Ante todo disculpas por la tardanza. Lo tenía todo planeado, creía que sería fácil de escribir, pero el capítulo se resistió cuando pudo.

Supongo que después de lo que ha vivido Hermione en los últimos capítulos nadie pensaría que su vida iba a continuar como si nada. Ahora veremos esos "efectos colaterales".

Aviso para menores y mentes fácilmente escandalizables: este capítulo contiene lemmon, nada especialmente fuerte pero aviso por si acaso. A quien no le guste el lemmon puede saltarse la narración que hay entre primer y el segundo diálogo( me pregunto si habrá alguien que se lo salte XD). En otro orden de cosas, es totalmente prescindible pero si quieres escuchar la música que Silvia tararea mientras van a comprar helado puedes buscarla aquí: http:/ w w w .youtube . com /match ?v=OcxgvJJCWRA

Capítulo 21: Efectos colaterales

Para Draco encontrarse con Granger de vuelta en la oficina fue toda una sorpresa, una muy agradable después de un par de semanas sin verla. Como durante todos esos días no habían mantenido ninguna clase de contacto no tenía la menor idea de cual sería su estado de ánimo, y por lo tanto, de cómo debía proceder, pero por suerte, Granger se hizo cargo de la situación, anticipándose y colocándole en una posición que le concedía un margen de maniobra muy estrecho. Apenas le había dado los buenos días cuando ella le asaltó con una pregunta a bocajarro.

— ¿Me has echado de menos?

—Claro —respondió un poco extrañado. Granger no era una mujer insegura y empezaba a temer que por algún motivo la muerte de su padre le hubiese afectado haciéndole perder confianza en sí misma, o lo que sería aun peor: que "alguien", y a Draco le pasó por la mente cierto apellido que encajaba perfectamente con ese alguien, la hubiera estado envenenando contra él y aquello fuera una pregunta trampa—. Muchísimo —añadió tras una pausa de un segundo, solo por si acaso.

Ella sonrió como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba escuchar. Era aún muy temprano y la mayoría de los empleados no había llegado todavía, lo que los dejaba a solas en medio de un pasillo completamente desierto con la única compañía de unos pocos cuadros en los que aparecían antiguos ministros o algunos de los predecesores de Draco en el cargo. En los ojos castaños brilló un mirada divertida y traviesa, ligeramente retadora, que pilló a Draco por sorpresa.

—Demuéstralo —susurró agarrándolo de pronto por la corbata y tirando de ella con fuerza.

A Draco solo le quedaban dos opciones. Podía seguirla o podía morir estrangulado por su propia corbata ante la puerta de un servicio de señoras, algo que —por supuesto— le parecía una muerte muy poco digna para el último de los Malfoy, así que ligeramente desconcertado se dejó arrastrar por Granger dentro del pequeño cubículo.

Cuando quiso darse cuenta ella ya le había despojado de la corbata y la estaba emprendiendo con sus pantalones, que muy pronto seguirían el mismo camino. Intentó decir algo pero ella fue más rápida y le silenció colándole la lengua dentro de la boca. Draco la recibió encantado, y estrechó a Granger más fuerte entre sus brazos, aunque una parte de su cerebro, una muy pequeña, no dejaba de advertirle que aquel no era un comportamiento normal en Granger. Hasta entonces Draco había albergado una tibia intención de preguntarle que era lo que le pasaba, pero antes de que pudiera hacer ninguna averiguación ella consiguió librarle de la ropa que llevaba de cintura para abajo y cuando empezó a pasear las manos peligrosamente cerca de cierta parte de su anatomía cualquier rastro de lógica pasó a un segundo plano.

Fue como si el mundo entero se hubiera esfumado de golpe, engullido de un solo trago por un enorme agujero negro. En todo el cosmos no podía haber nada más importante y urgente que lo que estaba ocurriendo allí dentro, de modo que todo lo que había más allá del baño dejó de existir para su conciencia y el universo entero se concentró de pronto en aquel aseo. La simple idea de que tras aquella puerta había un mundo que seguía girando le resultaba inconcebible.

Repuesto de la perplejidad inicial la hizo girar para acorralarla contra la puerta, la tomó por la cintura y la elevó en el aire. Ella separó las piernas y apoyó uno sus pies en el retrete y el otro en el soporte del papel higiénico para que él no tuviera que cargar con todo su peso. Draco se acomodó en el hueco entre sus piernas e introdujo rápidamente las manos bajo la falda. No se demoró ni en quitarle la ropa interior, la cogió con ambas manos y dando un tirón la rasgó y la tiró al suelo. Granger estaba tan excitada y preparada como él mismo, sus ojos, sus labios, su cuerpo entero, le estaban reclamando que no se entretuviese y él no deseaba hacerla esperar. La penetró de una sola embestida y a ella se le escapó un jadeo ronco salido del fondo de su garganta, lo que le recordó que cualquiera que intentase entrar en el baño podría oírles. No le importó. Al diablo con los hechizos, no pensaba ponerse a buscar su varita precisamente ahora, no mientras no hubiese saciado su deseo y el que veía brillar en el fondo de la mirada de su voraz compañera.

Comenzó a moverse rítmicamente, con estocadas rápidas y profundas, y ella, a pesar de no poder apenas moverse, respondía con fervorosa pasión. De alguna manera Granger se las ingenió para quitarle la chaqueta y colar las manos bajo su camisa y pudo notar como a cada embestida ella le clavaba las uñas en la espalda un poco más profundamente. Solo ella podía causarle esa sensación de placer y dolor al mismo tiempo, cada uno en su justa medida. Mientras, con los ojos entornados de puro placer, Hermione se mordía el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Draco le lamió la herida con la punta de la lengua y luego la besó suave y profundamente, disfrutando del contraste de la dulzura de su boca con el sabor más salado de la sangre. Aquello superaba todo lo conocido, deseaba a estar mujer como a ninguna otra, de una forma tan intensa y desesperada que el concepto de lujuria se quedaba corto. Habría que sumarle la avaricia, y la gula…. Y quien sabe cuantas cosas más.

Fue probablemente el polvo más corto y excitante de su vida y cuando terminaron se quedaron apoyados contra la puerta un rato, mientras sus respiraciones volvían lentamente a su ritmo normal. Draco se resistía a abandonar la suave calidez del cuerpo de Granger, humedecido con la mezcla de los fluidos de ambos pero al final no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia y aceptar que no podían quedarse así para siempre. Se apartó de ella, sujetándola con cuidado, y la sostuvo en el aire hasta que ella hubo apoyado los pies en el suelo.

—Siento lo de tus bragas —dijo al fijarse en el pedazo de tela negra que había junto a su pie.

—No importa. En realidad sabía que podía ocurrir y traje unas de repuesto.

Sus ojos se encontraron en una mirada cómplice y los dos rompieron a reír al mismo tiempo. Entonces alguien interrumpió el momento al intentar entrar en el cuarto de baño.

—Está ocupado —advirtió Hermione a la intrusa alzando la voz para hacerse escuchar a través de la puerta—. Lo siento pero tengo para un buen rato, será mejor que busque un baño libre.

Al otro lado de la puerta se escuchó un resoplido y unos pasos que se alejaban a toda prisa.

— ¿Nos vemos esta tarde, después del trabajo? —preguntó Draco en cuanto estuvo seguro de que la mujer ya no podía oírles.

—Prometí acompañar a Warren a una exposición—. La mueca de fastidio en la cara del rubio casi logró que se echara a reír de nuevo—. ¿Celoso? —preguntó elevando los brazos hasta entrelazarlos detrás del cuello de él.

—Déjame pensarlo— respondió, y con un rictus de concentración fingió meditar la respuesta durante unos segundos—. Tu amigo el… histriónico —dijo con sorna, Hermione le miró con los labios fruncidos y expresión de reproche pero él no se corrigió—, va a llevarte a una exposición. Cuando eso ocurra yo te habré hecho el amor al menos dos veces hoy. No, no estoy celoso— determinó con una seductora sonrisa—, porque sin duda me llevo la mejor parte.

— ¿Dos veces? —preguntó Hermione arqueando una ceja.

Draco todavía tenía ambas manos en su cintura pero soltó una de ellas y simuló echar un vistazo a su reloj.

— ¿Has visto que hora es? Todo el mundo llega a trabajar y los pasillos estarán abarrotados. Tendremos que quedarnos un rato más para que no nos descubran.

— ¡Qué fastidio! —exclamó Hermione con la expresión inequívoca de quien no lo lamenta en absoluto.

Si iban a repetir Draco no quería algo tan precipitado como la vez anterior, había estado bien pero ahora pretendía demorarse un poco más, e internamente se fijó el reto de que los jadeos de Granger lograsen estremecer los cimientos del edificio. Lentamente estiró un brazo para recuperar su chaqueta y hacerse con la varita, mientras le dedicaba a la chica una ladeada y prometedora sonrisa.

Esa noche Hermione despertó de madrugada, gritando y empapada en sudor. Todavía con el corazón acelerado y agitada por la angustia de la pesadilla encendió la luz y se secó las lágrimas con el dorso de la mano, esforzándose en no soltar ninguna más ahora que se había despertado. Siempre que le ocurría pasaba el resto de la noche en vela, rememorando el pasado, torturándose y sintiéndose culpable. Pero había prometido a Ron no volver a hacerlo y tenía la obligación moral de al menos intentarlo.

Se levantó y se puso un camisón limpio antes de volver a meterse en la cama. Intentó pensar en lo que Ron, y también Ginny, le habían dicho: que no tenía que sentirse culpable, que Harry desearía verla feliz, que no estaba sola…

Lo repitió en su cabeza una y otra vez, como un mantra, confiando en que a fuerza de repetirlo empezase por fin a creérselo. En verdad tenía motivos para no sentirse tan sola como antes. Aunque muy lejos Ron estaba de su lado, podía sentirlo, y aunque no pudiera confiarles sus temores sabía que Silvia y Warren también estaban ahí y en cierta forma su presencia lograba hacerle la vida un poco más fácil. Y por último estaba Draco. Se estremeció al pensar en él pero se dijo a sí misma que era solo una casualidad y que el estremecimiento se debía a los restos del sudor frío que todavía impregnaban su piel. Sin embargo por un instante lamentó no tenerlo a su junto a ella, volver a dormirse sería mucho más fácil si sus brazos la arroparan y pudiera usar su pecho como almohada, o si su voz le susurrara cosas tranquilizadoras al oído, diciendo que todo estaba bien.

Tan pronto como la idea se formuló en su cerebro la desechó. Ese mismo error ya lo había cometido con David, aceptando su apoyo, aceptando incluso casarse con él, y más tarde se vio en la obligación de romper el compromiso porque no podía seguir mintiéndole ni tampoco confiarle su secreto. Si algo había aprendido de aquello es que tenía que superar sus traumas sola. Además había prometido que intentaría ser feliz y la dependencia emocional de Malfoy solo podía llevarla en sentido contrario. Era evidente que ambas cosas resultaban totalmente incompatibles. No era ninguna estúpida, sabía lo que podía esperar de Malfoy y si bajaba la guardia solo conseguiría salir más lastimada de lo que ya estaba.

Sin embargo no podía pasar sin él y a la mañana siguiente no pudo evitar asaltarle de nuevo aunque se hallaban en medio de un acto oficial. Madam Malkin pretendía extender su negocio de modas con un ambicioso proyecto a ambos lados del atlántico y ellos estaban invitados a la inauguración de su nueva tienda en Nueva York. Todo transcurrió de forma normal: discurso, brindis, aperitivos… hasta que Hermione no pudo resistirse más y lo más discretamente que pudo se abalanzó sobre él y acabaron refugiándose en uno de los probadores. Nunca un hechizo de camuflaje había sido mejor empleado.

En las semanas siguientes recibió varias cartas de Ron. Estaba cumpliendo su promesa de enviar una lechuza semanal y solo Merlín sabría cuanto le costaba hacerlo, dado nunca había sido muy bueno para mantener correspondencia. Hermione valoraba el esfuerzo de su amigo y siempre respondía, aunque solo fuera para contarle cosas insustanciales. Pero por las noches las pesadillas continuaron acosándola. Durante el día, entre la carga de trabajo y los escarceos con Draco conseguía mantener los pensamientos negativos a raya, pero en las horas en las que su disciplina se relajaba el subconsciente hacía de las suyas, permitiendo a todos sus temores regresar. Y cuanto más virulentas se tornaban las pesadillas más recurría a Draco para acallarlas, buscándole durante el día con imperiosa necesidad.

Él no hizo preguntas y simplemente se dejó arrastrar sin acabar de creerse su suerte. Aceptó encantado la nueva actitud de Granger, cediendo a todos y cada uno de sus impulsivos arrebatos amorosos sin cuestionarse que era lo que los desencadenaba. Intentó invitarla a salir una vez más pero ella, educadamente, declinó la oferta y él no insistió de nuevo. Entendía que necesitaba su espacio y no quería agobiarla. Hermione era una leona en todos los sentidos, no solo el sexual sino también en el emocional, actuaba como un hermoso animal herido, atenta y a la defensiva. Algún día bajaría la guardia y de momento él se dedicaba a esperar, mientras tanto disfrutaba de todos los beneficios de una relación sin sufrir ninguno de sus inconvenientes.

En la embajada todos lo sospechaban pero ellos no permitieron que nadie lo confirmara. No debían cuentas a nadie pero amaban la sensación de compartir algo que no incumbía a nadie más. Lo suyo era diferente y extraño y todas esas lenguas viperinas, todos esos ignorantes malintencionados que poblaban la oficina, solo podrían desvirtuarlo al reducirlo a la mínima expresión. Por otro lado mantenerlo en secreto resultaba divertido, los volvía cómplices y aportaba emoción al asunto, haciéndolo doblemente gratificante. En una ocasión Hermione lamentó en voz alta que no existiese un cuarto para la fotocopiadora y cuando le explicó a Draco que era el lugar que la gente usaba para enrollarse en las oficinas muggles él la arrastró inmediatamente a uno de los archivos, donde casi los descubre una becaria. Desde entonces sus encuentros se volvieron más osados cada vez. Lo hacían en todas partes, el armario de la limpieza, los ascensores, e incluso en la escalera de incendios, aprovechando que había llegado el buen tiempo y que Hermione tenía un inusual talento para realizar un hechizo desiluminador particularmente eficaz.

La vida de Hermione se volvió cada vez más dicotómica. Por el día era una mujer apasionada, impulsiva, divertida… por las noches las pesadillas se resistían a desaparecer y tras ellas caía en un sueño ligero y poco reparador del que despertaba a la mañana siguiente con nauseas y acompañada por una inquietante sensación de que algo —y esta vez no eran solamente los sentimientos de culpa y autodestrucción con los que convivía desde hacía años— no marchaba como debería, aunque no sabía exactamente el qué. Algo se le escapaba, algo básico y elemental y cuya respuesta probablemente tenía ante las narices, pero por más que se esforzaba no conseguía averiguar que podría ser. Resultaba molesto pero de todas formas era mejor que pasar la noche en blanco.

A veces esa sensación no desaparecía en todo en día.

—…

Últimamente pasaba demasiado tiempo dándole vueltas a la cabeza, intentando averiguar que era eso que la desconcertaba. Fue la voz de Draco lo que la trajo de vuelta de la tierra.

—Disculpa ¿decías algo?

Él frunció el entrecejo y la miró fijamente.

—Decía que hemos roto la silla. Es la tercera vez esta semana.

Buscó su varita para repararla y cuando lo hubo hecho la dejó sobre el escritorio y volvió a fijarse en Granger. Entonces estiró el brazo y la agarró por la camisa con la punta de los dedos, tiró suavemente de la tela en su dirección y Hermione se dejó arrastrar hacia él. Acababan de tener unos de sus encuentros y ella aun no había terminado de arreglarse la ropa, su camisa estaba abierta, dejando entrever el sujetador, y aunque Draco también estaba a medio vestir dejó su propia ropa para comenzar a abrochar los botones de ella.

—Me molesta que no me presten atención cuando hablo— advirtió levantando la vista de su tarea.

—Lo siento—. Dijo ella sacando a relucir su vena conciliadora, Draco volvió a los botones y Hermione intentó no fijar la mirada en la fracción de su torso que quedaba a la vista. Si se concentraba demasiado en ella corrían un serio riesgo de volver a empezar otra vez y aunque era muy tentador resultaba poco aconsejable—. Llevo todo el día intentando… recordar algo. Últimamente me pasa muy a menudo, y la verdad, es muy frustrante.

—Te regalaré una agenda para que lo apuntes cuando consigas recordarlo—. Terminó de abrocharle la camisa, le dio un beso rápido en los labios y retomó sus propios botones—. Podrías estrenarla apuntando que saldrás a cenar conmigo mañana.

Hermione se alejó y fingió dedicar un minucioso repaso a su ropa, luchando con todas sus fuerzas para reprimir el impulso de aceptar su invitación.

— ¿Mañana? No puedo. He quedado con Silvia, ya sabes, noche de chicas...

—Esta noche— insistió Draco.

En teoría era una pregunta pero Hermione no captó el tono interrogativo por ningún lado y aunque los modales de Malfoy seguían siendo amables ella pudo distinguir un matiz de contrariedad en su voz.

— ¿Esta noche, dices? No puedo, Draco. Ya había hecho planes.

Él no insistió pero Hermione vio en sus ojos que no había quedado satisfecho. Entonces llamaron a la puerta y ella sintió que nunca se había alegrado tanto de escuchar la voz de su ayudante. Sin decir palabra Draco cogió la escoba y salió volando por la ventana en dirección a su propio despacho.

Tras atender a su ayudante Hermione intentó con escaso éxito concentrarse en el trabajo. Le preocupaba la reacción de Malfoy. Después de lo del probador él había hecho instalar en su despacho un sofá de cuero de negro, algo que Hermione interpretó como toda una declaración de intenciones. Lejos de ofenderse se había mostrado encantada, completamente segura de que él no le causaría problemas mientras siguiera saciando su apetito sexual, cosa que por otro lado hacía con mucho gusto. Con esos precedentes no había previsto que Malfoy tuviera intención de ir más en serio pero si era así no podría esquivarle indefinidamente.

Le gustaría poder mantener una relación más convencional y tenerle a su lado en los momentos más bajos pero sabía que era imposible. Se sentía en la cuerda floja, su equilibro emocional era cada vez más precario y jugar a la ruleta rusa sería menos peligroso que enamorarse de alguien como él. De todos modos las noches compartidas estaban vetadas si quería seguir guardando su secreto, y eso era algo que ni siquiera admitía discusión.

Siempre había sabido que lo suyo no dudaría demasiado, debería estar preparada, pero al pensarlo notó que se le formaba un vacío en el estómago.

Y horas más tarde, sentada sobre el borde de la bañera de su casa y sosteniendo un pequeño artefacto muggle en la mano, el vacío se hizo más grande. ¿De no ser por Silvia, cuánto habría tardado en enterarse?

La encontró al llegar a casa, y estaba cerrando la floristería y se le ocurrió que lo de la noche de chicas no era tan mala idea después de todo. Desde que estaba con Draco solía llegar tarde y aunque veía a Silvia a diario casi nunca tenían tiempo para charlar de sus cosas.

— ¿Te apetece pasarte por casa esta noche? —preguntó echando mano al bolso de Silvia para sujetárselo mientras ella se agachaba para cerrar.

—Claro ¿cine y helado?

—Suena perfecto —dijo Hermione, imaginándose en el sofá, con el pelo recogido y en pijama, bromeando con su mejor amiga.

—Yo me encargo— se ofreció Silvia guiñándole un ojo.

Hora y media más tarde llamó a su timbre, llevaba un dvd en una mano y un enorme recipiente de helado en la otra.

—Vainilla con caramelo, ¡tú favorito!— exclamó tendiéndole el helado.

Hermione lo tomó, aunque la mirada que le dedicó al helado dejaba en evidencia que no estaba del todo convencida con la elección. Es cierto era su sabor preferido pero por alguna razón en ese momento no le resultaba nada apetecible. La vainilla podía ser aceptable, pero el empalagoso dulzor del caramelo, y su textura pringosa fundiéndose lentamente en la boca… solo de pensarlo se le revolvía el estómago.

—Hoy prefiero algo más ligero —la idea le acudió a la mente mientras hablaba—. Plátano. Eso es, plátano con chocolate. Eso es lo que me apetece.

Antes de terminar la frase ya se había puesto una chaqueta y estaba buscando sus llaves para salir a comprarlo.

— ¿Ligero? — preguntó Silvia sin entender nada. — ¿Seguimos hablando de helados?

—Claro.

Cuando volvió de guardar el helado en el congelador para que no se estropease no entendía porqué la cara de su amiga lucía tal expresión de desconcierto. Como si fuera tan extraño cambiar de opinión respecto al sabor de un helado. La gente cambiaba de gustos constantemente, además aquello no significaba que no fuera a comer nunca más helado de vanilla y caramelo, solo que esa noche le apetecía algo diferente.

—Vainilla con caramelo es tu sabor favorito— argumentó Silvia—, y además a estas horas ya estará todo cerrado.

Pero Hermione no permitió que eso la desanimara.

—Hay un veinticuatro horas a dos manzanas de aquí, tienen de todo, seguro que encontramos plátano con chocolate— argumentó empujando a Silvia hacia fuera y cerrando la puerta al salir.

Al poner un pie en la acera descubrieron que la temperatura era agradable y que mucha gente estaba dando un paseo vespertino por lo que la calle, lejos de estar desierta, presentaba un aspecto bastante animado. Hermione se alegró internamente, su comportamiento estaba siendo bastante estrafalario, si además hubiera insistido en pasear solas y en plena noche por las calles desiertas de Nueva York, Silvia la habría mandado directamente a freír a espárragos, y realmente le apetecía mucho tomar ese helado.

—Por el camino puedes contarme que película has elegido.

Silvia lució su sonrisa más maquiavélica.

—Bueno, ya sé que tú recreas la vista a diario con la versión rubia de Apolo pero tienes que darte cuenta de que no todas tenemos esa suerte, así que se me ha ocurrido que esta noche podría desquitarme.

Visto que Silvia había accedido a salir para comprar el helado que ella quería Hermione prefirió tomarse la referencia a Draco con humor.

— ¿Y a quién veremos hoy?

—Al único rubio del mundo que podría superar al tuyo en belleza— dijo Silvia en un tono anormalmente serio en medio de aquella conversación.

—Paul Newman— adivinó Hermione. A esas alturas conocía de sobra los gustos de su amiga y aunque los rubios no eran su tipo sabía perfectamente que sentía debilidad por ese rubio en particular.

—En sus mejores tiempos —suspiró Silvia.

—Déjame adivinar… ¿El largo y cálido verano? — preguntó imaginando lo mucho que Silvia disfrutaría con la visión de Paul Newman en camiseta.

—No. Esa también me encanta pero mejor la dejamos para otro día. Hoy he elegido La gata sobre el tejado de zinc. ¿La has visto? Él está echando su vida a perder, se siente culpable de la muerte de su mejor amigo y no puede superarlo— Hermione se puso tensa, pero Silvia estaba tan entusiasmada con su cháchara que ni siquiera se dio cuenta—. Drama y tensión sexual a raudales—añadió imitando un tono melodramático.

—No estoy de humor para dramas, la verdad.

Silvia hizo un mohín.

—Vaya, parece que hoy desapruebas todas mis elecciones.

—Necesito algo más alegre— declaró Hermione, que sabía que a su amiga no le molestaría el cambio de planes, era una cinéfila empedernida y en su colección había un montón de películas que podrían satisfacer el gusto de ambas— ¿No tienes mejor El golpe?

Antes de responder Silvia tarareó las primeras notas de la pegadiza melodía de El golpe.

— ¿Bromeas? Paul Newman y Robert Redford juntos, dos guapos por el precio de uno. Claro que tengo El golpe, pero no me cambies de tema, estábamos hablando de tensión sexual, lo que me lleva a preguntarte a qué esperas para solucionar lo tuyo con Draco. ¿Es que no piensas salir nunca con él?

—No me interesa salir con él.

Silvia dejó de andar, quedándose parada en medio de la acera.

— ¡Oh, dios mío! — exclamó. — ¡Ya te lo estás tirando!

Hermione también se paró de golpe, un par de pasos más adelantada que su amiga, preguntándose si no la estaría engañando y en lugar de ser muggle no sería una bruja, más concretamente una experta en legeremancia. Sabía que era totalmente imposible pero primero había dicho eso sobre la película, y ahora esto. Parecía demasiada coincidencia.

— ¿Por qué crees eso? —preguntó girándose.

Silvia la alcanzó y la tomó del brazo para obligarla a seguir caminando.

—Porque sé perfectamente que lo vuestro es inevitable. Te lo dije hace mucho, que solo era cuestión de tiempo. Además lo has negado tantas veces y con tanta vehemencia que una respuesta tan tibia solo puede significar que tengo razón, pero no te preocupes— habían llegado a la tienda, sin dejar de hablar Silvia entró y la condujo entre los diversos estantes, solo soltó su brazo para dejarla exactamente ante la nevera de los helados—, esperaré a que estés preparada para contármelo— dijo desapareciendo tras un mostrador lleno de revistas de cine.

Hermione tomó el helado y se dirigió a la caja sintiéndose profundamente agradecida por la discreción de su amiga. En el camino de vuelta ninguna de las dos sacó de nuevo el tema. Hermione no negó a Silvia que tuviera razón al suponer que estaban liados pero los detalles de su aventura con Malfoy no era algo que desease compartir. En pocas semanas se le habían acumulado demasiadas cosas, primero la pérdida de Crookshanks y luego la de su padre, y Harry —que estaba más presente que nunca—, y la conversación con Ron…

Emocionalmente se sentía echa un lío y no había que ser un genio para adivinar que todas esos golpes la habían empujado directamente hacia Malfoy. Que la muerte y el deseo sexual iban de la mano no era un secreto para nadie, la relación entre ambas llenaban páginas y más páginas de toda clase de libros. No quería a Malfoy, le estaba utilizando, y aunque no se sentía culpable porque él también la utilizaba a ella de todas formas no era algo de lo que sentirse orgullosa.

Si seguía analizando sus sentimientos acabaría deprimida. Lo único que quería de momento era disfrutar de una noche tranquila con Silvia, comiendo helado y viendo una buena película. No era mucho pedir.

Y eso fue lo que hizo, de vuelta en casa se arremolinó en el sofá y disfrutó de la película pero en algún momento de la noche la cosa se torció y ella acabó sentada en el baño, con los nervios de punta y pasando los dos peores minutos de su vida.

Fue Silvia quien hizo saltar la alarma, cuando se levantó a toda prisa al finalizar la película diciendo que se iba inmediatamente porque creía que le había venido el período. En otras circunstancias Hermione le habría ofrecido una compresa o un tampón y le habría pedido que se quedara un rato más pero entonces identificó eso que hace días la preocupaba, esa incómoda sensación que la rondaba para advertirle que estaba pasando algo por alto. Y la realidad la golpeó como un mazazo.

¿Desde cuando no tenía ella el período? ¡Merlín! Ni siquiera lo sabía con exactitud, pero hacía más de un mes de la última vez. Eso seguro.

Apenas pudo esperar a que Silvia se despidiera para ponerse algo de abrigo y salir a toda prisa en busca de una farmacia abierta. Recorrió las calles a paso frenético, a esa hora ya estaban desiertas pero Hermione no temía que la asaltaran, llevaba con ella su varita y su único miedo que podría atenazarle era el de ver sus sospechas confirmadas.

¡Maldita sea! ¿Por qué nunca había aprendido el hechizo que ahora podría disipar sus dudas? Conocía muy bien la respuesta a esa pregunta. Porque no tenía una madre bruja que se lo enseñara —seguro que Ginny nunca se había visto en la necesidad de buscar una farmacia muggle en plena noche— y porque nunca hasta ahora lo había necesitado. Siempre había sido muy cuidadosa en ese sentido.

Volvió a casa, leyó las instrucciones a toda prisa y ahora allí estaba, con el corazón en un puño esperando que el condenado trasto muggle se tiñera de cualquier color excepto el rosa, confirmando lo que ella, en el fondo, ya sabía.

Todo tenía sentido, las nauseas matutinas, el extraño capricho por tomar helado de plátano— sí capricho, se negaba rotundamente a utilizar la otra palabra—, el retraso…

¡Merlín, que no sea cierto! , imploró en silencio.

El segundero avanzaba desesperadamente lento y un par de veces tuvo que contener el impulso de mirar el resultado antes de tiempo. Curiosamente cuando la pequeña aguja hubo completado las dos vueltas al reloj Hermione no quería mirar.

Dejó pasar al menos otro minuto más antes de inspirar profundamente y armarse de valor. Al fin y cabo hacía muchos años el sombrero la había enviado a la casa de los leones, y cuando se es una Gryffindor lo es para toda la vida. Además no podía demorarlo indefinidamente, tarde o temprano tendría que enterarse de la verdad, sobre todo si el resultado era positivo…

Lentamente quitó el capuchón de aquel pequeño artefacto, similar a un bolígrafo.

Rosa.

¡Rosa!

Hermione esperó un desastre, una hecatombe, que se abriera un boquete en el suelo y se tragara el edificio entero mientras oía sonar las trompetas que anunciaban el fin del mundo.

Pero nada de eso pasó. En su lugar se quedó sentada en el borde de la bañera, congelada y sin saber como reaccionar, mirando el test de embarazo en su mano durante un buen rato, como si el resultado fuera una broma de mal gusto y el color todavía pudiera cambiar, diciéndole que su vida iba a recuperar la normalidad. Cosa que por supuesto no ocurrió.

A medida que los minutos pasaban la perplejidad del principio fue dando paso al cabreo más monumental. Odiaba al capullo engreído de Malfoy por haberla dejado embarazada, le gustaría tenerle frente a ella para darse el gusto de estrangularlo personalmente, o freírle a hechizos hasta que no le quedaran ganas de volver a tocarla en su vida.

Y también estaba enfadada consigo misma. ¡La bruja más inteligente de Hogwarts…! ¿Cuántas veces lo habría oído? Se preguntaba que dirían ahora esas personas si conocieran la situación en la que se encontraba. Draco Malfoy había salido con docenas de mujeres, cientos quizás, brujas, muggles… y ninguna había sido tan estúpida como para dejar que ese crápula pervertido, degenerado y promiscuo le hiciese un bombo. ¡Menuda idiota! ¿En qué demonios estaba pensando para haberse olvidado del hechizo anticonceptivo?

Tiró el primer test a la papelera y buscó el segundo en su bolso. Este era más sofisticado y podía indicar las semanas de gestación. Hermione se lo pidió al farmacéutico por simple precaución pero en su fuero interno había albergado la esperanza de no tener que usarlo. El resultado estuvo enseguida, al menos a ella le pareció que el tiempo no pasaba tan angustiosamente lento como en el anterior. Cinco semanas, decía la pantallita. Alcanzó un calendario y contó cinco semanas hacia atrás. Coincidía con la fecha en que había recibido la carta de Hagrid y se había enterado de que tendría que sacrificar a Crookshanks. Lo recordaba perfectamente, se había acostado con Draco por primera vez ese mismo día, sobre la mesa de su despacho, y después salió corriendo a toda prisa para ver como estaba Crookshanks. Luego había recibido la carta.

Recordaba todos los detalles, la desolación, la noche en blanco mirando fotos y despidiéndose de su querida mascota. Lo recordaba todo, excepto haber realizado el maldito hechizo.

Hermione no se había planteado la maternidad hasta ese momento. El concepto en sí mismo era un plan ambiguo, algo que deseaba hacer algún día, en otro momento, en otro lugar, y sobre todo con otra persona; porque si la idea de convertirse en madre ya le resultaba extraña, pensar en Malfoy como padre era algo que simplemente rozaba el surrealismo. En su casa no había visto nada que estuviese vivo, ninguna mascota, ninguna planta y por supuesto ninguna persona de la que ocuparse aparte de sí mismo. Ni siquiera un triste ficus… Si Malfoy no era capaz de cuidar de una forma de vida tan elemental ¿cómo pensar en confiarle un recién nacido? Eso en el improbable caso de que aceptara su parte de responsabilidad, cosa que todavía estaba por ver.

Si seguía adelante probablemente estaría sola, lo que la llevó a pensar que no tenía porqué hacerlo así. Podía elegir. Traer un hijo al mundo era una decisión muy importante y Merlín sabía que ella no estaba en su mejor momento. Podría dejar pasar esta oportunidad y hacer las cosas bien en el futuro.

Pero ya tenía treinta años y ninguna pareja o relación estable, ni la menor perspectiva de conseguirla. Hasta entonces era un tema que no le había preocupado pero en ese mismo instante pudo sentir como un invisible reloj biológico se activaba dentro de ella, iniciando la cuenta atrás. Podía escuchar su tic-tac, lento pero implacable, solapado bajo los latidos de su corazón. De momento era un sonido sordo, casi imperceptible, pero sabía que pronto comenzaría a sonar más fuerte, cada vez de una forma más apremiante, y ella seguiría sola y sin un buen candidato a padre con el que repartir la responsabilidad.

Suspiró, cada vez más confusa. Una parte de ella no deseaba tener al bebé, la otra era como si ya hubiera comenzado a quererlo. Debía tomar un decisión y hacerlo rápido.

En el fondo supo que la decisión estaba tomada. Se negaba a que su cerebro formulase el pensamiento con claridad pero este rondaba igualmente por la periferia de su consciencia. Había segado una vida una vez. No podría repetirlo, aunque se tratase de una forma de vida tan precaria e incipiente como aquella.

Si iba a tener al bebé tendría que decírselo a Malfoy cuando antes. De forma instintiva se llevó la mano al vientre.

Y que Merlín nos ampare.

ooOOoo ooOOoo ooOOoooooOOoo ooOOoo ooOOoo

He intentado perseguir a la inspiración pero la muy cabrona es escurridiza. Después de reescribir el capítulo al menos tres veces esto es lo mejor que he conseguido. Patético, lo sé, espero mejorar en el futuro. La única parte que me gusta es la última y no creáis que el giro final me lo he sacado de la manga porque ya no sabía por donde tirar. Buena o mala idea el embarazo formaba parte de mis planes desde el principio. Ya había dicho que Hermione se iba a llevar algún disgustillo más.

No espero que os haya encantado porque soy consciente de que es un capi muy flojito pero sí espero al menos haberos sorprendido.

Y ahora los rr, espero no olvidarme olvidado de nadie:

Zeraday: Vaya, supongo que habrás pasado un mal momento, sea lo que sea me alegra que algo de lo que he escrito te haya servido de ayuda. Al final entre una remodelación y otra del capítulo no he escrito mucho sobre Draco, me guardo algo para el próximo pero creo que ha quedado claro que está bastante conforme con la situación actual. Gracias por decir que seguirás a mi lado, te agradezco mucho tu apoyo porque últimamente nada sale como me gustaría y lo necesito más que nunca. Un beso gordote.

Abril: ¿Una mascota? Bueno, sí, no es mala idea y supongo que sería tierno, pero recuerda que Draco no sabe que ha perdido la suya, así que creo será difícil que la sorprenda con algo así. Sobre Krum, no creo que aparezca. No tengo nada en contra del personaje pero ya estamos llegando al final y no es algo que tuviera planeado así que, en principio, no cuentes con el búlgaro. Muchos besos y gracias por seguir ahí.