Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.

Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?

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¿Qué es la felicidad?

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Capítulo Beteado por IsabellMcEwan (Betas FFR)

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Capítulo 20: Contracara

"No podemos elegir de dónde venimos, pero sí hacia dónde vamos".

Las ventajas de ser un marginado —Stephen Chbosky.

BPOV

Un cálido escalofrío recorrer por mi columna vertebral, me fue trayendo de a poco a la realidad.

Gimoteé sin ganas de despertarme, estaba durmiendo muy plácidamente y quería aprovechar este tiempo, envuelta en una cálida cama, sintiéndome viva, luego de nueve largos años.

Sea lo que fuere que estaba haciendo un camino en mi espalda, se sentía realmente bien; con cada toque, una corriente eléctrica despertaba hasta el más oculto nervio de mi cuerpo, era realmente una manera grata de despertar.

Comencé a removerme, cerrando fuertemente los ojos cuando la luz del sol me dio de lleno en ellos, bufé de mal humor y enterré mi cabeza en la almohada; o la creí que era la almohada. Digo… ¿Desde cuándo a esos objetos inanimados les late un corazón?

Rápidamente abrí mis adormilados ojos y traté que mi vista se acostumbrara a la luz del sol; lo primero que vi, fueron dos ojos verdes mirándome divertidos.

La realidad cayó sobre mí como un gran flash.

La noticia del embarazo de Kate, la lluvia, la discusión, el dolor, el llanto; absolutamente todo. ¿Quién iba a decir que ese interminable día terminaría de la mejor manera?

Al fin me había despertado, por decirlo de alguna manera, al fin había dejado de darme por vencida y luchar por mis propias decisiones, por mi felicidad.

La venda de dolor en mis ojos por fin había decidido abandonarme, para reemplazarla por una fuerza increíble. Estaba muerta de miedo por lo que vendría, pero no me asustaba, es decir, claro que me ponía nerviosa o lo que sea, pero sabía que ya no me dejaría intimidar. Había aprendido a armar una coraza, donde las palabras hirientes de todos ya no tenían efecto en mí.

La batalla la ganó la Bella de antes, dejando marginada a la Isabella que apareció hacía nueve años; aquella mujer vulnerable, frágil, manejable. Si bien este camino recién comenzaba, la parte más difícil la estaba sobrellevando: perdonarme a mí misma.

Siempre y cuando yo estuviera bien conmigo, esperaba que lo demás se acomodara, después de todo… había sido yo misma la que puse en esta situación, con la culpabilidad de lo que le ocurrió a mi bebé, por el dolor agudo que sentía en cada parte de mi cuerpo, por la soledad que me tocó vivir y, sobre todo, por no pedir ayuda cuando más lo necesitaba; esos habían sido los ingredientes para dejarme caer a mi pozo, oscuridad, resignación… no había nada más, todo era negro, sin ningún recoveco para que se filtrara algún rayo de luz.

Ahora eso cambió.

Como dicen, las peores etapas de la vida no duran una eternidad; los días malos pasaron y siempre me perseguirían, pero… no se podía hacer nada para cambiar el pasado, pero si para cambiar el futuro. Mi cabeza volvía a plantarse con una idea fija: ya no me permitiría sufrir, ya lo había hecho en demasía y, si alguna vez pensé que la felicidad no estaba hecha para mí, me confundí.

Yo también tenía derecho de ser feliz y, esa felicidad, solo podía ir de la mano con una persona.

Una cálida sonrisa, algo vergonzosa, apareció en mis labios al encontrarme con la mirada del hombre que amaba, él soltó una carcajada haciendo que mi pecho se hinchara y mi pobre corazón comenzara a golpetear fuertemente en él.

—Jamás dejaré de divertirme contigo a las mañanas —acarició mi barbilla—. Sigues siendo igual de gruñona.

No pude evitarlo y me eché a reír con ganas.

—¿Supone eso un halago?

—Un halago, definitivamente —respondió.

Me acurruqué en su pecho, rodeé su cintura con mis brazos y suspiré completamente feliz. Su cuerpo pegado al mío, sentir una de sus manos acariciar mi espalda una y otra vez, mientras que la otra se enrollaba arriba de mi brazo que lo rodeaba, era la mejor manera de despertar; quería esto para el resto de mi vida, lo quería a él y haría todo lo posible para continuar con esto.

Edward fue todo lo que siempre necesité, lo que anhelé y eso no había cambiado; es más, se había intensificado con el correr de los años. Él había sido el único hombre que llegó a mi corazón, con esos pequeños detalles, cada día enamorándome todavía más.

Anoche había vuelto a sentirme como esa adolescente que fui hace tiempo, envuelta en su cuerpo, en su cercanía, sintiéndome amada y deseada. Sus ojos me transmitían el infinito amor que me profesaba, me hacía sentir viva porque me miraba como si fuera la mujer más importante del mundo, como la única. ¿Qué mujer en su sano juicio no se sentiría bien con un hombre como Edward?

Él me seguía eligiendo a pesar de todo, a pesar que yo no podría darle una familia propia, a pesar que fuera una mujer casada, a pesar que aún me quedaba mucho camino por delante para volver a ser la misma Bella de siempre; por algún motivo divino, él seguía amándome de la misma forma que yo lo amaba.

«Te amo»

Esas simples pero tan complejas palabras, hicieron que mi mundo cambiara totalmente. Había intentado separarme de él, para que fuera feliz. Intenté que regresara junto a Emma para que ella le pudiera dar lo que yo no soy capaz. Sin embargo, aquí estábamos los dos acostados con nuestros cuerpos completamente juntos y enroscados, sin ninguna parte sin rosarse.

Las inaguantables ganas de ir al baño, me sacaron de mis pensamientos. Bufé al tener que separarme de Edward, pero igualmente tenía que hacerlo. Dejé un beso en su pecho y me levanté de la cómoda posición. Cubrí mi desnudez con la sábana, enroscándola en mi cuerpo; bajo la atenta mirada de Edward.

Le guiñé un ojo y fui de puntitas hacia el cuarto del baño. Luego de hacer mis necesidades y lavarme la cara y los dientes con el cepillo que siempre llevaba en mi bolso, me miré al espejo.

La muchacha reflejada, esta vez, se veía distinta. Me sonreía y sus ojos brillaban con gran intensidad, haciendo que pareciera más grande lo que realmente eran. Todavía no podía creer todo lo que me había cambiado la vuelta de Edward a mi vida. Era todo tan irreal, tan… correcto.

Descendí una de mis manos hasta mi vientre y acaricié la pequeña cicatriz de la operación que me hicieron el día del accidente, aquella donde había nacido mi bebé… la que nunca llegué a conocer. Mis ojos se llenaron de lágrimas pero, igualmente, sonreí.

Las palabras de Edward aún retumbaban en mi cabeza y le creí; yo también pensaba que Carlie había vuelto a juntar nuestros caminos, para que podamos sanar juntos. Para que nos ayudáramos a poder superar esa gran pérdida. Mi pequeñita, nos había guiado... confiaba en que así fue.

Sobé mis mocos y limpié mis lágrimas, para volverle a sonreír al espejo.

La Bella de añares, estaba cada vez más cerca.

Volví a la recámara; Edward seguía en la misma posición que lo había dejado, solo que miraba con el ceño fruncido al celular. Me reí, era tan tierno cuando hacía eso.

—¿Problemas tecnológicos? —pregunté, colocándome a su lado, apoyando mi cabeza en su pecho nuevamente.

—¿No te olvidas de algo? —inquirió, dejando de mirar su celular para posar su mirada en mí.

Fruncí el ceño.

—¿Y mi beso de buenos días?

Me reí sin poder evitarlo y trepé hasta su cuerpo para poder besarlo, sonrió en mis labios y atrajo mi cabeza para poder besarme como se debía. Nuestros labios comenzaron con la conocida sincronía, cada vez que se juntaban… un remolino de sensaciones atacaba mi cuerpo sin piedad, solo lo quería a él; sus besos eran inigualables y jamás, jamás me cansaría de besarlo.

Sus brazos se detuvieron en mi cintura y me apretó más contra él, mis manos se enredaban en su cabello, tan suave y sedoso, jamás me había podido contener con acariciarlo, era inevitable no poder hacerlo. Rápidamente, la sábana que antes cubría mi desnudez, estuvo fuera de mi cuerpo, ahora ambos estábamos desnudos, deseosos de repetir las placenteras tareas que hicimos anoche, una antes de dormir y luego dos veces más, despertándonos a la madrugada, sin ser capaces de mantener nuestras manos alejadas del cuerpo del otro.

El beso comenzó a recobrar mayor pasión, deseo y desenfreno. Mi cuerpo traicionero reaccionaba a sus caricias y, ahora que había vuelto a sentir como era entregarme a él, muy difícilmente pudiera parar. Sentir a Edward en mi cuerpo era, sin lugar a dudas, una de las mejores experiencias que viví, sentir sus caricias, sus mimos, sus dulces palabras mientras me poseía, era sensacional e inexplicable.

Sin poder evitarlo, nuestros cuerpos volvieron a ser uno, fusionándose en ese intenso amor que nos teníamos. Mi cuerpo entero recobró vida, encendiéndose con cada caricia, con cada beso, con cada "te amo". Sentirlo dentro de mí, solo me hacía retorcerme de felicidad. ¿Cuántas veces me imaginé volver a estar envuelta en sus brazos?

Nos entregamos sin prisas, sin miedos. Nos pertenecíamos, esa era la única y absoluta verdad. Cuando ambos llegamos a la cúspide juntos, gritamos el nombre del otro, sin disimular la felicidad que sentíamos al volver a amarnos, tanto física como emocionalmente.

Jadeantes pero satisfechos, volvimos a besarnos tiernamente. Mantener mis labios alejados a los del hombre que amaba, me era muy difícil. Solo cuando la necesidad de respirar se hizo presente, nos tuvimos que separar un poco.

—A esto le llamo un buen inicio del día —murmuró Edward, con la respiración errática—. Buenos días, hermosa.

—Buenos días —contesté, dándole un breve beso en los labios.

Me quedé en la misma posición, recostada sobre el cuerpo de Edward; a él no parecía molestarle que lo utilizara de colchón y, si lo hacía, nunca lo demostró.

—Al final Garrett tenía razón —lo miré con una ceja alzada—. Me envió un mensaje preguntándome cómo estaba, se quedaron muy preocupados por nuestra desaparición.

Asentí, era entendible que se preocuparan; después de todo habíamos huido sin decirle nada a nadie.

—¿Le has dicho a Jasper?

—Le dije que estaba contigo y que estábamos bien, no te preocupes —me apretó a su cuerpo—. Retomando con Garrett, hazme recordar que cuando lo vea lo golpee.

Curvé una sonrisa—. ¿Por qué?

—Me ha dicho que ganó, ya que imagina lo que estuvimos haciendo anoche —puso los ojos en blanco—. Hace unos días avisó que no podría mantener mis manos alejadas de ti por más tiempo y ahora estará inaguantable con sus insinuaciones. Se pondrá muy pesado, atacándonos con nuestra vida sexual, nuevamente activa —movió sus cejas, yo rodé los ojos.

—Me alegra eso —dije burlona.

—¡Oh! Créeme pequeña, yo me alegro más —besó brevemente mis labios.

Nos tuvimos que levantar de nuestra cómoda burbuja, ya que nuestros estómagos tenían vida propia. Edward se cambió rápidamente y bajó en busca de alguna tienda para comprar algún tipo de comestible, pues en el departamento no había ninguna clase de comida, había sido un milagro encontrar un paquete de café en buen estado.

Recogí mi cabello en una coleta y volví a colocarme la misma ropa de ayer —recolectándola por todo el piso—, ayer no habíamos sido cuidadosos en acomodar las prendas, tampoco era que me importaba. Ordené las ropas que se me mojaron ayer en la lluvia y, por suerte, ya se habían secado. Las doblé prolijamente y las coloqué arriba de una silla, me cambiaría cuando dejáramos el lugar.

Me acerqué hasta el ventanal de la sala y miré el día soleado que se extendía por toda la cuidad, el sol brillaba con gran intensidad. Sonreí por ello, después de todo yo me sentía igual… por fin, sentía que mi vida estaba recobrando su rumbo.

Mi noche, nuevamente estuvo sin presencia de pesadillas. Ahora lo entendía, cada vez que dormía junto a Edward, éstas desaparecían, pues mi inconsciente sabía que estaba segura y protegida con la presencia del hombre que amo. Lo mismo había ocurrido aquella vez en casa de Garrett de Kate, pero que había ignorado hasta hoy.

Hasta en mi inconsciencia Edward tenía el poder de hacerme sentir bien.

Sentí unos brazos abrazarme por la cintura e, instantáneamente, recosté mi cuerpo en su fuerte pecho. Suspiré feliz y cerré mis ojos.

—Aún no creo que estemos así, otra vez —murmuré, acariciando sus brazos alrededor de mí.

—Créelo, pequeña; estamos aquí —besó mis cabellos—. Traje el desayuno, nada elaborado.

—Será perfecto igual —sonreí, mirándolo por el reflejo del vidrio.

—Uhm… Bella —carraspeó.

—Dime…

—He hablado con mi madre hace un rato… —esperé a que continuara hablando—. Quieren verte.

Mi cuerpo se puso rígido, Edward lo notó y comenzó a acariciar mis brazos.

—Pero…

—Ellos te aman, Bella —aseguró—. No más que yo, porque eso es imposible —solté unas risitas—, en serio quieren verte, también fueron muchos años para ellos. Te extrañaron mucho.

—Lo sé —suspiré—. Yo también a ellos, pero… no sé, Edward.

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Suspiré nerviosamente mirando la casa frente a nosotros. Edward tomó mi mano entre las suyas y la llevó hasta su boca para dejar un casto beso en ella.

—Tranquila, ¿sí?

Traté de serenarme y asentí. Edward me sonrió cálidamente, tomó mi rostro en sus manos y me besó despacio; eso me ayudó a calmarme, después de todo solo era él el que conseguía eso.

—Está bien, creo que ya estoy lista. —Jugueteé con mis dedos.

—¿En serio?

No.

—Claro —disimulé una sonrisa, Edward largó una carcajada y volvió a besarme castamente.

—Estás igual que el mismo día que te llevé a mi casa por primera vez, para presentarte oficialmente.

—No igual, ahora creo que sudo menos —arrugué mi ceño—. Supongo que… ¿eso es bueno?

—Eres hermosa —picó mi nariz—. ¿Vamos?

Me armé de valor y salí del coche; apenas estuve junto a Edward, entrelazamos nuestras manos y nos detuvimos justo en la puerta de entrada de la casa de sus padres.

Finalmente, me había convencido en venir. Tenía muchas ganas de volver a ver a Esme y a Carlisle, pero… me atemorizaba su reacción para conmigo; aunque Edward me dijera que yo no había tenido la culpa de lo que sucedió, no podía evitar sentirme culpable. Después de todo, luego del accidente, su familia también se desmoronó.

—Ya te lo dije pequeña, nadie es culpable de nada —la dulce voz de Edward me sacó de mis cavilaciones; era maravilloso lo conectados que estábamos, él sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza—. Deja de viajar a kilómetros y kilómetros de aquí.

—Lo siento, a veces no puedo manejarlo.

—Lo sé —me abrazó fuertemente y descansé mi cabeza en su pecho—. Todos los de esta casa te amamos.

Sonreí dulcemente y me elevé de puntitas para besarlo ligeramente.

—¿Estás lo más parecido a lista?

—Lo más parecido a lista, sí.

Se rió con ganas y utilizó su llave para abrir la puerta. Había estado una sola vez en esta casa, pero eso no significaba que ya no me sorprendería con ella. Su hogar, era exactamente igual a la casa que construyeron en Forks, con el mismo color en las paredes, con la misma decoración y muebles, hasta se sentía el mismo calor hogareño.

Había fotos distribuidas por las paredes color crema y, justo arriba de la chimenea, ese cuadro de la familia Cullen que siempre me había encantado. Eran ellos cuatro, en el cumpleaños número diez de Jane, se veían tan lindos y tan jóvenes; la belleza de esta familia no solo era física, sino también del alma.

Ellos eran la familia perfecta.

Seguí contemplando la casa, hasta llegar a la puerta de la cocina. Me quedé sin respiración momentáneamente al ver tres pares de ojos mirándome cálidamente. Sentí como mis mejillas comenzaban a calentarse y, enseguida, bajé mi mirada al suelo.

Una de las manos de Edward me estrechó por la cintura y, la otra, tomó mi mano para darle un apretón. Sentí su aliento en mis cabellos y murmuró:

—No muerden —pude notar burla en su voz—. Él único que puede hacerlo, soy yo.

No pude evitarlo y me reí.

Quité mi vista del interesante suelo y devolví la sonrisa que me brindaba la familia Cullen. En el marco de la puerta estaban los tres: Esme, Carlisle y Jane.

—Buenos días —saludé algo tímida.

—¡Oh, Bella! —Exclamó Esme y, lo próximo que sentí, fueron sus brazos estrecharme fuertemente.

Hasta ese momento, no me había percatado de la intensidad con la que la había extrañado. Siempre consideré a Esme como la madre que no me tocó tener, ella había sido una persona muy importante para mí, quien me ayudó en los momentos más difíciles, sobre todo con el embarazo. Esme había sido la mujer que me enseñó lo que vendría, la que me apoyó desde el primer el día y la que se preocupaba por mí y por su nieta.

Todo lo contrario a Renée.

—Mi niña, te extrañé tanto —apreté aún más mis brazos en torno a su cuerpo, tragándome las lágrimas que amenazaban con salir.

—Y yo —hipé silenciosamente.

Nos seguimos abrazando hasta que fui capaz de quitar mi cabeza de su pecho. Me miró a los ojos, esos ojos verdes tan intensos como los de Edward, brindándome esa cálida y maternal mirada; no me pude contener más y las lágrimas brotaron libremente por mis ojos, descendiendo por mis mejillas, mojándolas en el acto.

Esme, con sus ojos aguados, secó con sus pulgares las lágrimas que lograron caer y volvió a sonreírme, no me pude contener y le sonreí de vuelta. La había extrañado tanto.

—Bienvenida de vuelta, cariño —murmuró, acariciando mis mejillas.

Sentí un carraspeo desde atrás a nosotras, miré hacia esa dirección y estaba Jane mirándome dulcemente.

—Hola, Bella.

—Hola, Jane —sonreí.

—¿No hay un abrazo para mí? —escuché las risas de Edward y Esme, no me pude contener y estaba riendo igual que ellos.

La risa salía con fluidez, cada vez era más fácil reír y reír.

—Claro, pequeño pastelito —apreté mis labios al ver el bufido que salió de los labios de la hermana menor de Edward.

—Solo lo dejaré pasar esta vez… —murmuró cuando estuvo al lado mío y envolvió sus delgados brazos a mí alrededor; yo hice lo mismo y la estreché con fuerza—. Me asustaste ayer, es bueno saber que tu mirada brillante volvió —habló en mis cabellos.

—También me alegro por ello —contesté con una sonrisa en su hombro.

Nos abrazamos un poco más, hasta que sentí una presencia delate de nosotras. Alcé mi vista y allí estaban esos dos ojos azules iguales a los de mi mejor amiga de la infancia; me sonreía cálidamente. Carlisle siempre había sido del tipo serio, pero eso no significaba que no te encariñaras con él. Si bien era serio, cuando él estaba cerca, un fuerte sentimiento de protección rodeaba a las personas de su alrededor. Él era el hombre que moriría con tal de ver a su familia bien, daría hasta lo imposible por el bienestar de las personas que amaba.

—¿No hay un saludo para este viejo? —sonrió dejando al descubierto unas pequeñas arrugas en sus ojos.

Era tan fácil volver a ser la de antes junto a ellos.

Sonreí con ganas y me lancé a su cuerpo, llorando sin poder evitarlo. Me había vuelto una chillona, pero creía que todo el tiempo que estuve guardándome mis emociones, ahora me estaban pasando factura.

—Te hemos extrañado mucho, Bella —susurró, acariciando mis cabellos.

—Lo siento tanto —dije, empleando el mismo tono de voz.

Sentí como negaba una y otra vez, sin dejar de acariciar mi cabello.

—No lo sientas, linda —volvió a susurrar—. Festejemos que vuelves a estar aquí y también la aparición del brillo en los ojos de mi hijo y en los tuyos.

Le sonreí tímidamente, Carlisle me guiñó un ojo y se separó un poco de mí. En ese momento, apareció Edward rodeándome con sus brazos. El papá de Edward lo miró con una gran sonrisa y asintió por alguna razón; creía que Edward lo sabía, después de todo ellos siempre se comunicaban con los ojos.

Rodeamos de ese cálido clima, Edward me llevó por el camino que nos llevaría hacia el comedor donde nos esperaba un delicioso banquete.

¡Oh, la comida de Esme!

Antes de que traspasáramos la puerta que separaba el living del comedor, Edward detuvo sus pasos, tirándome hacia él, dejándome acorralada contra la pared y su cuerpo.

Sus ojos buscaron los míos y los vi con una intensidad indescriptible, le sonreí ampliamente.

—Te amo —dijo, agachando su cabeza para dejarla a mi altura—. Lo hago tanto, pequeña.

No dijo nada más y yo tampoco fui capaz de responderle, pues sus labios aprisionaban los míos de una forma deliciosa. Sus pasos se posaron en mi cintura y me elevó unos centímetros del suelo, para no tener que flexionar sus rodillas, mis manos descansaron detrás de su cuello, jalando despacio los cabellos de su nuca. Nuestras lenguas batallaban en la boca del otro, mientras que nuestros cuerpos comenzaban a despertarse.

Luché desesperadamente por no rodear con mis piernas sus caderas, después de todo mi cerebro todavía recordaba que estábamos en casa de sus padres, con su presencia solo a un cuarto contiguo y que no estábamos solos, por desgracia.

No sabía el motivo del arranque apasionado de Edward, tampoco era que me importa. Pero había algo en la forma en que me besaba, se sentía como si… estuviera de a poco, cayendo en la realidad, en nuestra realidad.

Ayer había sido un antes y después en nuestra relación, estaba segura de eso.

Los fantasmas del pasado habían sido sacados al exterior luego de nueve años, el dolor estuvo impreso en nuestros cuerpos por mucho tiempo pero, al fin, habíamos podido sobrellevarlo juntos. Las dudas, los malos entendidos, las despedidas, los cambios, absolutamente todo, habían vuelto a la luz, pero esta vez, lucharíamos para enfrentarlos.

Escuchamos un carraspeo desde algún sitio y, solo así, fuimos capaces de despegar nuestros labios. Al mirar a la dirección de la voz, vimos a Jane sonriendo de oreja a oreja, escondí mi rostro en el pecho de Edward.

—Si ya terminaste de estampar a Bella en la pared… —habló con burla con la voz—, mamá dice que la comida está lista.

Edward soltó unas risitas, besó mis cabellos, me colocó sobre mis pies y entrelazó nuestras manos para dirigirnos hacia la cocina.

—No más comentarios, Jane. —Avisó Edward enarcando una ceja. Jane rió abiertamente y enganchó su brazo en el mío libre.

—Era hora que estuvieran de vuelta —fue el último comentario de su hermana menor, miré a sus ojos azules y le sonreí.

Tenía razón, era hora que estuviésemos de vuelta.

Al llegar al comedor, la mesa estaba puesta y totalmente abastecida de apetitosa comida, hasta ese momento no me había dado cuenta de cuan famélica estaba, de solo ver el almuerzo mi boca se hizo agua. Me ubiqué al lado de Edward, Esme y Carlisle se sentaban en las cabeceras de la mesa y Jane frente a nosotros.

—Antes de comenzar a devorar la deliciosa comida de mi hermosa esposa… —comenzó a hablar Carlisle, Esme le sonrió con sus ojos verdes totalmente iluminados—. Quiero brindar por la vuelta de Bella a nuestras vidas, al igual que la de mi hijo. Jamás perdimos las esperanzas que este día llegaría y sé que todas las cosas malas que tuvimos que transitar, desde ahora solo serán buenas. Ahora sí puedo decir que la familia está completa.

Edward entrelazó nuestras manos por debajo de la mesa, le di un apretón y las dejé apoyadas sobre mi muslo.

—Salud —respondimos todos chocando nuestros vasos.

El almuerzo pasó con muchas risas y bromas. La familia Cullen era la más maravillosa familia que conocía, ellos eran alegres, sencillos, amigables y los amaba por sobre todas las cosas. Al principio temí en venir, por el miedo al rechazo. Ahora me daba cuenta de lo equivocada que estaba, ellos seguían siendo personas excelentes y jamás mostraron algún tipo de rencor conmigo, sino todo lo contrario.

Antes de comenzar una relación con Edward, yo ya había adoptado a los Cullen como mi familia postiza, al igual que Jasper. Ellos siempre nos recibieron con los brazos abiertos, apoyándonos en nuestras decisiones o aconsejándonos en lo que necesitáramos.

Ellos eran la contra cara de los Swan.

Mi vista se concentró en Esme, ella tenía una naturalidad impecable, sus ojos maternales ya te hacían sentir bien, en paz. Transmitía una sensación de calidez, como si con su sola presencia te diera un fuerte abrazo.

Seguí con mis ojos y di con Carlisle. Él era el mentor de la familia, el que sostenía el hogar, sus ojos transmitían seguridad, protección y valentía. Estaba segura que él daría su vida por los suyos, jamás dejaría que nada le ocurriese a su familia.

Edward y Jane eran las personas más afortunadas por tenerlos como padres. Carlisle y Esme habían criado de la mejor manera a sus hijos, haciéndolos las hermosas personas que eran hoy. Ellos se preocupaban por sus hijos, por sus ideales y su felicidad. Respetaban sus decisiones sin importar cuales fueran y, lo más importante, era que brindaban su apoyo incondicional.

A mí me hubiese gustado tener unos padres como ellos, si los míos hubiesen sido solo una parte de lo que son ellos, estoy segura que mi vida sería otra.

Aunque ahora ya era tarde, después de todo uno no elige la familia que nos toca, sino que somos enviados a ella, yo no había tenido suerte con mis padres pero tampoco podía decir que todo fue malo, después de todo tenía un hermano maravilloso que se preocupaba por mí y la vida me colocó en el camino de los Cullen, la familia que había elegido desde el primer momento que di con ellos.

—¿La estás pasando bien? —preguntó Edward en mi oído, enviándome escalofríos por mi espina dorsal.

—Por supuesto —respondí con una sonrisa. Sentí dos pares de ojos mirándonos y me encontré con cuatro faroles azules iluminados, también les sonreí a ellos: a Carlisle y a Jane.

Mi vista se centró en Esme cuando volvió con una bandeja en sus manos. Respiré profundo y me toqué el estómago, había comido más de lo necesario, no estaba segura si me cabría el postre. La comida de Esme era la más deliciosa que hubiese probado jamás, nos había preparado un delicioso pollo asado con diversas verduras y una de sus tantas salsas especiales. Demás está decir que dejé mi plato prácticamente limpio, me había devorado todo.

—Espero que les haya quedado espacio para el postre… —comentó risueña—. Preparé flan, al estilo Esme —nos guiñó un ojo.

Todos soltamos unas risitas.

—¡Dios, mamá! Creeré que nos quieres engordar para luego comernos.

Nos sirvió una buena porción a cada uno, aunque pensé que mi estómago no daría más, apenas mis papilas gustativas percibieron el dulce postre, fue historia, me lo comí en pocos bocados.

Cuando terminamos de comer entre Jane, Esme y yo juntamos la mesa y nos fuimos hacia la cocina a lavar los platos sucios, Jane se quedó junto a los hombres terminando de acomodar la mesa. Mientras la madre de Edward lavaba, yo secaba los utensilios.

—No sabes la alegría que me da volver a tenerte con nosotros, Bella —cortó el cómodo silencio que nos rodeaba.

—Gracias por todo esto —respiré hondo—. Siempre han conseguido que me sienta como uno de ustedes.

—Eres una de nosotros —sonrió maternalmente—. Este es el último plato —me lo pasó y lo sequé rápidamente—. ¿Me acompañas al jardín un momento?

Nos secamos las manos y salimos hacia el jardín trasero.

—La naturaleza es lo que más extraño de Forks… —comenzó a recitar una vez que estuvimos fuera y la cálida brisa revoleaba nuestros cabellos en distintas direcciones—. Fue por eso que quise construir algo parecido a lo que teníamos, no fue fácil pero creo que pudimos hacerlo.

—La casa es preciosa…

—Fue algo difícil acostumbrarnos al ritmo de la ciudad, siempre estuvimos acostumbrados a los pequeños pueblos, donde conocíamos a todos nuestros vecinos.

Se sentó en una especie de banca y palmeó a un lado de ella, pidiéndome que me sentara junto a ella; sonreí y lo hice.

—Intenté buscarte antes que te fueras… —el aire se atoró en mi garganta—. Lo hice, porque sabía cómo te sentirías y también sabía que necesitarías unas palabras para no caer.

—Y-Yo…

—No tienes que decir nada, Bella —tomó mis manos y me sonrió cálidamente—. He esperado este momento por nueve años, jamás he visto a dos personas sufrir tanto como mi hijo y tú, quiero que sepas que cuentas incondicionalmente con nosotros, siempre estuvimos para ti y eso no cambiará jamás.

—Me equivoqué mucho, no reaccioné de la manera que tendría que haber reaccionado. —No me di cuenta que descendió una lágrima por mi mejilla hasta que Esme la secó con su dedo índice.

—Reaccionaste de la manera lógica, nosotros tendríamos que haber reaccionado distinto —suspiró—. Pero la noticia nos abrumó, nos tomó por sorpresa y nos dejó sin reacción. Intentamos que Edward no tomara ese avión, intentamos abrirle los ojos pero…, estaba muy mal. Se odiaba a sí mismo por no haber podido hacer nada, se culpaba por lo que sucedió, siquiera Jane pudo hacerlo recapacitar.

Suspiré y apreté las manos de Esme.

—Renée y Charlie se aseguraron de cagarnos la vida, se aprovecharon de la situación y la manejaron a su antojo.

Me acarició mis mejillas—. Lo siento tanto, cariño.

—No tienes que sentirlo, supongo que esa es su naturaleza.

Nos sumergimos en un silencio cómodo hasta que Esme comenzó a hablar:

—Te contaré una historia, es algo triste pero se vuelve feliz —mi vista se concentró en ella.

Tomó una bocanada de aire y comenzó a decir:

—Hace muchos años atrás, una joven adolescente vivió la hermosa experiencia de su primer amor. Se enamoró perdidamente de ese joven apuesto de ojos oscuros, con su chaqueta de cuero y cabello salvaje, era el hijo de un importante empresario de la zona, pero a ella nunca le importó eso, ella estaba enamorada de la persona, no de su posición económica —elevó la comisura de sus labios—. Todo era color de rosas, el muchacho parecía amar a la muchacha de la misma forma que ella a él, al menos, eso le demostraba.

»El joven se mostraba respetuoso con ella, después de todo la chica era menor de edad, solo tenía dieciséis años y él ya cumplió los diecinueve. Nunca se propasaba con ella, diciéndole que esperaría a que estuviese preparada para dar el siguiente paso. —Hizo una pausa, exhaló aire y continuó—: Un día, la muchacha sintió que estaba preparada para amar de todas las maneras posibles al apuesto muchacho, ella pensó que hacía lo correcto, estaba muy enamorada como para pensar claramente las cosas.

Llevó sus ojos verdes a los míos, suspiró, miró a la lejanía y siguió con su relato, yo estaba totalmente cautivada por sus palabras.

—Esa misma noche que la chica le hizo saber su decisión, él chico la llevó a una especie de cita, prometiéndole que sería el mejor novio del mundo y que la cuidaría con su vida —su mirada se volvió sombría—. Ella se entregó a él, demostrándole tanto emocional como físicamente que lo amaba, se dejó llevar por la pasión y por las dulces palabras del chico. Jamás se había sentido tan bien, tan deseada, tan amada. Creyó que ese fue el mejor día de su vida.

»Semanas después de haber tenido su primera vez, la relación con el muchacho se fue desgastando, él no parecía el mismo de antes, estaba totalmente extraño con ella y solo parecía que la quería cuando estaban en la cama. —Su voz demostró enojo—. Los días fueron pasando y, además de sentir que cada vez estaba perdiendo su noviazgo, la joven comenzó a sentirse fatal, no comía y cuando lo hacía, terminaba vomitando lo poco que almacenaba su estómago. Cuando supo que algo andaba mal con ella, hizo una consulta con el médico y sus sospechas fueron certeras: estaba embarazada. Solo era una niña de casi diecisiete años, no tenía trabajo, siquiera había terminado la escuela y, para colmo, su novio estaba cada vez más distanciado, salvo cuando la llamaba para acotarse con ella.

Sentí náuseas de solo imaginar a un hombre así, ¿Cómo alguien podía comportarse como un maldito bastardo? Mi mente se dirigió a Emmett, si bien el era un maldito cretino, jamás se había propasado conmigo o algo parecido, lo suyo se limitaba a la violencia psicológica al igual que mis padres.

—Ella se sentía sola y perdida, no sabía cómo les daría la noticia a sus padres, estaba segura que se decepcionarían con ella y con mucha razón —suspiró—. Pero… aunque tenía todo en contra, no podía dejar de procesar que tendría un hijo, que había una pequeña vida formándose en su interior, que esa personita dependería de ella y jamás la abandonaría. —Sus labios curvaron una sonrisa, mis ojos se aguaron sin poder evitarlo; yo también me había sentido de igual manera cuando me enteré que Carlie estaba dentro de mí, en ese momento solo importó ella.

»Cuando se armó de valor, se enfrentó a su, todavía, novio. Le contó que esperaban un hijo con toda la felicidad del mundo, ella estaba feliz con la noticia. Pero no se preparó para su reacción, el muchacho se enfadó muchísimo, la llamó de mil maneras distintas, tratándola de una prostituta que solo buscó embarazarse para quitarle dinero. Antes de decirle que jamás se haría cargo del bastardo, le tiró a la cara algunos dólares para que se "ocupara del asunto", esa fue la última vez que lo vio.

»La joven adolescente, decidió continuar con el embarazo, aunque sería difícil siendo una madre soltera —hizo una pausa—. Se enfrentó a su familia y, ésta también le dio la espalda, la echaron de su casa, tratándola de ramera y ellos no permitirían a una cualquiera en su hogar. Sin saber donde escapar, tomó el primer tren que encontró. Estaba sola, con un bolso con escasa ropa y un hijo formándose en su vientre.

Pestañé varias veces seguidas, luchando para que las lágrimas no brotaran de mis ojos. La historia era realmente triste, una pobre joven a la deriva con una vida dentro de ella. ¿Por qué me contaba todo esto? ¿Qué mensaje me quería emitir?

—Llegó a un pueblo realmente acogedor y lindo, las personas parecían que vivían felices, siempre habían sonrisas en sus rostros, se sintió bien para volver a comenzar de nuevo, lejos de todo y todos. Después de todo, nadie la conocía allí y nadie podía juzgarla. —Dio un apretón a unas de mis manos que aún continuaba entre las suyas—. Consiguió instalarse en una casa de ancianos, ella cuidaba de ellos y viceversa; rápidamente se convirtieron en alguna especie de familia para ella, el matrimonio la había adoptado como a una hija y jamás la señalaron con el dedo por llevar un hijo ilegítimo en su vientre.

»Los días iban pasando y ella jamás se sintió mejor, asistía al instituto, sus abuelos adoptivos se preocupan por ella y su hijo, eso la hacía mantenerse en pie y con ganas de seguir luchando. Su pequeño bebé se hacía notar y todo marchaba perfecto, su doctora la felicitaba porque su hijo sería un gran luchador. La muchacha conoció a un joven buen mozo y amigable, rápidamente se hicieron mejores amigos, ella no quería nada con él, después de todo aún seguía dolida por su pasado. El muchacho no parecía estar interesado más allá que una amistad y ella agradecía eso; el joven pasaba cada momento que podía junto a ella, preocupándose por ella y por su bebé.

Los ojos verdes de Esme se aguaron y suspiró para continuar con su relato:

—En el cuarto mes y medio del embarazo, algo sucedió —tragó pesado—. La muchacha sintió un fuerte calambre en el vientre y se desgarró del dolor, sus abuelos adoptivos y su mejor amigo corrieron hacia el hospital para saber qué iba mal; internaron a la muchacha apenas ingresó.

Se hizo un pesado silencio. Mi corazón latía a mil por hora y la vista de Esme estaba perdida en algún lugar del hermoso jardín.

—Cuando se despertó, luego de lo que pareció una eternidad… se enteró que su bebé no había resistido, no pudo luchar por vivir. —Hipé por el llanto, Esme tenía sus ojos vidriosos y le costaba mantener su voz serena—. La muchacha entró en una depresión terrible, no dejaba de culparse una y otra vez por lo que había sucedido, después de todo ella solo tenía que protegerlo por nueve meses y había fallado.

Esas palabras…, describían exactamente cómo me había sentido cuando desperté en ese maldito hospital, sintiéndome una mierda por no haber podido ser capaz de proteger a mi pequeña, por dejarla irse.

Los ojos aguados de Esme se posaron en los míos, jadeé de la sorpresa al entender todo.

—Yo sé lo que tuviste que pasar, Bella —dijo en un murmullo—. Yo sé lo que es perder a un hijo sin siquiera conocerlo, había planeado toda mi vida con él, imaginé todas las noches cómo sería su rostro; jamás pude conocerlo.

Mis manos seguían tapando mi boca, sin poder ocultar mi incredibilidad con la historia. Esme había sido esa muchacha, la joven adolescente que se enfrentó a todos por salir adelante con su pequeño, al cual no pudo verle el rostro…

—Sé que sientes que eres la culpable de todo, pero no es así —volvió a tomar mis manos—. Al principio crees que eres una asesina por no haber hecho todo lo posible para salvarlo, luego la culpa y el dolor te ciegan, no puedes mirar para adelante y te transformas en la sombra de la persona que alguna vez fuiste.

—¿C-Cómo hiciste para salir de ese p-pozo? —pregunté tartamudeando, con el dolor corriendo entre mis poros.

—Carlisle —contestó simplemente—. Él fue el que me ayudó, fue mi mejor amigo y la persona que estuvo junto a mí luego de la tragedia; él y los señores Simpson, fueron un gran apoyo para mí, fueron muchos años de tratamiento, las pesadillas eran imposibles de controlar y mi dolor aún más. —Trazó dibujos sin sentido en mi muñeca derecha—. Necesitas sanar, cariño; sé que tienes una psicóloga contigo, habla con ella, expresa tus miedos, pide ayuda, nosotros estamos aquí. Edward está aquí, siempre lo estuvo.

—A veces siento que no puedo, que no soy capaz.

—Se puede salir adelante, Bella. Mírame a mí, he podido… ¿Por qué tú no podrías? —Elevó la comisura de sus labios—. El vacío jamás se llenará, pero no podemos vivir toda la vida rodeada del dolor, es necesario pasar página, ya has sufrido mucho.

—Yo quiero sanar, necesito sanar.

—Podrás hacerlo, confía en ti y mentalízate en ello.

—¿Cómo termina la historia?

Sonrió cálidamente—. Todavía no termina, pero puedo contarte lo que sucedió después.

Tenía razón, su historia con Carlisle no tenía fin y quise pensar de la misma con mi historia con Edward, nos encargaríamos que nosotros tampoco tengamos un fin.

—Me diagnosticaron preeclampsia*, ese fue el motivo por el cual perdí a mi bebé. Pasaron los meses y yo todavía seguía en un estado zombi, iba a terapia pero no me ayudaba en nada, hasta que Carlisle se encargó de devolverme a la vida, con sus pequeños gestos me hizo volver y, sin poder evitarlo, me enamoré de él.

Sonreí nostálgicamente, Edward había sido mi Carlisle, él me estaba devolviendo a la vida, había logrado darle la luz que necesitaba.

—Cuando estuve recuperada, me dieron el alta y Carlisle me sorprendió pidiéndome matrimonio. Teníamos pensado casarnos cuando él terminara la Universidad, ya que estaba matriculado en la facultad de medicina, pero los planes se nos evaporaron cuando supimos que Edward venía en camino. —Sonrió con ternura—. El nuevo embarazo nos sorprendió, habían pasado cuatro años desde aquel fatídico día pero no estaba segura si podría llevar adelante un nuevo embarazo, las dudas solo duraron una milésima de segundo al ver los ojos brillantes de mi prometido. Él abandonó sus estudios y consiguió un empleo, los señores Simpson, mis abuelos adoptivos, nos prestaron su casa para vivir aunque los padres de Carlisle se portaron excelentes con nosotros, nos regalaron una vivienda y nos casamos dos meses después de enterarnos que esperábamos un hijo. El resto de la historia ya la sabes.

Me quedé en silencio, dejando mi vista perdida en los hermosos árboles y plantas que nos rodeaban. El canto de los pájaros me transmitían paz, al igual que el viento chocar con mi rostro.

Esme me había contado una verdad que jamás imaginé, había tenido que vivir muchas trabas oscuras pero, finalmente, había encontrado su refugio seguro, había podido seguir adelante junto al hombre que amaba. Era imposible negar que ella y Carlisle fueran personas destinadas, habían cruzado su camino en el momento justo y no se dejaron escapar.

En mis labios se formó una gran sonrisa, Edward y yo también estábamos destinados… nuestros caminos no se habían cruzado una sola vez, sino dos. Nadie podría negar que nuestro amor fuera indestructible, nadie podría separarnos porque nos volveríamos a encontrar.

Quizás, necesitaba esas palabras reconfortantes de Esme para terminar de convencerme, sabía que ella había esperado mucho tiempo para hacerme recapacitar, pero si las cosas habían sucedido de esta manera, lo más probable era que tenían una explicación.

Ahora sí tenía algo más que claro: Había adquirido la fuerza para luchar por mi felicidad.

—Gracias, Esme —murmuré y abracé a mi mujer favorita con todas mis fuerzas.

—Ten confianza en ti misma, cariño. Así lo lograrás —susurró en mi oído.

No podía borrar mi pasado —tampoco es que quería hacerlo—, pero el cambio en mi futuro estaba en mis manos y, esta vez, no desaprovecharía la oportunidad.

Estuvimos abrazadas unos momentos más, hasta que escuchamos pasos acercándose a nosotras. Ambas miramos hacia la misma dirección y sonreímos al ver a Edward caminar hacia nuestra posición.

—¿Puedo robármela, ma? —preguntó, colocándose a mi lado.

—Creo que yo me la robé un rato —Esme sonrió.

—Ven, pequeña —Edward tiró de mi mano y su madre nos miró con una gran sonrisa, viéndonos como nos alejábamos de ella—. ¿Han hablado?

Me paré en seco y me abracé fuerte a Edward, escondiendo mi cabeza en su pecho. Él, algo sorprendido por mi reacción, sin dudarlo rodeó mi cuerpo con sus fuertes brazos, acercándome todo lo posible a su cuerpo.

—Te amo, Edward —elevé mi cabeza y rocé mis labios con los suyos.

—Es por eso que estamos aquí —cortó la distancia entre los dos y me besó como necesitaba.

Si esta mañana estaba convencida que mi cambio llegó, ahora definitivamente estaba segura. La Bella de antes volvió para quedarse, la Isabella de estos últimos nueve años, se quedaría archivada en lo más profundo de mi ser.

Cuando despegamos nuestros labios, Edward volvió a entrelazar nuestras manos y nos llevó hacia la planta alta de la casa. Cada vez me asombraba aún más, todo estaba igual a la casa de Forks, hasta el más mínimo detalle.

Nos detuvimos frente a una puerta de madera, volteé a ver a Edward y me reí de su risa malévola. Abrió dicha puerta y la atravesamos.

El cuarto de Edward era igual al que recordaba, las paredes estaban pintadas de azul oscuro, sus estantes repletos de CD y su infaltable acolchado de rayas de variantes del azul y el celeste, la cama seguía siendo la misma y estaba en el centro de la habitación, las paredes estaban decoradas con distintas fotografías, pero una de ellas tomó toda mi atención. Fui hasta allí y tomé el portarretratos en mis manos, mis ojos se aguaron.

—Esa es mi fotografía favorita —susurró en mi hombro, abrazándome desde atrás.

Asentí sin ser capaz de decir algo, también era una de mis fotografías preferidas. Nuestros rostros estaban sonrientes y hasta en el papel se notaba nuestro intenso brillo en los ojos. Mi abultado vientre hacia acto de presencia en ella, exigiendo su participación. Esta foto fue la última que tomamos antes del accidente, la última antes que nuestra pequeña familia se evaporara.

—Es difícil volver a vivir esos días…

—Mi madre te contó su historia, ¿no? —Asentí, sin poder quitar mi vista de la fotografía—. Estaremos bien, pequeña.

Me di la vuelta, una vez que dejé el portarretratos en su lugar.

—Lo sé y ahora estoy segura de ello —sonreí y enganché mis brazos detrás de su cuello.

—Tuvimos unos días bastantes movidos, ¿cierto?

—Nada que no pueda arreglarse —sonreí, encogiendo mis hombros.

—Esa es la Bella que me enamoró —mi corazón se aceleró—. Quiero que me prometas que jamás, jamás volverás a borrar tu hermosa sonrisa, ni tus ojos brillantes… ¿de acuerdo?

—¿Algún otro petitorio?

Edward largó una carcajada y me elevó del suelo para comenzar a dar vueltas conmigo aúpa, chillé de la sorpresa y comencé a reír con ganas.

—Tampoco dejarás de amarme como yo te amo a ti —murmuró, frenando las vueltas pero todavía conmigo en sus brazos.

—Puedo con ello, te lo prometo —guiñé un ojo y en el momento próximo, ya tenía sus labios sobre los míos.

Nos entretuvimos besando algunos momentos, hasta que paramos para no llevarlo más allá. Casi parecía imposible poder mantenernos alejados el uno con el otro.

—Ven —Edward me tomó de la mano y me sentó en la cama, me miró y sonrió con ganas—. Había imaginado millones de veces tenerte aquí, con mi familia, rodeada de mis cosas.

—Gracias por traerme —sin poder contenerme, también estaba sonriendo.

—Quiero darte algo —hurgó entre las cosas de un cajón y cuando obtuvo lo que buscaba, escondió su mano detrás de él—. He notado desde el principio que no tenías ninguna conexión con el mundo externo, ¿es así?

—¿Quieres decir que, antes que llegaras tú, vivía en una jaula? —Me reí de su expresión—. Supongo que sí.

—Bueno, como sea —rió—. Desde hoy te daré esto.

Dejó al descubierto sus manos y en ellas tenía un pequeño aparato negro, un celular. Enarqué una ceja confundida.

—Quiero que estemos comunicados todo el tiempo y si sucede algo, lo que sea, seré el primero en saberlo. Guardé mi número, el de mis padres, de Jane, Jasper y Alice en la memoria del teléfono por cualquier cosa. ¿Lo aceptas?

Miré la mano extendida que me entregaba el aparato, sin dudarlo lo sostuve en mis manos y asentí. No había pensado en eso, pero realmente era una idea asombrosa, podría estar comunicada con él todo el tiempo, solo debía ser cuidadosa de que nadie se percatara de que lo tenía en mí poder, al menos hasta que me pueda ir de la casa.

—Tendrás que tenerme paciencia, hace mucho tiempo no tengo uno en mis manos y la tecnología avanzó años luz —dije mirando el sofisticado aparato—. Seré una abuelita con eso.

—No es tanto, solo basta con saber enviar mensajes y llamar.

—Seré una abuelita —volví a decir, investigando el teléfono nuevo.

—La abuelita más hermosa de todas —rió y me estrechó contra su cuerpo, explicándome lo más básico de la tecnología celular.

La tarde cayó entre nosotros y supe que era tiempo de volver al departamento, ya no podía evitarlo más. Además, para lo que tenía pensado hacer necesitaba volver a la casa donde estaba viviendo hace más de tres años.

Me despedí de la familia Cullen, prometiendo que volvería a visitarlos y Edward me acompañó hasta el coche.

—No quiero que te vayas —suspiró enterrando su cabeza en mis cabellos.

—Yo tampoco quiero hacerlo, pero te prometo que las cosas cambiarán —me miró con una ceja alzada y yo encogí mis hombros tratando de parecer misteriosa.

—Recuerda que mi número es el dos de marcado rápido…

—Sí, sí… el de Jasper el tres y así sucesivamente, he entendido y te llamaré apenas pueda —tomó mi rostro entre sus manos y me plantó un beso de película, no hice más que enredar mis dedos en su cabello y tirarlo hacia mí, estábamos haciendo una escena en la vía pública pero me tenía sin cuidado, solo quería aprovechar los últimos minutos del día junto al hombre que amo.

Con la respiración errática, me solté de su agarre.

—Está bien, ve antes de que te secuestre y no te deje ir —rodé los ojos—. Te amo, pequeña.

—Yo te amo a ti —le di un último beso y me monté al coche.

Saludé a los Cullen con la bocina del auto y emprendí camino hacia la cárcel, que se hacía llamar hogar. Por primera vez, con una sonrisa en el rostro.

.

.

Apenas traspasé el umbral de la puerta, me dieron escalofríos. Llegué hacia la cocina con la intensión de encontrarme con Bree pero estaba vacía, seguí buscando por el departamento pero no había señales de vida.

Algo en el interior de mi bolsillo vibró y me asusté, luego recordé que había puesto allí el teléfono celular. Con una sonrisa lo saqué y leí el nuevo mensaje que llegó.

«Ya extraño tu calor junto al mío, llámame loco o como sea, pero lo hago. Te amo, pequeña y ya cuento los segundos para volver a verte.» —Edward.

Sonreí de oreja a oreja, mi pecho se emocionó y pulsé el botón de responder, con torpeza pude escribir algo relativamente correcto.

«Creo que yo seré loca también, porque te extraño mucho. Haré lo posible para que nos veamos cuanto antes. Yo también te amo, Edward; recuerda eso.» —Bella.

Un sonido ahogado me asustó y rápidamente guardé el celular en el bolsillo de mi chaqueta, otra vez.

—¡Isabella, aquí estas! —La voz de Bree se notaba agitada, como si hubiese estado corriendo una maratón—. Tyler estaba desesperado tratando de dar contigo, ¿Dónde te habías metido?

—Tranquilízate, Bree ¿Qué sucede?

Mordió su labio nerviosamente y mi pulso se disparó, escuchamos la puerta de entrada abrirse, mi cara se volvió pálida.

—Ten, creo que lo necesitarás —miré la palma extendida de Bree hacia mi lado y el brillo del anillo me dio náuseas—. Rápido, rápido.

Como una autómata tomé la sortija en mis manos y me lo coloqué en mi dedo anular, sintiendo ganas de vomitar. Bree me dio un apretón de manos y lo agradecí internamente.

La figura de dos hombres se presentó en frente nuestro, mi mirada se centró, primero, en el rostro aliviado de Tyler y luego, en dos ojos azules mirándome divertidos.

El show había comenzado.

—Hola, muñeca —dijo una voz profunda—. ¿Me extrañaste?

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¿Alguien extrañaba al gorila dos? jajajajajajja, veremos que tal se ponen los siguientes capítulos :D

Gracias por todo el apoyo, de verdad. Por los favoritos, alertas, por sus hermosos reviews pero, por sobre todo, por dedicarle un tiempito a la historia.

Gracias a Amelia, mi beta, que corrigió el capítulo y bienvenidas a las nuevas lectoras.

Si desean pueden unirse al grupo de la historia, donde subo los adelantos de los próximos capítulos. Están todos invitados, anímense no muerdo (todavía xDD): www facebook com/ groups /335389406582045/ (sin espacios y recuerden agregar los puntos)

¡Hasta la próxima actualización, la cual no será en mucho! (:

Abrazos de oso cibernético.

Alie ~

Gracias en especial a todos ustedes que se toman el tiempito extra de comentar en cada capítulo:

chiquitza, janalez, DANIELADRIAN, Gretchen CullenMasen, isaaa95, KarenMasenCullen, Gigi Cullen, robsten-pattison, lunatico0030, Ayin, Morgan Luna, Samantha, riu-123, Stupid-Lamb23, stewpattz, Noelle, tefy,Yeyry Cullen, Noemi RK, MelLutz L, Maripo Cullen, Moni Camacho, Caty Bells, WiCCACrAZZy, Dark, blueorchid02. Y, por supuesto, a las chicas del Facebook.


*Preeclampsia: se produce cuando la placenta no llega a desarrollarse por completo y se crea hipertensión arterial en los vasos sanguíneos maternos. La enfermedad puede presentarse después de la semana 20 de embarazo, aunque la mayoría de los casos la reportan a partir de la semana 37. Al afectar tu riego sanguíneo, la preeclampsia pone en riesgo tanto tu salud como la del bebé, pero su gravedad depende del momento de tu embarazo en que se manifieste y con qué rapidez avance.