NOTA IMPORTANTE:

Chicos, les tengo una buena/mala noticia. Aunque en realidad depende con el punto de vista con el que se mire.
Este mensaje lo publiqué en facebook, pero no puedo asegurarme si todos lo vieron, así que les aviso por aquí:

Debido a que los últimos capítulos escritos han salido más largos de lo que esperaba se me han comenzado a acabar las reservas para las publicaciones semanales.
Esto quiere decir que no tengo escrito más allá del capítulo 21.
Como mi tiempo para escribir en la semana es limitado (ya saben, trabajo, familia, amigos, vida social…), necesito más días para poder escribir y poder cumplir con las fechas.

Siendo así como solo tengo listos los capítulos 20 y 21, me quedaría por publicar este lunes y viernes próximos, lo que significaría que si no alcanzó a tener el 22 listo, no habría actualización el lunes 25.

Como mi plan sigue siendo actualizar semanalmente para no dejarlos esperando, mi propuesta para el mes de Septiembre y Octubre es volver a la actualización de un día a la semana.
Así tengo tiempo de acabar los capítulos de reserva para volver nuevamente a los dos días.

Sé que odiarán esperar más días (en realidad son solo 7), pero les iré dejando regalitos en las redes sociales para compensar.
Es que de verdad, si no hago esto, si me llego a quedar sin capítulos es peor para ustedes.
De todos modos recuerden que hay escritores que no actualizan en meses e incluso años.
Yo lo estoy haciendo semana a semana y por lo mismo quiero hacerlo bien. Así entrego un capítulo bien escrito, más largo y bien editado.

Así que a partir de HOY las actualizaciones serán los días LUNES hasta finales de Octubre.

Espero que lo tomen para mejor.
Esto lo hago por ustedes, ya que si no termino algún capítulo y se acerca el día de la publicación no tendré nada que ofrecerles.
Recuerden que serán solo 7 días de espera.

¡Muchas gracias por su comprensión!

Y por favor difundan con sus amigos y grupos de fans. Y si alguien pregunta en los comentarios y no puedo responder, respondan por mí jajajaja

Vuelvo a repetir para que no queden dudas: Las actualizaciones ahora serán solo los días Lunes hasta nuevo aviso.

¡Así que disfruten este capítulo! Que no sabrán del próximo hasta el lunes 25.

Me pidieron una dedicatoria, así que este capítulo va para Deby e itzel.
¡Gracias por seguirme chicas!

XX

Soñé con botellas girando en el suelo, cálculos matemáticos y besos furtivos que me despertaron más de una vez.
La última vez que abrí los ojos eran pasadas las tres de la madrugada, pero volví a caer dormida casi instantáneamente.
Era como si la cabeza me pesara toneladas. Jamás había encontrado tan placentero hundirla entre las almohadas. Esperaba que nadie, ni en un millón de años, llegara a despertarme.
Estaba en mi mundo feliz.

Pero aquello duró poco. Aunque hubiera dormido más de diez horas el sonido del teléfono a un lado de la cama me hizo dar un salto. Me senté de golpe. No veía nada y con justa razón. Tenía el cabello pegado a la cara y la cabeza debajo de un montón de almohadas.
No tenía idea de cómo había ido a parar a esa situación.
El sonido del teléfono se multiplicó como campanadas en mi cerebro. Un dolor agudo se extendió desde mi nuca hasta la frente. Apreté los ojos cuando la luz me molestó y volví a caer sobre la cama.

Me giré sobre mi abdomen y estiré el brazo para coger el auricular.

—¿…hola? — pregunté adormilada. Mi voz sonaba horrible.

—America tienes una llamada en la línea tres—anunció Lucy nerviosa, ni siquiera me saludó pero le resté importancia—. ¿Estás bien? Te escuchas extraña.

Bostecé.

—Sí… estoy bien…—apreté los ojos. ¿Por qué el sol estaba tan brillante?

—Genial. Te están esperando. Solo presiona el tres y serás comunicada.

—Está bien…—volví a bostezar. Abrí un ojo a duras penas y traté de atinarle al tres— ¿Diga? —pregunté manteniendo un ojo cerrado y otro abierto.

—¿Principessa?

—¡¿Philippo?! —exclamé. Me moví tan rápido que me enredé con la sábana y todas las cosas que tenía encima y terminé cayendo al suelo. El mundo dio vueltas—. ¡Ay! ¡Diablos!

Escuché una risa.

¿Te he despertado? Según mi reloj allá son las diez de la mañana ¿qué haces durmiendo aún?

—¿Qué? —volví a exclamar. Miré hacia todos lados, el sol entraba radiante a la habitación. ¿Dónde diablos estaba Marlee que no me había despertado?

Agité la cabeza. Eso sonó terriblemente mal.

Otra risa.

¿Mala noche? —preguntó jocoso. Sacudí la cabeza, pero fue una pésima idea. Mi cerebro se agitó igual que en una licuadora.

—Algo así…—intenté enfocar. Cuando me acostumbré a la luz, los recuerdos del día anterior me golpearon como una avalancha. Me sonrojé sin poder evitarlo y un calor intenso se apoderó de mi cuerpo.

¿Estás bien? —preguntó preocupado—… ¿Hola? ¿Sigues ahí?

—Sí, disculpa…—intenté ponerme de pie, me sujeté del borde de la cama y me impulsé hacia arriba—. Anoche bebí demás…

¡Oh! ¿Así que saben divertirse en Illea? Creí que eran aburridos —dijo animado. Aunque el tono de burla se plasmaba en cada palabra.

Temblé. Algunos recuerdos seguían borrosos en mi mente. Solo entonces mi cerebro me advirtió que Celeste había sido la causante de mi actual estado.

Abrí los ojos de golpe olvidándome por un momento que la cabeza se me partía en dos.

—No… no, hay de todo… quiero decir…—respiré hondo y me apreté el tabique—. Una amiga me invitó a beber con ella…

¿Una amiga? —preguntó interesado. Sonreí.

—Sí, tengo amigas por aquí Philippo. No eres el único que se sabe divertir.

Me gusta —rió seductor—. Deberás presentarme a esas amigas tuyas cuando esté por allá.

Rodé los ojos.

—¿Tú no cambias, eh?

Ey, iré a trabajar, merezco mis horas de relajo.

Solo ahí recordé las razones que lo llevarían a Illea. Me llevé una mano a los ojos para poder ordenar bien las ideas. Tenía tantas cosas en la cabeza que no sabía cómo organizarlas.

—¿Cuándo piensas venir? No creo que pueda seguir negociando contra el rey sola…—intenté sonar lo más formal posible, era lógico que aquella llamada podría ser rastreada y no estaba dispuesta a que Clarkson me escuchara llamarlo "piraña" o "cocodrilo" o cualquier animal peligroso, que por lo demás no tenían ninguna culpa de ser comparados con ese hombre.

Philippo rió del otro lado. Sonreí, había olvidado lo refrescante que era su voz.

En tres semanas, justo para antes de navidad —anunció—. Así que pasaré allá las fiestas —hizo una pausa—. ¿Recuerdas mi última petición, no?

Cerré un ojo y traté de enfocar el cuadro que estaba frente a la cama. El sol realmente estaba muy brillante ¿o era mi cabeza?

—¿Me lo recuerdas? —le pedí con un quejido cuando una puntada intensa recorrió mi frente. Escuché un resoplido.

¡Mardi Grass! ¡Mi fiesta! Tienes que organizar algo para cuando llegue preciosa, no estoy dispuesto a pasar de una reunión tras otra sin antes haber sido bien recibido.

Apreté los ojos y la boca. Apenas recordaba lo que era Mardi Grass, con excepción de que había sido una popular fiesta Veneciana en los siglos pasados.

—Sí… claro, no lo he olvidado —mentí. ¿A quién diablos le iba a pedir ayuda para organizar esa fiesta?

Bien, porque te llevo un regalo y espero que lo uses ese día.

Me sonrojé.

—No, Philippo, no tienes que traerme nada —le pedí. Lo escuché reír.

En realidad lo envía Nicoletta, pero pretendamos que es de mi parte ¿sí?

Comencé a reír derrotada. Me llevé una mano para cubrir mis ojos. ¿Por qué la habitación estaba tan luminosa?

—Está bien… haz lo que quieras —me resigné.

Escucha, hay algo que tengo que decirte —súbitamente su tono se volvió serio y formal, fruncí el ceño y la nariz—. Mientras no esté por allá no vuelvas a negociar lo de la exportación, intentaremos algo más amable. Así que ofrece el sistema de codificación de correos electrónicos.

Las últimas palabras sonaron como si me hubiera hablado en húngaro. Y eso que jamás había escuchado el idioma.

—¿Qué cosa? —pregunté aturdida. ¿Era yo o los dibujos del cuadro se estaban moviendo? Resopló.

¿Recuerdas que aquí instauramos el sistema de correo electrónico hace algunos años? Después de la guerra se había dejado de utilizar —asentí y después recordé que no me estaba mirando.

—Sí, lo recuerdo —contesté mareada mientras intentaba enfocar la pintura para que dejara de moverse.

Queremos ingresar el software a Illea —dijo entusiasmado—. Ofrécelo como medio de comunicación, el rey no podrá negarse porque lo ayudará a mantenerse en contacto con otras naciones de manera más eficiente.

Incliné la cabeza. No parecía un mal negocio. A fin de cuentas aquello pondría a Illea como un país desarrollado por encima de los que no tenían nada de tecnología.
Sin embargo poco a poco mi cabeza comenzó a recordar los estudios en Montecarlo. De repente comprendí lo que lo italianos querían hacer.

—¿Quieren meter el sistema de decodificación? —Me llevé una mano a la boca. No había problema con hablar de ello a través del teléfono porque quien escuchara no entendería. Esperaba.

Exactamente —pude imaginar a Philippo con una sonrisa arrebatadora pero maligna.
Italia quería espiar a Clarkson y si el sistema de correos funcionaba… podríamos estar a un paso por delante de él si decodificaban sus mensajes.

—No hay problema, haré lo posible por convencerlo para que acepte el ingreso del sistema —sonreí. El cerebro seguía dándome tumbos contra el cráneo, pero al menos ya podía hilar más de un par de palabras.

Genial Principessa —me dijo seductor. Estuve tentada a rodar los ojos, ¿qué acaso no se aburría ni hasta por teléfono de actuar de ese modo? —nos veremos en tres semanas. Mantenme al tanto.

Sonreí aliviada. Más refuerzos para combatir a Clarkson era justamente lo que necesitaba y Philippo era la persona indicada para traer aire fresco al palacio.

—Tres semanas —repetí—. Nos vemos pronto entonces.

Nos vemos pronto cara mía…

Y cortamos la llamada.

Me arrojé contras las almohadas, pero fue una pésima idea. Lo hice con tanta fuerza que sentí igual como si una aplanadora me aplastara el cráneo.

Necesitaba ayuda. Tenía que quitarme el hacha de la cabeza o de lo contrario no podría presentarme ante Clarkson, y necesitaba hacerlo bien esta vez.

Me vestí con el cabello aún mojado y me coloqué uno de esos pantalones anchos con una blusa que llevaba un corbatín.
Estaba tan acostumbrada a vestir informal dentro del palacio que volver a la ropa de las italianas me hacía recordar que solo lo usaba para estar presentable frente al rey.

Decidí pasar por la guarida de Meridia antes de acudir a la reunión, tal vez tenía suerte y me ayudaba con la resaca.
No había pasado por ahí desde el ataque del palacio y temía ser impertinente. Necesitaba verla, además… no entendía bien por qué, pero presentía que tenía que estar ahí

A medida que bajaba las escaleras recordé poco a poco lo que había ocurrido el día anterior, todas las emociones que me habían volado la cabeza, que habían colapsado mis circuitos.
Primero sobre el escenario. ¿Qué había ocurrido exactamente con Valiant? Habíamos actuado, sí, pero ¿qué era esa sensación? Esas ganas de sonreír, de… ¿de querer escucharlo cantar de nuevo?
Me detuve en uno de los escalones cuando un grupo de doncellas pasó cargando toallas. Les sonreí. Apoyé la cabeza en la pared y entonces el recuerdo de los besos de Maxon comenzó a invadir mi cuerpo. Cerré los ojos y agité la cabeza.
Comencé a bajar con mayor rapidez para escapar del calor.
Cuando llegué a la guarida toqué la puerta y ésta se abrió sin hacer ruido. Habían arreglado los goznes y ahora se movía con suavidad, pero adentro no había nadie. Sin embargo un llamativo aroma a condimentos invadió mi nariz. ¿Siempre había olido así?
Entré sintiendo un leve mareo y me apoyé en la encimera. Iba a esperarla o al menos me quedaría ahí hasta que fuera la hora de la reunión. Aquel lugar era sumamente tranquilo cuando no había movimiento.

Me serví un vaso de agua y cerré los ojos respirando hondo.
Me atreví a rememorar el encuentro de la noche anterior y me llevé una mano al cuello al recordar los besos de Maxon. Sus manos… su agarre.
Me mordí el labio al sentir un cosquilleo en mi abdomen.
Pero no podía ser… no podía dejar que aquello sucediera de nuevo.
Si era honesta conmigo misma debía aceptar que me moría por besarlo así desde hacía mucho, por tocarlo como lo había tocado, por… por estar con él de aquella forma que en más de algún momento había deseado.

Pero las palabras de Noemi reverberaron en mí: "No es lindo ser la segunda de nadie".
Mientras Maxon estuviera comprometido y nos comportáramos de ese modo, como la noche anterior, lo único que conseguiría sería transformarme en su amante. En una traidora a la corona. En una mujerzuela que se estaba involucrando con un hombre comprometido y que había dado su palabra ante todo un país.

¿En qué posición quedaba yo si volvía a aceptar un encuentro así?
Podía culpar a Celeste, porque sabía que lo había hecho a propósito. Su plan desde un principio había sido embriagarnos para terminar cometiendo una locura.
Locura que, para qué negarlo… hacía mucho que quería cometer.
¡Pero no era correcto! ¡No estaba bien! Finalmente la que había caído había sido yo.
No había sido culpa de ella… había sido nuestra por ceder, por dejarnos llevar. Y no podía dejar que volviera a ocurrir.

Me volví a servir agua y la bebí de golpe. Justo en ese instante la puerta se abrió y por ella entró Valiant. Me quedó viendo como si no se hubiera esperado encontrarme ahí, me sonrojé sin saber por qué.

—Hola —saludé. Una puntada me golpeó detrás de los ojos, tuve que cerrarlos un poco. La luz seguía molestándome.

—Hola —saludó también. Su voz se escuchaba extraña, áspera— ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí? —miró hacia todos lados.

—Vine a ver a Meridia, la estoy esperando —expliqué. Hizo una mueca.

—Rayos… ¿no está aquí entonces? —preguntó llevándose una mano al cuello como si le doliera. Negué con la cabeza.

—¿Qué necesitas? —pregunté con curiosidad.

—Dolor de garganta —explicó—. Había olvidado que después de cantar se me dañan las cuerdas vocales.

Eso explicaba el tono rasposo. Carraspeó un poco y se acercó a buscar un vaso, se sirvió agua y cerró un ojo con dolor cuando comenzó a beber.

—¿Siempre te pasa?

Hizo una mueca y asintió.

—Sí… —contestó. Tosió un poco para aclarar la voz, pero no lo consiguió—. Cuando trabajaba en el teatro tenía que tomar un jarabe. Creo que el entusiasmo de ayer me hizo olvidar que pasaba esto —Sonrió como si fuera gracioso y me volví a sonrojar. Respiré hondo y dejé el vaso sobre la encimera— ¿Y a ti, qué te trae por aquí?

Me sentí intimidada de repente. Recordé la resaca y apreté los labios.

—Dolor de cabeza —solo dije. Miré hacia todos lados, al parecer Meridia no se aparecería por ahí—. Da igual —apreté los ojos—, iré a pedir una aspirina a la enfermería —que era justamente el lugar donde no me quería presentar.

Pero apenas di dos pasos me invadió un fuerte mareo. El cielo y el suelo se mezclaron, no supe dónde poner las manos, el mundo dio vueltas y tropecé hacia delante.
No me golpeé contra el suelo de pura suerte porque Valiant alcanzó a agarrarme por la cintura con rapidez.

—¡Ey! ¿Estás bien? —me preguntó estabilizándome. Apreté los ojos y respiré profundamente para quitarme aquella maldita sensación de no saber para qué lado giraba el mundo. Pero a cambio lo único que aspiré fue el perfume de él, una mezcla entre cedro y madera.

—Sí…—mascullé. Abrí los ojos suavemente intentando enfocar, por suerte no veía doble. Se inclinó hacia delante sin soltarme, como asegurándose de qué realmente estaba bien. Elevé la mirada y me quedé paralizada un segundo.

El cosquilleo en el estómago aumentó intensamente. Pero no me sonrojé, por el contrario, había algo en aquella sensación que comenzaba a gustarme.
Él me quedó mirando fijamente. El semblante preocupado había desaparecido y ahora me veía de una forma… diferente.
Aún no entendía qué ocurría conmigo tomando en cuenta mi brutal estado de resaca, pero estaba lo suficientemente despierta como para comprender que aquella forma en la que me miraba… me estaba gustando.

Como si alguien se hubiera apiadado de mí, justo en ese preciso momento se abrieron las puertas y Meridia y Marlee entraron juntas. Las dos se quedaron quietas y nos quedaron viendo con curiosidad. Los brazos de Valiant me soltaron rápidamente y tuve que buscar estabilidad apoyándome en la encimera porque había cargado todo mi peso en él. Casi caí al suelo de nuevo.

—¿Qué…? —Meridia me miró primero a mí y después a él, alzó una ceja—. ¿Les puedo ayudar en algo o estamos interrumpiendo?

Ahí sí me sonrojé, y él también.

—No, no… America no se sintió bien, casi se desmaya —dijo. Lo miré de costado frunciendo el ceño, no tenía que exagerar.

Marlee me miró preocupada.

—¿Es en serio? ¿Te ocurre algo?

—A ambos, al parecer…—Meridia se acercó hasta Valiant acorralándolo contra la encimera—. Abre la boca.

Al principio pareció cohibido pero luego le hizo caso. Con una linterna lo revisó y después de un rato se alejó.

—Tienes la garganta irritada —explicó, él ladeó la cabeza.

—Lo sé, por eso vine —volvió a carraspear.

Meridia se movió rápidamente por la cocina mientras yo tomaba asiento en la mesa junto a Marlee. Mi amiga me miró alzando una ceja.

—¿Qué te ocurrió? —preguntó bajito, apoyé la cabeza sobre la mesa y cerré los ojos.

—No tienes idea…—le contesté quejumbrosa.

—Aquí tienes —escuché que le decía Meridia a Valiant—. Es una infusión de hierbas balsámicas. Bébela en diez minutos y llévate estas ramitas, hazte al menos tres más durante el día. Mañana estarás bien.

—Gracias —lo escuché decir.

Nos mantuvimos todos en silencio hasta que la curandera se acercó hasta mí.

—Veamos qué tenemos aquí…—apoyó las manos en mis hombros—. Siéntate derecha para poder revisarte.

Me costó una tonelada levantar la cabeza y que el cuello la sostuviera. Pero lo logré. Meridia se sentó frente a mí y con aquella linterna me revisó los ojos. Noté que bajo los suyos tenía las ojeras marcadas.

¿Habría estado sin dormir desde la muerte de Avery?

La luz me molestó hasta lo más recóndito del cerebro. Tuve que cerrar los ojos porque no aguanté la punzada en ellos. Sonrió de costado.

—Dios mujer, ¿qué bebiste? —rió.

—No tengo idea —balbuceé. Me llevé las manos a la cara, no sabía si de vergüenza o de cansancio. En realidad no tenía intenciones que todos los presentes supieran que me había embriagado.
—Chica, eso no es cualquier cosa —dijo alzando una ceja y cruzándose de brazos, parecía divertida—. O te bebiste una jarra de whisky o… te intoxicaste con absenta.

—¿Ab… qué? —pregunté. Meridia se puso de pie y me rodeó para ir hacia los estantes. No quise voltearme a ver.

—Absenta —repitió—. Es un licor de anís con grados increíblemente altos de alcohol. Si bebes un solo vaso no despiertas hasta el otro día…—me vi forzada a girarme. Valiant seguía bebiendo su té, me miró con una ceja alzada y una mueca burlesca—. O… como te decía… bebiste whisky, que es más fuerte. Pero tus ojos no tienen rastros de ello.

¿En serio sabía eso solo con mirarme a los ojos?

—Wow…—murmuré impresionada. Sacudí la cabeza—. En realidad no lo sé… vino una amiga y nos quedamos en su cuarto charlando… no recuerdo una botella de whisky.

—Entonces absenta fue, se puede combinar en otros licores y no te das ni cuenta—su tono fue jocoso. Se movió rápidamente entre los frascos de su despensa hasta que comenzó a llenar un vaso de vidrio con líquidos de extraños colores.

—¿Amiga? —preguntó Marlee suspicaz—. No me digas que…

—Sí…—jadeé, me giré hacia ella y volví a apoyar la cabeza sobre la mesa.

Escuché movimiento a mí espalda y al cabo de un rato algo golpeó la madera. Levanté la cabeza. Frente a mí tenía un vaso con un líquido extraño, demasiado oscuro para ser barro y demasiado claro para ser otra cosa.

—¿Qué es esto? —pregunté. Meridia se sentó frente a mí cruzando los brazos sobre la mesa.

—Bébelo, me lo agradecerás.

Valiant rió.

—Es mágico —corroboró—. Nos ha salvado de varias situaciones incómodas —Su voz se escuchaba un poco mejor.

Achiqué un ojo pensando en cuántas ocasiones aquel grupito de la cocina había terminado embriagándose para después acudir a Meridia.

—Solo… no lo bebas por sorbos, hazlo de un solo trago —recomendó Marlee.

—Si no quieres vomitar…—aconsejó Valiant desde atrás. Apreté la boca. Me llevé al vaso a la nariz y me invadió una arcada.

—¿Qué tiene esto? ¿Agua del drenaje?

—Parecido…—se burló Meridia—. Anda, bébelo. Confía en mí. La primera sensación es horrible pero después sentirás igual que si te hubieras tomado unas buenas vacaciones.

—Cierto —dijeron Marlee y Valiant a la vez.

Cerré los ojos y aguanté la respiración. Conté hasta tres y me bebí aquella cosa de un solo golpe, parecía un concentrado de barro pútrido. Me llevé la mano a la boca para no vomitar. Comencé a respirar de a poco para calmar las nauseas. Entonces, pasó. Mágicamente al cabo de unos segundos me invadió una agradable sensación de alivio.
Abrí los ojos con cuidado y descubrí que ya no estaba mareada, la presión de los ojos había disminuido y la cabeza ya no me pasaba cien kilos.

—¿Qué me diste? —pregunté sorprendida. Meridia curvó una sonrisa y alzó una ceja.

—Secreto de la selva…—contestó.

—Genial…—susurré contemplando los restos que habían quedados pegados en el vaso. Definitivamente no quería saber qué había bebido.

Meridia hizo un movimiento y la cadena que colgaba de su cuello se balanceó. Pude ver con más detalle la argolla que colgaba junto a la llave de la despensa. Era gruesa y estaba tallada, había dibujos y símbolos alrededor del anillo.
Cuando me vio observándola creí que la iba a esconder, pero esbozó una sonrisa amable, poco común en lo poco que conocía de ella, y agarró la argolla mirándola con cariño.

—Era de Avery —explicó. Ya lo sabía, Marlee le sonrió con dulzura—. Perteneció a su familia, la hizo su abuelo —giró el anillo mostrándome los dibujos. Luego descubrí que eran animales—. Sus antepasados venían de una isla llamada Hawai. A través de los años se identificaron con estos símbolos. Su familia era representada por una lechuza. ¿Lo ves?

Me incliné hacia delante. El diseño era rústico pero muy bonito.

—Qué bonita…

Valiant se acercó por atrás, su semblante se había entristecido.

—Ese anillo perteneció a su madre —explicó con suavidad, Meridia lo miró—. Los hombres de la familia se lo entregaban a la mujer que elegían como esposa, y si ellas tenían hijos varones hacían entrega del anillo para cuando ellos encontraran a la mujer indicada —apretó una sonrisa y se quedó callado un instante—. Me lo contó cuando decidió que había encontrado al amor de su vida.

Nos quedamos en silencio un instante. Meridia le sostuvo la mirada a Valiant y apretó los labios.

—Gracias…—susurró al cabo de un rato, quebrándose. Nunca creí que la vería llorar. Se veía tan segura de sí misma, tan fuerte, que cuando las lágrimas bañaron sus mejillas prácticamente actué por instinto.
Me levanté de la mesa y la abracé por la espalda inclinándome sobre ella. Al principio pareció sorprendida pero luego sentí una de sus manos aferrarse a mis brazos.

—No es bueno acarrear el dolor en soledad Meridia…—le susurré—. Sácalo todo… estás entre amigos.

Marlee se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro acariciándole la espalda y Valiant se sentó al frente, estiró la mano y le agarró la que tenía libre.

Había sido una mañana que jamás creí que viviría. Había pasado por mil emociones en menos de veinticuatro horas. Sin embargo estar ahí, con ella, fue extrañamente sanador. Como si ayudarla significara también ayudarme a mí misma.
Nos quedamos largo rato en silencio mientras ella dejaba salir lo que sentía. Nunca supe cuánto rato estuve inclinada sobre sus hombros, pero la espalda comenzó a dolerme.
Cuando finalmente se calmó y se secó las lágrimas me miró sonriéndome agradecida.

—Deja de llamarme Meridia…—rió con la voz ronca—. Los amigos me dicen Mera, ¿está bien?

Le sonreí de vuelta. Al parecer me había ganado su confianza.

—Y tú puedes llamarme cuando necesites hablar —le dije. Ella tomó mi mano y asintió.

—No lo dudes —respiró hondo y se palpó las mejillas para secarlas, intentó sonreír con ánimo, pero el gesto no alcanzó sus ojos—. Aunque yo creo que tú me buscarás primero.

Se puso de pie y sin decir más caminó hacia la puerta del fondo y se encerró en su habitación. Nos quedamos con Marlee y Valiant en medio de la sala.

Ninguno supo qué decir durante un rato.

—¿Cuándo te dijo todo eso Avery? —quiso saber Marlee. Valiant se encogió de hombros.

—Cuando decidió que le pediría matrimonio a su chica—contestó, su voz aún sonaba áspera. Marlee asintió con tristeza.

—¿Llevaban mucho tiempo juntos? —pregunté. Los dos me miraron y luego se vieron entre ellos.

—No lo sabemos —contestó Marlee—. Fue después del ataque que nos enteramos que estaban juntos.

—Y cuando Avery me confesó que se quería casar no dijo con quién era —agregó Valiant—. Sabía que tenía una novia porque siempre hablaba de ella, pero jamás imaginé que sería Mera —suspiró—. El día del ataque cuando me pidió que le entregara el anillo, ahí me enteré.

Me mordí el labio con tristeza. Por eso había llevado el luto en soledad, porque nadie sabía que ella había sido la elegida.

Miré por la pequeña ventana que había en la morada, afuera estaba nublado. Me abracé a mí misma. Aún no cabía de la impresión por la eficiencia de aquel jarabe que Mera me había dado. Definitivamente podría presentarme ante el rey sin mareos y no hacer el ridículo.

—Debería prepararme para la reunión.

Me miraron.

—¿Muy nerviosa? —preguntó Marlee, me llevé una mano al cuello.

—¿Y cuándo no? —aunque en realidad me alteraba más el hecho de que me encontraría con Maxon después del encuentro de la noche anterior. Me sonrojé.

—Yo tengo que ir a la práctica —dijo Valiant con pereza, se puso de pie e hizo una mueca—. El miércoles es el juego, ¿irán?

Fruncí el ceño.

—¿Qué juego?

Marlee rió.

—Cada seis meses los soldados juegan un partido de polo —explicó—. El deporte en sí no tiene ninguna gracia, lo interesante son los jugadores —rió, Valiant la empujó por el hombro.

—¡Ey, estás casada! —rió.

—Pero no soy ciega —le contestó risueña.

—Bien… si las chicas van, no veo por qué yo no, suena bien —contesté. Marlee aplaudió entusiasmada.

—¡No te arrepentirás!

—Eres un caso perdido —rió Valiant elevando la mirada al cielo—. Bien… me voy —se guardó las ramitas que le dio Meridia en el bolsillo del pantalón y nos sonrió a las dos—. Nos vemos.

—Suerte —dijimos con Marlee.

Salió con rapidez de la cocina y nos quedamos solas. Alzó una ceja en mi dirección y me desplomé a su lado apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Me vas a contar qué sucedió?

—No vas a creerlo…—gemí.

—Tienes una hora antes de ir a la reunión —dijo como quien no quiere la cosa.

Me enderecé y suspiré hondo. Quedé con la vista fija sobre la mesa y le comencé a contar todo lo que había ocurrido, desde que me encontré con Celeste y Maxon en el pasillo, pasando por la reunión en su habitación hasta el encuentro en el armario y la discusión final.
Para cuando terminé Marlee me miraba con la boca abierta. Luego emitió un gritito agudo cubriéndose la boca.

—¿Se besaron? —Exclamó entusiasmada—. ¿Lo dices en serio?

—¿En serio es lo único que escuchaste? —me quejé—. ¡No puedo hacer eso! ¡No podemos! ¡Kriss está enamorada de él! ¿En qué posición quedó yo si vuelvo a permitir algo así?

—Cielos… Celeste consiguió lo que yo no pude hacer en un año —miró hacia un punto vacío en el aire con una expresión graciosa—. Debo darle mis respetos.

—Ahora lo único que quiero es no ver a ninguno de los dos —gruñí—. Pero a Maxon lo veré igualmente en un rato —me quedé callada un segundo y luego la miré—. ¿Qué quiste decir con que Celeste consiguió lo que tú no? ¿Acaso intentaste…?

Se ruborizó.

—Desde que te marchaste intenté de todo porque Maxon se pusiera los pantalones y fuera por ti, luego llegaste a Illea, pero además de un par de insinuaciones jamás intentó nada. Finalmente resultó que la forma más eficiente de haberlo conseguido fue embriagándolos. ¿Por qué no lo pensé?

—¿Me estás hablando en serio? —pregunté choqueada—. Marlee, Maxon está comprometido —modulé con fuerza.

—Está comprometido pero no muerto —se puso de pie y agitó la cabeza—. Escucha, no estoy diciendo que te conviertas en su amante, porque no estoy de acuerdo con las infidelidades. Pero la historia de ustedes es diferente. Él te quiere y tú lo quieres —suspiró y se llevó las manos a la espalda arqueando la columna—. Mientras no se case con Kriss sigue estando disponible. Tal vez lo único que necesita es saber que estás dispuesta a intentarlo y así tal vez se decida de una vez por todas a terminar con ella.

Me rasqué la cabeza. Tal vez habría sido mejor seguir mareada. Odiaba encontrarle algo de sentido a las palabras de mi amiga.

—No quiero que las cosas sucedan así…—susurré—. Lo de anoche fue… fue…—sentí que mis mejillas se calentaban—. Fue increíble, de verdad. Si no lo hubiera detenido tal vez nosotros…

Marlee alzó una ceja y se acercó apoyando sus manos sobre la mesa.

—Es comprensible, ambos están locos el uno por el otro —dijo con una sonrisa complaciente—. Lamento informarte esto amiga mía… pero una vez que pruebas la manzana ya no hay vuelta atrás. Esto volverá a repetirse.

—¡Es que no podemos! ¡No puedo! ¿Por qué insistes con eso?

—Porque en algún momento van a colapsar. Están tirando demasiado de la soga, va a terminar por cortarse —suspiró—. Lo quieras o no ya no saldrás de su cabeza, estará todo el tiempo pensando cómo poder tener un momento a solas contigo de nuevo, esperando a que vuelvan a caer…—ladeó la cabeza—. Es hombre, va a actuar por instinto. Y por el solo hecho de que lo ames como lo haces caerás una y otra vez aunque no quieras, porque el amor es más fuerte que el deseo. Te lo digo por experiencia —alzó sus manos señalándomelas y bajo la voz—. A pesar de las marcas jamás me arrepentiré de tenerlas, porque significan lo que siento por Carter. Traicioné a Maxon y no me importó. No hay prueba más grande de mi amor por mi marido que estas marcas. Y Carter lleva las suyas por mí.

De repente tuvo unas horribles ganas de llorar. Maxon también cargaba sus propias marcas por mi causa.

Sentí mis ojos aguarse, bajé la cabeza, aturdida.

—Pero cuando te atreviste a tener algo con Carter no estabas enamorada de Maxon, no te importó engañarlo porque no sentías nada por él, y también sabías que él no sentía nada por ti —susurré—. Pero aquí hay otra persona involucrada. Kriss está enamorada y hace de todo por estar a su altura, la viste ayer en el evento. No puedo hacerle eso…—susurré—. No puedo meterme con su novio sin sentir remordimiento por ella.

Marlee suspiró y la sentí colocar su mano en mi hombro.

—Entonces dile a Maxon que deje de buscarte —aconsejó sabiamente—. Hasta que él no acabe con Kriss será mejor que se mantengan distanciados. Aunque les duela. Juntos o separados, vas a seguir sufriendo del mismo modo —adivinó—. Así que, tendrás que decidir… o te dejas llevar y vives en secreto un idilio en sus brazos o… esperas pacientemente a que él termine lo que comenzó.

Se alejó hasta la puerta y se detuvo en el umbral. Pareció pensar en algo, apoyó la mano en el marco y se giró hacia mí mirándome por encima de su hombro.

—Y de todos modos si te aburres de esperar… no creo que falten los interesados…

Y sin más salió de la cocina.

Me quedé con la vista fija en la puerta. ¿Qué me había querido decir?

Cuando llegué a la oficina de Clarkson no estaba Aspen vigilando. Estaba el soldado del aeropuerto. Temblé.
Agaché la cabeza y entré en la oficina sin mirarlo, no obstante sentí su mirada encima de mí.
Aquel sujeto no se parecía en nada a Roger o a Valiant. Sus ojos eran fríos y su postura rígida, emanaba un aura siniestra que se parecía mucho a la del rey cuando estaba cerca.

Cuando cerré la puerta a mi espalda los asesores se pusieron de pie. Me congelé un segundo cuando me encontré con los ojos de Maxon.
Al parecer ambos estábamos sorprendidos de vernos, como si no pudiéramos asegurar si lo que había pasado era real o no.
Caminé bordeando la mesa, los asesores comenzaron a sentarse uno a uno. El rey alzó sus ojos por encima de sus lentes. Tragué saliva.
Gracias a Dios Meridia me había salvado de una gigantesca vergüenza.

Cuando me senté intenté esquivar por todos los medios la mirada de Maxon, que al parecer no había podido recuperarse totalmente de la resaca. De vez en cuando se rascaba los ojos a pesar de que trataba de mantener la compostura.
Podría haberme causado gracia pero era muy grave que estuviera en esas condiciones frente a su padre. Podía meterse en problemas.

—Ya que la embajadora se dignó a aparecer… —masculló el rey olvidando el protocolo sin saludarme—. Quisiera saber qué le han comunicado desde Italia sobre las exportaciones.

Me llevé un mechón de pelo tras la oreja y respiré hondo. Todas las miradas estaban sobre mí.

—Van a dejar el tema congelado hasta que el príncipe venga a Illea —contesté intentando controlar los nervios—. Llegará en tres semanas, así que ahí podrá retomar el tema con el heredero.

Parecía como si Maxon se hubiese tragado algo picante porque se había puesto súbitamente muy rojo.

—¿Ha mantenido conversaciones con el príncipe? —quiso saber un asesor. Apreté una sonrisa. Maxon tenía que entender que con Philippo éramos amigos, y aunque odiaba usarlo como la fachada que él quería ser cuando estábamos en Italia no pude evitar jugar un poco su mismo juego…

—Claro que sí, solo esta mañana hablé con él, les envía sus saludos —me atreví a mirar a Maxon a los ojos solo para molestarlo. Movía la boca de un lado a otro como si le molestara algo en los dientes.

Fue inevitable cuando curvé la mía en una sonrisa maquiavélica.

—¿Eso quiere decir que depondremos su asistencia en estas reuniones cuando el príncipe nos visite? —masculló Clarkson con una sonrisa. Mirándolo de cerca todavía no podía entender cómo era que alguien tan buena como la reina Amberly se hubiese enamorado de él. ¿Qué le había visto?

—No —contesté tajante—. Tengo que estar presente en todas las negociaciones que haga el príncipe, es parte del acuerdo que tengo con el rey Marco Antonio —dije sintiendo una ola de energía recorrerme. Al parecer el remedio de Meridia además de quitar la resaca levantaba también a los muertos— Por cierto, él quiere un recibimiento especial —agregué—. Espera que sea acorde a su cultura, y si me lo permite… quisiera organizar su bienvenida.

Clarkson parpadeó varias veces al igual que Maxon. Por primera vez les vi un parecido familiar. Me apoyé contra el respaldo esperando alguna reacción adversa, pero el rey solo suspiró y botó el aire.

—Bien, hablaré con Silvia para que vea ese tema con usted —dijo sin darle mucha importancia—. Pero en realidad me interesa el tema que nos atiene, ¿o acaso la corona italiana la ha inutilizado hasta que llegue el príncipe?

Sentí mis mejillas sonrojarse, pero de rabia. Maxon me miró fijamente.

—Para nada —contesté disfrutando la energía que me estaba invadiendo. Maxon me miraba como si no pudiera comprender por qué estaba en tan buen estado anímico cuando él apenas podía aguantar el brillo de la luz en la oficina—. De hecho me han pedido que le ofrezca un nuevo proyecto.

Clarkson me miró alzando una ceja.

—¿Qué pretenden ofrecer ahora? —masculló. Sentí un escalofrío.

—Un Software de codificación de correo —traté de aprenderme las palabras mientras caminaba hacia la oficina. Aún no entendía del todo bien qué significaba aquello y esperaba haberlo aprendido correctamente. No entendía nada de computadoras —. Italia es pionero en volver a activar el correo electrónico. Muchos países en Europa lo están utilizando y si usted compra parte de los derechos Italia le cederá el programa. Sería el primer país del continente en utilizarlo después de la cuarta guerra.

Aguanté el aire. Esperaba que Clarkson no manejara los conceptos de lo contrario descubriría que los italianos estaban buscando un modo de interferir con las comunicaciones.

—¿Y cuánto nos costaría eso? —preguntó repentinamente sorprendido. Los asesores parecían entusiasmados. ¿Realmente había caído? Apreté los labios y me enderecé en la silla para no perder la compostura. Maxon seguía estudiándome, lo que me ponía aún más nerviosa.

—Si acepta una alianza comunicacional, nada —dije cuidando mis palabras. Temía soltar la verdad detrás del plan de los italianos. Clarkson abrió los ojos con sorpresa.

—¿Nada?

—Nada —corroboré—. Solo tiene que aceptar que ellos hagan la instalación y que manejen el programa desde Italia, porque aún no hay suficiente potencia para poder tener señal desde Illea —aquello me lo había aprendido de memoria con un memo que venía en uno de los libros que había estudiado. No tenía la menor idea de lo que acababa de decir.

Los asesores hablaban entre ellos entusiasmados. El rey se llevó una mano a la barbilla, pensativo.

—¿Solo tengo que dejar que ellos manejen la señal? —preguntó. Asentí esperando haber entendido bien la pregunta.

—Al menos hasta que Illea tenga potencial comunicacional para hacerlo solo —apreté los dientes con la boca cerrada. No quería mirar a Maxon, pero me vi tentada a hacerlo. Estaba inclinado hacia atrás con un brazo estirado sobre la mesa, alzó una ceja en mi dirección. Por supuesto él había entendido lo que acababa de decir. Posiblemente mejor que yo.

—No puedes negarte a eso —le dijo a su padre—. Illea ha perdido muchos negocios internacionales por culpa del correo.

—Sí, sí, lo sé —dijo Clarkson pensativo—. Bien… está bien. Se escucha simple y efectivo, lo que estaba buscando. Dile a los italianos que acepto el negocio siempre y cuando nos entreguen el control de la señal en menos de tres meses.

—Es conversable, no creo que tengan problema —mentí. No tenía idea realmente si se podía o no establecer una señal en Illea dentro de los próximos tres meses, pero mientras eso se conversara los italianos tendrían acceso a sus mensajes.

—Estupendo…—dijo aburrido—. Si eso es todo… bien. Firmemos.

Abrí los ojos con sorpresa. ¡Finalmente una buena noticia! Maxon se enderezó en su asiento inclinándose hacia delante y ambos intercambiamos una mirada triunfal.

Clarkson miró el reloj que estaba colgado en la pared y se llevó una mano a los ojos.

—Martinson, encárgate de firmar los contratos, yo tengo que salir —le indicó a uno de los asesores, un tipo alto y delgado que parecía que se iba a quebrar.

—¿Dónde vas? —quiso saber Maxon. Esta vez la mirada de su padre se transformó, pero de inmediato volvió a ser apacible.

—Tengo un almuerzo con tu madre —le dijo con una sonrisa sínica. Maxon achicó los ojos.

—¿Y le darás algún regalo también? —contraatacó. Los miré de uno a otro sin entender nada. Desde donde estaba logré escuchar los nudillos de Clarkson al cerrarse, pero volvió a sonreír y cuando pasó por detrás de su hijo le desordenó el cabello lanzando una carcajada.

—Claro que sí, tu madre se merece todos los regalos del mundo.

Maxon resopló, intenté llamar su atención con la mirada, pero se mantuvo en su sitio viendo como su padre se alejaba hasta la puerta. Martinson se acercó hasta mí sorprendiéndome. Se movía igual que una sombra, ni siquiera lo había escuchado venir.
Y comenzamos a firmar los papeles.

Italia había ganado esta partida. ¡Marco Antonio estaría orgulloso!

Cuando salimos de la oficina el soldado del aeropuerto ya no estaba, en su lugar había un muchacho joven con acné que de vez en cuando se rascaba la cara. Cuando me vio me hizo una reverencia y luego se puso rígido como una estatua.

Solo ahí me di cuenta que era por Maxon. Los dos nos quedamos viendo directo a los ojos, preguntándonos si el otro recordaba el encuentro de anoche.

—Salió bien…—me sonrió de una forma extraña. Se notaba que la luz que entraba por la ventana le molestaba aún. Aguanté una sonrisa de burla.

—Sí…—sacudí la cabeza, aquel magnetismo que habíamos sentido ayer seguía ahí. Fui una estúpida cuando cometí el error de mirarle la boca, él se acercó un paso, el soldado estaba con la vista puesta en la ventana—. Bien. Me tengo que ir. Nos vemos —dije con rapidez.

Me di una vuelta rápida y arranqué a paso apresurado, doblé al final del pasillo y apenas puse un pie en la escalera me agarró por el codo pegándome a su pecho. Nuestras caras quedaron muy juntas, comencé a temblar.

—Dime que lo de ayer no fue un sueño, por favor…—susurró contra mi mejilla. Mi respiración se agitó.

—Maxon… suéltame —bajé la mirada, pero en lugar de soltarme me acercó más, sentí su nariz en mi frente.

—¿Hablaste con Philippo? —preguntó. No se escuchaba molesto, pero había cierto matiz de acidez en sus palabras.

—No te importa —dije con calma—. Pero sí, hablé con él esta mañana. ¿Me sueltas?

—America, por favor… no me hagas esto…

Fruncí la nariz. Estando sobria era mucho más fácil ordenar las ideas. Me solté con fuerza.

—Deja de decir eso —lo miré hacia arriba, comencé a molestarme—. Deja de decir que yo te hice algo cuando fuiste tú el que decidió este final para nosotros.

—Porque nunca me dijiste la verdad…—soltó de golpe.

Apreté los labios.

—Bien. ¿Quieres hablar de lo que sucedió? Hablemos —lo encaré. Intenté mantener un tono de voz prudente pero era difícil sintiendo la rabia crecer desde mi estómago—. ¿Qué quieres saber? ¿Por qué nunca te dije lo de Aspen? —se quedó callado—. Porque tenía miedo. Era una seleccionada y tú tenías cinco mujeres más para elegir. No tenía cómo saber si me quedaría sola. Fui una egoísta, sí. Pero nunca me aseguraste si realmente me querías hasta un día antes de la elección. Aspen era lo único seguro que tenía hasta ese momento —me descubrí respirando temblorosa—... aunque había descubierto hace mucho que a él lo había dejado de querer —mis ojos se aguaron—. No podía decirte eso. No quería irme del palacio. No quería dejarte, pero tampoco podía dejarlo a él, porque si te perdía, me quedaba sola. Fui una idiota, una egoísta, una superficial, sí, lo admito, me comporté terrible con Aspen, porque no se lo merecía. Pero resultó que me enamoré de ti. Me demoré en descubrirlo pero al menos hasta el último beso que te di fue real, todo lo que te dije ese día fue real. Hasta que decidiste que no valía la pena escucharme. ¿Satisfecho?

Alzó su mano para acariciar mi mejilla pero se arrepintió a mitad de camino. Sus ojos temblaron.

—Perdóname…—susurró con dolor. Cerré los ojos.

—Te puedo perdonar, pero eso no quiere decir que vayamos a estar juntos —sollocé y recordé las palabras de Marlee—. Ya te lo dejé en claro ayer y eso sí lo recuerdo —sacudí la cabeza—. Arregla las cosas con Kriss, o te casas con ella y eres feliz con la mujer que elegiste para ser tu esposa, o termina lo que hay entre ustedes. Solo ahí te aceptaré de regreso —jadeé, mis mejillas se mojaron—. Enfrenta al mundo Maxon, sé el príncipe que todos creen que eres. No puedes temerle a la reacción del pueblo por elegir tu felicidad por encima de ellos. No eres su títere, eres su futuro rey —suspiré y me alejé bajando un escalón—. No quiero ser la segunda Maxon, no quiero ser la mujer con la que te escabulles por los pasillos mientras la otra te espera en su alcoba todas las noches.

—America, espera…por favor…

—Deja de celarme, deja de buscarme… deja de enviarme regalos…—lloré con amargura—. Ponte en el lugar de Kriss un momento. Ponte en mi lugar.

—Yo te quiero…—su voz se quebró cuando avanzó un escalón y yo volvía a bajar uno más.

—Entonces haz las cosas bien —aguanté un quejido—. Porque yo también te quiero… pero no puedo seguir así.

Y bajé las escaleras con rapidez sintiendo que aquellas palabras habían sido una sentencia a muerte. Me detuve varios pisos más abajo a mitad de un pasillo. Me apoyé contra una pared, respiré varias veces y dejé que las lágrimas cayeran.
Lo que más me dolía era que moría por volver a estar con él, pero Maxon le temía tanto a lo que el resto pensara de sus decisiones que con ello solo me probaba que su amor por mí no era suficiente para dar la batalla y plantarle la cara al mundo.
Yo no podía hacer más. No podía intentar nada, era imposible si él no tomaba las riendas de la situación.
Era definitivo. No podía estar con él. No podíamos estar juntos hasta que no se enfrentara a sus demonios. O se casaba con Kriss, o se casaba conmigo. Pero no podía tenernos a las dos.

NOTAS

¡Oish! ¡Maxon, madura! ¡Sé hombre, enfréntate al reino, a tu padre y a todos! America se cansará de esperar, porque la vida es muy corta para estar añorando un amor que no hace nada por conseguir lo que quiere.

Sabía que esperaban un capítulo romántico, pero no. America es mucho más madura que Maxon (bueno, las mujeres siempre lo hemos sido), y se está aburriendo de esperar.
Ni que fuera muy fácil robarle besos cada vez que quiere teniendo a su novia encerrada en una habitación, y para peor, una novia que tampoco quiere estar con él.

Para que Maxon luche tiene que entender que puede perderla. Como la tiene ahí, sola, en bandeja, se está asegurando de hacer las cosas con calma. Está demasiado seguro que nadie se la va a arrebatar mientras gasta tiempo en buscar un modo de acabar con el compromiso.
Bien… en el próximo capítulo descubrirá cuánto cerca está de perderla, porque verá algo que lo hará cuestionarse cada una de sus acciones, y tal vez la cosa se ponga más brava.

La historia comienza a cerrarse cada vez más. Ya les había dicho que estamos entrando en terreno peligroso y no falta mucho para que el enemigo haga su aparición.
Puede haber romance y revueltas hormonales, pero el verdadero problema no es cuánto tardará Maxon en volver a estar con America, es si sobrevivirán para contarlo.

¡Gracias por leerme chicos!

¡Son lo mejor del mundo mundial!
Kate.-