paulayjoaqui: ¡Ay, no! No me lo tomé a mal para nada, entendí perfectamente lo que querías decir, creo que sólo no te supe responder, perdóname XD Quería decir que comprendo ese sentimiento de que, a pesar de tener mucho que leer, se siente como si lo hicieras en un segundo, y es genial que te pase esto con la historia 3

Por cierto, ¡Hola! Hoy se resuelven tus dudas sobre lo que pasará, no te preocupes. ¡Disfrútalo!

sonrais777: Así es, lo sabe…

Cristina: Yo sé que han sido unos capítulos de emociones combinadas, por eso son mis favoritos, aunque cuesta el no sentirse mal por la situación. Pero bueno, sin traspiés no tenemos historia

Jajaja Merlina Addams, esa sí es una buena referencia.

Guest: Tarde como once días, creo que eso es un avance XD ¡Disfrútalo!

: K. FanNeurtex: Me alegra que te esté gustando la historia. Gracias por tus comentarios.

Capítulo 20 Plática con Lady Agreste

Continuando con el tema, la madre de la señorita Lila, la condesa de Penwood, también ha actuado de modo muy raro últimamente. Según los cotilleos de los criados (los que, todos sabemos, siempre son los más fiables), la condesa tuvo una pataleta anoche, y arrojó nada menos que diecisiete zapatos a sus criados.

Un lacayo luce un ojo morado, pero aparte de eso, todos continúan con buena salud.

Ecos de Sociedad de Lady Capitol, 11 de junio de 1817.

Antes de una hora Marinette ya tenía lista su bolsa para marcharse. No sabía qué más hacer. Estaba poseída, dolorosamente poseída, por una energía nerviosa, y no podía tenerse quieta. Los pies se le movían solos, le temblaban las manos y cada tantos minutos se sorprendía inspirando una cantidad extra de aire, como si éste pudiera tranquilizarla por dentro.

No le cabía en la cabeza que le permitieran continuar al servicio de lady Agreste después de ese horroroso altercado con Adrien. Lady Agreste le tenía afecto, cierto, pero Adrien era su hijo. Los lazos de sangre eran más fuertes que nada, en especial tratándose de la familia Agreste.

Era una pena, en realidad, pensó, sentándose en la cama, sin dejar de retorcer entre las manos un pobre pañelo ya destrozado sin remedio. Pese a todo el trastorno interior que le causaba Adrien, le gustaba vivir en esa casa. Nunca en su vida había tenido el honor de vivir entre un grupo de personas que entendían verdaderamente el significado de la palabra familia.

Las echaría de menos.

Echaría de menos a Adrien.

Y lloraría por la vida que no podía tener.

Sin poder continuar sentada, se levantó de un salto y fue a asomarse a la ventana.

—Maldito seas, papá —dijo, mirando el cielo—. Toma, te he llamado papá. Nunca me permitiste eso. Nunca quisiste ser eso. —No pudo contener unos estremecedores sollozos, y se limpió la nariz, con el dorso de la mano—. Te he llamado papá. ¿Cómo te sienta eso?

Pero no hubo ningún repentino trueno ni apareció ningún nubarrón negro para tapar el sol de la tarde. Su padre no sabría jamás lo furiosa que estaba con él por haberla dejado sin un céntimo, por haberla dejado en manos de Nathalie. Lo más probable era que no le habría importado.

Se sintió cansada y se apoyó en el marco de la ventana, limpiándose los ojos con la mano.

—Me diste a probar otro tipo de vida, y luego me dejaste en el aire —musitó—. Habría sido mucho más fácil para mí si me hubieras criado como una sirvienta. Entonces yo no habría deseado tanto. Me habría resultado más fácil.

Dio la espalda a la ventana y sus ojos se posaron en su pequeña bolsa con sus escasas pertenencias. Habría preferido no tener que llevarse ninguno de los vestidos que le habían regalado lady Agreste y sus hijas, pero no tenía elección, puesto que sus vestidos viejos ya habían sido arrojados al cubo de basura. Había elegido solamente dos, el mismo número con el que llegara: el que llevaba cuando Adrien descubrió su identidad y otro de muda, el que ya estaba guardado en su bolsa. Los demás estaban colgados, bien planchados, en el ropero.

Suspirando cerró los ojos y estuvo así un momento. Era hora de marcharse. Adónde, no lo sabía, pero no podía continuar allí.

Se agachó a recoger la bolsa. Tenía un poco de dinero ahorrado; no mucho, pero si trabajaba y era frugal en sus gastos, dentro de un año tendría lo suficiente para comprar un pasaje a Estados Unidos. Había oído decir que allí las cosas eran más fáciles para aquellos de cuna menos que respetable, que allí las fronteras entre diferentes clases sociales no eran tan definidas como en Inglaterra.

Asomó la cabeza al corredor; afortunadamente no había nadie. Era una cobarde, sí, pero no deseaba tener que despedirse de las hijas Agreste; podría hacer algo realmente estúpido, como echarse a llorar, y luego se sentiría peor aún. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de pasar tiempo con mujeres de su edad que la trataran con respeto y afecto. Hubo una época en que deseó que Chloé y Lila fueran sus hermanas, pero ese deseo nunca llegó a hacerse realidad. Lila podría haberlo intentado, pero Nathalie no lo habría permitido. Pese a su naturaleza amable, Lila nunca había tenido la fuerza necesaria para enfrentar a su madre.

Pero sí tendría que despedirse de lady Agreste; de ninguna manera podía saltarse eso. Lady Agreste la había tratado con una amabilidad que superaba toda expectativa, y ella no podía darle las gracias marchándose a hurtadillas y desapareciendo como una delincuente. Si tenía suerte, lady Agreste aún no se habría enterado de su altercado con Adrien. Podía avisarle que se iba, despedirse y ponerse en marcha.

Era última hora de la tarde; ciertamente ya hacía rato que había acabado la hora del té, de modo que decidió ver si lady Agreste estaba en la pequeña oficina que tenía contigua a su dormitorio. Era un cuartito muy acogedor, con un escritorio y varias estanterías de libros, el lugar donde lady Agreste escribía su correspondencia y llevaba las cuentas de la casa.

La puerta estaba entreabierta. Golpeó suavemente, y al contacto de su puño con la madera la puerta se abrió otro poco.

—¡Adelante! —dijo la voz de lady Agreste.

Marinette empujó más la puerta y asomó la cabeza.

—¿Interrumpo? —preguntó en voz baja.

—Sí, pero es una interrupción bienvenida —repuso lady Agreste dejando su pluma a un lado—. Nunca me ha gustado cuadrar las cuentas de la casa.

—Yo podría... —empezó Marinette, pero alcanzó a morderse la lengua.

Había estado a punto de decir que con mucho gusto podría relevarla en esa tarea; siempre había sido buena para los números.

—¿Decías? —preguntó lady Agreste, mirándola afablemente.

—Nada —repuso ella, negando ligeramente con la cabeza.

Pasado un momento de silencio, lady Agreste la miró con una sonrisa ligeramente divertida y le preguntó:

—¿Tenías algún motivo concreto para golpear mi puerta?

Marinette hizo una honda inspiración, con el fin de calmar los nervios (que no se los calmó), y contestó:

—Sí.

Lady Agreste la miró expectante, pero sin decir nada.

—Creo que debo renunciar a mi trabajo aquí —dijo.

Lady Agreste pegó un salto que casi la hizo caer de la silla.

—Pero ¿por qué? ¿No eres feliz aquí? ¿Alguna de las niñas te ha tratado mal?

—No, no. Eso no podría estar más lejos de la verdad. Sus hijas son muy bellas, de corazón y de apariencia. Nunca he..., es decir, nunca nadie...

—¿Qué pasa, Marinette?

Marinette se cogió del marco de la puerta, para no perder el equilibrio y caerse. Sentía poco firmes las piernas, sentía poco firme el corazón. En cualquier momento se echaría a llorar, ¿y por qué? ¿Porque el hombre al que amaba no se casaría nunca con ella? ¿Porque la detestaba por haberle mentido? ¿Porque ya le había roto el corazón dos veces: una al pedirle que fuera su querida y la otra al hacerla amar a su familia y luego obligándola a marcharse?

Aunque no le hubiera pedido que se marchara, no podía ser más evidente que ella no podía continuar allí.

—Es por Adrien, ¿verdad?

Marinette levantó bruscamente la cabeza y la miró. Lady Agreste sonrió tristemente.

—Es evidente que hay sentimiento entre vosotros —dijo dulcemente, contestando la pregunta que sin duda veía en sus ojos.

—¿Por qué no me despidió? —preguntó en un susurro.

No creía que lady Agreste supiera que había tenido relaciones íntimas con Adrien, pero ninguna mujer de su posición querría que su hijo suspirara por una criada.

—No lo sé —contestó lady Agreste, con una expresión más afligida de lo que Marinette hubiera imaginado posible—. Probablemente debería haberlo hecho. —Se encogió de hombros, con una extraña expresión de impotencia en sus ojos—. Pero me gustas.

Las lágrimas que Marinette había estado tratando de contener, empezaron a rodarle por la cara, pero aparte de eso, consiguió mantener la calma; no sollozó estremecida, no emitió ningún sonido; simplemente continuó donde estaba, absolutamente inmóvil, mientras le brotaban lágrimas y más lágrimas.

Cuando lady Agreste volvió a hablar, lo hizo con palabras muy medidas, como si las hubiera elegido con sumo cuidado para obtener una respuesta concreta.

—Eres el tipo de mujer que me gustaría para mi hijo —dijo, sin dejar de mirarle la cara ni un solo instante—. No nos conocemos de mucho tiempo, pero conozco tu carácter y conozco tu corazón. Y ojalá...

A Marinette se le escapó un sollozo ahogado, pero se apresuró a reprimir los que pugnaban por salir.

Lady Agreste reaccionó al sollozo ladeando la cabeza, compasiva, y haciéndole un guiño de tristeza con los ojos.

—Ojalá tus antecedentes fueran diferentes —continuó—. Y no es que yo piense mal de ti ni te considere menos por eso, pero hace las cosas muy difíciles.

—Imposibles —susurró Marinette.

Lady Agreste no dijo nada, y Marinette comprendió que en su corazón estaba de acuerdo, si no del todo, en un noventa y nueve por ciento, con su afirmación.

—¿Es posible que tus antecedentes no sean exactamente lo que parecen? —preguntó lady Agreste, pronunciando las palabras con más mesura y cuidado que antes.

Marinette guardó silencio.

—Hay cosas en ti que no cuadran, Marinette.

Marinette sabía que esperaba que le preguntara qué, pero tenía bastante buena idea de lo que quería decir.

—Tu dicción es impecable —continuó lady Agreste—. Me explicaste que asistías a las clases con la hijas de la casa donde trabajaba tu madre, pero para mí esa explicación no es suficiente. Esas clases comenzarían cuando ya tenías unos años, seis por lo menos, edad en que ya tendrías firmemente establecida tu forma de hablar.

Marinette agrandó los ojos. Nunca había visto ese determinado fallo en su historia inventada, y la sorprendió que nadie lo hubiera visto hasta ese momento. Pero claro, lady Agreste era muchísimo más inteligente que la mayoría de las personas a las que les había contado esa historia.

—Y sabes latín —continuó lady Agreste—. No intentes negarlo. Te oí mascullar en voz baja el otro día cuando Rose te irritó.

Marinette mantuvo la vista fija en la ventana, a la izquierda de lady Agreste, sin lograr atreverse a mirarla a los ojos.

—Gracias por no negarlo —dijo lady Agreste, y se quedó esperando que ella dijera algo.

Esperó tanto que Marinette se vio obligada a poner fin a ese interminable silencio.

—No soy pareja adecuada para su hijo —dijo.

—Comprendo.

—De verdad tengo que marcharme —se apresuró a continuar, antes de tener tiempo para arrepentirse.

—Si ése es tu deseo —dijo lady Agreste, asintiendo—, no puedo hacer nada para impedírtelo. ¿Dónde piensas ir?

—Tengo parientes en el norte —mintió Marinette.

Fue evidente que lady Agreste no la creyó, pero contestó:

—Ciertamente usarás uno de nuestros coches.

—No, de ninguna manera.

—No creerás que te permitiría hacer otra cosa. Te considero mi responsabilidad, al menos durante los próximos días, y es demasiado peligroso que te marches sin compañía. Este mundo no es seguro para mujeres solas.

Marinette no pudo reprimir una pesarosa sonrisa. El tono de lady Agreste podía ser distinto, pero sus palabras eran casi las mismas que le dijera Adrien unas semanas antes. Y en qué la habían metido esas palabras. No podía decir que lady Agreste y ella fueran íntimas amigas, pero la conocía lo suficiente para saber que no haría concesiones.

Podía pedirle al cochero que la dejara en algún lugar, de preferencia no demasiado lejos de algún puerto, donde finalmente podría comprar un pasaje para Estados Unidos, y luego decidir qué haría a partir de eso.

—Muy bien —dijo—. Gracias.

Lady Agreste la obsequió con una leve y triste sonrisa.

—Supongo que ya tienes hechas tus maletas...

Marinette asintió. No había ninguna necesidad de decir que sólo tenía una bolsa, en singular.

—¿Ya has hecho tus despedidas?

—Prefiero no hacerlas —repuso Marinette, negando con la cabeza.

Lady Agreste se puso de pie y asintió.

—A veces eso es lo mejor. ¿Por qué no me esperas en el vestíbulo de la entrada? Iré a ordenar que lleven un coche a la puerta.

Marinette se giró y echó a caminar, pero justo antes de salir se detuvo y se giró nuevamente.

—Lady Agreste...

Se le iluminaron los ojos a la señora, como si esperara oír una buena noticia, o si no buena, por lo menos diferente.

—¿Sí?

Marinette tragó saliva.

—Quería darle las gracias.

Se apagó un tanto la luz en los ojos de lady Agreste.

—¿De qué?

—Por tenerme aquí, por aceptarme y permitirme simular que formaba parte de su familia.

—No seas ton...

—No tenía por qué invitarme a tomar el té con usted y las niñas—interrumpió Marinette. Si no sacaba todo eso perdería el valor—. La mayoría de las señoras no lo habrían hecho. Fue hermoso... y nuevo... Y... —se atragantó—. Las echaré de menos a todas.

—No tienes por qué marcharte —dijo lady Agreste dulcemente.

Marinette intentó sonreír, pero la sonrisa le salió a medias, y le supo a lágrimas.

—Sí, tengo que irme —dijo, casi ahogada por las palabras.

Lady Agreste la contempló un largo rato, con sus ojos azul claro, llenos de compasión y tal vez un pelín de comprensión.

—Ya veo —dijo en voz baja.

Y Marinette tuvo la incómoda sensación de que sí veía.

—Espérame abajo —dijo. Marinette asintió y se hizo a un lado para dejarla pasar. La vizcondesa viuda se detuvo en la puerta a mirar la raída bolsa que estaba en el suelo.

—¿Eso es todo lo que posees?

—Todo en el mundo.

Lady Agreste tragó saliva, incómoda, y las mejillas se le tiñeron levemente de rosa, casi como si la avergonzaran sus riquezas, y la carencia de ella.

—Pero eso —dijo Marinette haciendo un gesto hacia la bolsa—, eso no es lo importante. Lo que usted tiene... —se interrumpió para tragarse el bulto que se le había formado en la garganta—. No quiero decir lo que posee...

—Sé lo que quieres decir, Marinette —dijo lady Agreste, limpiándose los ojos con los dedos—. Gracias.

—Es la verdad —contestó ella, elevando ligeramente los hombros.

—Permíteme que te dé algo de dinero antes que te marches, Marinette.

—No podría —negó ella con la cabeza—. Ya cogí dos de los vestidos que me regaló. No quería, pero...

—Has hecho bien —la tranquilizó lady Agreste—. ¿Qué otra cosa podías hacer? Los que trajiste contigo ya no están. —Se aclaró la garganta—. Pero, por favor, acéptame un poco de dinero. —Al verla abrir la boca para protestar, insistió—: Por favor. Me haría sentir mejor.

Lady Agreste tenía una manera de mirar que hacía desear hacer lo que pedía. Y además, pensó Marinette, necesitaba ese dinero. Lady Agreste era una señora generosa; tal vez podría darle lo suficiente para comprar un pasaje de tercera clase para atravesar el océano.

—Gracias —dijo, antes de que su conciencia tuviera la oportunidad de convencerla de rechazar el ofrecimiento.

Después de un breve gesto de asentimiento, lady Agreste echó a andar por el corredor.

Cuando la perdió de vista, Marinette hizo una larga y temblorosa inspiración, se agachó a recoger su bolsa y lentamente caminó hasta la escalera y bajó al vestíbulo. Después de estar un rato esperando allí, decidió que igual podía esperar fuera. Era un hermoso día de primavera y tal vez sentir un poquitín de sol en la nariz era justo lo que necesitaba para sentirse mejor. Bueno, al menos un poco mejor. Además, allí había menos probabilidades de encontrarse de repente con una de las niñas Agreste, y por mucho que las fuera a echar de menos, no quería verse obligada a despedirse.

Con la bolsa firmemente cogida en una mano, abrió la pesada puerta y bajó la escalinata.

El coche no tardaría mucho en dar la vuelta. Cinco minutos, tal vez diez, tal vez...

—¡Marinette Cheng!

El estómago le cayó a los tobillos. Era Nathalie. ¿Cómo podía haberlo olvidado?

No pudo moverse, paralizada. Miró alrededor y luego los peldaños, tratando de decidir hacia dónde huir. Si volvía a entrar en la casa, Nathalie sabría dónde encontrarla, y si echaba a correr por la calle...

—¡Policía! —chilló Nathalie—. ¡Necesito un policía!

Marinette soltó la bolsa y echó a correr.

—¡Que alguien la detenga! —gritó Nathalie—. ¡Detengan a la ladrona! ¡Detengan a la ladrona!

Marinette continuó corriendo, aun sabiendo que eso la haría parecer culpable. Corrió con todas las fibras de sus músculos, con cada bocanada de aire que conseguía hacer entrar en los pulmones; corrió, corrió y corrió...

Hasta que alguien le cerró el paso y de un empujón la arrojó de espaldas en la acera.

—¡La tengo! —gritó el hombre—, ¡La tengo!

Marinette cerró y abrió los ojos, ahogando una exclamación de dolor. La cabeza le había chocado con la acera en un golpe aturdidor, y el hombre que la cogió estaba prácticamente sentado en su abdomen.

—¡Ahí estás! —graznó Nathalie, corriendo hacia ella—. Marinette Cheng ¡qué descaro!

Marinette la miró furibunda. No existían palabras para expresar el aborrecimiento que sentía en su corazón. Por no decir que no podía hablar por el dolor.

—Te he andado buscando —le dijo Nathalie con una diabólica sonrisa—. Lila me dijo que te había visto.

Marinette cerró los ojos y los mantuvo así un rato más largo que un pestañeo normal. Ay, Lila. Dudaba de que la muchacha hubiera querido delatarla, pero su lengua tenía una manera ineludible de adelantarse a su mente.

Nathalie afirmó el pie muy cerca de su mano, la que le tenía inmovilizada por la muñeca el hombre que la cogió, y sonriendo trasladó el pie hasta plantarlo sobre la mano.

—No deberías haberme robado —dijo Nathalie, con sus ojos azules brillantes.

Marinette se limitó a gruñir. Fue lo único que consiguió hacer.

—¿Lo ves? —continuó Nathalie alegremente—. Ahora puedo hacerte encarcelar. Supongo que podría haber hecho eso antes, pero ahora tengo la verdad de mi parte.

En ese momento llegó un hombre corriendo y se detuvo con un patinazo ante Nathalie.

—Las autoridades vienen en camino, milady. Dentro de nada tendremos a esta ladrona en prisión.

Marinette se cogió el labio inferior entre los dientes, una parte de ella rogando que las autoridades se retrasaran hasta que saliera lady Agreste, y otra parte rogando que llegaran inmediatamente para que las Agreste no vieran su vergüenza.

Y al final logró su deseo, es decir el segundo. No habían pasado dos minutos cuando llegaron las autoridades, la metieron en un carretón y la llevaron a la cárcel.

Y lo único que podía pensar Marinette mientras la llevaban era que los Agreste no sabrían nunca lo que le había ocurrido, y que tal vez eso era lo mejor.