Capítulo XXI
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Su espalda se arqueaba y volvía a pegarse al colchón. Sus caderas se movían en un vaivén que parecía ronronear contra su propia mano, perdida en medio de sus piernas. Su boca liberaba el aire con fuertes impulsos, bombeando la energía en su interior. Su pecho volvió a alzarse cuando su espalda se arqueo nuevamente. Mi lengua vagó por el pezón expuesto. Mi mano apresando mi sexo fuertemente erguido.
Un hombre recrea muchas fantasías en su cabeza, creo que el cincuenta por ciento del tiempo lo dedica a ello. Hace algunos años lo consideraba algo obsceno, vergonzoso incluso. Recuerdo la cantidad de veces que me enfadé con Tom, por contarme sus incansables pensamientos. Hasta que comprendí que era parte de ese instinto que todos tenemos.
Tener a Andrea en mi cama, tocándose íntimamente era una especie de fantasía que probablemente habría tenido, si me hubiese imaginado antes, lo excitante que podía ser.
- Me gusta verte hacerlo… - le susurré contra el oído.
Ella gimió profundamente. Comprendí entonces que mi voz acentuaba su deseo. Así que comencé a susurrarle más y más cosas, sin importar que no me comprendiera.
- Hazlo… hazlo para mí… quiero verte… - ella gemía más rápido, soltaba el aire de su interior con más fuerza - … así cariño…
Le hablaba en inglés, en alemán, no importaba el idioma. Dios, la sensación me estaba matando. Mi mano apretó con más fuerza mi erección agitándola, ansioso.
- … me gusta verte así… - Andrea se agitaba más y más. Mis palabras, mi voz eran detonantes para ella. Y yo. La presión en mi pecho me recordaba que nunca me había sentido igual -… Andrea… sigue… - yo mismo empezaba a jadear más y más rápido, ansioso. Sintiendo el orgasmo montando en la raíz de mi sexo. Acumulándose, esperando el anhelado momento de estallar.
- Oh Bill… Bill… - mi nombre salía de su boca, con los dientes apretados, entre gemidos agónicos y sulfurados.
Su cuerpo comenzó a moverse inquieto, sus talones horadaban la cama, como si quisieran cavar un agujero en ella. Mi sexo ardía. El antebrazo me dolía por el esfuerzo. Ella luchaba.
- Vamos cariño… - le dije jadeando, absorbiendo el lóbulo de su oreja luego de eso.
Y el gemido que soltó fue tan profundo, que por una milésima de segundo me asustó. Para luego comprender que era el primero del resto de los sonidos que fue liberando, en tanto su cuerpo se estremecía por el placer. Un placer que de cierta forma, yo le estaba dando. Y sentí que me pertenecía. Y cuando el orgasmo que aguardaba en mi interior broto violento, delicioso y a pesar de ello, insaciable. Sentí que yo le pertenecía.
Una idea perturbadora que se enroscó con mi placer, fundiéndose hasta que no pude reconocer la diferencia entre una y otro.
Mi cabeza descanso sobre su hombro. Mi respiración chocaba contra su piel. Andrea permanecía lánguido sobre la cama. La observé, su piel estaba encendida.
Creo que si hubiese poseído una visión microscópica, los vellos más finos de su piel, habrían estado erizados. Besé su hombro varias veces, sin poder reconocer el sentimiento que me llevaba a hacerlo. Había en él agradecimiento, calma, alegría. Ella me acarició el cabello solo un poco, dejando caer su mano sobre su abdomen, aún agotada.
Me incorporé en la cama. Observando los restos de mi semen en su cadera y en mi mano.
- Soy un desastre… - murmuré casi riendo.
- ¿Mmm?… - sonó su voz, como una pregunta adormilada.
Y la besé. Me arrojé contra sus labios casi sin pensarlo, notando como el pecho se me arrebataba ante la emoción que esa simple expresión me había causado. Andrea me respondió algo aturdida, sin esperarlo en realidad. Le acaricié la mejilla con la mía rompiendo el beso.
- Voy al baño… - le avisé, no sabía cuánto de eso podía comprender, pero asintió.
Tomé mi propia ropa interior y le limpié la cadera. Ella rió algo avergonzada por ello, comenzando a buscar la sábana para cubrir su cuerpo. La ayudé, no quería que se quedara fría.
Me fui al baño, evitando pensar en la desnudez de la que ahora hacía gala. Eché a correr el agua y me lavé. Me miré al espejo en tanto me secaba, mis ojos brillaban, mi piel parecía brillar. Miré las luces en el techo, no parecían muy diferentes a las luces de otros lugares en los que había estado. ¿Por qué tenía la sensación de que ese brillo me lo daba otra cosa?
De pronto vino a mi mente uno de los encuentros que había tenido con Reina, no era el primero, pero si recordaba que había sido el más intenso. Su voz, siempre tan mesurada, que había perdido esa mesura por un instante. Recordé que el sexo había sido genial, ella había disfrutado y yo también. Pero la sensación que tuve, cuando me miré en el espejo del baño de aquel lugar, porque era un hotel, no era la misma, porque en cuanto habíamos terminado, Reina me había dado dos besos y había comenzado a vestirse, dejándome sólo esa noche. Mi cuerpo se sentía satisfecho, pero casi podía ver el agujero en mi pecho. Un agujero que sentí pánico de comenzar a ver ahora mismo, sintiendo la necesidad de ver si Andrea seguía en la cama.
Abrí la puerta con más rapidez de la necesaria, ansioso por saber qué encontraría.
Contuve el aliento cuando vi su espalda cubierta parcialmente con la sábana, descansando sobre la cama. Apoyé la cabeza en el umbral de la puerta y me quedé un instante observándola. Se quedaría.
Así que apagué la luz del baño, la de la lámpara y el televisor, para meterme en la cama junto a ella y pegar mi pecho a su espalda para abrazarla.
Su mano encontró la mía y la pegó a su pecho. Murmuró con voz adormilada, algo que no comprendí. Y yo suspiré. Porque sabía que me estaba entregando y tenía miedo.
Esa noche dormí inquieto, me desperté muchas veces, quizás por la poca costumbre que tenía de dormir con alguien más. Cuando el sol ya alumbraba fuera, decidí abandonar mi esfuerzo por dormir, ya que me estaba cansando más que no hacerlo. Respiré profundamente. Observé a mi lado y me di la vuelta con cuidado, girándome hacía Andrea, que se había acurrucado de tal forma contra la almohada, que parecía estar pidiéndole refugio para que la luz no interrumpiera su sueño.
Apoyé el codo en la cama y mi cabeza encontró soporte en mi mano. Me quedé mirándola, con el rostro casi cubierto por el cabello. Sentí deseos de despejarlo, para mirarla un poco mejor, pero me contuve por miedo a despertarla. Tomé mi reloj con cuidado, de encima de la mesa de noche. Aún me quedaba media hora, antes de tener que prepararme para comenzar un nuevo día de trabajo. Quizás debería pedir el desayuno, el estómago me lo estaba pidiendo, luego de haber dejado la cena a medio comer.
Sonreí ante el recuerdo de cómo había terminado nuestra cena. Y si no me calmaba, el desayuno ni siquiera lo pediría.
Andrea se removió un poco más, hundiendo por completo el rostro en la almohada. La sabana se recogió hermosamente contra su cuerpo, moldeando su cadera y su cintura. Mentiría si no dijera que sus curvas me encantaban, pero lo cierto es que el atractivo que ejercía en mí pasaba por otras cosas, que ahora mismo me resultaba muy difícil definir.
Se incorporó de pronto, bufando, apoyada en ambas manos, medio sentada en la cama. El cabello cayendo por los costados de su cabeza inclinada, su desnudez evidente ante mis ojos.
Se quejó en español. Yo me quedé muy quieto observando sus movimientos. Me miró entonces en medio de las hebras de su cabello, dejándose caer nuevamente, para poder cubrirse.
¿Por qué se avergonzaba de mostrarme algo que me gustaba tanto?
- Buenos días… - le dije en inglés.
- ¿Buenos días?... – me preguntó en alemán. Escondiendo una risa tras el cabello que aún la protegía de mi mirada directa.
Sonreí ante aquello, removiendo su pelo.
- Buenos días… - respondí en alemán.
- ¿Princesa?... – continuó preguntando en alemán. Abrí los ojos sorprendido.
- Oh, ya veo por dónde va eso… - le dije, Andrea hizo una mueca por no comprender –… buenos días princesa… - le dije en alemán.
Ella sonrió, para luego contenerla risa mordiéndose el labio, mirándome. Dejando poco a poco de sonreír.
Su mano subió hasta mi cabello acariciándolo suavemente, tomando entre sus dedos algunas hebras, como si lo analizara. Luego dijo algo en español.
- No te entiendo… - me quejé. Andrea me miró, como si cavilara algo.
- ¿El portátil?... – me preguntó.
Extendí la mano hasta el suelo, junto a mi cama y tomé el aparato, que a estas alturas era el tercer integrante de esta relación.
¿Teníamos una relación?
Lo encendí y se lo entregué. Escribió con cierta dificultad por la posición en la que se encontraba, y me lo entregó. Sentándose mejor.
"Me gustas de rubio, pero el negro es tu color"
"Oh era eso… el rubio en realidad es mi color"
Ella leyó, la sonrisa parecía permanente en su rostro. Escribió.
"Es el color con el que naciste, pero el tuyo, con el que te has encontrado a ti mismo, es el negro"
Sentenció. Y sus palabras me resultaron avasalladoras. ¿Podía una persona llegar a conocerme tanto a través de las pantallas?
"Lo consideraré"
Le dije. La última vez que una chica me había sugerido un cambio tan drástico, como el del color de mi cabello, terminé rubio.
Su estomago rugió, Andrea infló las mejillas con un gesto muy gracioso, casi como el que solía hacer Tom en ocasiones.
"¿Pedimos el desayuno?"
Quise saber.
"¿No debería irme y dejarte prepararte?"
"Puedo prepararme contigo aquí… ¿si quieres?"
"¿No te molestaré?"
"Si lo hicieras, no te lo pediría"
Ella aceptó esa obviedad con un gesto de asentimiento.
"Muy bien, pero primero el desayuno"
Su estómago volvió a gruñir.
"Antes que la bestia que tengo por estómago, me coma desde dentro"
Me reí antes sus palabras y tomé el teléfono sobre la mesa de noche. La observé en todo momento, mientras pedía algo para desayunar. Su cabello revuelto y abierto con mucho más volumen que el que tenía por la noche. Los mejillas ligeramente encendidas, en un rubor poco estilizado, pero hermoso. Andrea no retiraba su mirada de mí, llevándose un dedo hasta la boca, comenzando a mordisquear una uña. Entré en pánico. Y le tomé la mano, reteniéndola con la mía.
- Lo siento… - me susurró.
- … Sí eso, y café… - le respondí al servicio al otro lado de la línea – sí, gracias.
"No se te ocurra morderte las uñas"
Le advertí.
"Ya lo sé… es que soy… nerviosa…"
"Yo también lo soy y no me muerdo las uñas"
Ella se carcajeo con sarcasmo.
"Pero fumas"
En eso tenía razón.
"Bien, lo acepto. Pero tus manos son bonitas para que las arruines"
Andrea hizo un gesto dulce, muy dulce.
- Gracias… - me dijo, dándome un beso luego de eso. Un toque suave que era parte de su agradecimiento.
Y con ese sólo gesto comenzaba a desearla otra vez. Pero era un deseo complejo de definir, era empujado por mi incapacidad de decir nada más, como si sólo pudiera demostrarle lo bueno, de ese modo.
"Nos vestimos, no quisiera retrasarme"
Le pregunté.
Ella asintió.
De ese modo nos arreglamos un poco, lo suficiente como para recibir el desayuno. Andrea se peinó el cabello, hasta que finalmente aceptó su derrota y se lo trenzó. Desayunamos entre algunos mensajes con el portátil, en los que le conté los planes de este día y el siguiente, esperando poder verla durante ese tiempo.
"Mi apartamento está en Madrid"
Me contó.
"Me encantaría conocerlo"
"Y a mí que lo hicieras, aunque luego de dos semanas eso debe ser un nido de alergias"
"Habrás dejado cerrado ¿no?"
"Sí, además Amelia, mi vecina iba a cuidar de Mussy"
"Es verdad, tu gato"
- Ajap.
Suspiró.
"¿Viajarás por la noche a Lisboa?"
Preguntó
- Sí…
Luego le escribí.
"¿Te vienes conmigo?"
"Que posesivo eres ¿no?"
No supe si tomarme eso como una broma o un reproche. Quizás la estaba presionando demasiado.
- Lo soy… - acepté bebiéndome un sorbo de café.
Unos golpes en la puerta, evitaron que siguiéramos con la conversación. Me puse en pie y abrí, encontrándome con la mirada curiosa de Natalie.
- ¿Todavía no estás listo? – se abrió paso sin preguntar, como siempre solía hacer, contando con que me encontraría solo o como mucho, con alguno de los chicos.
- Me iba a preparar ahora… - le expliqué, hablándole al aire que dejó tras ella.
- Pues ya debería… oh… - se interrumpió a sí misma, cuando se encontró con Andrea. La siguiente mirada que dio fue a la cama desecha, atando los cabos - … hola…
- Hola… - respondió Andrea en alemán. Una de las pocas palabras que sabía.
- ¿Si quieres vuelvo más tarde? – Natalie se giró hacia mí – Aunque deberías estar listo pronto…
- Te llamaré en cuanto esté vestido – había algo extraño en la actitud de Natalie que no me gustó.
- Bueno… si así lo quieres… - se encaminó hacia la puerta y salió, sin volver a mirar a Andrea. Ignorándola luego de aquel inevitable saludo.
Miré a Andrea y ella tenía la boca curvada hacía la derecha. Ya sabía yo que su mente estaría trabajando.
A veces me preguntaba, si ambos habláramos el mismo idioma ¿alguno callaría?
Escribí en el portátil.
"Tengo que vestirme, ¿me ayudas a escoger la ropa?"
Quise parecer animado. Ella se puso en pie y escribió rápidamente.
"Tú siempre escoges bien, será mejor que yo me vaya, es obvio que alguien no esperaba encontrarme aún aquí"
"No hagas mucho caso, Natalie es así"
"Bueno, de todas maneras tengo que irme"
Dejó de escribir y me dio un beso corto en los labios, un beso de despedida, demasiado famélico para mí. Así que la sostuve y le di otro. Uno profundo e intenso, que le recordaba que debía volver.
Sí, soy muy posesivo.
Suspiró entre mis brazos, cuando el beso terminó, se quedó pegada a mí un poco más y yo aspiré el aroma de mi shampoo en su cabello trenzado.
Definitivamente tenía carácter, pero notaba que éste se desvanecía, cuando mis besos la tocaban.
- Me voy… - susurró.
Yo aligeré el agarre que mantenía en sus brazos.
- Escríbeme… - me dijo sonriendo y haciendo un gesto con las manos, sobre un teclado imaginario.
- Sí…
Medio minuto después, la puerta se cerró tras ella. Y yo observé todo alrededor. Quizás era un poco absurdo, pero le tomé una foto al cuadro que formaba la cama deshecha, y la mesa con lo que quedaba del desayuno de ambos.
- Quizás debería regalarte algo…
Salí de mi habitación, en dirección a la de Tom, hablaría con él, era probable que tuviese alguna idea. Toqué la puerta y esperé.
- ¿Aún no estás listo? - Quiso saber Gustav, que venía en mi dirección.
- Lo estaré enseguida… ¿qué hora es? – me estaba preocupando tanta insistencia.
- ¿Todavía no estás listo? – preguntó Georg desde el lado contrario, haciendo que me sintiera, de pronto, acorralado.
- ¿Pero qué pasa? ¿Qué hora es? – pregunté. Entonces Tom abrió la puerta.
- ¿No estás listo? – insistió.
Miré a Georg, Gustav y finalmente a Tom.
- ¡Pero ¿qué les pasa a todos? – quise saber.
Aún nos queda…
- Mierda… quince minutos…
Me encerré en mi habitación y me preparé en escasos cinco minutos. Sin entender cómo, se me había podido pasar el tiempo de este modo. Mientras revisaba dentro de mi bolso, para tomar un par de cosas que necesitaba, me encontré nuevamente con la imagen que Andrea me había tirado a la cara, la primera vez que la vi.
La giré, arrugada como estaba, y la leí en voz alta.
- No sé si comprendes lo que es amar, más allá de la posibilidad. Amar tan intensamente, que el alma se destroza y recompone a sí misma, deseando únicamente, verte sonreí
Suspiré ante esas palabras, ya que las estaba sintiendo, cada vez más certeras para mí.
Continuará…
Ainsss… este capítulo me ha gustado, aunque creo que va siendo tiempo de abrir un poco la historia nuevamente. A ver por dónde salimos. Me dan ganas de que se conecten un rato a "Matrix" y que salgan hablando cada uno en el idioma que le falta.
Espero que les gustara y que me cuenten sus emociones a través de los comentarios. ^^
Siempre en amor.
Anyara
