Título: Breathing

Personajes: Harry y Draco.

Clasificación: No menores de 18 años.

Género: Romance/Drama.

Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece, claro está, a J.K. Rowling y a los otros que adquirieron sus derechos. No escribo con fines de lucro, sólo lo hago por puro gusto y obsesión. El argumento tampoco es mío, ya que la idea original es de FanFiker-FanFinal, quien muy amablemente aceptó mi petición de poder desarrollara. ¡Gracias querida! Espero de corazón que sea de tu agrado.

Advertencias: Slash/Lemon/EWE. Ésta es una historia que narra relaciones homosexuales y su contenido puede resultar ofensivo para algunas mentes. Si no te sientes a gusto con el tema, ruego abandones este fanfiction. Dicho está, sobre aviso no hay engaño.


A las dos personas que no están a mi lado, pero que aún extraño. Y a todo aquel que alguna vez haya sentido el dolor de tener que decir adiós a quien más se quiere…

A ellos, este capítulo.


Breathing

Por:

PukitChan

"...test my will, test my soul. Test my faith and test my heart torn apart..."

Capítulo 21. If the story is over

"Nunca podemos juzgar la vida de los demás, porque cada uno sabe de su propio dolor y de su propia renuncia. Una cosa es suponer que uno está en el camino cierto; otra es suponer que ese camino es el único."

―Paulo Coelho.

Segundo a segundo, gota a gota, la lluvia caía sobre el suelo provocando un sonido que en otros tiempos le hubiera tranquilizado pero que ahora, preso de la soledad, no hacía más que llevarle a la locura. Amaba a la lluvia con la misma desgarradora intensidad con la que la odiaba. Si alguien le hubiese dicho que terminaría así, siendo la sombra del hombre que alguna vez había sido, Harry resoplaría diciendo que para alguien como él, a quien siempre se le había prohibido alcanzar la felicidad, no era más que el final premeditado al que más de una vez supo que iba llegar.

En cambio, no era necesario que nadie —ni Hermione ni Luna, ni siquiera Ron con sus secas ironías— le dijera que se había equivocado. Él lo supo desde el momento en el que aceptó el trato de Cormac. Lo supo desde que entendió que siempre arriesgaría la vida de Draco a su lado. Y no se justificaba porque sabía de qué eran capaces las personas por amar. Lo sabía tan bien como en su momento lo supo Severus Snape: que amar tenía un lado oscuro del que pocos se atrevían a hablar pero al cual todos habían llegado a acceder. Era tanta su empatía con su antiguo profesor, que Harry se sintió asqueado de sí mismo. No estaba en su naturaleza compadecerse, pero no sabía qué más hacer: Draco estaba mejor sin él, no por su seguridad sino porque no se merecía más dolor del que Harry ya le había ocasionado. ¿Qué maldito desgraciado había sido? Todo el daño que le había hecho a Draco ahora caía como miles de agujas enterrándose en su cuerpo, pero ni siquiera podía ser comparado con las consecuencias de cada una de sus malditas decisiones. Las odiaba a todas y se odiaba a sí mismo por haberlas tomado, aunque bajo ninguna circunstancia se arrepentía de haber salvado a Draco; lo que dolía, lo que lo mataba, era el camino que había elegido. Probablemente existieron otras posibilidades, pero en el instante el que Harry tuvo que tomar una decisión, se sintió acorralado y su deseo de ver esos ojos grises una vez más, fue lo que lo había cegado.

Sin embargo, sin importar cuántas veces reprodujera sus errores y justificara cada uno de ellos, nada de eso tenía sentido porque el pasado era algo que ya no podría cambiar jamás. Y por ende, jamás volvería a ver a Draco atravesando esa puerta, sonriéndole con suficiencia. No, ya no quedaba nada de eso y ahora estaba solo. Harry sabía que la soledad y la tristeza eran terribles que te comían por dentro, te dañaban y te hacían agonizar pero sin llegar a matarte. La crueldad tenía una personalidad sádica; jamás aniquilaba, pero sí destrozaba. Existían penas que se empeñaban en desaparecer su sonrisa y dejarle para siempre actuando —viviendo— por inercia. Había soledades que se atoraban en su garganta y le impedían llorar desgarradoramente para poder liberarlas. Existían penas como las que Draco había dejado tras su partida.

Porque Draco había decidido irse, aunque no físicamente. Tal vez había comprendido que para Harry el verle y no poder tocarle era la peor tortura a la que podía someterle. El adiós de Draco no había sido susurrado en su oído ni fue porque escapara a otro lugar donde pudiera tener una mejor vida. El adiós de Draco fue silencioso, como él mismo, sin explicación, sin palabras porque después de todo no tenía por qué dárselas. El adiós de la persona que amaba fue creado a través de miradas, de inexistencias y de sonrisas educadas. De palabras certeras, pero no crudas. De realidades.

Draco había decidido decirle adiós de la única forma que conocía: haciéndole creer que no existía. Y en algún momento de las últimas semanas, Harry había terminado creyéndolo. Se había vuelto invisible, o tal vez un fantasma, porque aunque se veía a sí mismo, añoraba sentir, respirar, vivir… añoraba a Malfoy. Y a veces, en una curiosa forma de demostrarse a sí mismo cuán masoquista era, visitaba a Teddy cuando sabía que iba a estar el rubio. Draco nunca le fallaba: aparecía, saludaba a Andrómeda, abrazaba a Teddy, sonreía con el niño, comía con ellos… y lo ignoraba. Pero lo que más le sorprendía era la naturalidad con la que lo lograba. No se trataba de una persona que se esforzaba en ignorar a alguien que le era incómodo, sino más bien, Draco lo observaba como quien mira a una pared sin gracia. Sin emoción alguna.

Andrómeda no había dicho nada al respecto y Teddy que pese a su edad había notado la fuerza del cambio, le había dado un beso en la mejilla y susurrado que lo quería mucho. Harry no encontró mejores palabras de aliento que las de su ahijado, que siempre estaba presente en su vida, aunque de antemano sabía que ni siquiera eso le haría recomponer lo que él mismo había destrozado.

—Estás acabado, Potter —susurró para sí mismo, cerrando los ojos, apretando entre su puño izquierdo la corbata que Draco dejó olvidada hacía tantos meses. Miró la lluvia otra vez y descubrió que ésta había pasado a ser una amenazante tormenta. El frío se había colado a través de las paredes de la habitación, logrando que la temperatura bajase varios grados. Su piel estaba estremecida y su cuerpo débil, luego de varios días donde estuvo descuidándose a sí mismo, pese a las réplicas de Hermione y Ron. Él sabía que se estaba matando lentamente porque al final del camino, después de todo ese dolor, lo que Harry aprendió fue que le tenía más miedo a una vida sin Draco que a la muerte. Se rió internamente de lo dependiente que se había vuelto del rubio. ¡Y tantas veces que se había quejado de su destino atado! En alguna parte del camino, simplemente se dejó amarrar por Draco y no quiso que nadie lo liberara.

Se daba tanta pena a sí mismo mientras las palabras «continúa, respira, vive…» surgían una y otra vez en su mente. Sabía que la vida era hacia adelante, pero maldita sea, continuar era más duro que mil cruciatus juntos. Dar el siguiente paso le producía terror, porque no sabía qué vendría después de eso. ¿Y si se acostumbraba? ¿Y si aprendía a vivir sin él? ¿Qué haría? ¿Avanzaría con una parte de sí mismo enterrada en algún lugar que no podría recordar nunca más?

«Ya basta, Harry… ¡Ya basta!» se suplicó a sí mismo. Entonces tomó una impulsiva decisión: se incorporó, se puso un suéter viejo —el que más odiaba Draco— y salió de su habitación rumbo a la calle. No importaba que estuviera diluviando afuera, sólo quería olvidarlo todo y sanarse a sí mismo para continuar, porque eso, permitir a Draco hacer lo que quisiera era todo lo que podía hacer por él, aún si eso lo destrozaba por completo.

Y como aquella lejana tarde, cuando caminando bajo la lluvia comprendió que quería Draco, Harry avanzó, esperando que tal vez, de alguna manera, el agua se llevara también sus sentimientos.


.

Sus dedos lentamente se deslizaron por su espalda, siguiendo la brusca cicatriz que la maldición había dejado por su piel. Mordió su labio inferior cuando una punzante vibración le recordó que aún tenía que sanar un poco más esa herida. Sonrió de lado. Si antes había pensando que Harry había dejado una huella en él, ahora podría decirlo de manera literal al igual que Malfoy: si los recuerdos de Cormac no estaban errados, el moreno alguna vez le había dicho que había sido esa maldición con la que había atacado a Malfoy.

Una risa irónica brotó de sus labios al pensar en eso. Mientras más intentaba alejarlo, el slytherin aparecía para fastidiarle la existencia. Estaba siempre ahí: en sus recuerdos, en la boca de Harry, en su voz llamándolo, en sus ojos extrañándole. No hacía falta ser un genio para descubrirlo, pero sí había que cegarse lo bastante para no verlo. No es como si todo ese tiempo, Cormac no lo hubiera sabido. De hecho era posible que incluso aún más que Harry, lo tuviera presente. Sólo que nunca lo había dicho en voz alta.

—¿Cormac? ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? —preguntó una voz, detrás de la puerta.

—Ándate a la mierda —replicó. Hubo un silencio en el que Cormac aprovechó para cerrar su pantalón y ponerse un sweater que le disgustaba por lo ancho que le quedaba, pero que era el único ideal para usar si no quería que sus heridas le molestaran.

—Estás perfectamente —volvió a decir la voz con un deje de diversión que no pasó desapercibido para Cormac, pero que prefirió ignorar hasta que las unas pisadas indicaron que la persona se había alejado. Al acercarse al espejo, no pudo dejar de forzar una sonrisa al ver lo demacrado que estaba y las ojeras que entorpecían las facciones de su atractivo rostro. Sin embargo, al escuchar un fuerte estrepito su mirada se desvió hacia la ventana: llovía con tan fuerza que parecía casi una cruel burla hecha a propósito para recordarle que en algún maldito lado, Harry estaba mirando la misma lluvia que tanto disfrutaba. Que podría haber estado a su lado y el moreno no habría rechistado, pero que él, en un ataque de valentía Gryffindor, lo había dejado ir.

Cormac mordió su labio inferior con fuerza mientras arrastraba sus pies descalzos hacia fuera de la habitación. Escuchó cómo su acompañante se dejaba caer en el sofá negro en el que anteriormente le había hecho el amor a Harry; sintió asco de eso, pero no dijo nada, ni siquiera cuando al entrar a la pequeña sala, un pelirrojo giró su rostro hacia él, para verlo con atención.

—Luces fatal, Cormac —comentó Bill Weasley desde el sofá. Cormac lo miró enfadado y se preguntó por qué había aceptado que su compañero de trabajo estuviera con él cuando a muchos otros los había hechizado en cuanto invadían su soledad.

—Muy aguda tu observación —susurró, acercándose para tomar entre sus manos el vaso de alcohol que le ofrecía. Cormac miró el líquido durante unos segundos antes de echar su rostro hacia atrás para beber su contenido. El dulce sabor permaneció acariciando sus labios y una punzada ridícula y casi desconocida pareció ordenarle a continuara bebiendo.

—¿Mejor? —preguntó, pero Cormac lo ignoró y se sentó en un sofá, cerca de la chimenea. Miró en silencio el fuego y Bill casi creyó ver la tristeza en los ojos de ese hombre reflejada en el fuego. Se puso de pie para servirle más alcohol y Cormac lo miró de soslayo, esbozando una fatal sonrisa. —Te advertí que no te metieras con Harry —murmuró Bill, bebiendo también mientras le lanzaba una mirada burlona.

—No me lo advertiste —murmuró Cormac luego de un rato—. Dijiste que estaba enamorado de Malfoy.

—Y no quisiste creerme.

Cormac gruñó, apretando el vaso que tenía entre sus manos.

—Aún no te creo —susurró—.Todavía pienso que Harry está cometiendo una estupidez al aferrarse a Malfoy, porque no ese sujeto no es más que un idiota —murmuró.

—Si eso es lo que crees, ¿por qué le dijiste que se fuera?

Cormac resopló.

—No lo sé.

—¿Qué?

—¡Que no lo sé! —riñó, sobándose la frente, intentando serenar su mal humor—. Todo este maldito tiempo, lo único que he querido es que Harry fuera mío.

—No hables del amigo de mi hermano como si fuera un juguete —interrumpió Bill, riéndose.

—No lo es —declaró de inmediato, mirando fijamente los ojos azules del pelirrojo con una severa intensidad—. Nunca lo ha sido, ni siquiera cuando nos reencontramos esa noche en aquel bar y Malfoy aún no estaba en su vida.

Bill entrecerró los ojos y sonrió.

—Tardaste mucho en darte cuenta de que lo amas, ¿no crees?

—Y quise recuperarle —continuó en voz baja—. Lo deseé con tanta fuerza que esa noche, cuando Harry llegó pidiéndome desesperadamente ayuda para salvar a Malfoy, supe que sería mi oportunidad. Dicen que el fin justifica los medios, ¿no? Pues eso es lo que hice. Pensé que si le recordaba a Harry todo lo que éramos, lo que habíamos tenido y cuánto disfrutamos en brazos del otro… él se daría cuenta de que no valía la pena todo lo que estaba haciendo por Malfoy. De que no lo amaba en realidad.

—Todos nos cegamos cuando amamos —comentó el mayor de los Weasley, por la simple certeza de saberlo demasiado bien.

—Harry pudo estar ciego.

—Tú también.

—¿De qué maldito lado estás, Bill?

—De nadie en particular —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Entonces por qué demonios estás aquí?

Los ojos azules brillaron de tal manera que McLaggen supo que se había equivocado al formular esa pregunta. Bill desvió su mirada hacia la ventana y la nostalgia que se dibujó en su semblante logró que el otro simplemente aguardara por una respuesta que, sabía, no le gustaría oír.

—Harry me pidió que viniera a verte. Está preocupado por ti y sabía que yo era el único que podía acercarse a tu pequeño mundo.

McLaggen, enojado, arrojó contra la pared el vaso que tenía entre sus manos. El ruido del cristal deshaciendo apenas fue notado bajo el resoplido furioso de McLaggen.

—¡No te pedí tu ayuda! —vociferó, pero Bill permaneció inmune mientras miraba con detenimiento la mancha que había quedado grabada en la pared—. ¡Ni la de él! ¡Sino quiere estar conmigo, que no haga esto!

—Todo este tiempo que he visto a Harry me he dado cuenta de algo —comentó Bill, jugando el diente de Dragón que colgaba de su cuello—. Que él no dejará de preocuparse por nadie. Por ti, por mi hermano, por Hermione, por Teddy, por cada persona que conoce y ha estado cerca de él. Creo que lo sabes, ¿cierto? Daría todo por los demás… pero con Malfoy… es diferente.

Cormac cerró su puño. Él también lo había visto. Él también notó lo que Harry le dio a Malfoy que nunca le había dado a otra persona. Y era esa maldita diferencia abismal la que él no podía cruzar.

—…le dio su egoísmo —susurró Cormac—. Harry no pide, entrega. Con Malfoy fue… es con la única persona con la que se ha permitido ser egoísta.

—Cualquiera diría que el egoísmo no es algo que se considere sano de dar. Pero en Harry, eso significa entregarse completamente. Darle todo… sus defectos, sus virtudes. Pero lo que más me impresiona de todo esto, es que Malfoy lo haya aceptado.

—Malfoy no lo ama —pronunció, como si ésa fuese la última esperanza a la cual anhelaba aferrarse.

—Lo hace.

—¿Por qué estás tan seguro de eso? —preguntó molesto.

Bill bajó su mirada, apretando sus labios. Cormac reconoció esa expresión como la de alguien que estaba recordando algo particularmente curioso, pero que había cambiado su perspectiva. No entendía por qué le gustaba torturarse de esa manera.

—A nadie le sorprende que mi familia y la de Malfoy no se toleren. Los motivos son lo que menos importan.

—¿Qué tiene que…?

—Déjame terminar —dijo Bill. Cuando se aseguró de que Cormac no le interrumpiría una vez más, continuó—: Cuando Harry y Malfoy se declararon pareja, fue natural que no a muchos de mi familia les agradara esto y hasta fue casi justo que Ron le reclamara a Malfoy sobre esto —divertido, negó con la cabeza—. Harry nunca supo de la discusión que mantuvieron, pero algo quedó claro ese día; que Malfoy estaba dispuesto a ser cruel con tal de proteger su relación. Ron probablemente nunca se podrá llevar bien con Malfoy, pero esa noche llegó a casa diciendo que era horrible que ellos se hubieran enamorado.

—¿Y sólo porque tú hermano lo dice, significa que Malfoy está enamorado?

—Ésa es la parte que no entiendes. Es precisamente porque lo dice Ron que lo sé. Él nunca arruinaría la felicidad de Harry porque siempre será su hermano.

Un trueno resonó mientras McLaggen estrujaba sus manos.

—¿Estás tratando de decirme algo? ¿Una estúpida lección moral?

—Para nada. Sólo te estoy contando la historia desde mi punto vista.

—…le quiero.

—¿Qué te impide ir por él ahora? No está con Malfoy. Podrías aprovecharte.

—Que él no me ama —murmuró.

Y cuando Cormac cubrió con una mano su rostro, se alegró profundamente de que el pelirrojo no dijese palabra alguna ni tratara de hacer algo, aún cuando lo escuchó sollozar.


.

Draco elevó su mirada hacia el cielo, frunciendo el ceño cuando descubrió que comenzaba a llover, primero lentamente y después con una fuerza tan estrepitosa, que cualquiera en su sano juicio habría corrido a refugiarse en el sitio más cercano que pudiera hallar. Él no se molestó en refugiarse, porque ya había comprendido que le gusta sentir las gotas frías recorrer su piel. Le recordaban que estaba vivo y que todo aquello que había ocurrido durante los últimos meses no lo había matado. Tal vez sólo lo había destrozado un poco más.

Sin embargo, ¿qué más daba una herida más? No era como si pudiera hacer mucha diferencia en alguien como él. Se mantendría imperturbable y de pie, porque así es como había aprendido a sobrevivir y a salir adelante. Potter jamás conseguiría lo que una guerra no había conseguido: asesinarle. Por eso se había decidido a demostrárselo. Si encontrarse con él era inevitable, si estar a su lado sería la condena eterna de su castigo, entonces le haría darse cuenta de que la indiferencia pesaba y dolía aún más que le odio. No le importaba si en el intento él mismo se quedara sin sentimientos, simplemente quería que el moreno descubriera que existían cosas que nada ni nadie podrían sanar. Quería dañarlo. Quería que comprobara cuánto dolor había sentido. Quería que Harry quedara hecho añicos para que al final del camino, cuando no encontraran más que cenizas de lo que alguna vez entre ellos hubo, pudiera restregarle que nadie sería lo que Draco había sido para él. Anhelaba lastimarlo tan hondamente que, cada vez que sintiera una nueva herida, la comparara con la que él le había dejado y se diera cuenta que sólo él tenía el poder para lastimarlo y amarlo tan hondamente que jamás encontraría a nadie más por mucho que lo intentase.

Caminó, preguntándose si alguna vez encontraría una forma de explicar todo lo que había entre ellos. Su odio, su amor, su candente necesidad, su deseo de estar juntos y esa dolorosa forma de explotar si estaban juntos. Sus besos que sabían a desafío y a la soledad menguando, a la añoranza de finalmente haber encontrado a ese alguien que encajaba entre sus brazos como nadie nunca antes lo había hecho a pesar de ser tan distintos. Porque mientras los ojos de Harry jamás habían ocultado la tristeza, Draco prefería llevarla por dentro, como un silencio auto-impuesto, como el peor error cometido que nadie puede entender. Como tener la miserable desdicha de tener que recoger sus piezas en la más terrible soledad y reconstruirse poco a poco, porque no existía alguien que supiera cómo armarle. Como aquellas cosas que se entendían demasiado tarde.

¡Y sería tan fácil borrarle! Y algunos dirían que hasta lo más sensato sería olvidarle después de todo lo que Potter le daño. Su padre sonreiría orgulloso, ¿no a fin de cuentas, nunca le había agradado esa relación? Y su madre siempre apoyaría sus decisiones, sin importar cuán absurdas fueran. Y sería tan sencillo escuchar el «se acostó con otro, folló con otro, amó a otro» que tantas veces le había susurrado su mente. Pero otra parte, la que no se ponía de acuerdo con sus razones, la que hacía añicos sus orgullo y pateaba sus ideales, lograba que su corazón se aferrara a la idea de que todo no era más que una pesadilla.

«Él no tenía derecho a equivocarse, aunque yo más de una vez lo hubiese hecho… simplemente él no podía hacerlo…»

Draco ahogó un jadeó cuando sus pies se arrastraron hasta la banca más cercana que pudo hallar. ¿Dónde estaba? No tenía ni la más mínima idea. En realidad ni siquiera sabía porque se había dejado arrastrar por la tormenta. Ni siquiera entendía por qué no sentía más satisfacción en pensar que algún día, todo ese dolor desaparecería.

¿O tal vez sólo estaba creándose falsas expectativas?

Se puso de pie una vez más, incapaz de soportar la soledad, algo a lo que ya se había acostumbrado y a lo que tenía que aferrarse de nuevo. Pero quizá Draco había olvidado que el destino, la vida, o la absurda casualidad en la que Potter se había convertido, le debía un último favor, que llegó cuando menos quería que llegara.

Harry.

Frente a él, a unos metros de distancia y mirándolo con terror, Potter estaba, como él, mojándose bajo la tormenta. Un Harry que había perdido todo brillo en sus ojos, pero que aun así conseguía estremecerlo. Un hombre que en algún momento había cruzado todas sus barreras y que ahora se había vuelto en la persona que más odiaba.

Draco no pudo resistirlo. Toda la visión antigua y remordimiento fue remplazado por un profundo rencor que logró que cerrara su puño fuertemente. Un odio tan irremediable que desató lo peor de Draco y que le recordó el niño que había sido, el que detestaba a ese gryffindor que había rechazado su amistad. El único que había logrado sacarlo de su propio juicio a base de desagrado y después de amor.

Harry.

Fue Draco quien se acercó. Y bajo esa torrencial tormenta, estiró su mano para sujetar la ropa ajena mientras alzaba su mano y su puño se estrellaba contra la mejilla de Potter. El moreno no reaccionó ni siquiera cuando sus gafas se estrellaron contra el suelo y su labio comenzó a sangrar. Se dejó hacer cuando un furioso Draco le sujetó por el cuello y golpeó su nariz. No le importó caer al piso mojado cuando un certero puñetazo en su estómago le hizo sollozar.

—¡Te odio, Harry! —gritó Draco, arrodillándose para sujetar los cabellos de Harry, obligándole a verle—. ¡Te odio! ¡Te odio!¡¿No lo entiendes?!

Harry lo miró. La lluvia distorsionaba su visión y aun así cada palabra de Draco dolía hasta un punto que no creía que existiera dentro de él. Quizá por eso, sus brazos sólo atinaron a levantarse y a rodear el cuello de rubio, colgándose de él, aferrándose a lo único que sentía que era perfecto en su vida. Se sujetó con tanta fuerza que ni siquiera los movimientos bruscos de Draco consiguieron apartarlo. Y todo —la tormenta, el odio, la soledad, el mismo Draco— pareció detenerse cuando Harry, levantándose con dolor y sin soltarse, acercó sus labios al oído del rubio para susurrar una sencilla oración.

—Te amo… ¡Te amo, maldita sea! Lo siento, Draco… ¡Lo siento tanto! ¡Perdón…! ¡Perdóname! Estoy muy feliz de que estés vivo… aún si me odias…

A Draco en realidad nunca le había gustado la lluvia. Pero no quería en ese instante recordar cuándo ni por qué, este odio un día se había vuelto amor.


"…y cuando te hayas consolado (uno siempre termina por consolarse) te alegrarás de haberme conocido."

―El Principito. Antoine de Saint-Exupéry


Autora al habla:

*Suspiro* Lo sé, dije que publicaría antes de Año Nuevo, pero el tiempo me ha consumido. u.u Igualmente, la historia está por concluir y ya tengo un dibujito para la portada que siento (no por hacerme la importante) ha quedado muy bonito. En este capítulo quise abarcar tres punto de vista; el de Harry, Draco y Cormac. Desde un inicio dije que ellos hacían lo que creían que era mejor. ¿De verdad me atrevería a juzgar lo que hicieron ellos? No lo sé... puede que sean sólo personajes de una historia, pero creo que, como bien puse en la frase del inicio, nadie puede permitirse señalarlos. ¿Quién sabe? Me pregunto quien no ha tomado una decisión equivocada por lo menos alguna vez en su vida. Meh, no quiero ponerlos tristones tan pronto ;) Así que ignorenme y sean felices xDDDD

¡Muchas gracias por todos sus reviews! TOT ¿Qué haría moi sin maravillosos lectores como ustedes?