Martes 13! Día donde las brujas salimos de paseo, por eso se me antojó adelantarles el capítulo... y en agradecimiento por vuestra compañía en esta locura, que como saben, la hago con todo cariño para ustedes.
Gracias a todas las que siguen aquí, a quienes comentan y a quienes no. ¡GRACIAS!
No se diga más! A leer entonces.
Nos reencontramos... en un par de días, ¿les parece?
Besos a todas.
Capítulo 21
La secretaria del abogado Carlisle Cullen abrió la puerta del despacho a una enojada Esmerald Platt, ex esposa del abogado. La oficina se encontraba en el tercer piso de un edificio del centro cívico de la ciudad, espacio luminoso, sencillo pero elegante, cuya decoración tenía la mano de esa misma mujer que acababa de entrar furiosamente.
Por supuesto, Esmerald no le dio las gracias a la secretaria que la llevó hasta allí, simplemente esperó a que la asistente de Carlisle desapareciera antes de caminar frente al escritorio del abogado que ella misma había elegido. Dejó su cartera sobre la base de la mesa y se cruzó de brazos, mirándolo con desaprobación.
Carlisle, en tanto, inspiró profundo y se preparó para los reclamos que Esme seguro llevaba para él, imaginándose ya de qué trataban. A la espera de sus reproches, Carlisle no evitó reconocer lo hermosa que era esa mujer vestida de un elegante abrigo rojo, ceñido a las curvas de su cuerpo y que combinaba tan bien con el color de su lápiz labial. Su rostro lozano enmarcado por su brillante cabellera caoba, que no denotaba la verdadera edad de esta mujer que demostraba tener no más de cuarenta, cuando en verdad los cuarenta los había pisado hace ya siete años.
―No puedo creer lo insensato que has sido. ―Refutó con indignación bien dominada.
― ¿Insensato, por qué? ―preguntó, pasándose la mano por su corbata, mirando allí sentado desde el sillón de cuero a la molesta mujer.
― ¡Por avalarle la locura del divorcio a Edward! La misma Antonieta me dijo que tú eras el abogado de Edward, que estabas mediando entre ambos ―dijo Esme, refiriéndose a la madre de Rosalie, que tan preocupada le había llamado hace unos días atrás.
―Él me lo pidió ―respondió simplemente.
Al parecer, eso enfureció aún más a Esme, que por todos los medios intentaba no perder la compostura.
―Podrías haberte negado y aprovechado la instancia en la que él se acerca a ti para aconsejarlo mejor.
―Edward está enamorado. Quiere estar con la mujer que ama, ser feliz con ella ¿cómo iba yo a no apoyarlo en eso?
―"La mujer que ama" ―soltó una risa carente de gracia, pero llena de ironía ― ¡Por Dios, Carlisle! La conoce hace cinco minutos, ¿cómo es posible que diga que la ama?
—Así es el amor, Esme ―comentó él, casi para sí mismo, concentrándose en su ordenador personal, intentando ignorar a la mujer a la que hace poco le profesaba su amor.
Ella entonces abrió su bolso, el mismo que había dejado sobre el escritorio, sacando de este una revista donde en la portada, aparecía Rosalie sobre un titular en letras amarillas: "La escritora que escapa de la muerte". Se la extendió a Carlisle, el que alzó sus cejas al ver a la rubia escritora en la portada.
―Supongo que no has leído esta entrevista.
―No tenía idea que Rosalie había concedido una.
Esme, apresurada, abrió la revista y volvió a extendérsela a su ex marido, para que el mismo leyera el titular interno, que a ella tanto le avergonzaba. Cuando Carlisle lo hizo, inspiró y torció la boca. El titular rezaba: "Rosalie cuenta su propia historia digna de una novela: Sí, mi marido me dejó por otra mujer".
―No tengo necesidad de leerla para saber que Rosalie habla desde la herida, desde el rencor.
―Oye esto. ―Ignoró Esme el comentario de Carlisle, hojeando la revista hasta que dio con el primer párrafo donde se hablaba de Edward ―"Fue una sorpresa saber que pese a todo lo que a esta escritora de casi treinta años le ha tocado vivir, su esposo, el virtuoso músico y director de la Orquesta Sinfónica de Leonilde, haya decidido dar por terminado el matrimonio de ambos, después de cuatro años casados"
Carlisle afirmó sus codos sobre el escritorio y masajeó su sien, rogando en silencio que Esme acabara de una vez de leer esa entrevista carente de honestidad y respeto hacia Edward. Esmerald en tanto ignoró el gesto de hastío del abogado, continuando con la lectura.
"Fue desconcertante para mí, dijo la escritora, y ha sido muy doloroso. Entiendo que la mujer por la que me dejó sea una aprovechadora que nada más busca un hombre de la posición de Edward, colgarse de su nombre y de su fama, pero tengo la esperanza de que él finalmente logrará entrar en razón y olvidar este pasajero desliz."
¿O sea que no da por terminada definitivamente su relación matrimonial con el músico? Pregunta la periodista, a lo que la escritora responde enérgicamente con un no, diciendo que es una de esas malas épocas por las que todo matrimonio pasa alguna vez.
― ¡¿Te das cuenta?! ―exclamó Esme, cerrando la revista con un movimiento enérgico y dejándolo sobre el escritorio furiosamente. ― ¿Te das cuenta lo que provocó Edward con todo eso? Ahora estará en boca de todos y…
―Puedo entrever lo que Rosalie quiso provocar con esa entrevista ―interrumpió Carlisle, un poco molesto por lo que Rosalie estaba dando a entender. No le era necesario leer por sí mismo el resto de la entrevista para saberlo ―Quedar como la víctima… no entiendo por qué simplemente no aceptó la decisión de Edward, como la mujer madura que se supone que es.
―Lo mejor será convencer a Edward que acabe con esta locura, así Rosalie se retractará de todo lo que dijo, y todo volverá a ser como antes ―comentó Esme, jugueteando con un anillo de oro. Carlisle torció la boca y meneó la cabeza, por supuesto en desacuerdo.
―Me temo que Edward no dará pie atrás, y si piensas que él lo hará es porque realmente no lo conoces.
―Tienes que convencerlo ―inquirió Esme, abriendo mucho sus ojos claros.
Carlisle, con la misma calma con la que llevó esa conversación, respondió:
―No haré tal cosa. Seguiré apoyándolo en su decisión.
Esmerald apretó los dientes y quiso gritarle al abogado para hacerlo entrar en razón, pero no lo hizo. Finalmente lo único que hizo fue tomar su cartera y colgarla en su antebrazo, mirándolo furiosa.
―En vez de estar apoyando a Rosalie, tendrías que ponerte en favor de quien amas como a tu hijo. —Dijo Carlisle, poniéndose de pie, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón de lana negra.
―Tendré una aclaratoria conversación con ella, no te preocupes ―comentó con su tono de disgusto ― Pero me interesa que Edward retome su sensatez, y pensé que tú podías ayudarme, pero veo que no lo harás.
―Pues no lo haré ―puntualizó con tono firme, inamovible ― ¿A caso no lo ves? Él está feliz…
―No por mucho, esa mujer no es la adecuada para él.
―Ya veo… ―comentó sin que aquella aseveración que Esme lanzó le causara extrañeza. ―Pues lo siento.
―Más lo siento yo. Pensé que sabía con el tipo de hombre con quien me había casado alguna vez.
Y después de decir esto, se dio media vuelta y salió del despacho de Carlisle con paso furioso, dando un portazo al salir. Carlisle se quedó pensando, viendo la estela del perfume que Esme había dejado ahí, meditando en que su postura apoyando a Edward era la mejor que había tomado. No caería en el juego de Rosalie, ni en el de Esme.
Mientras la ex esposa de Carlisle esperaba el elevador, oyó el sonido de su teléfono que había guardado dentro de su cartera. Seguro se trataba de James, pensó queriendo ignorarlo, pero la curiosidad o lo que sea pudo más, sacando el aparato y viendo en la pantalla el nombre de Aro Vulturi.
―Qué querrá ahora… ―dijo, meditando en contestar, hasta que finalmente lo hizo. ―Aro, buenos días.
―Queridísima Esmerald ―respondió Aro, con su tono de voz ronco y pausado. ―Espero que me hayas extrañado durante mi ausencia.
―Presumo que los negocios te sacaron de la ciudad ―acotó ella, metiéndose al elevador cuyas puertas se habían abierto para ella.
Nada más esperaba que el llamado de Aro Vulturi no tuviera nada que ver con la maldita entrevista que Rosalie en todo su despecho dio a esa revista de alta circulación.
―Sí. Entenderás que las cosas no se hacen bien a no ser que sea uno quien las haga…
―Entiendo lo que dices. ―se afirmó en el muro frio del cubículo, y esperó hasta que éste llegara al primer piso. Mientras, intentaba concentrarse en el diálogo con Aro.
―Me apetecería mucho que nos reuniéramos a cenar, el día que tú dispongas, por supuesto. Hay muchos temas que me gustaría tocar contigo.
Esme no sabía qué temas eran los que Aro quería tratar con ella con tanta insistencia. Rogaba que no quisiera saber más de Elizabeth Masen, madre de Edward, a quien él también conoció.
―Hoy me es imposible, tengo asuntos importantes que arreglar. Quizás la próxima semana podríamos quedar.
―Me parece estupendo. Volveré a llamarte para concretar un día ―anunció con voz segura ―Y espero que todo vaya en orden contigo, querida.
―Todo estupendamente, Aro... ―respondió ella, jurando arreglarlo todo, por todos los medios posibles.
**oo**
Edward hizo un último movimiento con ambas manos al aire, cerrando así la pieza musical con la que estaban ensayando en ese momento. Bufó e hizo un par de anotaciones sobre las partituras, girándose hacia su costado derecho, justo donde había tres chelistas, haciéndoles un comentario sobre una parte que se debía corregir, pues se apartaba ligeramente del sonido perfecto. Los tres jóvenes asintieron concentrados y tomaron nota del comentario del maestro, mientras el resto cuchicheaba entre ellos, como había ocurrido desde tempranas horas en las que él llegó a su lugar de trabajo.
Al llegar Edward esa mañana a su trabajo, aparcó su coche en el lugar de siempre, pero se quedó dentro de su vehículo por unos momentos más, sirviéndole este como protección del mundo exterior.
Debía de estar contento, al menos tranquilo, pues Isabella estaba lejos de peligro y el día anterior había ya sido dada de alta. Pero claro, su alegría por ver mejor a la mujer que amaba se vio enturbiada por la maldita entrevista sobre la que su amigo Jasper lo puso al tanto. No la había leído ni pensaba hacerlo, ya suficiente tenía con lo que el dibujante había resumido para él, aunque quería cerciorarse que todos los dardos de Rosalie fueron contra suya y no contra Isabella, a la que le ocultaría la existencia de dicha entrevista. La pondría triste y después de lo que le había pasado, no quería que nada la alterara.
―Bien hecho, chicos ―dijo el maestro en voz alta desde su tarima ―recuerden ensayar las modificaciones que hicimos al inicio y las piezas nuevas que añadimos. ¿Alguien tiene alguna pregunta?
Varios de los jóvenes que pertenecían al grupo sinfónico que Edward dirigía carraspearon y se pegaron codazos mirándose los unos a los otros, hasta que una violinista se puso de pie levantando el arco.
―Esto… ejem… maestro… ―se notaba incómoda, pero ella era una de las integrantes del grupo que de alguna manera hacía como vocera, la que en ese momento decidió no quedarse callada respecto a lo de la entrevista que ya era tema en la mayoría de sus compañeros. ―Quería… quería preguntarle si leyó la entrevista que dio su esposa… su ex esposa, digo. He oído un montón de comentarios tan solo llegar esta mañana, y pues quería saber… quería saber cómo estaba usted con ello.
―Honestamente, no sé cómo interfiere mi vida personal con lo que hacemos aquí ―dijo con calma, ordenando los papeles que estaban revueltos sobre el atril. Los sostuvo en la mano y golpeó con el montón de hojas sobre la base para ordenarlos, levantando su vista hacia la muchacha que continuaba de pie. ―No la he leído y no pienso hacerlo. Estoy tranquilo y no tengo nada que esconder, y ciertamente nunca me atrevería a buscar un periódico o una revista para ventilar mi vida privada. Así que si quiere saber cómo estoy, pues estoy bien, solo algo decepcionado, pero eso es otra cosa… Y espero que esta sea la última vez que tenga que tratar este tema con ustedes.
―Yo y el resto estamos preocupados por usted, y bueno… era inevitable no hacer comentario, pero lo apoyamos porque lo conocemos. Varios creemos que se libró de una buena, si me permite mencionárselo…
El resto del grupo rio por lo bajo y Edward no pudo hacer otra cosa que imitarlos. Al menos sus muchachos no estaban apuntándolo con el dedo, sino que estaban prestándole su apoyo, así que no le quedó de otra que agradecer a su equipo y dar por finalizada la conversación y el ensayo.
Pensaba mientras salía al estacionamiento con dirección a la escuelita de niños donde hacía poco había retomado sus labores, que ciertamente él había actuado mal en un comienzo y lo reconocía. Por eso había tomado la decisión de hablar con Rosalie, porque si hubiese sido otro simplemente hubiera seguido adelante con su esposa y su relación extramarital. ¿Hasta cuándo iba a tener que soportar todo eso?
Aquel día almorzó con Jasper, quien cargaba con sus propias desdichas y su corazón roto por no saber cómo recuperar el amor y la confianza de su Alice, quien en cuanto lo veía lo maldecía y le juraba que nunca regresaría con él. La última vez, en el hospital, cuando Isabella aún estaba allí, Alice simplemente lo ignoró, causándole aquello más dolor que cuando la enfermera le reclamaba furiosa.
―No paro de suplicarle, pero ella simplemente ahora me ignora. ―El dibujante cabizbajo meneaba la cabeza, haciendo a un lado su plato de comida que no había tocado todavía. ― ¿Qué voy a tener que hacer?
―Uhm… volver a reconquistarla, supongo ―comentó el músico, sentado en las sillas del comedor repleto en ese momento de niños que igual que ellos disfrutaban de su almuerzo. ―Sorprenderla, con eso va a llegar un momento en que no podrá ignorarte.
― ¿Y cómo la sorprendo?
Edward lo miró de reojo y se concentró en el plato de espaguetis con carne que tenía al frente.
―Pues averígualo.
Jasper asintió como si Edward le hubiera revelado una gran idea, mientras distraídamente jugueteaba con el cubierto. Enseguida se giró del todo hacia Edward para hablarle.
―Por cierto, y pasando ahora a tu sobresaltada vida, ¿puedes creer que Esme me llamó preguntando por ti, ya que estás ignorando sus llamadas?
―Que se joda Esmerald.
Jasper sonrió, volviéndose hacia su plato, abriéndose el apetito. Inhaló el aroma de su plato de tallarines aun tibios que había sido proporcionado para el músico y para él por las damas que trabajaban en la cocina de la escuelita, las que se molestaron cuando Edward les dijo que mandaría a comprar comida, pues no quería abusar. Pero en ese lugar que no gozaba de comodidades ni mucho menos le sobraba la comida, no se hacían problemas para dar un plato de almuerzo al desinteresado profesor de músico ni mucho menos a su amigo.
―Si ya leyó la entrevista, debe andar cacareando de un lado a otro, y te apuesto que fue a reclamarle a Rosalie… ―comentó Jasper, divertido, imaginándose a Esmerald Platt, de un lado para otro, demandando explicaciones.
Pero si había una cosa que no figuraba dentro de la lista de preocupaciones de Edward, era lo que a Esmerald pudiera opinar.
―No me interesa nada respecto a Esme ni lo que haya hecho, pero no me quedaré así tranquilo con lo que Rosalie hizo. Iré esta misma noche a hablar con ella y pedirle explicaciones sobre esta estupidez.
―Hazlo, maestro, y déjale clarito que no darás pie atrás. Amenázala con demanda si es necesario.
―No llegaré a eso, simplemente me debe una explicación. Además, lo único que me interesa es que firme el condenado divorcio de una buena vez.
― ¿Le contarás a Isabella? Sobre lo de la entrevista…
Edward arrugó la frente y limpió la boca con la servilleta.
―No, por lo menos no ahora. Le dejé un mensaje a Alice para que nadie se lo diga, si es que llega a manos de alguien que pueda comentárselo.
―Por supuesto.
El músico miró su reloj de pulsera y apartó el plato. La hora había pasado rápido, cosa buena para él.
―Tengo que regresar a la sinfónica después de unas clases que tengo aquí, luego iré a ver a Isabella, y después iré a ver a Rose.
― ¿Puedo acompañarte a ver a Isabella?
―Supongo que no hay problema. Tendría que preguntarle a ella o a su madre.
―Por cierto, ¿Su madre ya te adora, no? ―bromeó Jasper, golpeando a su amigo con el codo, directo en las costillas.
Edward miró a su amigo y rodó los ojos. Cada día que Isabella estuvo en el hospital, él estuvo a su lado incluso acompañando a Renée, hablando de una cosa y de otra. Cada cosa que ella le preguntaba él se la respondía, ya sea sobre su vida personal, como del trabajo. Edward estaba demostrándole cuánto amaba a su hija a través de la confianza que estaba retribuyéndole. Podía estar tranquila porque él cuidaría de su pequeña, incluso con su vida si era necesario.
―Quiero que me crea cuando le digo que amo a su hija, que confía en mí. El cariño viene por añadidura, supongo.
―Eres muy sabio, señor Masen.
No sabía si era una cuestión de sabiduría, pero era lo que sentía. Durante esos días se sintió tan cómodo en torno a la pequeña familia de Isabella, ―solo su tío y su madre ― que no le costó tomarles respeto y cariño. Se sintió familiarizados con ellos casi enseguida, muy diferente a lo que sintió al principio de su relación con Rosalie. Nada era igual y en nada se podía comparar.
Cuando acabó su trabajo en la escuela, fue a cubrir un compromiso en la sinfónica hasta las siete de la tarde. Después de eso enfiló hasta el departamento de su amada, siendo el hombre de cuello clerical, el padre Marcus, quien lo recibió al entrar.
―Qué bueno que lo veo. ―Dijo Marcus cuando hizo pasar a Edward, seguido de Jasper, que lo saludó con un apretón de manos. El músico se puso nervioso, intuía que lo que el sacerdote quería tratar era acerca de la dichosa entrevista. ―Creo que usted es la persona idónea que puede ayudarme.
Edward arrugó la frente sin entender. ― ¿Ayudarlo? Usted me dirá como.
―El Santo Padre mandó para la iglesia una especie de… regalo. Se trata de un órgano de tubos, ¿los conoce?
―Por supuesto que los conozco ―respondió aliviado. Marcus se abrochó su chaquetón negro y asintió, explicándole el asunto.
―Creo que viene sucio o tapado… no sé muy bien. Quizás usted mismo podría ayudar a refaccionarlo para usarlo en la congregación.
Edward sonrió encantado. Esos instrumentos eran verdaderas obras de arte, sobre todo las barrocas y que él solo un par de veces tuvo ocasión de tocar.
―No soy el indicado para limpiar un instrumento como ese, pero reuniré a un buen equipo restaurador. Yo mismo lo supervisaré.
―Bueno pues, se lo agradezco.
―Seguro se pelearán por ir a verlo, no se imagina la joya que ha llegado a sus manos.
―Para la Gloria de Dios, hijo mío ―levantó las manos y miró al cielo. Jasper no sabía si persignarse o besar las manos del curita, simplemente los miró y guardó silencio.
Cuando el padre Marcus se retiró, Renée los hizo pasar a la cocina porque tenía preparado una especie de banquete para sus invitados, o sea el músico y el dibujante. Cuando Alice supo que Jasper iría, se retiró excusándose que tenía que cubrir un turno.
―No podremos quedarnos mucho tiempo ―dijo, mirando a su amigo, quien ya se había llevado a la boca un trozo del pastel que Renée puso para él sobre un plato. ― ¿Me permite pasar a verla? ¿Está despierta?
―Sí, ahora lo está. Ha dormido mucho con los antiinflamatorios y esos remedios que le dieron, pero ya está despierta, incluso comió algo con mi hermano.
―Perfecto. ―se puso de pie, pidió permiso, dejando a la madre de Isabella y a su amigo en la cocina, conversando, dirigiéndose él por el pequeño pasillo hasta el cuarto de su chica, el que se encontraba con la puerta abierta.
La encontró sentada contra el cabecero de su cama, vistiendo un gracioso pijama de patitos de goma, muy concentrada leyendo un libro que su amigo Eleazar Ananías le había prestado, para palear el aburrimiento de estar en cama mientras se recuperaba.
Cuando ella presintió su presencia, levantó los ojos del libro y le regaló una hermosa sonrisa, cerrando los ojos y disfrutando de las caricias que las manos de Edward proporcionaban a su rostro.
― ¿Te has portado bien? ―preguntó Edward, sentándose junto a ella en la cama, antes de besar suavemente sus labios con un casto y tierno beso.
Isabella sonrió y extendió su mano hasta el rostro del músico, el que acarició perezosamente. Adoraba pasar sus dedos por la barba que él solía dejarse y que lo hacía ver tan atractivo. Había tenido mucha suerte que un hombre tan atractivo como él pudiera amarla, y no solo hablaba de su atractivo rostro, sino de sus sentimientos, de su corazón, justo en ese momento en que ella honestamente se sentía muy poco atractiva, pues los rastros de la golpiza que le dieron, seguían marcando su rostro.
―He sido muy obediente. Creo que desde mañana comenzaré a moverme por la casa. Las costillas deben estar sanando ya.
―No abuses, por favor.
―No lo haré. ―prometió, dejando el libro sobre su mesita de noche e invitándolo para que se sentara a su lado. Él lo hizo, rodeándola con cuidado por los hombros, besando su cabeza, añorando el día que no tuviera que moverse de allí, que no tuviera que despedirse de ella. ― ¿Tu día estuvo bien?
―Muy movido, pero bien ―respondió, no comentándole el asunto de la entrevista como lo había prometido. ―Jasper está en la cocina, alimentándose con las delicias que prepara tu madre.
―Que sepas que no lo he perdonado, pero agradezco lo preocupado que ha estado por mí. ―admitió ella, haciendo una mueca con los labios, que provocó que Edward sonriera pero de ternura. Le besó el tope de su cabeza y le explicó el estado de ánimo de su amigo.
―No seas cruel, si parece un alma en pena. Alice podría ponerse una mano en el corazón y darle una oportunidad de explicarse, ¿no te parece?
―Podría, pero ella no lo ha pasado bien, por eso nunca tuvo relaciones serias hasta que conoció a Jasper. Antes de él, desconfiaba de todos los hombres, y con esto que pasó, pues será difícil que lo perdone…
―Dios, Isabella, no me digas eso, porque significa que tendré que aguantar sus quejas por mucho tiempo más.
―Pues él se lo buscó.
Edward torció la boca y pensó que su amigo tendría que usar toda su imaginación para llamar la atención de la escurridiza enfermera que parecía firme en su decisión de no perdonarlo.
―Bueno, dejemos a Jasper por un momento. ―Se inclinó para besar el cuello desnudo de su chica, que se estremeció con el roce de sus labios, antes de tocar un tema delicado que habían hablado el día anterior —Ya han pasado varios días desde que hicimos la denuncia de tu asalto. Ahora que estás mejor, podrías hablar con uno de los policías que tomó el caso y recordar lo que más puedas, el rostro de alguno de ello…
Isabella cerró fuertemente sus ojos, pues el rostro de uno de los hombres, el que fue más violento con ella, no dejaba de aparecérsele en sus sueños. Era probable que no le costara reconocerlo, pero no quería hacer nada, no quería seguir adelante con esa denuncia que tanto su tío como Edward insistieron en hacer. Sabía que ese tipo de delitos no eran resueltos, y cuando ocurría, los asaltante salían de la cárcel después de poco tiempo. ¿Para qué iba a perder tiempo en eso?
―Edward… ―susurró nerviosa, jugando con el enredón floreado de su cama ―no quiero seguir adelante con esto…
―Isabella ―dijo él en tono de reproche.
― ¿Y qué vamos a sacar? ―preguntó, moviendo sus manos al aire ―A mí ya me golpearon, y quizás donde se metieron esos tipos. Además, como están las cosas ahora en esta ciudad, seguro los detienen por un par de horas y después los sueltan.
―Esa no es excusa.
―Bueno, pues lo siento. Ya se lo dije a mi tío, no voy a seguir adelante con esa denuncia. Han pasado los días y no creo que les interese que después de todos estos días yo declare.
No podía creer que ella no quisiera seguir adelante con la denuncia, sobre todo con la corazonada que él tenía sobre aquel asalto y que no se había tratado de algo fortuito como Isabella pensaba. Se oía decidida e inamovible en su decisión, lo que lo hizo bufar frustrado, pensando en que tendría que hacer las cosas a su modo y sin que ella supiera.
― ¿Es tu última palabra?
―Lo es, sí. Ahora mismo no quiero ni ver a policías ni hacer declaraciones sobre algo que quiero olvidar. Quiero recuperarme de una vez y volver a trabajar, a retomar mis labores cotidianas.
―Está bien, está bien cariño ―le levantó el mentón con sus dedos y besó sus labios suavemente, deseando poder dejarse llevar, tumbarla bajo su cuerpo y hacerle el amor, pues la extrañaba. Pero no podía, primero porque estaban en casa, con su madre, ella estaba recuperándose y él tenía que hacer algo importante esa noche. ― ¿Sabes cuánto te extraño?
―No me digas eso… ―susurró con sus labios delicados sobre la suave presión de los de Edward ―Estoy tentada de dejarte entrar a hurtadillas cuando mamá se va a la cama.
―Pronto no tendré que entrar a hurtadillas ni tendremos que despedirnos hasta el día siguiente. Pronto estarás durmiendo cada noche entre mis brazos…
― ¿Supiste algo de Rosalie…? Ya sabes, por los papeles que Carlisle le mandó sobre… sobre el divorcio.
―No, y esta misma noche iré a hablar con ella. No voy a esperar más tiempo.
― ¿Te irás pronto?
―No quisiera hacerlo, pero prefiero no dejar pasar más tiempo. Si voy ahora, la visita será corta. No quiero alargar el encuentro lo justo y necesario.
―Quisiera… quisiera pedirle perdón. De alguna manera yo…
―No, Isabella…―se incorporó de tal manera de quedar frente a Isabella, tomar su rostro con ambas manos y hablarle mirándole fijamente a los ojos. ―Yo le pedí perdón porque la engañé, pero fui sincero al final y quise hacer las cosas bien. No quería seguir engañándola ni haciéndole daño. Tú por nada tienes que disculparte, si hay un culpable, soy yo.
―Pero si yo me hubiera hecho a un lado, si…
― ¡No! ¿Aún no lo entiendes? ―preguntó con ansiedad, bajando el tono de su voz, mientras ella lo miraba mordiéndose el labio nerviosamente ―Me casé con Rose porque pensé que nunca aparecerías en mi vida, simplemente me conformé y no te esperé, porque eras y eres tú la única mujer a la que voy a amar. Si hubieras decidido hacerte a un lado como lo intentaste hacer, yo no lo hubiera permitido, no cuando sé que me amas de la misma forma que yo a ti.
―Claro que te amo y soy capaz de todo por ti.
Esta vez Isabella se olvidó de las dolencias de su cuerpo y rodeando al músico por el cuello, lo besó con la misma profunda intensidad con que sus sentimientos gritaban por él, no demorando en sentir las manos tibias del músico colarse por debajo de su chaquetilla de pijama y acariciar la piel sensible de su espalda baja.
Si hubiesen estado solos, probablemente ella se hubiera encaramado sobre el regazo de su amado Edward y entre besos y caricias le hubiera rogado que le hiciera el amor, que ya habían pasado muchos días y que su cuerpo y su alma estaban reclamando. Era probable que sin tener que rogar mucho, él hubiese accedido, y con delicadeza y amor infinito la hubiera desnudado, se hubiera desnudado él y hubieran unido sus cuerpos en un acto de amor.
Pero no estaban solos. Eso le recordó el carraspeo que se oyó desde la puerta.
Edward sacó sus manos de la espalda de Isabella y se giró hacia la puerta, encontrándose con Renée y tras ella Jasper, que los miraba con las cejas alzadas, divertido.
Isabella se apartó y se reacomodó con cuidado sobre su cama, pasándose las manos por su cabello mientras que Edward sentía sus pómulos rojos, como chiquillo de quince descubierto por la madre de su novia, con quien estaba besuqueándose. Saber que Renée era no vidente no lo tranquilizaba, pues la mujer si bien el sentido de la vista lo tenía del todo bloqueado, sus demás sentidos trabajaban muy bien, más desarrollados de lo normal.
―Al joven Jasper se le ocurrió entrar a verte ―Dijo la madre de Isabella, entrando a cuarto con pasos firmes, sin titubear. Llegó justo al otro lado de la cama de donde su niña se encontraba, estirando la mano hasta el rostro de Isabella, la que salió a su encuentro y puso sobre su mejilla. ― ¿Se están portando bien?
Jasper sonrió y miró a Edward, que le lanzó a su vez una mirada asesina, antes de dirigirse a la amable Renée, que en vez de estar enojada, parecía divertida con la situación.
―Ejem… por supuesto, Renée. Le comentaba a Isabella que tendría que marcharme rápido esta vez por un asunto que tengo que atender.
― ¿No va a comer nada, Edward?
―Me temo que no esta vez ―miró entonces a Jasper, que seguía de pie en la puerta ―pero mi acompañante seguro comió por mí.
Fue entonces en momento en que el dibujante entró, ignorando a su amigo y mirando a Isabella con una sonrisa de disculpa en los labios, como si la mirada de la chica lo pusiera nerviosos… y es que lo hacía pues veía en ella los ojos acusatorios de Alice.
―El pastel de arándanos que prepara doña Renée está en el primer lugar de mis favoritos ―dijo, sonriéndole a la madre de Isabella, que parecía encantada de oír aquel halago. Después volvió a mirar a Isabella y levantó una pequeña caja que había llevado como presente para ella. ―Isa… esto… supe que te habías quedado sin teléfono después que te lo robaran, y presumo que el cabeza hueca de mi amigo no se ha encargado de comprarte uno, así que me permití traerte uno de regalo.
Edward rodó los ojos. Descaradamente Jasper, para congraciarse con Isabella, había robado la idea de su amigo y se le adelantó a comprarle el último modelo IPhone que había salido al mercado ese año.
Con el regalo en la mano y su sonrisa tensa en los labios, Jasper se acercó a Isabella y le entregó la caja, que ella miró alzando sus cejas de sorpresa.
―Te lo agradezco, Jasper, pero no sé si sea buena idea recibirte este regalo…
―Hazlo, cariño ―intervino Edward ―el hombre puede permitírselo.
―Ejem… yo… he estado muy al pendiente de tu recuperación. Incluso fui al hospital a verte…
―Lo sé y te lo agradezco.
―No quisiera que estuvieras enojada conmigo…
―Jasper me contó lo que pasó con Alice y ese mal entendido ―dijo ahora Renée, que al parecer en escasos quince minutos tuvo oportunidad de develar el alma del dibujante por completo. ―está arrepentido y cree que se merece una oportunidad de ser escuchado.
La sonrisa de Jasper se hizo más grande, mientras Isabella miraba alternadamente a su madre y a Jasper. Edward simplemente negaba con la cabeza, no podía creer que Renée pudiera defenderlo de ese modo.
―Bueno, será que los dejo discutiendo el futuro amoroso de Jasper ―dijo finalmente Edward, poniéndose de pie y abotonando su chaqueta. Miró a Isabella y le acaricio el rostro cuando ella con ojitos tristes le rogaba que se quedara. ―Que Jasper configure tu teléfono y me envías un mensaje cuando lo tengas par aguardar el nuevo número. Mañana estaré aquí en la mañana, ¿está bien?
―Podrías quedarte a almorzar, Edward ―propuso Renée, sentándose en la cama junto a su hija. Edward sonrió y asintió agradecido.
―Estaré encantado, Renée. Muchas gracias.
Se despidió de su Isabella, de Renée y de Jasper, estrechándole la mirada a este último en una tácita advertencia. Salió del apartamento hasta la calle donde había aparcado su coche, metiéndose dentro de este y sacando su teléfono con la intención de marcarle a Rosalie para hacerle saber que iba hacia allá, pero se retractó en último momento, no sabe bien por qué.
**OO**
La última vez que lo vio fue aquella noche cuando la cena con comida china quedó enfriándose sobre la mesa de la cocina. Esa vez, Emmett había visto los papeles de divorcio y le había preguntado por qué no los había firmado aun, sobre todo en ese momento justo después de la noche que pasaron juntos. Estalló en ira cuando Rosalie le dijo que no lo haría, que intentaría recuperar su matrimonio, diciéndole él un montón de cosas que la dejaron pensando mucho tiempo, que la dejaron pensando en él y preguntándose con quien o con cuantas mujeres había intentado olvidarla en todos esos días que habían pasado sin tener noticias el uno del otro.
Un montón de veces tuvo su teléfono en la mano para llamarlo, y cuando lo hizo él simplemente no contestó. Cuando le preguntaba a su madre por él, Antonieta comentaba sobre un largo viaje que Emmett estaba preparando y que lo llevaría a residir en otra ciudad y que su partida al parecer, estaba muy cerca.
¿Cómo era posible que se fuera sin decirle nada a ella? ¿Será que quizás en esos días alguna otra mujer logró convencerlo de tenerla a su lado como algo más que un ligue sexual de una noche?
Lloraba por las noches pensando en Emmett y la forma deliberada en que la ignoraba; lloraba con amargura como en verdad tendría que estar llorando por su marido al que supuestamente quería recuperar pero de quien se había olvidado en todos esos días, hasta aquella mañana cuando su madre la llamó por teléfono para advertirle sobre la entrevista que había dado y que ese día salía a circulación.
Honestamente no le importaba nada ni nadie que no fuera Emmett y olvidándose de los cánones y de lo que era éticamente correcto, fue a medio día hasta el edificio donde él trabajaba, presentándose con su secretaria como la hermana del señor Hale.
―Tendrá que esperar, porque el señor Hale está en una reunión importante y pidió ser no interrumpido. Después tiene otros compromisos… me temo que su agenda está llena, no puedo asegurarle que pueda recibirla. Pero quizás si me deja un recado para él, yo…
―Dígale que estuve aquí y… que lo espero a las siete en mi casa. Que de su visita depende lo que pase de aquí en adelante.
La asistente del empresario quedó un tanto confusa por el extraño recado, que anotó tal cual en su agenda, prometiendo entregárselo apenas el señor Hale saliera de su reunión.
Esperanzada en que Emmett aceptara ir esa noche, se fue de comprar para prepararlo todo para esa noche. Lencería de encaje nueva, un vestido rojo furioso, ajustado y con un escote en v pensando especialmente para él que adoraba verla vestida de diablo, le dijo alguna vez. Unos exquisitos zapatos de tacón aguja Louboutiny el aroma de un perfume nuevo de aromas cítricos, también de todo el gusto de Emmett.
Preparó la casa, mandó a pedir comida italiana y se metió en la tina a darse un baño en agua de rosas, saliendo de allí una hora antes de la cita. Se maquilló, se peinó y se puso la lencería y el traje nuevo, caminando hacia la cocina para disponerlo todo para su invitado. Había puesto su teléfono en silencio pues no estaba dispuesta a atender la llamada de nadie, ni siquiera si Emmett la llamaba. Simplemente esperaría a que él fuera, y si no lo hacía… si no iba, ya pensaría en lo que haría.
Dispuso la mesa para dos, con la vajilla de loza fina y cubiertos de plata, mismo material del candelabro para tres velas. Revisó la cena que estaba calentándose en el horno, revisó que la temperatura del vino fuera la correcta, y se sentó sobre una silla a esperar.
Siete y quince de la noche, y Emmett no aparecía.
Siete cuarenta de la noche y Rosalie parecía pantera en celo moviéndose de un lado a otro. El muy cretino se estaba haciendo del rogar.
Ocho diez de la noche y el motor de un coche estacionándose en el espacio vació de la cochera, hace saltar a Rosalie de su asiente. Corre hasta una ventana que da al frontis de la casa y una sonrisa aparece lentamente en sus labios, tranquilizando a su ansioso y sobresaltado corazón.
Irguió su espalda y dando pasos tranquilos, caminó hasta el recibidor donde esperó que él apareciera, cuestión que hizo después de unos minutos, abriendo con su propia llave.
El empresario cerró la puerta muy despacio, dejando caer las llaves en un bol que estaba sobre una mesita a un costado de la puerta. Enseguida se afirmó contra la puerta y miró a Rose, comenzando desde sus infartantes zapatos de tacón, pasando por sus torneadas piernas, su vestido de un rojo intenso que envolvía su cuerpo haciéndole justicia a cada curva de su esbelto cuerpo, su escote que dejaba entrever la curva de sus pechos, su cuello delgado y su rostro ovalado enmarcado por su cabello rubio y brillante.
Era sin duda la mujer más excepcional que había visto alguna vez. Y era suya. Eso lo supo la otra noche cuando le hizo el amor, y lo corroboró esa misma tarde cuando fue a verlo a su oficina.
―Bueno ―dijo el hombre, cruzándose de brazos, cómodamente con su espalda recostada contra la puerta ―aquí me tienes. ¿Para qué me querías?
―Me has ignorado adrede durante todos estos días, ¿verdad?
―No quería entorpecer tus planes de reconquista con Edward. Además, he estado ocupado.
― ¿Qué es ese viaje del que comentó mamá?
―No es de tu incumbencia.
―Dímelo ―demandó ella, poniendo sus manos sobre sus caderas. ― ¿Vas solo?
―Reitero: no es de tu incumbencia saber dónde iré ni con quién, aunque compañía nunca me ha faltado, debes de saberlo…
―Eres un imbécil…
―Dime mejor, para qué me has hecho venir. ―se dio el lujo de mirar su reloj, mirando con desdén a la rubia que mordía su labio furiosamente ―tengo una cita más tarde…
― ¿Con quién?
― ¡Basta, Rosalie! No me vengas a exigir saber nada de mí cuando ya tomaste tu decisión…
― ¡Ponte en mi lugar! ¿Crees que no dudaría si las cosas… fueran diferentes entre nosotros? ¡Se supone que somos hermanos, maldita sea!... ¿O tu sabes algo que… yo no sepa?
―Me gustaría decirte que sí, pero… ―negó con la cabeza y se miró la punta de sus zapatos italianos. El gesto del Emmett duro y altivo había desaparecido, dejando ver a un hombre triste que se había escondido tras la máscara que fabricó para defenderse.
Ella entonces relajó su postura y caminó titubeante hasta ese hombre, rodeándolo por el cuello a la vez que él se aferraba a su cintura y hundía su rostro en el hueco de su cuello, aferrándose a ella como si fuera todo cuanto él tuviera.
―No sé qué hacer, Emmett… ―susurró ella, acariciándole el cabello negro por la nuca al hombre a quien sentía suspirar una y otra vez. ―No sé si alguien le ha tocado pasar por algo semejante…. No es justo.
―Elígeme, Rose. ―se apartó y juntó su frente a la de ella, mirándola a sus ojos oscuros y brillantes ―Elígenos y dejémoslo todo atrás. Pero ya basta de estar separados. Olvidémonos de los prejuicios, de lo que es bueno y lo que es malo… ¿Por qué como un amor como el que yo siento por ti ha de ser condenable? ¡No lo permito!
―Emmett… ―susurró ella, emocionada, ofreciéndole sus labios a Emmett, que los tomó enseguida, engulléndolos como si de ellos se alimentara después de mucho tiempo.
Ese era el momento en que ambos habían tomado la decisión de olvidarlo todo, y dejarse llevar por sus sentimientos. Con el tiempo verían cómo vivirlo libremente, pero mientras tanto, ambos iban despidiéndose con ese beso del pasado que los apartó pero que a la vez los tenía juntos, como lo era el lazo de sangre que los unía como hermanos, lazo que no les había impedido ni les impediría vivir su amor a como diera lugar.
Rosalie se despidió de Edward y del amor que construyó hacia él casi autoimponiéndoselo para solapar sus verdaderos sentimientos hacia Emmett; Emmett en tanto le dijo adiós al sin fin de mujeres que habían desfilado por su vida para acallar la falta que Rose siempre le hizo, para buscar en alguna de esas mujeres a alguna que reemplazara a su Rose, lo que nunca consiguió.
Emmett se apresuró a bajar su mano por el derrier de Rose, hurgando bajo su falda hasta dar con la piel suave de su muslo, el que levantó a la vez que giraba a la mujer y la empotraba contra la puerta, deslizando su boca por su cuello, de un lado a otro, ahogándose con el aroma del perfume cítrico que nunca había olido en ella.
―Oye… la cena…
―No quiero cena ―murmuró él, apretando la mano que rodeaba la pierna de Rose. Ella soltó un gemido y se apretó a él, disfrutando del contacto de sus manos. ―Te quiero a ti, desnuda, bajo mi cuerpo…
―Pues dejaremos la cena para más tarde entonces.
Emmett cargó a Rosalie sobre sus brazos como si pesara una pluma y se dirigió hasta la cama King del cuarto principal. Allí la depositó y con movimientos rápidos se deshizo de su chaqueta azul marina, su corbata de seda mientras que con la punta de los pies se quitaba los zapatos. Ella lo miraba, afirmada sobre el colchón con sus codos, encantada con la vista de aquel sexy hombre desvistiéndose apresuradamente para brindarle atenciones. Solo a ella.
El vestido rojo desapareció del cuerpo de la escritora, quien se acomodó sobre las suaves colchas de la cama, con los ojos cerrados, disfrutando de cómo Emmett disfrutaba y aprobaba del todo aquel conjunto sexy que llevaba bajo su vestido, pasando sus manos por la delicada tela de la tanga y el sujetador.
―Estoy estrenándolo. Lo compré para ti ―murmuró ella, percatándose de las manos de Emmett quedándose sobre sus pechos, apretándolos sobre la tela.
―Muy, muy lindos. ―se inclinó y con los dientes apretó un pezón y luego otro, soltando una risa cuando ella gimió y se retorció. ― ¿Y el perfume?
―También… el perfume también. Lo compré pensando en ti.
―Nena, qué feliz me haces ―admitió, antes de colocarse sobre ella.
Sujetó su cuerpo con los antebrazos y metió sus manos bajo la tela de la tanga, apretando sus nalgas mientras su boca y su lengua reclamaban atención. Rosalie, aun con sus tacones nuevos puestos, se abrió de piernas y rodeó al hombre con estas, descansado sus talones justo sobre el trasero bien formado de Emmett, mientras sus uñas arañaban su ancha espalda.
Los dedos diestros de Emmett, después de un rato, desabrocharon el sujetador negro, saliendo este disparado por el aire, cayendo en algún lugar del suelo, olvidado. Su boca volvió a cubrir uno de sus firmes pechos mientras una de sus manos hurgaba allí donde se unían los muslos de la mujer, hallando la fuente de su placer completamente acuoso, lleno de ansias por él.
La boca de Emmett descendió por el torso de Rosalie, pasando por su ombligo, agarrando con los dientes el borde de las braguitas negras y húmedas, sacándolas y metiendo su boca y su lengua, devorando la entrepierna, saboreando el clítoris de Rose como si se tratara de un delicioso caramelo, elevando su lívido cuando ella gritó su nombre, rogando no estaba segura por qué.
La ansiosa Rosalie no demoró en llegar a estallar en un atronador orgasmo que hijo gritar, agarrándose de la ropa de la cama. Poco después y sin darle tiempo a recuperarse, Emmett cubrió con su ahora cuerpo desnudo a Rose y ancló su miembro dentro de ella, moviéndose fieramente, mientras la besaba y le acariciaba el cuerpo con sus manos grandes y calientes.
Perdidos el uno en el otro, amándose y entregándose a ese amor que para todos era prohibido, no sintieron el motor de otro coche aparcar afuera de la casa. Tampoco se percataron de la puerta abrirse ni al hombre que entró despacio, mirando hacia un lado y otro, llegando primero a la sala de estar, donde vio el sobre marrón que reconoció como los papeles de divorcio que el abogado había hecho llegar para Rosalie. Lo tomó y sacó su contenido, esperando que ella hubiese firmado, pero nada, la línea sobre el nombre de Rosalie estaba en blanco.
El músico bufó frustrado y dejó caer los papeles sobre la mesita de centro que ahí había, saliendo de la sala para ir en busca de Rosalie. Al pasar por la cocina, percatándose que allí había luz y pensando que ahí la encontraría, arrugó el entrecejo cuando vio la mesa puesta, con velas y todo.
¿A caso habrá presentido Rose que iba a visitarla esa noche, después de la entrevista? ¿Qué iba a aplacarlo con una cena?
Oyó a lo lejos un quejido y se giró, poniendo oído hacia el sector de los dormitorios. Una corazonada lo hizo reaccionar y lo puso nervioso, no sabe por qué.
Tratando de no meter ruido, acortó la distancia hacia el cuarto principal, haciéndose los gemidos más claros a la vez que se acercaba. No era estúpido, él sabía que la mujer a quien reconoció por esos ruidos no se estaba quejando de dolor, sino de placer.
Se quedó de pie frente a la puerta entreabierta, decidiendo si entrar a encararla o dejar que siguiera con su "asunto". Si ella había decidido seguir adelante con su vida, pues le alegraba. Con ese último pensamiento, se giró sobre sus talones con la intención de salir de allí sin ser descubierto, pero algo lo detuvo, y fue la voz de Rosalie gimiendo una y otra vez el nombre de Emmett.
¿Había oído bien?
― ¡Emmett!... Oh, Dios, Emmett… sigue así… por favor…
Abrió Edward los como platos y automáticamente dirigió sus pasos hasta el dormitorio, donde se encontró con una escena digna de cualquier película porno… pero protagonizada por dos hermanos: Rosalie y Emmett.
El estómago se le revolvió y se sujetó contra el muro del dormitorio frente a la puerta, estático de pavor o algún sentimiento desagradable y profundo que no supo reconocer.
Entonces Rosalie, en un movimiento de cabeza, lo vio allí de pie, mirándolos con pasmo, comenzando a darle manotazos a Emmett para que se apartara. Cuando lo hizo y supo lo que sucedía, se quitó de encima y se cubrió con lo primero que pilló, sin poder articular palabra, igual que Edward, que los miraba a uno y a otro sin saber qué decir.
Sin esperar más, porque no aguantó el repudio, se giró y salió del dormitorio a toda velocidad, dejando a los amantes perplejos y nerviosos. Alguien había descubierto el secreto de los hermanos y muy probablemente no se quedaría callado frente a lo que vio.
El músico, como en estado de shock y actuando nada más por inercia, salió de la casa como si lo persiguiera el demonio, montándose sobre su coche y derrapando este al salir. Atravesó la ciudad a toda velocidad, odiando cómo las imágenes de Rosalie y Emmett se repetían una y otra vez en su cabeza.
No se trataba de celos, no se trataba de algún sentimiento de rencor frente al hecho que su ex esposa estuviera con otro hombre, sino la demencia del hecho, porque para él aquello era producto de mentes que no estaban bien.
¡Por Dios santo, si son hermanos! exclamaba en su fuero interno, mientras recorría el camino a su apartamento, donde al llegar en tiempo record, corrió hasta el baño e hincándose sobre el inodoro, vomitó producto de su estómago revuelto, hasta que éste quedó vacío.
―Qué mierda… ―comentó para sí, sentado sobre el suelo, afirmado contra el frío muro del baño, preguntándose el por qué del comportamiento tan errático de Rose, a quien creía conocer, cuestionándose además qué clase de mierda pasaba por la cabeza de Emmett… ―Joder con esta mierda…
Se quedó allí sentado un buen rato, pasándose una y otra vez las manos por su cabello despeinado, pensando en diferentes teorías, ninguna convenciéndolo de que aquello que acababa de ver tuviera alguna explicación coherente.
¡PRÓXIMO CAPÍTULO: OUTTAKE EMMETT-ROSALIE!
ATENTAS!
