23 de Junio, 1803

Debía tener cuidado con los encargos de doña Eulalia, a ella no le gustaban los atrasos ni las excusas.

Agarró firmemente el paquete con las finas telas que el mercader le había entregado para su ama, maldiciendo internamente el frío que se calaba en sus huesos, segura de que debía estar nevando en la cordillera.

- Pequeña Rosalie. – Su cuerpo completo tembló al escuchar esa voz, girándose para ver al Gran Inquisidor de pie frente a ella.

- S…su excelencia. – Musitó, agachando la mirada para evitar ver los ojos rapaces del fraile.

- Hace mucho tiempo que no la he visto ¿Cómo ha estado vuestra merced? – De nuevo ese acento extraño y detestable; hablaba como si arrastrara las letras, como si ocultara algo detrás de sus palabras.

- Bi…bien. – Cerró la boca firmemente, encogiéndose en su lugar cuando el Inquisidor dio un paso hacia ella.

- Es de buena educación preguntar por cómo ha estado la otra persona, pequeña, en especial si esa persona se preocupa por vuestra merced. – Le sonrió, mostrándole los dientes, Rosalie apretando las telas hasta que pudo escuchar como el burdo papel que las envolvía cedía bajo sus dedos.

- Perdone ¿cómo…cómo se encuentra su merced?

- Muy bien, en especial ahora que he podido verla. – Estiró una mano para acariciarle una mejilla, las personas que caminaban a su alrededor sonriendo ante un acto tan noble de parte de una autoridad para con una niñita. – Parece un ángel, Rosalie. – Su nombre sonó extraño en los labios delgados del hombre mayor, el miedo dentro de la niña rubia creciendo cada vez más.

- Gr…gracias.

- ¿Necesita que la llevé a algún lado?

- No. – Respondió escuetamente, deseando apartar la mano del fraile de su piel.

- No ¿qué?

- No, su excelencia. – Sus ojos se llenaron de lágrimas, mirando fugazmente a su alrededor para ver si había alguna forma de escape.

- ¿Rosalie?


- Estoy bastante cansada de esta situación, cada día la señorita Francisca se acerca a mi oficina y pregunta por Manuel.

- ¿Por Manuel? – André metió las manos a los bolsillos de su chaqueta mientras caminaba con Oscar por la calle de tierra.

- Sí, el baile fue hace bastante tiempo y, aún así, parece que no lo ha olvidado.

- Lo ha visto más veces, hace dos semanas fuimos a la casa del gobernador con un maestro a exponer las necesidades de la universidad y ella estaba allí con su madrina.

- Eso deben hacerlo en la Real Audiencia.

- Mi maestro ya lo había hecho, pero no obtuvo una respuesta satisfactoria, así que preferimos ir donde el mismísimo don Luis.

- Es extraño que él no me lo haya comentado.

- Fue cuando tuviste que ir a Concepción.

- Entonces ¿por qué me pregunta a mí por Manuel?

- Sabe que tú y yo somos amigos y que él es mi compañero en la universidad.

- Siempre le contesto que no lo veo muy seguido.

- Tiene demasiados problemas económicos, sus trabajos temporales, el empleo de su padre y los aportes ocasionales de sus hermanos no son suficientes como para que la familia pueda vivir bien, además, su familia debe enviar dinero al hermano mayor que estudia en Córdoba.

- Y los otros tres hermanos están estudiando también.

- A pesar de ser de origen noble, Manuel a veces no tiene que comer, aunque siempre anda con algún libro en el bolsillo y una sonrisa en los labios. – Comentó André.

- No todos tenemos la misma suerte.

- Lo sé. – El joven se detuvo, mirando a un fraile que detestaba y a una niña que creía conocer hablar cerca de una acequia. – Esa niña…la he visto en otra parte.

-¿Cuál? – Oscar sintió curiosidad, alzando la mirada para ver a quien refería André. – Esa es la niña que quería…

- ¿Qué hace con el Gran Inquisidor?

- No parece muy cómoda. – La joven dio un par de zancadas. - ¡¿Rosalie?!

Los ojos de la niña se abrieron grandes, girando la cabeza hacia donde la llamaban, conteniendo el aire cuando vio a la persona que le había dado dinero sin pedir nada a cambio.

-¡Señor Oscar! – Pronunció casi con adoración, el fraile observando a la joven mujer vestida con el uniforme del ejercito del Príncipe y una medalla en el pecho que la acreditaba como guardia del gobernador, a su lado, el hereje que había cuestionado una sentencia que había dictado, era él, no podía estar equivocado, esa mirada odiosa, llena de entendimiento…era digno de su más enfermiza repulsión.

- Rosalie ¿qué haces aquí?

- Estaba hablando conmigo, don…

- Oscar Francisco de Jarjayes, mayor del primer batallón del ejército del Príncipe y guardia del Gobernador don Luis Muñoz de Guzmán, su excelencia. – Se presentó Oscar con orgullo.

- Creí que era capitán, además, es demasiado joven para ser mayor en el ejército.

- Tuve una destacada participación en la detención de unos malhechores, así fue como gané mi ascenso.

- Eso es trabajo de los dragones.

- Ya ve, tuve que ayudar, su excelencia. – El fraile apretó la mandíbula, observando a Oscar.

- Nos hemos visto muchas veces, pero esta es la primera vez que podemos cruzar palabra.

- Su merced siempre va a hablar con el oidor de la Audiencia, yo no conozco mucho de su trabajo, pero mi amigo André, él debe saber mucho mejor que nadie de que se trata todo eso.

- André. – Repitió, dirigiendo su mirada a los irises verdes del joven Grandier.

- André Grandier, su excelencia, creo que no tuve la oportunidad de presentarme la última vez que nos vimos. – "Hereje" gritó la voz interior de Domingo, el inquisidor, sonriendo superficialmente.

. Fue un gusto haberlos visto, ahora acompañaré a la pequeña Rosalie a casa. – La niña agachó nuevamente la mirada, sin desear ver al fraile.

- Creo que ella estará más cómoda con nosotros, su ama nos envió a buscarla. – Mintió Oscar al percatarse del terror que exudaba Rosalie.

- ¿Es eso verdad?

- Claro, ya la conocemos y quien mejor para protegerla que un militar y un futuro abogado. – Domingo bufó antes de alejarse. – Nos marchamos con su bendición, su excelencia.

- Claro, que Dios los bendiga, hijos míos. – Se giró para volver a su camino, tragando con dificultad.

Cuando el Inquisidor estuvo lo bastante alejado de los tres, Oscar pasó un brazo por los hombros de Rosalie, tratando de transmitirle un poco de calor.

- Ese hombre no me da buena espina. – André asintió mientras la niña temblaba. - ¿Tus padres?

- Muertos, señor Oscar, murieron en noviembre de fiebre y cansancio.

- ¿Y dónde vives?

- Doña Eulalia de Pérez y Pinzón me acogió como criada.

- La conozco, no es mala mujer, pero también sé que es muy a fin a la presencia de ese hombre. – Apretó un poco su agarre a Rosalie antes de continuar. – Si no me equivoco, mi madre necesita una nueva doncella desde que Leticia se casó y se fue a vivir a Concepción.

- ¿Qué insinúas, Oscar? - Preguntó André con interés.

- Vamos donde doña Eulalia porque, desde hoy, Rosalie será mi protegida. – Dijo con una sonrisa.

No dejaría que esa serpiente vestida de santo tratara de acercarse nuevamente a Rosalie.


Fray Domingo de Torquemada miró como la sangre goteaba, sintiendo como las púas del cilicio se enterraban en su mano mientras musitaba rápidamente los versos del Yo pecador, pasando inmediatamente al Salve Regina para terminar con el Credo niceno-constantinopolitano, su favorito cuando tenía que expiar los males de la carne con sufrimiento, repitiendo las tres oraciones varias veces hasta que el dolor entumió su mano.

Se arrodilló con un rosario entre sus manos frente al crucifijo que descansaba en uno de los muros de su celda.

"El deseo es pecado" pensó "el pecado solo se puede lavar con sangre y dolor".

Apretó los ojos, la imagen de Rosalie apareciendo en la oscuridad de su propia alma.

Debía castigarse una vez más. No podía desear a una mujer ni mucho menos a una niña.

Se quitó su hábito y buscó unas varillas de lo que los indios llamaba coligüe.

Solo la sangre podía conseguir el perdón de Dios.

Fray Domingo de Torquemada está basado en el inquisidor Expedito, interpretado por Dalton Vigh en Xica Da Silva.

Trabajaré un poco este personaje y su creciente odio hacia Oscar y André antes de entrar en tierra derecha con la invasión de España por parte de Napoleón y lo que pasará de allí en adelante.