¡Jajaja! Adoré las clases de eroticidad que me han dado. ¿Qué jardín es más bello que éste? ¿Quién más podría decir que beneméritas cortesanas se han abierto de corazón y piernas tan gentilmente? Nadie, solo yo, y es un placer, de esos placeres placeres con mayúscula.

Entiendo perfectamente de compañeras un tanto tímidas, holgazanas y esas que son amores; he tenido de todo un poco.

Ahora, me parece que es de diván eso de… "haceme pero hasta ahí". Se torna aburrido en un momento y desleal después.

El cuerpo entero está para ser disfrutado, porque seguramente pienso también que todos somos seres sexuales... salvo ese maldito 1% ¡Estúpido uno! ¿Por qué no se juntan y tienen no sexo entre ellxs?

El sexo con amor indudablemente para mí tiene sus ventajas, pero el sexo con un cariño inmenso *cof- cof* también es altamente plausible y saludable.

Mmm una de las cosas más atrevidas que hice (cuento la que se puede) ha sido tener sexo mientras mi casa se llenaba de mi familia que llegaba de trabajar… Después tener sexo mientras la chusma de la tía de tu novia está apostadita en la ventana de su departamento (que da al mismo patio que el de tu novia) escuchando todo es… (¡bueno ya, no me hagan contar más!).

Mi ser sexual, mi ser sexual… bueno... digamos que soy una ¿devoradora?

Juana, seguramente el sueño ha sido premonitorio =)

¿Viajamos a Tokio?

Fuegos para ustedes.


—Ven aquí, quiero mostrarte algo.

—¿Qué…?

—Ven aquí —repitió, señalando seriamente el espacio entre sus piernas abiertas—. Pero antes descálzate.

Rachel titubeó, bajando la mirada para verse las zapatillas deportivas. Los dedos de los pies bailaban dentro del calzado, y los de sus manos hicieron otro tanto con las agujetas.

Se despojó de ellas y se levantó, algo indecisa.

Quinn la esperaba tranquilamente, y la envidió por ello.

A pesar de sus dudas se movió en su dirección, como si estuviera pisando arenas movedizas.

¡Pero todo debería estar bien!, no iba a sentarse sobre sus piernas, solo lo iba a hacer en el suelo; todo debería estar bien…

Rachel selló las preguntas del porqué no la había dejado en su lugar, y se posicionó a corta distancia, curioseando como abría la laptop y la encendía.

Quinn se alegraba de haberla enviado directo a su zona, lo disfrutaba mientras le indicaba con una seña dónde ubicarse. Al instante estaba gozando de esos beneficios, porque su trasero marcado por unos ajustados pantalones de chándal, se detallaba a unos veinte centímetros de sus ojos.

¿Darle la enhorabuena al trasero de Rachel sería algo degenerado, de mal gusto, grosero? ¡Seguramente! Pero tenía ganas… y aun así no lo hizo. En cambio elevó las manos con lentitud y la tomó de las caderas, advirtiendo el leve respingo que le provocó. Hacía un día y medio que no la tocaba y ya comenzaba a extrañarlo; aparte le debía su beso de despedida…

—Qué… haces —preguntó aquélla sin voz.

El contacto la había paralizado.

—¿Tú no querías aprender la seiza? —respondió Quinn en voz baja—. Es un buen momento para que la practiques. Siéntate con lentitud sobre tus piernas sin perder la línea de tu columna…

¿Seiza? Rachel no entendía nada, solo sentía la presión de esas manos en su piel, empujándola hacia abajo.

Hizo lo que le indicaba, como podía en aquel espacio reducido, y quedó con el borde de la mesa casi en su pecho.

—Sí… la posición —murmuró.

—Ahora debes hacer que tus dedos pulgares se rocen, nada más deben rozarse.

—Está bien…

La rubia se sonrió, observando esa espalda a pocos centímetros de su pecho.

—Las mujeres debemos juntar las rodillas, tal vez te quede un poco más cómodo así —indicó en un tono sutil, y para provocarla más, porque se sentía provocadora. Las manos desasieron las caderas y se instalaron en el medio de su espalda—. Derecha… —señaló, y al instante Rachel lo hizo—. Muy bien, así.

La actriz prontamente se encontró encerrada por Quinn a los costados y por detrás atrás, y enfrente por una computadora que ni siquiera veía. Y para el colmo de todos los colmos, otra vez el aroma a vainillas que despedía ella hacía estragos en sus sentidos, demostrando lo cerca que se hallaba.

—Veamos qué tenemos aquí… —tarareaba Quinn de manera gutural, inclinándose un poco más y deslizando el dedo mayor por el touchpad.

Rachel hizo un esfuerzo por no poner distancia; el calor la estaba ahogando.

—¿Qué vas a mostrarme?

—Algo que sacie tu curiosidad y te deje dormir de noche —comunicó burlona, abriendo y cerrando archivos—. Solo dame unos segundos; el último que manejó estas carpetas fue Coop, un buen amigo, genio en filmación, edición y montajes.

Rachel murmuró algo, tragando saliva ante este nuevo mundo privado que quería presentarle Quinn, y del que ya le había hablado: el de "detrás de cámara". Se trataba de eso… y ella que estaba pensando en su cercanía, en sus aromas y en que no debía encorvarse ni pensar en el brazo derecho rozándole el suyo, o su mejilla transmitiéndole su temperatura…

Rachel intentó una posición un poco más cómoda y retrocedió unos centímetros, pero no resultó. En su intento chocó con su pecho y se quedó tiesa. Por el silencio consecuente, desde atrás no dieron señales de inmutarse, mas delante, sí.

—¿Lograré sorprenderte? —musitó Quinn, ladeando un poco la cabeza.

Se hallaba tan cerca y se sentía tan bien. Más allá de las jugarretas que esa noche se dedicaban, en verdad se sentía muy bien…

Rachel agachó un poco la mirada, consciente de que si respondía con un mínimo giro sus labios se rozarían. ¡Qué diablos estaba haciendo Quinn!

—No has hecho más que sorprenderme hasta ahora. Ni hablar de tus conocimientos porcentuales —contestó con burla.

—Entonces aquí vamos...

Solo un click, y un video comenzó con la imagen de una bellísima mujer oriental en primer plano, riendo y haciendo morisquetas a la cámara. La que enfocaba era Quinn, por supuesto, se escuchaba su risa y comentarios.

La mujer hablaba en inglés y describía, entre dichos divertidos, lo que había detrás de ella. Un soberbio paisaje que podría haber visto alguna vez en libros o fotografías buscadas en Internet, se extendía ante sus ojos: árboles con copas de un rojo profundo, otros de un verde brillante, luego amarillos destellantes… Esa joven y Quinn estaban paradas sobre un puente de típico diseño japonés en medio de un lago y toda esa belleza.

—Es asombroso —murmuró Rachel, anonadada por esas vistas.

—Más que eso —dijo Quinn con voz extraña, pausando el video.

La hipnótica mirada de esa joven oriental flageló de curiosidad el interior de Rachel… y también de algo parecido a los celos.

Desvió la mirada al teclado, pero la voz cadente de la que estaba en la retaguardia logró que la elevara nuevamente… y también logró un par de cosas más con el posterior gesto de apoyar suavemente la barbilla en su hombro.

—Ella es Shizuma Hanazono. Aquí estábamos dando un paseo por los jardines de Miyajima. Esta ciudad es… patrimonio de la humanidad, Rachel; queda a casi cinco horas de Tokyo en tren y... no podría describirla con palabras.

—¿Tokyo, Quinn? ¿Qué hacías en Japón? —le costaba creerlo, sin pretenderlo, Quinn seguía desplegando una fascinación arrolladora en ella.

—Espera un poco más —bromeó, presionando juguetonamente el mentón en su piel.

Una risa de cosquilla se oyó en Rachel, y definitivamente era mucho mejor que el cello de Bach para Quinn.

—Esta noche no podré dormir pensando en Japón —respondió a la broma Rachel, al momento que el video volvía a correr, continuando con ese onírico jardín de Miyajima junto a la voz de aquella joven que había despertado aquello parecido a los celos.

Sin embargo eso no fue todo, porque respirando vainilla, teniendo a Quinn Fabray rozándola de forma casual e íntima al mismo tiempo, ese plano se desenfocó, se alejó y la que filmaba apareció por primera vez, más niña, como cuando habían dejado de verse, compartiendo espacio con aquélla belleza japonesa. Se vio un intercambio jocoso entre las dos y terminó con un beso en los labios.

La boca de Rachel se entreabrió durante unos segundos. "Vaya con las sorpresas", se dijo sarcástica, dibujando una mueca.

Como si nada, Quinn desplegó en la pantalla otro video y nuevamente otro mundo. Tratando de volver a la realidad, la perturbada observadora se encontró otra vez con la filmadora de lujo atosigando a un jovenzuelo sonriente, también oriental. Esta vez estaban dentro de lo que parecía ser un mercado.

La rubia que la escrutaba de reojo, no tardó en informarle de qué se trataba.

—Este joven se llama Sanshin Ichi. Aquí estamos en el Mercado de pescado de Tsukuji; es el más grande del mundo. Eran las seis de la mañana si mal no recuerdo, y estábamos a punto de ver un remate de mercadería —explicaba con voz divertida—. ¡Por dios que el olor era nauseabundo! Pero la experiencia lo valió todo. Él es una de mis personas preferidas —recalcó con voz suave—; su historia es conmovedora. Por esa época él tenía catorce años. Sus padres fueron pescadores muy humildes toda su vida, y continúan sobreviviendo en Tsukuji.

Cómo no mirar embobada, si Quinn se transformaba en otra persona cuando hablaba de ese pasado y la transportaba a ella, no solo al beso, sino a ese lugar lejano donde veía lo que le estaba contando, y luego más rostros y voces en su idioma original con la traducción en la parte posterior, como si fuera un documental.

Los siguientes minutos fueron tal vez mejores, en distintos lugares y personas a las que Quinn hacía preguntas, por momentos insistente y admirada, y en otros con la templanza de una entrevistadora.

Mujeres y hombres de todas las edades eran los que habían caído bajo su extrema y despiadada curiosidad. ¿Quién no lo estaría? Era una cultura tan diferente a la de ellas, tan increíble.

El cuestionario contenía algunas preguntas típicas de joven turista a las que algunas personas respondían con un ademán y pasos rápidos, huyendo. También aquélla era una opción; ella misma se imaginaba siendo perseguida por una pequeña filmadora en plena calle o mercado para ser atosigada a preguntas. Sin embargo algunos se quedaban y esos relatos eran sumamente enriquecedores, hablando de un pasado de guerra, un futuro en constante progreso, trabajo duro y supervivencia. Eso es lo que se podía ver, ya que Quinn adelantaba el video cada dos por tres, queriendo mostrarle todo ansiosamente.

—Deja de adelantar, quiero ver un poco más —se quejó Rachel.

El jadeo de su risa a su costado le movió algunos mechones de cabello.

—Podrás verlos a todos cuando quieras. Tengo unos veinte entre jóvenes, adultos y ancianos, desconocidos y conocidos y en cada lugar que conocí —explicó, utilizando las dos manos para escribir y buscar más archivos—. Pero ahora quiero mostrarte otro que es muy importante para mí.

—A ver… Has conseguido tu objetivo, chica —reconoció la otra, prendada de esa mezcla de universos que tenía a su alrededor.

Con la mirada fija en la pantalla, de pronto esas manos se detuvieron y otro video empezó. Esta vez las imágenes eran de otro talante, dentro de un gimnasio que tenía salida a un jardín increíble.

El hombre japonés que aparecía, de unos cincuenta años, con poblada cabellera cana y vestido con un traje especial, que también había visto en películas, se hallaba sentado en la misma posición que estaba ella misma, y que ya comenzaba a dolerle, la seiza. Miraba ceñudo la cámara y no se movía. Quinn comenzaba el video contando quién era él, y le preguntaba de dónde era y dónde estaban.

El hombre se llamaba Kenji Tohei y se hallaban en un dojo de aikido que le pertenecía. ¡Rachel ni siquiera sabía cómo pronunciar los nombres sin pausarse varias veces!

De pronto el video concluyó con él levantándose.

—Me costó horrores entrevistar al sensei Tohei. Era muy arisco, y hoy debe serlo aún más. Después de ese intento logré una buena entrevista de unos diez minutos, gracias a Sanshin —comentó riente—. Es muy respetado, como todo alumno de grandes maestros.

Con un gemido, después de varios minutos más, Rachel se frotó las piernas, y por más que estuviese encantada de estar en esa posición y tan cerca de Quinn, necesitaba escuchar respuestas y ver ese rostro mientras se las daba.

Al ver que su compañera estaba algo impaciente, Quinn dio por finalizado ese muestreo y la dejó hacer. Se retrajo un poco sobre el sillón y la observó levantarse con esfuerzo para luego sentarse a su lado. Por su parte hizo a un costado la laptop y se recostó contra los cojines con un sonoro suspiro.

Las dos se miraron de frente, Quinn elevando una ceja, Rachel roja hasta la frente... y la continua sensación de que ese juego de confesiones entre ambas era necesario, que lo querían; querían saberse, pero cómo empezar si Rachel tenía la imagen de la japonesa comiéndole la boca, y Quinn la certeza de que ese beso la había impactado más que todo lo demás.

La primera en reaccionar fue Rachel, que elevó las manos como si detuviera una embestida verbal de Quinn, al contrario de como realmente se encontraba: relajada y sin perder su postura de piernas abiertas.

—Está bien… estoy mareada —comenzó a decir con una sorprendida sonrisa—. ¿En qué vida lo has hecho? ¡¿Cuando sucedió todo esto?!

—En parte quería marearte, y sucedió en muy poco tiempo —reconoció con una burlona expresión a la vez que se metía en la boca dos malvaviscos seguidos, acción que Rachel imitó.

—Genial, cuéntame el cuento —arengó la actriz con la boca llena.

—Quedamos en que me fui a Los Ángeles de vacaciones, que me quedé y que la película terminó.

Rachel asintió, expectante.

—Bueno, al poco tiempo llegó Lancôme y su necesidad de reinsertarse en el mercado asiático con una mirada occidental que se acoplara. Se fijaron en mí, me convocaron y me propusieron una campaña junto a una actriz en ese momento muy popular en Japón. Y… me largué.

—Esa… chica —dedujo Rachel, no recordando su nombre verdaderamente.

Quinn rió, bajando unos instantes la mirada.

—Así es, Shizuma. Ella había explotado ese año en una telenovela que estaba protagonizando, y yo era la…

—La típica "belleza americana" que estaban buscando —contestó la otra por ella, mencionando ese sobrenombre que tenía su origen en ese hecho, y no en la casualidad. Rachel lo había escuchado tantas veces en esos años.

—Sí —admitió con una mueca—; de todas formas no iba a decir eso. Lancôme siempre busca personalidades de moda, y yo estaba de moda, así que viajé a Tokio por un par de semanas pero me quedé unos cuatro meses.

—Cómo te enamoras de los lugares —acotó Rachel, cautivada por el relato.

—Fue inevitable. No la estaba pasado muy bien en Los Ángeles; no tenía mucho dinero…

—¿Por qué la estabas pasando mal? —indagó al ver la repentina molestia en ella.

—Porque… había huido recientemente de… una boda…

—¡Vamos, mujer! ¿Todo esto es real?

Quinn respiró hondo y asintió. Haciendo un recuento de su vida los últimos seis años y mencionando los hechos rápidamente, sí, parecía una loca vorágine.

—Completamente real —confirmó casi sin voz.

—¿Tú escapaste de una boda? —inquirió Rachel incrédula, encontrándose al mismo tiempo con una punzada de envidia. ¿Era justa la sensación de sentir que su vida había tenido tanta aventura como un pez de acuario?

—Sí... bueno… yo también he estado a punto de casarme, Berry —respondió incómoda. Tomó para ella el paquete de golosinas y devoró dos más—. Fue con Puck… y en Las Vegas —lanzó, sintiéndose enrojecer.

—¡Te ibas a casar con Puck en Las Vegas! —chilló, totalmente anonadada, y enseguida se dio cuenta. ¡Ése era el gran conflicto del que jamás había querido hablar Noah!

Quinn la miró con disgusto.

—¿Tienes que gritar?

—¡No me culpes! ¡Esto es realmente increíble! —exclamó, llevándose las manos al pecho—. ¿Lo dejaste plantado en plena ceremonia?

—B-bueno, no fue tan así… Y no había sido una ceremonia… —explicaba Quinn con embarazo—. Él había tenido unos días de vacaciones, y habíamos decidido reunirnos en Las Vegas… Dios, me lo propuso en uno de los puentes del The Venetian; es el casino que recrea a Venecia… —explicaba con algunos ademanes—. ¡Lo hizo frente a cientos de personas! —gruñó, pasándose las manos por el cabello—, y le dije que sí, sin pensar, como siempre hice las cosas.

Rachel pestañeó varias veces, desorientada, y volvió a detenerla.

—¡Espera! Esto merece una taza de café —prorrumpió, levantándose de un salto—. ¿Quieres uno?

La rubia no pudo detenerla, porque simplemente Rachel en un parpadeo se encontró a varios metros de ella.

—No… Ey, ¿acaso tomas esto como un chisme? —preguntó algo recelosa, siguiendo sus pasos ligeros hacia la cocina.

—¡Tú qué crees?! —exclamó la otra desde allí; volcó algunas cucharadas de azúcar dentro de su taza con una sonrisa todavía alucinada—. La perfecta Quinn Fabray que entró a la fabulosa Yale terminó casi casada en una capilla de la ciudad de las perdiciones, no contenta con eso viajó a Japón para una campaña publicitaria de una de las mejores, sino la mejor, marca de cosméticos del mundo, y allí descubrió un mundo paralelo del cual enamorarse. ¡Mira si no es para un guión!

La otra revoleó los ojos, largando un sonoro bufido.

—Lo has dicho, casi termino casada en una capilla, por eso me fui corriendo. Dejé al pobre diablo en el altar, entre un mar de lágrimas y un "no puedo, perdóname" —prosiguió—. He sido tan egoísta… mientras corría sentía que estaba terminando con él para siempre, y así fue. Intenté hablarle tiempo después, pero… no quiso. No volví a verlo —concluyó tristemente.

Con una exclamación excitada, Rachel se acercó, volviéndose a sentar a su lado. Allí la miró, mordiéndose los labios.

—¿Por qué?

—No podía engañarnos más; nuestra relación no iba para ningún lado. A esa distancia nada se hubiera podido lograr —suspiró.

—El amor se termina, ¿no es así? —recapacitó Rachel.

Quinn afirmó con la cabeza, sin alejarse de sus pupilas oscuras.

—Y yo que he pasado estos años sobre tablas y entre bambalinas —continuó con un dejo de risa.

Quinn cerró los ojos con un gemido.

—No me hagas esto, por favor. Yo he sido una renegada total que ha tenido suerte, nada más. Tú eres leyenda… Trabajas para eso incansablemente, tienes un premio a la mejor actriz antes de los treinta, ¡por todos los cielos! —exclamó apasionadamente.

Rachel le sonrió, tomando un sorbo de su café.

—¿Que sucedió con el idioma?

—Sumamente difícil. Por suerte varios de ellos hablaban nuestro idioma, y dentro del grupo de la firma con el que viajé había un intérprete.

Rachel la miró soñadora.

—Al otro lado del mundo, viviendo experiencias únicas… ¿algo así como: come, reza, ama?

A Quinn le hizo gracia la mención de esa película sin dudas magistral, y ladeó un poco la cabeza para observarla pensativa.

—¿La verdad?

—Desnuda…

—Goza, aprende y regresa —contestó sin más.

—Sí que estás desnuda… —masculló Rachel, tocada por esa sinceridad.

No olvidaba que esa noche, las dos, sin ni siquiera pensarlo, la habían dedicado al "sexo".

—No te escandalices. Después de mi error número cien al ilusionar a Puck con un casamiento, tenía que pasarme algo así.

Rachel se escondió detrás de un largo sorbo de café, y asintió.

—Desglosa tu conteo entonces —pidió, sumamente interesada—, pero sin porcentajes.

Quinn carcajeó, dispuesta a hacer lo que le pedía por primera vez delante de ella, de Rachel Berry.

Goza con mi compañera de trabajo, aprende… acabas de ver algo de ello en los videos y en cuanto a regresa no hay desglose alguno para ello. ¿Acaso no todos queremos regresar al hogar?

—No siempre —refutó Rachel con la mirada entrecerrada—. Entonces ese viaje ha sido el principio de todo…

—Japón ha sido el principio de todo. Pero también he comprendido que cada uno posee un tiempo único y particular, y no todo sucede cuando se desea —espetó Quinn con ímpetu—. Esas personas que viste son la verdadera belleza para mí, sus sueños, sus talentos, sus historias. No una marca de cosméticos o ropa que desea mi cuerpo. Por algo me quedé cuatro meses más; allí quise experimentarlo todo.

—¿Todo? —inquirió la otra en tono sospechoso.

Quinn hizo una mueca disconforme.

—Si piensas en drogas vas por mal camino —respondió a la defensiva.

—No pensé en eso —se defendió con un mohín—. Baja el escudo, Fabray. ¿Has vivido todo con ella? —insistió.

Los ojos de Rachel se agrandaron más y parecían redoblar su brillo ante la seriedad del rostro escarlata de la rubia.

—No todo —señaló ésta, arrepentida de haber lanzado sus espinas a Rachel—. Shizuma ha sido muy especial para mí. Fue instantáneo; después de ella no he podido estar con ningún otro hombre. Despertó mucho en... mí.

—¿El amor? —masculló Rachel.

—Algo así —respondió entre risas finalmente.

—Hubiese jurado que fue Santana —lo dijo, y cuando la última letra del nombre de la morena salió de su boca directo al rostro de su interlocutora, la temperatura de su cuerpo se elevó a varios grados más.

La risa divertida de Quinn distendió el momento; no estaba sorprendida, por supuesto. Era algo lógico que sucediera, ya que el grupo seguía unido, y vamos que de Santana tenía el mejor de los recuerdos.

—Ella fue un gran impulso, pero no el único. Tokio fue mi Atlántida, donde mi cuerpo tomó un significado diferente —confesó reflexiva, con un sentimiento tan profundo que lograba emanar de su cuerpo—, donde aprendí a ser… como un lienzo blanco…

La que escuchaba elevó las piernas, sosteniéndose de la taza humeante como si de ello dependiera su estabilidad.

Rachel se contagió inevitablemente de su emoción, de su historia. Se encontraba hechizada, blanda a cualquier cosa que pudiera ofrecerle en lo que quedara de relato. No le importaría que continuara con el mismo lo que quedara de noche.

"Háblame de tu lienzo blanco", pedía en silencio, recordando vívidamente aquel tatuaje que había visto en parte y casi a hurtadillas, y que seguramente le traía reminiscencias de su adorada Tokio.

Esta Quinn la atragantaba, más que los primeros días, más que los primeros años. Su apertura con respecto a la faceta sexual que se mencionaba de ella en otros lugares, le había ardido en el vientre y le había dado el primer pinchazo de celos.

Claro que no era extraño para Rachel, ya la había "descubierto" hacía tiempo y de la mano de la propia Santana, pero dicho de los labios de la otra protagonista llena de mundo, era toda una revelación.

—¿Tú eres lienzo blanco?

La pregunta entretejió sus tonos dentro de su cerebro, despertándola lentamente de los peculiares pensamientos en los que se había metido.

—¿Lienzo blanco? —preguntó en un murmullo, encontrándose con la intensa mirada verde.

Tomó de su café y tragó ruidosamente.

—Sí, Rachel. ¿Con el señor Peals te sientes un lienzo blanco?

Una risa fingida se dibujó en los labios de aquélla como respuesta.

—Esa es una pregunta un tanto…

Y la contestación quedó en la nada porque un teléfono comenzó a llamar. Rachel se levantó abrupta, dejando la taza en la mesa.

Con un gruñido imperceptible, Quinn la observó ir hacia su bolso y tomar el móvil.

—Hablando de Romeo… —espetó irónica.

—Sí, es-es él… disculpa —tartamudeó, mostrándole atónita el teléfono que no se detenía.

Al parecer, Matt había logrado escucharlas de alguna forma y había decidido interrumpirlas en ese momento.

—Habla con tu Romeo, no te preocupes, yo seguiré con la cena —dijo Quinn, estirándose—. Esta vez serán dos menús Rachel. Muy bien con los nutrientes de los vegetales pero tengo… otras necesidades, como de bistec, por ejemplo.

Rachel hizo una mueca de disgusto pero terminó cediendo.

—¡Llenarás el departamento de olor a carne asada!

—Te lo mereces —bromeó un poco mentirosa, señalando el móvil.

—Sí, yo… ya regreso —se excusó Rachel rápidamente, ya sin poder ignorar la llamada. Girándose se dirigió a su cuarto y se encerró.

—Vaya con el galán —murmuró con fastidio la que quedó sola.

Automáticamente tomó la taza para terminar el contenido, la giró y terminó apoyando sus labios donde Rachel lo había hecho.

Una carcajada a corta distancia crispó sus nervios.

—Idiota…

No supo si se lo dijo a sí misma o al galán en cuestión.