Cuando subieron al barco, Hinata observó a Naruto en un intento por averiguar qué le sucedía. Notaba que un inmenso mal presagio tomaba forma en su interior. Además del hecho de que él no la miraba a la cara —por supuesto, él fingía que ella no existía— parecía que se encontraba perfectamente bien.
Naruto sentía destrozado, y ella lo sabía, pero parecía que todavía existía una pequeña rendija en el muro que acababa de levantar a su alrededor. Ahora él se encontraba en el alcázar y daba órdenes a la tripulación. Los hombres trabajaban enfebrecidos, manejaban el cabestrante para izar el ancla, retiraban la pasarela, recogían las amarras y manejaban los canaletes para conducir el barco fuera del amarradero.
Naruto con paciencia aceptó las serviles disculpas de Yukimaru y le garantizó el perdón. Luego llevó a Iruka a la enfermería para que le miraran un fuerte golpe que había recibido en la cabeza. Al cabo de unos momentos volvió a cubierta para vigilar que el barco atravesara los bancos de arena sin problemas y se adentrara en las cálidas corrientes del Mediterráneo. Konohamaru llevaba puestas unas ropas que Naruto le había dado para que pudiera quitarse los odiados ropajes de esclavo, pero a Hinata no le pareció que le quedaran mejor de lo que le habían quedado a ella.
Naruto acababa de indicarle al chico que se dirigiera a la cocina para que comiera algo pero en el último instante, antes de que éste cruzara la escotilla, le detuvo. A la tenue luz de la linterna, Hinata observó que Naruto le ofrecía al chico el curvado puñal. Éste lo aceptó con una expresión de admiración y devoción en el rostro. Efectivamente, el chico había hecho buen uso del puñal, pero a Hinata le pareció que era un mal presagio que Naruto se desprendiera de su arma preferida. Le observó mientras volvía al timón. Allí repasó una vez más la ruta exacta del viaje. Naruto continuaba ignorándola.
Cuando hubo terminado, abandonó el timón y se dirigió hacia proa. Hinata le observó mientras él se detenía a contemplar el mar y se dio cuenta de que, a pesar de las apariencias, Naruto se sentía perdido. Ella dudó, sin saber cómo acercarse a él después de lo que había pasado en la sala con Orochimaru.
Antes de que pudiera acercarse, Naruto abandonó la proa. Cuando llegó a la altura del mástil, se detuvo y levantó la cabeza para contemplar las velas. Durante unos momentos, acarició la suave madera con amor. Fue entonces cuando ella lo supo. Naruto había llevado a cabo los últimos preparativos. Se había cuidado de todo el mundo. Ahora se estaba despidiendo de su amado barco.
—Oh, Dios, no —exclamó sin aliento.
Sentía que las rodillas empezaban a temblarle. El terror la capturó como si fuera un tiburón, de una dentellada.
Naruto, al pie del enorme mástil, bajó la cabeza, dio media vuelta y caminó despacio hacia la escotilla.
Ella se quedó allí quieta, inmovilizada, intentando convencerse de que estaba equivocada. No podía ser que su peor pesadilla se realizara ahora para engullirla de esa forma. No podía ser que su valiente Naruto le abandonara. Tenía la victoria al alcance de la mano.
En cuanto desapareció de su vista, Hinata se precipitó tras él. Naruto cerró la puerta del camarote con llave y se dirigió al escritorio. Se dejó caer sobre la silla. Tenía el orgullo destrozado, el alma arrasada y le dolía todo el cuerpo.
Abrió el cajón superior y empezó a buscar la bala de plata que guardaba para esa ocasión. No la encontró. Levantó la cabeza al oír a Hinata que aporreaba la puerta y su mirada cayó sobre los documentos de Konoha. Con un golpe rabioso los esparció por el suelo.
Sacó el cajón del escritorio y volcó el contenido el suelo.
— ¡Maldita sea! ¿Dónde está? —exclamó en voz alta.
—Por favor, Naruto, dejadme entrar.
Él no respondió. Oyó que ella se alejaba corriendo mientras gritaba en busca de ayuda para que alguien echara la puerta abajo. Naruto se agachó y buscó entre el montón de cosas del cajón. Cuando por fin encontró la bala de plata y la tomó entre el pulgar y el índice, se dio cuenta de que no podía hacerlo. No podía hacerle esto a Hinata. De qué forma iba a continuar viviendo era algo que no sabía, pero la vida le tenía en su poder, sujeto entre sus garras como un león y no iba a soltarle.
De repente notó que no podía respirar. Se puso en pie, mareado. Se sacó el cinturón con las pistolas y lo tiró al otro extremo de la habitación. No quería volver a sentirse tentado. También se sacó la correa que sujetaba la espada y la tiró al suelo. Luego salió al balcón en busca de aire. Estaba sin aliento y todavía tenía la bala en la mano. Se apoyó en la borda y lanzó la bala al mar, tan lejos como pudo. Luego, apoyándose con ambas manos sobre la madera, bajó la cabeza, desesperado. Iruka tenía una llave del camarote.
Hinata, con un grupo de hombres detrás de ella, se peleaba con la cerradura sin poder abrirla, confundida por el terror y la prisa. Por fin, lo consiguió. Ese era el momento más difícil de su vida.
Se recompuso y agarró el pomo para abrir la puerta. Pero antes de que pudiera hacerlo, éste giró por sí solo. La puerta se abrió y Naruto apareció detrás de ella, amenazante en la penumbra.
—No pasa nada —dijo a los hombres—. Vuelvan al trabajo.
Con un grito, Hinata se lanzó contra él y le abrazó con fuerza por la cintura. Le recorrió el cuerpo con la mirada, buscando algún signo de que Naruto fuera un peligro para sí mismo. Pero, a parte de lo destrozado de su aspecto, parecía estar bien.
«Gracias, Dios mío.»
Hinata apretó la mejilla contra su pecho y escuchó el latido de su corazón. Sentía una gran debilidad en todo el cuerpo y se sentía aliviada al darse cuenta deque su reacción había sido exagerada.
Giró el rostro en dirección a los hombres sin soltar a Naruto y murmuró unas disculpas por haberles preocupado. Éstos miraron a Naruto y a ella, inquisidores, pero asintieron y volvieron a su trabajo.
Iruka les dirigió una mirada penetrante y, sin pronunciar palabra, se fue.
Todavía con los brazos alrededor de la cintura de él, Hinata se dirigió al último de los hombres que abandonaban la sala.
—Que calienten agua en la cocina. Su capitán tomará un baño —ordenó sin ruborizarse—. Diganle a Emilio que le prepare algo para comer, algo blando para mascar —añadió, observando su mandíbula hinchada—. Después diganle al cirujano que me traiga cataplasmas y vendas.
El hombre asintió y se apresuró a cumplir sus órdenes.
Naruto estaba callado y tenía una expresión distante, como si su rostro hubiera sido tallado en granito. Todavía no había hecho ningún gesto para devolverle el abrazo. Ella imaginó que, probablemente, estaba furioso por el hecho de que hubiera abandonado el barco, además de haber sido humillado. A pesar de eso, él no la rechazó ni opuso ninguna resistencia.
Hinata le tomó de la mano y entró en el camarote. Cerró la puerta con llave y se detuvo para mirarle a la cara. Al cabo de un momento, le condujo hasta el enorme y cómodo sillón para que se sentara en él. Él lo hizo. La miraba con expresión recelosa y ella se sacó la oscura capucha con la cual se había cubierto el pelo.
Todavía con la tela en la mano, cruzó los brazos sobre el pecho y le miró, observando cada una de las heridas, cortes y hematomas que su cuerpo poderoso mostraba. Al ver la rigidez, la súplica y el desvalimiento en la oscura mirada de Naruto, a Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas. Se acercó a él y le puso una mano en la mejilla. Él apretó el rostro contra la palma de su mano y cerró los ojos con expresión exhausta.
— ¿Por qué fuiste? No deberíais haber ido —le susurró con la voz rota.
Ella observó su belleza, sus largas, negras pestañas suaves como plumas, ahora cerradas. Su valiente y orgulloso capitán pirata, su príncipe, no estaba simplemente herido; estaba avergonzado en lo más profundo de su alma.
Hinata sintió esa herida como si fuera la suya propia.
—Uzumaki Naruto. —le susurró—. Te amo más que a la vida misma.
Él abrió los ojos de repente. La miró suspicaz, con el ceño levemente cerrado. Se hizo un largo silencio. Él se apartó de su mano y miró a un lado.
—No quiero tu compasión —se esforzó en tono imperturbable—. Déjame solo. Sé que mi mera presencia te resulta repulsiva. No tienes por qué mantener esta mascarada.
—Amor —le interrumpió ella con dulzura—. Mírame.
Con las mandíbulas apretadas, él levantó la vista, insolente.
— ¿Qué?
— ¿Te parezco asqueada? —Ella le miró con todo el corazón en los ojos—. Eres el hombre más valiente y de mayor corazón que he conocido nunca. El hecho de que tu fuerza haya sobrevivido a un lugar como ése me llena de admiración.
Él la miró de nuevo con expresión rota.
—No me atormentes. —murmuró, bajando la mirada—. Ya es bastante malo haber fracasado...
—No has fracasado. Sólo necesitaste un poco de ayuda. —Hinata introdujo la mano en el bolsillo de los pantalones que todavía llevaba puestos y sacó el sello. Se lo ofreció—. Lo conseguiste, Naruto. Has mantenido la palabra que diste a tu padre.
Él tomó el anillo, despacio, y los ojos se le llenaron de lágrimas sólo un instante.
—Ahora Konoha será tuya, como hubiera debido ser siempre.
Él bajó la cabeza y se quedó callado un largo rato.
—Sólo lo quería para que no pensaras mal de mí. Pero ahora sé que no puedes amarme.
Ante esta confesión, Hinata sintió que la garganta se le llenaba de emoción. No podía hablar. Se abrió paso con sus piernas entre las de él y le atrajo contra sí, abrazándole por los hombros y sujetándole la cabeza contra su pecho. Le mantuvo sujeto, cerca.
—Te amo. — susurró—. Por eso te seguí. Sabía que estabas en peligro
—Entrasteis en La Guarida por mí —constató él, admirado.
—Te seguiría hasta el mismo infierno, Naruto.
—Ah, sí. Lo has hecho.
—Y lo conseguimos porque somos más fuertes juntos que por separado, amor mío —murmuró—. Ahora estáis a salvo. —Le quitó el pañuelo de la cabeza y le pasó una mano por el rubio y aterciopelado cabello con ternura, notando que le había crecido. Se inclinó hacia delante y le besó la cabeza.
—Pero... Hinata.
—Te amo, Naruto. Nada podrá cambiar eso. No hay ninguna razón por la que sintáis que debéis ocultarme nada.
Él llevó su mano hasta el brazo de ella y lo hizo bajar hasta su regazo. La miró a los ojos como si buscara su alma en el fondo de ellos.
— ¿Qué sucede? —musitó ella.
Los oscuros ojos de Naruto temblaron.
— ¿Me amas? —le preguntó en un tono casi inaudible.
Esas dos palabras fueron pronunciadas con tal esperanza que a Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí, te amo. Con todo mi corazón.
—Perdí todo y a todos los que amé —susurró él, con la cabeza gacha—. ¿Cómo podré soportarlo si alguna vez te pierdo?
Ella se arrodilló delante de él y le puso las manos sobre los hombros. Le miró a los ojos con determinación.
—Nunca vas a perderme. Nunca. Estaré contigo siempre.
—No puedo casarme contigo. —replicó él, apesadumbrado.
—Shhh. Amor. Ya lo sé —le tranquilizó mientras le acariciaba el musculoso brazo—. Es lo mejor para Konoha. Simplemente, dame un lugar en tu vida. Seré tu amante, tu amiga, cualquier cosa que desees, Naruto. Simplemente, permíteme estar cerca de ti.
Con expresión de dolor, Naruto le tomó la mano y se la llevó a los labios. La retuvo allí unos instantes mientras mantenía la cabeza gacha y los ojos cerrados, desazonado.
—Tú te mereces más que ser la amante de alguien. Quiero que seas mi esposa, pero no puedo tenerte.
Ella sonrió con dulzura y le acarició el pelo.
—En mi corazón, soy tu esposa. Eso me basta.
—Nena. —La hizo sentar sobre su regazo, a horcajadas, y ella apoyo la cabeza sobre su hombro—. No me dejes nunca.
—Nunca —aseguró ella en un murmullo, abrazándole con más fuerza contra ella.
Se aferraron el uno al otro, apretándose y buscando descanso como dos niños huérfanos, como si cada uno fuera lo único que al otro le quedara en el mundo. Estuvieron en silencio un rato, impresionados por los sucesos de esa noche. Ahora, allí sentados, simplemente se acariciaban el pelo el uno al otro, los brazos, las espaldas, descansando en ese apoyo.
Hinata le pasó los dedos por el cuello varias veces solamente para sentir la bendición de su pulso en él.
—No puedo soportar el recuerdo de lo cerca que estuve de perderte —le dijo Hinata antes de besarle la mejilla—. Pero me dijiste que volverías a por mí, y lo hiciste.
—Haría cualquier cosa por ti —respondió Naruto en un tono de extraña furia—. Hinata, quiero que sepas que, todo ese infierno, volvería a pasar por todo eso solamente para llegar hasta este momento, para tener esto contigo, Hinata. Nunca le he dicho nada así a nadie. Te amo.
Ella le miró con una felicidad angustiada.
—Eres el hombre más valioso —le dijo, con voz entrecortada, apretándole contra ella, los ojos cerrados con fuerza—.Yo también te amo.
—Bésame, Hinata.
Ella lo hizo con gran dulzura. Cuando aumentó la intensidad, él retrocedió y se apartó.
— ¡Ay! —exclamó, llevándose una mano a la mandíbula todavía hinchada por la pelea.
Ella sonrió y meneó la cabeza mientras observaba sus heridas.
—Vaya aspecto que tienes, Uzumaki. —se rió a pesar de sí misma.
—Son unas palabras muy adecuadas para una mujer que va vestida como un hombre.
Con suavidad, Hinata paso los dedos por un corte que tenía encima de una de las cejas.
—Pobrecito. Mira —murmuró—. Creo que se han terminado los besos por esta noche.
—El dolor vale la pena —gruñó él mientras esbozaba su antigua sonrisa juguetona y volvía a acercarse a ella.
Ella le detuvo y le miró con ternura.
—Amor mío, si empezamos, no creo que ninguno de los dos se contente con unos besos. Después de haberte encontrado con él esta noche... ¿estás seguro de que estás preparado?
Él se quedó quieto un momento, con expresión sombría. Luego, la miró a los ojos.
—No debes culparte... nunca —le dijo ella—. He visto cómo era. Ese hombre era una porquería y me alegro de haberle apuñalado.
Él abrió los ojos sorprendido. Para sorpresa de ella, Naruto se rió.
— ¿Qué sucede? ¿Mi gatita se ha convertido en una leona?
Ella le contestó con una sonrisa ligeramente perezosa.
—Exacto, Leona.
Todavía sonriente, él le acarició la mejilla pero sin mirarla.
—Si todavía puedes soportar mi presencia, creo que eso quedará definitivamente en el pasado. —Al callar, se atrevió a mirarla de nuevo a los ojos.
—Bueno, permíteme que te diga, amigo mío —empezó antes de darle un beso en la mejilla—, que me gustaría algo más que soportar tu presencia esta noche.
El se estremeció ligeramente.
— ¿Ah, sí?
Sus caricias cambiaron de intención. Pasaron de ser un mutuo consuelo a ejercer una sedosa seducción. Naruto se apoyó en el respaldo del sillón y la miró mientras ella le abría el chaleco con ambas manos y le recorría el pecho con el ligero tacto de sus uñas.
—Esta noche, mi guerrero, me mostrarás dónde tienes las heridas. Yo te las besaré todas.
—Eso va a tomarte mucho tiempo —susurró él, y levantó una ceja.
—Eso espero. —Hinata se inclinó y le depositó un beso en el pecho. Ese lento y lánguido juego fue interrumpido por unos golpes en la puerta.
Uno de los hombres les llevaba la tina y los primeros cubos de agua para el baño. Hinata se apartó unos centímetros de él y le sonrió con ternura sin dejar de acariciarle el rostro.
—Esta noche me dejarás que me ocupe de ti, capisce? —le dijo con suavidad.
Él le pasó un dedo por la nariz con ligereza.
—Estoy a tus órdenes —asintió en un susurro.
Ella sonrió de nuevo y suspiró de amor mientras se levantaba de su regazo y permitía que dos hombres entraran en el camarote para terminar su trabajo. Naruto se acomodó en el sillón y alargó las piernas mientras observaba cada movimiento de ella con sus azules ojos.
Los hombres trabajaron en silencio. Llenaron rápidamente la enorme tina de madera, que habían colocado al lado de la pared de popa.
Hinata encendió tres velas para iluminar la oscuridad de la noche y luego sirvió dos vasos de vino, para ella y para Naruto. Cuando los hombres hubieron salido, ella cerró la puerta. Luego esparció unos pétalos de flor en el agua del baño y miró a Naruto. Éste tenía los ojos cerrados y el rostro girado a un lado, descansando. Ella se le acercó y le acarició el estómago con ternura.
—Querido —llamó, mirándole con amor.
Él volvió el rostro hacia ella y puso una mano sobre la de ella, sobre su estómago. Se la tomó, se la besó y se la puso sobre el corazón. Ella se inclinó hacia delante y le besó la frente. Entonces, con cuidado, empezó a desvestirle.
El se quedó recostado contra el sillón y la miraba con expresión ligeramente divertida. Hinata le bajó el chaleco y, con valentía, le desabrochó el cinturón. Hinata sintió que la piel le hervía bajo la mirada de él. Le desabrochó también los pantalones.
—Estás haciendo un buen trabajo —señaló él, divertido y subyugado.
Cuando Hinata tuvo delante su escultural y dorado cuerpo desnudo, lo recorrió con la mirada llena de devoción.
Los pronunciados músculos del pecho, el intrincado dibujo del poderoso abdomen, la tersa y suave piel, como satén a la cálida luz de las velas. Observó las fuertes piernas y los pies. Y al fin, miró, maravillada, la parte más masculina. Estaba relajada, pero era enorme. La mataría, pensó ella.
Naruto se rió como si le hubiera adivinado el pensamiento. Luego se volvió y se dirigió a la tina.
— ¿Vas a frotarme ahora, señorita Hyuuga?—preguntó.
—Por todas partes — repuso ella, sonrojándose de inmediato.
Al cabo de un momento, el se metió en el agua con un suspiro de placer.
—Soy todo tuyo, nena. Haz conmigo lo que desees.
Ella se acercó y llevó ambas manos a la espalda.
— ¿Estás cómodo? —le preguntó al detenerse a cierta distancia.
—Aja —musitó él. Las negras pestañas descendieron sobre las mejillas mientras se recostaba contra la tina.
—Muy bien —asintió ella.
Entonces se colocó ante él para que pudiera verla por completo. Allí se quitó la ropa, como él le había pedido que hiciera esa noche en que ella le había rechazado. Naruto se sujetó a la tina con ambos brazos mientras observaba cada uno de sus movimientos con los ojos encendidos. Cuando se hubo quitado toda la ropa, se sacó las horquillas y dejó caer el pelo sobre los hombros. Naruto apartó su enfervorecida mirada del cuerpo de ella y la miró a los ojos. Ella se estremeció al sentirse delante de él, desnuda. Le miró y sintió una dolorosa dulzura en su interior. Él parecía casi no respirar: estaba inmóvil. Excepto por el profundo y tranquilizante murmullo del mar alrededor del casco y por el ligero crujido del enorme barco al mecerse sobre el agua, un silencio reverente llenó el camarote con la admiración que sentían el uno por el otro. Transcurrieron unos instantes.
Hinata sentía el aire sobre su cuerpo como finos hilos que la acariciaban.
Detrás de ella, las translúcidas cortinas ondeaban lentamente bajo la brisa del anochecer. Allí, de pie, tomó aguda conciencia de ciertos pequeños territorios de su cuerpo que nunca antes había sabido que poseía. Era su mirada fija y punzante, más elocuente que el tacto, lo que le provocaba esa conciencia. Por primera vez en su vida, que ella recordara, notaba la curva en óvalo de su ombligo, el ángulo exterior de su rodilla. Todo eso a causa de él.
—Ven a mí, Hinata. —pidió él, finalmente.
Ella caminó hasta él, tomó la mano que le ofrecía y se unió a él en el baño.
Naruto la abrazó mientras ella se introducía en el agua caliente y olorosa. La atrajo hacia sí, la apretó contra él, le hizo sentir por primera vez, el contacto de su piel desnuda contra la de ella. Hinata cerró los ojos, en éxtasis. Él le tomó una mano y le besó la pálida muñeca, la palma, la base de los dedos. Le lamió ligeramente la punta del pulgar, le frotó las puntas de los dedos con la nariz y, juguetón, tomó el dedo meñique entre los dientes. Finalmente, le puso una mano sobre el hombro y la apretó con más fuerza entre sus brazos.
Hinata se sentía hipnotizada al sentir la calidez y la belleza de él delante de su cuerpo, los poderosos muslos bajo sus nalgas, la potencia de sus poderosos hombros ante ella como una amada y sólida fortaleza.
Le abrazó y le pasó las manos por la piel rugosa y endurecida de la espalda. Depositó una guirnalda de besos desde el lóbulo de su oreja hasta la base de su cuello. Se sentía como ebria del sabor de su piel y de su fragancia. Él bajó las manos hasta las caderas de ella y dibujó las formas de su silueta en el agua. Tenía el rostro enterrado en su pelo.
—He esperado esto tanto tiempo —susurró, tembloroso.
—Ya lo sé cariño. Yo también.
Las manos de Hinata se deslizaron sobre los montículos de sus hombros y se juntaron en su nuca. Sentía su propia respiración, profunda y rápida, cálida sobre la piel de él. Naruto posó ambas manos bajo las nalgas de ella y notó que la respiración de él se aceleraba contra su cuello. Le pasó los dedos por entre el largo y brillante cabello rubio de la nuca y despertó en él un gemido casi inaudible. Le miró a los ojos, azules y húmedos como dos pozos de deseo.
—Te amo —dijo Naruto.
Empezó a besarla. Le besó los párpados, las mejillas, las comisuras de los labios y, al notar que ella buscaba un beso más profundo, penetró en su boca.
Hinata se puso de rodillas para colocarse a horcajadas sobre su regazo. El movimiento de ambos provocó que el agua se derramara fuera de la tina. El vapor del agua les empapó la piel y los pétalos se adhirieron a sus cuerpos. Hinata frotó su cuerpo contra el de él y sintió con intensidad el miembro hinchado contra su vientre. Lo sintió contra la base de los pechos. No podía dejar de moverse contra el cuerpo de Naruto. Deslizo una mano sobre su vientre, donde cada músculo vibró de anhelo bajo su contacto. Naruto contuvo el aliento y echó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos al notar que ella le tomaba el miembro rígido.
—Esto te complace—le dijo, mirándole.
Él asintió, con gesto soñoliento.
Hinata alargó sus caricias, recorrió la misteriosa dimensión del miembro hasta la curiosa protuberancia del extremo. Cuando cerró la mano alrededor del grueso y redondo glande, se dio cuenta de que eso le gustaba. Al cabo de un momento, él le tomó la mano y se la guió para enseñarle sin palabras cuáles eran sus deseos secretos. Muy pronto ella supo qué debía hacer. Entonces sus caricias se volvieron implacables, sirvió a ese maravilloso cuerpo con diligencia ardorosa hasta que él empezó a apretarse salvajemente contra su mano. Naruto se agarró con fuerza a la tina y a ella y los gemidos que emitió la fascinaron, le hicieron sentir que su propia sangre se encendía con un deseo salvaje. El rostro de Naruto, hechizado por el placer que ella le ofrecía, era más hermoso que nunca. De repente, él detuvo su mano agarrándola por la muñeca.
—Basta —dijo sin aliento. Se pasó una mano temblorosa por el pelo.
—Entonces voy a bañarte, mi Naruto.—le dijo ella, consintiendo y con una femenina sonrisa de satisfacción. Le besó en la oreja y añadió—: y cuando haya terminado, estarás limpio de todo el polvo de ese lugar para siempre.
Hinata empezó a frotarle todo el cuerpo lentamente. Le limpió la cara con los dedos, haciéndole un tierno masaje. Se inclinó sobre él y le besó antes de morderle el labio inferior con un gruñido juguetón. Esta vez fue ella quien intensificó el beso, le pasó los brazos alrededor, le abrió los labios con la lengua para llenársela de su fuerza y su sabor. El ansia de ella encendió la pasión de él y Hinata se deleitó al notar la exquisitez de su anhelo. Sintió que la lengua de él se deshacía con la suya como una lluvia torrencial y cálida.
Naruto continuó besándola en el cuello, en el hombro, en el pecho. Tomó uno de sus pechos con la boca y Hinata soltó un suspiro ansioso. Jugó y lamió lentamente ambos pezones, primero uno y luego el otro, hasta que ella creyó que iba a desmayarse, que ya no podía respirar de tanto placer. Deslizó las manos por sus musculosos bíceps y él continuo succionando y lamiendo sus pezones erectos. Hinata estaba en éxtasis bajo la suavidad de su boca y sintiendo la dureza de su miembro hinchado por una lujuria dulce y cada vez mayor. Naruto llevó una mano entre las piernas de ella y la punta de sus dedos encontraron su centro de placer, duro y suave como el ópalo pulido. Pero Hinata le detuvo con un susurro, decidida a que esa noche fuera él quien recibiera placer de ella más que ella de él.
—Paciencia, amor mío. Todavía no he terminado de lavarte.
Él le sonrió de forma encantadora y apoyó la espalda contra la pared de la tina.
—Vas a hacer de mí un santo, señorita Hyuuga.
Ella sonrió, le atrajo un poco hacia sí y empezó a frotarle la espalda con amor. Finalmente le hizo cerrar los ojos y lo sumergió en el agua. Cuando salió, la miró a los ojos un momento, con ternura.
—Hay algo que quiero contarte —le dijo—. Ahora que ya conoces lo peor, quizá también debas conocer el resto.
Ella le miró con expresión tranquila.
—Adelante.
Él la tomó entre los brazos y tardó unos minutos en empezar a hablar.
—Esa noche, la noche de la tormenta, mi padre me dijo que corriera. Así lo hice. Los asesinos me persiguieron hasta el extremo de los arrecifes, donde las únicas opciones que yo tenía eran o morir en sus manos o saltar, tal y como dice la leyenda. Mientras se acercaban, me di la vuelta y salté. Ellos no esperaban que yo hiciera eso. Pero mi padre me había dicho que debía sobrevivir a cualquier precio por el bien de Konoha, y yo no me habría atrevido a desobedecerle.
Tomó un sorbo de vino.
—De alguna forma conseguí esquivar las rocas de abajo. La tormenta me llevó lejos de la costa —continuó—. Estuve en el agua, probablemente, unas veinte horas, hasta entrado el día siguiente.
—Qué horrible —murmuró ella.
—Tenia la mente en blanco después de lo que le había sucedido a mi familia. —Se quedó callado unos momentos. Le besó la frente y continuó —: No era tanto la sed o la fatiga lo que me preocupaba. Era ese enorme y feo, horroroso, pez martillo que estaba todo el tiempo a mi alrededor. Estaba seguro de que iba a morir. No puedo soportar a los tiburones. —La miró con una sonrisa triste—. Cómo conseguí quedarme quieto hasta que éste perdió el interés en mí, no lo sé. Sólo puedo dar gracias a Dios de que no tenía ningún corte ni ninguna herida después de la caída que pudiera tentarle con el olor de la sangre.
Ella le miraba con los ojos muy abiertos.
—El fuerte sol me abrasaba, y tenía a ese maldito tiburón debajo. Entonces, finalmente, apareció un barco. Un falucho. Yo no sabía qué era, me parecía muy extraño, pero no me importaba.
Hinata le miró desconcertada y él continuó:
—Falucho. Es el nombre de una estrecha embarcación de vela latina, es la preferida de los corsarios.
—Ah —exclamó ella impresionada—. ¿Fueron los hombres de Orochimaru quienes te rescataron?
—No sé si lo llamaría un rescate —repuso él con una sonrisa grave—. Pero me alejaron de ese tiburón y me dieron agua. Yo casi no estaba lo suficientemente consciente como para bebería.
—Debiste de haber sentido mucho miedo al encontrarte entre esos bárbaros.
—No lo recuerdo. Imagino que lo estaba. Pero, después de lo que le había sucedido a mi familia, no me importaba en lo que pudiera convertirme.
Ella se estremeció. Alargó una mano para acariciarle. Él se la tomó y empezó a jugar con sus dedos, distraídamente.
—Fui llevado a La Guarida y me tuvieron allí durante dos años hasta que el capitán Jiraiya llegó para discutir un tema sobre el tráfico de opio con Orochimaru. Supongo que Jiraiya tuvo compasión de mí o, más bien, encontró una forma de utilizarme y me ayudó a escapar.
— ¿Dos años? —susurró Hinata—. Oh, amor mío, ¿cómo conseguiste soportarlo?
Él se encogió de hombros.
—El segundo año no fue tan malo —repuso al levantar la vista hacia la cubierta como para evitar su mirada de compasión—. Fue cuando Orochimaru me envió con los jenízaros para que me entrenaran. Son los guardias personales. Todos eran esclavos desde la infancia y habían sido entrenados con el propósito específico de defender a su jeque. Son unos guerreros letales. Tuve que convertirme al Islam y hacer voto de castidad —añadió con una risa hueca. Meneó la cabeza y permaneció un momento pensativo—. Me volqué en el entrenamiento y aprendí todo lo que pude para llevar a cabo mis fantasías de venganza.
— ¿Y el primer año?
Él la miró, incómodo.
—Fui como ese chico, Konohamaru, un sirviente. Pero todo el tiempo intentaba escaparme y causaba problemas. Incluso incendié el gran salón. Orochimaru estuvo a punto de matarme por eso, lo cual me hubiera dado igual. Pero en lugar de eso, él... encontró la manera de que yo me mostrara dócil. —Entrecerró los ojos y volvió a levantar la mirada—. Opio. Hubiera hecho cualquier cosa por el opio. Vivía por él. Era algo increíblemente degradante, una esclavitud dentro de la esclavitud.
Ella alargó una mano para tocarle, pero él se la apartó con un gesto.
—Cuando me di cuenta de que con esa droga podía controlarme durante el resto de mi vida, me obligué a rechazarla. Me volví prácticamente loco, tenía alucinaciones. Entonces fue cuando me corté las venas. Tenía trece años.
A Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Querido —susurró. Se inclinó hacia él y le besó la mejilla con delicadeza—. Todo eso quedó atrás ahora. Te lo prometo.
—No, Hinata, no creo que nunca quede atrás. —La miró con una expresión perdida y torturada.
— ¿Por qué dices eso?
Él se encogió de hombros ligeramente y pareció muy joven.
—Pesadillas —murmuró.
—Naruto. —exclamó con dulzura. Le tomó el rostro con ambas manos y le besó los labios.
—No tengo pesadillas cuando tú duermes conmigo —le dijo en un susurro casi sin aire—. Nunca he necesitado a nadie como te necesito a ti.
Ella estaba muy quieta entre sus brazos. Apoyó la cabeza en el ancho hombro de él.
—Naruto. —le dijo en voz baja—, dicen que cuando un hombre y una mujer se convierten en uno, cada uno de ellos soporta la mitad del dolor del otro. Enséñame cómo puedo ofrecerme a ti.
Él hizo una pausa y la apretó contra sí. Tenía todos los músculos del cuerpo tensos. Le acarició el pelo hasta el extremo de los mechones. Con gravedad, continuó hasta la curva de la parte inferior de la espalda.
—No puedo permitir que me ofrezcas este regalo.
— ¿Por qué? Está en mi potestad el ofrecérselo a quien yo elija.
Naruto encontró sus talones bajo el agua y los sujetó con ambas manos. Reposó la frente sobre su hombro durante un largo momento.
—Soy tan indigno de ti —susurró. La miró a los ojos con expresión de desesperación—. Antes de encontrarte había planeado matarte, Hinata. Iba a dispararte, a arrebatarte tu hermosa vida...
—Eso pasó hace mucho tiempo —le dijo ella con dulzura.
—Hinata...
—Nar. uto—Le hizo callar con un suave beso sin dejar de mirar a esos ojos atormentados—. Haz que sea una contigo.
Mientras él la miraba con una expresión de absoluto desvalimiento, ella le acarició con amor hasta que él emitió un suspiro y cerró los ojos. Con ambas manos sobre los hombros de ella, recostó la cabeza contra la pared de la tina y recibió el placer que ella, atenta a cada uno de sus deseos y sus anhelos, le daba. Al fin, abrió los ojos y la atrajo hacia sí, pasándole una mano por la nuca. La besó con intensidad y deseo, penetrando con fuerza salvaje entre sus labios, mientras introducía la otra mano bajo el agua y empezaba a acariciarla. Cuando ambos empezaron a temblar de deseo, él la tomó entre los brazos con un gesto suave y salieron de la tina. Sin dejar de besarla ni un momento, la llevó hasta el camastro. Las sábanas se empaparon con su cuerpo mojado y cálido.
Hinata entrelazó los dedos de la mano con los de él y le atrajo sobre sí mientras se tumbaba de espaldas sobre la cama. Él no dejaba de besarla y ella entregaba toda su alma a cada respiración. El cuerpo fuerte y poderoso de Naruto la empujó hacia atrás sobre la cama y la cubrió con toda la dureza de sus músculos. Ella le abrazó, besándole y entregándose por completo. Naruto le separó las piernas con la caricia más tierna y se quedó quieto para acariciarle su zona más húmeda.
Entonces sucedió, se colocó sobre ella y la penetró.
Se movía como un hombre que se encontrara en terreno sagrado. Se sentía conquistado por la rendición de ella. Ella se le ofrecía con la elegancia de una diosa, a él, a ese hombre derrotado y herido, sin ninguna promesa a cambio, simplemente porque él la necesitaba más de lo que podía soportar.
Naruto se juró que lo haría despacio a pesar de que sus brazos y todo su cuerpo temblaban de deseo por ella. Con gran ternura, le acarició los labios con la punta de la nariz. Sintió un intenso instinto de protección hacia esa valiente garita cuya urgencia por ofrecerse a él había vencido toda necesidad de seguridad y que le ofrecía un regalo que no tenía precio.
—Tan inocente —susurró él, penetrándola despacio, un poco más profundamente cada vez, penetrando la calidez de su misterioso pasaje sagrado. Hasta que llegó a su velo de virginidad.
Ella respiraba con agitación contra su oído y todo su ligero cuerpo temblaba como el de él.
—Va a doler —le dijo.
Ella le abrazaba con fuerza.
—Sí, lo sé. Oh, sí, Naruto.
Él cerró los ojos y la tomó, venció el velo de la virginidad con un golpe que le llegó al centro de su ser al mismo tiempo que Hinata gritaba. El quiso salir de ella, pero ella le abrazó con más fuerza y contuvo las lágrimas. Él permaneció dentro, completamente quieto, mientras su cuerpo le aceptaba lentamente. Mientras esperaba, le tomó la suave mano y se la besó en la palma, en los dedos, hasta que el dolor se convirtió en placer y ella empezó a buscarlo. Al cabo de unos momentos, Naruto cerró los ojos, extasiado al notar que ella levantaba las caderas y le invitaba a seguir. Fue un alivio, un indulto, una redención.
Hinata, debajo de él, tenía lodo el cuerpo cubierto de un rocío de edén. Le acariciaba la cintura y cada centímetro de la piel de él parecía despertar bajo su tacto. Él no había sabido lo que era el sexo hasta ese momento y le parecía estar sumergido en un sueño. Se sentía insoportablemente vivo, como recién creado por la mano de Dios. Se sentía Adán descubriendo el Paraíso.
—Te amo —murmuró, todavía extrañado al notar que esas palabras cobraban forma en sus propios labios.
Hinata abrió los ojos, adornados con esas largas pestañas de puntas doradas, y le miró con una expresión que mezclaba la pasión y el temor. Él le acarició la curva de la mejilla y sonrió.
—No tengas miedo. Deja que suceda.
Ella asintió y él volvió a sonreír ligeramente. Sintió que podía ahogarse en esos ojos tan llenos de confianza hacia él.
— ¿Naruto? —susurró Hinata.
— ¿Sí, nena?
Ella tenía una mirada hechizada.
—Duele, pero es tan hermoso.
—Amor mío.
Naruto estaba demasiado conmovido para añadir nada. Bajó la cabeza y la besó intensamente mientras la amaba con más ternura de la que nunca creyó que poseía. Se inclinó, reverente, sobre sus pechos y le acarició la tersa piel surcada de pecas, los brazos, el pecho y las caderas. Al cabo de unos instantes de recibir esas caricias, Hinata emitió un gemido como soñoliento y se aferró a su cintura, demandando más. Él empujó con más fuerza aunque con cuidado todavía a causa de su tamaño y de la inexperiencia de ella. Salió y entró una vez y otra y otra hasta que notó su propia palpitación en el interior de ella y su corazón acelerarse. Notó que su control se le escapaba.
« ¿Cómo podré nunca saciarme de ella?», se preguntó desde algún lugar lejano en lo más profundo de su mente.
Ella pronunció su nombre en un susurro, invocando la tormenta que él había retenido durante tanto tiempo, una furia apasionada que nunca antes se había desatado con ninguna mujer. Se dio cuenta de que le hablaba, sin respiración, le pedía que nunca se acostara con nadie más, que nunca le abandonara, que le permitiera poseerla todas las noches. Y cada aliento de ella contra el suyo era un sí. Esa marea le acercaba a ella.
—Hinata.
Cuando acabó de pronunciar su nombre, ella, sin perder esa oportunidad, introdujo la lengua en su boca. Le sujetaba el rostro entre las manos y ese beso salvaje de una virgen le enervó de deseo. Hasta que él perdió todo control. La poseyó como un huracán, como si fuera la última mujer que hubiera en la tierra, la única mujer. Era demasiado brusco, demasiado rápido, lo sabía, pero no podía detenerse. No la estaba seduciendo. Se estaba apareando con ella, con esa mujer y con ninguna otra, cegado por el más puro instinto animal, el de supervivencia.
Levantó el torso apoyando las manos y arqueó la espalda, consumido por los movimientos del cuerpo de ella, penetrándola con fuerza. Los pechos de ella temblaban a cada embestida. Le pareció que todo el barco temblaba. Ella le clavó las uñas, y sus gemidos se unieron a los de él, cada vez más fuertes. Hinata llegó al clímax, intenso y repentino, y se retorció debajo de él mientras emitía unos chillidos frenéticos de salvaje placer. El interior de su cuerpo le rodeó con su seda tensa y húmeda: sintió un placer insoportable cuando ella le bautizó con su elixir. La intensidad del orgasmo de Hinata le llevó al límite. Cada uno de sus músculos se tensó y la embistió con más fuerza mientras rugía y la llenaba con su esencia. Sintió que la eternidad estallaba a su alrededor, como si una estrella de cristal hubiera golpeado contra su cabeza rompiéndose en pedazos. Esa visión del cielo le dejó cubierto de sudor.
—Oh, Dios mío —exclamó mientras se dejaba caer encima del suave cuerpo de ella y se enredaba con ella en un ovillo tembloroso y sudoroso.
—Oh, Naruto. —murmuró ella.
Al cabo de unos instantes, con un movimiento lánguido, Hinat laevantó las rodillas contra las sudorosas caderas de él y arqueó la espalda en un movimiento felino. Ese movimiento provocó un profundo gemido en Naruto que se convirtió en risa cuando sintió que le recorría la espalda con las uñas. La besó y Hinata le devolvió un ronroneo satisfecho que elevó su orgullo a las más altas cimas.
—Te ha gustado, ¿no es así? —dijo.
Ella asintió sin abrir los ojos.
Naruto se apartó un poco de su cuerpo y Hinata se estremeció. Se tumbó todavía un poco encima de ella, a su lado, y le pasó un brazo por encima del estómago. Ella estaba muy quieta, tenía un brazo abierto sobre el colchón y el cabello azulado desparramado sobre la almohada. Él descansó la cabeza al lado de la de ella. Le frotó la mejilla con la punta de la nariz, arriba y abajo. Naruto pensó que sería feliz si pudiera quedarse allí tumbado, en esa cálida oscuridad, el resto de su vida, solamente oliendo su piel. Y si alguna vez se aburría de eso, empezaría a contar sus pecas.
Hinata entrelazó los dedos de la mano con los de él y cerró los ojos.
Se quedaron tumbados en una unión inmóvil, respirando profundamente y agotados, como un único cuerpo a la deriva en esa atemporal corriente de paz. Pronto se durmieron, sus cuerpos todavía entrelazados.
