Odiaba cuando las reuniones se extendían más de lo necesario, sobre todo, cuando quienes compartían la misma con él pretendían venderle a sus hijas. Pensaba que con alejarse del mundo en que sus padres le habían criado era suficiente, y al parecer no. Las costumbres arraigadas en altas esferas eran de antaño por una fuerte razón.
No podía recordar en qué momento de la noche la vio, pero no fue una ilusión. La amiguita de Blanca cruzaba el vestíbulo del hotel en dónde había cenado con prisa y la cara completamente desencajada. También recordó a la madre de ésta, hablando por móvil con cara de pocos amigos. Esa mujer siempre tenía esa expresión pero esa noche, el brillo de su exuberancia se vio opacado.
Bien, no era de su incumbencia.
Pronto el caso que llevaba con Blanca Jols se terminaría. La mujer no tenía abogado y se presentó al último encuentro sin uno. Acto que lo lleno de fastidio por el resto del día. Odiaba ante todo, perder el tiempo. Una cosa era tener del otro lado de la mesa un pobre arriesgado intentando defender lo indefendible, y otra era que estuviese solo ella con esa cara tan…bueno, era una mujer hermosa, pero cualquier imbécil que pensase con la cabeza en vez de lo con el pene sabría que era muy mala idea enrollarse con alguien así de rastrero y promiscuo.
No es que tuviese nada contra esa parte de su reputación; era sabido que Blanca era juzgada a puertas cerradas, pero que nadie se lo hacia saber de lleno por que si había algo que la elite en la que nació y creció no podía permitirse era ser directos y sinceros. Las cuchilladas siempre por la espalda y con guantes, por favor.
Dobló en la siguiente intersección con naturalidad. Su automóvil era una extensión suya.
En pocos días tendría la siguiente reunión, esperaba que tuviese la decencia de llevar un abogado.
El móvil sonó e intuyó que no debía contestar, pero lo hizo. El manos libres era fácil de manejar desde que tenía conexión directa al manubrio.
— ¿Si?
— ¡Ey, hermanito!
Maldijo y colgó.
Evidentemente una nueva llamada entró a los segundos. Si había algo que le crispaba los nervios de sobremanera era escuchar a su hermano en estéreo.
— ¿Qué quieres? — contestó malhumorado.
El reloj marcaba las once y media.
— ¿Y ahora qué pasó que estás mas agrio de lo común?
— ¿Llamaste para quejarte de mi estado de ánimo? —
— No, pero siempre es bueno tener…—
Cortó. Su hermano mayor era un inconsciente y era innato en él.
Volvieron a llamar.
Gruñó y con impaciencia lo dejó sonar. Una pitada, dos, tres. No llegó a la cuarta por que colgaron.
Bien. Eso era bueno.
Tal vez así…
El móvil volvió a sonar.
— ¿Qué…diablos…?
— Siempre es bueno tener algo con lo cual romper el hielo— completó la frase Sirius. Podía verlo reírse de la facilidad con la cual lo sacaba—, pero antes de que optes por cortarme, de nuevo, te digo: pronto será tu cumpleaños.
— ¿Y?— Regulus no le daba importancia. Es más, ya hacía cinco años que no se acordaba en concreto de uno. O estaba de viaje, o preparando sus casos, o estudiando, atendiendo su carrera. Además, los cumpleaños no tenían nada de especial, era un día más en el calendario.
— ¿Cómo qué y? Es obvio que festejaremos.
— Me suena a manada— contestó tajante.
— Con los chicos estábamos pensando…
— ¿Chicos? — ¿Sirius estaba borracho y no se hubo dado cuenta?
— ¡Saluden! — le oyó reclamar. Solo uno lo hizo, y por el tono era Potter.
— ¿No creen que están lo suficientemente viejos para llamarse a si mismos chicos? — señaló mientras tomaba por el camino que le llevaría directo su casa.
— Estaba pensando de ir a comer algo e irnos por ahí— continuó Sirius sin darle importancia al comentario—, pero me entró una duda ¿eres vegetariano?
— No—
— Genial, por que otra de las posibilidades es hacer una parrillada. Claro que tendría que ser en lo de Remus por que esta medio roto, no hace mucho regresó del hospital.
— ¿Me estás queriendo decir que quieres hacer una fiesta en lo de un amigo convaleciente?
— Él no se opone.
Silencio.
— Mira, no quiero nada. Tu regalo será dejarme tranquilo, justo ese día tengo asuntos que atender fuera de la ciudad. Además, no veo la necesidad de festejar nada, y menos contigo ¿ahora de qué te las das?
— Supongo que me guardas rencor por no haberte llamado en esas fechas años anteriores, pero disculpa si creía que eras un maldito dominado. Sabes que no me manejo bien con esas cosas.
Sirius tampoco se llevó una buena tajada de los Black. Cuando eran chicos, los cumpleaños de ambos eran un calvario. En si, no se hacían para festejarlos, no, se utilizaban como excusa para hacer cenas y bailes a los cuales no estaban invitados. Debían pasar toda la noche encerrados en un cuarto de juegos que su madre había mandado a hacer en cuanto Sirius fue concebido y ella se dio por enterada, y que le sirvió durante años para depositarlo a él y a su hermano con una nana.
Para lo único que los cumpleañeros bajaban a la fiesta era para el pastel, y siquiera podían comerlo allí. Una vez apagadas las velas debían regresar sin quejarse.
Regulus había acatado las ordenes al pie del cañón. Sirius era trigo de otro costal. Los Black creían en el castigo físico como herramienta educativa y correctiva, y eso lo decía todo.
— Está bien, tal vez tengas razón— espetó Sirius, rompiendo la línea de pensamiento, el alivio no se instaló del todo, y menos mal—, entonces haré una reserva y cenaremos.
— Creo que no estás entendiendo.
La comunicación se cortó.
Esta vez fue Sirius quién la dio por terminada.
El muy maldito aprendía rápido.
.
.
Se sentía absolutamente fatigada, abrió los ojos lentamente y tardó en acostumbrarse a ese verde agua horrendo de las paredes. Dormir en un colchón tan poco cómodo era la mejor manera para comenzar un día pero para ser sinceros, él día tampoco lucía tan prometedor. Fuera, se escuchaba la lluvia. La misma que se largó cuando salió de cenar con su madre. La misma que le acompañó hasta ese motel de mala muerte.
Se giró en la cama y suspiró.
La vida era un asco.
En menos de 72 horas todo se fue al diablo. Su esposo la engañaba, su mejor amiga la engañaba, buscó ayuda en los brazos de su madre solo para encontrar una mujer hecha de concreto que le advirtió, mas que aconsejar, que regresase a su casa y que dejase que todo pasara, que era su deber, y que en cierta medida, aquello había sido su culpa. Seguramente había descuidado a David.
Su padre no se pronunció, y no atendió ninguna de sus llamadas luego de la conversación con su madre. No podía hablar con su hermana, no debía darle el disgustos por el embarazo.
David la encontró horas después del enfrentamiento, sentada en la cama que compartían, mientras continuaba anonadada. Él actuaba tan meticulosamente como si lo que dijese estuviese escrito en un guión.
Por tanto no había podido explicarle el porqué de la aventura con Blanca, mucho menos justificarse con nada. Tampoco parecía muy convencido de haber hecho algo malo. Lo cual la sacaba mucho más. Lo poco que decía parecía más un "consuelo" para ella que una justificación razonable.
Él se hubo ido, para darle espacio. Regresaría más tarde, otorgándole tiempo para que se tranquilizara, que razonara.
¡Por qué claro, era ella la que estaba mal! ¿No?
¡¿No?!
— Maldito hijo de perra— se tapó la boca inmediatamente luego de decirlo.
¡Lo odiaba!
¡Y tenía derecho a hacerlo!
No era como todos a su alrededor querían hacerle creer. ¡La habían estafado en su confianza! ¡En su amor! ¡En todo!
Su madre había sido tan clara que la piel aún le ardía. Ella debía regresar con David, era su obligación apoyarlo en un momento tan crucial como el ascenso. La aventura no significaba nada. Era su deber como esposa. Además estaba la fiesta, de la cual su hermana no podía hacerse cargo por que continuaba en reposo absoluto.
Se le hizo un nudo en la garganta y comenzó a llorar.
Ella también importaba.
¿Por qué querían convencerla de lo contrario? No estaba de adorno. Amaba a David y el verlo casi desnudo saliendo del baño de Blanca le había sacado el aliento hasta el punto de no poder pasar un mínimo de aire. Por ello se había sentado torpemente en la cama e hiperventilado los segundos suficientes como para que Blanca saliese en paños menores.
¿Cómo fue tan ciega de no verlo?
La tortura mental hubiese continuado si el móvil no hubiese sonado. La noche anterior no se había visto en la necesidad de apagarlo, las pastillas para dormir hubieron hecho efecto muy rápido, lo cual agradeció.
Con pereza estiró el brazo hasta sentir la suave superficie del aparato.
Diez llamadas perdidas de David, una de su madre y…¿de quién era ese número? Terminaba en ochenta y nueve. No conocía a nadie con esa digitación.
Se asustó al ver que el aparato empezó a sonar.
El número desconocido volvió a aparecer. ¿Sería David llamándola desde otro teléfono? No, él odiaba esos aparatos, ni de broma gastaría ni un centavo en ellos de no ser necesario.
Bien.
Atendió.
— ¿Si?
— ¿Lizbeth? — hubo una pausa— ¿Lizbeth, estás bien?
Era el primero en preguntarlo después de todo. El único al que parecía interesarle. La angustia subió desde lo profundo del pecho y empezó a llorar con tal fuerza que pensó que se ahogaría.
Quería explicarle, deseaba tanto decirle, pero no podía hablar.
— Liz, cielo ¿en dónde estás? Iré a buscarte.
Tuvo que aclara su garganta cuatro veces antes de poder responder un entendible.
— No puedes venir…desde…—
— Hermosa, estoy en Londres. Dime en dónde estás— insistió.
Stephen no era un hombre de muchas palabras y menos de mostrar cariño en publico. Sus padres habían sido muy directos al respecto: siquiera las mujeres podían demostrar sus sentimientos, era una cuestión de integridad, y de no ventilar los trapos al sol. Y si bien Stephen se había ido de casa renunciando a todo, evidentemente en su psiquis continuaba habiendo resabios de ese tipo de educación. Pero de su familia, era el único que le trataba con cariño abierto sin importar la situación, y eso era mucho decir.
— ¿Cómo es...— hipo— que…regre…saste?
— Te lo explicaré luego. Hace días qué intento contactarme. Me preocupe. Llamé a nuestra hermana pero no quiso decirme nada, ya sabes como es de asquerosa. Se parece a madre.
Hizo una pausa.
— Vamos, dime, estaré ahí en menos de lo que esperas.
Lizbeth intentó recordar el camino hasta allí, pero no podía. Con desesperación buscó alguna tarjeta o indicio alrededor, encontrando un folleto sobre la otra mesa de luz.
Como pudo lo leyó.
Su hermano prometió llegar lo antes posible, le recomendó que se bañara para relajarse aunque fuese un rato.
Le hizo caso. Stephen siempre tenía razón, incluso cuando no la tenía.
El agua limpió en gran medida la pesadez, pero obviamente no podía limpiarla internamente. Cuan sucia se sentía.
¿Porqué era tan imbécil?
Era su culpa. Si, su madre estaba en lo cierto. De haber sido más despierta hubiera acabado con el romance de su esposo antes de que comenzara. Se habría alejado de Blanca…
Un escalofrío la recorrió en sentido contrario al agua que caía sobre ella.
Abrió los ojos abruptamente.
— El bebé— masculló sin aliento.
.
.
La esperó en la puerta de entrada hasta que terminara de saludar al último grupo de mamás que se cruzó. Ella legó a su lado en menos de diez pasos.
— Bien, podemos irnos— dijo al ponerse a la par. Se dirigieron sin prisas al estacionamiento y una vez dentro del automóvil continuaron en silencio hasta pasados unos cuantos kilómetros, la niebla era intensa a pesar de la hora— La maestra esta entusiasmada con Harry.
Alguno de los dos debía romper el hielo, y dado que Lily no tenía tanta paciencia como James para estos menesteres, decidió ser ella.
— Mmmm—
— A mejorado en deportes— aunque eso lo sabía. James estuvo a su lado cuando lo comunicaron.
Lily lo miró y le dieron ganas de golpearlo.
¿Con que esas traía? Bien.
— ¿El viernes podrías quedarte con Harry? Saldré con Bill— fue leve, pero el automóvil hizo un pequeño zigzag antes de volver a su curso— ¿Qué diablos ha sido eso?
— ¿Qué cosa? — preguntó haciéndose el desentendido.
— Pretendes que no me haya dado cuenta que…¡eso!— reclamó señalando al frente.
— No sé de qué hablas— el tono taciturno y desgarbado la sacó.
— Para—
— ¿Qué?
— ¡Qué pares!
— Estamos en medio de la nada, no podemos.
— Allí hay una zona de espera— señaló enérgica cuando se distinguió la misma a unos metros.
— No voy a…
— ¡Ahora! — Lily no era de gritar. Tenía cierto apego a mostrar efusividad si, pero no cuando estaba enojada. En esas ocasiones prefería soltar oraciones hirientes y pegar el portazo.
Por tanto, James se detuvo a la vera del camino, sin despegar la vista del parabrisas.
— Pensé que podríamos hablar—
— No necesitamos frenar para eso— ella lo miró con cara de muy malos amigos. Se lo pensó antes de soltar lo siguiente, pero era lo que creía, y eso le ganaba a su instinto de supervivencia— Si es para obligarme a darte un si por lo del viernes, no tienes que hacer escándalo. Sal con quien se te dé la gana, cuidaré de nuestro hijo.
Silencio.
Lily abrió la puerta de su lado y salió, no sin antes dejar atrás el retumbe de un portazo. James amaba su automóvil y lo había hecho a adrede.
Quería matarlo y ese paraje perdido en medio de una zona ligeramente boscosa sería perfecto. El problema era la coartada. Todo el mundo los vio salir de la escuela, juntos.
— ¿Qué demonios te ocurre?! — lo oyó exclamar mientras salía también.
Se giró, abrupta.
— ¿A mi? — se acercó rápidamente pero con tal carga negativa a su alrededor que por un segundo él tuvo miedo— ¿A mi? — repitió— ¿Tienes aire en la cabeza? ¿Desde cuando hiciste una regresión y actúas como un adolescente?
— ¿Qué?
— Dilo de una vez, James. No va a matarte: te molesta que salga con alguien— lo encaró con toda la valentía que podía caber en una situación así.— No sé las razones, jamás he dado muestras de ser una mujer incompetente o insensata ¿te asusta que encuentre un mal hombre sin darme cuenta y eso dañe a Harry?
— ¡No me molesta!— le supo a mentira, a ambos— Simplemente…
— ¿No lo hace?— reclamó ella, irónica— ¿Pretendes que te crea?
— No pretendo nada— hizo una pausa y se paso una mano por la cabeza. La humedad hacía estragos y la sentía más desordenada y áspera de lo habitual.
— ¿Crees que si no lo admites serás más hombre? ¡James! ¡No eres así! ¡Dime la verdad!
Se mantuvo en silencio por lo que fueron siglos, para los dos. Lily solo podía sentir decepción, pensaba que con James habían entablado una relación amistosa, basada en el respeto y la confianza. Pero si ante un hecho tan importante él no se permitía ser sincero con ella, todo lo demás era prácticamente absurdo.
— Llévame a casa— ordenó al pasar junto a él y meterse en el automóvil. No quería verlo, simplemente no podía.
Ofuscado hizo lo mismo, pero algo lo detuvo antes que las llaves hiciesen contacto. Tal vez fue por que dentro de ese espacio reducido las cosas no estaban tan dispersas como a la intemperie. Tal vez se debía a que el aroma de ella era más palpable, así como también el enojo.
Estaba agitada. Molesta y agitada.
Quería decirle que no lo odiase, pero sentía que de hacerlo se vería patético. Y en el manojo de sinsentido en el cual se convirtió no podía permitírselo.
— Pensé que confiabas en mi— soltó ella, cortando sus pensamientos.
No lo veía. Su mano continuaba aferrada al apoyabrazos, cerca de la perilla que abría la puerta. No había cambiado de posición.
— No es eso— respondió, quedamente.
La vio armarse de valor. La vio respirar profundamente antes de mirarle directamente a los ojos.
— ¿Entonces?
Fue fácil atraerla hacía él, aún no se hubo puesto el cinturón de seguridad. El primer contacto fue torpe y le recordó a su primer beso, con aquella niña de ojos grandes que era hija de una familia amiga. En ese entonces no sabía que hacer, simplemente la besó por que se antojaba y las ganas se habían vuelto insoportables, así como la curiosidad. Pero en su presente, no había de lo segundo. Solo tenía ganas de besarla.
Ella no se alejó y no se atrevió a abrir los ojos para averiguar por qué, se limitó a profundizar el beso mientras que con la otra mano la atrajo más hacia si.
No era una postura cómoda, la verdad, pero ¿importaba?
El tacto de Lily comenzaba a quemarlo por dónde tocaba y definitivamente él también tenía el mismo efecto por que sentía como los vellos de ella se erizaban a su paso.
Lejos de menguar la frustración, aumentó. Ahora había otros problemas. Problemas más urgentes, y por los movimientos de ella, el pensamiento era mutuo.
Aunque mas que pensamiento, era instinto. Puro y crudo. De ese que te sofoca y domina al punto de no importarte nada.
Un ahora llevado a cabo.
Continuará
¡Aún es miércoles! Jajaja Por lo menos acá en Argentina.
¡Todavía sirve, todavía sirve!
Por poco y no llego. En fin, la vida pasa y acá les dejo un nuevo capitulo. Espero les guste.
¡Me voy a responder reviews!
¡Mil gracias por todo el apoyo!
Y ya saben, cualquier consulta, o grito, están a un review de distancia.
Nos vemos la semana entrante ;).
Mención especial para: Florfleur, ARJ - VG, daniginny , FandHPyYugi13, JacKyuLand, Mily Weasley, Cami caceres, Milacaceres11039
Grisel
