La historia de Lithos.

Castillo de Ampaliak, Imperio de los leones. Varios años antes.

-Lithos…-la anciana llamo a la niña, quien inmediatamente dejo el piano para acudir ante su abuela.- Ven pequeña, tu padre llegara pronto.-La niña de cabellera corta verde fue tras su abuela materna. Una de las grandes señoras feudales de la región. Su padre, era un simple capitán que poseía una sencilla granja… Pero su abuela, era la matriarca de la zona. Su padre, solo esperaba que su hija se convirtiera en una dama.

A pesar que le doliera tenerle apartada de él, Lithos, no debería meterse en las artes de la guerra. Era una niña, y ella sabía que eso provocaba tristeza en su padre. Todos los otros soldados, de la región, tenían un hijo que le seguiría los pasos… Pero él, el gran capitán, tenía una hija mujer. Un ser delicado que debía de ser protegido.

Había algo que su padre ignoraba, eso era que Lithos de ser delicado solo tenía la apariencia. A escondidas huía al bosque y comenzaba a entrenar. Su abuela había descubierto eso, pero decidió guardar el secreto. Ella, se sentía orgullosa de ver cada día a su nieta mejorar. Cada día, Lithos se volvía más diestra con las espadas. Principalmente con las espadas dobles, hasta incluso le parecía que su nieta bailara cuando ejecuta cada diestro movimiento.

-Abuela… ¿Qué son estas cartas?-la chica observo unas cartas, que habían sido colocadas en posición de abanico. Observo, que estaban pintadas de un color rosa oscuro y tenían un loto de color blanco con sus respectivas cuatro hojas debajo.

-Se llaman cartas del destino, puedes tomar solo una.-informo la anciana, quien había colocado las cartas en ese lugar a propósito.- toma la que te llame la atención… Míralas bien. Una es diferente, solo tus ojos notaran cual es…-la chiquilla de 14 años miro atentamente cada hoja, cada flor, cada fondo. Una era distinta ante sus ojos… Paso varios minutos, mirando las tarjetas. Hasta que noto una pequeña diferencia en una de las flores de loto. El sector sombreado del centro, parecía de menor envergadura. Miro atentamente a las otras, a pesar que se notara una parte. De cada flor, era claro, que esa era distinta. Con cuidado la tomo.

-Esta es distinta…-informo la joven, mientras se la tendía a su abuela. Aun sin darle vuelta.

-Da la vuelta, Lithos.-la anciana sonrió, mientras recogía las otras cartas. La chica así lo hizo, abrió los ojos por la sorpresa. La imagen era de una joven; sus ropas parecían militares, pero estaban desgarradas y rotas; tenía el cabello largo, cayendo en cascada por sus hombros; en una mano llevaba una espada y en la otra un escudo; tenía un casco que tapaba su rostro, pero se notaba que era una mujer. Lo que más llamo la atención de la chica, fue la bestia que yacía presa bajo las plantas de la guerrera. La punta de la atravesaba el cuello del animal, al pie de la tarjeta rezaban unas palabras que la chica no entendía.

-¿Qué dice?-pregunto, mientras le tendía la tarjeta a su abuela.

-La guerrera del destino. –Informo la anciana- tu destino, es ser guerrera…

-Mi destino… -la chica bajo la mirada.- Es ser una cortesana.

-No porque tu padre lo diga-la anciana sonrió, mientras colocaba las restantes tarjetas en una caja.- sé que sabes pelear, sé que tu deseo no es ser una cortesana… -La chica bajo la mirada- no sientas vergüenza de lo que eres-le miro con reproche- eres una leonina, una mujer que debe saber pelear… No porque ellos, digan que las mujeres debemos ser protegidas. Debemos serlo. Las mujeres, protegemos a los hijos… Protegemos todo, lo que ellos no pueden cuando están ausentes.

-Abuela…

-Lithos, no es coincidencia, que te tocara esa carta-la anciana sonrió- a mí me toco esta- Le mostro una carta. En esta estaba representaba: una joven que vestía un largo vestido blanco; una corona de laureles; bajo un brazo (el derecho) un cuerno de la abundancia y en la mano izquierda llevaba una hoz; a sus pies, varios niños extendían su mano atrapando lo que parecían un montón de granos. Debajo, estaba escritas varias palabras en la misma extraña lengua- La matriarca de la fortuna.

-¿Cuándo obtuviste esta carta?-pregunto la niña, mientras miraba los trazos claramente artesanales.

-En un viaje, que hice a tu misma edad, al Reino de Luz.-la anciana sonrió- ahí quien fue la reina, me obsequio estas cartas… Me puso las cartas frente a mí, me dijo que escogiera una… Pero que prestara atención, que una era distinto… Y vi que esta carta lo era…

-¿Qué significa?-la chica miro atentamente su carta.

-Eso, lo tendrás que averiguar… La carta, solo muestra tu posible destino-la anciana sonrió- ve a distraerte, tu padre llegara para la hora de la cena… O eso me han dicho los mensajeros.-la joven asintió y se retiró a sus aposentos.

Establos.

Luego de esconder la carta, en uno de sus tantos libros, la chica salió de sus aposentos. Para luego ir por uno de los tantos caballos que poseía su abuela. Tomo a su yegua predilecta, su yegua. Su abuela le había llevado a Reino del Sur, cuando cumplió los diez años. Solamente, para poder ir en busca de un corcel digno de ella.

Tempestad, así se llamaba la yegua color blanco. Le puso ese nombre, porque el día que llegaron a Reino del Sur, esa región estaba bajo una gran tormenta. Había visto a la potranca, en ese entonces, correr velozmente bajo la tormenta. Pudo distinguir su blanco pelaje entre las cortinas de intensa lluvia. Al hombro, la joven Lithos, llevaba un carcaj lleno de flechas y una espada. Hasta el momento, solo había usado el arco para matar animales que luego eran guisados.


Llevaba puesto un vestido de tela, pero aun así, muy fino y de textura sumamente suave. El corcel, tenía una silla para dama. De esas que solamente, las mujeres de alta alcurnia tenían acceso. Había algo extraño en el bosque, nunca antes había sido tan silencioso. Había aprendido a cazar sola, a interpretar el canto de las aves… Esas melodías, en realidad eran mensajes… Cada trinado, quería decir algo distinto y ella había pasado horas escuchándoles. Por las dudas, alisto el arco, algo no andaba bien.

Regreso, luego de una fallida partida de caza, cuando el sol comenzaba a caer. Llevaba varias horas cabalgando y ahora tendría que volver. Su padre llegaría cuando el sol cayera y tendría que estar en el castillo antes que eso sucediera. Se detuvo en el límite del bosque, observando el inmenso prado que rodeaba el castillo de su familia paterna… Familia que solo quedaba compuesta por su abuela y su padre. De este lugar, salía una fila de soldados, todos ellos a caballo… Quienes llevaban estandartes azules y morados. La chica, no movió un solo musculo, tampoco insto al corcel a que avanzara… Vio a los jinetes alejarse y tomar el camino que regresaba hacia el pueblo.

Cuando vio al último, desaparecer en la lejanía, cabalgo con velocidad hacia el castillo.

Castillo de Ampaliak

Lo primero que apresarían sus ojos, sería la masacre en el patio central. Los sirvientes, las personas que le habían visto crecer. Estaban muertas, no había ninguna viva, desmonto con agilidad y armo el arco.

-¡ABUELA!-La chica entro corriendo al castillo- ¡ABUELA! ¡ALGUIEN! ¡RESPONDAN!

La joven llego al salón de música, las estanterías estaban revueltas y los cajones y demás desperdigados por el suelo. La chica decidió buscar a su abuela, en el salón de costura… De seguro le hallaría ahí. Aun llevaba el arco listo, de ser necesario dispararía la flecha.

Salón de Costura.

Encontró a su abuela, pero no en las condiciones que esperaba. La pobre anciana, tenía la fatal herida en el pecho. Junto con su cuerpo, estaban el de tres criados y las familias de estos. Era claro, que habían intentado atrincherarse en ese lugar y que había habido un combate… Debieron de ser superados en número…

Lithos callo de rodillas, comenzando a llorar. ¿Por qué se había ido? De haber estado, hubiera sido capaz de salvar la vida de sus seres queridos… De las personas, que poco a poco se volvieron su familia… A pesar de estar siendo presa de una profunda angustia, escucho el ruido de las pisadas acercarse por el pasillo. Aun de rodillas, preparo el arco… Lo había hecho cientos de veces, todas esas veces, con animales… Lobos, linces y hasta con osos… Estarse quieta y esperar el momento preciso para darse vuelta y disparar la flecha.

-Al parecer… nos olvidamos de alguien…-escucho como se desenvainaba la espada. Lithos se dio vuelta veloz y soltó la flecha. Flecha que salió disparada con un silbido y atravesó el cuello del hombre.

-Perros…-gruño la chica, para luego quitar la flecha del agonizante hombre y comenzar a revisar el castillo. Con su corta espada, corto una parte de su falda. Dejándola a la altura de sus rodillas.- si están aquí… no dejare a ninguno en pie…-la chica puso la flecha empapada de sangre en posición.

En total, nueve hombres murieron en el castillo de Ampaliak. Todos ellos, fueron atravesados por las flechas de Lithos. Una vez, terminada su labor, salió al patio… Donde recordó al pueblo y la granja de su padre… Corrió hacia la sala de armas del castillo, tomo un nuevo carcaj lleno de flechas. Dos espadas gemelas, que se sujetó a la cintura y partió presura montada en su veloz Tempestad. Había retirado la silla de dama y había colocado otra común. Para llegar al pueblo, necesitaba hacerlo con rapidez y para eso, tendría que acortar terreno por el bosque. Y la silla de dama, no era la mejor para ese tipo de trayecto.

Pueblo de Ampaliak

La joven entro por una de las puertas laterales, que se hallaban a gran distancia entre sí. La muralla del pueblo, no era muy alta, pero servía para la defensa… Si esta defensa, era preparada con anticipación. La joven desmonto con gracia y preparo su arco, comenzó a caminar con sigilo por las calles… Los gritos de las gentes se oían claramente, sus gritos de terror resonaban en cada esquina y en cada rincón. Lithos no tardo en cruzarse con un grupo de soldados… Estos eran cuatro y salían de una casucha del pueblo. Sus ropas y espadas estaban impregnadas por la sangre de sus víctimas. La chica levanto el arco y lo apunto hacia uno de estos. Estaban a una distancia de 50 metros, imposible fallar.

-Miren esto…-soltó uno divertido- una damita… nos amenaza con un arco. –soltó una áspera risa, que a Lithos le pareció sin duda, el peor sonido jamás oído. La flecha surco el aire y se enterró en su garganta. Los otros tres, cortaron sus risas de golpe… Un segundo soldado, callo ante la siguiente flecha. Los otros dos terminaron de entender, que "la damita" sabía muy bien usar ese arco.

-PAGARAS CARO ZORRA…

-Vengan e inténtenlo…-dijo mientras ponía otra flecha en ristre. Soltó la flecha y derribo al que más cerca estaba de ella. Con el siguiente tuvo problemas, tuvo que dejar caer el arco y desenvainó ambas espadas. Fue el primer combate real de Lithos, su oponente era muy fuerte. Pero ella, era mucho más ágil y poseía una excelente defensa que ejecutaba con una de sus dos espadas. La garganta de su oponente se abrió y su rostro quedo bañado con la sangre de este. Lithos, sentía las saladas lagrimas caer de sus ojos… Pero no era momento de caer en la desesperación, envaina ambas espadas y tomo su arco nuevamente.


Mientras vagaba por las calles, tomo en cuenta dos cosas. Sus oponentes, eran soldados y estaban preparados para el combate. Y segundo, seguramente ya habían tenido cientos de batallas. Caminaba con sumo sigilo, vigilando hasta la más pequeña sombra. Si quería ayudar, tendría que atacar a los desprevenidos desde la distancia… Así lo hizo, derriba soldados con sus flechas y acudía a algún lugar, previamente analizado como posible escondite. En caso de no lograr llegar a este, cruzaba espadas con sus rivales. La suerte, le sonrió en cada combate. En todos salió victoriosa, ya muy entrada la noche. Entendió, que esos sujetos, eran los rezagados. Los que se habían quedado a saquear el pueblo. Escondida, detrás de unos barriles, vio partir a los restantes. Quienes hablaban de sus camaradas caídos, pero a pesar de eso. Les dejaron en las calle, para que se pudrieran con la gente del pueblo de Ampaliak.

Lithos estuvo revisando el pueblo hasta el mediodía del día siguiente. No quedaba nadie vivo, era la única persona viva en ese pueblo, ahora poseído por la muerte. Fue por su montura, Tempestad estaba a solo unos metros de donde le había dejado el día anterior.

Repuso las flechas faltantes en su carcaj, con las que tomo de los cuerpos y de los carcajes que cargaban los muertos. Luego de dedicarle una triste mirada, al pueblo donde millares de veces había tránsito por sus alegres calles… Partió hacia los campos de cultivo, con algo de suerte, encontraría a alguien vivo allí.

Camino del bosque.

-¡PAPÁ!-la chica desmonto y se acercó corriendo al cuerpo que yacía en su charco de sangre. La tierra se había teñido de rojo, la comitiva de guerreros que volvían a casa… Había sido atacada, ninguno quedaba con vida. Lithos abrazo el cadáver de su padre y lloro desconsoladamente por horas. Luego, haciendo acopio de su fuerza de voluntad, arrastro el cuerpo de su padre hacia su montura… Como pudo le subió a la grupa de esta y partió hacia el castillo de Ampaliak.

Castillo de Ampaliak.

Lithos, llevo el cadáver de su padre hasta el salón de baile. Al caer el sol, todos los que habían habitado el castillo de Ampaliak, se hallaban ahí cubiertos por sabanas de algodón. Contuvo las lágrimas que quisieron salir, era la única persona viva aparentemente. Era la última leonina de Ampaliak… ERA LA ÚLTIMA.

Los de Ampaliak, eran de otra etnia… Sus cabellos solían ser verdes claro o verde ligeramente oscuro, como lo era el de ella. El resto de los leoninos, tenían el cabello dorado o lo tenían castaño claro. Pero no verde, quienes tenían ese matiz de cabello. Solían ser de Ampaliak o descender de alguien de ahí. Cerro los ojos, tal vez hubiera alguien vivo, pero ya no sería lo mismo… Había reconocido varios rostros, en la masacre del bosque. Eran todos los hombres de Ampaliak, dudaba que faltara alguno… Los que no eran del ejército, seguramente habían muerto en el pueblo o en los campos de sembrado.


Como un fantasma, comenzó a recorrer el castillo, sus pies le guiaron hacia la sala de armas… Cuando sus ojos, volvieron a conectarse con su mente. Se encontraba observando la que, antaño, fue la armadura de su padre… Al casarse con una campesina, su abuelo le había desterrado de la familia y muchas cosas de este habían quedado en el castillo. Una vez muerto su abuelo, su abuela permitió a su padre visitar el castillo. Dado que este se negaba a volver a vivir en ese lugar. Decía que su hogar, era la pequeña granja que con su propio esfuerzo había conseguido.

Sus ojos recorrieron la armadura. Su padre, aparentemente había sido una persona menuda de joven. Sus yemas, acariciaron la fría textura… Al hacerlo, una extraña flama nació en su corazón… Quería hacer justicia, quería vengar la muerte de las personas inocentes de Ampaliak. Corrió hacia su habitación y reviso sus prendas. Un pantalón de algodón, un par de botas de montar y una camisa del mismo material eran suficiente vestimenta. Volvió a la sala de armas y quito la armadura de su soporte… Esta le quedo cómoda, probo moverse con ella. No le fue difícil… Su padre, había sido una persona menuda a los 16 años. Se acercó a uno de los espejos, muchas veces, se preguntó cómo le quedaría la armadura.

Ahora tenía la respuesta…

Bosques del Valle de Ampaliak, cuatro días después.

Seguir el rastro de los causantes de la destrucción de su pueblo, no había sido tan difícil. Ahora llevaba las dos espadas que le habían acompañado en su aventura en el pueblo… En ese desesperado deseo de ayudar a la gente que allí habitaban. Ambas espadas gemelas, pendían de su cintura, junto a estas, había una daga… La daga de su padre. El arco, que había sido obsequio de su abuela, pendía de su hombro junto con el carcaj de completo de flechas.

Llevaba una pequeña alforja, lo completamente indispensable. Dos mudas de ropa, algo de comida, agua, aguja e hilo, algunos preparados medicinales que había hurtado del herbolario del pueblo… Solo en eso, consistía su equipaje. También había otras dos cosas más, que no eran realmente necesarias. Una era la tarjeta que le había salido y lo otro la baraja de las cartas del destino de su abuela.


Se detuvo en un arroyo, su montura necesitaba refrescarse… y ella tomar un aperitivo. Saco una hogaza de pan de queso de su alforja. Racionalizaba lo más posible su comida, mientras devoraba el trozo de pan, noto que no estaba sola. El canto de las aves así lo anunciaban. Decidió actuar con completa normalidad, mientras revisaba las correas de su silla. Llevo disimuladamente una de sus manos a la empuñadura de una de sus espadas. Los soldados, revestidos en armaduras oscuras, no tardaron en hacerse visibles.

-Al parecer, los idiotas mandaron a un niño… Hacer el trabajo de un hombre- soltó uno burlón, mientras desenvainaba su espada… ¿Un niño? Le acababan de confundir con un chico, realmente Lithos, no sabía cómo tomar esas palabras. Por el momento, prefirió que se le tomaran por un muchacho… Antes que supieran que realmente, era una chica.-Tienes un rostro muy lindo-comento sardónico- puede que te hagamos un favor, antes de matarte…-los otros soltaron risas burlescas, completamente ignorantes de que también eran vigilados. Lithos desenvainó sus dos espadas.

-Nos hará frente… que corajudo el muchacho…-dijo uno burlón- veamos… no lo maten, primero debemos interrogarle…-Lithos se apartó un poco de su montura, no le convenía que esta fuera lastimada.

-No obtendrán nada de mis labios-dijo Lithos, teniendo el buen cuidado que su voz no le delatara. Los seis guerreros soltaron risas, para luego lanzarse contra la joven. Quien con avilés movimientos, fue derrotándoles. Kaiser, Aioros y los guerreros que se encontraban observando se quedaron sorprendidos ante la gracia con la que es chiquillo se movía. Le vieron derrotar a los seis rivales, él solo. Sin ayuda de nadie… Luego de derrotado el ultimo rival, Lithos se recargo contra un árbol- ¿Se quedaran ahí o saldrán de una vez por todas?-pregunto, en un tono helado y distante. Ocultar su verdadera voz era ligeramente fácil. Kaiser alentó su montura y atravesó el arroyo, al poco tiempo le siguieron los capitanes y Aioros. Lithos, quien nunca había visto al emperador, ni se inmuto ante la presencia de este.

-Oye, ante el emperador, debes arrodillarte-le gruño uno. Lithos miro atentamente a Kaiser, para luego asumir, que ese hombre de fría mirada verde era el emperador. Y como tal, merecía respeto.

-Disculpe la insolencia, no reconocí al ilustre emperador.

-¿A qué legión perteneces?-pregunto el emperador, con un tono severo en su voz. Aunque en esta no había ningún dejo de reproche.

-No pertenezco a ninguna legión, su alteza. –Lithos se mordió el labio, no era capaz de recordar la legión de su padre. Por lo cual decidió ser sincera, aunque no revelaría que era una chica- Soy del pueblo de Ampaliak, estaba tras los asesinos de mi familia…

-Tomaste la armadura, de tus hermanos mayores…-inquirió uno- y decidiste cometer la estupidez de seguir a sus asesinos…-hizo una mueca- creo que ello se llama estupidez.

-Ahí, le llamamos venganza-la joven le dedico una helada mirada con sus ojos azules- mi familia, estaba compuesta por mi abuela y mi padre… Mi padre murió peleando, mi abuela una anciana indefensa… murió junto a los criados… Personas inocentes, que no habían causado daño a nadie… Si seguir a los asesinos, es estúpido… Bien, me considero gobernante de tales.-gruño, teniendo el buen cuidado, que su voz no le delatase.

-Eres un joven temerario-elogio el emperador- pero bien lo has dicho, es algo estúpido lo que haces…-Lithos se contuvo las ganas de increparle y preguntarle, al gran señor, donde había estado cuando exterminaron a los de su etnia.-si vas tras esos asesinos, eres bienvenido a la primera legión… Nosotros, también vamos tras ellos. Ven.-ordeno, para luego hacer que el caballo se de vuelta y regresar por donde había venido.

-Hola… soy…-comenzó el joven rubio.

-¡Aioros!-el emperador, miro al príncipe- te dije, que te quedaras cerca mío-el chico asintió e indico con la cabeza al "chico" desconocido. Con la clara intención, de justificar su retrasó.

-Lithos.-dijo secamente la joven, manteniendo el mismo tono de su voz, mientras montaba a caballo e iba tras el emperador y los soldados…

Cuatro meses después.

Lithos, llevaba cuatro meses en la primera legión. Que resulto ser la legión, del mismísimo emperador. Siempre evitaba hablar y si podía escapar de sus camaradas, lo hacía sutilmente. Sin dejar en evidencia lo que ella era. El príncipe Aioros, siempre intentaba armar una charla con ella… Pero a pesar de sus cortantes respuestas, este seguían insistiendo. Por momentos, se preguntaba si Aioros había descubierto su secreto. Luego se daba cuenta que no, que el príncipe estaba tan creído como todos los demás que era un chico.

Solo estaba segura de una cosa: el emperador lo sospechaba. Varias veces, se había visto observada por el hombre de fríos ojos verdes. Cuando eso sucedía, evitaba todo lo posible el contacto visual. Jamás se quitaba la armadura y procuraba, cuando lo hacía no estar lo suficientemente cerca de sus camaradas… A pesar de tener en ese entonces 15 años, no podía dejar que sus pares le pillaran. Sabía que el respeto, que se había ganado en las 6 batallas peleadas, desaparecería apenas descubrieran que era una chica.


Se alejó un poco, la gran mayoría de los soldados dormía o estaba comiendo. Se había quitado la armadura y dejado en la carpa que, por suerte, ocupaba ella sola. Estaba cubierta por una capa del ejército, la típica que usaban todos sus pares. En su cintura pendía una de sus dos espadas.

-¿Quién anda ahí?-se detuvo en seco, pero al ser vista el centinela bajo la guardia- crió del demonio, casi me matas del susto.-le gruño el soldado en un tono burlón- regresa al campamento.-le ordeno- No es seguro merodear de noche, alguno puede herirte.-El hombre tenía hijos y se había encariñado un poco con "el" mudo joven... Lithos asintió y así lo comenzó a hacer, se alejo del limite como se le habia ordenado.

-Oye Lithos.- cuatro de sus camaradas se acercaron. La chica, no sabía explicar cómo, sentía el peligro inminente.- ven, quiero hablar contigo.

-Ahora no puedo-dijo en un tono cortante.- nos vemos-se despidió del centinela, que miraba todo con duda. Apenas salieron de la vista del centinela, cuando esos cuatro se le cruzaron en el camino.- ¿Qué quieren?

-Levántate la remera-ordeno uno de los mayores, las mejillas de Lithos no tardaron en llenarse de un intenso carmesí. Por el cual agradeció la oscuridad de la noche.- te eh dado una orden…

-No eres un superior-dijo, para luego intentar proseguir su camino, dos de los hombre le tomaron de los brazos.

-Pero soy un hombre y te eh dado una orden.-le dijo el mismo chico, Lithos contuvo el deseo de gritar.- vamos…-Los cinco ignoraron que Aioros miraba la escena desde la distancia, como también ignoraron, el hecho, que eran observados por el centinela. Quien de inmediato fue por el emperador y los restantes superiores.

Interior del bosque.

El primer puñetazo no se hizo esperar. Lithos ahogo el grito, mientras escuchaba los insultos que proferían los soldados. Para ellos había sido una deshonra, descubrir que Lithos era una chica. Como lo habían hecho, no se lo habían revelado. Pero cada puñetazo, dejaba en claro la rabia que contenían. Casi no escuchaba lo que le decían, su mente estaba perturbada por los golpes. Se detuvieron de golpe, había algo extraño levanto la mirada y vio al príncipe Aioros... Este observaba con una expresión enloquecida, no sabía si la expresión era para ella o para sus agresores... Su mente estaba muy confundida, no era capaz de enfocarse en un solo hecho. Lo siguiente pasó muy rápido, el emperador llego y el príncipe Aioros se la llevo en brazos.

El miedo estaba haciendo presa de cada una de sus células. No sabía que le pasaría ahora, su vida estaba en manos del emperador. Él podría ser quien decidiera su destino. La muerte o la vida. Ambas opciones, en manos del emperador Kaiser I... No sabría decir, cuál fue el momento preciso en que cayó en brazos de la inconsciencia.

Carpa de Aioros.

Despertó al día siguiente, arropada cuidadosamente en una cómoda cama... Los golpes le dolían, pero eso no fue rival contra la sorpresa y miedo que se apodero de ella. Cuando observo al emperador sentado en la cama, revisando las cartas del destino.

-Hace tiempo que no veía de estas...-informo en un tono sumamente frió- Faltan dos cartas... Se supone, que está compuesta por 50 tarjetas del destino-Lithos no replico nada, ante esas palabras.- Te estas preguntando... que hago aquí...-Miro a la chiquilla, que no movía un musculo. Sintió un poco de pena, al ver esos delicados rasgos dañados severamente por los golpes- Debí de haber detenido esto, apenas note que eras una chica...

-¿Cuando...?-comenzó, en un tono frió que no dejaba a la vista sus miedos.

-Apenas te vi-informo el emperador, con tono sumamente calmo.- Tengo dos hijos varones. Tengo que ser idiota, para no darme cuenta que eres una niña.-el emperador volvió a posar su mirada en las cartas- a mí me toco esta...-le mostró una carta que representaba un anciano, que vestía una toga, llevaba los ojos vendados, en su mano derecha llevaba una espada y en la izquierda una balanza. -El hombre justo. -Lithos ni se inmutó ante esas palabras, quería controlar lo máximo posible sus emociones.- Eh intentado serlo... Y como persona justa, eh de hacerte una pregunta.

-¿Cuál?

-¿Estas decidida a seguir siendo soldado?-pregunto, mientras volvía a colocar la tarjeta con las demás.

-Usted...

-Sí o no-el dios le dedico una mirada firme y helada con sus dos intensas esmeraldas. Estas encontraron, con dos decididos zafiros en el rostro de la chica.

-Sí.

-Pues, bienvenida oficialmente al ejercito.-una pequeña mueca, que quería ser sonrisa apareció en el rostro del emperador.- ¿Cuál es tu nombre?

-Lithos.

-Veo, que en eso fuiste sincera.-el emperador le dedico una firme mirada- ahí tienes tus pertenencias...-dejo las cartas sobre una mesita y salió.

Exterior de la carpa.

-¿Te quedaras?-la pregunta le sorprendió, apenas salió ya era acosada con preguntas. Su interlocutor, no era otro más que el príncipe Aioros.

-Sí. Y por favor, mantenga su distancia-dijo Lithos, mientras llevaba su alforja en la espalda y caminaba hacia su caballo.

-Que ruda.-escucho que mascullaba el príncipe. A ella no le importó, a partir de entonces sería una más en el ejército. Un soldado más. Algunos hicieron muecas, otros parecieron preocuparse por ella. Pero nada le importo, ella tenía una meta, encontrar a esas dos legiones que habían atacado su pueblo y exterminado su etnia. El ejército siguió su marcha...

Seis meses después.

-Lithos-La joven se arrodillo ante el emperador.- Vendrás conmigo, a la capital.-informo el emperador. La joven asintió, Kaiser le había mantenido siempre vigilada.

Se había deleitado con lo talentos de la joven y la consideraba sin duda una guerrera con gran futuro. La chica ignoraba los planes que el emperador tenia para ella, pero eso no importaba. Se había hecho de renombre entre sus camaradas, que aunque no quisieran debían de reconocer que la joven era una guerrera temeraria. Alguien que había demostrado sus habilidades y se había hecho digna de formar parte del ejército.

Limites, Ciudad Imperial de Liangser. Imperio de los Leones.

-Aioros, te quedas cerca mío y Lithos también.-dijo el emperador, en un tono frió y autoritario. Ambos jóvenes se pusieron cerca del emperador, le siguieron los dos generales.

-¿Es la primera vez que vienes a una ciudad?-pregunto Aioros, con una sonrisa amistosas.

-Si.-respondió la joven secamente, mientras se colocaba el casco.

-Te va gustar.-informo el chico, sin borrar su sonrisa e ignorando la frialdad de la chica.

-Eso lo veremos-comento la chica, Kaiser que escuchaba a los menores no pudo evitar hacer una mueca irrisible. Si su hijo lograba sacarle una emoción a la chica, sin duda se merecería un premio.

Calles, Ciudad Imperial de Liangser.

El ejército entro en la ciudad, Lithos se sorprendió al ver y oír la bienvenida a los soldados. A pesar de llevar el casco, los ojos zafiro de Lithos estaban a la vista. Aioros no pudo evitar sonreír al ver otra expresión en los fríos ojos de la chica.

-¡Es ella! ¡Mamá mira está al lado del príncipe!-Lithos no pudo evitar desviar la mirada, vio a una niña de 12 años mirando desde uno de los costados. Vio que las palabras, de la chiquilla no tardaron en ocasionar reacción en el resto del público. Lithos se sintió un tanto abochornada. Aioros se acercó a la chiquilla y le sonrió, como muestra de afecto y apoyo.

-También es mi primera vez...-informo el chico, la joven le miro. También vitoreaban el nombre del joven príncipe, le miró fijamente el chiquillo también estaba algo abochornado. -Nunca antes, había salido del palacio para pelear...

-¿Por qué gritan mi nombre?-pregunto la joven, un tanto abochornada.

-Eres la primera mujer, que se ha vuelto soldado.-Informo uno de los generales.- eres un signo, las chiquillas querrán seguir tus pasos.-el anciano sonrió, por lo que Lithos se sonrojo de sobre manera- habrá quienes estén en contra y quienes estén a favor...

-¿Usted... quién es?-pregunto al fin la chiquilla, había visto al anciano. Pero no sabía su nombre, el anciano se había siempre mostrado amigable con ella. Se podría decir, que era el más amable de todos.

-Mi nombre es Quirón, soy el general a cargo de la quinta legión.-el hombre sonrió- Y usted damita, acaba de encender una chispa...

-¿Una chispa?-Los dos chiquillos preguntaron al mismo tiempo. Lo que decía el anciano, era muy interesante. Aioros sabía, que Quirón contaba con una buena vista del emperador. Tranquilamente, podría ser considerado el consejero real.

-Sí, eres la primera mujer en el ejército. Lo que has hecho en combate, ha llegado a oídos del pueblo-le dedico una sonrisa paternal- Ahora, serás un ejemplo para todas las mujeres... Para las niñas...-le indico con la cabeza a un grupo de chiquillas, que llevaban arcos y sus respectivas flechas.- ¿Que tan buenas serán con el arco?-Lithos le miro, una buena pregunta. Ella era buena, había cazado cientos de veces. Su puntería se había afilado en el bosque...

-Habría que probar. Puede que sean buenas, buenas cazadoras.-susurro la chica. Quirón miro a la chiquilla y asintió, tenía otros planes para esa idea.

-Lithos.-comenzó el hombre- ¿Tienes donde quedarte?

-Mi hogar, es Ampaliak.-informo la joven, mientras se acomodaba el casco. Presto atención al entorno, pétalos de flores caían y tapizaban el suelo.

-Ampaliak ya no existe-informo el sujeto con pena- en otras palabras, no tienes a donde volver…

-No.

-Puedes quedarte con nosotros-Informo Aioros, mientras se acomodaba el casco y recibía unas flores.- serás mi invitada de honor, me salvaste el cuello en uno de los combates.

-Aioros.-Quirón miro atentamente al chiquillo, que miro hacia el frente.- eso, ya lo pensó tu padre.-Lithos miro atentamente al hombre de cabello cano, lo mismo hizo Aioros- serás la invitada del emperador. Quiere que la corte conozca, a la primera mujer que se convirtió en militar. Tus talentos en combate, han llamado la atención de todos.

-Yo no soy un objeto de exhibición-gruño la chiquilla.

-¿Mi padre ya había pensado en invitarla?-Aioros no pudo evitar hacer una mueca- para no perder costumbre, siempre se adelanta a lo que quiero hacer.

-Tu padre, es el emperador. Tiene que estar siempre delante de todos… En lo que respecta a planeación.-el hombre sonrió.- además, no está bien que el príncipe adolescente… Invite a una señorita.-Aioros y Lithos se ruborizaron de sobre manera.

Isla de los Leones, Ciudad Imperial de Liangser.

-Ese es el castillo de Leones-informo de lo más sonriente Aioros, mientras atravesaban el inmenso rio que separaba la isla en la que se hallaba el castillo imperial y demás lugares. – Te gustara la isla, es preciosa…

-Sí, supongo que mientras el pueblo común…-Miro de reojo a Aioros- se mantenga en la ciudad y no entre a la Isla. Los nobles son felices.-Aioros realizo una mueca de irritación ante esas palabras, estaba indignado ante esa acusación.

-No, Lithos -Quirón miro atentamente a la joven- La Isla de los Leones, esta para proteger al pueblo. En caso de un ataque inminente, el pueblo debe entrar por los tres puentes a la Isla… Por eso están las murallas… La Isla es una fortaleza, la última gran defensa de la ciudad, ahí están los hospitales y demás… Iremos al castillo, por eso te ordenaron venir con nosotros.

Castillo de los Leones.

Lithos miro la gran muralla que separaba el castillo, del resto de la ciudad. Al otro lado de la muralla había un gran jardín, que se hallaba lleno de flores y árboles en flor...

En la entrada al castillo, esperaba un niño rubio quien a su lado tenía un viejo león de pelaje dorado y una cría de este.

-Padre, Aioros… General Quirón-El chico sonrió y poso su mirada en Lithos- Tú has de ser Lithos, mis felicitaciones, mi padre ha elogiado tus habilidades en combate.-informo el muchacho de lo más sonriente- Soy Aioria.

-Un placer…-dijo la chica, mientras baja del caballo y se quitaba el casco.

-Es mi hermano menor-informo Aioros, en un susurro. La chica entendió, enseguida, que se trataba de otro príncipe.

-Quirón-El emperador miro al general- lleva a los más jóvenes adentro…-El anciano asintió e hizo andén de que los jóvenes le siguieran.

Interior del castillo.

Lithos no se alteró al ver la magnificencia del interior del hogar de los reyes. El castillo de su abuela, se había encontrado igual en grandeza. La gran mayoría del tiempo, la pasaba en la granja, pero había veces que no tenía otra opción más que estar en el magnífico castillo de su abuela.

-No pareciera, llamarte la atención este lugar…-informo Quirón.- tienes un carácter muy curioso.

-Honestamente, lo que piensen de mi carácter no me interesa-Informo Lithos, fríamente, sin apartar nunca la mano de la empuñadura de una de sus espadas.

-Veo, que no has bajado la guardia.- Informo Aioros, que tenía a su lado al inmenso león.

-Si estuvieras en mi lugar, tampoco lo harías.-informo Lithos, mientras le dedicaba una mirada penetrante con sus ojos zafiro.

-Es muy correcta esa actitud-informo una fría voz. El emperador hizo acto de presencia, con un andar elegante.-Pero innecesaria en este momento…

-¿Para qué quiere que este en el castillo?-Como simple respuesta, el emperador embozo una de sus enigmáticas sonrisas.

Seis años después.

Lithos ya contaba con 21 años, cuando el emperador celebro una gran fiesta para agasajar al General Quirón. General que había sido maestro de los príncipes y guía de los pasos militares de Lithos. La fiesta se llevaba a cabo en el interior en la gran sala de banquetes. En una mesa amplia, que se hallaba flaqueada por otras dos, se encontraban tres tronos y dos cómodas sillas. En el trono más grande y elegante, se hallaba Kaiser. A su derecha estaba Aioros y a su izquierda estaba Aioria. A la derecha de Aioros, estaba sentada Lithos y a la izquierda de Aioria estaba sentado Quirón.

A pesar que la idea no le hubiera caído en gracia a, la ahora Teniente de la quinta legión, Lithos otra opción no le había quedado. Había tenido que ceder al capricho de los nobles, y general, y colocarse un vestido para esa ocasión. La joven de corta cabellera verde lacia, llevaba una tiara de plata con unas piedras esmeraldas, que hacia juego con un collar de los mismos materiales. Llevaba un vestido de textura aterciopelada, de color beige claro con bordados en oro.

-Cambia esa clara Lithos.-dijo Aioros en un susurro, cuando llevo la copa a los labios.- es la fiesta de despedida de Quirón. La fiesta de despedida, del maestro de ambos…

-Tendría otro semblante-la joven le miro de reojo, mientras llevaba su mano a la copa- si no me hubieran chantajeado, para que me pusiera vestido.-Aioros ahogo una risita- esta me las pagan los cuatro… Saben que odio los vestidos.

-La noche no ha terminado todavía-informo Kaiser, que parecía siempre tener el oído súper afilado.

-Cierto, aún pueden matarme-la joven entrecerró los ojos- porque me hicieron sentarme en su misma mesa…-los tres nobles, embozaron imperceptibles sonrisas.-aunque me parece, que la melena de los reyes, aún está demasiado larga.

Salón de Baile.

-Concédeme esta pieza, Lithos -Aioria sonrió, al ver que le había ganado de mano a su hermano mayor.-Te recuerdo, que soy tu príncipe y me debes conceder el capricho.

-Juro, que está realmente me las pagan.-susurro la joven, para luego ir a bailar el vals con Aioria. Las miradas de las hijas de los altos cortesanos, no se hicieron esperar. Todas querían ponerles las garras encima a los príncipes. Pero estos, preferían bailar con una campesina… Dado que Lithos, jamás había revelado que por sus venas corría sangre noble. Los únicos que sabían la verdad, de su origen, eran Káiser y Quirón. Una vez terminado el tortuoso baile, cabía destacar que Lithos y Aioria se movían con suma gracia ante la melodía. La joven fue interceptada por Aioros, quien de nuevo la llevo a la pista de baile.

-Aioria, me las pagara.-informo el príncipe, en un susurro, al oído de la joven.- quería ser yo, el que tuviera el honor de bailar la primera pieza.

-Saben, si no fueran los príncipes…-Lithos miro a Aioros a los ojos- los dos ya se hubieran comido un rodillazo en los bajos…-Aioros le miro, no sabía si lo decía enserio o mentía.- ¿alguna razón para arrastrarme a bailar de nuevo?

-Tal vez-dijo, mientras seguían los pasos del baile, tomados de la mano.- Eres muy intuitiva…

-Solo, soy precavida.-dijo cuándo Aioros volvió a colocar una de sus manos en su cintura y tomar su mano.- y si eres precavido, apenas termine el baile, quitaras tu mano.

-Lithos.-el chico le miro a los ojos- puedo ser sincero contigo en algo-la chica arqueo una ceja- necesito que olvides tu frialdad un momento.

-Es como pedirme que olvide quien soy.-informo la joven, mientras daban vueltas mientras seguían bailando.- eso es imposible.

-Sé que no eres, el ser frio que aparentas-Dijo el príncipe- sé que hay otra persona, escondida bajo tanta frialdad…-la chica embozo una imperceptible sonrisa- quiero conocer a esa persona, quiero hacerla feliz… Quiero.

-Termino la pieza-la joven se apartó de golpe de Aioros y se alejó caminando hacia el trono. Donde Káiser dedico una mirada, casi, burlona a Aioros. Pasaron los minutos, hasta que el rey se levantó del trono y miro a la gente que se quedó en absoluto silencio.

-Esta noche, despedimos a una excelentísima persona de los campos de batalla. Pero no por eso, esa persona se alejara de estar cerca del gobierno… -informo Káiser, mientras dedicaba una mirada helada a los cortesanos.- Pero, como ahora Quirón se retira. La quinta legión, queda sin comandante y como sabrán, esa es una de las legiones más importantes que poseemos… Una legión, que custodia una de nuestras más peligrosas-Káiser cerró los ojos, mientras Aioria aparecía trayendo consigo una caja de lo que parecía ser fina madera. –Lo eh pensado muy bien y en lugar de Quirón. Colocare a una persona que sé que cuidara de nuestra frontera, con la misma inteligencia, como lo ha hecho Quirón. –Varios nobles que se hallaban justo por debajo de Quirón, en la escala militar, se mostraron nerviosos por saber cuál de ellos sería el elegido.- Teniente Lithos Chrysalis, por favor. Pasa al frente.-Las caras de sorpresa, rabia contenida y demás expresiones. Todas contrarrestaron con el semblante serio de Lithos, que al llegar ante el emperador, se arrodillo.-Lithos, entre los presentes, eres quien mejor conoce la zona en cuestión y has sido la mano derecha de Quirón en los últimos años. Siendo el mismo, quien te sugirió para sucederle. Siendo así- abrió la caja que tenía Aioria y saco una espada.- te nombro, nueva general de la quinta legión. Procura, cumplir con honor y sabiduría el cargo que ostentas.

-No le fallare, emperador-la joven tomo la espada y miro a los ojos al emperador. Era la única persona, aparte de Quirón, que se atrevía a hacer eso y le sostenía la mirada.

Luego de esa noche, la teniente Lithos, paso a ser la general Lithos. Y desde esa noche, como podía, evitaba las charlas con Aioros. Sabía muy bien, lo que este quería… Pero su corazón, se había marchitado cuando sus seres queridos murieron ese día en Ampaliak. Podría ser que un día volviera a latir y se permitiera sentir emociones.

Tiempo Actual, Reino de Elíseos.

Lithos cabalgaba a la par de Izo, pensando en todas las veces que se había negado o evadido la propuesta de amor y las declaraciones de Aioros. Dicen, que hay momentos en que comienzas a arrepentir y vez que hay cosas que parecían insignificantes, pero al final tienen gran valor. Ahora les veía, en esa fría noche en Elíseos… Su mente le comenzaba a demostrar su vida, como la había vivido y como la había ignorado. Cuando regresara a casa, si es que lo hacía, comenzaría a escuchar a su corazón… Al parecer, este tenía muchas cosas que decir y ahora estaba dispuesta a escucharle.

Continuara.


Mitología de Quirón.

En la mitología griega Quirón1 a veces Queirón2 o Chirón3 (en griego antiguo Χείρων Cheírôn, en latín Chīron) es un centauro inteligente, sabio y de buen carácter, a diferencia de la mayoría de los de su clase. Era hijo de Crono y de Fílira, una hija de Océano, y padre de Ocírroe con la ninfa Cariclo. Quirón vivía en una cueva del monte Pelión, en Tesalia, y fue un gran educador en música, arte, caza, moral, medicina y cirugía, y tutor de los héroes Aquiles, Áyax, Asclepio, Teseo, Jasón, Aristeo, Acteón y Heracles.

Heracles le disparó accidentalmente una flecha envenenada con la sangre de la Hidra en el transcurso de una lucha con los centauros, que huían hacia la morada de Quirón. Éste contrajo una dolorosa herida incurable, que lo llevó a ceder su inmortalidad a Prometeo, para poder así morir y escapar del dolor. Fue ascendido al cielo como la constelación Sagitario, localizada en la elíptica del Zodiaco y que se puede ver desde el hemisferio norte, o según otras fuentes Centaurus.