CAPÍTULO 20


Hola! Sé que los he tenido abandonados ultimante! Disculpas, disculpas! He estado en diez mil líos! Pero me estoy esforzando en traerles al menos un capítulo cada semana! La buena noticia, ya pronto viene mi spring break y durante esa semana seguramente acabaremos el fic!

He recibido todas sus reacciones, muy interesantes todos sus comentarios.

Muchas gracias por seguir la historia y por su paciencia.

Gracias por leer y comentar, un abrazo!


—Es inevitable Archie— Respondió Albert, luego se dirigió a todos en la sala —Pero eso no tiene por qué retrasarlos a ustedes, viajen mañana como lo teníamos planeado, Gisell y yo viajaremos en una semana—

—Yo los esperaré y viajaré con ustedes— Dijo Candy decidida.

—Está bien— Concedió Albert.

—Pero no quiero ver esas caras de desánimo— Se levantó Gisell de su silla —Esto no cambiará en nada nuestros planes, inclusive podría ser muy útil para todos, Patty y Annie podrían adelantar algunos de los preparativos para la fiesta, y yo compraré aquí algunas cosas que había descartado por falta de tiempo… Ya verán, nuestra fiesta de Halloween será la sensación—

Todos sonrieron contagiados con el infantil entusiasmo de Gisell y disfrutaron de lo que quedaba de su reunión entre murmullos y excitación por sus vacaciones.

Al día siguiente y obedeciendo lo acordado, los matrimonios Cornwell emprendieron su viaje a Escocia. Candy antes de poder decidir se vio envuelta entre las docenas de compras con Gisell para los preparativos de su tan anunciada fiesta de Halloween.

—Este te vendrá perfecto, Candy— Saltó Gisell emocionada, llevando hasta donde Candy se encontraba un libro con ilustraciones

—¿Qué es?— Preguntó Candy enfurruñada.

Gisell le dedicó una mirada de impaciencia —Es, obviamente, una típica princesa de un clan escoses—

—¿Y por qué tú si puedes ir de bruja y yo no puedo llevar algo espeluznante?—

—Porque tú, sencillamente, no eres espeluznante, yo si—

—Gigi, haz tú el de princesa y yo seré la bruja— Demandó Candy devolviéndole el libro.

—Claro que no… ¿A quién quieres engañar? No hay brujas rubias— Le dijo Gisell con severidad.

—Me pondré una peluca—

—Yo elegí primero ser bruja…— Hizo Gisell un puchero.

—Ahhh… Está bien, tomaré el de la bendita princesa— Cedió Candy con un exagerado suspiro.

Gisell sonrió ampliamente y las dos se dirigieron a la irritada modista, quien recibió sus instrucciones para la confección de los cuatro disfraces de las damas Andley y Cornwell.


—¿Co- - Cómo estás?— Balbuceó Terry sorprendido al teléfono.

—Perfectamente Terry, ¿Tú?—

—Bien, bien— Siguió nervioso —Que sorpresa—

—Lo sé… Sabes que no te guardo ningún rencor ¿Verdad?—

—Lo sé Nikté— Terry suspiró —Pero te hice mucho daño…—

—Los dos lo hicimos, pero es asunto del pasado…— La línea telefónica se llenó de silencio unos instantes —Supe de la película que piensas dirigir…—

—Es sólo un proyecto— Le dijo Terry con timidez.

—Y lo llevarás a cabo Terry, estoy segura— Nikté se aclaró la garganta —Leí que quieres grabar en México—

—Así es, pero aún no he incluido las locaciones en el diseño—

—Es por eso que te estoy llamando, mi hacienda está a tu disposición ¿Recuerdas que te hablé de ella?—

—Claro que si— Respondió Terry al instante —¿La qué está ubicada en Querétaro, verdad?—

—Esa misma— Contestó Nikté sonriendo al escuchar la particular pronunciación de Terry.

—Sé que te estás burlando de mi— Bromeó Terry.

—Jamás haría tal cosa— Le dijo Nikté muy seria.

—¿Estás en New York?—

—No, estoy en Londres, ya sabes, de gira con la exposición—

—Comprendo— Terry suspiró —Ha sido realmente bueno escucharte—

—Lo mismo digo Terry. Cuídate… Y ya sabes, puedes contar con la hacienda, con mi colaboración… Y mi amistad—

—Lo sé, tú también con la mía Nikté—

Y así terminaron aquella conversación después de varios años sin haber intercambiado ni una sola palabra. Los dos supieron que las heridas habían sanado y que por alguna bendita razón su amistad había sobrevivido a sus malas decisiones.


Los días transcurrieron rápidamente y aunque Candy quiso adelantar otras tantas cosas en la clínica, el tiempo no estuvo de su parte, al final una semana entera había transcurrido y muy temprano tuvo a Gisell emocionada con el viaje, tocando a su puerta.

Gisell lloró al despedirse del pequeño Arthur, quien apenas si besó a su madre antes de salir corriendo y unirse de nuevo a Bennedit, Louis y Kate en el jardín, para seguir corriendo como locos bajo la mirada atenta de la tía abuela.

El viaje hasta New York estuvo tranquilo y particularmente frío para ser la primera semana de octubre, pero claro, eso no disminuyó en nada la emoción de Gisell, quien terminó por contagiar a Candy y a Albert, y ellos mismos ya no veían la hora de llegar, sino bien para empezar a disfrutar de sus vacaciones, para terminar con la excitación de Gisell. Abordaron el barco muy temprano, decidiendo desayunar allí mismo, el esplendor del trasatlántico dejó a Candy sin aliento, si bien su glamuroso primer viaje a Inglaterra la había deslumbrado, este barco la había dejado sin habla. La madera obscura de los pisos brillaba tanto que la reflejaba casi con total precisión, y los ribetes dorados de las molduras cercanas al techo le daban la sensación de estar dentro de un enorme pastel de bodas. Candy sonrió, tenía hambre.

A pesar de sus negativas, Candy al final debió compartir el enorme camarote de los esposos Andley. Aunque con habitaciones distintas, Candy seguía sintiendo su presencia demasiado invasiva, pero al final era reconfortante tener con quien hablar antes de quedarse dormida. Gisell se encargó de que los días a bordo fueran divertidos y vertiginosos, durante el desayuno de su séptimo día en el barco, Gisell le dijo que era posible que Logan fuera un par de días a la casa de verano en Escocia, Candy sonrió alegre ante la posibilidad de verlo de nuevo, pero nerviosa por su reacción.

—Todo estará bien— La tranquilizó Gisell —Él mismo me lo ha dicho, puedes estar completamente segura de ello. No lo hubiera invitado si no fuera así—

Candy sonrió aliviada.

Gisell y Albert ciertamente ya habían empezado a disfrutar de su segunda luna de miel, sonreían constantemente y se les veía más enamorados que nunca. Sin embargo, la que fuera la última noche del viaje, se mostraron especialmente silenciosos, al final Candy se rindió.

—¿Qué sucede?— Les reclamó.

—Nada— Le respondió Albert sin mirarla a la cara.

Gisell se mostró evasiva atarragándose su mouse de limón.

—Gigi ¿Qué pasa? Tú nunca estás callada ¿Hay algo de lo que deba preocuparme?—

—Claro que no Candy— Se apresuró Gisell limpiándose los labios con la elegante servilleta de lino —Sólo estamos… Cansados, anoche Albert y yo tuvimos una gran noche, tú me entiendes…—

Albert giró su cabeza con brusquedad, absolutamente enrojecido, y haciéndole un nada disimulado gesto de contrariedad abandonó la mesa sin decir nada. Candy también enrojeció y decidió terminar con sus preguntas.


Desembarcaron en Southampton una mañana helada, tomaron el té en una colorida tiendita repostera y luego subieron al tren rumbo a Escocia.

—¿Sabías que la celebración del Halloween nació aquí, en Escocia? — Le preguntó Gisell con la cara aún clavada en su diario.

Candy no alcanzaba a comprender como se las ingeniaba para leer y mantener el contenido de su estómago en su lugar, dadas las continuas sacudidas del vagón en el que viajaban hasta Livingston.

—¿Y cómo es eso Sra. Andley?— Intervino Albert—Resulta que provengo de una antigua familia escocesa y no tengo la menor idea al respecto—

Gisell le sonrió maliciosamente a su esposo —Eso, Sr. Andley, es porque soy muy lista y lo sé todo— Albert la atrajo hacia sí y la beso con ternura en la frente.

—Gigi, cuéntanos la historia— Pidió Candy.

—Pues bien— Inició Gisell —Para no hacer demasiado largo el cuento… No es mi deseo aburrirlos… Les diré que el Halloween es una celebración heredada de los antiguos ritos agrícolas celtas, que luego fueron mitificados y puestos sobre los hombros de las hermosas pelirrojas de ojos verdes a quienes todos consideraban brujas— Candy sonrió —Y ahora Candy, debes saber…— Gisell le dedicó una mirada especulativa a Albert, Candy la miraba expectante —Que hemos invitado a Terry a la celebración—

El tren se detuvo mientras el escandaloso pitido que anunciaba la llegada a la estación Livingston los ensordecía y dejaba a Candy aturdida, sino bien por el ruido, debido la reciente noticia que hacía temblar dramáticamente sus rodillas.

Descendieron del tren en silencio, Albert miraba con reprobación a su esposa y Candy aún parecía un tanto aturdida, llevaba su discreta valija blanca agarrada con sus dos manos y la golpeaba con los muslos cada vez que daba un paso adelante. Se detuvieron frente a un pequeño y elegante café y unos segundos después George arribó en un enorme coche negro completamente cubierto.

—Hace un frío del demonio— Dijo Gisell dentro del automóvil, desesperada por toda la tensión que el silencio de Candy confería. Nadie respondió.

—¿Quién lo invitó?— Preguntó Candy finalmente.

—He sido yo— Respondió Albert al instante, mirando por la ventana con expresión seria.

—¿Por qué me has invitado a mí?— Continuó Candy.

—Eres mi hermana, esta es una celebración familiar y dijiste que no tenías planes—

—¿Por qué lo has invitado a él?—

—Venía en el barco con nosotros, ahora está en la casa de su padre junto al lago… Sabes que Terry es mi amigo, y no lo veo desde hace más de dos años— Susurró Albert ciertamente incómodo con aquella conversación —¿Quieres que le pida que no asista?—

—Por supuesto que no— Se apresuró Candy —Es tu amigo, es tu casa y es tu fiesta, además ya ha pasado mucho tiempo, supongo que no ha de ser muy complicado estar en el mismo salón que él—

—Fue mi idea— Dijo Gisell vacilante.

—Lo supuse— Espetó Candy —¿Por qué lo has hecho?—

—Bueno, estamos celebrando fantasmas y esas cosas, es hora de que te encuentres con un viejo fantasma— Respondió Gisell mirándola fijamente a los ojos.

—No hay ningún fantasma y no hay ningún problema, Terry no es más que un viejo amigo— Suspiró Candy orquestando una sonrisa —Por eso estuvieron tan silenciosos anoche ¿Verdad?—

Albert siguió con la mirada clavada en la ventana. Gisell decidió responder —Así es… Nos lo encontramos por casualidad en el bar…—

—¿Él sabe que estaré en Escocia con ustedes?—

—Sí, lo sabe— Le respondió Gisell con los ojos muy abiertos.

—¿Y supo que yo iba en el barco también?—

—Si—

Candy tragó nerviosa y ¿enojada?, aparentemente ni siquiera se había interesado en saludarla, pues bien, a ella tampoco le interesaba en absoluto siquiera decirle hola.


El trayecto en el coche tardó poco más de cuarenta minutos, casi todos ellos en incomodo silencio. Una vez fuera del auto el implacable frío escoses le dio la bienvenida, dándole la sensación de mayor suavidad a su piel e impregnándole las fosas nasales de un delicioso olor a hierba que lo inundaba todo en los alrededores. La mansión aunque más rustica y muchísimo más pequeña que Lakewood, resultaba de alguna manera más imponente. Tal vez fuera porque estaba hecha en ladrillo rojo y cedro obscuro, parecía un gigante gruñón, pero uno seguramente cálido y amable.

Antes de que alcanzaran el enorme portón de madera tallado con diseños celtas, Annie y Patty salieron apresuradas a recibirlos, tras ellas, Stear y Archie.

Habían preparado una enorme cena como bienvenida y ya todos tenían decenas de historias que contar sobre su primera semana en Escocia, acerca de todas las cosas divertidas que habían hecho y los cientos de planes que tenían para seguir pasándolo en grande. Los Cornwell habían olvidado por completo su timidez, y continuamente se hacían arrumacos entre sí. Definitivamente todos estaban de luna de miel, se lamentó Candy una vez más, sintiéndose celosa de su felicidad por primera vez.

Escocia seguía siendo el lugar más divertido en el mundo, pensó Candy sonriente durante su cuarto día en la mansión de Livingston. La noche anterior las cuatro damas se habían escabullido y habían probado el enorme artilugio japonés que Albert había adquirido luego de la guerra como parte de pago de uno de sus antiguos socios. Era una enorme tinaja hecha de acero y recubierta en el interior por bambú y pintada con barniz, lo que hacía al interior liso y suave, el enorme recipiente estaba suspendido sobre cuatro postes de hierro dispuestos horizontalmente y bajo ellos docenas de leños ardientes calentaban el agua en la tinaja, que estaba llena de hojas de naranjo y té gris. El olor que se desprendía era sencillamente maravilloso, y la sensación calientita del agua rodeándolas en medio de la fría noche escocesa, no era nada menos que delirante.

Al salir se vistieron aún mojadas con gruesos abrigos de piel y se marcharon entre risas y sonrojadas por el calor.

Luego en su habitación, recostada en su cama, Candy no pudo por más tiempo evitar preguntarse, por qué demonios Terry aún no había ido a visitar a Albert. Estaba segura de que no se habían visto, ya se lo había preguntado a Gisell descaradamente, y ésta sabiamente había decidido no hacer ningún comentario al respecto, pues si bien le había dicho días atrás en Chicago que no era espeluznante, su gesto al preguntarle por Terry había sido francamente aterrador.

Era jueves, había transcurrido casi una semana desde que había llegado a Escocia y aún no había visto a Terry, frunció el ceño y se abofeteó mentalmente, en qué diantres estaba pensando. Se concentraría en lo importante: la bendita fiesta de Halloween. Había tenido que soportar a Gisell por más de un mes con sus preparativos, y estaba dispuesta a disfrutar de la fiesta hasta que su cuerpo no resistiera una sola copa, baile o pasabocas más, punto final. Annie y Patty habían invitado a los vecinos cercanos y al final más de un centenar de personas habían confirmado su asistencia, la fiesta sería una sensación, lo había decidido así.

La mañana del viernes resultó llena de bruma y lluvia. El clima ciertamente no ayudaba a mejorar su estado de ánimo, sin embargo, apreciar las indómitas tierras altas era siempre un placer. Terry aún no había ido a visitar a Albert, Candy supuso que la lluvia no facilitaba las cosas, o tal vez simplemente estuviera evitándola. Esa misma tarde, después de que la lluvia al fin cediera salió a caminar. Caminó casi una hora sin rumbo aparente, el aire fresco y limpio era revitalizante y la exuberancia del paisaje la hipnotizaba. Una fría brisa la estremeció de repente, alzó la vista y se topó con el cristalino lago junto al que en alguna de sus orillas alguna vez le hubieran dado su primer beso.

Sonrió y luego sintió como las lágrimas amenazaban en las comisuras de sus ojos, sacudió la cabeza y se negó a pensar en el pasado. Aspiró profundamente y abrió por completo los brazos disfrutando de la purificante sensación de libertad que trae consigo el campo. Al abrir los ojos de nuevo vio como un jinete se detenía al otro lado de uno de los pequeños brazos del lago, moviendo las bridas con algo de apremió y acomodándose justo frente a ella. El hermoso caballo blanco agachó la cabeza y bebió del lago.

—Dios santo… ¡Es Teodora!— Exclamó Candy con voz apretada y bajita. Y sobre ella, también de blanco, Terry parecía mirarla, sin embargo su expresión era ilegible. El viento agitaba los obscuros mechones de Terry sobre su frente y Candy se estremeció cuando el frio erizó su piel. Dio un par de pasos atrás vacilante pero sin dejar de mirarlo. Él espoleó a Teodora y se marchó galopando enérgicamente de allí.


El corazón de Terry latía frenéticamente, maldijo en voz baja mientras galopaba rápido como si el demonio mismo lo persiguiera. Se había acercado demasiado a la mansión Andley aquella mañana. Había acudido al lago que separaba su casa de la de Albert, todos los días desde su llegada a Escocia, escondido entre los arboles la había visto un par de veces, la primera vez jugando a las cartas con su familia en medio del campo, y la segunda vez disfrutando de un picnic, había deseado olvidarlo todo y rogarles que le permitieran unírseles. Comer al aire libre siempre le traía recuerdos que le enternecían el corazón y le provocaban un gran dolor. Pero se resistió y volvió a encerrarse en su mansión.

El jueves parecía que ninguno se animaría a salir, evidentemente eran más inteligentes que él al evitar mojarse por la helada lluvia escocesa, pero él quería verla de nuevo. Todo habría sido más sencillo si hubiera sido menos cobarde y hubiera tenido más sentido común, y sencillamente hubiera aceptado las múltiples invitaciones de Albert a almorzar, cenar, merendar, e inclusive a desayunar. Pero estaba aterrado de cuál podría ser su reacción al tenerla cerca, y aún peor, cómo reaccionaría ella.

Así que sin valor aún, la mañana del viernes, esta vez si después de que la lluvia cediera, salió de nuevo sobre Teodora y se dirigió al lago. En cuanto llego se quedó petrificado mientras su yegua seguía caminando por voluntad propia dispuesta a calmar su sed. Candy estaba justo al otro lado del lago, hermosa como siempre, envuelta en un abrigo azul, con los brazos abiertos y con el cabello rubio cayéndole por todos lados. Demonios, aquel día definitivamente aceptaría la invitación de Albert a almorzar.


El corazón de Candy no paraba de latir desbocado, aún no conseguía desprender sus pies de la orilla del lago, todo parecía haberse enlentecido y silenciado, entonces parpadeó rápidamente un par de veces y reflexionó los acontecimientos inmediatamente anteriores. Había visto a Terry. Después de algo más de seis años sin verlo ni una sola vez, lo había visto de nuevo. Súbitamente cayó en la cuenta de que ahora él llevaba el cabello corto, lucía algo distinto, pero no podría especificar de qué manera, sólo sabía que se veía diferente.

Despacio caminó hacía la casa aún perdida en sus pensamientos. Rodeó la mansión y siguió caminando, luego se sentó en una vieja silleta que colgaba de un árbol y comprendió que aún lo amaba, pero también fue consciente de la rabia que aún no lograba explicarse por qué, se arremolinaba en su interior al pensar en él.

Varias horas después regresó a la casa, George le abrió la puerta y le recibió el abrigo que tenía el dobladillo completamente enlodado, subió a su habitación y tomando varias pincillas de carey se recogió el cabello. Luego bajó hasta el comedor, donde George le indicó que todos se disponían a almorzar. Vio a Albert a la cabeza de la mesa, -quien le sonrió tímidamente y le señaló la silla al lado de la de Annie y a la derecha de Gisell, quien estaba sentada frente a Albert-, para que tomara asiento. Candy no había desprendido los ojos de Albert, algo no andaba bien, el silencio de todos se lo indicaba. Despacio y buscando respuesta en los ojos de Albert tomo asiento, carraspeó suavemente, descansando sus dos manos sobre la mesa y desplazando su mirada hasta su humeante crema de espinacas, levantó la ojos y el color abandonó su rostro.

—Señorita Andley ¿Cómo se encuentra?— Le preguntó Terry que estaba sentado justo frente a ella a la izquierda de Gisell.

Candy se mantuvo en silencio unos instantes, luego miró de reojo a Gisell quien apretaba sus labios uno contra otro marcando una delgada y tensionada línea.

—Divinamente, Señor Grandchester, es muy amable en preguntar— Le contestó omitiendo adrede la gentileza de devolverle el saludo.

Terry le sonrió perverso, luego miró a Albert a la cara, y ellos parecieron comunicarse de alguna manera secreta que irritó a Candy. Es mi hermano, se supone que sólo debería comunicarse conmigo y ser mi aliado. Refunfuñó Candy en silencio, mientras se permitía observar a Terry con descaro, escondida tras un rostro ceñudo y serio, y padeciendo un corazón que latía frenéticamente haciendo que sus manos temblaran.

Si, se había cortado el cabello, lo llevaba casi tan corto como Albert, pero sus mechones sedosos se dirigían en todas direcciones, dándole un delicioso aspecto desordenado lleno de castaña rebeldía. Lucía más maduro, su cuerpo era distinto, de alguna manera era más grande, su rostro lucía más anguloso y las redondeces juveniles de sus mejillas se habían atenuado, sus ojos eran más intensos y a pesar de que estaba claramente afeitado tenía muchísima, pero muchísima más barba que la última vez que lo había visto. Sin embargo, sus labios seguían iguales, rosados y provocativos, delineados de aquella manera tan perfecta y con aquella línea tan aristocrática entre su nariz y su labio superior. Llevaba una camisa beige descuidadamente remangada sobre sus codos, dejando expuestos sus fuertes y elegantes antebrazos, un delgado cordón apenas si sostenía unida la abertura superior de la camisa y con torpeza ocultaba el vello en su pecho. Candy respiraba con dificultad, extasiada y enojada.

—¿Podemos empezar, Albert?— Le preguntó con brusquedad.

—Por supuesto— Le respondió Albert con voz firme y mirándola con algo de severidad —Por favor, adelante— Los invitó a todos.

Y entonces Candy atacó furiosamente su crema de espinacas. Comió frenéticamente cada plato que le fue servido y decidió repetir el postre. Terry seguía irritándola con sus miradas risueñas y desbordando encanto en sus conversaciones en la mesa. Maldita sea, hasta Archie a quién nunca le había caído completamente bien, está embelesado con su plática. Quería marcharse y dejar la mesa, pero no lo haría, no señor, se iría él primero, esa era su casa. Repentinamente, Gisell la sacó de su sangrienta pelea interna, invitándolos a todos a pasar a la salita de té. Candy maldijo bajito y Terry la escuchó, y con un arrogante movimiento elevó una de sus presumidas cejas y negó varias veces con la cabeza, luego se levantó y le señaló la salida con el brazo, invitándola a abandonar el comedor antes que él. Ella elevó su cabeza con tanta arrogancia como pudo y salió siguiendo a Gisell.

—Hubieran tenido la amabilidad de advertirme que él iba a estar aquí hoy— Le dijo al oído a Gisell.

—Te lo hubiera dicho si yo misma hubiera sabido, Albert le ha extendido varias invitaciones desde que llegamos, pero claramente no vino a ninguna, cómo iba a saber que se decidiría a venir justamente hoy— Se defendió Gisell.

Todos entraron en la sala de té, y en cuánto la mucama hubo descargado la bandeja, un ensordecedor trueno los sobresaltó a todos y trajo consigo de manera súbita un torrencial aguacero.

—¿Poker, caballeros?— Les preguntó Terry sonriente —Esta tormenta no acabará pronto, me temo que tendré que abusar de su hospitalidad y pasar aquí la tarde entera—

Candy ahogó un gemido, ella tampoco podría salir entonces, y si abandonaba muy pronto el salón sería demasiado evidente, tendría que estar allí por lo menos veinte minutos más, y entonces Gisell se puso en pie nuevamente y con toda la desfachatez que la caracterizaba le dijo a Terry:

—Nosotras también jugamos—

—Yo no, voy a descansar— Dijo Candy rápidamente.

—Claro que no, seremos ocho, jugaremos una mano doble de corazones, ya sabes que no podremos si falta un jugador— Declaró Gisell.

Candy le dedicó una mirada furiosa y se sentó junto a Gisell en la mesa de juegos, luego, y con total descaro Terry se levantó y le cedió su silla a Patty, evitando que esta tomara la silla que estaba justo frente a Candy, fue allí por supuesto, donde él decidió tomar asiento.

—Hagámoslo más interesante ¿Qué tal una apuesta?— Los retó Terry.

Todos sonrieron, excepto Candy que puso sus ojos en blanco.

Albert sonrió —Ya sé que quieres apostar, la pregunta es… ¿Cuál es tu prenda?—

Terry le devolvió la sonrisa —El viejo avión de mi padre… Te perdiste la diversión que tuvimos hace unos años aquí mismo en Escocia— Susurró mirando a Candy a los ojos —Y sé que quieres probarlo. Si yo pierdo, te lo doy… Si tú pierdes, me das esa extraña cosa—

—¿Y sí ninguno de los dos gana?— Preguntó Albert.

—Lo daremos por olvidado—

—¿Qué cosa quiere el señor Grandchester?— Preguntó Candy con prepotencia dirigiendose a Albert.

—El señor Grandchester está aquí— Le dijo Terry antes de que Albert pudiera hablar —Y quiero la enorme tina que mantiene el agua caliente en el exterior—

—¡No!— Exclamó Candy furiosa.

—¿Por qué no?— La provocó él.

—Porque no— Le dijo ella tartamudeando —Todos nos divertimos mucho con esa… cosa—

—Puede venir a mi casa a usarla cuando desee— Le dijo Terry inclinando el cuerpo en su dirección.

Annie gimió escandalizada a pesar de que los demás habían ignorado la descarada carga erótica de la invitación. Los ojos de Candy brillaron furiosos, Terry la observó deleitándose en su irresistible rostro, estaba más hermosa que nunca, sus ojos ya no lucían como los de una niña, eran almendrados y salvajes, sus labios más voluptuosos y tentadores y su pecho subía y bajaba agitado por la rabia recompensándolo con la insinuación de sus senos bajo el recatado escote de su vestido celeste que adornaba su piel seduciéndolo con apremio.

—Pues entonces, entro en la apuesta a favor de Albert— Le dijo Candy abruptamente, sacándolo de su deliciosa contemplación.

—Yo voy a favor de Terry— Escucharon todos sorprendidos la emocionada voz de Stear.

Candy lo miró indignada —Yo voy con Albert— Dijo entonces Archie, Candy le sonrió y le dedicó una significativa mirada a Annie.

—Yo voy con Albert— Se apresuró Annie temerosa.

Todos los ojos se posaron en Patty —Yo… Yo, voy con Stear—

Gisell sonrió encantada —Que emocionante se pone esto ¡Yo por supuesto voy con Terry!—

Candy dejó caer su mandíbula con crispada indignación. Albert se rio atrayendo las miradas de todos —Traidora— Le dijo a su mujer, quien le sonrió con picardía.

—Que empiece el juego entonces— Los invitó Terry tomando las barajas y repartiendo las cartas.

CONTINUARÁ…