RATONCITO

CAPÍTULO 19

Esa noche no estaba de espíritu combativo y no tenía ganas de enfrascarme en una discusión sin sentido con mi novia.

No entendía qué diablos había sucedido para que Jessica estuviese de ese humor pero también creía que sería mejor deja que se calmara antes de intentar aclarar qué era lo que yo había hecho para molestarla.

Decidido a enfrentar esa discusión al día siguiente me tumbé en el sofá para ver por enésima vez las reposiciones de la saga de El padrino, pedí unas pizzas y dormí en el salón.

Cuando desperté a la mañana siguiente llamé a casa de mis suegros.

—¿Edward?—contestó la madre de Jessica.

—Buenos días, Gloria.

—¿Qué es lo que ha sucedido, Edward? Jessica vino ayer por la noche diciendo que lo habíais dejado —explicó nerviosa la mujer que desde hacía dos años se había convertido en mi suegra.

—Lo sé, Gloria —suspiré cansado —Lo creas o no, no sé qué he hecho para molestarla tanto. Supongo que se siente desatendida ya que esta semana he estado trabajando mucho, pero no te preocupes porque voy a arreglarlo.

—Me quedé muy preocupada ayer cuando llegó a casa —me explicó mi suegra —No dijo nada más que eso y después de ducharse salió de casa y no he podido hablar con ella aún.

—¿No está en casa ahora? —indagué confuso ya que nunca había dudado de que Jessica estaría quedándose en casa de sus padres.

—Sí, sí lo está —me tranquilizó la mujer —Pero regresó esta mañana y ahora duerme. Imagino que haya salido con sus amigas. Seguramente se sentía tan confundida como tú.

—Sí, supongo que sí. ¿Duerme ahora?

—Sí, pero le despertaré.

—No, Gloria, no lo hagas. Seguramente estará agotada. Le llamaré más tarde o dile que le he llamado por si ella quiere llamarme.

Después de cortar la comunicación me senté frente mi ordenador para continuar con mi trabajo del día anterior.

Tenía frente a mí los contratos que habíamos firmado con clientes allegados a Mike Newton y que cabía la posibilidad de que les perdiéramos si aquel era realmente despedido de Eastcoast.

La indemnización que nos tocaría pagarle sería abultada y, según lo que me explicara nuestro abogado, si la razón esgrimida para su despido era que se había peleado con su mujer, era probable que nos hiciese un agujero financiero al demandarnos por inmiscuirnos en su vida personal.

Si a esto le sumábamos que se llevase consigo sus clientes más importantes, el berrinche de su mujer nos saldría carísimo.

Y si a todo esto yo sumaba que mi propia mujer me dejaba por tener que ocupar tanto tiempo para arreglar el desaguisado que este cabrón estaba generando en la empresa, mi animosidad contra Michael Newton alcanzaba cotas inimaginables.

Fue después del mediodía cuando me sorprendí al escuchar abrirse la puerta de calle.

Jessica debía haber regresado para buscar algunas de sus cosas pero yo no estaba dispuesto a permitirle marcharse sin que mantuviéramos una buena charla.

No creía que fuera sencillo dado su estado de ánimo de la noche anterior, pero yo quería a esa chica por lo que no pensaba permitir que nuestra relación se desintegrase así como así.

Poco dispuesto a enfrentar una discusión con mi novia, pero menos dispuesto aún a permitirme perderla sin ni siquiera una discusión salí del estudio.

Me sorprendió verla entrar cargando la pequeña maleta que se había llevado la noche anterior.

Me recosté en la puerta del estudio para verla entrar, y despojarse de su bolso y su abrigo.

Cuando se volteó y me vio allí de pie observándole bajó la mirada al suelo y se ruborizó.

—Hola, Edward —saludó con voz suave y bastante menos batalladora de lo que me hubiera esperado.

—Buenos días, Jessica —la saludé con solemnidad preparándome para escuchar lo que tuviera para decir.

Esta vez intentaría mostrarme más receptivo y me esforzaría por entender qué era lo que había sucedido entre nosotros para que el día anterior ella hubiera sentido esa urgencia por romper nuestra relación de poco más de dos años.

Yo no estaba preparado para romper con Jessica ni perder nuestra relación.

La amaba lo suficiente como para esforzarme por entenderla y comprenderla. Estaba decidido a luchar por esa relación.

Yo sabía bien que podría vivir sin Jess pero también tenía muy claro que no quería hacerlo, así que estaba dispuesto a dejar a un lado el orgullo y pedir los perdones que fueran necesarios para volver a estar bien.

Cuando me dispuse a hablar Jessica se me adelantó.

Bajó la mirada y dos solitarias lágrimas rodaron por su rostro.

—Lo siento —dijo ella cuando yo estaba seguro que debía ser el primero en disculparse.

—¿Qué? —pregunté más por la sorpresa de escuchar su disculpa que por algún interés morboso en obligarla a repetirse.

—Lo siento —lloriqueó —Ayer me comporté como una niña caprichosa y lo siento…

—Ei, Jess, cielo —dije acercándome a ella para rodearla con mis brazos.

Jessica se apretó contra mí y escondió su rostro en mi pecho soltando un llanto incomprensible.

—¿Por qué, Jessica? ¿Qué fue lo que sucedió?

—No lo sé —explicó —No sé qué sucedió. Estos días me sentí sola, abandonada…

—Cariño… sabes que estaba trabajando. Nunca hubiera pasado tanto tiempo ocupado si no fuera por el imbécil de Mike Newton y su estúpida pelea con su mujer.

—Lo sé… —sollozó —No sé lo que me pasó. Siento que me porté como una tonta. Se me fue de las manos…

—Está bien, cariño —le tranquilicé acariciando su espalda repetidamente —Solo olvidémoslo —pedí y Jessica estuvo de acuerdo.

Levantó su rostro y fijo su mirada en la mía para lanzarse sobre mis labios.

Me hizo el amor allí mismo, sobre la alfombra de la entrada y nuestra apoteósica discusión quedó olvidada.

Esa misma semana Michael Newton se reconcilió con su mujer y la situación en la empresa se calmó.

Mi relación con Jessica volvió a su cauce y nuestra pareja se asentó.

El trabajo volvió a su ritmo y pude volver a ocuparme de mi mujer y nuestra relación.

Para nuestro tercer aniversario, la decisión de entregarle un anillo resultó tan natural como respirar.

Jessica estaba feliz y encantada con nuestro compromiso, pero entonces se decidió a volver a la universidad a por una licenciatura y máster en comercio exterior y la boda se postergó.

La carrera de Jessica se me hacía demasiado larga y nuestros planes de boda se iban viendo continuamente postergados, hasta que finalmente llegó el momento en que me era igual postergarlo indefinidamente.

Nuestra relación de pareja cayó en una rutina aburridísima.

Continuamente me replanteaba mis sentimientos y por momentos dudaba de que pudieran continuar definiéndose como amor.

No podía definir lo que Jessica sentía por mí a esas alturas pero ya no parecía la mujer completamente enamorada que yo hubiera deseado.

Por momentos intentaba pensar que era normal que después de siete años la pasión se hubiese enfriado pero yo conocía parejas que llevaban juntas mucho más tiempo y sus sentimientos por el otro eran tanto o más fuertes que al principio.

Era lo que yo siempre había deseado para mí, pero ya me había resignado más de una vez a nunca obtenerlo.

Podía achacar mi indiferencia a la crisis de los cuarenta pero sabía que era solo una excusa.

Las cosas con Jess no iban bien y yo ya no sabía qué era lo que faltaba..

Llevábamos ya siete años juntos. Siete años en los que creía haberle dado todo lo que necesitaba pero a veces no parecía suficiente.

Vivíamos en un departamento grande y bien situado en Manhattan tal como Jess siempre había deseado.

Teníamos trabajos bien remunerados, cómodos y satisfactorios.

Jess llevaba en su dedo mi anillo sabiendo que yo solo esperaba que ella estuviera lista para dar el gran paso en el momento que ella lo decidiera.

Cada año tomábamos vacaciones y nos íbamos de viaje a algún lugar remoto que le hiciera feliz.

Pero aun así sabía reconocer que algo faltaba en nuestra relación que aún después de siete años no acababa de funcionar.

Finalmente lo tuve que asumir. A mis cuarenta años, aún no sabía lo que era amar y ser amado por una mujer.

Me había pasado mi vida entera buscando tener lo que mis padres habían tenido y en mi desesperación por encontrarlo había confundido la simple atención de una mujer, el deseo, el cariño y la pasión con amor. Pero yo no tenía idea lo que era el amor. Lo que era enamorarse.

No lo había sentido por Alice, no lo había sentido por María y desde luego no lo sentía por Jessica.

Y por alguna razón ya me había resignado a que mi vida fuera así, a que el amor no fuera para mí .

Pero incluso siendo consciente de que las cosas no iban bien en mi relación con Jessica, me sorprendió sobremanera cuando entré aquel viernes al departamento y me la encontré llorando en el sofá del salón.

—Jess, cielo —grité corriendo hacia ella —¿Qué sucede? —pregunté rodeándola con mis brazos —¿Por qué lloras, mi amor?

Jessica continuó sollozando sin contestar incrementando mi preocupación.

Finalmente se separó de mí y me miró.

Inspiró profundamente antes de hablar y por un momento sentí un gigantesco temor a lo que podría venir a continuación. Las cosas entre nosotros no iban bien. Yo lo sabía.

Pero, aunque había una parte de mí que tenía muy claro que no amaba a Jessica como debería amar a la mujer con quien esperaba compartir el resto de mi vida, a los cuarenta años, me resultaba aún más duro aceptar que éste fuera un nuevo fracaso.

Había querido amarla y había querido que ella me amase.

Quería poder formar una familia con ella porque quería una familia pronto y no tenía tiempo para buscar alguien más, aunque eso cada vez parecía más lejano.

Algunas veces me encontraba en mi cama por las noches, mirando el techo, con la mujer con la que vivía desde hacía tanto tiempo durmiendo de espaldas a mí, y recordaba lo satisfecho y pagado de mí mismo que me había sentido al no haber estado en el lugar de mi mejor amigo, Emmett, que había embarazado a su novia cuando eran adolescentes.

Ser padre a los diecisiete me había parecido un error que yo había evitado y me había permitido vivir una vida maravillosa.

Pero ahora, a los cuarenta, daría cualquier cosa por tener la vida que Emmett tenía, con sus tres hijos.

Después de haber tenido a Bella a los diecisiete, Emmett se había cuidado de no volver a embarazar a Rosalie y no habían vuelto a ser padres hasta que Bella había cumplido catorce y ellos eran adultos entrando en la treintena. Después de Seth, habían vuelto a esperar y su tercera niña, Leah, había llegado veinte años después de la primera.

La familia que Emmett tenía ahora a sus cuarenta, eran lo que yo más envidiaba y anhelaba y la inmadura alegría que había sentido al evitar cualquier embarazo adolescente, ahora se estaba convirtiendo para mí en un calvario.

Pero sabía que sería una idiotez plantearle la idea a Jessica con lo mal que estaba nuestra pareja.

Cuando ese viernes la encontré tan desconsolada, supe que lo que Jessica tenía que decir, iba a dar vuelta mi vida.

Pero no fue sino hasta que realmente soltó las palabras que comprendí la maravillosa magnitud de esa vuelta.

Jessica secó sus mejillas sonrosadas y me miró con atención buscando no perderse la reacción a mis palabras.

—Estoy embarazada —soltó finalmente y sus palabras me sorprendieron como nada lo había hecho nunca.

—¿Qué? —fue todo lo que pude balbucear y mi respuesta no fue en absoluto la que ella esperaba.

Me pateé mentalmente cuando ella se puso a llorar una vez más escondiendo el rostro entre sus manos.

—Lo siento, Edward —sollozó sin que yo pudiera comprender la razón de sus disculpas —Lo siento mucho, no sé cómo sucedió.

—Ei, cielo, espera —dije sentándome a su lado y abrazándola con ternura —¿Por qué dices eso?

—Porque sé que tú no te esperabas esto, porque ni yo lo esperaba en realidad. Sé que las cosas entre nosotros últimamente no están bien y yo no querría que te quedaras conmigo por el bebé ni que te sintieras responsable —hipó —Supongo que puedes pedirme que me lo quite…

—Ei, ei, ei —dije deteniéndola —Espera un momento, cariño. ¿Qué estás diciendo? —la separé de mí para observarla. Le dediqué la mirada más cargada de amor que mi rostro pudo reflejar y le obligué a mirarme —Estoy sorprendido, sí —reconocí —pero ésta es la noticia más maravillosa que podías haberme dado —confesé.

—¿En serio? —preguntó temerosa y en ese momento supe que de alguna forma le amaba.

Le amaba por ser la mujer que iba a traer al mundo a mi hijo. Le amaba porque mi hijo vivía en su interior y porque sabía que acabaría volviendo a amarla como lo había creído hacer al principio de nuestra relación.

Porque no había forma de que yo no volviera a enamorarme de ella cuando su vientre se hinchara con el cuerpo de mi hijo y sus pechos se inflamaran preparados para alimentarle.

—Sé que las cosas entre nosotros han estado un poco raras últimamente —reconocí —pero vamos a solucionarlo, cielo. Porque hemos creado algo maravilloso y esta vida nueva que crece en ti —dije cubriendo su vientre plano con mi mano —nos recordará cuánto nos hemos amado y nos dará la fuerza y la sabiduría para formar la familia feliz que siempre quisimos formar —agregué antes de bajar mi boca sobre la suya para fundirnos en un beso devastador.

Con la necesidad apremiante de volver a poseer a la mujer que iba a darme la mayor razón de vida que un hombre podía tener, la desnudé para hacerle el amor de forma tierna y devota.

La reacción de Jessica fue dubitativa al principio pero rápidamente se dejó llevar y volvió a entregarse a mí como lo había hecho siempre.

Después de obtener un rápido desahogo la llevé nuestra cama y volvimos a entregarnos a la pasión que llevábamos bastante sin compartir.

En los últimos meses el sexo entre nosotros se había vuelto esporádico a la vez que casi frío y mecánico.

Parecía más una especie de desahogo animal que una comunión de dos personas que se amaban y se deseaban.

Pero eso iba a cambiar porque me negaba a volver a negarle a la madre de mi hijo mi entrega devota.


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