Bueno... aquí estamos avanzando en los vericuetos del corazón. Espero les guste...XP


Capítulo 20: ¿Qué es el amor?

Diario encontrado en las ruinas del establo de Refugio (Parte I):

No había demasiado que explicar, los hechos hablaron por sí mismos, hubo legítima defensa y un castigo ejemplar por parte de la Heraldo: "Todo aquél que levante la mano en su contra, se enfrentará a la ira de Andraste", la historia repetirá una y otra vez ese enunciado, lo sé. El temor crecerá a la par de la admiración, pues el mismo rostro que brinda calidez con su sonrisa puede congelar con su furia. Todos quedaron conformes menos sus consejeros y nosotros, sus compañeros de aventuras, seguramente cada uno buscará respuestas en el momento oportuno. Tal vez, algún día ella me diga por qué, desde esa tarde, sus bellos ojos azules perdieron ese brillo inocente que me cautivaba.


Ahora todos estaban expectantes, con la mirada depositada en el cielo, pues la Heraldo fue rumbo al Templo de las Cenizas junto a Cassandra, Ser Barris y todos los templarios. El pueblo entero oraba en cada rincón, el tiempo pareció detenerse pues habían abandonado sus rutinas para encomendarse al Hacedor y su Prometida. En el subsuelo de la Capilla, sin embargo, el movimiento era otro:

-Señor, el hielo ya desapareció, en cualquier momento despertará. ¿Desea que le informe cuando ocurra?- informó Theo al Comandante. A los ojos del joven soldado, ese teniente era un hereje que había levantado la mano en contra de la enviada de Andraste, no había descansado desde que se ofreció a hacer la guardia.

-No, descanse soldado, yo lo vigilaré, puede retirarse- con estas palabras, se retiraba y él tomaba su lugar. Se sentó en la silla ubicada en el extremo opuesto de la celda. Ahí estaba Gelman, despojado de su armadura y honores, postrado en el suelo sobre un montón de paja como lecho. Su cuello estaba al rojo vivo por las quemaduras del hielo -"En cuanto despierte ese dolor lo atormentará, realmente el poder de la Heraldo es impresionante, el hielo ha durado mucho tiempo".

Cullen revivía en su mente aquella tarde, ya habían pasado siete días. En su mente confrontaba dos imágenes: la mujer llena de dudas que cepillaba su cabello, con el sol de la tarde iluminando su palidez; luego, ese otro rostro enajenado y lleno de furia, las dos caras de una misma moneda. "Sólo el Hacedor sabe qué cosas hizo este hombre para provocar en ella esa reacción".

Tal como había dicho Theo, ya estaba volviendo en sí. Apenas despertó, se sentó contra la pared, pasó sus dedos por su cuello con gestos de dolor, miró su atuendo y los alrededores, se detuvo en el Comandante que lo observaba fijamente.

El silencio crecía entre ambos, ninguno emitía sonido, no se movían, sólo se miraban con el semblante serio. Gelman no desviaba la vista desafiante, su orgullo y soberbia no conocían límites pero la paciencia no era parte de sus dones, no pudo soportar la presión que se ejercía en el ambiente y decidió hablar con una voz rasposa y quebrada:

-¿No piensas interrogarme? ¿No te interesa saber los detalles?-

Cullen ni se inmutó, sólo se podían escuchar los ecos de las plegarias que se desarrollaban arriba.

-¡Bah! No necesito preguntas, bien puedo decir por mi cuenta por qué hice lo que hice y qué buscaba… al menos que hayas venido a matarme- aun estando preso mantenía esa sonrisa de suficiencia que sólo la Heraldo había borrado con su poder.

El Comandante no se movía, sólo meditaba. Ante él estaba un hombre cuya carrera como templario parecía ser intachable. Estuvo en las Marcas Libres durante un par de años y luego lo trasladaron a la Espina Blanca donde escaló posiciones rápidamente, su rastro se perdió tras la rebelión y su llegada a Refugio esperanzó a varios reclutas que lo veían como un ejemplo a seguir. Ahora, sin la reluciente armadura, era un reo más sin gloria ni honor, -"¿Acaso en esto nos hemos convertido? ¿Las armaduras se vuelven cascarones vacíos que envuelven a hombres y mujeres carentes de todo?"

-La deseas ¿no?- Daniel cambió diametralmente su conversación con la intención de provocar a su único interlocutor.

Cullen arqueó sus cejas y apretó con su puño el pomo de su espada, esa fue la respuesta esperada.

-¡Hmpf! Tal como pensé. No puedes negarlo, todo tu cuerpo lo dice, cada gesto que haces conscientemente para negarlo, lo confirma. Algunos templarios tienen cierta 'debilidad' por los magos-

-No sé de qué hablas- Cullen cayó en la trampa al responder.

-Por supuesto que sí sabes… ¡Vamos! ¿Acaso piensas seguir negándolo?... al menos que… ¡Oh! ¡No puede ser eso! ¡¿O sí?!- comenzó a reír a carcajadas mientras el Comandante hizo un gesto de enojo -¡Ja! Es eso entonces, aún no te has dado cuenta ¿quién lo diría?... ¿me pregunto cuánto tardarás en reconocerlo?, pones demasiado esfuerzo en ocultarlo-

Las palabras del teniente comenzaron a calar en la paciencia del Comandante. –"¿Qué se supone que espero encontrar en este lugar? ¿Por qué me quedo aquí escuchando los delirios de este hombre?"-

-Sabes… ella llamó mi atención desde el primer momento que la vi en la biblioteca, aún lo recuerdo, sólo leía y escribía unos pergaminos con suma atención, su cabello castaño caía sobre el escritorio, tendría unos trece años, yo recién llegaba a Ostwick. ¿Sabes cómo la llamaban?, 'Noble sin cuna', no lo comprendí hasta que se levantó y pasó junto a mí, con ese halo de grandeza que aún ahora despliega mientras camina-

Cullen se debatía entre callarlo o escuchar, algo en su interior deseaba saber más sobre Trevelyan pero intuía que nada bueno saldría de la boca de ese templario que continuaba su monólogo, a pesar del evidente dolor que sentía en la garganta.

-Lo que realmente me enojó fue que a pesar del desprecio de todos, del vacío generalizado que le hacían, ella seguía sosteniendo esa mirada altiva y noble, como si fuera ajena a todos… por eso debía hacerle pagar… - guardó silencio un instante y cerró su puño con enojo, casi gritando continuó- pero no importaba cuantos golpes recibía, ella seguía igual… cuando cumplió quince… sí que le ofrecí un buen regalo… ya no podía ser la niña mimada que creía… en mí estaba esa responsabilidad, ¿no crees? – rió quedadamente.

El Comandante estaba al borde del colapso, lo que escuchaba le causaba repugnancia, nauseas, ganas de caerle encima y molerlo a golpes; Gelman lo sabía, lo estaba leyendo como un libro abierto. No necesitaba las pruebas que la Heraldo dijo que traería, no, para nada, escucharlo era suficiente. De sólo pensar en lo que este hombre le había hecho a ella hacía que la ira lo consumiera, requirió de toda su voluntad para contener la fuerza de sus puños, la fuerza de sus piernas. Nada le importaba más en ese momento que matarlo, él era la deshonra de la Orden Templaria, no podía creer que un hombre como él haya llegado a Teniente, -"¿en qué estaban pensando sus superiores?"- pensaba y se respondía a sí mismo -"en lo mismo de siempre, en cuánto controlaba a los magos, no importaba el daño que provocaba, abusivos y cobardes"-

Tras ese pensamiento comprendió toda la escena, se dio cuenta del cuadro completo, la Heraldo alejó a todos y cada uno para enfrentar su agobiante pasado sola y sin ayuda; debía demostrarle a ese malnacido que su fuerza descansaba en la cobardía de un Círculo y una Orden que los sometía, que les impedía a los magos levantar su mano contra un templario. Raziel Trevelyan marcó la diferencia actual, ahora ella podía hacerle frente, desplegar su poder sin el riesgo de ser sometida al rito de tranquilidad, ella fue por un instante la conjunción de todos los magos a lo largo de los siglos. Cullen sintió admiración en esa imagen, tal vez fue verdaderamente libre del círculo al enfrentarlo- "¿me pregunto si habrá quebrado esa última cadena o aún seguirá atada al dolor?"- en ese momento, vino a su mente aquél hombre que logró serenarla, se preguntaba quién era y de dónde se conocían, ese hombre tiene respuestas que Leliana sacará a cualquier precio. –"No sé si quiero seguir escuchando hasta dónde llegó Daniel Gelman, hasta qué punto daño el alma de la Heraldo. Debo irme… pero… no puedo dejar que otro tome mi lugar y escuche… esto… este hombre no tendrá reparos en divulgar sus demencias sólo para provocar más daño…"-

-¿No dices nada?... Mmmmm… no vas a decirme que lo tuyo es amor ¿no?... no puedo creerlo, otro idiota que cae en esa ridícula ilusión. No se puede amar completamente a esas cosas, los magos no son personas-

-Eres un demente-

-Tú no puedes decir que la amas hasta ver su verdadera belleza 'Comandante', cuando uno alcanza ese punto se rompe el espejismo-

-No gastes tus energías conmigo, no tendrán resultado- Cullen sólo lo observaba, se preguntaba si lo que escuchaba era producto de la abstinencia o simplemente estaba loco.

-¿Sabes cuál es la verdadera belleza de un mago…? La belleza de una abominación, eso sí vale la pena disfrutar, su transformación-

Esa declaración completó el panorama de Cullen, "¡Por Andraste! ¡¿Qué está diciendo este tipo?!"

-¿Cuál era tu pasatiempo en el Círculo?- preguntó Gelman.

Cullen no respondía, sólo lo miraba atónito.

-Veo que no piensas decir mucho… el mío era observar qué mago realmente se consideraba superior… había muchos, todos por decirlo de alguna manera pero algunos tenían tan alto concepto de sí mismos que me provocaban nauseas, repulsión… por eso disfrutaba hostigarlos hasta que se quebraban. ¿Sabías que eso se puede ver en los ojos? el instante justo en el que la última porción de su alma se hace añicos y no ven otro camino que el pacto con un demonio… ahí mismo demuestran cuán débiles son, tan débiles como los otros que se vuelven tranquilos. No puedes dudar que esas son sus únicas opciones, la tranquilidad o la posesión-

-Tú…tú… ¿los obligabas…? ¡Por el Hacedor!- apenas podía pronunciar palabra frente a tales confesiones.

-¡Ellos se obligaban a sí mismos! Si tan sólo hubieran admitido sus flaquezas, su inferioridad, entonces… no hubiera habido necesidad, ¿no crees?- rió nuevamente y de repente, poniéndose serio y tocando su garganta dijo- sólo ella… ella fue la única que no se quebró… a pesar de todos mis esfuerzos, del terror con el que me miraba, esa niña nunca se rindió… siempre estuvo ahí arriba, inalcanzable… creo que… podría decirse que hasta yo me enamoré de esa altivez, ridículo ¿no?-

-¡¿Amor?! ¡¿AMOR?!- gritó- ¡¿te atreves a llamar amor a esa enferma mirada, a tus repugnantes acciones? ! ¡ AMOR!- eso colmó la paciencia del Comandante, se levantó de un salto , pateó la puerta de la celda que no tenía cerrojo y lo levantó en el aire con el rostro embebido de ira.

-Algo es seguro 'Comandante'…- comenzó a decir casi con ahogo- ella podrá tener mil amores pero yo soy el único que la marcó con fuego, su corazón siempre tendrá mi sombra-

Leliana se encontraba fuera del alcance de ambos, se había acercado hace tiempo y decidió observar y escuchar, estudiar la situación. Al ver que Cullen había perdido los estribos, se acercó con su paso lento y medido:

-Comandante-

-¿Hermana?- respondió sin bajar al hombre que tenía contra la pared a punto de desfallecer.

-Su presencia es requerida en las barracas- su voz era serena.

-Creo que eso puede esperar, estoy atendiendo un asunto importante- tenía la firme intención de acabar con la vida de Daniel Gelman.

-No, eso no puede esperar- dijo, ya junto a él, apoyando una de sus manos en el hombro y la otra en el puño que sujetaba el cuello del templario que estaba inconsciente pero vivo- ahora yo me haré cargo de él, confíe en mí- estas últimas palabras encerraban ese terror que sólo la Maestra Espía podía provocar.

-En-entiendo- dijo y lo soltó.

Mientras se dirigía a la salida, Leliana sin mirarlo y cerrando la celda le dice:

-Comandante… este hombre se equivoca-

-¿Qué quiere decir?- Cullen se giró hacia ella con el rostro debatido entre la tristeza y la violencia de sus pensamientos.

-Puede que la Heraldo encuentre algún día a alguien que la comprenda, alguien que entienda cuánto puede doler un corazón destrozado por los horrores de este mundo. Tal vez cuando finalmente se encuentren esas dos almas, puedan sanarse mutuamente… juntos-

-Que el Hacedor la escuche Hermana, ella… ella merece más de este mundo… yo... yo sólo espero que así sea-

Con esas palabras se retiró. Leliana veía cómo se alejaba y decía con una voz casi inaudible "Puede que ese día y esa persona estén más cerca de lo que cree, Comandante... porque, ¿acaso lo que usted espera para ella y para sí mismo no es nada más y nada menos que amor?".


Dos cuchillos invisibles hasta para el Ruiseñor se acercaron a Gelman unas horas más tarde, en el instante justo en el que la Brecha del cielo se cerraba. La voz que le susurró al oído le heló la sangre, sintió pánico y no pudo gritar:

-"Llanto, dolor, angustia, sólo detente, no sigas, por favor... muchos dijeron eso pero continuaste, los puedo escuchar, sus voces son ecos en tu mente, te deleitan y por eso... pagarás"- sus armas le atravesaron el corazón, nadie sabría quien fue pues se encontraba solo, en la oscuridad, tal como la Hermana y el Comandante lo habían dejado esa noche. Alguien se atrevería a decir que el castigo provino del Hacedor por desafiar a la Heraldo.