Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Advertencia: OOC
«19: Perfume»
Mientras Ino trabajaba en los últimos ajustes del nuevo vestido de Hinata con el ceño fruncido, las campanas de la iglesia repicaban avisando a los vasallos que cultivaban los campos que era la hora del almuerzo. Las voces cesaron en el patio del castillo y las sirvientas dejaron de hacer sus tareas unos segundos para poder disfrutar del agradable sonido.
Las campanas volvieron a sonar, recordando a la joven el tenso momento que había tenido lugar hacía unos días, cuando su esposo y ella habían caminado desde el castillo hasta la iglesia y esperaron envueltos en la niebla a que Fugaku de Cumbriland fuera enterrado.
La ceremonia fue breve.
No se guardará luto por él, había decretado Naruto con voz serena. Lord Fugaku no era tu padre.
Después de decir aquellas terribles palabras, Naruto se alejó de la tumba para fundirse de nuevo en la niebla llevándose consigo a Hinata, al tiempo que las campanas seguían tañendo por el antiguo señor de Konohathorne.
La joven no objetó la simplicidad de la ceremonia. De hecho sólo pudo sentir alivio en el entierro de Fugaku. Parte de ella esperaba que marcara el final de una época llena de sangrientas guerras y que diera paso a otra en la que imperase la paz.
Sin embargo, el miedo a que algo terrible ocurriese todavía estaba allí, en algún lugar de su mente. Había pasado ya una semana desde que su esposo se había librado por completo de los efectos del veneno y ella seguía teniendo pesadillas. Se despertaba cubierta de un sudor helado, pero Naurto ya no la acunaba suavemente entre sus brazos para tranquilizarla. Hinata había vuelto a sus habitaciones y no dormirían juntos hasta que él supiese con certeza que no estaba embarazada.
Naruto no había vuelto a mencionar el tema del amor, paz e hijos, excepto en el momento en que le regaló a Hinata varios metros de seda. La prenda era de tono lila y parecía haber sido tejida exclusivamente para ella; incluso podría rivalizar en belleza con el vestido de boda plateado, que tan cuidadosamente había guardado Kaguya en algún lugar que sólo ella conocía.
Al ver la alegría con la que su esposa recibía la tela, Naruto sonrió; pero sus ojos siguieron conservando su frialdad cuando habló.
Piensa en lo que hablamos. Piensa en quererme, Hinata. Con tu amor, cualquier cosa es posible... Incluso la paz.
Él no había mencionado nada sobre tener hijos, sin embargo, la idea estaba allí: en sus penetrantes ojos, en el hambre de su voz, en la tensión que atravesaba su poderoso cuerpo...
Ella ya sentía por él mucho más de lo que había imaginado sentir por ningún hombre, no obstante, sabía que Naruto no la quería y dudaba que llegara a hacerlo alguna vez. Tantos años de guerra, de soledad, y lo que le había ocurrido en Tierra Santa, se habían llevado consigo cualquier rastro de amor que hubiese podido existir en su alma, dejando a su paso sólo desolación. La ternura con la que la trataba, la dulce seducción a la que la estaba sometiendo, sólo era el fruto de un cálculo premeditado.
Hinata no podía culpar a Naruto por algo sobre lo que no tenía control; sólo desearía que él no hubiera llegado hasta ella con una herida que estaba fuera de sus capacidades de sanadora.
Sintiendo que una ola de tristeza amenazaba con ahogarla, la joven deslizó la mano suavemente por la maravillosa prenda de seda lila, haciendo que las joyas de su muñeca emitieran su melodiosa música.
—El tejido es tan suave... —dijo después de unos segundos.
—Vuestra piel lo es más —comentó Ino sin levantar la vista de las pequeñas puntadas que estaba dando.
Hinata bajó la vista a la hermosa y alegre mujer que estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo, mientras daba las últimas puntadas en el bajo del vestido que había cosido para su señora. La normanda era un enigma para Hinata. La combinación de franca sexualidad, y la viva y algo cínica inteligencia de Ino, la intrigaban. Su cuerpo exuberante, la forma de moverse y los perfumes exóticos que utilizaba, hacían que todos los hombres del castillo fueran muy conscientes de su presencia.
Sólo Naruto parecía inmune. Pero por otra parte, si él la quisiera en su lecho, no tendría que hacer más que mover un dedo. La bella mujer normanda sabía muy bien quién era el señor de la fortaleza, pero habian rumores de que Sai era su amante ahora, tambien apuntaba al segundo al mando.
—No hace falta que me adules. —La voz de Hinata contenía una nota de amargura.
—No lo hago —afirmó Ino sin darle importancia—. Es la simple verdad. Gire a la izquierda, por favor.
Hinata obedeció y el sonido de sus joyas volvió a envolver la estancia.
—Es una lástima que el barón sea tan posesivo con vuestra belleza —continuó la normanda.
—¿A qué te refieres?
Ino levantó la vista del borde del vestido justo a tiempo para captar la sorpresa en la cara de su señora. La inocencia de la baronesa le hizo sonreír irónicamente.
—El barón me dio instrucciones precisas de que tanto vuestros hombros como vuestra cintura, pecho, y tobillos estuviesen completamente tapados con la seda —le explicó.
—Así debe ser.
Ino meneó la cabeza.
—Por supuesto que no. Así no llamara la atención de nadie. Las mujeres de los harenes sí que sabían cómo atraer a los hombres con su ropa.
—¿Qué quieres decir?
—Ellas llevaban varias capas de una tela mucho más ligera y frágil que ésta. De ese modo, cuando se movían, su cuerpo quedaba levemente al descubierto antes de ser tapado de nuevo, para que ningún hombre pudiera estar seguro de lo que había visto.
—¿Estás bromeando? —preguntó Hinata, sorprendida.
—En absoluto. Por favor, milady, mire al frente o el dobladillo quedará torcido.
—¿Vestían con telas casi transparentes? ¿De verdad?
La sonrisa de Ino se amplió.
—De verdad.
—Asombroso.
—Quizás para los ingleses. Para los turcos era aceptable. Y —añadió Ino astutamente— muy apreciado por los hombres.
—¿Has llevado tú ropa transparente?
—Sí. De hecho, vuestro esposo la encontró particularmente atractiva.
Hinata se tensó de pronto, haciendo que un hilo se enredara en el bajo y que Ino murmurase en turco por lo bajo.
—¡Ah, los sajones! —suspiró Ino un momento después, sacudiendo la cabeza—. Puedo entender el deseo de un hombre de poseer una esposa, ya que necesita estar seguro de la paternidad de sus hijos. Pero una esposa posesiva... —Se encogió de hombros, comprobó la longitud del hilo en la aguja y siguió cosiendo—. Una vez casados, no hay por qué sentir celos. Usted cuenta con la protección, el título y las riquezas del barón para el resto de vuestra vida. ¿Qué más quiere de él?
—Su afecto. Su respeto. Su... amor.
—El oro y las joyas duran más —replicó Ino—. Pueden venderse a cambio de comida y ropa en tiempos de guerra o hambre. El deseo es divertido durante un tiempo, pero siempre acaba cansándome. En cuanto al amor... No creo que exista.
Por fin, Ino terminó su tarea, hizo un nudo y cortó el hilo con un rápido movimiento de sus dientes.
—Ahora tiene la caída perfecta —exclamó satisfecha, levantándose con la gracia de una mujer acostumbrada a sentarse sobre almohadones esparcidos en el suelo en lugar de sillas. Después, sus diestros dedos volaron mientras desabrochaba el ceñido vestido que acababa de coser.
—Ino.
—¿Sí, milady?
—No quiero que te acerques a mi esposo —le advirtió Hinata, tajante—. Si usas tus trucos con él, lamentarás haberlo intentado tengas éxito o no.
Hubo un momento de asombrado silencio antes de que Ino lanzara una carcajada.
—Ahora entiendo por qué la llama su pequeño halcón —dijo mordaz—. Por favor, hagase a un lado para que pueda guardar el vestido, milady.
Hinata lo hizo sin dejar de mirarla mientras la normanda depositaba con cuidado el vestido en un arcón.
—¿Ino?
—Como desee —accedió calmada, volviéndose de nuevo hacia su señora—. Pero debe saber que vuestro deseo se cumplirá siempre que el barón también lo desee.
—¿Qué quieres decir?
Durante el espacio de un segundo, Ino miró a Hinata con algo similar a la compasión.
—No entiendo cómo puede seguir siendo tan inocente a vuestra edad... —Suspiró con fuerza, hizo una pequeña pausa y luego le explicó—: Mientras vuestro esposo la corteje, ni siquiera me mirará. Pero cuando eso cambie, acudiré a su lecho siempre que me requiera. Lord Naruto es el señor del castillo, no yo. Ni vos, milady. Ninguna mujer lo es.
Ino cogió la pequeña cesta de costura y guardó silencio durante un instante.
—¿Necesita algo más de mí? —preguntó finalmente.
—No.
Tras una leve inclinación de cabeza, la normanda salió de la habitación balanceando sensualmente las caderas.
Hinata dejó escapar el aire que había estado conteniendo, junto a unas palabras que habrían provocado una mirada horrorizada de su confesor. Lo peor era que Ino tenía razón. Si Naruto decidía favorecer a su amante por encima de su esposa, Hinata no podría hacer nada al respecto.
Pero ella no puede darle herederos legítimos, pensó. Sólo yo podría hacerlo si...
Frunciendo el ceño, la joven se echó una capa por encima de los hombros y se dirigió al baño. Las extrañas zapatillas puntiagudas que su esposo le había regalado emitían un suave susurro al rozar el suelo y desprendían un brillo metálico a la luz de las lámparas de aceite. Desde la llegada de Naruto, cada rincón del castillo estaba iluminado por lámparas, velas y antorchas.
—Ya esta aquí —exclamó Sakura al verla entrar en las dependencias del baño—. Por un momento creí que habías vuelto a disgustar a vuestro señor y que la habría castigado encerrándola de nuevo en vuestros aposentos.
Hinata sonrió forzadamente.
—Me he probado el vestido lila e Ino ha terminado el dobladillo del bajo.
—Ah, esa sucia normanda. Vuestro esposo le prometió seda para ella si le hacía un vestido que le complaciera.
Al oír aquellas palabras, toda la ilusión que la joven había sentido por el vestido de seda lila se desvaneció. Vacilante, le dio la espalda a su doncella, se quitó la capa, la dejó a un lado y empezó a desatar las cintas de la ropa interior de seda que Naruto le había regalado junto a las zapatillas confeccionadas con hilo de oro.
Entretanto, Sakura comprobó la temperatura del agua en la bañera, le pareció satisfactoria y se volvió para ayudar a su señora.
—Qué tela tan delicada —comentó Sakura mientras le quitaba el corpiño—. Y los bordados son exquisitos.
Hinata no dijo nada. La idea de Naruto haciendo regalos a Ino la hacía sentir inquieta y enfadada.
...acudiré a su lecho siempre que él lo desee. Lord Naruto es el señor del castillo, no yo. Ni vos, milady. Ninguna mujer lo es.
Tras lanzar una mirada de soslayo a la abatida cabeza de su señora, Sakura se dispuso a preparar el jabón, el perfume y las cremas que formaban parte del ritual hyuga. Personalmente, la doncella pensaba que todo aquello era una pérdida de tiempo. Aunque, por otra parte, los caballeros siempre la dejaban a un lado si podían tener a Ino, que se bañaba casi tan a menudo como su señora. Quizá debería probar también ella aquella extraña costumbre.
En silencio, recogió la trenza de Hinata formando una corona sobre su cabeza y empezó a sujetarla con pasadores de oro y esmeraldas, que también eran un regalo de Naruto.
—Qué pasadores tan bonitos.
—Sí —asintió Hinata con voz baja.
—Quedan preciosos en vuestro cabello.
—Gracias.
—Kankuro me regaló unos de plata. Me dijo que quedarían bien en mi pelo.
—¿Sientes algo por Kankuro? —preguntó entonces Hinata—. Has hablado mucho de él esta última semana.
Sakura se encogió de hombros.
—Tiene un buen corazón dentro de ese cuerpo tan grande.
—¿Te gustaría casarte con él? Quizá, si yo se lo sugiriera a mi esposo...
—No. Kankuro no posee las suficientes riquezas para mantener a dos escuderos, y mucho menos a una esposa —respondió Sakura—. A no ser que el barón piense ofrecer tierras a sus caballeros.
—No lo sé.
—Bueno, lo dudo —concluyó, colocando otro pasador—. Incluso cuando llegue el resto de su ejército, apenas dispondrá de suficientes hombres para defender la fortaleza. Si los caballeros tuvieran que marcharse para defender sus propias tierras, no podrían defender las de su señor.
—Cierto.
—¿Sabe cuándo llegarán el resto de sus hombres? El mayordomo ya está protestando por lo mucho que comen los soldados. —hablo Sakura.
Los labios de Hinata dibujaron una media sonrisa: el mayordomo se había quejado de lo mismo desde que ella era una niña. —Quizá todavía estén en Normandía —contestó Hinata—. Kaguya me dijo que en el sur se hablaba mucho sobre lo difícil que era la travesía a Francia en esta época.
—Entonces, tardarán como mínimo una quincena. —Sakura dio un paso hacia atrás—. Lista, puede entrar en el baño.
Hinata se quitó las zapatillas doradas y se metió en la humeante agua perfumada con hierbas. Con un suspiro de placer, se sumergió hasta la barbilla silenciando los musicales gritos de los diminutos cascabeles, a excepción de los que llevaba en el cabello.
—No entiendo cómo puede gustarle tanto bañarse —comentó Sakura, observando cómo su señora sonreía—. ¿Necesita alguna cosa más?
—No.
—En ese caso la dejaré a solas.
Hinata sonrió divertida ante la inflexible desaprobación de su doncella sobre el aseo personal.
—Si no estoy de vuelta cuando me necesite —añadió Sakura—, llameme en voz alta. Vuestro guardián está en el pasillo. Él irá a buscarme.
Los labios de Hinata se tensaron. Sí, su esposo dejaba que recorriera el castillo con entera libertad, pero Konohamaru, su escudero, siempre la vigilaba de cerca cuando Naruto no estaba a su lado.
¿Tanto desconfía de mí en realidad?
La respuesta fue tan inmediata como inevitable.
Sí. Si no lo hiciera ya me habría hecho suya. Sé que me desea, pero no me tocará hasta que confirme que no estoy embarazada. Así estará seguro de que no criará al hijo de Sasuke. Pero si me amara... Si me amara confiaría en mi palabra de que nadie me ha tocado.
Lentamente, los tristes pensamientos de Hinata se fueron disolviendo en la perfumada y balsámica agua caliente. Cerró los ojos, inhaló el vapor aromatizado con una mezcla de hierbas, y comenzó a recitar en voz baja un antiguo ritual de purificación y renacimiento. Se lavó con el jabón destinado a limpiar su cuerpo de viejos errores y pesares, y después suavizó su piel con el jabón del ritual de la renovación.
Una vez hubo terminado, abrió los ojos lánguidamente sintiéndose relajada y llena de energía a la vez. Pero de pronto, su calma se desvaneció al ver que Naruto la observaba a pocos metros con ojos que brillaban como zafiros. Su capa, oscura y pesada, le hacía parecer una poderosa criatura surgida de la noche.
—No... no me había dado cuenta de que estabas aquí —tartamudeó Hinata—. ¿Cuánto llevas esperando?
—Un millar de años —respondió él, con una voz teñida de roncos y extraños matices.
Hinata dejó de respirar durante un momento y su corazón bombeó con fuerza contra las costillas. Recelosa y esperanzada a la vez, miró cómo él le tendía un paño tan grande como una capa, mientras sus firmes y masculinos labios dibujaban una enigmática y seductora sonrisa.
—Ven a mí, pequeña.
La joven Hinata esbozó una tímida sonrisa, vaciló y finalmente se levantó de la bañera con un grácil movimiento. El agua resbaló de su cuerpo formando riachuelos plateados al tiempo que los cascabeles emitían dulces sonidos.
La visión del magnífico cuerpo de su esposa resplandeciendo a la luz de las velas, hizo que las manos de Naruto se cerraran con fuerza alrededor del paño, preguntándose si había sido prudente ir a buscarla a la intimidad del baño. Por un instante recordó que estaba impaciente por preguntarle si quería acompañarle a cazar, pero finalmente tuvo que reconocer ante sí mismo que había ido hasta allí movido por una imperiosa necesidad de tenerla cerca.
Nunca la había visto más hermosa, llevando únicamente las joyas que le había regalado y mirándolo temblorosa. Oculto bajo la capa, su cuerpo se endureció súbitamente al punto del dolor, ansioso de tomar aquello que era suyo.
Dios, nunca he deseado tanto a una mujer. ¿Cuándo podré por fin hacerla mía?
Naruto recordó que Sai le había sugerido que se desahogara con Ino, pero descartó la idea de inmediato. El sólo hecho de pensar en ello le repugnaba. Necesitaba aplacar las necesidades de su cuerpo sí, pero, inexplicablemente para él, no en cualquier mujer. Sólo deseaba a Hinata, su dulzura, su suavidad, su... pasión. La pasión que Naruto sabía que había despertado en ella.
Todavía no puedo hacerla mía. Dios, nunca me había costado tanto ser paciente. Parezco un escudero inexperto.
—¿En qué piensas? Frunces el ceño como si tu mente estuviera muy lejos de aquí —dijo Hinata con aire indeciso, alargando la mano para tomar el paño.
Naruto fue más rápido y la envolvió en el enorme paño, inmovilizando sus brazos contra los costados.
—Está muy cerca, Hinata, créeme. Muy cerca.
Su voz resultó más áspera que seductora. No podía evitarlo, así como tampoco podía controlar la fuerte excitación que le invadió ante la bella visión del cuerpo desnudo de su esposa.
Sabía que debería darse la vuelta y salir de allí, sin embargo, le resultó imposible. Despacio, con suavidad, Naruto comenzó a secar a Hinata por los hombros y el cuello, demorándose en sus senos, disfrutando enormemente de acariciarla de aquella manera.
—¿Ocurre algo en la fortaleza? —preguntó ella, preocupada.
—No. —Cogió una esquina del paño y secó el hueco de la garganta femenina, donde se habían acumulado unas tentadoras gotas de agua—. Ocurre algo conmigo.
—¿El qué?— preguntó nuevamente Hinata
—Vine aquí impaciente por llevarte a cazar y me temo que me voy a marchar aún más impaciente.
—¿Cazar? —Estaba emocionada ante la perspectiva—. ¡Sí, Naruto! ¡Vayamos! ¡Pídele a Sakura que venga a vestirme y estaré lista enseguida!
El sonrió al ver el rostro de Hinata iluminado por la alegría, pero la sonrisa adquirió tintes oscuros cuando sus manos frotaron la esbelta y elegante espalda femenina. A pesar del grueso paño que le separaba de su piel, podía sentir su exquisita suavidad.
—No necesitamos a Sakura por el momento —le aseguró Naruto—. Yo me ocuparé de ti.
—Pero será más rápido si me viste ella.
—¿Tan impaciente estás por ir a cazar?
—Sí. Lord Fugaku casi nunca me dejaba ir, aunque ayudé a adiestrar muchos de los halcones.
El eco distante de un trueno hizo que Hinata lanzara una mirada preocupada a la larga ranura de la ventana. Se veían más nubes que claros.
—Deprisa —le instó—. Se acerca una tormenta.
—A mi ya me ha alcanzado.
Naruto la atrajo íntimamente hacia sí, extendió las manos por sus nalgas y hundió sus dedos en ellas. Hinata gritó sobresaltada al sentir que una extraña sensación invadía su cuerpo y hacía flojear sus rodillas.
—Así que... —susurró él—. A ti también te sucede.
—¿Eh... el qué?
—Yacer juntos en la noche, respirar nuestro aliento, compartir la calidez de nuestros cuerpos... Te ha afectado igual que mí. Te has metido bajo mi piel, Hinata. Te siento como fuego en mi interior.
La joven intentó responder, pero las fuertes manos masculinas volvieron a flexionarse, provocando que un torrente de ardientes sensaciones se derramara en su sangre. Completamente entregada a lo que la hacía sentir, gimió observando las llamas que ardían en los ojos de su esposo, y entonces supo que era cierto: en algún punto durante las largas noches que habían compartido juntos, Naruto había encendido una secreta pasión en lo más íntimo de su ser, desconocida hasta entonces para ella.
—Ahora tú también ardes por mí —musitó él, saboreando el gemido que había arrancado de la garganta de Hinata—. Arderemos juntos...
—Naruto —jadeó.
Antes de que la joven pudiera decir una sola palabra más, Naruto se inclinó tomando posesión de su boca, y sus lenguas se buscaron en un sensual duelo que dejó sin aliento a Hinata, obligándola a apoyar todo su peso sobre él por temor a caer al suelo. Nunca había conocido nada semejante al placer que su esposo le daba. Se sentía indefensa y vulnerable ante él, incapaz de oponer resistencia a sus avances.
Tal vez haya esperanza para nosotros. Si él llegara a amarme...
De pronto, Hinata comenzó a forcejear haciendo que Naruto levantara reticente la cabeza y la mirara fijamente: el rubor cubría su bello rostro, respiraba con agitación y, sus senos, tensos e hinchados, se erguían contra el grueso paño.
—¿Por qué intentas escapar de mí? —susurró con voz más ronca de la que deseaba.
—Sólo quiero liberarme del paño —consiguió decir entrecortadamente—. Me gustaría acariciarte, pero estoy atrapada.
Naruto estaba tan fascinado ante la visión de los duros pezones de Hinata empujando contra la tela, que tardó un momento en darse cuenta de que la había envuelto de forma que sus brazos habían quedado atrapados contra los costados.
—¿Querrías acariciarme como a tu gato? —preguntó él—. ¿De la cabeza a los pies, una y otra vez? ¿Deslizarías tu mejilla por todo mi cuerpo?
Sólo pensar en ello hizo que la respiración de la joven se entrecortase.
—¿Te gustaría? —susurró Hinata.
—Sí —afirmó en voz baja—. Todas las mañanas, cuando te veo acariciando al gato durante tanto tiempo, pienso cómo sería que me tocases del mismo modo.
Un trueno salvaje retumbó tras los postigos abiertos y el viento se levantó trayendo consigo aroma de lluvia, tierra húmeda y flores recién abiertas.
Hinata no se percató de la tormenta que se estaba formando en el exterior de la fortaleza. El fuego azul de los ojos de Naruto y la profunda sensualidad de su voz, la consumían centrando toda su atención. La amara o no, lo cierto es que la deseaba con una intensidad que la dejaba sin aliento.
Quizás él pudiera, aunque fuera sólo por un momento, olvidarse de tierras e hijos; quizás ella pudiera ayudarle a olvidarse de todo logrando que sucumbiera a la pasión que los unía.
—¿Ronronearías si te acariciara? —susurró trémula.
—Nunca lo he hecho hasta ahora, pero contigo creo que lo haría.
Las manos de Naruto se deslizaron de las caderas de Hinata hacia su espalda. Cogió el borde del paño y comenzó a bajarlo, acariciando al mismo tiempo el frágil torso femenino.
—¿Y tú? —inquirió con voz ronca cuando las generosas curvas de sus senos quedaron expuestas a su feroz mirada—. ¿Ronronearás cuando te haga mía?
Hinata no pudo articular palabra. La expresión en el rostro de su esposo mientras contemplaba sus pechos, como si nunca hubiera visto nada tan bello, le hacía imposible pensar, y mucho menos responder a cualquier pregunta. Respiraba agitadamente y sentía los senos pesados, con los pezones tensos y doloridos, clamando por el contacto de las firmes manos masculinas.
—Eres tan hermosa... —musitó.
De pronto se oyó una rápida sucesión de truenos y un soplo fuerte de viento entró veloz en la habitación, haciendo temblar las llamas de las velas. La joven se estremeció al sentir a la vez frío y calor, y sus pezones se endurecieron aún más.
—¿Tienes frío? —le preguntó Naruto.
—Sí... eh... no. —Emitió un sonido ahogado—. No lo sé. No puedo pensar si me miras de esa forma.
—¿De qué forma?
—Como si estuvieras a punto de devorarme.
La boca de Naruto dibujó una sonrisa sensual que hizo que el vientre de Hinata se contrajera de placer.
—Así es.
—¿Q-qué?
—Quiero probar tu sabor.
Antes de que ella pudiera protestar, Naruto inclinó la cabeza y acarició con la lengua la cumbre de uno de sus pechos con extrema delicadeza.
—Naruto.
Él dejó escapar un sonido que pareció un ronroneo.
—Dulce... con un matiz que no logro definir —susurró contra su pecho.
Sin piedad, trazó el contorno del pezón con su lengua, dibujó círculos a su alrededor, lo atormentó con los dientes y, finalmente, abrió los labios y lo introdujo en su boca, reclamándola, marcándola como suya.
Perdida en un mundo de sensaciones, Hinata tembló de placer y sorpresa sintiendo que un extraño calor se concentraba en sus entrañas para después dispersarse por todo su ser en pequeñas y perturbadoras ráfagas, provocando que emitiera un pequeño gemido desde lo más profundo de su garganta.
El sonido tuvo el mismo efecto en Naruto que un latigazo. Su cuerpo entero se tensó, y la sujetó con más fuerza para aumentar la presión que su boca ejercía en el pecho de Hinata. Las caricias pasaron de la suavidad a una salvaje intensidad al tiempo que la joven se retorcía contra él. Un grito entrecortado y la presión de los dedos de Hinata en los sólidos antebrazos de Naruto no hicieron sino aumentar el fuego de la pasión que rápidamente destruía el autocontrol del normando.
Despacio, soltó el pecho cautivo sólo lo suficiente para trazar con la lengua un camino hasta atrapar su otro pezón. Con una impaciencia que apenas podía controlar, acarició la espalda desnuda descendiendo hasta la cintura y deslizando su mano bajo el paño.
Ignorando el estremecimiento de la joven, hizo que abriera más las piernas y dibujó con su largo dedo la línea de su columna hasta la hendidura de su trasero, acariciándola y saboreando el calor que desprendía la delicada y sensible piel de Hinata. Consciente del peligro, Naruto se quedó inmóvil un segundo tratando de recomponer su autocontrol; después se retiró de la dulce tentación, rodeó las caderas femeninas con sus poderosas manos apretándolas con suavidad, y levantó la cabeza.
Sabía que debía detenerse, limitarse a disfrutar de los pequeños estremecimientos de placer que recorrían el cuerpo de Hinata. Sin embargo, cuando ella se apretó contra su amplio pecho pidiéndole más, Naruto acarició su esbelta espalda de nuevo, el grueso paño cayó al suelo y las puntas de sus dedos volvieron a recorrer la oscura hendidura que formaban los firmes montículos del trasero femenino. Siguió bajando despacio, arrancando un gemido entrecortado de la garganta de la joven y provocando un pequeño forcejeo. Sin piedad, los largos dedos de Naruto se abrieron paso en la oscuridad, descubrieron, acariciaron y por fin hallaron la suave calidez de la feminidad de Hinata.
El aire frío de la habitación contrastaba vivamente con el calor que inundaba el vientre de la joven y las ardientes sensaciones que hacían que la sangre martillease con fuerza en sus venas. Temiendo que sus temblorosas rodillas cedieran, tuvo que aferrarse a los brazos de su esposo mientras la habitación parecía dar vueltas a su alrededor.
—Dios mío —musitó Hinata—. ¿Qué me estás haciendo?
—Descubriendo tus secretos —susurró en su oído, sin dejar de atormentar los sedosos y hasta entonces ocultos pliegues. Casi al instante, fue recompensado por la respiración jadeante de Hinata y una humedad que nada tenía que ver con el baño que se acababa de dar.
—Apenas me puedo sostener —confesó ella.
—Agárrate a mí.
—Ya... lo estoy... haciendo —consiguió decir con voz entrecortada.
Naruto sonrió a pesar de la dolorosa erección que palpitaba violentamente dentro de sus calzones.
—Si —dijo—. Puedo sentirlo.
Hinata se dio cuenta demasiado tarde de que sus dedos estaban profundamente hundidos en los musculosos brazos de su esposo.
—Lo siento. No quería hacerte daño.
La risa de Naruto, grave y masculina, hizo que un escalofrío de placer recorriera la espina dorsal de Hinata.
—¿Daño? —repitió él—. No. Me gusta sentir que no tienes control sobre tu deseo. No temas probar tu fuerza contra mí, pequeña.
Su mano subió en una ardiente caricia desde la cadera al hueco de su frágil garganta y, después, sin dejar de mirarla a los ojos, las puntas de sus dedos iniciaron un sendero descendente recorriendo el valle que formaban sus turgentes senos, se demoraron un instante en el ombligo y siguieron deslizándose hasta llegar al suave vello oscuro que protegía la húmeda suavidad que había tentado por el otro lado.
—Déjame darte placer —susurró Naruto, explorando los sensibles tejidos en lo que fue una caricia de fuego que lo llevó hasta la suave abertura femenina que conducía al interior de Hinata. Despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, intentó penetrarla con un dedo de forma suave e insistente, pero ella estaba demasiado tensa y se retiró por miedo a hacerle daño.
—Ábrete para mí —musitó con voz quebrada.
Antes de que la mente de Hinata pudiera razonar la petición de Naruto, sus piernas se separaron permitiéndole mayor intimidad. Satisfecho por la respuesta de la joven, su esposo la recompensó con una cálida y atrevida caricia que hizo que su cuerpo vibrara recorrido por escalofríos de placer.
Justo en aquel instante, Hinata supo que había deseado aquello desde su noche de bodas, cuando había sentido por primera vez la áspera y cálida mano de Naruto deslizándose bajo su vestido.
—Ábrete más —le pidió él con voz ronca, colocando un muslo entre sus piernas—. Confía en mí, pequeña, no te haré daño.
Ella obedeció exponiéndose por completo a él. Pero al sentir la lenta e inexorable penetración del dedo de Naruto, intentó cerrar las piernas, sólo para descubrir que el muslo de su esposo se lo impedía. Sorprendida, abrió los ojos de par en par.
Naruto la estaba observando con un brillo de fuego azul en los ojos.
—No debería hacer esto —admitió con voz áspera.
—¿Qué? —susurró Hinata.
—Esto.
Naruto introdujo un poco más el dedo en su interior y presionó con el pulgar el tenso y aterciopelado centro del placer de Hinata, provocando que ella temblara violentamente y que sus labios dejaran escapar un trémulo grito.
—Tan prieta. Tan estrecha... —susurró Naruto, roto su control— y sin embargo, puedo sentir el aroma que desprende tu pasión.
—Es sólo... mi jabón.
—No, pequeña. Es el olor de tu deseo.
Hinata abrió la boca pero no pudo articular palabra. Él la estaba torturando de nuevo y no podía respirar a causa de las oleadas de placer que se expandían por todo su cuerpo, dejándola exhausta.
—Naruto..., no puedo...
Sin pronunciar palabra, él la levantó y la sentó sobre una mesa cercana, cuya fría y pulida madera le ofreció otro tipo de caricia. Sin darle tiempo a pensar, y con el rostro tenso por el deseo, manipuló sus propias ropas para dejar libre su grueso miembro.
—Rodea mi cintura con tus piernas —le ordenó con voz ronca, urgente, mientras la guiaba—. Bien, pequeña. Ahora, acércate. Más cerca, Hinata. Más... sí, un poco más...
La joven tomó aire bruscamente y sus dedos se hundieron en los fuertes antebrazos de su esposo cuando sintió que algo ancho, suave y sólido exploraba los delicados tejidos de su feminidad.
—¿Naruto?
Él se estremeció con fuerza, empujó suavemente y, al instante, sintió la cálida humedad de su respuesta. No podía esperar más. Debía hacerla suya, hundirse en su ardiente y estrecho interior en aquel mismo instante.
—Agárrate a mí con fuerza, pequeña. Estoy demasiado excitado para ser suave contigo.
Inmersos como estaban en su pasión, apenas reaccionaron cuando fueron interrumpidos por un grito estridente.
—¡Vete al diablo, escudero! —se oyó a Sakura desde el pasillo—. ¡Si deseo hablar con mi señora, lo haré!... La puerta se abrió y los cortinajes fueron apartados a un lado con brusquedad, dando paso a la doncella.
—El cocinero desea saber si... ¡Oh!
Aunque el amplio manto de Naruto impedía la visión de Sakura, las circunstancias no dejaban lugar a dudas sobre qué había interrumpido. La expresión de horror en el rostro de la doncella le habría parecido divertida a Naruto si, en ese mismo momento, no hubiera estado dispuesto a estrangularla.
—Disculpadme. Milord, milady —farfulló la mujer al tiempo que retrocedía apresuradamente.
Él empezó a maldecir en turco cuando. Hinata intentó zafarse de su abrazo. Al principio, no se lo permitió. Pero, luego, con un último juramento, la soltó.
—Es mejor así —rugió Naruto furioso—. No tenía intención de llegar tan lejos antes de saber si estás embarazada.
El violento estallido de un trueno sacudió el castillo y sus últimos ecos quedaron ahogados por la torrencial lluvia.
Afortunadamente, esa misma lluvia también ahogó las palabras que Hinata dirigió a su esposo mientras éste abandonaba la estancia. Aunque cada palabra había sido escogida con cuidado, ninguna de ellas era adecuada para los labios de una dama.
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Continuará...
