Os felicito el año por adelantado con un nuevo capi del capullo. Muchas, muchas gracias por los reviews del anterior, me encanta leer cómo os saca de quicio Edward ;)

Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.

MISTER ARROGANTE SEDUCTOR

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Soltero de Oro.


CAPÍTULO 20. LA RESPUESTA

El quejido de dolor que dejó escapar mi camioneta en cuanto arranqué el motor aquella fría noche de febrero me sonó a música celestial. No pude evitar curvar mis labios en una sonrisa perezosa al girar el volante —sin dirección asistida, por supuesto— para incorporarme al embotado tráfico de las calles de Chicago. Todo lo que antes me parecían defectos insalvables, ahora eran virtudes incomparables. La calefacción que nunca funcionaba, los cristales que se empañaban a todas horas, la puerta que me costaba un triunfo abrir, el quejido de los muelles del asiento del conductor…

Se habían acabado para siempre los insoportables viajes en metro. Para siempre o hasta que mi vieja camioneta volviera a sufrir una recaída. Tras dos meses, hacía una semana que por fin había conseguido recuperarla del taller. Aunque prefería no pensar demasiado en ello. Porque eso me recordaba que había pagado la reparación con el cheque que Edward me había ingresado una semana después de la fiesta de Nochevieja.

Y porque eso me recordaba, también, que hacía un mes que no sabía absolutamente nada de él. Habíamos tenido un último intercambio de reproches tras la reunión en el despacho de Aro y después de eso…

Nada. Silencio absoluto. Cuatro semanas de incertidumbre desquiciante.

Parecía como si, de repente, la tierra se lo hubiera tragado. O más probable aún, como si su propio ego se lo hubiera engullido. Los capullos seductores habían desaparecido de mi vida y, por lo visto, lo habían hecho para siempre.

No sabía si sentirme aliviada por haberle perdido de vista, cabreada por su repentina desaparición o decepcionada porque no hubiera encontrado el valor suficiente como para arrojarse al vacío. Lo único que tenía claro es que esta vez yo no iba a ser la parte débil. Yo no iba a ser quien levantara el teléfono para llamarle. Aunque también estaba segura de que él no lo iba a hacer. No sabía en qué punto nos dejaba todo aquello.

El tráfico fue haciéndose más y más fluido a medida que me alejaba del centro de la ciudad y, en cuanto enfilé la calle en la que vivía Alice, encontré sin dificultad un espacio lo suficientemente grande en el que combinar el monstruoso tamaño de mi camioneta y mi nula habilidad para maniobrar. Una vez que hube conseguido aparcarla —a la tercera va la vencida—, me bajé del coche y le di un par de palmaditas de ánimo al capó. La chapa desprendía un calor sospechoso, pero no me alarmé por ello. Ambas habíamos sobrevivido a Edward Cullen. No habíamos llegado tan lejos para morir tan pronto.

Un par de minutos después, Alice me abrió la puerta de su pequeño apartamento con una gran sonrisa. Dentro, en el salón, Angela y Jessica conversaban por encima del volumen de la televisión.

—Creía que era noche de chicas —dije a modo de saludo en cuanto entré al salón, señalando con la cabeza el televisor.

En la pantalla, un par de comentaristas deportivos hablaban sobre fútbol como si aquello se tratara de una cuestión de Estado. Me deshice de mi abrigo y lo dejé sobre el respaldo de una de las sillas del comedor.

—Tranquila, luego sacamos los pijamas —bromeó Alice, guiñándome un ojo mientras regresaba al sofá.

La imité, haciéndome un hueco entre Angela y Jessica. No sabía muy bien qué hacía mi ayudante ahí, pero su último ligue —un tal Mike Newton, al que había conocido en la fiesta de Edward— la había dejado por otra chica más alta, más delgada y más joven que ella, así que Alice se había montado un discurso muy poco convincente sobre solidaridad femenina para hacer reunión de chicas en su casa. Puede que por aquello de compartir desgracias.

—¿Creéis que después de esta noche todo el mundo dejará de hablar de la maldita Super Bowl? —pregunté sin demasiadas esperanzas, mientras fijaba la vista en la pantalla de la televisión con aburrimiento.

En las últimas semanas, desde que los Bears se clasificaran para la final gracias a Emmett Cullen, el fútbol parecía ser el único tema de conversación válido en todo Chicago. Eso, y los últimos rumores de embarazo de Rosalie Hale. La gente se escandalizaba y trataba de adivinar si el supuesto padre era Edward o Emmett. A mí lo único que me escandalizaba era la ilimitada capacidad de inventiva de las columnas de cotilleos de la ciudad.

—Si los Bears pierden, no dejarán de hablar de ello. Si los Bears ganan, tampoco —aseguró Angela.

—Chicago dejaría de hablar del partido tan sólo si Edward Cullen saltara al campo para estrangular a su hermano con sus propias manos —apuntó Alice, esbozando una sonrisa sibilina; probablemente estuviera disfrutando con la imagen mental.

Fruncí los labios al escuchar su nombre pero, aún así, mantuve la boca cerrada.

—Eso sería horrible —murmuró Jessica, horrorizada.

—Sí, sería horrible —la secundé, sombría—. Aunque si fuera Emmett Cullen quien asesinara a su hermano, yo no me opondría.

Alice y Angela intercambiaron sendas miradas cómplices de punta a punta del sofá, por lo que volví a fingirme concentrada en la pantalla. Los comentaristas habían desaparecido y el partido estaba a punto de comenzar.

—¡Ya empieza! —exclamó Jessica, dando un par de palmadas de entusiasmo en cuanto el pitido del árbitro resonó a través de los altavoces.

Pero ni a Alice ni a Angela parecía importarles el partido. Seguían con sus miradas clavadas en mí y no parecían dispuestas a apartarlas. Era la primera vez en un mes que el nombre de Edward se colaba en una de nuestras conversaciones con tanta libertad y, por lo visto, no iban a desaprovechar la oportunidad.

Por supuesto, ellas también vivían en la inopia sobre lo que había pasado entre Edward y yo tras la fiesta de fin de año. Aunque no era necesario que les relatara mi desgraciada existencia, ya se habían hecho una idea demasiado aproximada sobre lo que había ocurrido. Supuse que mis gruñidos cada vez que el nombre de Edward aparecía en una conversación y el nulo contacto que habíamos tenido desde hacía un mes habían sido pistas suficientes.

—¿Sigues sin saber nada de él? —quiso saber Angela, a pesar de que todas conocíamos la respuesta.

Negué con la cabeza, mientras echaba mano del bol de palomitas que descansaba sobre la mesa de centro.

—¿Sigues sin querer saber nada de él? —inquirió Alice, que a pesar de que tenía noticias diarias de Edward por boca de Jasper, había tenido la deferencia de callárselas delante de mí.

Volví a agitar de un lado a otro la cabeza. Aún así, mi subconsciente me traicionó y las palabras se escaparon de mi boca sin haber pedido permiso antes.

—¿Sigue siendo el mismo imbécil de siempre?

Por el rabillo del ojo, me pareció captar una media sonrisa en los labios de Alice. Angela, sin embargo, dejó escapar un bufido, reprochando sin palabras mi pequeño momento de debilidad.

—Según Jasper, sí. Aunque más irascible que de costumbre.

No sé porqué, aquello me sorprendió.

—¿Por Emmett? —pregunté, arrugando la frente— ¿Aún no se hablan?

—Apenas lo hacían antes del fiasco de Nochevieja —me informó Alice—, no veo porqué deberían empezar a hacerlo ahora. Pero no es por Emmett —aseguró, mientras sus labios dibujaban una pequeña sonrisa condescendiente—. Es por ti.

Guardé silencio. Porque no debería importarme ya lo que Edward pensara. En fin, había desaparecido sin intentarlo ni siquiera una última vez, como el cobarde que ambos sabíamos que era. Y eso era exactamente lo que necesitaba. Borrarle del mapa. Perderle de vista. Olvidarme de él. Desenamorarme.

Entonces… ¿por qué sentía ese vacío insoportable en la boca del estómago cada vez que su nombre cruzaba mi mente?

Porque lo que necesitaba y lo que quería no siempre tenían porqué coincidir. Y porque cuando Edward Cullen entraba a formar parte de la ecuación, ambos términos se convertían en lo opuesto el uno del otro.

—¿Entonces es cierto lo que dicen?

Giré la cabeza con brusquedad hacia Jessica, que hasta ese momento no se había atrevido a intervenir. Ella me observaba con una mirada cautelosa y confusa al mismo tiempo, como si supiera algo que yo ignoraba. Como si supiera algo que todo el mundo conocía. Excepto yo.

—¿Lo que dicen? —repetí, frunciendo el ceño.

Esta vez, Jessica también participó en el intercambio de miradas cómplices. Sin decir nada, Alice rebuscó en el revistero y dejó caer sobre la mesa el periódico del día anterior. En la última página, la foto en blanco y negro de Edward, serio y hostil mientras salía del edificio de Cullen & Hale, ilustraba la columna de cotilleos.

La fiesta privada de Edward Cullen

El triángulo de Edward Cullen (30), Rosalie Hale (22) y Emmett Cullen (26) puede haber añadido un vértice más para convertirse en un cuadrado. O en una historia digna de un telefilm de sobremesa. Los hermanos Cullen continúan sin hablarse y Hale se enfrenta a los rumores que apuntan a que Victoria's Secret podría no renovar su contrato con la modelo. Pero mientras, y según cuentan testigos presenciales de la fiesta de Fin de Año de Edward Cullen, una nueva mujer acaba de aparecer en la ecuación.

Trabajadores del Four Seasons, el hotel en el que tuvo lugar la desastrosa fiesta, aseguran que la mañana de Año Nuevo, hacia las ocho menos cuarto, una joven morena se escabulló silenciosamente de la suite presidencial del hotel. ¿Y quién ocupaba esa noche la habitación? Nada más y nada menos que Edward Cullen, que abandonó la suite apenas veinte minutos después.

¿Maniobra de distracción? Parece que de momento funciona porque, a pesar de nuestra intensa labor de investigación, aún no hemos conseguido averiguar la identidad de la misteriosa morena. Lo que sí sospechamos es que podría haberse encargado de organizar la fiesta de Año Nuevo de Edward Cullen. Entendemos que la pública y la privada que más tarde tuvo lugar en la suite del Four Seasons.

Teniendo en cuenta que el noventa por ciento de lo que se publicaba en esas columnas de cotilleos era falso, inventado, tergiversado o todo a la vez, lo cierto es que los muy cabrones habían tenido una puntería certera en el momento menos adecuado.

Releí el artículo una vez más, antes de levantar la mirada de nuevo hacia Alice, Angela y Jessica, que me observaban expectantes. Las dos primeras por observar mi reacción, y la última por comprobar si lo que decía aquel artículo era cierto.

—Hay un pequeño error. Realmente salí de la suite a las siete y media —dije, encogiéndome de hombros—. Y no fue una maniobra de distracción, Edward me echó —apunté con fingida indiferencia.

—¿Entonces es cierto? —repitió Jessica, abriendo la boca desmesuradamente.

—Palabra por palabra. Aunque eso de "morena misteriosa" suena demasiado bien —bromeé sin pizca de humor.

Jessica parecía incapaz de cerrar la boca. Mientras, en la televisión, Emmett Cullen anotaba su décimo tanto del partido y enfilaba a los Bears hacia la victoria, justo antes de que el árbitro hiciera resonar su silbato para marcar el final de la primera parte.

—¿Pero por qué…? ¿Cómo…? —balbuceó Jessica.

—Esperaba no tener que explicar el cómo. Y el porqué… —dejé escapar un bufido exasperado— bueno, ni siquiera yo entiendo el porqué. Aunque hubiera jurado que los empleados del Four Seasons fueron más discretos la última vez —añadí, rodando los ojos en un gesto elocuente.

—Precisamente por eso deberías haberle hecho caso a Edward —replicó Alice.

Volví a dejar la revista sobre la mesa y le di cuidadosamente la vuelta para no tener que seguir mirando la foto de Edward que aparecía en la última página. Incluso en blanco y negro y con aquella expresión hostil, seguía igual de guapo que siempre.

—¿De qué hablas? —pregunté, levantando la cabeza hacia Alice.

—De que la mierda está a punto de salpicarte —me advirtió—. Y de que lo que se te viene encima en cuanto descubran quién eres va a ser mucho peor que un artículo con el que rellenar una columna en la última página del periódico.

—El documento de confidencialidad —trató de aclarar Angela al reparar en mi mirada confusa—. Alice, Jessica y yo ya lo hemos firmado. Tú también tienes que hacerlo.

Me crucé de brazos en actitud defensiva, mientras me recostaba sobre el sofá. Era la vez número 125 que teníamos esa misma conversación desde que Edward apareciera en el despacho de Aro con ese maldito documento de confidencialidad. Y creía que los 125 "ni de coña" que había pronunciado hasta entonces habían sido suficientes, pero por lo visto teníamos que ir a por el 126.

—Ni hablar. No voy a dejar que me humille una vez más.

—¿Desde cuándo has desarrollado esa vena melodramática tan insoportable? —gruñó Alice al escuchar por enésima vez la misma respuesta.

—Escucha, Bella —intercedió Angela—. Todas aquí sabemos que odio a Edward Cullen, así que coincidirás conmigo en que en este tema voy a ser parcial y subjetiva… de la mejor manera posible.

Asentí cautelosa con la cabeza, indicándole sin palabras que continuara.

—Carlisle Cullen busca un culpable por el escándalo de Nochevieja —comenzó a explicar con calma—. Está acostumbrado a salir en la prensa por las victorias ante los tribunales de su despacho, por la carrera de Emmett en los Bears y por los inofensivos ligues de Edward. Pero esto es diferente. Están manchando su apellido y ni siquiera puede cargar contra ninguno de los tres protagonistas. Porque dos de ellos son sus hijos y porque la tercera en discordia es la hija de su socio.

Guardé silencio, sin saber exactamente hacia dónde se dirigía Angela y qué tenía que ver todo aquello con aquel maldito documento de confidencialidad que, por si no se habían dado cuenta, no iba a firmar nunca.

—Hasta ahora sólo han aparecido tres nombres en la prensa: los de Edward, Rosalie y Emmett. Hasta ahora —repitió Angela, lanzándome una mirada severa por encima de sus gafas de montura cuadrada—. Pero están a punto de descubrir el tuyo.

Asentí de forma distraída. En la televisión, la segunda parte del partido había dado comienzo ya y las cámaras enfocaban a Rosalie Hale, animando a Emmett desde las gradas con una gran sonrisa que nunca había visto en su rostro.

—Supongo que, en cuanto lo hagan, yo seré la culpable que busca el padre de Edward.

Alice, Angela e incluso Jessica, que no perdía palabra, asintieron en silencio.

—Sigo sin saber porqué demonios tengo que firmar ese maldito documento de confidencialidad —insistí—. Si lo hago y Carlisle me acusa de haber filtrado toda la información que está apareciendo en la prensa, eso sólo me colocaría en una posición peor. Estaría incumpliendo la cláusula de confidencialidad de mi contrato y también ese documento. Doble infracción, doble castigo.

—No en este caso —me llevó la contraria Angela—. Ese documento incluye una cláusula especial por la que Edward se compromete personalmente a defendernos en cualquier proceso judicial que una tercera persona, ajena al documento, inicie contra cualquiera de nosotros.

Necesité un par de segundos para desentrañar el significado de las palabras de Angela.

—¿Quieres decir que…?

La pregunta quedó flotando en el aire. No podía ser cierto. No después de todas las horribles acusaciones que le había lanzado aquella mañana en el despacho de Aro.

—¿Que Edward ya había previsto que esto podía pasar? ¿Que después de que todo el escándalo saltara a la prensa, sospechaba que su padre podría buscar culpables en la fiesta y por eso quiso cubrirnos las espaldas? —completó Angela por mí— Eso es exactamente lo que quiero decir.

—Mierda.

Me levanté del sofá como si alguien hubiera activado un resorte automático y comencé a dar vueltas por el pequeño salón de Alice.

—Mierda, mierda, mierda —murmuré para mí misma, recordando nuestro último encuentro en el despacho de Aro—. Joder, le acusé de querer humillarme cuando…

—Cuando lo único que intentaba era protegerte —me cortó Alice con dureza.

Continué caminando de un lado a otro del salón. ¿Se podía ser más gilipollas? Y sí, era una pregunta retórica.

—¿Por qué nadie me lo dijo antes? —exclamé de repente, volviéndome de nuevo hacia ellas.

A juzgar por la expresión de cabreo mal contenido que lucía Alice, acaba de rebasar el límite de su paciencia.

—Oh, bueno, llevamos un mes intentando advertirte —replicó ella, masticando las palabras con mucha mala leche—, pero es bastante difícil hacerlo cuando huyes cada vez que una de las dos pronuncia el nombre de Edward Cullen.

—Yo no huyo —le llevé la contraria con poca convicción.

Alice puso los ojos en blanco y Angela enarcó las cejas en un gesto elocuente.

Dejé escapar un suspiro de cansancio. De repente, el mes de incertidumbre que había pasado desde mi discusión con Edward en el despacho de Aro parecía pesar demasiado.

—¿Tú también has firmado ese documento, Jessica?

Mi ayudante asintió en silencio.

—Eric también lo hizo. Todos los que te ayudamos con la fiesta lo hemos firmado —dijo Angela—. Edward insistió en ello.

Todos. Excepto yo. Porque no me había dado la real gana de hacerlo.

Volví a dejarme caer sobre el sofá. En la televisión, el partido seguía su aburrido curso y cinco minutos después, Alice, Angela y Jessica volvieron a entablar conversación, mientras yo me sumía en el más absoluto silencio, con la mirada clavada en la pantalla, pero sin ver realmente nada.

Al cabo de un buen rato, me sentía incapaz de contener el caótico ritmo de mis pensamientos, así que no me quedó más remedio que volver a abrir la boca.

—¿Debería sentirme culpable por haber pensado que Edward era un cabrón cuando lo único que pretendía era protegerme?

Lancé la pregunta al aire, sin esperar ninguna respuesta.

—Deberías —dijo Alice de inmediato—. Y si tienes conciencia y te funciona, espero que lo hagas.

No sé si pasaron dos segundos o treinta minutos de silencio antes de que una nueva duda apareciera en mi cabeza.

—¿Y tengo motivos para estar enfadada con él por haber desaparecido durante un mes? —volví a preguntar, apartando la mirada de la televisión para volverme hacia ellas.

—Sí.

Esta vez fue Angela quien disipó mis dudas. Comencé a respirar aliviada por su rotunda respuesta, pero entonces me remató con unas cuantas palabras bien escogidas.

—Pero viendo tu reacción, si yo hubiera estado en su lugar también habría desaparecido sin decir nada.

Eso era lo que más me temía. Porque enfadarme con Edward cuando se comportaba con un cabrón arrogante e insoportable era demasiado fácil. Ahí no había remordimientos porque la razón siempre estaba de mi parte. Pero hacerlo cuando lo único que intentaba era salvarme el culo, me hacía sentir terriblemente mal.

Mierda de conciencia.

—Creo que los Bears acaban de ganar el partido —anunció Jessica al cabo de unos minutos; lo hizo con un tono monótono y, al parecer, todo su entusiasmo del principio se había esfumado.

—Y Edward no ha saltado al campo para matar a su hermano. De momento —añadió Alice, en un intento vano por aligerar la pesada atmósfera que había caído sobre las cuatro.

Volví la vista al televisor. Los Bears celebraban la victoria y supuse que el tema de la Super Bowl se alargaría unas cuantas semanas más. Puede que incluso todo Chicago no dejara de hablar de fútbol en la vida.

No sé cuánto tiempo me quedé ahí, completamente inmóvil en el sofá y sin despegar la vista de la pantalla, aunque realmente no estaba viendo nada. Pero había algo que debía hacer.

Y tenía que hacerlo ya.

—Alice —dije de repente, volviendo la cabeza hacia ella—. ¿Puedes llamar a Jasper? Quiero firmar ese documento.


Releí los papeles de principio a fin por enésima vez. Jasper los había dejado en mi despacho dos días atrás y había prometido pasar a por ellos esa tarde, estuvieran firmados o no. Así tendría tiempo para pensármelo bien, había dicho.

Así tendría tiempo para leer hasta la última coma y asegurarme de que aquello no era una jugarreta de Edward, habría querido decir.

En realidad, no había nada que pensar. Los firmaba porque con cada nueva información que aparecía en los periódicos, la prensa estaba cada vez más cerca de desvelar mi identidad. Los firmaba porque una vez que lo hicieran —y estaba segura de que lo harían— no quería tener que enfrentarme yo sola a un litigio con el todopoderoso despacho de Cullen & Hale.

Pero, sobre todo, los firmaba porque quería hacerle saber a Edward que confiaba en él. Tarde y mal, porque parecía que los dos sólo sabíamos hacer las cosas a destiempo y a medias, pero lo hacía.

Sin dedicarle ni un segundo más de reflexión, tomé el bolígrafo que descansaba sobre el escritorio y estampé mi firma al final del documento. Justo entonces, un par de golpes en la puerta de mi pequeño despacho rompieron con el silencio.

—Adelante —indiqué, sin apartar la mirada de los papeles que sostenía entre mis manos.

Sólo cuando escuché el crujido de la puerta al abrirse y, un par de segundos después, volver a cerrarse, levanté la cabeza.

—Hola, chicos —saludé a Jasper y a Alice con una sonrisa tensa.

Ambos se sentaron enfrente del escritorio y Jasper correspondió mi mueca con una sonrisa cautelosa en cuanto le tendí los papeles. Ni siquiera se molestó en comprobar si los había firmado o no.

—¿Qué ocurre? —pregunté al cabo de un par de segundos de asfixiante silencio.

Ninguno de los dos había abierto la boca desde que habían entrado en el despacho. Y me observaban con cautela, con un brillo espeluznante en los ojos. Había sentido las mismas miradas curiosas clavadas en mi nuca esa mañana cuando había llegado a la oficina y, a pesar de que me habían perseguido durante todo el día —al llegar y saludar a Jessica, al cruzarme en el baño con dos recién llegadas a la empresa, en la cafetería a la hora de la comida…— había preferido no darle importancia.

Pero ahora que tenía a Jasper y Alice delante de mí, observándome de la misma manera, quizás debería empezar a preguntarme qué coño estaba pasando.

—¿Por qué me miráis así? —volví a preguntar.

Me puse a la defensiva y eso provocó que Alice curvara sus labios en una pequeña sonrisa.

—¿Así, cómo?

—Como si yo fuera una bomba a punto de explotar —expliqué, aunque mis palabras no tenían demasiado sentido.

Alice rió entre dientes, pero Jasper le lanzó una mirada de advertencia que capté al vuelo.

—Primero vamos con lo aburrido —dijo él, dejando los papeles de nuevo sobre el escritorio—. ¿Has firmado el documento?

—Puedes comprobarlo tú mismo —gruñí, ya que no quería tener que admitirlo en voz alta.

Una nueva risotada se escapó de la boca de Alice.

—Te dije que lo firmaría —aseguró con condescendencia—. Está demasiado colada por él.

Le lancé a Alice una mirada envenenada por su innecesaria sinceridad, pero Jasper no respondió. En lugar de eso, se limitó a pasar las páginas una por una hasta llegar a la última de ellas. Cuando vio el garabato de mi firma, asintió.

—¿Ahora toca lo divertido? —quise saber.

—Eso depende —respondió Alice.

—¿De qué?

—De cómo quieras tomarte esto.

Y sin más explicación, dejó caer sobre la mesa una revista. Le eché un rápido vistazo a la portada. Era el último ejemplar de The Insider, el semanario más prestigioso de todo Chicago. Pero nada de eso me resultó relevante en cuanto deslicé la mirada por la página y descubrí quién ocupaba la portada de esa semana.

A toda página, esbozando una media sonrisa torcida que parecía esconder todos los secretos de este mundo, Edward Cullen desafiaba a la cámara.

Leí las letras que acompañaban su fotografía.

Edward Cullen: ¿Intocable?

Tiene 30 años, es el abogado con más proyección de todo Chicago y, aunque el mundo entero cree que es infalible, él está dispuesto a destapar todos sus puntos débiles

—¿Una entrevista? —mascullé, incapaz de apartar la mirada de su rostro— Edward nunca da entrevistas.

Todo el mundo en esta ciudad lo sabía. Podría llenar páginas y páginas de revistas y periódicos, pero nunca con palabras que hubieran salido directamente de su boca.

—Tampoco había perdido nunca la cabeza por una mujer. Y aquí estás tú —murmuró Jasper—. Será mejor que leas la entrevista a solas. Te esperamos fuera.

Escuché sus pasos sobre la moqueta y el crujido de la puerta al abrirse y volver a cerrarse, pero yo seguía con los ojos clavados en la portada. Con manos temblorosas, abrí la revista. No sabía qué demonios me iba a encontrar dentro, pero el instinto y la experiencia me vociferaban que Edward nunca guardaba sorpresas agradables.

La entrevista se extendía durante cuatro largas páginas, salpicadas con varias fotografías de él. Me demoré en las imágenes, tratando de reunir el coraje necesario para enfrentarme a la entrevista. Cuando por fin lo hice, volví la vista al titular y comencé a leer.

Edward Cullen y su talón de Aquiles

por Jane Volturi

Su despacho, en el último piso de la sede de Cullen & Hale, es su guarida. Impenetrable y a prueba de filtraciones a la prensa. Nada de lo que aparece publicado procede directamente de él o de su entorno. Pero esta vez, Edward Cullen ha decidido hacer una excepción y conceder su primera —y única, según se empeña en recalcar— entrevista. Su porte impresiona, su mirada intimida y sus respuestas plantean más dudas de las que resuelve. Con tan sólo 30 años tiene el mundo a sus pies y lo que es aún mejor, lo sabe y no le importa decirlo en voz alta. La humildad no aparece en su vocabulario, pero las debilidades sí. Y, por una vez, está dispuesto a mostrárselas a todo aquel que quiera verlas.

Pregunta. El Colegio de Abogados de Chicago te acaba de nombrar Mejor Abogado Junior del año y con la jubilación de tu padre Carlisle Cullen y de su socio Eleazar Hale en el horizonte, tu nombre es el único en las quinielas para afrontar la dirección de Cullen & Hale. ¿Cómo se ve el futuro desde los zapatos de Edward Cullen?

Respuesta. Brillante, como lo he visto siempre. Suena arrogante, pero me encuentro en una posición que me permite ser arrogante. Me lo he ganado y soy lo suficientemente honesto como para no actuar con falsa humildad. Nunca lo he hecho y no voy a empezar a hacerlo ahora.

P. ¿Aún arrastras es cartel de 'hijo de' o te has ganado tu propio nombre?

R. Eso no me corresponde a mí decirlo.

P. Pero tendrás una opinión…

R. Soy quien soy y estoy dónde estoy por derecho propio. Podría haber optado por desaprovechar las oportunidades que se me han ofrecido. Podría haber sido débil y acobardarme. Podría haberme escondido tras la sombra de Carlisle Cullen. No necesito trabajar para mantener mi nivel de vida y no lo necesitaré nunca. Pero, aún así, opté por esforzarme, por trabajar duro y hacerme un nombre. Así es como me educaron.

P. ¿Para qué te educaron?

R. Para la excelencia. Para seguir los pasos de mi padre.

P. ¿Y realmente tuviste elección? ¿Podrías haberte salido de ese camino que ya estaba trazado?

R. Siendo sincero, no. O, en su mayor parte, no. Supongo que podría haberlo hecho, pero nunca estuvo en mi cabeza. He tenido el camino muy claro desde muy pronto.

P. Pero el camino hacia la excelencia es largo y no siempre se alcanza la meta. ¿En qué punto estás tú?

R. En el que quiero estar. Siempre estoy donde quiero estar.

P. ¿Hay algo en el horizonte que pueda desviarte de ese camino? ¿Algún factor que no dependa de ti y que pueda aguarte la fiesta?

R. No está en el horizonte, sino en el presente. Y definitivamente tuvo que ver con una fiesta.

P. Supongo que te refieres a Rosalie Hale y a tu hermano Emmett Cullen…

R. Supones bien.

P. Durante las últimas semanas se ha publicado de todo. ¿Algo que aclarar o desmentir?

R. Pregunta y puede que yo responda.

P. ¿Rosalie Hale está embarazada?

R. No que yo sepa. Al menos, no de mí. Es físicamente imposible y creo que eso no necesita aclaración. En cualquier caso, esa es una pregunta que deberías hacerle a ella.

P. ¿Has intentado boicotear su carrera profesional?

R. No, ella misma se lo ha buscado. Daba una imagen que ahora ha quedado por los suelos. Las firmas la contrataban por esa imagen de dulce chica angelical que proyectaba sobre las pasarelas, pero ahora la ha perdido. No es mi culpa que le hayan rescindido los contratos que firmó mientras estaba conmigo. Y, desde luego, jamás he levantado un teléfono para boicotearla. Soy rencoroso, pero no vengativo.

P. ¿Tu hermano Emmett y tú no os habláis?

R. Apenas lo hacíamos antes de que todo esto saliera a la luz. Ahora la relación es nula.

P. ¿Por qué? ¿Hay alguna posibilidad de recuperar la relación?

R. Porque me ha traicionado de la forma más pública y humillante posible. Estoy acostumbrado a recibir puñaladas por la espalda, a lo largo de mi carrera ya las he recibido y también las he dado. Pero he sido lo suficientemente ingenuo como para no esperármelas de mi familia. Y no, no tengo interés alguno en recuperar una relación que, para empezar, nunca existió.

P. ¿Nunca? ¿Por qué?

R. Porque somos opuestos en el peor de los sentidos. Y porque él siempre tuvo una libertad que a mí se me negó.

P. Dijiste que estabas conforme con el camino en el que estás.

R. Lo estoy. Y de haber tenido una posibilidad real de elegir, hubiera optado por el mismo camino. Pero me hubiera gustado poder hacerlo. Es injusto que él haya tenido esa oportunidad y yo no.

P. ¿Quizás estás buscando culpables en el lugar equivocado?

R. Puede, pero yo también tengo derecho a actuar de forma irracional de vez en cuando.

P. ¿Es cierto que el matrimonio con Rosalie Hale estaba arreglado?

R. Si por arreglado quieres decir que no se basaba en un interés puramente sentimental, sí.

P. ¿En qué interés se basaba?

R. En uno que nos beneficiaba a los dos. Era un acuerdo lícito, entre dos personas adultas y cuyo contenido no voy a aclarar porque también la incumbe a ella y, dado que no es parte de esta entrevista, no sería justo hablar de ello.

P. Si tú no estabas enamorado de ella y ella tampoco lo estaba de ti, ¿por qué no estás dispuesto a dejarlo pasar?

R. Porque seguía siendo un compromiso. Si Rosalie y Emmett se han enamorado, lo único que tenían que haber hecho era decírmelo a la cara. Soy un cabrón insensible, pero hasta yo puedo entender que la gente se enamora.

P. ¿Y tú? ¿Alguna vez has estado enamorado?

R. Sí, sólo una vez.

P. ¿En pasado o en presente?

R. En presente.

P. ¿Es correspondido? ¿Tienes una relación con esa persona?

R. Sí, creo que es correspondido. Y definitivamente no, no existe ningún tipo de relación.

P. ¿Por qué motivo?

R. Porque he cometido demasiados errores.

P. Creía que Edward Cullen era infalible.

R. En los negocios. En los tribunales y con mis clientes nunca cometo errores.

P. ¿Y en la vida personal?

R. En la vida personal cometo más errores de los que estoy dispuesto a admitir en una entrevista.

P. Esa persona, ¿la conocías antes de la fiesta de fin de año?

R. Por motivos profesionales la conozco desde hace ocho meses.

P. ¿Te enamoraste también antes de esa fiesta?

R. Sí, desde luego que sí. Puede incluso que me enamorara de ella al poco de conocerla. Pero no he sabido darme cuenta de ello hasta ahora.

P. ¿Eso no es incongruente? Reprochas a Rosalie Hale el haber roto un compromiso, mientras tú hacías lo mismo.

R. Sí, es incongruente. Si Rosalie quiere guardarme rencor, está en su derecho. Pero eso no me impide a mí hacer lo propio.

P. Y si no te has dado cuenta hasta ahora de que estás enamorado de esa persona, ¿hubieras seguido adelante con el matrimonio con Rosalie Hale de no haberse destapado su relación con tu hermano?

R. Definitivamente no.

P. ¿Por qué?

R. Porque ella se merece mucho más que eso. Es la única persona que ha sido capaz de enseñarme que la vida es mucho más que una lista de prioridades. Es la única persona que se ha enfrentado a mí de igual a igual, que me ha hecho ver todas y cada una de mis debilidades y que ha conseguido que las acepte. Con ella no soy intocable y eso es… refrescante. Y jodidamente aterrador.

P. ¿Sabe todo esto?

R. Quiero pensar que lo intuye, pero no estoy seguro. Ella está demasiado enfadada como para escuchar y yo soy demasiado cobarde como para hablar.

P. Cuando esta entrevista se publique, es muy probable que la lea y se entere de todo.

R. Lo sé. Y no le va a hacer gracia. Sólo espero que el cabreo no le dure eternamente.

P. Entonces, ¿realmente estás donde quieres estar?

R. En el terreno profesional, sí. En mi vida personal ni siquiera estoy cerca de donde quiero estar.

P. Eso debe de ser nuevo para ti.

R. Absolutamente. Pero hace mucho tiempo que perdí el control de mi vida personal y ya no me queda el sentido común suficiente como para preocuparme. No me importa. Con esta entrevista estoy arrojándome al vacío y no me importa.

P. Una última pregunta, ¿ella tiene nombre?

R. Sí, y mucho genio. Se llama Isabella. Isabella Swan.

Levanté la mirada de la revista. Sentía el cuerpo pesado, la cabeza me daba vueltas y no era capaz de enfocar la mirada en ningún punto fijo. Ese era el Edward más descarnado, más cruel, más arrogante. Pero también el más honesto, el más vulnerable, el más realista. Era él en todas y cada una de sus facetas. Le había reconocido en cada palabra, en cada respuesta, en cada inflexión y en cada apunte.

Y, al mismo tiempo, me había sorprendido. Édward esperaba que intuyera todos sus sentimientos, todo lo que había volcado en esa entrevista, pero tras un mes sin saber nada de él, tras el modo en que me echó de la suite del Four Seasons aquella mañana de año nuevo… ¿cómo demonios esperaba que intuyera todo eso? ¿Y en qué momento le pareció una buena idea desvelarlo de una forma tan pública? Me había enterado de que estaba enamorado de mí a través de una entrevista que, por cierto, probablemente todo Chicago hubiera leído antes que yo.

Estaba claro que el romanticismo no era uno de sus puntos fuertes.

Justo entonces, como si tuviera línea directa con mis pensamientos, mi teléfono móvil vibró sobre la mesa del despacho. Un mensaje. De Edward.

Ya tienes tu respuesta. La verdadera.

Así que el muy cabrón tenía el valor suficiente como para abrirse en canal delante de todo Chicago, pero yo me tenía que conformar con un mísero mensaje de texto.

Me levanté de la silla como un resorte. Me abalancé sobre la puerta, aún con la revista en la mano, y al otro lado me topé con las expresiones preocupadas de Alice y Jasper.

—¿Lo has leído? —preguntó Alice.

—Vámonos —fue mi única respuesta.

Ninguno de los dos mostró oposición. Bajamos en el ascensor, sumidos en un tenso silencio, que quedó roto por completo en cuanto alcanzamos la planta baja. Las dobles puertas se abrieron con un suave 'ding dong' y, a partir de ahí, el caso se desató de forma tan brutal como inesperada.

No recuerdo nada en concreto. Tan sólo fotogramas sueltos de una película mal montada. Gritos y flashes. Muchos flashes. Gente apostada a la salida del edificio de Revamp your Party, todos armados con cámaras o con libretas. Todos con el nombre de Edward o el mío en la boca. Jasper y Alice tomándome del brazo para ayudarme a atravesar toda aquella marabunta. Los gritos de Jasper, exigiendo que me dejaran en paz.

No podía respirar.

No podía respirar.

La primera bocanada de aire que llenó mis pulmones llegó minutos después —¿o fueron horas?—, en la seguridad del coche de Jasper. Las ventanas tintadas me protegían de los flashes, pero seguía oyendo el 'clic' de las cámaras al otro lado del cristal. Mi voz sonó temblorosa y lejana en cuanto pude pronunciar en voz alta las únicas palabras que mi cerebro fue capaz de rescatar.

—¿Qué coño acaba de pasar?


Mi pregunta es: si os hubiera pasado a vosotras algo así, ¿cómo reaccionaríais?

Para el siguiente capi os pido un poco más de paciencia, en enero tengo seis exámenes y sin vacaciones en el trabajo estoy un poco pillada de tiempo. Aviso por Facebook de los progresos que vaya haciendo, como siempre.

Hasta entonces, feliz año y no os atragantéis con las uvas y esas cosas :)

Nos leemos.

Bars