Su habitación en la casa de Andrómeda era pequeña, pero eso le hacía sentir seguro. Había transfigurado las cortinas para que fueran plateadas, lo que, combinado con la ropa de cama verde, le daba un toque de Slytherin. El colchón era cómodo, los cuadros de paisajes que colgaban de las paredes eran agradables y las vistas al jardín le relajaban.
Sin embargo, no había nada que pudiera hacer para contrarrestar el llanto de Teddy que atravesaba las paredes noche tras noche. Parecía que el bebé estaba haciéndole la competencia a Draco, tratando de ver quién era capaz de dormir peor. La única noche en la que consiguió no darle vueltas a las cosas hasta la madrugada y quedarse dormido, se despertó pocas horas después oyendo los berridos de su primo.
La mañana del 23 de diciembre, Draco se sentía extremadamente cansado. Aún así, se duchó y vistió antes de salir de su cuarto, como hacía siempre, y bajó las escaleras para desayunar con su madre.
-No, Molly, tú ya nos invitaste durante en verano – le llegó la voz de su tía desde del salón –. Ahora me toca a mí invitaros a vosotros.
-¡Pero Andrómeda! ¿Cómo vas a invitarnos a todos a tu casa? –respondió, escandalizada, la voz de la señora Weasley.
Draco se asomó por la puerta del salón. Su tía Andy estaba sentada frente a la chimenea, en la que flotaba la cabeza de la mujer.
-Tengo espacio de sobra, Molly, querida.
-Andrómeda – insistió la voz de la señora Weasley –, estamos hablando de Arthur, mis cinco hijos, mi hija, mis dos nueras, Harry y yo; todos en tu comedor.
-Con Draco, Narcisa, Teddy y yo, sumaríamos quince personas. Como ya he dicho, tengo espacio de sobra – sonrió su tía.
Draco se apoyó contra la pared del pasillo. "Que diga que no, por favor. Que diga que no..."
-Bueno, supongo que me has convencido – le llegó la voz desde la chimenea –. Nos vemos el día de Navidad, entonces. ¡Pero pienso poner yo el postre!
Andy soltó una carcajada.
-¡Perfecto! Nos vemos, Molly.
El hambre de Draco se disipó con un retortijón de barriga. Volvió a subir a su cuarto y se tiró en la cama, enterrando la cara en la almohada con cuidado de no despeinarse el pelo recién lavado. Tras unos segundos, tomó aire a través de la almohada, con dificultad, y lo dejó salir de forma entrecortada. Sintió cómo su serpiente se inquietaba una vez más y empezaba, poco a poco, a apretar por dentro.
"¿Por qué ha tenido que invitar a Harry?" se preguntó, sintiéndose miserable. "Necesito olvidarme de él, despejarme la mente, superar de una vez las tonterías que me hace sentir".
Sí, Harry le hacía sentir cosas. Y Draco nunca había sentido nada por nadie. Siempre había dado por hecho que se debía a que nadie era lo bastante bueno para él, pero en aquel momento, mientras pensaba en el estúpido Gryffindor, lo único que podía sentir era que él no era lo bastante bueno para nadie. Y mucho menos para Harry Potter. ¿Qué derecho tenía él, un mortífago cobarde y un traidor, a sentir un cosquilleo en el estómago cada vez que veía a Harry? Harry, que era tan... tan bueno. Casi siempre.
Se quedó tirado allí, tratando de controlar y entender sus emociones, durante un buen rato. Y cuando bajó a desayunar, lo hizo solo porque sabía que su madre se preocuparía por él.
Decidió aprovechar esa tarde para estudiar, ya que no podría hacerlo durante Nochebuena ni Navidad. Después de comer, se sentó en el escritorio de su habitación, sacó de su mochila su pluma, tinta y pergaminos y lo ordenó todo sobre la mesa. Decidió empezar por Pociones, ya que era la asignatura que más le gustaba.
Un rato después, al terminar con Pociones, sacó los apuntes de Defensa contra las Artes Oscuras. Empezó a leerlos por encima, pero sabía que lo que realmente necesitaba hacer era practicar el encantamiento Patronus, por lo querebuscó entre sus hojas de pergamino hasta encontrar aquella en la que había apuntado sus recuerdos felices. Releyó la lista:
•El día que me llegó mi carta de Hogwarts.
•Mi madre enviándome golosinas todas las mañanas en primero.
•El viaje a Francia.
•El día que me hicieron Prefecto.
•El momento en que me dijeron que estaba libre de todos los cargos.
•El día que me dijo que quería ser mi amigo.
Draco había evitado escribir el nombre de Harry en aquella lista para no pensar demasiado en él, pero de poco sirvió. Su mente voló hacia el Gryffindor al instante. Suprimiendo un suspiro de frustración, movió su varita en círculos y trató de conjurar un Patronus mientras pensaba en él. Una nube muy pequeña apareció en el aire, pero se disipó casi al instante.
-Aghhh – gruñó, inclinándose hacia delante. Apoyó su brazo encima del montón de pergaminos y puso su cabeza encima de él, tumbándose sobre sus apuntes –. Tengo que conseguirlo.
Volvió a leer la lista, así como el resto de sus apuntes, sin levantar la cabeza. Lo intentó de nuevo; nada.
Se quedó ahí tirado un rato, con la vista clavada en la pared. Necesitaba pensar en algún otro recuerdo, pero todo lo que se le ocurría era doloroso, o triste, o estaba ya en el pasado. ¿De qué le servía pensar en un viaje genial con sus padres, si ahora su padre estaba en la cárcel y su madre no podía entrar en su propia casa? No, tenía que pensar en algo reciente.
Recordó lo que había ocurrido el último día de clase. Cómo aquel elfo, Tabby, le había mirado con admiración por algo que él, Draco, había hecho. Se había sentido tan orgulloso de sí mismo...
Agitó la varita en el aire.
-¡Expecto Patronum!
Una nueva nube se formó en el aire, y esa vez se mantuvo algunos segundos antes de desaparecer. Motivado, Draco siguió intentándolo, pensando en ese recuerdo. Aunque no llegó a conjurar ningún escudo real, consiguió conjurar unas cuantas nubes más.
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El día de Nochebuena fue bastante tranquilo. Su familia y él se pasaron la tarde en el salón, sentados alrededor de la chimenea, y Andy les contó historias de cuando su hija, la madre de Teddy, era pequeña. Su madre también contó historias de Draco; él, muerto de vergüenza, deseó que su madre se callase, pero la dejó seguir. Era mejor que se las contase todas a su tía, y no al día siguiente, delante de todos sus invitados. Delante de Harry.
Esa noche, cuando Andy consiguió que Teddy terminara de comerse los trocitos de pollo que le había servido en un plato de plástico, sacó al bebé de la trona y lo acunó.
-Es hora de dormir, Teddy – canturreó en voz baja –. ¡Esta noche viene Papá Noel! ¡Van a ser tus primeras navidades! – dijo con el tono de voz que siempre usaba para hablar al bebé.
Éste respondió con un balbuceo, y su pelo se volvió de pronto de rubio casi plateado. Él, que a esas alturas ya estaba acostumbrado al extraño hábito de su primo, se desarrimó de la mesa para que su tía pudiera poner al bebé en su regazo.
-Agadadagaga – balbuceó, sentado en sus rodillas, el pequeño. Estiró uno de sus brazos y Draco acercó su mano, permitiendo que agarrase su pulgar con los deditos de su mano izquierda. Se aseguró de mantener sujeto al bebé con su otra mano para que no se cayera hacia atrás.
-Espero que duermas bien esta noche – murmuró él, hablando más consigo mismo que con Teddy –, porque necesito descansar.
Su madre trató de tomar al bebé para llevárselo a su habitación y acostarlo, pero éste se negó a alejarse de Draco, así que tuvo que levantarse y llevarlo él mismo hasta su cuna. Se quedó allí, observando al pequeño y cantándole una canción de cuna en voz muy baja, hasta que sus ojos se cerraron. En cuando Teddy se durmió, su pelo se volvió de un color marrón claro y ondulado; su forma natural.
Draco se acostó poco después, sucumbiendo al agotamiento a pesar de los nervios que sentía por lo que le esperaba al día siguiente.
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Se despertó por la mañana algo más descansado. Se duchó y peinó con esmero, escogiendo una de sus mejores túnicas para la ocasión. Cuando bajó al salón, se encontró con que su madre, su tía y su primo estaban ya allí.
-Draco, te estábamos esperando – le dijo su madre, con tono amable.
Su tía y ella habían comprado cosas la una para la otra. También habían envuelto algunos juguetes y ropa para Teddy, y había un montoncito de regalos, en una esquina, que eran para él.
-¡Genial! ¡Seguro que tengo más regalos que Crabbe y Goyle juntos! – se emocionó Draco, al entrar en el salón de la Mansión Malfoy y encontrarse con un árbol rodeado de paquetes de colores.-Vamos a abrirlos todos juntos, cariño – dijo su madre, sonriendo y sentándose con él frente al árbol, en el suelo. Su padre, sentado en su sillón de diseñador, leía El Profeta sin hacerles caso –. Lucius Abraxas Malfoy, ven aquí ahora mismo – le reprendió su madre.Suspirando, su padre se levantó y se acercó a donde estaban ellos. Recogió uno de los paquetes del suelo y se lo entregó a Draco, diciendo:-Espero que te lo ganes con tus notas, hijo.Asintiendo, Draco lo abrió para descubrir, en su interior, un equipo de mantenimiento para escobas.-Para que lo lleves a Hogwarts cuando estés en segundo – explicó su padre –, junto con la mejor escoba del mercado.Draco sonrió, encantado. "Tendré una escoba mejor que la de Potter," se dijo, saboreando las palabras en su mente.
-Vamos a abrirlos todos juntos, cariño – dijo su madre, como si hubiera revivido el recuerdo de la Navidad de 1991 a la vez que él y estuviera recitando sus propias palabras. Le tendió a Teddy uno de sus paquetes, y el pequeño, en los brazos de Andy, empezó a imitar a su abuela, tratando de arrancar el papel para revelar lo que había dentro. Acto seguido, su madre le pasó a Draco un regalo que era para él. De pronto, por algún motivo, le entró el pánico.
-Tengo hambre – se excusó, rechazando el paquete y saliendo de la habitación –, seguid sin mí. Los abro luego.
No quería abrir regalos. No merecía regalos.
Se metió en la cocina y se sirvió un poco del desayuno que estaba esperándole. No tenía hambre en absoluto, pero se forzó a comer por si su madre iba a buscarle.
Cuando, unas horas después, llegaron los invitados para comer, el pequeño montoncito seguía intacto bajo el árbol, en una esquina del salón.
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Allí había más Weasleys de los que Draco recordaba de Hogwarts. Uno de los que no conocía estaba casado con Fleur Delacour, y otro, por algún motivo, tenía el cuerpo cubierto de quemaduras. Draco trató de no quedarse mirando a ese último. Había otro al que recordaba porque había sido Prefecto durante sus primeros años en Hogwarts, y luego, por supuesto, estaban Ron, Ginny, y uno de los gemelos, a los que Draco también había conocido. Granger y Harry también estaban allí.
Cuando se sentaron todos en el comedor, Draco se dio cuenta de que en ningún momento había acordado con Harry que su amistad fuese un secreto. Él no le había contado nada a Pansy y Blaise, y suponía que Granger y Weasley tampoco estaban al tanto porque Harry les había pedido discreción a los elfos domésticos de las cocinas. Sin embargo, ahora se encontraban en una situación en la que todos se estaban tratando con familiaridad. ¿Cómo se suponía que tenía que actuar él con el Gryffindor? ¿Tenía que ignorarle? ¿Saludarle? ¿Insultarle?
Lanzó una mirada furtiva al otro lado de la mesa, donde el chico estaba sentado con Teddy en sus rodillas. Harry no tardó en encontrarse con su mirada, y la comisura de su labio se movió un poco hacia arriba en una especie de saludo discreto. El Gryffindor estaba reconociendo que su amistad seguía en pie, pero no estaba proclamándolo: quería que fuera un secreto. Draco no podía quejarse. ¿Quién querría ser conocido como "el héroe que se hizo amigo de un mortífago"?
No pudo evitar sentir un cosquilleo en su estómago, pero lo ignoró y empezó a comer en cuanto todo el mundo se hubo servido.
Las conversaciones fluían de un lado a otro de la mesa. Draco estaba sentado entre su tía, que estaba hablando con el señor y la señora Weasley sobre asuntos del Ministerio, y George Weasley, quien le había dado la espalda para charlar con Fleur y con Granger. Él trató de mantener la mirada en el plato en todo momento.
Cuando se estaban sirviendo el segundo plato, un ruido interrumpió todas sus conversaciones. Alguien soltó un grito de sorpresa y todas sus miradas volaron hacia la ventana. A través de ella, podían verse una docena de búhos posados en el alféizar, los postes de la calle, el suelo; y estaban llegando más, y más, y más. Su tía lanzó un hechizo desde la mesa para abrir las ventanas, y las aves entraron a la vez en el comedor, sobrevolando la mesa y soltando cartas de todos los tamaños y colores delante de Harry antes de volver a salir.
Uno de los sobres era rojo.
-Oh, no... – murmuró Ginny Weasley. Harry se quedó mirando el montón de sobres que habían caído sobre su plato, con cara impasible, y no abrió ninguno.
Cuando el vociferador empezó a echar humo, la chica Weasley estiró el brazo a toda prisa. Volcó un vaso en el proceso, pero consiguió abrirlo antes de que empezase a arder.
-¡FELIZ NAVIDAD, HARRY POTTER! – gritaron tres o cuatro voces a la vez, mal sincronizadas –. ¡Esperamos que te guste nuestro mensaje! ¡Eres nuestro héroe! ¡HARRY, ERES MI ÍDOLO! ¡¡¡Mamá me ha prometido que algún día llegaré a conocerte!!! ¡Te amamos, Harry!
El vociferador se consumió en el aire, y las cenizas cubrieron el plato de la chica. Todo el mundo se quedó en silencio.
Harry tenía los ojos entrecerrados y estaba haciendo una mueca con la boca. A su lado, su amigo Weasley estaba leyendo una de las cartas normales en voz baja.
-Es... una carta de amor – musitó, frunciendo el ceño, cuando terminó de leer –. Alguien quiere que le beses debajo del muérdago. No está firmada.
Harry suspiró. Sacó su varita del bolsillo y, con un movimiento simple, recitó:
-Evanesco.
Todos los sobres desaparecieron.
La gente se estaba mirando, pero nadie dijo nada. Draco sentía que el corazón le latía a mil por hora. Estaba debatiéndose entre sentir pena por su amigo, quien no quería ser el centro de atención ni el héroe de nadie, y poner los ojos en blanco y pronunciar su famosa frase: "el famoso Harry Potter..."
Y, aunque no quería admitirlo, se sentía muy, muy celoso.
La Señora Weasley empezó a hablarles a todos de un mercado de Navidad que alguien había organizado en el Callejón Diagon. Draco sentía cada vez más simpatía por aquella mujer. Al fin y al cabo, no solo acababa de desviar la atención de Harry, sino que había sido ella quien había acogido a su madre bajo su techo y, además, quien había matado a Bellatrix. Eso sí, jamás admitiría en voz alta que no odiaba a algún miembro de la familia Weasley.
Terminaron el postre y se quedaron en el comedor, sentados, charlando. Draco seguía sin hablar con nadie. Estaba deseando que todos se fueran para poder encerrarse en su cuarto y seguir practicando hechizos. Se sentía muy incómodo estando con su madre, Harry y los Weasley en una misma habitación, ya que solía actuar de forma diferente con todos ellos por separado.
Por si fuera poco, desde que el chico Weasley había leído aquella estúpida carta y había mencionado el muérdago, Draco no paraba de imaginarse a Harry besando a chicas debajo de las ramitas que se colgaban del techo en Navidad. ¿Cuántas veces lo habría hecho? Más que Draco, seguro, que solo había besado una vez a Pansy por petición de la chica cuando estaban en cuarto. Había sido entonces cuando había decidido que besar era algo estúpido. Al fin y al cabo, como le había repetido su padre incontables veces, los Malfoy no se dejaban llevar por las emociones.
"Y aquí estoy yo ahora, sintiendo cosas por Harry Potter y pensando en besos."
Puso mala cara, clavando la vista en el centro de la mesa. ¿Cuánto faltaba para que se fueran los invitados?
-¿Dónde está el baño? – preguntó Harry. Andy le indicó la puerta correcta y el Gryffindor se levantó de la mesa y se metió allí.
Unos segundos después, el bolsillo de Draco se calentó.
Draco ni siquiera sabía por qué llevaba encima la moneda falsa. Harry no le había hablado desde que se habían bajado del tren en King's cross.
Metió la mano en el bolsillo de su túnica y agarró en su puño el objeto caliente. Discretamente, se inclinó hacia atrás en la mesa, bajó la mirada y leyó el mensaje del borde.
"Hoy23.30jardín," había escrito Harry, sin dejar espacios.
Draco sacó su varita y, por debajo de la mesa, apuntó al galeón.
"¿Qué jardín?"
"El de esta casa," le llegó la respuesta.
Poco después, Harry volvió a salir del baño y caminó hasta la mesa con total normalidad, como si nada hubiera ocurrido. Draco volvió a guardar sus cosas en su bolsillo y levantó la vista para mirar al chico, pero éste se había puesto a hablar con su amigo Weasley y no le devolvió la mirada. Después miró a su alrededor para comprobar que nadie se había fijado en su comportamiento. Todos estaban charlando entre ellos, pero Granger le estaba lanzando una mirada sospechosa. Draco levantó una ceja, como preguntando "¿y tú que miras?". Ella levantó las dos cejas, mostrando que no se sentía intimidada por él, y volvió a girarse pasa seguir hablando con Fleur.
Se mordió el labio. ¿Qué quería hacer Harry a las once y media de la noche en medio del jardín? La idea de que el Gryffindor hubiera planeado algo con él, fuera lo que fuese, hacía que el corazón le latiera más rápido. "Eso es malo," se dijo. "Tengo que dejar de sentir estas cosas. No debería acudir." Pero la decisión estaba tomada. Harry había quedado con él, y él iría.
-Parece que ha dejado de llover – comentó su tía sobre las cuatro de la tarde, cuando llevaban un buen rato charlando en el salón –. Harry, tú y tus amigos podríais salir un rato y pasear a Teddy, si queréis. Con tanta lluvia, pasa demasiado tiempo dentro de casa.
Veinte minutos más tarde, Harry, Granger y Ron y Ginny Weasley estaban de pie en la puerta, con sus abrigos puestos y empujando el carrito del bebé.
-¿Por qué no vas con ellos, Draco? – preguntó entonces su madre. Él abrió los ojos con horror, pero se aseguró de transformar su expresión en una de desagrado antes de que nadie se diera cuenta.
-No, gracias – espetó. Decidiendo que no aguantaba más tiempo allí abajo, se marchó a su cuarto, subiendo las escaleras sin mirar atrás.
Sus invitados se marcharon a las seis de la tarde, pero Draco no salió de su habitación hasta que su madre fue a llamarle para cenar, a las siete. Cuando dieron las ocho, estaba en la habitación de Teddy, observando a su tía mientras ella cambiaba el pañal del bebé, esperando a que terminase para poder acostarlo. Había vuelto a negarse a dejar marchar a Draco.
A las ocho y cuarto, estaba tirado en su cama sin nada que hacer. "Once y media," pensó con desasosiego. "¿Qué voy a hacer hasta las once y media?"
Podría intentar dormir unas horas, aunque sabía que eso era inútil. Tratar de estudiar era otra opción, pero no iba a ser capaz de concentrarse. Solo podía pensar en Harry. ¿Qué querría hacer en medio de la noche? No se le ocurría absolutamente ningún buen motivo por el cual el chico podría querer verle en el jardín a esas horas.
Su barriga hizo un sonido raro. Estaba estresándose. Tenía que distraerse.
Se sentó en su escritorio y sacó de su mochila un trozo sucio de pergamino, que tenía anotaciones de Transformaciones por detrás. Escogió una de sus plumas, la mojó en el bote de tinta que tenía en la mesa y observó el papel en blanco.
Apoyó la punta de la pluma en el papel y empezó a moverla. No supo qué estaba haciendo hasta que, unos minutos después, levantó la pluma y observó de nuevo el pergamino. Había dibujado un agujero en el centro de un pecho, del que salían espirales de tinta que rodeaban todo el torso de la persona.
Frunció el ceño. ¿Por qué se había molestado en dibujar aquello siquiera?
-Incendio – susurró, apuntando con su varita al pergamino, que se desintegró en el aire un momento después.
De alguna forma, consiguió sobrevivir hasta que dieron las once. Entonces, incapaz de esperar un minuto más, saltó de la silla y prácticamente voló hasta su armario. Se puso la ropa más gruesa que encontró, ya que la temperatura descendía bastante por la noche, y se cubrió con su capa. A continuación, se peinó el pelo varias veces hasta conseguir la forma adecuada y guardó su varita en su bolsillo.
A las once y veinte, Draco salió de su cuarto con los zapatos en la mano para no hacer ruido. Salió por la puerta principal, la cerró muy despacio y, una vez fuera, volvió a calzarse. A continuación, rodeó la casa hasta llegar a la parte trasera del jardín y esperó, abrazándose a sí mismo para no temblar de frío y sintiendo los nervios y la emoción correr por todo su cuerpo mientras esperaba a que Harry apareciese.
Pasados unos minutos, oyó una pequeña explosión en la distancia. Levantó la vista, pero no podía ver nada más allá de la zona que estaba iluminada por las luces del jardín.
-Lumos – susurró, varita en mano. La punta se encendió, y Draco empezó a avanzar hacia el lugar en el que acababa de oír el sonido de la aparición.
-Draco – llamó la voz de Harry en la distancia. Él caminó más rápido, tratando de encontrar al chico.
Se chocó contra él unos segundos después.
-¡Harry! – exclamó, asustado, manteniendo un tono de voz bajo para que nadie les oyera.
-Lo siento, lo siento. La noche está tan oscura que no veía nada – respondió el chico a su lado.
-¿Qué estamos haciendo aquí fuera? – preguntó él con tono exigente.
-Fácil – repuso el Gryffindor, agarrando con fuerza el brazo de Draco –. Voy a darte tu regalo de Navidad.
Sin previo aviso, Harry se desapareció, arrastrando a Draco con él.
