, ya podía volver.

O quizás no. Ya no podía esperar a que se ahogue o que pierda la conciencia, o mejor dicho, podía hacerlo pero iba a terminar ahogándose ella también. Lo peor era que sentía que él sabía que ella estaba ahí. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? No era como si Sayaka tuviera por costumbre tirar usuarios al mar y mirar lo que hacían hasta morir, pero se esperaba que al menos intente luchar por su vida o algo por el estilo. Lo que era evidente era que desconocía por completo lo que significaba tener debilidad por el mar.

Si llegaba a sobrevivir… No, era imposible, si nadie lo subía no iba a durar mucho más y más importante era volver a la superficie antes de desesperarse en serio por la falta de aire. El problema era que tardaba demasiado en desmayarse, sumado a que se dio cuenta de que no era tan desalmada como creía que era, como para matar de esa forma a alguien más. Sí, todavía tenía ganas de sacárselo de encima, pero hacerlo de esa forma iba a ser un dolor de cerebro a la larga. Odiaba a la gente que jugaba sucio y justamente ganar de esa forma le pareció lo más cochino que había hecho en su vida. «Hola, sí, ¿hablo con mi conciencia? Puedes irte al centro turístico donde nos mandan a todos: vete a la mierda.»

Le agarró el brazo izquierdo, se lo pasó por atrás del cuello y nadó como pudo. Ya a esta altura, no le importaba tanto el frío como el hecho de que en cualquier momento su boca iba a abrirse por sí sola y junto a su nariz iban a meterse toda el agua del mar para llenarse así los pulmones y, de paso, el estómago. No iba ser una forma muy agradable de morir ni tampoco una muy digna. Law y todo su peso muerto no estaban ayudando para nada y ya empezaba a perder cualquier tipo rasgo que indique que no se había convertido en un cadáver, un peso muerto pero de verdad.

A medida que se acercaba a la superficie, el agua iba perdiendo frío, pero realmente no le dio ningún tipo de importancia o lo notó siquiera hasta que pudo volver a llenarse los pulmones con aire. Tardó unos segundos en recobrar una parte del aliento perdido y le dolía el pecho por inspirar con tanta fuerza. Miró a su derecha y palideció más de lo que ya estaba.

—¡Ey, no! ¡Ni se te vaya a ocurrir! ¡No te duermas! ¡No te subí para que te eches una siesta aquí arriba!

Ella no tenía demasiado conocimiento ni siquiera de primeros auxilios, pero algo le decía que no estaba bien que alguien que pasó tanto tiempo bajo el agua o sin respirar decida darse una siesta así de fácil. Sus esperanzas de que por arte de magia, Law recupere un mínimo dominio de su ser al llegar a la superficie y deje de pesar tanto, se fueron al tarro. Al menos, con tanta sacudida que le estaba dando había logrado que abra los ojos. Tuvo que replantearse si eso era bueno o no. ¿Le estaba echando la culpa por haber caído? No, no podía ser, si sabía muy bien que había sido el rey marino el que lo había tirado. Pero sin lugar a dudas tenía cara de «todo esto es por tu culpa», algo un tanto incómodo por ser técnicamente cierto.

—Si no vas a decir nada, deja de mirarme así, que da miedo y es incómodo —se quejó—. O puedes probar por tu cuenta y mirar a donde quieras.

Había algo que no había podido aprender durante estos meses, y era a tratar con personas como Law. Lo que pedía era ridículo y sonaba a broma de mal gusto, además de que estaba oliendo orden, la palabra mágica que hace que a Law le hierva el cerebro. Pero estaba tan débil que no podía decir nada, el estar despierto ya era gran cosa. Lo que sí podía hacer era dejarle en claro de que no estaba para nada contento con absolutamente nada de lo que estaba sucediendo.

Sayaka suspiró e intentó nadar con un poco más de velocidad. No estaban tan lejos del submarino como podrían estarlo si el rey marino lo hubiese golpeado estando completo. Lo había mandado a volar a menos de cien metros, no era la gran cosa. Era nadable. Así hubiesen sido mil kilómetros, hubiese sido igual de molesto. Odiaba el silencio, era demasiado incómodo.

—Tú le puedes dar un nuevo significado a las miradas asesinas, ¿no? —dijo, no demasiado convencida—. ¿Quién quiere visión láser cuando… Entendí, entendí: nada de charla con el conductor —se interrumpió cuando volvió a mirar a Law y se dio cuenta de que su especie de broma no le parecía para nada graciosa—. Va a ser un viaje largo y…

Se detuvo, totalmente. Había algunos hechos que estaba pasando por alto como si no importaran en lo más mínimo. Primero, ¿cómo era que con semejante cantidad de nubes y en medio de la noche y en medio de la mismísima nada podía verle la cara a Law? Segundo, el frío: ¿a dónde se había ido? Tercero y lo más importante: esto era Grand Line, no la piscina de un gimnasio, así que tenía que prestarle un poco más de atención al entorno cuando a éste se le ocurría cambiar tan de repente. Lo único que faltaba era que aparezca la familia del rey marino a tomar venganza o a ayudarlo y listo, todos muertos. Este era el peor plan que podría habérsele ocurrido en toda su vida y eso que ya había hecho una montaña de estupideces de las más raras.

Nada podía hacer contra el clima, nada podía hacer con ninguna criatura del mar, ni podía acercar el submarino por arte de magia. Sí podía hacer otra cosa: nadar, no podía hacer otra cosa. Ya había dado por descontado contar con esa telequinesis rara de Law para traer el submarino al menos un poco más cerca, pero todavía no se tragaba eso de que ni siquiera pudiese mover las piernas. «¡Por favor, es agua! ¿Tanto mal le puede hacer?»

Si no cambiaba esa forma de ver las cosas, iba a conseguirse una linda tumba en el fondo del mar. Gruñó y se maldijo por todas y cada una de las cosas que podría llegar a decir en los próximos diez minutos. Pero no había otra forma.

—Bien, ya me di cuenta de que eres pésimo para el buceo y yo muy mala rescatista, pero si no sacamos algo bueno de todo esto, nos volvemos al fondo. En serio, si encuentras una mínima forma de hacerte pesar un poco menos te lo voy a agradecer de veras —tomó aire y miró hacia donde se suponía que tenían que ir—. Si me sumerjo, intenta aguantar un poco la respiración, seguro va a ser menos terrorífico ir bajo el agua; pero por lo que más quieras, ni se te ocurra pegarte otra siesta, ¿de acuerdo? Yo te ayudo, tú me ayudas, es una buena opción porque te digo que en menos de un minuto se nos va a caer una de las lindas encima… Más bien, mira: tú me caes muy mal y seguramente yo a ti también. Eso me parece bien, me gusta cuando las cosas son recíprocas, pero si yo no te llevo tú te mueres y si tú me sigues poniendo la mirada acusadora, yo me cabreo y me quedo charlando aquí contigo hasta que nos trague el mar… Viendo que ninguno de los dos quiere morir, yo digo que… ¡¿Qué se supone que es eso?!


Oh, sí, vuelvo a escribir y se me ocurre meterle un kilombo seguido de otro… No lo quería cortar pero si no, no iba a publicar hasta la semana que viene así que quedó medio cortito (en relación a lo que venía publicando, ¿no?).

Bueno, el próximo seguramente no lo publique la semana que viene, porque ando con ganas de que sea un poco más largo y con cosas que no terminé ni de imaginarme cómo changos poner y que tampoco voy a adelantar (tengo la lengua demasiado floja para los spoilers, shut up, Nami!)… Es como que me imagino algo de una forma en mi cabeza (y queda divino) pero cuando lo escribo digo: ¡Qué porquería! Si en mi mente sonaba tan copado… Cosas así.

¡Nos leemos!

-Nami, la reina de las excusas (y de los lagartos)