Capítulo 21: Fidelidad
Tatsuomi permanecía sentado en el suelo con la espalda perfectamente erguida, mientras Hotsuma anudaba su kimono funerario.
El guarda se lo ciñó, indicando con un gesto que ya estaba preparado. Se incorporó, mirándose al espejo para cerciorarse de su aspecto; aunque llevaban años acudiendo al templo precisamente esa noche, sería la primera en que lo harían en calidad de hombres, adquiriendo por tanto sus respectivas ofrendas un cariz distinto.
En cuanto les vieran aparecer a la luz de las velas, los monjes guardarían respetuoso silencio para que ambos jóvenes rogaran a los espíritus de la tierra que velaran el de sus madres, no ya como niños que las invocaban presas del desamparo, sino como adultos que rendían culto a sus orígenes.
Tatsuomi se observó, y la visión que el cristal le devolvió le produjo un fugaz aplomo, pudiendo afirmar que físicamente cada vez se parecía más a Hirose.
Recordarle precisamente esa velada era doloroso. Había llovido demasiado desde que encontrase a Kaoruko inerte en su habitación, enfriándose sobre un charco de su propia sangre.
Pero ya se había encargado de castigar al responsable. De nada serviría dejar que las evidencias corporales hablaran de lo que había sido enterrado en el pasado. Por mucho que se pareciera a su difunto padre, no habrían varas de incienso ante su fotografía, ni centros florales, ni vasos de sake depositados sobre la lápida que guardaba sus cenizas, mezcladas con las de la casa en la que nació y murió.
Nadie recordaría ya a Hirose, porque el único que podría haberlo hecho también se había ido, dejando a Hotsuma solo. Hasta en eso el heredero y su fiel confidente llevaban vidas paralelas, y seguirían haciéndolo mientras así estuviese sentenciado por el destino.
Salieron de la mansión portando unas delicadas cestas de mimbre en las que llevaban lo necesario, resonando los zapatos de suela rígida de madera al golpear contra los obstáculos que iban sucediéndose.
Las estrellas reinaban en lo alto y los alumnos se habían marchado tras limpiar el dôjo, pero una espada solitaria seguía cortando incansablemente el aire, en un alarde de perfeccionar la técnica básica y forjar un auténtico brazo de kendoka.
La imagen de Yugo bajo el árbol despertó distintas sensaciones en cada uno de ellos. Allí estaba el elegido, con el traje de entrenamiento abierto, dejando libre la musculatura incipiente del torso, y su piel morena brillante por los cercos de sudor.
Sus ojos estaban concentrados en un punto del infinito, y su mano izquierda, vendada para que no se formaran más ampollas, trabajaba con una destreza que iba siendo pulida con cada día de dura preparación.
Tatsuomi sonrió discretamente. Cuando el cuerpo se movía por voluntad propia fruto del agotamiento, era cuando en realidad se observaban las técnicas adquiridas. Por el vaho que brotaba de sus labios y el ligero temblar de sus piernas, supo que Izumi estaba llevando su resistencia al límite.
Por su parte Hotsuma desvió la mirada fijándola en la pórtico principal de los jardines, por el que se accedía a las laberíntica calles de esas colinas situadas en la zona más antigua de Tokio. Su corazón latía con fuerza cuando pasó a su lado, caminando junto a Tatsuomi sin que el aplicado alumno apenas se percatase.
Y mientras partían al retiro espiritual que se prolongaría hasta el amanecer, Yugo practicó y practicó hasta que le fue imposible continuar, apoyando la punta redonda en el suelo, recobrando el aliento.
Pese a la quietud de los alrededores no era el único presente. El otro vórtice del Shinkageryû estaba al tanto de los planes de los restantes. Respetaba la salida de Tatsuomi y Hotsuma, además de cómo creyente de las ánimas y entes, como tía carnal del primero, dando especial prioridad a los asuntos de familia.
Mas otro concepto sobrepasaba a dichos lazos de unión, puesto que la importancia de los vínculos residía en las expectativas que las personas forjaban las unas sobre las otras; su sobrino, según le había relatado, había decidido confiar en alguien cuyas virtudes y circunstancias le hacían ser especial.
Allí estaba, el hermano menor del hombre al que Kôji había antepuesto a su fulgurante porvenir como patriarca del clan Nanjo.
Y dado lo mucho que estimaba a su hermanastro, consideraba que lo más justo que por Izumi podía hacer era exigirle no ya lo que esperaba de cualquier otro alumno, sino una entrega ciega, sin dubitaciones. Una muestra por la que pudiera sentir que dejaría en buenas manos su parte del legado en caso de salir él airoso.
Nadeshiko apareció entre las sombras como si formase parte misma de las tinieblas, acercándose hasta situarse a pocos pasos del muchacho.
- Parece que has aceptado consagrarte a tu cometido en alma y cuerpo.
Yugo se sobresaltó, mirándola mientras su pecho seguía convulsionándose. Se secó el sudor con la mano vendada, mostrando respeto con una reverencia hacia su maestra en el arco.
- Sí. No dejaré que la fe que Tatsuomi y Hotsuma han depositado en mí sea en vano.
La mujer asintió, produciéndose el momento idóneo para su intromisión.
- Tú mismo lo has dicho: ellos te han entregado su confianza, pero no has de olvidar que fue Kôji quien dividió la escuela en tres pilares. Si uno de ellos falla, el Shinkageryû se desmoronará.
Tomó su barbilla entre los largos dedos, rematados en uñas cuidadas y puntiagudas.
- Si realmente deseas ser el mejor de los aprendices y convertirte algún día en maestro, habrás de ganarte mi respeto de igual manera.
Él le sostuvo la mirada, preguntándose no sin cierto recelo qué tipo de prueba le impondría. De pronto pensó en el fragante aroma que emanaría de los pechos de Nadeshiko, y la mera idea de tener que someterse a sexo forzado con una mujer le produjo un cierto pánico escénico.
Ella ocultó en la neutralidad de su rostro que había detectado su temor, esbozando una astuta sonrisa.
Eres incapaz de meterte en mi cama, pues es obvio que no son los brazos de mujer los que te roban el sentido
Por eso serás perfecto
- No pido que me demuestres tu talento, de sobra comprobado, ni tu nobleza, pues creo en la palabra de Tatsuomi. Lo que de ti demando es lealtad.
Puesto que el tiempo escaseaba, se lo hizo saber por medio de los detalles.
- Quiero que me demuestres que te llevarás a la tumba mi secreto.
- ¿Qué es aquello que no he de revelar? – preguntó Yugo, manteniéndose firme.
- Acude a mis aposentos y ocúltate. Me encargaré de hacerte saber cuándo serás requerido – susurró.
Él asintió. Se cruzó el traje sobre el pecho, dejó la espada en su correspondiente repisa del dôjo y subió los escalones que conducían a la segunda de las plantas de la mansión, haciendo caso a lo que le había sido dictado.
Se metió dentro del armario donde se guardaban futones y ropa de cama, pudiendo ver a través de las hojas trenzadas lo suficiente como para asistir a lo que a continuación ocurriría en esas cuatro paredes.
Mientras él esperaba, Shon-ji se reunía con su mentora y amante en las inmediaciones del jardín. Llevaban muchas lunas aguardando a esa noche, recibiéndola con emoción y frialdad.
Nadeshiko miraba al frente, agitando el viento sus cabellos cortados en la misma ciudad de la que esa misma jornada su todavía espso había partido, recalando en Tokio acompañado de un séquito de guardas.
Ambas permanecieron imperturbables cuando el coreano y sus cinco hombres irrumpieron en la casa por la puerta principal, rodeando a su mandamás mientras él se situaba ante la belleza con la que había contraído nupcias.
Al margen de los intereses monetarios, la había querido. Por eso no le perdonaría nunca su osadía por haberle abandonado, mostrando tanto rencor a ella como a la otra mujer que había roto unilateralmente el acuerdo.
Nadeshiko no hizo ademán de evitar que la mano de él impactara sobre su mejilla, resonando una fuerte bofetada. Pronto la voz acalorada y violenta rompió la armonía del reino de los Nanjo en una lengua ajena.
- Maldita zorra. ¿Cómo te atreviste a marcharte sin más? Lo pagarás caro.
Shon-ji se contuvo para dar apenas un paso hacia el frente, dispuesta a partirle el cuello si se atrevía a ponerle un dedo más encima. Los guardas del hombre estaban alerta, siendo la propia Nadeshiko la que puso fin al encuentro.
- Si son asuntos de alcoba los que te causan resentimiento, en la alcoba han de quedar.
- ¿Qué insinúas?
- Solucionemos esto tú y yo solos. Demuestra que eres un hombre, y que no necesitas de tus aliados para mantener a flote tu honor.
Él, rabioso, estuvo a punto de asestarle otro golpe, pero la arrebatadora sensualidad de la nipona, la misma que le hiciera rozar la locura y lograr hacerla suya, le disuadió.
Nadeshiko se acercó a su oído, hablando con voz acaramelada y sugerente.
- Tu asesina no tiene la culpa, ha sido aquí donde ha encontrado su lugar. Antes de que podamos negociar, deja que las dos te recompensemos.
El coreano, al sentir los ojos de ambas fijos en los suyos, y sus labios carnosos insinuando una placentera disculpa, se dejó llevar por el principio de excitación, ordenando a sus hombres que permanecieran allí.
- Volveré pronto – indicó, empezando a caminar hacia el interior de la mansión.
Mientras los cinco obedecían, Nadeshiko y su mortal discípula le seguían, soportando con paciencia el insulto de estar pisando suelo sagrado con los zapatos cubiertos de barro, posiblemente traído de Seúl.
- Arriba. La segunda del ala – indicó la anfitriona.
Con movimientos bruscos él entró en la habitación, aguardando a que ellas hicieran lo mismo y cerraran los paneles para empezar a desvestirse, sin sospechar que dentro del armario otra persona le observaba, impertérrito.
- ¿Podrás olvidar mi osadía? – preguntó Nadeshiko despojándose de su kimono, dejando al descubierto su exultante fisonomía.
- Sólo si ella demuestra ser tan puta como tú – afirmó su esposo con deje despectivo.
Shon-ji la imitó, mostrando su íntegra desnudez y acercándose a donde los dos estaban. Una chispa brotó cuando las miradas de ambas se cruzaron; ante el privilegiado y, en teoría, único espectador, se besaron, entreabriendo los labios para que sus lenguas se enredaran con la otra.
A medida que transcurrían los segundos sus cuerpos se acercaron, rozándose, erguidas sobre las rodillas a una altura idónea para obedecer la primera de las tantas libidinosas imposiciones del cabecilla mafioso.
Las tomó a ambas de la cabeza, tirando de sus cabellos para que sus bocas se centraran en otra tarea; concretamente, la de atender al miembro que, gracias a los estímulos visuales ofrecidos, había despertado de su letargo.
Permaneció en pie con los ojos cerrados, mientras las bocas de esas dos geishas modernas se ocupaban simultáneamente de darle placer. Ellas le tocaban, le succionaban y le hacían bajar la guardia a pasos acrecentados.
Nadeshiko se hizo con el puesto, introduciéndoselo por completo hasta hacerlo desaparecer, presionándolo contra el paladar. Aprovechando que él había perdido la razón, Shon-ji se posicionó entre las piernas de ella, acariciando los cálidos pliegues humedecidos por la excitación de la maquiavélica estrategia.
Primero la estimuló con los dedos, para luego descender y recoger los jugos, inspeccionando en su interior para dar con el secreto que tan bien guardado había llevado la japonesa.
El esposo de ésta se cansó de la felación, retirándola con tosquedad para coger de los hombros a su subordinada, obligándola a permanecer sumisamente de rodillas.
- Así aprenderás a no desobedecer.
La penetró por detrás con brusquedad, tomándola de las caderas para que no ofreciera resistencia. Obviando las sacudidas, Nadeshiko, desprovista de su atención carnal, fue hasta para besarla con ahínco, obteniendo de su lengua la clave de la misión.
Cuando se situó detrás de él, fingiendo estar masajeándole los glúteos con la suavidad de sus senos, retiró la cápsula en la que había protegido aquel dardo oculto en su vagina. Sostuvo la afilada aguja, mirando hacia donde Yugo presenciaba el indecoroso trío.
De un veloz movimiento lo clavó en el cuello de su cónyuge, quedando éste paralizado en el acto por los efectos de la sustancia que contenía. Libre de su posesivo deseo, Shon-ji se incorporó, tendiendo a su mentora una daga de afilada hoja camuflada entre los paneles del suelo.
Nadeshiko la aceptó, empezando a caminar despacio junto a él para que pudiera observar sus exquisitos y finos tobillos en plena agonía muscular.
- Los hombres como tú sois necios y estúpidos. La pasión os impide ser racionales, aparentáis ser guerreros cuando en realidad no sois más que escoria.
Su aliada sostuvo la mano derecha del visitante, desplegando el meñique; como era costumbre en todas las mafias asiáticas, llevaba en dicho dedo la uña tan larga que había empezado a enrollarse formando una espiral, símbolo de autoridad y prestigio. Lo lamió con lascivia, dándole así una despedida agridulce.
- El que va a asimilar una lección esta noche no seremos nosotras, querido, sino tú mismo. Así aprenderás a respetar a las mujeres y nunca infravalorarlas – añadió Nadeshiko.
Nada más haberlo afirmado, elevó la daga sujetándola por la empuñadura y de un golpe seco cortó carne y hueso, separando el dedo del resto de la mano.
El coreano, incapaz de moverse, gritó de pavor no por el dolor, sino por la humillación de haberse dejado amputar su signo de poder.
- Ahora cada vez que veas el vacío recordarás que no he acabado con tu vida porque no me ha apetecido. Lárgate y vuelve a ganarte el respeto de tus hombres, pues de seguro ellos no osarán a sublevarse contra nosotras, las que redujimos a su superior – espetó.
Se echó por encima el kimono, aproximándose hasta el armario sin cruzárselo. Yugo salió del escondrijo, atendiendo a sus ojos felinos sin hacer caso del exquisito monte de venus que ante él tenía, recibiendo instrucciones.
- Seguirá rígido unos veinte minutos. Sácale de aquí, arrástrale si es preciso.
Asintió. Le incorporó como pudo, pasándose el brazo del coreano sobre los hombros, caminando a través de los pasillos con la dificultad de trasladar ochenta kilos de peso.
Ellas les seguían, llevando Shon-ji el revoltijo de ropa, y Nadeshiko el dedo amputado. Cuando estuvieron ante los desconcertados guardas, la heredera de los Nanjo les habló en los dos únicos idiomas que comprendían: el de las tierras de su país, y el de la extorsión.
- Aquí tenéis a vuestro jefe – anunció, ordenándole a Yugo que le arrojara al suelo.
Cuando éste cayó, desnudo e inmóvil como un bloque, la estupefacción de los secuaces fue mayúscula al reconocer el dedo que la fiera señora del lugar sostenía.
- Y esto es lo que vale su autoridad – concluyó, rompiendo de un chasquido la uña zigzagueante.
Shon-ji le cedió las prendas a uno de aquellos sujetos, con el que había colaborado en el pasado en asuntos de trabajo.
- Marchaos y no volváis a poner un pie en esta casa. Puede que mi fidelidad haya cambiado de bando, pero no mis métodos – aseguró.
Conscientes de lo que aquello significaba, y del honor pisoteado del que se suponía era el líder, ellos hicieron una corta reverencia, esforzándole en taparle antes de transportarlo entre los cinco hasta el coche.
Nadeshiko y Shon-ji se miraron a los ojos mientras el vehículo se alejaba raudo, perdiéndose en la maraña urbana de Tokio, siendo la primera la que formuló la última orden de la noche.
- Yugo, entiérralo donde sólo tu sepas. El que se descubra o no su existencia, y con ello la naturaleza de nuestro ajuste de cuentas, dependerá de ti.
Él, tras tomar el dedo muerto, se retiró, dejándolas inmersas en un intenso y apasionado beso.
Mientras buscaba por los jardines un rincón adecuado, y luego al comenzar a cavar una estrecha y profunda sepultura, se cuestionó si los actos de voluntad de aquella familia tenían siempre que firmarse de tan cruenta manera, extirpando miembros humanos como metáfora del desligue de las imposiciones.
Probablemente él no renunciaría a un brazo, ni a un dedo, pero tuvo la sensación al tapar aquel agujero de estar preparando su tumba, dejándola lista para enterrar en esos parajes su propio corazón.
- 2 -
Sentados alrededor de la mesa redonda en las oficinas de la discográfica, los cinco miembros de Angelous repasaban con mayor o menor interés las fechas recién actualizadas de la que sería su cuarta gira mundial.
Takasaka, caminando de un lado hacia otro atendiendo llamadas al móvil, pudo al fin sentarse en su puesto y suspirar con tal de combatir el estrés. Y es que el contrato inesperado firmado por Kôji había supuesto un efecto dominó en el que los días concertados para los conciertos habían estado pendiendo de un hilo.
- Bueno – dijo, visiblemente agotado -, esta es la cronología definitiva. Se ha cambiado la fecha de apertura del tour para el 1 de junio. El recinto sigue siendo el mismo.
Ellos pasaron la primera página del dossier, corroborándolo. En ella se veía en negrita los datos fundamentales bajo una rotunda cabecera.
The Sacrament World Tour 2007
1 y 2 de junio, Wembley Arena, Londres, 21.00 horas Teloneros: Parallel Light + banda local (sin confirmar)
Brett sonrió satisfecho al ver escrito el nombre del grupo que lideraba su novia como teloneros principales, una constante que se repetiría a lo largo de todas las citas con los grandes escenarios.
- Si salen bien parados de ésta serán catapultados a la fama – aseguró.
- Pues sí – agregó el vocalista -. Rose va a tener que demostrar noche tras noche que está ahí por méritos propios, y no por lo que sepa hacer con la boca aparte de cantar.
Dave se contuvo la risa, admirando el que Kôji lo hubiese expresado abiertamente aunque no era el único que lo pensaba. El guitarrista contuvo el primer impulso de recriminarle, suponiendo que llevaba razón.
- Son buenos, acallarán a los críticos a base de directos.
Liam siguió leyendo. Iba a ser una gira temporalmente más corta que las anteriores, únicamente de junio a principios de septiembre, lo que ocasionaba que las fechas estuviesen más seguidas.
- Deberíamos terminar de repasarlo antes de comunicarlo a la prensa¿no?
Taka se colocó las gafas tras haber limpiado los cristales con la punta de la camisa impecablemente planchada, apresurándose con su innata y graciosa torpeza. Mientras ordenaba los papeles, el otro japonés presente le observaba, deduciendo que su estado se debía en gran parte a sus vicisitudes personales.
- En eso me gustaba más Shibuya como productor. Él me habría mandado al cuerno si le hubiese dicho a última hora que tengo un compromiso profesional días antes de la gira. "Pues apáñatelas, que el 26 de mayo vas a estar delante de un micrófono", me habría soltado – afirmó, imitándole.
Taka bajó la mirada, azorado. Su reacción ante la noticia de Kôji había sido justo la contraria, deslomándose para que el cantante pudiera tener unos días entre el desfile en Italia y el primero de los 60 conciertos que Angelous ofrecerían por todo el globo.
Viendo que con ello no llegarían a ninguna parte, Chris retomó la reunión donde la habían dejado, cogiendo el relevo del teclista.
- A ver... día 2 en Londres, y luego la mini gira británica. 6 de junio en Milton Keynes, 8 en Manchester, 9 en Birmingham, 12 en Glasgow, 14 y 15 Edimburgo.
- ¡Hombre¡16 en Dublín! – comentó Dave, feliz por regresar a sus orígenes irlandeses.
Kôji pasó de página, comprobando que el 20 de junio empezaban los desplazamientos por el continente, iniciándose por tanto lo que se podía catalogar de vacaciones conjuntas, pese a que Takuto tendría que seguir a rajatabla lo que los servicios médicos del Chelsea indicaran para su recuperación.
- 20 en Amsterdam, 22 Roterdam.
- Bruselas, Colonia, Hamburgo, Berlin, Frankfurt, Munich, Viena, Helsinki, Turku, Oslo, Copenhague, París, Madrid, Zürich, Roma… - prosiguió Brett.
Y así un sinfín de importantes ciudades europeas que ya eran clásicas en sus rutas musicales. Pasado el mes de junio en el viejo continente, la comitiva volaría hacia el extremo opuesto del mundo, dando nada más y nada menos que cinco directos en Japón, en donde las cifras de ventas seguían batiendo récords y las entradas se agotaban en cuestión de horas.
- 6, 7 y 8 de julio en Tokio, 9 en Osaka, 12 Kyoto, 13 Yokohama.
Una última fecha en Seúl completaría el abanico asiático antes de atravesar el Pacífico. Además del recorrido habitual por los Estados Unidos, el cuál les mantendría ocupados prácticamente hasta mitades de agosto, lo más novedoso de la gira era que recalarían por vez primera en Sudamérica.
- ¡Cojonudo¡Vamos a actuar en Honolulu! – exclamó Dave.
- Y en Buenos Aires – comentó Liam con agrado, pronunciando el consabido nombre con su cerrado acento inglés.
México D.F., la mencionada capital de Argentina y Rio de Janeiro serían los enclaves elegidos para esa pérdida de virginidad, siendo la última de las fechas del tour el punto de partida: Londres, concretamente el 1 de septiembre.
Kôji dejó su dossier sobre la mesita, cruzándose de brazos.
- Esto más que una gira va a parecer una guardería ambulante – medio protestó.
Él e Izumi no serían los únicos que se llevarían al crío con ellos. Además del hijo de Liam, eran muchos los miembros del staff técnico que habían tenido descendencia en aquellos años, pareciendo una ocurrencia colectiva por lo veraniego de los desplazamientos.
Taka tuvo gesto similar, indicando que si todos daban el visto bueno, su presencia en las instalaciones de la empresa ya no era necesaria.
- ¿Alguien tiene preguntas que hacer?
- Yo tengo una – afirmó el batería mirando a su cantante -. Tío¿entonces va en serio lo de que vas a ser modelo?
El pobre manager, acostumbrado, se levantó para continuar haciendo su trabajo, dejando a los músicos en su particular debate lúdico.
- ¿Tú que crees¿No ves que va equipado? – añadió Chris, señalando el chándal de diseño que el vocalista llevaba en lugar de sus ceñidos trajes habituales.
- ¿Estás entrenando? – quiso saber Liam, fingiendo inocencia.
Él suspiró, disimulando que le dolía todo el cuerpo.
- Me estoy machacando a tablas y me han puesto a dieta. Proteínas y cosas por el estilo.
- ¿A dieta¿Para qué? – preguntó Dave extrañado.
- Tengo que ganar tres kilos de masa muscular. Palabras de mi preparador físico.
Chris y Brett se miraron discretamente, haciendo el primero una última cuestión.
- ¿Y cuánto tiempo llevas con las sesiones?
- Hoy hago una semana.
El guitarrista hizo una mueca de enfado, blasfemando mientras buscaba su cartera.
- Mierda – exclamó por lo bajo, tendiéndole al bajista un billete de 20 libras esterlinas.
Kôji se quedó con la jugada, dirigiéndoles una mirada asesina.
- ¿Vosotros también habéis apostado a que me rendiría?
- Bueno, es que... je, je, no tienes pinta de ser de esos que le ponen demasiado brío al gimnasio – explicó el ganador.
Liam se dispuso a devolver tranquilidad a las aguas, levantándose para marcharse.
- Sois unos cabrones – dijo, regañando a sus camaradas -. Encima que Taku le debe estar dando una caña tremenda.
- Seguro que se está descargando contigo – rió Dave.
- Algo así... – murmuró Kôji, incorporándose para poner rumbo a casa y luego a las explanadas de Hyde Park.
Los cinco se despidieron del bueno de Takasaka, dirigiéndose a la salida. Mientras que los otros se adelantaron, el batera acorraló al japonés, preguntándole una cosa en privado.
- Oye¿ya te llegó el pedido?
- Sí, esta mañana. Luego lo montaré – respondió Kôji.
- Ya verás... a mi hermano le vino genial cuando mi cuñada se quedó embarazada de los gemelos.
Él asintió. Lo cierto es que aunque Dave conseguía sacarle de quicio, el hecho de que ambos tuviesen los mismos pocos pelos en la lengua para hablar de sexo les había unido en una curiosa amistad. Represalias fotográficas aparte, claro.
- Bueno, tíos, nos vemos en los ensayos – anunció Brett sacando el brazo por la ventanilla de su coche, arrancando el motor.
- ¡Qué te sea leve, Kôji! – apuntó Chris, dando unos golpecitos sobre el bolsillo donde había guardado el dinero de la apuesta.
Él respondió para sus adentros, embarcándose a continuación en su elegante vehículo. Pese a que no vivía demasiado lejos y por tanto los kilómetros a recorrer no serían cuantiosos, supo que lo que restaba de día hasta que cayera la ansiada noche le iba a resultar una eternidad.
- 3 -
Pese a que aún estaban en pleno invierno el día se había presentado despejado en la ciudad, y mucha gente aprovechaba las últimas horas de sol de la tarde para ir a pasear por el mayor de los parques londinenses.
Algunos de dichos transeúntes detenían sus trayectos para observar el singular espectáculo de ver a dos figuras mediáticas de tanto calibre hacer uso del recinto. No es que fuera demasiado extraño encontrarse a Takuto Izumi y Kôji Awaka por ahí, amparándose ambos en el respeto que la gente de a pie mostraba, pero lo que sin duda era inaudito eran las actividades a las que se dedicaban.
Derek se quedó mirando al grupito que se había formado a algunos metros, rompiéndose éste cuando los espectadores se percataron de la atención del chiquillo, decidiendo dejarles a lo suyo tras sacar alguna que otra foto digital con los móviles.
Ajeno a la expectación que su sudor acaparaba, Kôji apretaba los dientes mientras completaba la sufrida tabla de abdominales.
- Noventa y siete, noventa y ocho... ¡venga, que te queda nada! Noventa y nueve... – contaba Takuto desde lo alto, apoyado en una muleta.
- Cien... – jadeó él, dejándose caer hacia atrás y desplomándose sobre la hierba, recuperando el aliento.
- Arriba, a correr.
- ¡Espera un poco! Joder, como duele...
Izumi elevó una ceja, sin ablandarse.
- Si duele es buena señal, eso es que los estás haciendo bien.
Tomándose la preparación física como si fuese su responsabilidad, el futbolista imprimía vigor al entrenamiento, sobre todo después de que Kôji superase la barrera de su credibilidad.
Miró al chico, el cuál dibujó una brillante sonrisa antes de salir disparado campo a través seguido de Titán, deteniéndose junto a un árbol y poniendo a punto el cronómetro.
- Ánimo, que lo duro es el principio. Un par de sesiones más y te habrás aclimatado – afirmó Izumi, extendiendo la mano para ayudarle a incorporarse.
- Yo hacía los cien metros en diez segundos cuando era más joven – casi gruñó Kôji desde la improvisada línea de salida.
Después de tanto estiramiento, trote y flexión, sólo veía el momento de llegar hasta el chucho y así demostrar que sus capacidades habían permanecido intactas.
- Cuando quieras.
- Preparado, listo... – anunció Izumi.
Le hizo una señal a Derek para que pusiera a andar el temporizador, dando el "pistoletazo".
- ¡Ya!
Kôji echó a correr a largas zancadas, esforzándose por no perder el ritmo y así, de paso, evitar que su abultado amor propio se desinflara. El niño mantenía el dedo sobre el botón, pulsándolo cuando el músico hubo traspasado la meta, haciendo unos pocos metros más para detenerse gradualmente.
Y mientras él volvía a recuperar el ritmo de la respiración, Takuto hizo el mismo recorrido combinando su pierna sana con las varas de acero, ansioso por saber el resultado.
- ¿En cuánto lo ha hecho?
- Doce segundos y cuatro centésimas.
Kôji se secó la frente, rabioso.
- ¿Doce?
- Son dos segundos de nada, ha estado bastante bien – comentó el delantero.
- Con lo cuál quieres decir que este martirio continuará hasta que vuelva a hacerlo en diez.
Derek miró a Izumi, intercambiando ambos una mirada divertida.
- ¿Usted que opina, señor árbitro?
- Que hay que volver a los diez.
Takuto se encogió de hombros, desligándose del papel de tirano.
- Ya lo has oído. Los árbitros siempre tienen la razón, como le protestes te saca tarjeta roja.
- A ver si le quedan ganas de expulsarme después de esto – respondió.
El niño se puso a corretear entre risas para que él no le derrumbara en un placaje propio de un partido de rugby, algo que tras algunos dribles no pudo evitar. El lesionado les contempló, sintiendo un poquitín de sana envidia por estar revolcándose por el césped a sus anchas sin escayolas que les impidieran moverse en total libertad.
Sintió el hocico húmedo del perro sobre su mano y luego la lengua lamiéndole, como indicando que él también quería divertirse. Hizo uso de la vieja pelota de tennis, gastada por la fricción con sus dientes, y se la lanzó, dedicándose al juego hasta que tanto Kôji como Derek dieron muestra de estar cansados de tanto ejercicio al aire libre.
- Tengo hambre.
- Mis tripas se oyen en Canberra – corroboró el vocalista.
Él movió la cabeza en un gesto de resignación, aunque debía reconocer que era buena hora para regresar. En cuanto estuviesen un par de minutos quietos empezarían a notar el frío húmedo que se había apoderado de todo el área.
- Vámonos a casa, parece que va a llover.
Como si lo hubiese profetizado, se encontraban cerca de la salida más próxima cuando el cielo ya oscuro se encapotó en un abrir y cerrar de ojos, amenazando las contundentes gotas con calarles.
- ¡Qué guay, nos vamos a mojar! – exclamó Derek, encontrándole el lado emocionante al amago de tormenta.
- Y te acabarás resfriando – replicó Takuto, viendo la otra cara de la moneda.
Kôji, por su parte, sacó del bolsillo interior las llaves y desconectó la alarma del todoterreno, abriendo la puerta trasera para que el perro e Izumi ocuparan sus posiciones.
- Te lo va a poner perdido con las patas... – dijo poniéndose el cinto al igual que su joven copiloto.
- Pues se limpia. ¿A que sí? – contestó, haciéndole una carantoña al gran danés.
Pensando que él le hubiese cortado al chucho el rabo u otro órgano mayor de haberse producido el incidente en su Audi, condujo por última vez sin que la lluvia dejara de arreciar contra los cristales, acompañándoles hasta que cruzaron el umbral del garaje y penetraron en la vivienda, acudiendo el chico a coger una toalla para secar un poco al perro.
- Corre a la ducha, yo le doy de comer– indicó Izumi.
Kôji se quedó mirando con cara de mosqueo, sin saber si se estaba refiriendo a Titán o a él mismo. En vistas a que el cantante no se movía del sitio, tuvo que añadir una nueva instrucción.
- Ve tú también, enseguida subo yo.
Una media hora después los tres se congregaron en torno a la barra de la cocina, habiendo dejado un buen montón de ropa que necesitaba pasar por el tambor de la lavadora.
- Ponla en el segundo programa, que yo no me puedo agachar – pidió Izumi, ocupándose de lo que había en la vitro.
Y con la excusa de que le echase un cable para terminar lo antes posible, Kôji se quedó a solas con el chico, mirándole a los ojos mientras introducía las prendas empapadas en el aparato.
- Te doy cinco libras si después de cenar te vas a tu habitación sin protestar.
- Vale – cerró el trato él, preguntándose qué estaba tramando el más imprevisible de sus tutores.
- ¿Qué estáis hablando? – preguntó Takuto, pues les había oído cuchichear.
Aunque sabía que ni siquiera al futbolista le sería difícil sacar conclusiones, Kôji hizo ademán de inventarse una excusa sobre la marcha.
- No sé dónde está el suavizante. ¿Y tú?
Derek negó enérgicamente con la cabeza, aunque era mentira.
- En el estante de arriba.
- Vaya, qué despistado soy... – se auto criticó, haciéndole un gesto de aprobación a su compinche.
Tal y como habían acordado, en cuanto hubieron vaciado los platos Derek hizo ademán de estar agotado y marcharse a la cama por voluntad propia, pese a que lo habitual era que estuviese en pie una hora o dos más.
- Buenas noches.
- ¿Ya te vas? Pero si aún es temprano.
- Debe estar muy cansado, como yo – afirmó Kôji -. ¿Nos vamos nosotros también?
Fue entonces cuando Takuto cayó en la cuenta. El niño había desaparecido escaleras abajo cuando ellos empezaron a subir lentamente las suyas, apoyándose el caído capitán del Chelsea en la barandilla y la muleta para ascender uno a uno los peldaños.
- Debí suponerlo, a veces no me explico cómo puedo ser tan inocente.
- ¿No te pica la curiosidad? – preguntó Kôji, ansioso por probar su maña de constructor.
- Tus compras por Internet cada vez son más grandes.
- Es que en esta ocasión el tamaño sí que importa...
Izumi suspiró, cerrando bien la puerta y tomando asiento en la cama mientras le observaba apilar las cajas en el suelo, empezando a desempacar las piezas del artilugio que le había propuesto adquirir.
Cuando se lo enseñó en la página web le pareció una locura, pero tanta había sido la insistencia de Kôji, y tan lejana la fecha en la que supuestamente podrían volver a tener sexo de manera habitual, que no le quedó otra que ser indulgente.
Su cara reflejó una amplia gama de expresiones, desde el aburrimiento inicial hasta el asombro final, cuando tras una hora de mucho mirar el panfleto, algunos insultos sin destinatario definido y varias pilladas en los dedos por la colocación del armazón, el cantante observó su logro.
- Si alguna vez dejo la música, me podré dedicar a montar muebles.
- ¿Seguro que eso es estable? – preguntó Izumi, desconfiado.
Ante él se hallaba una estructura que, pese a lo que aseguraban las instrucciones acerca de su solidez, parecía excesivamente liviana. Consistía en varias barras horizontales a unos dos metros de altura, sostenidas por otras fijadas en el suelo con tacos antideslizantes; de lo alto pendía una serie de arneses, los cuáles, mediante los mecanismos de sujeción móviles, permitían probar ciertas posturas eróticas lo que se podía afirmar acrobáticas.
- Aquí dice que aguanta cien kilos, y que yo sepa eso de ahí no te ha sumado tanto peso – afirmó Kôji, señalando la escayola mientras empezaba a desvestirse.
Estaba desnudo cuando se arrodilló ante él, besándole el cuello y hablándole al oído siendo todo lo sutil que le era posible.
- Creo que ahora te comprendo mejor... hacer tanto deporte me pone a cien.
- A ti te basta con hacer zapping para ponerte a cien – replicó, pidiéndole ayuda para bajarse al completo los pantalones.
Izumi suspiró, lanzándose de cabeza al invento en vistas a que no le quedaban muchas salidas, esperando que la nueva innovación resultara satisfactoria.
- ¿Y cómo me tengo que poner esto? – preguntó tras haber llegado mediante pequeños saltos hasta los arneses. - Espera, déjame comprobarlo...
Valiéndose de la guía ilustrada le enganchó un seguro a la cintura, y luego sujetó otro a cada muslo. En cuanto los hubo nivelado, Takuto temió caer pesadamente contra el suelo de madera cuando quedó elevado cerca de un metro, pero no fue así.
- ¿Te molesta? - Están bastante firmes, pero no me ahoga – respondió, sintiéndose como una especie de actor de teatro de esos que fingen volar gracias a un sistema oculto de engranajes.
Kôji hizo una última comprobación antes de ponerse manos a la obra, ansioso por explotar las posibilidades de ese enorme juguete. Con un palanca adjunta a una de las barras podía controlar el largo de las cuerdas que sujetaban los arneses, variando la posición estática de Takuto. Aunque resultase más bien cómico verle así, colgando con una pierna completamente tiesa, a él le pareció una imagen sumamente electrizante.
- Estás a mi merced – ronroneó colocándose entre sus piernas como si estas fueran a rodear sus cadenas, abrazando su torso para tenerle bien pegado mientras le besaba.
- Y eso te encanta – aseguró Izumi.
- Silencio y disfruta – casi ordenó.
No se entretuvo en seguir besándole, deslizando los labios por su pecho para lamerle los pectorales y arrancarle algún que otro suspiro. Recorrió la piel candente de forma simultánea con los dedos y la lengua, acariciando las piernas desde los tobillos hasta las ingles antes de centrarse en lo que había entre ellas, despertando a la bestia de su hibernación.
Izumi gimió cuando sintió la humedad posándose sobre su erección, no durándole el placer altruista demasiado tiempo. Kôji, en vistas a que por su envergadura no estaba demasiado cómodo, tuvo una idea.
- Siempre he querido hacer esto... – susurró felinamente.
Cambió de posición, colocándose justo detrás de Takuto. A base de alterar la altura de las cuerdas, hizo que el tronco de éste descendiera hasta quedar boca abajo, dejando el rostro del futbolista justo a la altura de la otra erección que, enervada, quería una compensación semejante.
- Cuidado, no te vayas a atragantar...
Izumi inclinó la cabeza todo lo que pudo, cerrando los ojos y sujetándose con las manos a sus glúteos para permitir que su miembro se deslizara por la garganta. En lo que a su parte se refería, Kôji le apoyó las rodillas sobre sus hombros, retomando la felación en aquel sesenta y nueve vertical.
- ¿Ves que era una buena idea? – preguntó sin esperar obtener respuesta, esencialmente porque era imposible.
Takuto le trabajó con esmero varios minutos, hasta que la sangre se acumuló en exceso por efectos de la ley de la gravedad, clavándole los dedos para indicarle que no soportaba más la presión. El cantante renunció a la mañosa práctica, devolviéndole a una posición más habitual.
- Qué mareo... – exclamó, esperando a que regresara con el lubricante.
- Pero te ha gustado, y vaya que si lo ha hecho... – afirmó Kôji en referencia a lo vigoroso de su excitación.
Las mejillas de Izumi se ruborizaron sin perder el arrojo, enrollando las cuerdas en las muñecas para mantener la espalda erguida.
- Hazlo, que lo estás deseando.
- Cómo ordenes, mi reina... – bromeó mientras le aprisionaba con la mano untada en la viscosa sustancia.
- Te he dicho que no me llames así – se quejó entre dientes, resistiéndose a sucumbir tan pronto al placer.
Kôji, tras prepararse él mismo, le penetró de una estocada, resultando ser agradable el balanceo provocado por el movimiento y las sujeciones al reforzarse la intromisión.
- Se nota que llevábamos tiempo sin hacerlo... estás más estrecho – gimió.
Takuto no contestó. Trataba de no hacer demasiado ruido aunque la fricción y aquellos dedos le volvían loco, incrementándose el disfrute a la par que las embestidas se sucedían con mayor rapidez. Estaba ansioso por deshacerse de la escayola y volver a caminar y correr, regresando con esfuerzo a los terrenos para disfrutar de unas sensaciones no demasiado distantes a las que ahora él le otorgaba, puesto que un orgasmo era lo más parecido a lo que experimentaba cada vez que marcaba un tanto.
- Creo que... me voy a... – anunció.
Kôji le masturbó con más fuerza, consiguiendo que él se estremeciera en un breve espasmo y brotara el semen, manchando parte de su abdomen moreno. Siguió embistiendo hasta que los primeros indicios fisiológicos indicaron que su éxtasis estaba también cerca.
Se retiró de su interior, eyaculando cerca de donde él había hecho, creciendo la mancha blanquecina que tanto contrastaba con el tono de su piel.
Abrió los ojos tras la descarga y sus miradas se cruzaron, veladas por el brillo de la pasión consumada. Sonrió con un deje de malicia, sabiendo que Takuto lo tendría difícil para bajar si no accionaba los mecanismos necesarios, a los que difícilmente podría llegar.
- Creo que es más divertido verte así que espiarte mientras te duchas sin mojarte la rodilla – aseguró.
Izumi hizo el ademán de darle una patada suave a modo de regaño, metiéndole prisa.
- Bájame, que se me está cortando la circulación.
- A lo mejor es precisamente eso lo que me interesa... – replicó limpiándole el esperma con un pañuelo de papel, utilizando su estatus de dominio para picarle.
- ¡Kôji!
- De acuerdo, ya te bajo... pero mañana probamos otra postura.
Mientras le aflojaba los enganches e Izumi le pasaba un brazo por los hombros para no perder el equilibrio, el cantante fue contundente en sus afirmaciones.
- Voy a escribir a la federación inglesa de fútbol. ¡Deberían regalarle un chisme de estos a todos los que están de baja!
- Ya te vale – contestó, tocando el suelo con el pie.
- Es que de los otros que sufren las lesiones nadie se acuerda. Decidido, montaré una asociación de protesta.
- ¿Y cómo lo vas a llamar? – quiso saber Takuto, entre intrigado y divertido, rodeándole la cintura.
- El S.V.S.D: Solidaridad con las Víctimas del Sexo Disfuncional.
Izumi se echó a reír, diciéndose para sus adentros que en algo Kôji tenía toda la razón, y es que por primera vez en su carrera deportiva sabía que cuando uno tenía la mala suerte de romperse, la desgracia traspasaba las fronteras meramente personales.
- Por cierto – comentó una vez de vuelta a la cama -, he de suponer que ya no tienes agujetas en vistas a cómo te movías.
- Qué va – respondió, cubriéndose con las sábanas y buscando cobijo sobre su pecho -. Me estaba conteniendo las punzadas. Por un polvo hago lo que sea.
Izumi enredó los dedos en sus cabellos, sintiendo su corazón retumbando cerca del suyo. Se quedó un rato mirando fijamente al techo, acabando por pensar en voz alta.
- Me encantó veros jugar a Derek y a ti hoy en el parque. A veces cuando te veo con él pienso que estás tan... irreconocible – murmuró.
Se dejó llevar por la sensación de tranquilidad que le invadía, aflorando sus sentimientos en forma de palabras.
- Cuando fui consciente de la lesión estaba aterrado. Pensé que todo volvería a ser igual de negro, que el haber logrado zafarnos de esa época no habría servido de nada, pero me equivoqué. Me siento más fuerte¿sabes? Y todo os lo debo a él y a ti... nunca te he dado las gracias por soportarme, debe ser duro aguantar mi genio.
Dado que él no respondía, insistió.
- Kôji¿me estás escuchando?
Entonces se dio cuenta de que se había quedado dormido, rendido por los machaques físicos a los que se estaba sometiendo con tal de hacer realidad el proyecto que Takuto quería emprender en el orfanato.
Sonrió, apartándole el flequillo de la frente. Aprovechando que sus palabras quedarían tal vez grabadas en su subconsciente, remató el discurso antes de tratar de conciliar el sueño, valiéndose de esas dosis de cariño sustitutivas de los somníferos.
- Estoy orgulloso de ti..
Apagó la luz, sumiéndose la alcoba en la penumbra. En cuanto despertaran debían recoger el centro de ocio para adultos, o bien dejarlo armado y encontrar una explicación que desviara la ávida curiosidad del niño.
En lo último en que pensó Izumi antes de sumirse en un profundo descanso, fue en que seguramente Kôji optaría por contarle al crío directamente para qué servía aquel cacharro. Y que como cabía presuponer, él se pondría rojo hasta las orejas.
