Castiel entró en el bar visiblemente enfadado. Había aguantado mucho en los últimos días, que rápidamente se habían convertido en meses. Sabía que Dean lo estaba pasando mal y le había permitido lo que no permitiría a cualquier otro ser humano, simplemente porque le quería, porque estaba enamorado del cazador.
El bar estaba lleno, como cualquier otra noche de sábado, mujeres bastante atractivas, pero que desde luego no eran el tipo de Castiel, estaban en la barra, esperando alguna víctima a la que asaltar, algún hombre al que poder llevarse con ellas, para sacarles el dinero y engatusarlos durante todo el tiempo que pudieran. También había hombres, que como si depredadores fueran, miraban a todas las mujeres, decidieron cual intentarían ligarse aquella noche.
Desde luego no había nada interesante para Castiel. No se había fijado en el rostro de ninguna de esas personas, ni en las mujeres que lo observaban de arriba abajo, ni las que le hacían alguna seña, ni mucho menos en los hombres que no veían como un contrincante para la caza de la noche.
Escuchó voces a su alrededor, pero ninguna de las conversaciones que sucedían junto a él, todas banales, sin fundamento, sin interés alguno para el ángel, que tenía otras cosas en la cabeza.
Entonces lo vio, apoyado en la barra del bar, casi en la esquina más alejada de la puerta, como si tratara de ocultarse de alguien. Dean hablaba con una chica, que no parecía muy interesada en su conversación y que más bien intentaba conseguir una copa más.
Dean estaba de espaldas, por lo que pudo ver a Castiel acercándose a él. El ángel esperó antes de llamar su atención, quería ver como estaba, cual era su estado después de los últimos días. Desgraciadamente para Castiel, era mucho peor de lo que esperaba.
El cazador estaba ebrio, bastante más de lo que lo había visto nunca, incluso le costaba mantenerse en pie, para lo cual se sostenía contra la barra. La mano del ángel contra su hombro le hizo volverse y a punto estuvo de perder definitivamente el equilibrio, pero Castiel evitó la caída a tiempo.
El ángel lo miró a los ojos en completo silencio, esperando a que Dean centrara su mirada en él por fin. Tenía los ojos vidriosos y por más que lo intentaba no conseguía estar quieto, con los dos pies clavados en el suelo.
"¿Qué estás haciendo?" Preguntó por fin Castiel.
"¿Es que no puede uno beber tranquilo? No hace falta que estés siempre detrás de mi, no soy un crío."
"Eso es algo que empiezo a dudar. Vamos, volvamos al hotel."
Castiel cogió del brazo a Dean, pero el muchacho se liberó todo lo rápido que pudo, pese a que sus reflejos no eran lo mayor ventaja en ese momento. Protestó en voz alta, pero no dijo nada que fuera comprensible.
"Si no eres un crío deja de comportarte como tal."
Volvió a tirar de él, pero Dean no quería moverse. Cuando Castiel volvió a mirarle a los ojos, el ángel vio algo que hasta ese momento, nunca había percibido en la mirada del cazador, tanto dolor, tanta desesperación, incluso creyó ver algo que le heló la sangre; Dean deseaba morir.
"Déjame en paz, Cass, no supiste proteger a mi hermano, dejaste que se suicidara y ahora pretendes salvarme a mi. Lo siento, pero ya no confío en ti, no confío en que puedas ayudarme."
Castiel no dijo nada durante un momento, pues no había mucho que pudiera decir ante tal acusación. Conocía el dolor de Dean, tanto lo poco que le había contado, como todo lo que guardaba en su interior desde hacía meses, la pena, la tristeza, el vacío de Sam que él jamás podría llenar. Pero no iba a permitir que Dean tirara por la borda toda su vida, podía ayudarle, podía hacerlo, siempre y cuando el cazador se dejara.
"Así que vamos, Cass, porque no te largas un rato y me esperas en la habitación, volveré en unas cuantas horas."
Dean sonrió, pero su gesto poco tenía que ver con la sonrisa pícara que había cautivado a Castiel en un primer momento o con la imagen fuerte y decidida del cazador que quería salvar el mundo. Su mirada estaba completamente vacía, si Castiel miraba dentro, tan sólo encontraba la nada más absoluta.
"¿Por qué no nos dejas tranquilos? Tu amigo no quiere irse contigo." La chica que estaba con Dean, rodeó los hombros del muchacho y apoyó la cabeza sobre uno de los hombros del cazador. "Ni que fuera tu novio. Lo siento, está conmigo." Sonrió y le guiñó un ojo al ángel.
Castiel apretó los puños, deseaba matarla, acabar con ella allí misma, una simple humana hablándole como si fuera superior a él, como si supiera con quien se estaba enfrentando. Se trataba de un ángel del señor, una criatura divina, miles de años más vieja que esa niña humana.
"Dean."
"Vamos Cass, has vivido una eternidad sin mi, seguro que puedes pasar unas cuantas horas lejos de mi." Dean volvió a sonreír y se giró hacia su acompañante, le dio un besó el la boca y se dio la vuelta rodeando la cintura de ella. "Nos vemos más tarde."
Castiel no pudo más, había aguantado tanto. Por respeto a Dean, por el cariño y el amor que sentía por él, le había permitido hundirse hasta extremos en los que el ángel jamás habría creído posibles. Pero ya tenía bastante.
Dio una zancada hasta Dean, tiró de él y lo separó de la chica que lo acompañaba. La escuchó protestar, pero no le importó. Vio que varios hombres le rodaban, dispuestos a sacarlo del bar, pero tampoco le importaba. Podía sin problemas con todos ellos y haría lo que fuera necesario para sacar a Dean de allí.
"Eh, amigo." Dijo uno de los hombres, que abultaba el doble que Castiel. "¿Por qué no te calmas y le dejas tranquilo."
"¿Por qué no te metes tu en tus asuntos antes de que desate mi irá contra ti?"
Los cinco hombres que le habían rodeado rieron al mismo tiempo, mientras que Castiel sujetó a Dean con fuerza impidiendo que fuera a ninguna parte. Los miró a todos y esperó, si eran tipos listos se detendrían, el instinto humano hacía que las personas se alejaran de los ángeles. Por eso todos ellos, dieron un paso atrás.
"Cass déjame en paz, te lo digo en serio."
El cazador forcejeó con él, sentía su cuerpo ardiendo, desesperado por separarse de alguien que creía que le había fallado, que le había traicionado incluso por haber salvado a su hermano. Quería gritar, llorar y desahogarse de una vez por todas; protestar y tenía ganas de vomitar; las piernas le flaqueaban desde que Sam se había ido, en ocasiones sentía que el corazón dejaba de latirle y podía asegurar que el aire no entraba en sus pulmones. Había decidido dejarlo todo, morir si era necesario y hacer que la agonía dejara su cuerpo de una vez por todas.
"Eres un hombre más inteligente que todo esto." Le susurró Castiel al oído, esperando que por un momento, Dean recuperara la cordura. "No lo hagas más difícil, porque sabes que voy a sacarte de aquí."
"Eres un maldito testarudo Cass."
"Lo se."
Tal y como había supuesto, Castiel vio que todos los hombres iban retrocediendo, mientras él, sosteniendo con fuerza a Dean, lo iba sacando poco a poco del bar. No se detuvo, no prestó atención a ninguna de las conversaciones y murmullos que se oían a su alrededor, tan sólo quería salir de allí. Una vez fuera y justo antes de que nadie les siguiera, Castiel se desvaneció, llevándose consigo a Dean.
- o -
"No tenías ningún derecho a hacer algo así."
Dean se retiró de Castiel de forma tambaleante. Comenzó a caminar, no quería quedarse quieto, aunque la habitación diera vueltas en su cabeza.
"¿Querías que te dejara ahí tirado? ¿Crees que es lo que…"
"No se te ocurra nombrar a Sam. No ahora." Dean caminó, a duras penas hacia el ángel.
"Sam tomó su decisión, ya hemos hablado de esto muchas veces. Si, se sacrificó, pero no sólo lo hizo por toda la humanidad, lo hizo por ti. Sam te quiere, posiblemente mucho más que yo."
"¿Y por eso me abandonó? Más bien lo veo como un cobarde, que no se atrevió a luchar contra su destino. Sam es un maldito cobarde que me dejó tirado por no hacerme daño y por sufrir."
Las ganas de vomitar eran cada vez más grandes, pero deseaba tanto decir todo lo que había guardado en su interior durante los últimos dos meses. se trataba de un veneno que le estaba matando, pero que no le permitía morir. Un dolor que no producía ningún daño físico, pero que destrozaba su corazón.
"Sam me abandonó y tu todavía le defiendes."
"No le defiendo, sólo comprendo lo que ha hecho."
Castiel dio un paso adelante, pero Dean lo detuvo con un gesto.
"¿Lo comprendes? ¿Lo dices en serio? ¿Habrías hecho tu lo mismo, te habrías sacrificado? No, tu eres como mi hermano, tu eres un luchador, no un maldito cobarde como él. a lo mejor lo que quería evitar Sam era hacerme elegir entre vosotros. Pues mira que bien, lo ha conseguido, porque ahora ya no lo tengo a él y no te puedo mirar a la cara a ti por no salvar a mi hermano. Si, Sam lo hizo muy bien, me jodió el resto de mi vida. ¡Bien por él!"
Castiel no estaba seguro si era el alcohol el que hablaba o aquellas palabras provenían realmente de Dean. No lo preguntó, no lo quería saber, no estaba dispuesto a conocer una parte de su joven amante que podía ser tan oscura como el mismísimo infierno.
Tan sólo se acercó a él, muy lentamente, pese a que el cazador trataba de evitarlo retrocediendo, hasta dar con la espalda en la pared. No tenía a donde ir, no tenía escapatoria si quería evitar que el ángel llegara hasta él.
"Quiero estar sólo, merezco estar solo porque estoy maldito. Nunca debería haber salido del infierno. Maldición Cass, porque lo hiciste, porque no me dejaste allí, para el resto de la eternidad. Al fin y al cabo no hubiera tardado mucho en convertirme en todo un demonio."
La espalda de Dean se deslizó lentamente hasta el suelo y se acurrucó abrazando sus propias rodillas. Le dolía la cabeza, pero era peor el dolor de corazón y el de su alma, pues esos, ninguna medicina podría curarlos.
"Dean…"
"No me vengas ahora con el royo paternal por favor." Fue tan agonizante la petición de Dean, que Castiel no pudo responder. Tan sólo se arrodilló frente a él y frotó las piernas del cazador, como si quisiera ayudarle a entrar en calor. "¿Puede uno sentirse muerto cuando todavía está vivo? ¿Podrías comprobar si todavía funciona mi corazón?"
Los dos sonrieron un momento; un instante más tarde, Castiel colocó su mano sobre el pecho de Dean y escuchó el fuerte y acelerado latido de su corazón. Se acercó a él y besó sus labios con ternura, como si temiera hacerle daño.
"Sigues vivo y yo no voy a dejar que te mueras."
"¿Realmente queda algo por lo que merezca la pena vivir?" Castiel rodeó el cuerpo del cazador con ambos brazos.
"No se si a estas alturas y después de lo que ha pasado, significará algo para ti, pero todavía me tienes a mi." Dean gimió dolorido. "Y aunque sigas pensando que tu hermano te traicionó, te sigue queriendo."
"Pero no está conmigo." Dean dejó escapar las palabras en un gemido agónico, mientras dejaba caer su cuerpo sobre Castiel. "No está conmigo."
Castiel no contestó, no había palabras que pudieran hacer sentir mejor a Dean, nada de lo que pudiera decir le traería de vuelta a uno de los amores de su vida, a una de las dos únicas razones de su existencia.
"Volverás a ser feliz." Castiel quiso decirlo en voz alta, pero no era el momento. Ya habría tiempo de recuperar al Dean que tanto quería, al cazador por el que había traicionado a sus hermanos, al hombre por lo que en ocasiones lograba sentirse humano.
